Aclaraciones
Declaimer: Ni los personajes de Full Metal Alchemist ni los de D. no me pertenecen sino a sus creadores (no me acuerdo de sus nombres pero cuando los sepa les pongo)
- diálogos
-(intervenciones mías)
-"pensamientos"
-[cambios de escena]
- - - - - - - - - - - - Flash Back - - - - - - - -
Capítulo 9: El deber de un militar
El alquimista carmesí viajaba en un lujoso compartimento de aquel tren con destino al norte. A su lado una joven pelirroja permanecía callada con la mirada fija en el exterior haciendo caso omiso a las palabras de su acompañante. Zolf J. Kimbley podía llegar a ser un auténtico caballero o el más despiadado de los militares al servicio de Amestris; todo lo contrario que el anterior superior de la joven que aunque fuese directo y mandón, también era un buen hombre que no traicionaba sus ideales.
--Alégrese señorita Harada, el norte es un buen lugar al que ir acompañada de alguien como yo. –dijo el hombre con una amable sonrisa totalmente fingida.
--Eso sólo me deprime más. –replicó ella sin dignarse a mirarle mientras hablaba.
Riku esperaba que aquel destino fuera lo más temporal posible para perder de vista cuanto antes a Kimbley y a su patética personalidad. Sin embargo se daría cuenta más adelante de que su deseo tardaría demasiado en hacerse realidad con nefastas consecuencias para sus seres queridos. Ni siquiera el alquimista carmesí conocía el resultado de sus acciones pero para él era suficiente con recibir una buena recompensa y de paso fastidiar a un hombre como Roy Mustang que se creía mejor que los demás sólo por haber sido condecorado como héroe de Ishval.
El paisaje se tornaba más desolador según avanzaba el tren y es que cuanto más cerca estaban de la región norte del país más frío hacía y menos vida era capaz de crecer en la zona. Un paisaje sin duda algo navideño por la nieve les esperaba en su destino; un lugar lleno de gente que luchaba por la supervivencia ante las inclemencias del tiempo y donde imperaba la ley del más fuerte. Y entre tanta nieve y hombres de gruesos abrigos con uniformes azules una mujer se alzaba como la soberana de la región: la General Olivie Mila Armstrong. Nadie sabía muy bien como era posible pero esta persona había protegido con uñas y dientes la frontera con Drachma durante años sin permitir que espías de aquel país se adentraran en territorio amestriense.
-En breve llegaremos a la capital de la región donde un coche nos espera. –comentó el hombre a la par que se ponía un abrigo blanco sobre su traje del mismo color con sombrero a juego, y le tendía un abrigo similar al suyo a su joven acompañante.
La muchacha no dudó en tomar la prenda de sus manos pero con la mirada dejó bien claro que no le estaba agradeciendo nada pues el frío exigía cubrir su cuerpo con algo que le diera calor. Así fue como Riku acabó yendo conjuntada con Kimbley cuando el tren se detuvo en Briggs y ambas personas bajaron del mismo.
--Bienvenida al norte señorita Harada. –comentó el hombre con una enigmática sonrisa a la vez que caminaban por el andén- Estoy seguro que su estancia aquí será muy gratificante para ambos.
[En Ciudad Central]
Mientras en el norte una joven pelirroja llegaba a su destino, en Ciudad Central un hombre de oscuro cabello degradado a Coronel permanecía sentado en el sillón de su escritorio de espaldas a la estancia mirando por la amplia ventana que daba luz al lugar. Desde que hubiera sido puesto en libertad unos días después de la marcha de Riku, Roy Mustang sólo había hecho trabajo de oficina que se acumulaba sin cesar en la mesa de su despacho. Aquella cantidad de papeles hacía referencia una y mil veces a sucesos pasados, momentos que el propio hombre había vivido en primera línea día tras día.
--Buenos días señor. –dijo una voz tras él haciendo que éste soltara un ligero suspiro sin darse la vuelta- Le traigo más informes para revisar por orden del alto mando.
Aquella voz tan calmada y a la vez algo seria no era otra que la de la Teniente Hawkeye que nunca había abandonado la esperanza de que su superior no fuera a recibir un muy severo castigo. Ella al igual que Riku, habían creído que el hombre se salvaría tras el juicio. Lo que la mujer no esperaba era que además de ver como degradaban a Roy, su joven compañera sufriera lo que creía que eran daños colaterales: la muchacha había sido trasladada y a su superior inmediato parecía no importarle ya que se conformaba con el trabajo de oficina sin decir nada sobre el resto de los asuntos que le concernían.
La verdad era que Roy Mustang prefería no mostrar ni ahora ni antes lo que su corazón gritaba con fuerza; la dolía saber que Riku estaba en manos de lo que decidiera el alto mando y bajo la vigilancia de un hombre que trabajaba para el mismísimo Fuhrer, sentía que perdía día a día la oportunidad de encontrar a alguien de máxima confianza a quien entregarle más que sus sueños, y sobretodo extrañaba la presencia de la joven en su casa ahora tan vacía como antes de la llegada de la muchacha a su vida pues Riza ya ni siquiera se quedaba allí al no estar ella.
