LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.
ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )
NADA ES MIO.
Capítulo 8
Cádiz España
—Dadnos un barco, padre, y os traeremos la cabeza del Vampiro metida en un cesto —juró Felix Swan.
—Sí, padre; se rumorea que el pirata tiene su casa en Denali cuando no está por los océanos, mandando barcos forksenses al fondo del mar, o en Volterra, alardeando de sus hazañas —dijo Demetri, haciéndose eco del sentir de su hermano—. Si el rey Erick no estuviera ocupado en reunir, armar y aprovisionar una gran armada para enfrentarse a Volterra, ya habría mandado una expedición a Denali para liquidar a ese pirata. Por desgracia, nuestro rey está atado de pies y manos en lo económico y no puede financiar más que una expedición.
—Recuperaremos a Isabella y su dote sin la ayuda del rey Erick, y nos encargaremos personalmente de mandar al Vampiro a la perdición —prometió Felix.
Los hijos de Charlie Swan eran forksenses de sangre caliente y estaban sedientos de lucha. Acababa de llegar de La Push la noticia de que el Santa María se había ido a pique y que a Isabella la había raptado el Vampiro. Tanto Isabella como su dote habían desaparecido. Ahora sus hermanos reclamaban acaloradamente la sangre de Edward y la venganza.
—No nos precipitemos. Quizá deberíamos esperar a que nos pida un rescate —sugirió Charlie.
—No podemos esperar tanto —escupió Felix—. Mientras nosotros estamos aquí sentados sin hacer nada, ese canalla está deshonrando a nuestra hermana. Jacob ya no la va a querer; eso lo sabemos todos.
—Seguramente el pirata sabe lo valiosa que es nuestra hermana —dijo Demetri, el más juicioso de los dos hermanos—. Es posible que no le arrebate la virginidad, sabiendo que con eso disminuye el valor que ella tiene para nosotros. Por eso debemos actuar con rapidez, y atacarle cuando menos se lo espere.
—Sí —coincidió, impaciente, Felix—. Si nos dais un barco y cincuenta hombres, rescataremos a Isabella y se la llevaremos a su prometido a La Push, con su dote intacta —añadió.
—¿Y qué pasa con su reputación? —preguntó Charlie—. Jacob podría no querer a Isabella incluso si por algún milagro el Vampiro ha respetado su virginidad. La gente hablará, correrán rumores sobre su secuestro que ni siquiera el gobernador general podrá atajar.
—Duplicad la suma de la dote —aconsejó Demetri—, y la llevaremos con nosotros. Jacob es demasiado listo para rechazar semejante oferta.
—¿Estáis seguros de que podréis encontrar la isla de Denali? —preguntó Charlie, mordaz.
—Dadnos un capitán que conozca esas aguas y la encontraremos —le aseguró Felix—. Nos acercaremos en una noche sin luna, le atacaremos cuando menos se lo espere.
—Mmmm… Eso podría funcionar —musitó Charlie, después de reflexionar cuidadosamente sobre el asunto—, si es que le pilláis en Denali. Pero en lugar de matar a ese malnacido, llevadlo a La Push. Habrá que reservarle a Jacob el placer de matarlo. Isabella es su prometida; él es el más perjudicado por su secuestro.
—Sí, padre, lo haremos como habéis dicho —asintió Demetri—. Tengo la certeza de que él está todavía en Denali. No se irá antes de haber enviado su petición de rescate o de haber recibido una respuesta. ¿Cuándo partimos?
—Voy a hacer los preparativos. El Santa María está ahora en el puerto. Dadme un día y una noche para aprovisionarlo, encontrar los hombres que necesitáis y sacar de mis arcas fondos adicionales para aumentar la dote de Isabella lo bastante como para que a Jacob la oferta aún le resulte apetitosa.
—No os fallaremos, padre —prometió Felix—. Rescataremos a nuestra hermana y la depositaremos en manos de su prometido.
Denali, Islas Bahamas
Tres semanas más tarde
Abriéndole los muslos con las rodillas, Edward apretó hacia el interior de Isabella, llenándola de su fuerza, y haciendo que un suave suspiro asomara a sus labios. La boca de él tomó su boca, enfebrecida, urgente, mientras sus caderas se movían en seductora invitación. Isabella le respondía arqueándose hacia él, llevándolo más adentro de su melosa dulzura. Edward dejó escapar un gruñido; el sabor y el calor de Isabella le ponían loco por liberarse. Sus bronceados hombros brillaban de sudor, y las escuetas líneas que dibujaban su rostro revelaban el alto grado de autocontrol que estaba ejerciendo.
