Aclaraciones
Declaimer: Ni los personajes de Full Metal Alchemist ni los de D. no me pertenecen sino a sus creadores (no me acuerdo de sus nombre pero cuando los sepa los pongo)
- diálogos
-(intervenciones mías)
-"pensamientos"
-[cambios de escena]
- - - - - - - - - - - - Flash Back - - - - - - - -
Capítulo 10: La realidad golpea con fuerza
Ya había pasado casi un mes desde que fuera trasladada a Briggs, y gracias a su tía y a los subordinados de ésta la estancia era más agradable de lo esperado aunque siempre tenía la presencia de Kimbley detrás de ella a todas horas lo cual era agotador e incluso pesado. Durante ese tiempo no había tenido noticias de Central y eso la preocupaba; quería saber cómo estaban sus compañeros en especial Roy pues al haber sido degradado a Coronel y tener que obedecer sin rechistar lo que le mandaran, no sabía que le harían hacer. Ella quería creer que su antiguo superior se encontraba bien y que era capaz de superar lo que le pusieran delante, pero aún así eso no evitaba que sintiera un nudo en el estómago cuando su sombra, Kimbley, lo mencionaba de pasada sólo para ver su reacción.
--Riku. –dijo una voz tras ella a lo que ésta se giró encontrándose con la dura mirada de Olivie.
--¿Qué sucede General? –preguntó la nombrada firme cual soldado era.
--Acompáñame, tengo que hablarla. –anunció la mujer comenzando a andar para de improviso detenerse y girar su rostro ligeramente- A solas… -sentenció escuchando un gruñido por parte de Kimbley.
--Lo siento General Armstrong, pero tengo órdenes de vigilar a la muchacha. –replicó el hombre mostrando la menos amable de sus sonrisas dejando claro que sus órdenes venían de más arriba y que ni esa mujer podía contradecirlas.
--Entonces quédese fuera del despacho; no es asunto suyo lo que vaya a comentarle a Harada.
--¿Qué parte de vigilarla no ha entendido?- preguntó recalcando sus palabras anteriores.
--No es que vaya a dejarla escapar, alquimista carmesí. Se trata de un asunto que no le concierne pues usted no forma parte de la familia; y en eso, el ejército no tiene nada que decir.
Dicho esto ambas mujeres se retiraron dejando al hombre completamente silenciado incapaz de reaccionar, por lo que notablemente cabreado quiso decir la última palabra no teniendo tiempo debido a la aparición de Milles. El Teniente había apoyado uno de sus manos en el hombro de Kimbley y éste, sobresaltado, no había podido actuar ante nada de lo ocurrido.
--Coronel Kimbley, -dijo con algo de rin tintín- en la sección de telecomunicaciones hay una llamada para usted desde Ciudad Central. Se le ruega que acuda inmediatamente.
--Está bien; voy enseguida. –respondió el moreno todavía molesto sin dejar de observar reticentemente al ishbalí.
Éste sólo le indicó que le siguiera y ambos comenzaron a recorrer el largo corredor que separaba la zona de los despachos y oficinas de los oficiales de la zona de ingeniería y telecomunicaciones.
El trayecto fue tranquilo sin apenas miradas entre ambos pero con una tensión palpable en el ambiente que se podía contar con un cuchillo; la verdad es que si no fuera porque eran sus órdenes Milles no le dirigiría la palabra al moreno y éste seguiría molestándole cuando le apeteciera. En cuestión de minutos llegaron a su destino entrando primero Kimbley haciendo que los pocos que estaban en la estancia la abandonaran ante su fría mirada; su acompañante prefirió quedarse dentro para vigilar al invitado.
-¿Vas a quedarte ahí cotilleando? –cuestionó mostrando abiertamente las pocas ganas que tenía de tener observadores- Deberías dejarme solo.
-Lo siento pero no puedo perderle de vista señor.
-He dicho que te largues maldito ishbalí. –replicó sin dudar fijando sus ojos en las gafas del interpelado con ambas manos fuera de los bolsillos del pantalón donde habían estado hasta tan sólo unos pocos segundos antes.
Milles no comentó nada a esas palabras para evitarse mayores problemas y abandonó la estancia con fingida calma. Esa reacción le sería informada inmediatamente a la General Armstrong para que la mujer lo tuviera en cuenta de cara a posibles actuaciones sobre el alquimista.
--Buenas. Kimbley al habla. –dijo en un tono áspero y notorio de molestia.
--Es un placer escuchar su voz coronel… Ya era hora. –replicó la voz al otro lado del teléfono con un tono de sarcasmo.