--El General Hakuro ha dicho que debía estar todo revisado para mañana, y la cantidad de informes es mayor de lo que creía señor. –añadió la rubia observando a su superior sin apartar la mirada de la espalda del sillón en el que estaba sentado- Quizá debería pedirle a Havoc o Farman…
--No será necesario Teniente; dígales a todos que se marchen a su hora normal aunque yo siga aquí. –dijo como réplica antes de que la mujer pudiera terminar sus palabras.
Riza solamente asintió ante la orden recibida y con la misma calma que había entrado, se marchó cerrando la puerta tras de sí. Fue en aquel momento cuando el hombre se dio la vuelta mostrando a contraluz una imagen nada impecable en la que se distinguía el poco brillo de sus oscuros ojos y lo mal planchado que estaba su uniforme además de la triste expresión que adornaba su antes enigmático pero agradable rostro.
Debía ser más de medianoche cuando Roy Mustang levantó la vista de todos los papeles que ocupaban su espaciosa mesa encontrándose la estancia a oscuras únicamente iluminada por la tenue luz de una lamparita y la luna a su espalda. El reloj de alquimista nacional permanecía sobre el montón de papeles mostrándole la hora aunque la vista del moreno empezaba a fallar acusando el cansancio y ya no distinguía muy bien la posición de las agujas. Aquella ingente cantidad de trabajo se había acumulado sin remedio mientras desde las altas esferas le mandaban más tareas puramente administrativas de las que había hecho en su vida de militar. Si tan sólo supiera cómo se encontraba Riku… Pero no merecía la pena amargarse cuando la misma joven había decidido tomar parte de la responsabilidad de los hechos; si ella lo había elegido era sin duda porque se sentía capaz de soportarlo. Y aún así su conciencia no le dejaba en paz una noche tras otra de las cuales más de la mitad había estado encerrado en la oficina rodeado de informes que databan de la primera guerra registrada en el país tras el ascenso de King Bradley al poder como Fuhrer, o del genocidio de Ishbal como se conocía ahora a esa guerra sangrienta en la que él mismo tomó parte.
Dejando de lado esos informes, el moreno se levantó avanzando en la oscuridad hasta una estantería cercana para coger un viejo álbum con tapas de cuero y rebordes dorados que centelleaban a la luz de la luna, y que había mantenido oculto tras un pesado tratado de alquimia. En su interior recuerdos del alquimista de fuego, del joven recluta que soñaba con ser alquimista del pueblo, del muchacho que creció en el este, y sobretodo recuerdos de una vida dedicada a un sueño en el que ahora estaba solo pero por el que seguiría luchando en memoria de su amigo perdido.
Nada más abrir la tapa se encontró con el documento en el que el Fuhrer le otorgaba el título de alquimista nacional y su sobrenombre; junto al mismo una vieja foto de dos soldados permanecía inmóvil con sus cálidas pero serias sonrisas. Aquella imagen mostraba a su mejor amigo, Maes Hughes, y a él mismo recién llegados de Ishbal. El cansancio se podía contemplar en su mirada a la vez que Roy recordaba aquellos momentos con nostalgia.
Con silenciosos movimientos iba pasando páginas del álbum contemplando lo que en ellas había. Viejas fotos de momentos anteriores a la guerra, alguna que otra entrada a bailes para oficiales e incluso la invitación de boda de Maes… Todo bien guardado para mantener vivos los recuerdos perdidos y los sueños no cumplidos. Mustang sabía que su amigo le reprocharía que dejara de luchar por ellos, la esposa del mismo le diría que su marido no murió para que él se rindiera ahora y que ese sacrificio fue para que él siguiera avanzando, todos sus subordinados que le habían seguido fielmente no le acompañarían hasta la cima si veían en su rostro la sombra de la duda… Pero el alquimista de la llama ya había perdido a demasiada gente por el camino y estaba cansado de caminar y dejar atrás a amigos y compañeros. Por ese mismo motivo no había reaccionado como se esperaba de él y había dejado marchar a Riku sin decir nada en contra aceptando el trabajo que le mandaban como si fuera un simple soldado. Ese era su sentimiento y pese a querer ocultarlo, la Teniente Hawkeye se había dado cuenta de la conformidad con la que su superior se comportaba.
