Orden del Fénix.
Albus Dumbledore
La idea había sido acogida con reticencia por muchos. Ojoloco sobre todo y Albus sabía que muchos creían que definitivamente él, Dumbledore, había perdido la chaveta. Quizás sí estaba un poco más loco de lo habitual, pero eso no lo hacía insano, simplemente lo hacía más él. Sea como fuere, él era el jefe y nadie lo cuestionaba. Desde la fecha, la Orden del Fénix le daba la bienvenida a una nueva amiga: la tecnología muggle.
"¿Y por qué la W está al lado de la E, y no de la Y?"
"¿Por qué la A no está junto a la B?"
"¿Qué es Shift?"
Preguntas, entre otras, que los miembros le hicieron la misma tarde en que cada uno recibió una computadora portátil. Albus respondió pacientemente a todas y utilizó muchas veces el hechizo reparo cuando muchos arrojaron, frustrados, la máquina contra el piso. Finalmente y con esa paciencia que solo el director de Hogwarts poseía fueron aceptando las nuevas normas, aunque lógicamente llevaría tiempo. Algunos como Sirius Black, condenado al encierro en su propia casa, vieron que eso les permitía un escape así que lo aceptaron. Varios otros seguían dudosos, pero Dumbledore sabía que a la larga darían el brazo a torcer.
Esa noche, solo en su despacho del castillo y aprovechando que los retratos de antiguos directores dormían. Albus abrió su nuevo aparato y navegó por internet buscando cosas. Las fue guardando perfectamente en una carpeta de archivos que había creado. Mirando todo a través de sus anteojos en forma de medialuna agradecía eso. Los muggles eran personas de criterio y se alegraba de admirarlos. Había mucho que admirar de la gente sin magia, aunque los del otro bando no creyeran igual.
Por ejemplo la creación de páginas para adultos. Podía haber sobrepasado los cien años, pero seguía siendo humano y sus gustos estaban tan claros como en su juventud. Miró a sus espaldas, no fuese a ser cosa que Phineas Black hubiera despertado, pero no. Sonrió mientras mirada esa página de porno gay con aprecio.
Sabía que de haber sido joven, el rubio ese musculoso que aparecía en la pantalla no se le habría escapado. Guardó esa foto también en una carpeta que decía "Confidencial". Si alguien la abriera… Pero no. No pasaría. O eso creía.
El pequeño secreto porno de Albus estaba a salvo. Casi.
Severus Snape
Estaba tirado en la cama hecho bolita dispuesto a lanzarse un obvliate hacia él mismo. Nunca Albus debió haberle pedido que transfiriera un archivo de su notebook a la suya. Nunca hubiera visto ese "confidencial". No es que Snape fuera un imbécil que no se hubiera dado cuenta que el Director tenía el gusto de pasear por la vereda de enfrente, lo sospechaba, pero ver ese archivo fue más de lo que hubiera querido saber. Hay cosas que es mejor dejarlas donde estaban.
Olvidándose, u obligándose a olvidar, trató de concentrarse en sus asuntos. Estimaba y era capaz de dar la vida por Dumbledore así que por eso dejaría las cosas como estaban. Si hubiera sido Black hubiera desparramado la noticia así como había hecho con la condición de Lupin, pero no con Dumbledore, eso jamás. Después de todo, él también tenía sus secretos y Albus jamás había dicho ni una palabra.
Snape sobreponiéndose al ver a dos hombres juntos "amándose" en una foto, abrió su propio ordenador y comenzó a escribir. Tenía un pequeño blog secreto que se llamaba "Príncipe Mestizo" y cuya foto de fondo era una lila. Nada demasiado original, lo sabía, pero él era el príncipe y la lila representaba a ya sabía quién.
Abrió el blog y escribió una entrada, era otro poema de amor de amor dedicado a la madre de Harry Potter. Habían pasado muchos años pero ese amor seguía vivo ahí. Como una brasa sin apagar. Que lo tildaran de cursi no le importaba, pero ¿Quién tildaría de cursi al maestro de las pociones? Descontaría puntos o hablaría secamente al que lo insinuara y un castigo tampoco vendría mal. Pero era cauto y no sospecharía nadie.
"Cuando la luna aparece y el día se hace noche,
las estrellas titilantes repiten tu nombre: Lily… Lily"
Pulsó enviar y lo publicó. Había millones de blogs en el espacio así que alguien encontrara eso, era remoto. Durmió soñando, afortunadamente para él, con la roja cabellera de Evans y no con el porno de Dumbledore.
A la mañana siguiente, se encontró con que alguien había comentado su entrada.
"Oh, Quejicus, qué romántico…"
Snape arrugó la nariz. Black de mierda, maldito él y todo su ser. Maldito internet y la falta de privacidad.
Alastor Moody
Alguien había osado a hacerlo. Alguien pagaría caro esa actitud. Alastor Moody golpeó su escritorio con el puño haciendo que algunas cosas cayeran. El prestigioso auror que había llenado Azkaban él solo, o eso se comentaba, estaba furioso.
—¡Me han hackeado! —bramó enfurecido.
Ojoloco, paranoico de su intimidad y seguridad desde hacía muchos años, había comprobado recién que su cuenta de correo electrónico había sido usurpada por otro. Nunca había confiado en esas cosas muggles, pero se había dejado convencer por su gran amigo Albus acerca de eso y así le había ido… tenía ganas de agarrar por la barba a Dumbledore y sacudírsela un poco.
Terror_de_Azkaban ya no era suyo. Alguien había logrado filtrarse por la red y ahora sus secretos más íntimos estaban ante la vista de vaya a saberse quién. ¿Y si enviaban por cadena sus planes? ¿Y si alguien leía las suscripciones a las revistas electrónicas que había pedido? O peor aún, si alguien leía su correspondencia con…
Su ojo azul eléctrico dio vueltas en su cuenca con furia. Podía ver los circuitos y chips del computador, pero no podía ver quién había sido su usurpador. Maldijo en voz alta. Era de la vieja escuela, para él nada mejor que una lechuza para comunicarse o quizás un patronus. Incluso un vociferador o un contacto cara a cara. ¿Dónde había quedado todo eso? Antes las reuniones de la Orden eran en Grimmould Place pero desde que Dumbledore había adoptado la tecnología ahora hacían videollamadas donde a veces había que repetir las cosas porque alguno se caía de la comunicación.
Alastor pensó, no sin razón, que la tecnología era inestable y poco segura y tenía la misma capacidad de confianza que la que él pondría en Voldemort. Claro, después el loco era él. Lo habían hackeado y eso lo había vuelto de la cabeza, solamente quedaba una cosa por hacer: estar en alerta permanente.