--Disculpe, pero he estado algo ocupado y…
--Me da igual que haya estado ocupado, como si ha tenido que descongelar la fortaleza a mano; su deber es el de informarnos
--Ya pero es que…
--No me valen las escusas. Al general Hakuro y a mí nos debe tener al corriente en todo momento; y aunque tenemos a Mustang controlado hay que saber cómo está la otra mitad.
El coronel Douglas estaba dispuesto a poner a Carmesí en su sitio, recordándole a quién le debía todo e informándole de sus nuevos deberes adquiridos. El moreno sin embargo no dejaba de replicar mientras mentalmente culpaba de todo a ese maldito de fuego.
[En el despacho de la General Armstrong]
Por otra parte en el despacho de Olive lejos de esa insulsa discusión, Riku permanecía sentada con la mirada baja y sin saber que decirle a su superior. Llevaban ya 10 minutos allí y ni siquiera sabía porque se encontraba en el lugar.
--Verás Riku, hace escasas horas se recibió en la fortaleza un sobre certificado a tú nombre. Puesto que venía del cuartel general en Central no he podido sino abrirlo y comprobar que se cumplieran las sentencias a las que tú y ese don juán debéis hacer caso sin pestañear si quiera. –dijo la mujer con voz calmada tratando de no asustar a la joven a la par que sacaba el dicho sobre de uno de los cajones del escritorio.
--¿Has abierto mi correo? –preguntó la muchacha algo… sorprendida.
--Como bien te dije tenía el deber de hacerlo; y lo que he leído no es nada que me esperara… lo siento Riku.
--¿A qué te refieres? –comentó la pelirroja recibiendo el sobre dudando en si saber su contenido o no, antes de finalmente extraer del mismo un documento sellado por el mismo Fuhrer.
Estimada comandante Harada:
Me dirijo a usted como miembro del tribunal militar que juzgó al ahora coronel Mustang y a usted, para informarla sobre la decisión que a usted atañe del letrado Clains en la que pide (y a la que hemos accedido) repetir el juicio del señor Satoshi Hiwatari.
Ya que usted se encuentra en la fortaleza de Briggs el acusado será trasladado hacía el lugar para la realización del mismo. También se le informa que el abogado que representó a la acusación se reunirá con usted en un máximo de 3 días desde la llegada de esta carta.
Además se comunica que el coronel Mustang no acudirá a dicho juicio, y desde esta oficina le recordamos que cualquier comunicación con ese hombre podría llevarnos a replantearnos su sentencia (la de usted y la de él).
Firmado:
Sargento Rish, cuartel general Ciudad Central.
PD: El Generalísimo y el alto mando militar le mandan saludos; y le confirman que Roy Mustang sigue siendo un perro fiel y de una pieza… mientras se comporte.
Además de este documento en el sobre había otro papel escrito a mano claramente diferente al anterior. Al parecer era una carta del letrado Joseph Breimsquién sería otra vez el representante de la acusación.
Estimada señorita Harada:
Sé que no es un buen momento para la repetición del juicio del joven Hiwatari aún así, sigo ofreciendo mis servicios porque Roy Mustang confiaba en mí. La cúpula militar me ha informado de sus sentencias y de cómo deben ser cumplidas; cada uno en una punta del país y sin poder comunicarse entre ustedes.
Quiero que sepa que pase lo que pase su superior estará ahí; aunque no le vea ese hombre aparece en el lugar menos indicado, pero en el momento preciso.
Si dijera algo más esta carta no llegaría a su destino así que solo voy a decirle una frase que me dijo un gran hombre ybuen soldado:
"La guerra nos cambia a todos, pero si crees con fuerza en algo lucha por ello hasta conseguirlo. Seas o no un iluso mira siempre hacía arriba más allá del que te supera."
Atte.,
Joseph Breims, su abogado y amigo.
Si con el primer documento Riku estaba enfadada, con la carta se sintió desfallecer. Solo con leer entre líneas podía ver que el joven letrado no la había escrito; o al menos no en su totalidad. Pasarse meses y meses al lado de una persona le hizo aprender a distinguirla entre un millón; por eso cuando leyó aquella frase, aquellas palabras de aliento, no supo si reír, llorar o ambas cosas. Lo único que hizo fue sentarse, cerrar los ojos y apretar el folio contra su pecho.