El reloj del despacho estaba dando las tres cuando Roy se percató que todavía seguía de pie. Sumergido en sus pensamientos no había sido consciente del pasar del tiempo mientras tenía entre sus manos el álbum de toda una vida, los recuerdos de un pasado y de un posible futuro que no podría ser. Lo había perdido todo en un camino que ya no llevaba a ninguna parte. Cansado de estar así, dio varios pasos hasta el escritorio dejando el álbum sobre la pila de papeles para luego rodear la mesa y sentarse en el sillón tras la misma. Aún tenía mucho que hacer, montones de informes por revisar; demasiados por clasificar para que estuvieran a primera hora de la mañana si cedía al sueño en aquel momento. Lo mejor para no caer rendido otra vez sobre su mesa era la magnífica taza de café solo en la que estaba pensando; una bebida que despertaría a un muerto pues el café en el cuartel dejaba mucho que desear. Sin embargo no fue capaz de mover ni un dedo cuando se fijó aleatoriamente en uno de los informes: se trataba del que contenía los datos de la muerte del Fuhrer King Bradley. Recordaba bien aquellos momentos en los que sólo pensaba en la venganza y en el bien de un país que le dio prácticamente la espalda; no merecía la pena lidiar con ello y había decidido huir a un pequeño pueblo en el norte como policía local.
Con el informe entre las manos, las lágrimas que duramente había contenido durante días cayeron por su rostro llenando el despacho de un melancólico llanto lleno de amargura.
[En el norte]
Al otro lado del país, en Briggs, una joven de cabello rojizo acompañada por un hombre de cabello oscuro recogido en una coleta, avanzaban por la nieve mientras que una gran fortaleza se alzaba ante ellos. Zolof J. Kimbley no podía ocultar la emoción que sentía imaginando como se encontraría Mustang con la cantidad ingente de trabajo que sabía que le mandarían nada que ver con su graduación y capacidades. El hombre no podía dejar de ser retorcido en sus ideas de venganza; odiaba a Roy Mustang por tener ese ideal de paz en mitad de una guerra por el dominio de Amestris ante unos rebeldes de piel oscura y ojos rojos. Para ello había seguido de cerca sus pasos y atraparle en el momento más inesperado. La joven por el contrario, no podía dejar de pensar en las consecuencias de aquellos actos que habrían llevado a Mustang a una posición nada buena para él y sus metas. Ella había deseado evitar cualquier cosa que pudiera dañar a su superior sin embargo allí estaba, en mitad de la provincia norte del país tan lejos de nada conocido como tan cerca.
--Llegais tarde. –dijo una voz tras ellos a escasos metros haciendo que ambos se giraran para ver entre la ventisca a un hombre de cabello blanquecino y gafas oscuras.
--Lo lamento pero era imposible llegar fácilmente con semejante temporal. –se excusó el alquimista carmesí.
--Las explicaciones se las darán a otra persona. –replicó el militar antes de fijarse detenidamente en la joven que acompañaba a Kimbley- ¿Harada-sama?
--Es un placer volverle a ver Teniente Miles. ¿Cómo se encuentra el Capitán Bakkanya? –dijo ella retirando su capucha una vez hubieron llegado al interior de la fortaleza.
--Todos estamos bien señorita. –añadió él sin perder de vista a la otra persona que estaba más que pensativa.
Y era cierto pues en aquellos instantes cuando la muchacha había entablado conversación con el militar, él comenzaba a sospechar que sus planes no iban a salir como esperaba. Desde luego no esperaba que Riku Harada conociera a alguien en aquella fortaleza a donde la habían enviado para separarla de Mustang con la intención de controlar al hombre.
El Teniente tenía órdenes de llevarles ante su superior y una vez realizado el encuentro con la joven pelirroja, les pidió que le siguieran por los largos pasillos donde algunos trabajaban en quitar el hielo formado en el techo y tuberías. Tras unos momentos que se le hicieron eternos a Riku, entraron en el despacho del General que dirigía todo aquello.
[En el despacho de la General Armstrong]
--Puede retirarse Miles. –ordenó la voz de una mujer con autoridad a la par que los pasos del mencionado se hacían débiles hasta cerrar la puerta– Y bien Coronel Kimbley, ¿por qué se han retrasado?
--Verá General, el temporal impidió que avanzáramos de una manera más rápido. -explicó el hombre acercándose unos pasos hasta la mesa de la estancia.
--Las excusas no me sirven. Ambos deberían saberlo sobretodo usted Harada. –replicó la mujer quedando sentada en su sillón.
--Lo lamento General Armstrong. –se disculpó la muchacha agachando levemente su cabeza en señal de respeto- Pero no pudimos llegar antes…
La voz de la chica sonaba apagada, quizá no se notara a simple vista pero para Olivie Milla Armstrong era más que evidente que algo pasaba. Se veía que sus ojos habían perdido su brillo característico y que la expresión de su rostro sólo irradiaba compasión y conformismo. Ella más que nadie quería lo mejor para la joven y verla en aquel estado no era algo que le agradara. Sin pensarlo dos veces, se levantó del sillón en el que estaba y avanzó varios pasos hasta quedar frente a ambos invitados.
--Coronel Kimbley, me gustaría tener una conversación con Harada… a solas. –insistió entonces la General viendo como el hombre, resignado, abandonaba la estancia dejándolas en el interior.
Una vez solas Riku no pudo evitar agachar la cabeza temiendo cualquier reprimenda la cual nunca llegó. Cuando pasados unos minutos no sintió ni escuchó nada, alzó su rostro encontrándose con el de la mujer donde se dibujaba una expresión de preocupación. Eso era inaudito para ella, tanto que se quedó sin habla durante los siguientes instantes hasta que la mujer puso la mano en su cabeza con ternura.
