« Hey. Copyright Meyer blah blah blah. Todo eso, ya sabes. No sé por qué lo pongo de nuevo, si siempre lo uso sólo en el primer capítulo :3.

Aún, retrasado... feliz cumpleaños Mel, otra vez(?) Teamo (sitodojunto porque lo junto es kul), y espero que el niño que esconde algo te lo revele. La gente ya no confía, enséñale las cosas buenas de la vida(?) LOL. También quiero darle las gracias a las personas que fueron a gritar de inmediato cuando me plagiaron, aka Hizz, Mee Mee, Analu, Krissi (te obligaron a pensar cosas malas D: a la hoguera). También a la chica que me contactó primero, Hipatia (¿creo que eres la del foro? Gracias). En todo caso, lo ignoraré(?) aunque tuvieron el descaro de decirme que yo había plagiado la cosa.

Por favorrr. En fin, lean, comente, yadayada. No se salten sólo a las partes sucias, como yo cuando leía Las mil y una noches.


Rockstar looking for groupies

(Or lying mouth)

«Dime cuánto miento para que me quieras,

dime cuantos corazones rompo para dejarte ir»

II

«Cheated hearts»

(Oblivion and lie)

—¿Color favorito?

—Azul, ¿y el tuyo?

—Marrón.

—¿El marrón puede ser un color favorito?

—Por supuesto que sí. ¿Esa fue una pregunta?

—Tenía el tono adecuado, así que...

—¿Estás burlándote de mí, Edward?

—Esas fueron dos preguntas. Tramposa, me toca.

Bella tironeó la camiseta de Edward que llevaba puesta. Era oscura, negra, que ponía «The Runaways» en flamantes letras rojas. Como siempre sintió una punzada de nostalgia al pensar en Joan Jett y su voz cadente, pero Edward la había distraído rápidamente jugando a las veinte preguntas. Sólo que llevaban bastante más de veinte. Edward, en unos vaqueros desabrochados y sin camiseta, rodó sobre la suave y peluda alfombra marrón claro y le sonrió con somnolencia. Bella se miró los pies, blancos, pequeños y descalzos, y su cabello formó una cortina sobre su cara, aunque el sonrojo en sus mejillas aún era visible.

—Bien —se limitó a contestar.

Edward se rió.

—¿Cuántos novios has tenido?

—Ninguno.

—¿En serio?

—Dos preguntas —cantó Bella, obviamente disfrutando de devolverle la jugada. Edward frunció los labios y asintió—. ¿Cómo se llamaba tu última novia?

—Heidi. ¿Por qué nunca has tenido novio?

—Nadie me lo ha pedido —respondió Bella, y se adelantó antes de que Edward volviera a soltarle un «¿En serio?»—. ¿Por qué terminaron?

—Ella era una devoradora de hombres —dijo educadamente—. Y estoy siendo amable —añadió.

Bella reprimió una sonrisa y se sentó al estilo indio, empujando la camiseta entre sus muslos pálidos. Edward siguió el gesto con los labios entreabiertos y gateó hacia ella, muy despacio. En otra persona hubiera quedado ridículo o infantil, pero Bella podía sentir el principio del calor en su vientre.

—Tú habías estado con otros chicos antes de mí.

No era una pregunta.

—No necesito salir con alguien para acostarme con él —señaló Bella, molesta—. Pensé que lo había dejado claro.

—Bastante claro —aprobó Edward, asintiendo.

A pocos centímetros de ella, se quedó quieto unos instantes. Parecía acariciar su cara de lejos con un ansia dolorosa y tibia, una mirada de alguien sano y absolutamente (in)completo. Levantó una mano y le dibujó los labios con la punta de los dedos, mientras ella lo examinaba con las mejillas rojas y los ojos entornados. Una costumbre encantadora, aquella; sonrojarse. Lo hacía mucho. Edward se daba cuenta de que Bella entretejía hechizos en cada palabra y de que ella lo estaba volviendo loco. Le gustaba, y le gustaría en cualquier loco universo paralelo en donde ella fuera una torpe humana y él un sediento vampiro.

