Capítulo III

Ciudad Taura, 8 de agosto de 2012 18:57h

Link observaba el hermoso altar y las pequeñas capillas que guardaban en su interior magníficas esculturas o cuadros de una belleza sobrecogedora intentando así abstraerse del bullicio que suponían toda la serie de murmullos de los invitados que ya se hallaban en sus respectivos asientos aguardando con impaciencia la llegada de la novia. En aquellos casos a la protagonista se le concedía la licencia de llegar un poco más tarde pero a juzgar por todo el despliegue y el ajetreo Link infería que se iba a cumplir el horario a rajatabla. Apenas quedaban unos minutos para las siete, hora en la que debía dar comienzo la ceremonia pero él se había obligado a no mirar el reloj para ahuyentar así el desasosiego que le invadía, similar al miedo escénico o al temor previo a una misión en el que desconocía si todo marcharía bien o no.

Se agachó para aflojarse la hebilla del zapato y para ajustarse el bajo del pantalón que se había plegado un poco sobre sí mismo y ni siquiera se levantó cuando el enorme órgano de la iglesia comenzó a destilar los acordes de la marcha nupcial. Lo que vio logró helarlo de puro pánico y su mente comenzó a funcionar a toda prisa tratando de pensar en la reacción menos alarmante, pero pronto se puso en pie.

-¡Desalojen la iglesia!-se volvió hacia los invitados empleando sus manos de bocina para alertarles por encima del estruendo del órgano-¡Hay una bomba en el altar!

Desde el fondo del pasillo central Daphness Nohansen Hyrule no daba crédito mientras acompañaba a su radiante hija del brazo.

-¡Link, te dije que podías arrepentirte pero no hace falta que lo hagas así!-exclamó, jocoso. sin dejar de avanzar.

-¡Lo digo en serio! ¡Coja a Zelda y márchese, Majestad! ¡Hagan un perímetro de seguridad alrededor del templo!-bajó de un salto los escalones que conducían al altar e hizo un brusco gesto con las manos ordenando a los presentes que huyesen con rapidez.

Un par de agentes de seguridad se acercaron a inspeccionar el altar, unas palabras dichas mediante un comunicador por parte de uno de ellos y las tres puertas que poseía el templo se abrieron. Link buscó desesperadamente la mirada de Zelda tratando de tranquilizarla en una muda promesa de que todo iría bien, de que él se encargaría de protegerla de nuevo. Apenas pudo verla pero pudo comprobar que estaba preciosa y que su tiara y su vestido de un blanco pulcro y resplandeciente hacían que su dulce belleza reluciese.

Una vez tomó conciencia de que tanto Zelda como el resto de invitados estaban a salvo se dejó de caer de rodillas deslizándose sobre el mármol hasta que se tendió boca arriba, justo debajo del hueco del altar, examinando la bomba, pese a que había oído que los artificieros ya estaban prevenidos. Comprobó horrorizado cómo los números de la pantalla digital del temporizador corrían en su contra. Quedaban unos 45 minutos para que la cuenta atrás tocase a su fin y la carga se detonase, lo cual suponía que de no haberse percatado habría estallado poco antes del final de la ceremonia. Extendió sus temblorosos dedos hacia el artefacto, bullendo de impotencia y de rabia. Había advertido de que debían inspeccionar de arriba abajo el templo casi con una hora de antelación, habría sido quizá el modo de evitarlo, aunque no había visto a nadie sospechoso ni sabía cuándo exactamente se habría colocado la bomba. Pero no era el momento de eso, no tenía tiempo para lamentarse o culparse. Escudriñó el artefacto y la carga que llevaba adosada, no demasiada, pero el explosivo era potente, lo suficiente como para causar importantes destrozos en el templo o incluso para derribarlo, por no hablar de la posible onda expansiva. No era en absoluto un dispositivo rudimentario, aquello había sido obra de profesionales que habían cuidado al máximo los detalles.

A sabiendas de que no podría manipularlo sin herramientas adecuadas salió de debajo del altar y cogió rápidamente un maletín de la brigada de artificieros que había llegado al lugar. Antes de que terminasen de asegurar el perímetro quería al menos comprobar cómo era la estructura interna del artefacto. Empleando un destornillador y con sumo cuidado retiró la carcasa que había sobre la pantalla, dejando al descubierto las entrañas del mecanismo que se comunicaban con los depósitos de explosivo. Un sudor frío le invadió cuando pudo comprobar que había cuatro finos cables retorcidos en espiral conectados a distintas partes de la bomba.

El tiempo seguía corriendo, le quedaban poco menos de 40 minutos de modo que se colocó unos guantes y tomó unos alicates del maletín. Había 4 cables, uno rojo, otro negro, uno azul y otro amarillo. Con suma delicadeza intentó separar los cables que se hallaban enredados entre sí para poder estudiar el recorrido que hacían. Pensó que sólo uno de ellos sería el correcto aunque desconocía lo que podría suceder si erraba. Abrió los alicates y desafiando a su tembloroso pulso colocó las hojas dispuestas para cortar el cable negro. Inspiró hondo armándose de valor y finalmente realizó la operación. Quedó expectante sin mover un músculo temiendo que cualquier movimiento pudiese ser contraproducente, el contador se paró durante unos segundos, parpadeando y acto seguido continuó la cuenta atrás esta vez el doble de rápido.