¿Qué tenía Isabella que le hacía desearla con todas sus fuerzas?, se preguntaba, y no por primera vez. No se cansaba nunca de penetrarla, de hacerla suya una y otra vez. No tenía más que mirarla para desearla. Después de que él descubriera su verdadera identidad, había aceptado ponerse su propia ropa, mucho más bonita, y algunas veces un pareo que Zafrina le había regalado. A él como más le gustaba era con el pareo, con los pies y los hombros descalzos, los magníficos pechos liberados de su férrea armazón. Incluso con el pelo corto, ella era una destacada belleza. Y por más que él tratara desesperadamente de negar el embrujo que ella desplegaba sobre sus sentidos, su cuerpo reaccionaba a la mínima.
Gimiendo suavemente entre dientes, Isabella se sintió transportada en un remolino sin control. Los labios de Edward iban de su boca a sus pechos, lamiéndole y chupándole los pezones, llevándola cada vez más cerca de ese momento de éxtasis hacia el que se debatía su cuerpo. Ya no tenía miedo de ese momento de esplendor suspendido en que explotaría en un clímax fulminante. No era ya la inocente que había sido, porque su virtud había quedado completamente comprometida. Edward se había encargado de que así fuera. A pesar de su inexperiencia, a Isabella no le cabía duda de que Edward era un amante increíble. Un amante insaciable y exigente que la mantenía hechizada en las redes de su seducción.
Edward prodigaba tiernos cariños a los pezones de Isabella, deleitándose en la forma en que ella gemía y se arqueaba hacia él. Levantó la cara de su suculento banquete y la contempló intensamente.
—Me encantan tus pezones —en su voz ronca proliferaba su deseo de ella—, tan grandes y rosados, como si reclamaran mi atención. Eres exquisita, Isabella, no podría haber deseado una amante mejor. —Se introdujo más a fondo, para retroceder luego, dentro, fuera. El sudor que goteaba de su cara caía sobre los pechos de ella—. ¡Ahora, querida, ahora!
Isabella apenas oía sus palabras. Estaba ya tratando de alcanzar aquella alta meseta de placer a la que sólo Edward podía llevarla. Estaba convencida de que ningún otro hombre tenía el poder de elevarla hasta alturas tan impresionantes. En algún punto del camino, el muy traidor de su cuerpo había apuñalado sus altos ideales. Su pecado se hacía más grave cada vez que caía entre sus brazos y volvía a deleitarse con su forma de hacer el amor. Pero ella sabía que llegaría un día en que tendría que arrepentirse de sus pecados, y enfrentarse al hecho de que Edward la estaba utilizando sin más. Él era un potente y sensual pirata que tomaba a las mujeres a su antojo y luego, con la misma facilidad, las desechaba, como había desechado a Tanya.
De pronto, los pensamientos de Isabella se dispersaron; las caderas de Edward bombeaban vigorosamente, proyectándola más allá del límite. Le agarró con fuerza los hombros y gritó. Su cuerpo se estremecía, recorrido por sucesivas olas de pura dicha. Después de exprimirla hasta la última gota de placer, Edward se precipitó hacia su propio clímax, vertiendo su semilla en una violenta carrera hacia el éxtasis.
Pasaron algunos minutos antes de que Edward aflojara y se acomodara al lado de Isabella. No habló; no era capaz. Como siempre, hacerle el amor a Isabella le afectaba de una forma que le resultaba alarmante. Por lo que lograba recordar, jamás, desde que se convirtió en adulto, había tenido una mujer con tanta repercusión en su vida. Y sin embargo, por más que hiciera recuento de las muchas formas en que Isabella le inspiraba y le excitaba, sabía que tendría que dejarla marchar muy pronto. Emmett McCarthy volvería con el rescate, y él mandaría a Isabella de vuelta con los suyos. Por más océanos que los separaran, no iba a olvidar nunca a aquella mujer de Forks que, aspirando a la santidad, había tenido que conformarse con el paraíso.