Siempre sería igual. Él estaría técnicamente por encima —estrella del rock o vampiro, ya sea—, pero con todas sus debilidades, gustos, con sus miradas tímidas y sus caricias de niña, ella lo tendría siempre en sus manos.

(Y ella lo quería por lo que era, no por quién era).

Tal vez los universos no eran tan paralelos. Tal vez las cosas cambiaran.

Y ahí estaban, sin embargo. Inexorablemente juntos.


Hundió las manos entre los muslos femeninos con delicadeza, como si fuera la primera vez. Bella, que ya lo tenía asegurado, se quedó quieta mirándolo con los ojos muy abiertos. Soltó un murmullo nervioso. Estaba oscuro porque tenían las cortinas corridas y olía a alcohol porque habían jugado a mezclar vodka, whisky y coñac en un vaso que Bella había sacado del pequeño estante de bebidas que reposaba en una esquina.

—¿Puedo...? —Edward rozó el borde de sus bragas.

—¿Estás preguntándolo en serio, Edward?

Una risa en voz baja. Tela azul y manos hábiles, un pecho agitado. Quedaron sobre sus rodillas y ambos se miraron. Bella sentía el cuerpo lánguido y palpitante, y la mente nublada por el alcohol (y los muslos abiertos). Los dedos de Edward cayeron a través de la cara interna de sus piernas y se estremeció con fuerza, mirándolo con nerviosismo. Quería apresurarlo.

(Pero no se atrevía).

—¿Te gusta, verdad?

—Sí —suspiró Bella.

—¿Y quieres que te toque, verdad?

—Sí.

En un acto arriesgado, se atrevió a abrir correctamente las rodillas, participando. No muñeca. Ambos contuvieron la respiración durante un segundo, esperando que la atmósfera cayera, pero nada pasó. Una gran habitación con una alfombra estupenda y mucha tensión sexual. Afuera, Nueva York jadeaba y vivía, bullía de pura energía. La ciudad tenía (eso) también. Todo siguió como antes, y lentamente Bella tomó las manos de Edward y las guió. Tan cerca...

(Tanto calor).

Edward exhaló y sonrió. Se agachó y con la punta de la nariz tocó sus pantorrillas flexionadas antes de empujar una con la mejilla para tener más espacio. Bella apresó la alfombra, sus mejillas pura sangre inquieta, ardiente.

—Bella.

—Sí.

—Eres muy guapa.

Un paréntesis. Una burbuja. Tironeó de sus bragas sin rastro de la fragilidad que usaba para tocarla. Se parecía a lo que había hecho en el baño, cuando se asfixiaba porque ella besaba demasiado bien (y era una groupie y mejor decirle que no... y un eco de la situación). Guapa, bonita, risa de cristal rotos, una niña. La tela estorbaba pero dejó la camiseta ahí, vagamente cubriendo sus secretos. Un siglo atrás le hubieran llamado vergüenza pero no había nada de lo que avergonzarse.

(¿Y no se suponía que eso era lo que siempre llamaban al yasabesqué de los hombres en las novelas románticas?)

—Gracias, Edward.

Tenía el cabello oscuro, castaño rojizo, mechones chocolate por todas partes, el rostro en forma de corazón y la piel blanca, de marfil. Con tirabuzones y unos cuantos lazos parecería una muñeca victoriana.

—¿Edward?

—Mh.

—Me gustas.

Las bragas cayeron lejos. Edward se inclinó y dejó un beso en su vientre. Bella acarició su cabello cobrizo con cuidado. Él levantó la ropa, dejó sus manos vagar por las caderas de porcelana (trizadas). Le lamió el estómago y bajó con mucho... cuidado. El tiempo estaba agradablemente quieto. Los sonidos de la calle iban hasta ellos amortiguados por la altura en la que se encontraban.

(Bella gimió). Notas perfectas para una canción de jazz, esas en que todo es líquido, se diluye y el sexo se prueba bajo la lengua.

—Ya no hay música —murmuró Bella, casi en un delirio. No le hacía nada, sólo estaba ahí, a gatas, con el aliento tan cerca. Que. Moría.

—Entonces canta tú.

(Que hablara fue una tortura).