Llevaba ya unos minutos contemplando la carta que ahora se encontraba arrugada después de alejarla de su pecho cuando una sonrisa indescriptible surcó sus labios. Olive la contempló en silencio para luego observar como en la hoja caían pequeñas gotas empapando el escrito haciendo que fijara su vista en la mirada de la joven. Al hacerlo, se percató que Riku había comenzado a llorar y por otro lado la sonrisa que marcaba su rostro no había desparecido en ningún momento. La de mayor rango se dirigió a su subordinada y acarició su cabeza de manera cariñosa dándole a entender así que tenía su apoyo en cualquier decisión que tomara.
-- Puedes retirarte. Llévate la carta pero nadie debe enterarse de su contenido real. -informó la mujer con voz grave intentando sonar firme.
--Está bien General... Gracias. -dijo la muchacha con la cabeza gacha mientras que disimuladamente se limpiaba las lágrimas que amenazaban por salir nuevamente.
--Una cosa más Riku, –añadió de improviso la mujer- espero que valga la pena.
Y sin mediar palabra, se quedó de espaldas escuchando claramente como la menor abandonaba la estancia quedándose a solas con sus pensamientos.
La muchacha por su parte salió al pasillo sosteniendo con fuerza el folio sin apartar la mirada del suelo conteniendo todas las emociones que la embargaban. Sabía que de alguna manera el hombre se comunicaría con ella y ahora tenía la prueba en su poder pero al mismo tiempo una sensación de terror la invadió al pensar en Kimbley; él tenía el don del oportunismo y seguramente haría lo imposible para enterarse de lo ocurrido en ese despacho. Con rapidez dobló el papel varias veces y se lo guardó en uno de los bolsillos del uniforme justo a tiempo para la aparición del mencionado militar que no parecía estar de buen humor. Tras el hombre llegaba Miles con una expresión que distaba del enfado común que tenía con el alquimista.
--Veo que ya te ha soltado. –comentó riendo ligeramente recibiendo por parte de la muchacha una fría mirada- Tranquila jovencita. Yo sólo me preocupaba por tu bienestar ahora que el joven Hiwatari va a venir de visita. –añadió mirando de soslayo a la puerta del despacho por donde asomaba ahora la General Armstrong.
--No se preocupe por mí, señor. –replicó ella marcando notablemente la palabra señor- No necesito que finja que le importo. –añadió con frialdad manteniendo las manos en los bolsillos- Sólo limítese a hacer su trabajo que tanto le gusta: vigilarme como a un preso.
--Por favor señorita Harada, ¿por quién me toma? –contestó de forma teatral mostrando su orgullosa e insoportable sonrisa.
La joven no hizo ningún comentario al respecto y tanto ella como Milles retomaron la marcha sin esperar al de pelo largo. El Teniente miró de reojo a la pelirroja observando como ella aguantaba la risa; la verdad es que en aquel momento gustosamente se habría reído a carcajada al escuchar como le plantaban cara a Kimbley.
--Espere señorita, tenemos todavía un asunto que atender… a solas. –añadió antes de que se alejaran demasiado- Teniente Milles, váyase a hacer lo que quiera que haga un ishbalí en el ejército amestriense.
Y dicho esto comenzó a caminar superando a los mencionados sin detenerse a esperar a la joven. Ésta tendría que apresurar el paso para seguirle si quería enterarse de los siguientes pasos que daría el alquimista. Por su parte Milles hizo el estipulado saludo militar y se marchó en dirección contraria sin hacer comentarios a lo que acababa de escuchar.
[En el despacho de la General Armstrong]
La General Armstrong no había dejado la sala cuando Riku se había marchado y aún seguía allí cuando su subordinado ishbalí entró en la misma. El Teniente parecía molesto y nada más cerrar la puerta golpeó con el puño la pared. Estaba más que enfadado por las palabras de Kimbley; aquello dicho por ese hombre era una clara provocación y seguramente buscaba un motivo por el cual hacerle quedar peor todavía. La General, al ver a su subordinado así, se le acercó con calma y le puso una mano en el hombro.
--¿Pero tú eres tonto? –dijo de improviso dándole un fuerte golpe en la mejilla- Se supone que eres un hombre de recia disciplina que no se deja dominar por sus instintos ni permite que un cualquiera con aires de grandeza le diga lo que tiene que hacer.
Milles la miraba sorprendió a la vez que llevaba su mano al lugar donde le había golpeado la mujer. Olive se veía seria, incluso terrorífica y no dejaba de mirar con intensidad al ishbalí. Éste se mantuvo en silencio a la espera de una siguiente reprimenda, la cual no tardó en llegar aunque esta vez fue menos directa.