--¿Qué ha pasado para que estés aquí Riku? –preguntó a la vez que se alejaba para preparar lo que parecía un té con la finalidad de ayudarla a entrar en calor- ¿Ha ocurrido algo en Ciudad Central?
La pelirroja solo asintió reprimiendo las lágrimas que luchaban por salir pues los recuerdos de lo ocurrido con Roy Mustang siendo detenido y juzgado volvían a su mente. Ella sabía que el hombre era culpable pero aún así no podía dejarlo en aquella fría cárcel; era su culpa que estuviera allí con tal de protegerla.
--Riku, puedes confiar en mí. –añadió notando el silencio.
--Yo…
--No va a entrar sin mi permiso. –concretó para darle confianza en referencia al hombre que la había acompañado desde Ciudad Central.
--Me han trasladado desde allí. –comenzó a decir la chica sin apenas moverse- Kimbley está obligado a acompañarme aunque no parece que sea una orden para él.
--¿Trasladada? ¿Qué demonios ha pasado allí? –preguntó con sorpresa dejándolo todo para obligar a la joven que la mirara- Quiero que me cuentes todo lo pasado detalle a detalle y no te dejes nada.
Se podía ver en sus ojos la determinación que la movía a conocer aquello pero aún así la pelirroja no dijo nada tratando en vano de sostener la mirada a la par que sus ojos se llenaban de lágrimas que caían incesantes.
--Mi superior… Él me protegió… Le han castigado por mi culpa…
--Vamos Riku, tú eres fuerte y tu superior también; estoy segura de ello.
--¡No lo entiendes! –gritó liberándose de ella mientras las finas gotas de agua caían por sus mejillas- ¡Roy no tenía que haberse sacrificado por mí! ¡Él no tenía que sacrificar su carrera!
Lo siguiente que se oyó fue un golpe seco que dio paso al silencio. La mujer vestida de uniforme no había podido contener la desesperación de la más joven y sin poder remediarlo, le había dado un bofetón.
--Riku cálmate. –pidió tratando de sonar calmada y comprensiva- Si estás hablando de Roy Mustang, el alquimista de fuego, estoy más que convencida de su capacidad de supervivencia.
--¡No lo entiendes! –repitió esta vez algo más bajo- Él… Él…
--Te importa mucho, ¿verdad? –al no recibir respuesta siguió hablando- Ese jovencito siempre dando problemas a los demás, ¿eh?
--Él no da problemas. –replicó fijando sus mirada en la de la mujer- Roy es… Él es…
--Riku, ¿qué te duele más? ¿Tener que venir aquí con Kimbley o estar lejos de ese hombre?
La pelirroja no dijo nada y agachó la cabeza. Olivie sabía que por el momento no obtendría ninguna respuesta que satisficiera su curiosidad y sin embargo sabía que sus preguntas habían despertado a la ahijada de su hermano. Esa muchacha tendría mucho tiempo para meditar mientras su traslado al norte no fuera revocado por lo que dejó el tema.
--Señorita Harada, puede retirarse. El Teniente Miles le guiará a su habitación.
Dicho esto la menor abandonó el despacho encontrándose con el mencionado militar que la esperaba impaciente pues había tenido que alejar de ese lugar a Kimbley para garantizar la intimidad en esa conversación. Riku no dudó en forzarse a sonreír para no preocupar al hombre que en seguida comenzó a andar.
[En la habitación de Zolf J. Kimbley]
Mientras tanto en su habitación, Zolf. J. Kimbley no dejaba de dar vueltas pensando en lo que la pelirroja estaría hablando con la General. Él había esperado que la muchacha no conociera a nadie sin embargo ahora se veía sin ideas y lleno de rabia por haber parecido un auténtico idiota. Ahora que Riku Harada tenía confianza con la gente del fuerte, ya no tenía sobre ella la soberanía que esperaba. Su deber como militar se había mezclado con sus ambiciones personales y aunque eso mismo hubiera sido aceptado por el alto mando, no le quitaba la idea de que el plan estaba fallando por lo menos su parte del mismo. Pese a todo esperaba que en Central las cosas estuvieran saliendo mejor.
--¿Coronel Kimbley? –dijo una voz de hombre al otro lado de la puerta tras una par de golpes en la misma.
--¿Ocurre algo? –preguntó el hombre abriendo la entrada a la estancia a la vez que observaba al joven soldado ante él.
--La General Armstrong le espera en el comedor, señor. Se ha organizado una cena en su honor y en el de la señorita Harada.
--Estaré allí en unos instantes. –respondió esbozando una sonrisa nada tranquilizadora viendo como en unos instantes el muchacho desaparecía por el pasillo.