Isabella sintió que Edward salía de ella y se volvía de espaldas. Lo sintió vivamente como un rechazo. Era lo bastante aguda como para darse cuenta de que si él la deseaba físicamente era porque negaba de plano lo que ella era. No había nada que pudiera cambiar su ascendencia de Forks, o el hecho de que era hija de su padre. Decidió no romper la precaria paz que había entre ellos, y volviéndose de cara a la pared se entregó al sueño. En algún momento de la noche, Edward se abrazó a su cuerpo desnudo, sujetándola fuerte, como si temiera que se la fueran a arrancar de las manos.
El Santa María entró navegando en la cala, al abrigo de la noche sin luna. La isla de Denali yacía dormida y quieta. Ningún movimiento en la playa. El barco echó el ancla a poca distancia de la orilla, y se arriaron dos botes para que desembarcara una partida de hombres armados. Con Felix y Demetri a la cabeza, la expedición se dirigió a tierra entre el deslizarse silencioso de los remos por el agua. Vararon los botes en la playa, arrastrándolos hasta ponerlos a resguardo entre la maleza y los árboles. Felix condujo a la mitad de los hombres en una dirección mientras los demás seguían a Demetri en otra. Como era poco lo que se sabía de Denali, los dos grupos buscaban la guarida del Vampiro. Los forksenses no habían encontrado ningún barco en la pequeña cala, y eso podía ser buena o mala señal. Podía significar que el Vampiro ya no estaba en la isla, lo cual sería malo si se había llevado consigo a Isabella. Si tenían suerte, igual podía significar que el Vampiro había despachado su barco sin llevarlo él mismo y que lo iban a encontrar en su casa durmiendo como un bendito. Que la playa no estuviera vigilada sorprendió a los dos hermanos, pero no les impidió seguir internándose en la isla.
Fue Felix quien encontró un camino entre los árboles. Condujo a sus hombres sin hacer ruido a través de la noche tenebrosa y se vio recompensado cuando en un claro del bosque apareció ante ellos una casa campestre. No había vigilantes a la vista, y a Felix le pareció una estupidez por parte del Vampiro no estar prevenido para una invasión. Pero claro, cómo iba a saber él que los Swan eran capaces de asaltar su isla para recuperar lo que les había robado. Denali quedaba lejos de todas partes y rara vez pasaba por allí algún barco.
Felix se encontró la puerta sin trancar y les hizo a sus hombres una seña para que entraran, mofándose otra vez de aquella falta de cuidado. Subió despacio las escaleras, con sus hombres pisándole los talones. Andaban muy callados y con mucho cuidado. El candelabro que Zafrina solía dejar en la mesita que había al final de la escalera les alumbró el camino. Felix abrió la primera puerta que encontró y miró hacia dentro. Las bisagras chirriaron; se quedó inmóvil un instante. El cuarto estaba vacío, y siguieron adelante.
Más allá, Felixentre abrió otra puerta del pasillo y contempló el interior. Al ver en la cama una sombría figura, abrió de un golpe la puerta con un estrépito rotundo. Uno de sus hombres había cogido un candelabro de la mesita del pasillo y lo introdujo en el dormitorio, proporcionándole luz suficiente para ver dos cuerpos desnudos íntimamente entrelazados en la cama.
—¡Qué malnacido! ¡Qué asqueroso malnacido! ¡Vas a pagar por haber deshonrado a mi hermana!
Edward se enderezó de un salto. Le costó un instante aclarar sus pensamientos, y cuando lo hizo se maldijo a sí mismo por idiota. Intentó alcanzar su espada, que nunca dejaba muy lejos, pero ya era demasiado tarde. En un abrir y cerrar de ojos se le echaron encima más hombres de los que podía contar.
Isabella soltó un grito y trató de taparse con la sábana. Los intrusos la miraban con lascivia, y el pánico se apoderó de ella. ¿Habrían invadido la isla brutales piratas, o nativos poco amistosos? Dio un respingo cuando reconoció a su hermano, y supuso que lo habían enviado para rescatarla.
—Tápate —gruñó Felix, lanzándole a Isabella una mirada violenta y ceñuda—. ¿Qué ha sido de mi inocente hermana?
Y entonces sucedió todo tan rápido que Isabella apenas tuvo tiempo de pensar, y mucho menos de hablar. Los secuaces de Felix embistieron contra Edward, y al mismo tiempo Felix arrastró a Isabella fuera de la cama. Tuvo que contemplar con horror creciente la paliza que le dieron a Edward hasta dejarlo inconsciente.