--Milles, ambos sabemos que ese hombre no tiene respeto por nada y que lo único que necesita de las fuerzas del norte es la ubicación. –explicó con calma- Sé que no escapa a tu conocimiento que Riku no ha sido solamente trasladada y por ello te pido la mayor paciencia que puedas demostrar con Kimbley al igual que te lo pedí cuando llegaron aquí hace unos meses.
--General, no es que no tenga paciencia pero todo tiene un límite y me temo que el mío está cerca.
--Teniente, consideraré que nunca me ha dicho esas palabras por el bien de esta base y de aquellos que nos son importantes.
El hombre entendió en seguida las palabras de su superior; no era Kimbley el enemigo real ni la única preocupación que debía tener en mente; la joven pelirroja se había convertido en un miembro de la familia tiempo atrás y ahora era ella a la que más había que vigilar por su propia seguridad.
--Por cierto, mañana llega una comitiva de Central y me gustaría que no descuidases tus obligaciones por este altercado con el alquimista; ¿queda claro Teniente?
Sin dudarlo, Milles asintió y tras un breve saludo abandonó la estancia ante la mirada de la mujer. Ella se sentía tan indignada con Kimbley como su subordinado y aún así tenía que ser impasible ante cualquiera de sus palabras.
Riku y Kimnley caminaron por los largos pasillos durante varios minutos en silencio. La joven no se molestaba en hablar y su acompañante no parecía querer hacerlo en ese momento. Ambos siguieron avanzando serios hasta que el hombre se detuvo frente a una puerta.
--Las damas primero. –dijo sonriendo mientras cedía el paso a la muchacha que entró sin decir nada- No tienes que ser así Riku; yo sólo quiero hablar de él.
Dicho esto se sentó frente a una mesa con una carpeta marrón sobre la misma. Kimbley la abrió dejando ver varias fotos de Roy Mustang fechadas en diversas actividades de su trabajo diario en Central. Junto a las fotos algunos papeles sellados y un recorte de periódico con fecha posterior al primer juicio que se había celebrado.
--¿Qué es lo que quieres Kimbley? –preguntó la pelirroja sin apartar sus ojos de lo que se encontraba en la mesa.
--Me encanta que seas tan directa; ¿lo eras con ese bastardo también? –dijo él sonriendo pícaramente incluso ligeramente burlesco- ¿O me negarás que el perro de fuego no se rendía a tus palabras?
Riku no esperó más y golpeó con todas sus fuerzas al moreno en la cara haciendo que se tambaleara en la silla. Respiraba agitadamente y le temblaba la mano que había usado contra el alquimista. Éste por su parte seguía sonriendo mientras se apoyaba en la mesa alcanzando con los dedos el recorte de periódico.
--Deberías saber qué es lo que se piensa de tu gran héroe; es muy interesante. –comentó antes de ponerse a leer en voz alta:
Roy Mustang ¡Culpable!
Ayer ante toda una sala llena de gente y en mitad de su declaración, el General de Brigada Roy Mustang reconoció que había usado de manera totalmente errónea la alquimia atacando al que era el acusado, con el fin de "proteger a su subordinado".
Un enviado especial de este periódico ha tenido acceso a información confidencial y ha descubierto como el mencionado militar habría infringido gravemente la ley militar por lo que sería juzgado por segunda vez por un delito calificado uso indebido de un arma militar contra un civil desarmado. Después de lo que se escuchó en la sala y de las miradas que intercambiaba con el acusado, Satoshi Hiwatari, ¿podemos decir que Roy Mustang es un héroe de guerra o simplemente un peón más en un genocidio como fue Ishbal?
La joven se quedó con la boca abierta y la mirada fija en el suelo sin creer todavía que tomaran a Roy como un asesino, un genocida había faltado que escribieran pensó ella. Kimbley por su lado mantenía el recorte entre sus manos riendo ligeramente al ver la reacción de la pelirroja.
--Ya te dije que era muy interesante la opinión que tienen de él. –comentó pasando junto a la muchacha- ¿Sabes un cosa? Si supiera controlar su ego seguramente seguiría teniéndote a su lado; pero como todo el mundo sabe para Roy Mustang es más fácil cuidar de su ego que de sus subordinados.
Kimbley no perdía oportunidad alguna de criticar al alquimista de fuego y viendo que la joven no reaccionaba siguió hablando.
--Y por si fuera poco, en pocos días tendrás que ver de nuevo al supuesto culpable. –añadió entre risas- La gente no cree que fuera él tu atacante; de hecho si preguntases dirían que el militar fue quien atacó al probre chico.