Nada más cerrar la puerta se giró sobre sí mismo en dirección al pequeño aseo y atusó bien sus ropas para parecer lo más elegante posible. Esa cena sería la prueba de fuego para su ingenio y para la resistencia moral de una muchacha que se sentía abandonada por su superior el cual no había hecho lo más mínimo en tratar de hablar con ella; Roy Mustang no había dado señales de vida. Sin duda una velada muy larga.
[En uno de los salones del fuerte]
En uno de los salones del fuerte donde la temperatura era bastante agradable, se encontraban varios militares charlando amigablemente mientras notaban el nerviosismo de sus superiores. Algo pasaría esa noche y lo sabían. La General Olivie Armstrong vestía un uniforme impecable junto al sable emblema de su posición; a su lado, la joven Harada miraba a su alrededor siendo el centro de todas las miradas. La tensión le ganaba por momentos y pese ir vestida con el uniforme reglamentario, no sabía cómo comportarse. Nunca había asistido a un acto como aquel con su antiguo superior; Roy Mustang no la llevaba a los eventos de gala donde según decían, se lo pasaba bastante bien desplegando sus armas de seducción sobre todas las jovencitas de la estancia. Aquel hombre siempre había sido un galán y ahora estaría viviendo una de sus peores épocas…
Riku sabía eso porque le conocía, quizá demasiado, pero conocía como era realmente el alquimista de fuego y como aquella decisión le habría afectado. Aún así, ambos parecían mantener el silencio hacia el otro tal vez cumpliendo órdenes o tal vez porque no se atrevían a hablar tras lo ocurrido. Cualquier contacto entre ellos se había prohibido y aún así nada de lo que hubieran podido decirse merecía la pena para arriesgarse, ¿o es qué él no quería saber nada de ella?
Por su parte Kimbley hacía su entrada en el lugar con pose erguida y altanería en la mirada; esos ojos que buscaban a su presa por doquier hasta encontrarla. Ah pobre Riku… el hombre se había propuesto hacer añicos la moral de la chica con su lengua viperina y no pararía hasta conseguirlo. Para ello avanzaba hacia la pelirroja sin vacilar ni un paso; lentamente con pisadas enérgicas estaba llegando a su presa hasta poner una de sus manos en los delgados hombros de la muchacha.
--Hola señorita Harada. –dijo con amabilidad aprovechando que su superior se había despegado de ella a la par que esas palabras la sacaban de sus pensamientos.
--Kimbley… No esperaba que me atosigaras tan pronto. –replicó con delicada frialdad.
--No pasa nada. Sólo quería saber como estaba mi subordinada favorita. –añadió antes de reír ligeramente como si se hubiera acordaba de algo gracioso.
--No seas tan condescendiente Carmesí; ya sé que estás aquí para hacerme la vida imposible. –le espetó con rudeza apartándose unos pasos del hombre que había puesto cara de incredulidad obviamente fingida.
--Riku, Riku, Riku. Yo que sólo quería darte noticias de Central… -comentó con voz lastimera como si realmente le dolieran las palabras de la chica- Me han comentado que Mustang ha sido liberado.
La cara de la pelirroja cambiaba por momentos pasando de la frialdad y el odio a la sorpresa y alegría. Ella estaba esperando que hubiera sido liberado en cuanto se marcharon pero que se lo dijeran la hacía una mujer muy feliz. Sin embargo la alegría duró poco tiempo al ver la sonrisa macabra de su acompañante; algo no estaba bien y comenzaba a preocuparse.
--Bueno, las oficinas de Central son más cómodas que las celdas; ¿no crees Harada? –dijo resaltando entonces la posible situación del alquimista de fuego- Seguro que estar lejos de la acción un tiempo hace que le empiece a gustar trabajar de verdad.
--Explícate. –exigió la joven sin poder ocultar su preocupación y nerviosismo- Vamos habla.
--Roy Mustang no volverá a hacer lo que quiera sin que no sea una orden. Él no será el alquimista de fuego si no se lo mandan y sobretodo, nadie le permitirá comportarse como un hombre mientras sea un perro del ejército.
Dicho esto se alejó de allí con una malvada sonrisa en el rostro atravesando la sala para poner algo de distancia entre su víctima y él. Riku no sabía que pensar sobre aquello y abandonó el lugar antes de terminar de asimilar las palabras que había escuchado. Su corazón se había quebrado con solo imaginarse a su superior, a Roy, tras una mesa de oficina día y noche sin poder ocuparse de nada más que papeles. Ella ya no podía más y apenas llevaba un día en aquel lugar; las cosas ya no le parecían tan favorables como cuando llegó. Si tan sólo fuera capaz de saber el verdadero estado de ese hombre que para ella se había convertido en alguien importante…
[En la oficina de Roy]
Y pensando esto mismo estaba el mencionado Roy Mustang, que viendo como el tiempo avanzaba y no llegaba a completar todo el trabajo pendiente; se había puesto a pensar en la situación que su subordinada estaría viviendo en el norte. Él no sabía que Kimbley era su acompañante pero aún así no podía alejar de su mente el sentimiento de preocupación por ella. El tic-tac del reloj de plata sobre la mesa le acompañaba en su imposible tarea de firmar y revisar informes antiguos de los cuales no se había encargado entonces por ser un trabajo puramente administrativo. Ahora a escasos minutos de las 9 de la mañana, la rapidez de sus manos era lo único que podía salvarle de una buena reprimenda por parte de sus superiores que gustosamente le darían más trabajo y menos privilegios de los que ya tenía.