—Llevadlo al barco —ordenó Felix a sus hombres. Luego volvió la atención hacia Isabella—. ¿Dónde está tu ropa?
—Hay un baúl en mi dormitorio —señalaba hacia un cuarto del fondo del pasillo—. ¿Qué le vas a hacer a Edward?
—No te preocupes por él, que no te volverá a hacer daño —dijo secamente Felix—. Estará a buen recaudo encadenado en la bodega hasta que lleguemos a La Push. El Vampiro no volverá a corromper a ninguna mujer.
—¡A La Push! —Isabella parecía perpleja—. Pero ¿para qué vamos a ir a La Push? Yo quiero volverme al convento.
—Eso ni se plantea. Adonde hay que llevarte es con tu prometido. —Felix entrecerró los párpados y la fulminó con la mirada—. ¿Qué demonios te has hecho en el pelo?
—Me lo corté. Pero olvídate de eso ahora. Sabes tan bien como yo que Jacob ya no me va a aceptar. —Se había imaginado que sentiría una vergüenza espantosa por el pecado que había cometido con Edward, pero para su sorpresa no era así—. Me has encontrado en la cama de Edward. Jacob me va a repudiar; es un hombre de honor.
—No te metiste por tu gusto en la cama de ese pirata —dijo arteramente Felix. Su expresión se volvió adusta cuando comprendió lo que había que hacer para salvar la reputación de su hermana. Él y Demetri ya habían discutido lo que ocurriría si de hecho el Vampiro había violado a su hermana—. Jacob tendrá en cuenta tu viudedad y te aceptará con una generosa ampliación de tu dote.
—¿Mi viudedad? No… no te entiendo.
—Ahora no hay tiempo para explicaciones. Vístete. Tenemos que volver al barco antes de que nos descubran.
—Deja a Edward en Denali —le suplicó Isabella—. Ya me tienes a mí, no hay necesidad de seguir derramando sangre.
—¿Que deje aquí al Vampiro? ¿Te has vuelto loca? Demetri me cortaría la cabeza. Han ofrecido una sustanciosa recompensa por ese pirata. Te ha deshonrado a ti, una joven inocente que iba al encuentro de su prometido. El Vampiro merece morir por sus muchos delitos de piratería contra Forks. Estoy seguro de que Jacob le reservará una muerte lenta y dolorosa.
Tiró de ella hacia su dormitorio y la empujó dentro.
—Date prisa y vístete. Yo me quedo aquí mismo esperándote. Uno de mis hombres llevará tu baúl a bordo del Santa María en cuanto estés lista.
Edward volvió en sí poco a poco, notando que le dolía la cabeza y tenía el cuerpo magullado. Los hombres de Swan le habían vapuleado hasta que perdió el sentido y luego lo arrastraron desnudo por el barco y lo encadenaron a un tabique de la fría, húmeda y mohosa bodega. Estaba oscuro; oyó el correteo de las ratas y las sintió pasar rozándole las piernas desnudas. Lanzó patadas al aire, maldiciendo con ferocidad cuando uno de los roedores le hundió los afilados dientecillos en el tobillo. Su único consuelo era que Isabella no estaba sufriendo. Su hermano nunca le haría daño.
Por enésima vez, Edward maldijo su propia falta de cuidado. Estaba tan embobado con Isabella que en ningún momento había considerado la posibilidad de que Charlie Swan enviara a sus hijos a asaltar su fortín de Denali. Antes de perder el conocimiento había oído a alguien decir que los cofres que contenían la dote de Isabella habían sido localizados en un almacén e iban a ser trasladados al galeón. A él el botín no le importaba, y por él se lo podían quedar. Lo que de verdad le dolía era perder a Isabella sin haber tenido ocasión de decirle… Demasiado tarde. Endemoniadamente tarde.
Mientras Edward lamentaba su destino, Isabella estaba sentada en el espacioso camarote del capitán con la cabeza gacha mientras sus hermanos la reprendían rotundamente. El cura encargado de aconsejar a Isabella después del rescate permanecía de pie a un lado, con un gesto tan reprobatorio como el de los dos hermanos. Los tres consideraban que su actitud hacia el infame pirata era escandalosamente licenciosa.
—¿Cómo puedes pedir piedad para ese malnacido, después de lo que te ha hecho? —se encolerizó Felix.
—Porque él te forzó, ¿verdad? —inquirió Demetri, más razonable.