Lo siguiente que se escuchó fue un sonido sordo de un cuerpo contra una superficie rígida. El pelo de Riku ondeaba alrededor de su rostro mientras el moreno la miraba furioso soltando a la vez algunos quejidos. La joven había usado su apreciada alquimia para atacar al otro y hacer que su cuerpo fuera a dar contra la pared de la estancia. El ímpetu que había puesto en ese ataque había provocado el daño esperado y ahora el hombre no dejaba de quejarse jurando y perjurando que se lo haría pagar. Otra ráfaga de viento presionó más su espalda contra el muro sacando de Kimbley otra tanda de quejidos y amenazas.
--Verá Coronel, nadie se mete con la gente que me importa y sale airoso. –dijo con fuerza en sus palabras- Así que vigile su lengua viperina sino quiere que se la corte. –añadió haciendo que unas ráfagas de viento cortaran las palmas de sus manos y ambas mejillas.
Tras eso la joven recogió el contenido de la carpeta y se quedó sentada observando al alquimista carmesí pegado a la pared sin soltar todo lo que Kimbley le había mostrado. Su pulso era superior a lo normal, su respiración agitada se normalizaba lentamente y sus ojos no podían dejar de mirar el marrón de la carpeta pues no se atrevía a abrirla.
--Lo estás deseando, ¿verdad? –habló entonces el moreno- Si no lo miras no sabrás qué ha sido de tu preciado alquimista. –añadió sin perder esa sonrisa ladina que le caracterizaba.
Rku le observó unos instantes antes de levantarse y salir por la puerta de la estancia con ese material entre sus manos. En el momento en el que abandonaba la sala Kimbley caía contra el suelo libre de la presión que había hecho la alquimia de la joven. Nada más aterrizar comenzó a reir a la vez le lamía las heridas de sus manos alguna que otra vez; esa joven era muy interesante, tanto que los días siguientes iban a ser unos grandes días.
[En la sala de interrogatorios]
--Acompáñeme señor Kimbley. –pidió esperando sólo unos segundos a que el hombre reaccionara.
--¿Quién es usted? –cuestionó el alquimista mientras caminaba junto al recién llegado.
--Clains, letrado. –expuso el abogado parándose ante una puerta bastante gruesa que abrió dejando ver a un muchacho de pelo azulado vestido como un preso- Adelante señor Kimbley, tenemos asuntos que tratar los tres.
Dicho esto ambos hombres entraron en la sala ante la atenta mirada del joven que ya se encontraba en ella. El abogado dejó su maletín en la pequeña mesa que había allí y se quedó de pie apoyado en el borde de dicho mueble.
--Señor Kimbley, me temo que tenemos que adoptar nuevas medidas para evitar que nos traicione. –dijo el abogado.
--Yo no traiciono a nadie si antes no me han traicionado a mí. –replicó el alquimista.
--A mí me han comentado otras cosas muy diferentes sobre el tema.
--¿Y a mí que más me da? ¿Se cree mejor que yo abogaducho del tres al cuarto? –añadió con firmeza mostrando una mirada amenazadora.
Kimbley estaba dejando muy clara su postura ante el abogado del joven Hiwatari mientras que éste les observaba discutir dentro de la sala de interrogatorios. Al muchacho le resultaba gracioso cómo el alquimista usaba un tono amenazante y cómo Clains se limitaba a sonreír haciendo que su interlocutor se enfadara más todavía.
--Señor Clains, debería dejar de jugar con el caballero. –dijo Satoshi sonriendo de manera poco confiable sentado en la mesa con las manos esposadas.
--Le ruego que me disculpe señor Kimbley. –se disculpó el abogado inclinando ligeramente la cabeza- Ha sido una actitud demasiado infantil para esta ocasión.
--Tranquilo señor letrado- replicó el moreno- Reconozco que yo también me he comportado como un crío.
--Que bonitas disculpas. –comentó Satoshi a la conversación- Tanto que no son creíbles. –añadió bajándose de la mesa y caminando hacia el alquimista mirando de reojo a su abogado.
El muchacho se quedó frente al hombre observando sus facciones y mirando fijamente a sus ojos oscuros. Después volvió a la mesa pero se quedó de pie junto al señor Clains esta vez mostrando un rostro frío como el hielo.
--No está aquí señor Kimbley para que nos de lecciones de quien manda sobre quien, está para controlar a una joven muy rebelde y evitar que se ponga en contacto con un hombre realmente molesto y ambicioso.
--No dudes de mis capacidades de control muchacho.
--Deberíamos dudar de ellas Carmesí.