No pudo responderle porque él era repentinamente audaz y sacó la lengua, y entonces navegaba dentro de ella, se la estaba comiendo desde adentro (no, eso ya había empezado desde antes, sólo que no él, no exactamente, era su Dios). Bella respiró profundamente, serpientes de fuego que devoraban su carne y ensuciaban su sangre con veneno (que se llama «rendición»). El placer calentaba hasta la punta de sus dedos y cada movimiento rítmico, cada suave empuje hacia que el corazón se le subiera a la garganta. Iba a terminar ahogada. Había luz, luz dentro de ella, luz en la lengua de Edward, luz en sus manos blancas, pequeñas y débiles que lo empujaban más cerca.

Iba a estallar, (dorada).

Edward empujó sus piernas hacia arriba y accidentalmente, arrastró a Bella por la alfombra. Se quemó la cadera por la fricción pero no dijo nada. Él la tomó con firmeza y sonrió de lado, los dedos de Bella quedaron vagamente sobre su cabeza. Dibujó la línea de sus muslos con la boca y ella suspiró ahogadamente.

—Edward...

El murmullo pareció perderse entre las paredes.

(Tal vez nunca dijo nada). Él no respondió, más concentrado en volver a tocarla. Se hundió entre los pliegues femeninos, arrancando varios gemidos quedos y un nombre. Se acercó a ella, que estaba protegida por hielo impenetrable del que nunca se derretía. Entonces debía entrar por entradas que vigilaba, cosas que conocía.

Empezar desde—

(«Me comes. Me quemo. Me voy a morir. Edward, ¿qué me estás haciendo?»)


Edward se apartó del cuerpo de Bella y rodó sobre la cama, sin dejar de mirarla. Ella le devolvió el gesto, una rutina agradable. Preguntas, sexo, preguntas, sexo. (Con abrir las piernas no se ama), pero sin amar siempre se siente diferente. Bella entrelazó sus manos, enredó sus piernas alrededor de él y lo abrazó, disfrutando de la tibieza de su cuerpo. Él se rió.

—Me sabe la boca rara —comentó.

La chica se sonrojó y utilizó mechones de cabello para cubrirse.

—Es culpa tuya —le recordó.

—Ya sé. No te pongas así, tonta Bella.

Giró la cabeza y le besó el cuello.

—Me gusta —murmuró.

—Vale, vale —chilló Bella, encogiéndose.

Edward se echó a reír, un sonido aterciopelado que la hizo temblar.

—¿Tienes hermanos, Bella?

(Aquí vamos otra vez).

—No. Tú sólo tienes a Alice, ¿verdad?

—Sip, gemelos —aunque la gente no solía creer eso, debido al (teñido) pelo negro de Alice—. ¿Quién es tu mejor amiga?

—Se llama Irina. Estaba conmigo en el club.

—¿La que se reía? —de inmediato un rubor malicioso se arrastró hacia la cara de Bella.

—No —masculló—, la otra. Esa era Tanya.

—Tanya —repitió Edward, y la miró—. Se parecían.

—Son hermanas —explicó Bella—. Tanya, Irina y Kate, pero ella no sale con nosotras. Tenía una cita con Garrett, su novio. ¿Con quién fuiste allí? ¿Sólo Emmett y Rosalie?

—Sí. Alice y Jasper tenía una cita, también. Además, a Alice no le gusta ir a bares nuevos. Piensa que no tienen glamour.

Bella tragó vidrio roto. (Se rió).

—¿Quién es tu mejor amigo, Edward?

—Hiciste dos preguntas —se quejó.

—Sí, y tu también.

¡Vaya llorica era!, pensó Bella con malicia, fulminándolo con la mirada. Él sonrió encantadoramente, como si nunca hubiera roto un plato.

—Emmett y Jasper.

—¿Los dos?

—Seh.

—¿Y por qué ya no sales con nadie? Desde Heidi, quiero decir.

—No me ha gustado nadie lo suficiente.

Encogió un hombro, como si fuera respuesta suficiente. El corazón de Bella se aceleró, pequeños trozos de cristal pintado de rojo, palpitando... tan... débilmente..

—Oh.

—¿Con quién te...? Ya sabes, acostaste. Antes de mí.

—Su nombre es Demetri —admitió Bella.