—Al principio… no exactamente… fue más bien como… seducción.
—¿Te metiste por tu propia voluntad en su cama? —tronó Felix—. ¿Me estás diciendo que tú misma te prestaste a ser la amante del Vampiro?
—No exactamente —se defendió Isabella—. Por lo menos al principio no, en todo caso. Le supliqué que me devolviera a casa. Incluso me hice pasar por monja, pero al final Edward se salió con la suya.
—Deberías haberte quitado la vida —dijo severamente el cura, avanzando hasta el círculo de luz—. Pero lo que ya está hecho no se puede cambiar. Debemos rectificar este terrible error de inmediato.
Isabella levantó los ojos, mirando directamente al cura.
—No deseaba morir por mi propia mano. Como vos decís, lo hecho, hecho está. Desafortunadamente, nada que no sea un milagro puede cambiar lo que ya ha ocurrido. Si me aceptan en el convento, dedicaré el resto de mi vida a Dios.
—Eso no va a ser necesario, Isabella —le aseguró Demetri—. Ese miserable te ha seducido, y nos vamos a encargar de que haga lo que corresponde por ti antes de que muera. Estás prometida con Jacob, y está en juego el honor de nuestro padre. Felix y yo haremos lo necesario para asegurarnos de que Jacob no tenga que buscarse ninguna otra novia.
Isabella enarcó las cejas.
—No lo entiendo. ¿Cómo vais a arreglar las cosas? Ya nada es lo mismo. Jacob espera una novia inocente.
Demetri y su hermano intercambiaron una mirada cómplice.
—La honra de Jacob quedará mucho más entera si se casa con una viuda, en lugar de con una virgen deshonrada. Las viudas es normal que se casen.
—Pero yo no soy ninguna viuda. Jacob no se va a creer una mentira tan flagrante.
—Ah, querida hermana —la informó Demetri—, la verdad es que sí lo serás, en cuanto te hayas casado con el Vampiro y a él lo ejecuten por los malvados actos de piratería que ha cometido en alta mar. Una viuda riquísima, por cierto.
Isabella estaba boquiabierta.
—¡Eso es ridículo! Edward no va acceder a eso. Y yo tampoco.
El cura dio un paso adelante.
—Estás muy perturbada, pequeña. Me disgusta ver cómo te ha embaucado ese pirata para hacerte su amante. Tu familia no quedará satisfecha hasta que su pecado contra ti quede reparado. La única manera de arreglar esto es casarte con el Vampiro. Y en cuanto el pirata sea ejecutado tú podrás continuar con tu vida. Serás una respetable viuda. Una viuda rica. Jacob estará complacido.
—No necesitamos tu conformidad, Isabella —la previno Felix—. El padre Ricardo te va a casar con ese pirata sin importar cuánto queráis oponeros cualquiera de los dos. Lo va a hacer porque es lo que Dios quiere.
El padre Alec asintió sagazmente con la cabeza.
Demetri se acercó a la puerta, la abrió y llamó a un marinero que estaba allí cerca trabajando en la jarcia. Demetri se sacó del bolsillo una llave y se la dio.
—Tráenos al pirata aquí arriba, Afton. Dale algo de ropa; no queremos que ofenda a la novia en el día de su boda.
—Dios —el ruego de Isabella se quebró en un sollozo—. Si accedo a casarme con él, ¿le perdonaréis la vida?
—Si lo hiciéramos no serías viuda, ¿sabes? —dijo Demetri—. No temas, hermana, nosotros no mataríamos a un cuñado nuestro. Le dejaremos esa desagradable tarea a Jacob. A nuestro padre le complacerá ver cómo hemos arreglado las cosas.
Los dos hermanos eran parecidos de aspecto. Los dos morenos y apuestos, esbeltos de cuerpo y de facciones elegantes. Felix, que era el más joven y el de temperamento más explosivo, era algo más musculoso que Demetri, el más razonable de los dos. Isabella los quería muchísimo a ambos, pero en aquel preciso instante habría sido capaz de retorcerles el cuello.
Edward daba furiosas patadas al aire cada vez que uno de sus compañeros peludos le atacaba directamente. Tiró de las cadenas que lo sujetaban, maldiciendo a sus captores y a todos los forksenses en general. En todos los años que habían pasado desde que estuvo cautivo, jamás había llegado a imaginar que pudieran capturarlo por segunda vez. Juró que, si lograba salir de aquélla, no le volvería a ocurrir nunca.
