Mortífagos.


Barty Crouch jr.

Terror_de_Azkaban . Lo había averiguado con una facilidad asombrosa y la contraseña también. ¡Vamos! Que para un cerebro como el suyo adivinar la contraseña del loco de Moody había sido una tontería. Le bastó solamente con estudiar un serie de posibilidades, aceptar unas, descartar otras y ¡magia! Ahí había tenido acceso al correo del gran Alastor. El grandísimo cabrón de Moody.

Barty sonrió cuando pudo hacerlo. Ante sus ojos marrones estaba gran cantidad de datos que seguro su señor oscuro valoraría mucho, pero había otros que…

—¿Moody se manda correo con...?

El joven mortífago se echó a reír aunque después frunció la nariz con un gesto de asco. Sí, sobre gustos no hay nada escrito pero con un poco de buen gusto… sacudió la cabeza apartando esa imagen mental que podría causarle pesadillas y nauseas.

Los pasos de su maldito padre le hizo ponerse atento. Ya se encargaría de su estricto progenitor al que secretamente odiaba porque sus ideas eran diferentes a las suyas y porque su corazón de piedra lo había condenado primero a una estancia en Azkaban y luego a más de una década bajo el maleficio Imperius, pero había salido victorioso de ambas.

Leyó con cuidado cada correo, recopilando información sobre sus temas allí escritos. Bastaría para confiarle eso a su amo. Por ahora… Luego Barty volvió a leer el otro tema ¿Sabría el viejo Dumbledore que su amigo estaba…? La cosa le resultaba tan bizarra que no pudo evitar lanzar una sonora carcajada.

Esa noche, tal como creyó, soñó con esos dos. La imagen grabada en su cerebro fue suficiente para reforzar sus ideas. Se preguntó si cuando adoptara la apariencia de Moody debería… Ew. Barty las prefería morenas o pelirrojas y de carácter fuerte y dominante… Haría lo que tuviera que hacer por su señor. Pero todo tenía un límite y cumplir de amante con la amante de Moody, no.


Narcissa Malfoy

Draco estaba en Hogwarts y Lucius dormía. Narcissa no podía hacerlo porque últimamente había una cosa que pesaba sobre su rubia cabeza. Nunca debió haberlo hecho, ella lo sabía. Cissy era una dama aristócrata con una imagen pública de esposa fiel y mujer refinada, nada de ello era mentira, pero la verdad es que la adquisición de esa notebook por parte de su marido había provocado en ella tal curiosidad que había despertado en su persona un lado un tanto morboso.

No podía ni tenia derecho a quejarse ¿Qué mujer no querría un marido como Lucius? No era tonta y sabía que más de una bruja lo había mirado con ganas, lo que provocaba en ella cierto orgullo de que Lucius le perteneciera. Pero…

Narcissa se levantó de la cama y fue hasta el lujoso escritorio que había en su mansión. El camisón blanco de seda siguió sus movimientos cuando se deslizó furtivamente. Encendió su varita y dejó que la luz iluminara su recorrido. La puerta emitió un chirrido cuando se abrió, ahí sobre esa mesa de caoba lustrada estaba su tentación. Se sentó en la silla, abrió el portátil y tipeó un página web.

Nadie sospecharía que la esposa del millonario Lucius Malfoy tenía un pequeño vicio. Y es que traseros masculinos punto com hacía la delicia de cualquier mujer y Cissy lo había comprobado. Hizo click en una de las fotos y sonrió.

«Merlín bendiga los traseros de los hombres —pensó.»


Bellatrix Lestrange

Despiadada, sanguinaria, brutal y totalmente loca era Bellatrix Lestrange. Hermosa y psicópata en iguales proporciones. Leal hasta la médula y con un odio a los sangre sucia y muggles que harían ver a casi cualquiera de los otros mortífagos como un bebé de pecho. Había sido de las que más fuertemente se había opuesto a usar tecnología de los "asquerosos" pero con el tiempo fue admitiendo, y sería lo único que admitiría de esos, que era útil.

Amaba varias cosas del mundo virtual, entre ellos los juegos online que le permitían alimentar su lado sádico y gustaba de rebanar cabezas, cercenar personajes, torturarlos y hacerlos sufrir las veces que quisiera sin que ello implicara que corría peligro de volver a Azkaban. Nadie iba preso por jugar a matar. Cierto que había un placer mucho más gratificante cuando todo eso lo hacía en la vida real, pero en momentos de ocio estaba buena bueno también y no le llevaba esfuerzo alguno.

Otro placer que sentía Bella en todo eso era que podía comunicarse con su señor más seguido. A veces le hablaba por horas en el chat aunque a menudo él le respondía con monosílabos o de una forma tajante aunque sabía que se trataba de ella. Y que ella y nadie más haría las cosas más increíbles por ese hombre son rasgos de reptil. Pero Bellatrix no se dejaba abatir por la evidente falta de interés de Voldemort hacia su persona.

Tenía un amor obsesivo por su amo y trataba de demostrárselo cada vez que podía. En el último cumpleaños de su señor y que coincidía con Fin de Año, por ejemplo, ella misma se había encargado de los festejos y la celebración había consistido en colgar del techo un par de muggles para cual piñata y a base de crucios todos, pero especialmente Voldemort pudieran divertirse. Había sido un éxito y eso la había hecho sentirse satisfecha.

Pero ¡Ay, si Bella supiera!... Voldemort carente de amor, excepto para sí mismo, no veía esos gestos más que como si viniera de un discípulo a su maestro. Un gesto y nada más. Esa misma noche, Voldemort le respondió a algo que ella le había escrito:

—Querida Bellatrix… Te quiero como amiga...