—¿Y es guapo? —el más leve rastro de celos se coló en su voz y Bella tuvo que resistir el impulso de reírse maliciosamente.

—Mucho.

—¿Más que yo? —bromeó, pero estaba serio.

Bella sonrió.

—Nah.

—¿Y cuándo fue eso? —«Demasiadas preguntas... Rompes las reglas».

—Hace tres días. ¿Y tú, la última vez?

—Vamos a dejar esa respuesta como confidencial —la persuadió Edward.

Bella abrió la boca para protestar, pero Edward sonrió, una mueca bonita y elegante que le cortó la respiración. Tenía los labios preciosos, si es que esa palabra podía utilizarse en alguien como él. Edward frotó su nariz contra su cuello. (Vamos otra vez).

«Tú no has hecho nada más que romper las reglas...»


—Vamos a vomitar si bebemos eso.

—Tal vez... —vaciló Bella con suficiencia, y lo miró de reojo—, pero no es mi primera vez.

—Oh —dijo Edward suavemente, rodeando la separación de mármol que había en la habitación esa especie de cocina diminuta. Bella revoloteaba, vertiendo whisky en la cafetera. El más leve rastro de decepción se pintaba en su cara: no había encontrado tequila—. Así que estoy en desventaja.

—Es una vida dura —se defendió ella, sin amilanarse. Echó unas cuantas cucharadas de café (bastante considerables) y luego lo mezcló cuidadosamente. El color parecía algo insalubre, pero Bella sonrió—. Vamos, te ayudará.

—¿A qué?

—Algunas cosas simplemente ayudan —replicó Bella.

—Eso me dice mucho —contestó Edward irritantemente, pasando de su frase filosófica.

—Pero debes tomártelo —gimoteó Bella, lloriqueando—. Es por un bien mayor.

—¿Si? —él la miró con desinterés, divertido. Le disparó una mirada inconforme a la sustancia desconocida, como si fuera a escapar un monstruo de ella en cualquier momento.

—Vale —repuso Bella, al ver que no lo convencería insistiendo—. Te propongo un trato.

Hora de pasar a segunda base: negociación. Y eso definitivamente captó su atención.

—¿De qué trataría?

—Puedes hacerme preguntas —dijo Bella a regañadientes—, pero por cada una debes dar un sorbo. Un sorbo de verdad, no fingir que bebes. Y no será turnado. Pregunta lo que quieras y lo responderé.

Era tentador, admitió, muy tentador. Bella era absurdamente interesante —para ser, bueno, lo que era—. Bonita e inteligente. Asombrosa (aunque algo desequilibrada). Se le había ocurrido el juego de las veinte preguntas con la intención de obligarse a sí mismo a ver la insoportable normalidad de ella, pero no había resultado de tal manera. Había tenido el efecto contrario, ella, tan blanca y neutral, firme y definida. Bella debería ser la presidenta de Suiza.

—Está bien —aceptó Edward, y por ser amable, añadió—. Tienes dos vetos. Úsalos con sabiduría.

—Sí, maestro —se burló ella.

(Lo que tú digas).

Se sentaron uno frente al otro en la cama, entre sábanas húmedas y desordenadas. Edward tenía una taza entre las manos, café humeante y whisky, y Bella otra que bebía a sorbos, estremeciéndose como si fuera elixir de Dioses. Él arrugó la nariz, y ella sonrió, compenetrados, como esas parejas locas de ancianitos que siempre aparecían en las películas hablando de ese tipo de cosas, años después y un montón de felicidad entremedio. ¿Por qué siempre se saltaban esas partes?

(¿Aburría ver a alguien ser feliz?)

—Así que... —lo instó Bella.

Vale.

—Dime tu nombre completo —exigió con malicia. Ella sabía el suyo, probablemente. Bella puso los ojos en blanco.

—Isabella Marie Swan —espetó.

—Bonito.

Intentó contener la risa.

—Elegante.

—¿Cómo si mi madre hubiera tenido un perchero metido en el culo en el momento? —sugirió Bella con voz cruel, arqueando una ceja. Edward encogió un hombro sin comprometerse.

—Comentarios fuera.

Un bufido. (De mujer).