--Buenos días Coronel. –dijo una voz que le sobresaltó haciendo que alzara la cabeza rápidamente para encontrarse con Jean Havoc en la puerta que estuvo tentado a no entrar por la cara de su superior.
--Buenos días Teniente. –replicó el hombre volviendo a su trabajo sin perder un instante.
El rubio observó detenidamente a su superior mientras se adentraba por fin en la estancia cerrando la puerta tras de sí. Aquella imagen era insólita pues nunca le había visto trabajar con tanta rapidez cuando se trataba de informes y similares sin que la Teniente Hawkeye estuviera cerca apuntándole normalmente con su arma. Volviendo a la realidad, avanzó hasta alcanzar su propia mesa para comenzar con su propio papeleo que el día anterior se había quedado a medias.
--¿Quiere que le ayude Coronel? –preguntó sin poder resistirlo pues no era capaz de ver como su superior estaba tan angustiado.
--No hace falta Teniente; ya estoy terminando.
Justamente cuando dijo esas palabras y firmaba el último informe, apareció por la puerta un soldado que precedía al General Hakuro que había sido destinado a Ciudad Central para controlar a Roy Mustang.
--Espero que esté todo listo jovencito. –dijo con su fría voz y altanera mirada que atemorizó al pobre Jean.
--Claro señor. –replicó el interpelado sin peder ese orgullo que le caracterizaba y la satisfacción de poder darle en las narices a su superior que ya no disfrutaba de su inoportuna visita- Aquí lo tiene todo. –añadió posando una de sus manos sobre el montón de informes que había estado todo el día y la noche anterior revisando.
El General Hakuro estaba conteniendo las ganas de gritarle al hombre que no había conseguido derrotar que su vida sería un infierno y toda una retahíla de amenazas; sin embargo, dio unos pasos hasta su subordinado quedando cara a cara.
--No creas que saldrás impune de tus delitos, Roy Mustang. Me encargaré de que nunca vuelvas a salirte del redil.
--Señor me está tratando como si fuera un animal y dudo parecerme siquiera a una oveja.
--Eres un perro al servicio de tu amo y eso es lo que te comprometiste a cumplir cuando te hiciste militar. –dejó claro con seriedad y un deje amenazante que no pasó desapercibido para Jean Havoc el cual no dudó en mirar de reojo y ver para su sorpresa, como su superior no había perdido en ningún momento la satisfacción de su rostro- Sargento Rish, recoja el trabajo del Coronel y llevelo al archivo de la tercera planta. Puede retirarse.
--Teniente Havoc, ayude al caballero a llevar todo esto.
Ambos hombres siguieron sus órdenes correspondientes dejando a sus superiores a solas. En cuanto las puertas se cerraron, la cara de satisfacción de Mustang pasó a seriedad dando unos pasos hacia atrás para rodear la mesa y sentarse en el sillón. Hakuro miró con detenimiento sus acciones hasta ver como se sentaba para apoyar sus manos en la mesa.
--Vas a ver que no puedes andar en la cuerda floja más de unos días, y entonces te veré caer con todos tus sueños y anhelos.
--No se preocupe General; no me caeré tan fácilmente.
Aquellas palabras consiguieron que su superior le dedicara una mirada aterradora y hostil que el moreno trató de digerir con rapidez. Ese hombre estaba dispuesto a hundirle y aunque Roy no era consciente de la razón, no iba a dejarse vencer tan fácilmente. Esa actitud que no había tenido en los días anteriores tampoco era definitiva ahora pero sabía que si se rendía no conseguiría nada más que perder todo por lo que había luchado, echar por la borda el trabajo de varias personas que le habían seguido fielmente y no tener posibilidad de volver a ver a Riku.
--Tendrá noticias mías muy pronto Coronel. Espero que siga siendo tan eficiente como hasta ahora. –dijo con sarcasmo antes de retirarse dejando solo a su subordinado.
--Claro General. –contestó calmadamente antes de verle salir- Maldito hipócrita…
--Buenos días Teniente Havoc. –dijo una voz femenina haciendo que el hombre se girara en mitad del pasillo aún cargando un montón de informes mientras que su acompañante, el Sargento Rish, seguía caminando hacia el lugar indicado.
--Buenos días Teniente Hawkeye. –respondió amablemente.
--¿Ya te tiene trabajando como un burro Jean?
--Bueno, el Coronel estaba ocupado como para llevar todo esto personalmente al archivo de la tercera planta por orden del General Hakuro.
--¿Por orden del General?
--Sí. Ahora mismo deben estar luchando a ver quien es más arrogante y orgulloso de ambos. –añadió en un ingenioso comentario soltando una ligera carcajada.