Masculló una maldición mientras dilucidaba qué paso dar a continuación. Había eliminado posibilidades de error pero tenía que ser cuidadoso si no quería que el artefacto terminase estallando irremediablemente. Hizo girar los alicates abiertos en su mano y suspiró para serenarse, intentando decidir qué cable cortar tratando de ignorar la presión que le suponía el cronómetro corriendo desbocado en su contra. Cuando se disponía a cortar el cable azul oyó una ráfaga de disparos en la galería cercana. Trató de asomarse sin exponerse demasiado, mirando de reojo, pero no halló nada fuera de lo normal hasta que una bala perdida se incrustró en la piedra del altar, en una de las patas. Rodó hacia un lado, parapetándose justo tras esa pata con el corazón brincándole en el pecho. No tenía un arma salvo los alicates y aquella bala bien podría haber sido un disparo de un agente que lo había confundido con el enemigo o no se habría parado a tratar de identificarle al verle bajo el altar, maniobrando con el artefacto sin ser uno de los artificieros, aunque, por otra parte ¿quién había iniciado el tiroteo? ¿se trataría del infiltrado que sospechaba que había colocado la bomba?

El sonido de un arma siendo amartillada cerca de él le sacó de sus cábalas. El cañón de una pistola le apuntaba mientras él se hallaba agazapado tras aquel improvisado escondite, sin embargo, sólo alzó la vista para comprobar que conocía de sobra a quien empuñaba el arma. Un hombre de tez morena y cabellos pelirrojos igualmente trajeado para no desentonar con el resto de los agentes le observaba altivo, encañonándole. Link tragó saliva tratando de ocultar los alicates que empuñaría llegado el caso.

-No vas a poder hacer nada, Link. El mejor de mis hombres se ha llevado ya a tu querida novia y tu no vas a poder impedirlo ni encontrarla.-proclamó con una voz grave, casi solemnte, acentuando la firmeza con la que sujetaba la pistola.

En una décima de segundo Link se levantó, abalanzándose contra él, clavó los alicates en su muslo izquierdo y dejó caer el peso, placándole. Cierto que su oponente era mucho más corpulento pero logró derribarle con la inercia y el factor sorpresa y conseguir que dejase caer el arma. Con un certero movimiento de pie dejó el arma fuera de su alcance y seguidamente se apoderó de ella. Antes darle margen para que se volviera a poner en pie volvió a deslizarse bajo el altar, desconectando el cable azul que tenía en el punto de mira antes de que le interrumpiesen. La luz roja de los números del cronómetro parpadeó un par de veces hasta que estos se apagaron del todo.

No pudo suspirar de alivio porque al instante recibió un pontente puntapié en el costado que le obligó a toser y a apartarse, retorciéndose de dolor. Al instante disparó para neutralizarle, el disparo acertó un poco debajo de la rodilla y su oponente volvió a caer con un alarido, maldiciendo entre dientes.

-¡No puedes hacer nada, Link!-gritó su oponente entre quejidos entrecortados y una carcajada maniática-¡La última fase del proyecto trifuerza va a iniciarse y será irreversible!

Ignoró aquel repentino comentario hecho sólo quizá para perturbarle más de lo que aquella situación había logrado hacer. Echó a correr hasta alcanzar la puerta principal aquella que coronaba la fachada por la que Zelda había hecho su entrada triunfal y había comenzado el desfile nupcial de la novia. El caótico paraje logró desconcertarlo, centenares de curiosos, alarmas y sirenas de policía y ambulancias sucediéndose en una hiriente sinfonía, agentes patrullando, un cordón de seguridad que casi ni se respetaba y periodistas informando en directo. Tenía que emplear a Epona si quería salir de allí y tratar de encontrar a Zelda siguiendo su rastro.

Al menos había logrado desactivar la bomba y confiaba en que los agentes detendrían a aquel sospechoso que se había infiltrado, tal y como le había herido, huir le resultaría imposible. Se enjugó el sudor de la frente con la manga de la chaqueta y observó un par de vallas amarillas de metal cortando el paso hasta un callejón alejado y estrecho, no demasiado vigilado. Era el lugar perfecto para lo que deseaba hacer y hasta allí echó a correr. Por un momento dudó en volverse para cerciorarse de que el rey se hallaba en buen estado de salud pero al parecer el objetivo había sido Zelda, de nuevo. Mordiéndose el labio e intentando disipar la ira que comenzaba a nublar su mente buscó en su bolsillo el diminuto comunicador que todo agente de la agencia Hyliana de inteligencia debe llevar reglamentariamente. No podía quedarse de brazos cruzados esperando a que sus compañeros encontrasen a su aún a su pesar, prometida.

No necesitaba corroborarlo ni sellar formalmente su matrimonio para saber que había jurado protegerla y dar su vida por ella.