De pronto, Edward se puso tenso al percatarse de que alguien se acercaba desde arriba. Una pálida luz se vertió por la rejilla que había en lo alto de la escalera de mano. Se oyó un chirrido, y ante su vista apareció un hombre. Un marinero moreno que se quedó mirando a Edward con palpable satisfacción.
—Ya no somos tan gallito, ¿eh, Vampiro? —le dijo Afton en español rápido.
—Yo nunca lo he sido —le respondió Edward en el mismo idioma.
Sorprendido, el marinero le lanzó a Edward una mirada de admiración.
—Ya veo que habláis nuestro idioma. Mejor, porque así podréis participar plenamente en la ceremonia de matrimonio que se va celebrar en vuestro honor.
Se acercó cautelosamente al tabique para soltar las cadenas de Edward del lugar donde estaban sujetas a una argolla de hierro. Luego dio un paso atrás, apuntándole con la espada desenvainada.
Al poco, un segundo marinero se asomó por la escalera con un fardo bajo el brazo.
—¿Estás ahí abajo, Afton?
—Has llegado justo a tiempo, Santiago. Dale al capitán la ropa. No estaría bien que asistiera a la boda sin ropa adecuada.
Santiago bajó por la escalera y le tendió a Edward el hato de ropa ensartándolo en la punta de su espada.
Edward dudó un instante antes de aceptar el andrajoso par de pantalones y la camisa raída que le ofrecía. Los contempló un momento; luego se encogió de hombros, mirándose las muñecas y los tobillos encadenados.
—Quitadme las cadenas.
—Primero las de las piernas —opinó Santiago—. No me fío de este malnacido.
Afton se acercó con cautela a Edward.
—Ponle la espada en la garganta, Santiago. Es un hombre peligroso. —Afton se acercó hasta Edward y, agachándose, le abrió los grilletes de las piernas—. Ya está —dijo, dando un paso atrás—, ya os podéis poner los pantalones.
Edward se embutió en aquellos deteriorados pantalones de lona que tan mal le quedaban y se ató los cordones de la cinturilla. En cuanto terminó, Afton volvió a ponerle los grilletes en los pies y le abrió los de las muñecas.
—Ahora la camisa —dijo, pinchando a Edward con la punta de su espada—. Y no intentéis ninguna audacia. Estamos en alta mar; no tenéis escapatoria.
Edward se metió la camisa por los hombros. Era suave y holgada y se ajustaba a su estructura muscular sin reventar por las costuras. Cuando estuvo vestido, Afton volvió a ponerle los grilletes en las muñecas y, pinchándole con la punta de la espada, le hizo subir la escalera.
—Se requiere vuestra presencia en el camarote del capitán —dijo con una sonrisita—. Una mujer no puede convertirse en viuda hasta que se ha casado como corresponde y su marido abandona este mundo por el otro. —Para entonces, todos en el barco estaban al tanto de los planes que los Swan tenían para el Vampiro.
Edward se arrastró de mala gana escalera arriba, con el cuerpo magullado resintiéndose del brutal tratamiento que había sufrido. Con la impedimenta de las cadenas, iba arrastrando los pies lenta y acompasadamente. Cuando llegaron a la cubierta parpadeó repetidas veces, casi cegado por la fuerte luz. La luz de la mañana se había presentado mientras Edward yacía inconsciente en la bodega, y con ella le llegó el conocimiento de que estaba a bordo de un barco con destino a Dios sabía dónde.
Lo empujaron bruscamente por la cubierta hacia el camarote del capitán. Iba dando traspiés con las cadenas, hasta que se cayó de narices al suelo. Cuando levantó la cara, vio a Isabella. La encontró demacrada, triste y exhausta.
—¿Qué le habéis hecho a Isabella? —les espetó.
Felix se le fue a echar encima, pero Demetri lo contuvo.
—No le hemos hecho nada a nuestra hermana. Sois vos quien la ha perjudicado. La habéis violado. Ella era inocente hasta que vos la raptasteis y la hicisteis vuestra amante.
La mirada de Edward se posó de forma desconcertante en Isabella.
—¿Ha dicho ella que yo la he violado?
—No hacía ninguna falta. La encontramos en vuestra cama —respondió Felix—. Lo vais a pagar con vuestra vida, Capitán. Pero antes tenéis que reparar lo que le habéis hecho a nuestra hermana. ¡Levantaos!