--No sé si sería aconsejable que dijeras esos comentarios en mitad del pasillo. Yo me habría guardado mi opinión.
--Vamos Riza… Mi vida es tan aburrida ahora que no hay nada que hacer fuera de este edificio. –replicó el hombre haciendo caras que ilustraran su estado de ánimo.
--¡Jean! –gritó con una expresión nada conforme con lo que acababa de escuchar- ¡Retira eso ahora mismo!
--Ri-Riza tra-tranquila. Lo retiro. -dijo tratando de calmar a la mujer que estaba acercando peligrosamente su mano al arma que siempre llevaba y con la que tantas veces había amenazado a su superior para que hiciera su trabajo.
--No vuelvas a decir que te aburres por estar en las mismas condiciones que tu superior; ¿entendido?
El pobre Havoc sólo pudo asentir y seguir con su trabajo antes de que la mujer se arrepintiera de no haberle matado, y de que el General Hakuro apareciera por el archivo y no viera los informes sobre las mesas. Riza por su parte suspiró cansadamente mientras avanzaba en dirección contraria sin dejar de pensar en lo que el rubio había dicho. La verdad es que su trabajo se estaba tornando cada vez más y más aburrido, y temía que eso durara bastante tiempo; ahora Roy Mustang debía ganarse de nuevo la confianza de sus superiores algo que no conseguiría con facilidad.
Sin darle muchas más vueltas, siguió caminando por el corredor cruzándose con varios soldados y algún trabajador de oficina que la saludaron amablemente antes de continuar su camino. Ella sólo respondía al saludo inclinando ligeramente la cabeza tratando de mostrar una sonrisa agradable. Riza no quería que se notara que algo la preocupaba por lo que se esforzaba en no mostrarlo. En cuestión de minutos llegó al despacho de su superior encontrándose con el nombrado General Hakuro en la misma puerta. El hombre apenas le dirigió una mirada antes de perderse por el pasillo y entre la multitud.
--Buenos días señor. –saludó la mujer cortésmente nada más cerrar la puerta de la estancia.
--Ah, buenos días Teniente.
--¿Se encuentra bien Coronel? Parece algo disgustado.
--No es nada Riza. Será mejor que nos pongamos manos a la obra antes de que se vuelva a acumular el trabajo.
Roy la había llamado por su nombre; definitivamente algo le preocupaba. Y como a ella no la podía engañar, le mujer se acercó a la mesa para poner sus manos con fuerza sobre la misma.
--Roy, nos conocemos desde hace mucho tiempo así que por favor ten confianza en mí. –le dijo entre una orden y una petición.
--Teniente, será mejor que revise los partes de altercados de la última semana. Los necesitan en el Tribunal de Investigación esta misma tarde. –replicó adquiriendo de nuevo el tono de superior obviando momentáneamente las palabras de la rubia.
--Sí señor. Los tendré a la hora requerida.
Y dicho esto volvió a su mesa dejando al hombre pensativo en la propia. Aún a sabiendas que con eso no conseguiría nada, permitió que se ahogara en sus desgracias un poco más mientras ella sacaba el trabajo ordenado bajo el más estricto silencio.
Segundos, minutos, horas… El tiempo transcurría en la oficina sin mayores altercados hasta que de improviso un acalorado Jean Havoc entró en el despacho a todo correr y con la respiración agitada.
--¡Señor! –gritó apenas hubo asomado la cabeza por la puerta- Ha llegado esto para usted. -añadió moviendo con la mano el mencionado documento.
--Jean cálmate. –pidió la mujer que se acercó a él de inmediato para tomar lo que llevaba en la mano y echarle un vistazo.
Lo que ella tenía en la mano era a simple vista un sobre sin remitente que no podía ocultar en su interior nada más que una carta o algo similar. Roy sin embargo no fijaba nada su atención en el objeto a la vez que se concentraba en lo que tenía en la mesa; no pensaba que el estado alterado de Havoc fuera algo de lo que preocuparse cuando tan sólo unas horas antes se había jugado su orgullo con el General Hakuro. Riza observó la actitud de su superior durante unos minutos hasta que cansado de que él no reaccionara, le lanzó el sobre a la mesa.
--Roy Mustang, presta atención a las preocupaciones de tus subordinados. –dijo con fiereza sin que el mencionado se inmutara ni dejara de trabajar- Coronel…
--Teniente, le rogaría que no tirara las cosas con ese ímpetu sobre mi mesa y volviera al trabajo en la suya. –le replicó con voz tranquila pero siempre manteniendo un deje de superioridad pues todavía era eso: su superior.
La mujer hizo un ademán de continuar con la discusión que comenzaba pero Jean la detuvo pasando un brazo por delante de ella. No quería que las divisiones a las que se enfrentaba el ejército, algo marcadas como había podido ver tras las recientes discordancias entre los mandos, afectaran también al pequeño grupo del que era parte. El moreno por su parte no había mirado ni una vez el sobre y seguía con la vista fija en los papeles que estaba firmando y leyendo o al menos eso parecía; en su interior deseaba conocer lo que aquel envoltorio de papel contenía.