—Bebe —pidió Bella amablemente, sacudiendo su cabello y escrutándolo a través de sus pestañas. Edward pestañeó y luego, cuidadosamente, le dio un sorbo. Apretó los labios ante el sabor exótico y la inesperada sensación de calor en sus venas, como si le hubieran inyectado fuego. Miró sospechosamente a la chica.

—¿Sólo era whisky y café, verdad, Bella?

—¡Sí!

Se echó a reír.

—¿Segura?

—Segurísima.

Estaba amargo, muy amargo. El café era negro, sin una pizca de azúcar, y añadiéndole el whisky... Bueno, ya te imaginas el resultado. Pero no era malo. Poco convencional; Edward no tenía ni que parpadear para admitirlo, pero... no tan malo como cabría de esperar.

—Esto podría competir con un viaje de morfina —comentó luego de un rato—. Ya me adormecí.

Se le trabó la lengua, y en vez de decir adormecí, soltó algo como «adhorrmesí». Bella sonrió ampliamente, los labios rojos se ensancharon en una risa más burlona que feliz, más feliz que vacía.

—La morfina es demasiado clínica.

—Sí. Para la gente de pueblo, como nosotros, la maría es lo mejor —concedió Edward con tono monótono. Ella se echó a reír y él sonrió de lado, como siempre; hacerla feliz era todo lo que necesitaba. (Y la morfina y la marihuana y cualquiera otra mierda que te comiera por dentro era innecesario teniéndola a ella).

—Ya lo tienes, hermano.

—¿Con cuántos hombres te has acostado? —al ver que ella lo miraba arqueando las cejas, él sonrió—. Es que no me funcionó lo de los novios.

Apretando los labios para no sonreír, Bella agitó la cabeza.

—Veto —repuso con indiferencia.

—¿Te has enamorado?

—Veto.

—¡Ya usaste los dos! —exclamó Edward—. Te dije que fueras sabia y no me hiciste caso.

—No —dijo ella—, tú eres el tonto aquí, Edward. Finge que cuando llegué a ti yo no tenía pasado. Toda mi vida, todos mis recuerdos te incluyen a ti. A nosotros y el café con whisky, y esa estúpida alfombra que me quemó la cadera. Y el patético baño del bar, la yonqui asustada.

(Soy nueva).

—Bueno, si quieres eso —la miró de reojo, incómodo, fingiendo que no entendía el sentido perfecto de aquel pedido—. Para mí que has bebido demasiado café sospechoso, la verdad.

(Soy virgen).

Ella se rió y le dio otro sorbo.


—Creí... que el juego no era... así.

—¿Así... así como?

—Pues... —un jadeo, una palabra mascullada entre una trabajosa respiración entrecortada—, era sexo, después preguntas. Sexo. Preguntas.

—Y qué. Hay. Con. Eso.

(Se le rompió la frase porque, ¿sabes?, es difícil hablar —tener pensamientos coherentes— y al mismo tiempo empujarse todo lo fuerte que podía dentro de una mujer con muslos suaves y pechos altos, casi inalcanzables. La tocó con la punta de los dedos y le pasó el borde de la lengua por las esquinas del alma, droga y vacío, y lápiz labial, a eso sabía).

Mentiras.

Empujó más fuerte, más rápido. La cabecera de la cama chocaba contra la pared y producía un sonido hueco, como en las películas. Qué divertido, pensó Bella. ¿Cuánto tardaría alguien en romper su pequeña burbuja? ¿Cuánto tardaría ella en necesitar que salieran, en comprobar que la gente se volteaba a mirarlo con la boca abierta cuando lo veía en la calle? Sino se aseguraba de que era algo inalcanzable pero que sorprendentemente había acabado en sus brazos, ya no lo querría. Qué mal, se dijo, qué terrible que no pudiera gustarle sólo por ser un muchacho joven y agradable de ojos bonitos.

(Le gustaba la música. Los gritos). Las mariposas en su estómago. La primera vez que Tanya se enamoró dijo «no son mariposas, es una solitaria», pensando que estaba enferma. Kate se rió durante horas e Irina suspiró pesadamente, acostumbrada a tonterías de tal calibre de parte de Tanya. Era digna, guapa y rubia, todo lo necesario para ser popular a los veinte años. Pero Tanya no sabía reconocer el amor y tampoco le interesaba. Bella podía, perfectamente, imaginársela de ese modo para siempre, riéndose de la vida, borracha hasta olvidar su propio nombre en el suelo de un bar, para luego levantarse tambaleándose y enrollarse con alguien en medio de la pista de baile.