--¡¿Cómo se atreve? ¡Yo nunca he fallado en mi trabajo! –gritó muy enojado el alquimista acercándose amenazadoramente al duo.
--Deje de llamar la atención. Sólo decimos que se le ha escapado un pequeño detalle. –aclaró el letrado mientras Hiwatari reía en voz baja- Sabemos que cierto alquimista muy molesto ha dejado su puesto en Ciudad Central y tenemos una ligera idea de donde debe estar.
Cuando escuchó aquello el alquimista se quedó con la boca abierta. Él no le había quitado la vista de encima a Riku y aún así era posible que el odioso alquimista de fuego estuviera por ahí rondando. Sin embargo eso no era lo que le habían dicho de manera exacta por lo que esbozó una de sus enigmáticas sonrisas.
--Casi me lo creo. –dijo sin perder la postura- Habéis estado a punto de convencerme de que yo había fallado en mi trabajo. -añadió mirando a ambos hombres que en ningún momento se habían reído ante el asunto.
--No es una broma. El Coronel Roy Mustang ha dejado la ciudad y no sabemos donde se encuentra, lo cual pone en peligro a mi cliente teniendo en cuenta los antecedentes de éste. –explicó con seriedad el abogado.
--Pero él no puede estar aquí. La General de División es consciente de lo que le pasaría si le permitiera el paso y así la comunicación con la señorita Harada.
--Por eso mismo le estamos diciendo esto. No queremos que crea que ese hombre cumplirá las normas porque le garantizo que no las cumplirá si puede evitarlo. –sentenció mostrando su propio cuerpo.
El alquimista se quedó con la vista fija en la piel quemada recordando la guerra de Ishbal y como entonces Roy Mustang había usado el fuego que dominaba para arrasar barrios enteros y carbonizar a sus habitantes.
--Estaré vigilante a partir de ahora. –sentenció resolutivo sin perder de vista al muchacho que sería juzgado en pocos días.
--Eso esperamos.
--Si no cumples, las altas esferas se sentirán notablemente defraudadas. –le amenazó disimuladamente Clains sonriendo maliciosamente.
El moreno asintió levemente antes de dar media vuelta y dejarles solos en la estancia. Satoshi se giró entonces hacia el abogado mientras éste retomaba sus documentos de la mesa.
--¿Crees que lo conseguirá? –cuestionó el menor.
--Carmesí puede ser impulsivo pero su odio a Roy Mustang es mayor que eso. Se comportará como se espera y si ese alquimista está aquí le descubrirá.
Hiwatari se quedó contento con aquella respuesta y dejó el tema para pasar a hablar de la estrategia a seguir en su juicio. Clains había dejado muy claro que no permitiría que el muchacho fuera declarado culpable otra vez y haría lo que fuera necesario para ello.
Mientras todo esto ocurría en la sala de interrogatorios, varios pisos más arriba un joven y prometedor abogado llegaba acompañado de uno de los subordinados del Coronel Mustang. Jean Havoc caminaba despacio junto al letrado mirando de vez en cuando a su alrededor y con su habitual cigarrillo en la boca a medio fumar. Su cabello rubio algo desordenado resaltaba entre los colores del pelo de la mayoría de los ocupantes de la fortaleza.
--Señor Havoc, espero que se comporte mientras le dejo solo y yo hablo con mi cliente. –dijo el letrado al llegar a la puerta del despacho de la General de División- Su superior me aseguró que sería usted alguien responsable así que no le defraude.
--Sí señor. –respondió de inmediato añadiendo un saludo marcial a sus palabras.
Tras ese gesto el abogado entró en la sala dejando al hombre rubio fuera de la misma y encontrándose en ella a la joven Harada vestida con el uniforme militar.
--Es un placer volver a verla. –dijo con amabilidad caminando hasta una silla vacía junto a la mesa.
--Señor Breims, ¿cómo está?
--He tenido días mejores; el frío no es nada confortable. –repuso el hombre riendo ligeramente antes de ponerse serio- Además no ha sido una semana fácil. Las cosas no son como gustaría que fueran pero sobreviviremos.
--Sé que el frío es duro para todos. –respondió la muchacha que no había apartado la vista del letrado- Pero no voy a rendirme ante los impedimentos que me pongan.
Breims asintió ante tales palabras y carraspeó levemente antes de tomar posiciones en la mesa dejando sobre la misma su cartera. De ella sacó varias carpetas que fue dejando en la superficie para luego quedarse con una en las manos.