--Teniente Havoc, acompañe a la Teniente Hawkeye al Tribunal de Investigación para entregar los partes de altercados de la última semana.
La rubia miró con desgana al Coronel molesta por esas palabras y sus ganas de quedarse a solas haciéndose el mártir; no iba a permitir que Roy Mustang se echara a perder por su cabezonería. Aún así, obedeció el mandato sin decir nada en contra. El rubio se quedó ligeramente contrariado por una orden un tanto absurda pero así podría perder algo de tiempo y fumar sin sentir como su superior se lo permitía a duras penas.
Cuando ambos militares salieron cerrando la puerta tras ellos, el Coronel dejó escapar un suspiro y se recostó ligeramente en su sillón echando la cabeza hacia atrás. Estaba cansado de tanto alboroto el cual era en parte su culpa; no sabía cómo seguía a flote en aquel mar embravecido que era ahora el ejército, echaba de menos a una joven pelirroja que no dejaba de dar vueltas a su alrededor tan sólo para asegurarse de que el hombre hacía su trabajo. Con desgana miró el sobre tomándolo para fijarse en la escritura. No parecía conocida o por lo menos no lo era para él; desconocida letra que llamaba a la lectura haciendo que sin ser totalmente consciente Roy abriera el sobre y leyera lo que en su interior estaba.
Estimado Coronel.
Como podrá ver ya no me dirijo a usted como General de Brigada; y es que las noticias vuelan entre rejas más si son sobre militares venidos a menos.
La verdad es que me sorprendió la revelación que hizo en mi juicio; eso me dio una segunda oportunidad para probar que yo no hice nada a nadie aunque esta vez no podrá respaldar a su 'subordinada' porque para su mala suerte no le permitirán asistir. No se imagina lo triste que me pone semejante decisión pero mi abogado dice que intentará llamarle para declarar.
"Que gracioso" se dijo con ironía el moreno a sí mismo nada más leer las dos primeras líneas de lo que parecía una carta; aún así siguió leyendo no sin poner diversas caras en desacuerdo con lo escrito.
Mientras escribo esta carta recuerdo a la pobre Riku, tan sola lejos de su superior… Es una pena que la trasladaran, ¿verdad? Sólo espero que no sea por mucho tiempo o seguramente te sentirás muy abandonado… Vamos no pongas cara de no haber roto un plato en tu vida que sabemos lo que Riku puede desatar en un hombre; sino fíjate en mí y en lo que sacó.
Desde luego pienso que es demasiada mujer para ti, si me la hubieras dejado habrías visto que yo sí soy suficiente hombre para ella.
En aquel momento, mientras sostenía la dichosa carta con una mano, golpeó con furia parte de lo que había en su mesa antes de terminar de leer.
Pronto volverás a saber de mí así que hasta entonces… ¡no pierdas la cabeza!
Fdo: Satoshi Hiwatari
--¡Ahhh! –gritó con todas su fuerzas lanzando el papel contra el suelo agarrándose la cabeza con ambas manos tratando de contener la furia y a su vez las ganas de llorar.
En aquella carta le había recordado ese tipo que había perdido a una mujer importante para él, posiblemente la mujer que tanto tiempo atrás Maes le había insistido que buscara y que se casara con ella para tener alguien en quien confiar. Pero ahora estaba solo en aquel despacho, lejos de cualquiera que pudiera reconfortarle aunque él mismo no quisiera. Ya no sabía qué hacer; había perdido la poca fuerza que le quedaba y comenzaba a dudar si en algún momento había sido real toda esa fortaleza.
Y ahí estaba él, sentado en el suelo con la espalda pegada a su escritorio viendo la mitad de las cosas que ocupaban la mesa ahora junto a él. ¿Acaso las palabras de un chiquillo estaban haciendo mella en él? ¿Ya no tenía la fuerza, las ganas de luchar que siempre le hicieron salir de todo lo más airoso posible? Puede que si en algún momento hubiera dejado de lado las apariencias y hubiera aceptado que sólo era un hombre más… Puede que entonces le hubieran enseñado a soportar las dos pérdidas más difíciles de su vida. Y es que Roy, ahora mostrando la cara más patética de todas las imaginables, había descubierto que perder cosas era fácil pero perder a un amigo y a la mujer por la que sentía más que amistad estaba haciendo su vida más cuesta arriba de lo que jamás pensó.
--Tengo que calmarme. –se dijo a sí mismo en voz baja mientras se agachaba para recoger la carta y guardarla en uno de los cajones de su escritorio junto con los guantes que ya no se atrevía a mirar para no caer en la nostalgia. Hacía semanas que no practicaba la alquimia ni siquiera por mantener el control de la misma y la verdad es que es aquel instante podría haber hecho arder todo el edificio si hubiera llevado los guantes puestos cuando terminó de leer la carta.