Tanya era como una de ellos. Sin música, sin fama. Pero, sin embargo, tenía la misma aura. Se sintió algo triste al comprobar que no hubiera desentonado en absoluto con Edward.

Le enterró las uñas en los hombros (otra vez, ¿no lo había hecho antes ya?). «No me dejes». «No te vayas». «Un poco más» Nunca había deseado especialmente estar a su altura (después de todo, ella era la que recibía lo que ellos dejaban atrás, lo tenía todo y no debía perder nada), pero Edward era definitivamente diferente. Siempre le había gustado, incluso cuando él, Jasper y Emmett tocaban en un garaje y sacaban veinte discos a la vez que ponían en disquerías al azar. Los había encontrado por accidente, buscando algo de Mew (bueno, había que demandarla: le gustaba el dream pop, vaya cosa). No estaban mal. «Dime, ¿estoy enfermo?» Le tarareó la melodía de Lovestruck mientras gotitas de sangre escapaban por sus uñas.

No le había hecho daño a propósito. Sus ojos se llenaron de lágrimas. ¿Cómo había podido? Ella lo adoraba.

—No te marches —le pidió. No con Tanya. No con nadie. Dijiste «conmigo».

Dime, ¿estoy enfermo? Porque quiero todo de ti, tu boca y tu piel y tu sangre. Sí, ella quería estar con él, lo quería tanto que le dolía pero, ¿lo aguantaría?

—No... no me iré, Bella —susurró él. Deslizó las manos agradablemente por su cintura, la piel blanca y tersa se erizó ante su contacto. Edward la contemplaba maravillado. Era como una muñeca de porcelana china, con el pelo tan largo y la cara tan perfecta y las palabras tan confusas, y entonces pensabas que estabas soñando hasta que te dabas cuenta de que no sabías si la vida era real o sólo un sueño muy largo y pesado, vívido, y entonces no importaba nada porque estaba allí e, incluso en un sueño, estaba dentro de ella.

(Cada gota de tu sangre. Quiero que me grites para capturar las mariposas en tu voz). «Es demasiado enfermizo», sentenció su compañera de pupitre en Trigonometría. «Twilight, quiero decir. Enfermizo. ¿Otra de esas bandas de neopunk que se creen demasiado, verdad? Deberían dejar de escribir esta mierda y hacer cosas productivas... como... no lo sé, modelos o algo así». Miró de reojo a Mike Newton, que le charlaba amigablemente a Lauren Mallory. «Tan guapos», susurró Jessica. (Todas ellas, bonita, querida, todas ellas. Y quiero que te consumas en mí).

«Creo que voy a tener que devorar tu corazón». La única manera. Demasiado lejos y ella necesitándolo demasiado. ¿Qué podía hacer contra eso, qué?

—Sí —asintió—, no puedes. Dijiste...

—Me quedaré contigo, sí.

Él lo entendía, ¿no? Su tono de voz lo sugería. Bella lo abrazó con delicadeza, acariciando las marcas en su espalda con culpabilidad. Edward ni siquiera había hecho nada, se reprochó. Sólo era ella, como de costumbre, siendo paranoica.

—¿No crees que estoy loca, Edward?

(Era su canción favorita. Lovestruck, sí. Porque yo creo que estoy enfermo, enfermo de ti y tus palabras. Ya me comiste por dentro... nunca lo noté, así que has ganado).

Ella no podría hacer lo mismo.

Él lo notaría.

Porque estaba demasiado rota como para que los cristales tintineantes de su mente echa pedazos no le hicieran un rasguño al pasar. Enterró la cabeza en su hombro, el orgasmo la estaba asfixiando y era de todos los colores, azules, verdes y violetas se entremezclaban, más intenso, el rojo la cejaba, era la sangre en la espalda de Edward, después naranjo, rosa suave, se diluía. Desapareció. Tal vez fue un sueño.