--Empecemos por hablar de su declaración. –comentó el hombre abriendo la carpeta- Según expuso en el anterior juicio, el joven Hiwatari la siguió en dos ocasiones durante su estancia en Cuidad Central y en ambas intentó de hacerla daño. ¿Es correcto?
--Sí.
--Bien, sigamos. Además de todo esto, el muchacho trató de forzarla una vez acorralada en su casa; lo cual evitó el Coronel Mustang. Correcto también, ¿verdad?
--Sí. –volvió a decir ella aunque esta vez bajó la cabeza y la fuerza de su voz.
--Sé que es duro recordarlo pero tenemos que tener claras las cosas que se deben omitir en la declaración.
--¿Omitir? –preguntó sin entender a qué se refería el letrado.
--Me temo que la actuación del Coronel podría se perjudicial para el proceso.
--¿Qué quiere decir? Roy no hizo nada malo, tan sólo…
--Lo sé, tan sólo la protegió pero su actuación en el cuartel le ha costado su puesto y si la defensa utiliza eso podría hacer creer al jurado que fue el Coronel el verdadero culpable y no Hiwatari.
--Pero Roy no… él nunca haría algo así y lo sabe. –replicó ella por segunda vez defendiendo al alquimista con fuerza.
--Señorita Harada, sólo es una posibilidad pero tenemos que estar preparados por si ocurre; y si pasa habrá que desligar la actuación del Coronel del caso y centrarnos en lo que ese chico hizo.
--No podemos "desligarnos" de lo que hizo Roy, arriesgó su carrera por mí.
--Señorita…
--No señor Breims, no vamos a dejar la actuación del Coronel fuera del caso. –sentenció la muchacha tras aquella breve discusión.
El abogado se había quedado en silencio escuchando aquella última réplica de la pelirroja. Entendía las palabras de Riku por lo que el Coronel le había contado de ella antes de partir al norte pero aún así sabía que ni dejando fuera la actuación del alquimista conseguiría un juicio fácil, más cuando Clains no dudaría en sacarlo a la luz teniendo en cuenta que fue precisamente el militar el que había presentado la acusación en primer lugar y que en este caso no estaría presente.
--Señor Breims, no quiero que piense que soy una cabezota o que no entiendo lo que puede suceder; pero Roy me salvó la vida y está pagando por sus errores, no creo que sea necesario ocultar que es un héroe.
--Señorita Harada, el Coronel ya no es un héroe, no para la mayor parte de Ciudad Central después de aquel artículo del Central Times. La opinión de la gente sobre Roy Mustang es de un genocida que se extralimitó al tratar con un chiquillo; y me temo que con esa imagen no se puede luchar.
--Pero él no es un genocida ni se extralimitó en sus funciones.
--¿Está segura de lo que dice?
Riku se quedó muda ante esas palabras y agachó la cabeza sabiendo que las palabras del abogado eran ciertas, Ella había leído ese artículo, cortesía del señor Kimbley, y sabía lo que se contaba de Roy sin embargo quería creer que no fue puro egoísmo lo que le había movido a atacar a Satoshi y dejarle de esa manera.
--Señor Breims, ¿usted piensa lo mismo que los que han escrito ese artículo?
--No se puede negar que el Coronel mató a mucha gente en Ishbal, pero aún así yo también hubiera torturado a ese chico por atreverse a hacer algo así.
--Eso no me lo esperaba de usted. –comentó entonces la joven haciendo que el letrado bajara la cabeza algo avergonzado centrando su vista en los documentos de su carpeta- No sea tan vergonzoso, es normal que opine igual que él ya que fue usted quien creyó en él la primera vez.
--Señorita Harada, el Coronel no tiene un corazón de hielo, ¿verdad? –preguntó tímidamente.
--¿Cómo? –respondió por inercia sorprendida.
--Que si el Coronel…
--Lo he oído, es que no esperaba esa pregunta.
--Entonces…
--No, él no tiene un corazón de hielo. De hecho es muy cálido. –dijo ella suspirando levemente haciendo que el letrado se la quedara mirando- Pero su frialdad es sólo una fachada- terminó por aclarar.
--Claro. –replicó él riendo ligeramente- Aunque no me podrá negar que parezco una celestina.
--¿Qué quiere decir?
--Léalo usted misma. –añadió entregándole un sobre cerrado que la muchacha cogió en cuanto lo vio para abrirlo y leerlo- Tranquila, nadie sabe lo que pone salvo la persona que la escribió.
Querida Riku:
Si estás leyendo esto es que el joven Joseph ha logrado introducir la carta en la fortaleza sin que nadie se la requisara. Ante todo decirte que no tienes que preocuparte por la estrategia que decida, estoy plenamente de acuerdo con su actuación y te pido que tú confíes en sus decisiones.
Quiero decirte tantas cosas que podría escribir un libro con mis palabras pero no tengo ni el material ni el tiempo para hacerlo. Sólo recuerda que hasta el más frío hielo se puede derretir con el fuego, con ese fuego que abrasa todo lo que te hace daño.
Me gustaría estar a tu lado en ese preciso instante, poder estar sentado a tu lado en el tribunal y poder tomarte de la mano cuando tengas que recordar lo que ese bastardo te hizo; pero sobretodo poder estar cuando te sientas sola en mitad de la noche pues yo también me siento solo en una casa que antes era tu hogar.
Guarda estas palabras en tu corazón mientras vivas porque te las repetiré cuando nos volvamos a ver.
Te quiere, Roy Mustang
PD: Saluda a Havoc de mi parte cuando le veas.
Cuando terminó de leer la carta, se quedó con una sonrisa tonta en la cara mirando el papel que tenía en sus manos releyendo aquellas palabras. Entre frase y frase se imaginaba a Roy mientras lo escribía comprobando que nadie entrara en su oficina. Esa imagen le hizo reir provocando que el abogado carraspeara para llamar su atención.
--Lo siento. –se disculpó la joven guardando el papel en el sobre y volviendo a centrarse en el hombre que la acompañaba.
--Tranquila; entiendo que era algo que no esperabas.
--¿Fue difícil traerla? –preguntó de improviso.
--Bueno; cuando me crucé con Hiwatari y su abogado, y luego con un hombre de traje blanco temí que notaran mi nerviosismo.
--Gracias por hacer ese esfuerzo. –agradeció ella sonriéndole amablemente.
--No es para tanto. –replicó el abogado llevándose una mano detrás de su cabeza mientras se reía ligeramente- Además el Coronel fue muy convincente.
--Esa es una de sus cualidades.
--Bueno, será mejor que sigamos preparando el juicio. –dijo poniéndose serio tomando otra carpeta de la mesa.
Continuar desde donde lo habían dejado apenas les tomó unos minutos en los que la seriedad volvió a la sala y fue el ambiente que se mantuvo durante el resto de la reunión.
[En los hangares de la fortaleza]
Lejos de cualquiera que tuviera ganas de molestar, Jean Havoc permanecía de pie junto a una de las entradas ataviado con un buen abrigo y unos guantes blancos. En sus labios un cigarro se consumía lentamente mientras jugaba con el mechero de gas. Sus ojos miraban fijamente el horizonte blanco de aquella zona echando de menos el calor de Ciudad Central.
--¿Por qué se habrán empeñado en mandarla tan lejos? –preguntó al aire a la vez que exhalaba el humo del cigarro- ¿Es que no había un sitio más alejado y con peor tiempo que éste? Si al menos fuera el Este, podría librarme de este molesto abrigo.
--Desde luego como os quejáis los de Central. –comentó la voz de un hombre corpulento que apareció por detrás.
--Pero si es el capitán Buccaner. –replicó riendo mientras apagaba el cigarro.
--Teniente Jean Havoc, ¿qué hace un perro de Central medrando en el norte? –cuestionó cuando llegó a su nivel.
--Pues dando por saco a los de Briggs. –le respondió sin perder su sonrisa.
--Muy buena teniente.
--Gracias señor.
--En serio, ¿qué haces aquí Havoc? –preguntó más serio después del momento de ditensión que habían tenido.
--Sólo estoy de escolta. –replicó mostrando su orgullo.
--Tranquilo eh Havoc, que aún terminas en la nieve esta noche.
--Atrévete si puedes. –le retó el rubio poniéndose firme para encararle.
--Basta ya caballeros. –dijo una tercera persona que había aparecido en el escenario.
--Ge-General…
--No tartamudee señor Buccaner que no me como a nadie. –le dijo a su subordinado- Y usted, parece que se le han pegado las malas maneras de su superior.
--No son tan malas señora. –replicó él sonriendo de manera ladina.
--Teniente, si no quiere que le corte esa lengua será mejor que la mantenga detrás de sus dientes. –le amenazó mostrándole su espada.
El rubio se quedó callado apretando sus manos dentro de los bolsillos. No quería montar un espectáculo por lo que agachó la cabeza y se adentró en el hangar lentamente. La mujer se quedó junto a su subordinado observando como se marchaba hasta que algo le llamó la atención y sonrió al hacer ese descubrimiento.
--Vayamos dentro señor Buccaner, se hace tarde.