Isabella tenía el corazón puesto en Edward, sentía de forma aguda su miedo y su confusión. Habría querido acercarse a él, ayudarlo a levantarse del suelo, pero no se atrevió. Cualquier movimiento que hiciera hacia él tendría el efecto de poner a sus hermanos aún más en su contra. Más tarde, cuando hubieran acabado de celebrar aquel matrimonio forzoso y se les hubiera enfriado un poco el enfado, intentaría encontrar la forma de liberar a Ëdward antes de que se lo entregaran a Jacob. La mera idea de que pudieran matarlo la ponía físicamente enferma.
Edward se levantó él mismo dolorosamente del suelo, con las facciones sombrías.
—¿Qué queréis de mí? Para devolverle a Isabella la inocencia lo que necesitaríais es un milagro.
Felix volvió a abalanzarse hacia Edward, pero Demetri se interpuso entre ellos.
—Os vais a casar con mi hermana, Capitán —le informó fríamente Demetri—. El padre Alec estará encantado de celebrar la ceremonia.
Edward le lanzó a Isabella una mirada perpleja.
—¿Casarme? ¿Queréis casarme con vuestra hermana? ¡Por todos los demonios!
—Os casarán enseguida, Capitán —continuó Demetri con suavidad—. Pero no temáis, que la boda no va a durar mucho. Y tampoco habrá viaje de bodas. Por fortuna para Isabella, cuando os ejecuten en La Push se quedará viuda, y así Jacob y ella podrán casarse según el plan original. Pero antes tendréis que hacer testamento dejándole todos vuestros bienes mundanos a vuestra desconsolada viuda. Dicen los rumores que sois inmensamente rico.
—Si lo que queréis es que me ejecuten, ¿para qué os molestáis en celebrar una boda? —preguntó con calma Edward.
—Porque habéis deshonrado a nuestra hermana. El honor de los Swan exige que lavéis la afrenta que le habéis hecho. Yo creo que le sentará bien ser viuda. El honor de Jacob quedará restaurado y todo será como debía ser.
Edward le lanzó a Isabella una mirada despectiva.
—Hay que admitir que no le sienta mal el negro. ¿Y qué pasa si yo no accedo a casarme?
—Accederéis, porque no tenéis elección —le amenazó Felix, agitando el puño cerrado ante las narices de Edward—. Ya sé que el bienestar de Isabella os trae al fresco; pero ella se merece ser feliz. Le resultará mucho más apetecible quedarse viuda que admitir que era la ramera de un hombre.
Isabella palideció.
—¡Felix!
A Edward se le puso el rostro tenso de rabia. Llamar ramera a Isabella era una blasfemia. Si no hubiera estado encadenado le habría hecho tragarse sus palabras a aquel hermano suyo.
—Es la verdad, Isabella —replicó Felix—. Todo el mundo te considerará una ramera. Casarte con este pirata antes de que lo ejecuten es lo único que puedes hacer para redimirle. —Y, dándole un empujoncito al padre Alec, añadió—: Podéis empezar con la ceremonia, Padre.
Isabella miró a Edward como pidiéndole disculpas, pero él siguió fulminándola con la mirada. Ambos eran meros títeres en el plan de sus hermanos para devolverle la respetabilidad, y ninguno de los dos podía hacer nada para evitarlo. Cuando el padre Alec le pidió que respondiera, ella lo hizo sin vacilar. Accedía a convertirse en la esposa legítima de Edward. La reticencia de Edward era sencillamente evidente. Sólo cuando Felix le pinchó con la punta de la espada dijo, aunque con voz hosca, que aceptaba a Isabella como su legítima esposa.
En el abrumador espacio de un momento se había convertido en un hombre casado. Contempló a Isabella, sorprendiéndose al comprobar lo poco que se arrepentía de haberla hecho su esposa. En cuanto se terminó la breve ceremonia, le obligaron a firmar un testamento escrito por el padre Ricardo, que hacía también de testigo, en el que dejaba todos sus bienes a Isabella, su bienamada esposa.
—¿No me va dar la novia un beso? —preguntó Edward, dedicándole una sonrisa sardónica a Isabella.
Demetri le lanzó una mirada fiera; luego abrió la puerta y llamó a Afton.
—Llévatelo otra vez a la bodega y vigílalo bien.
—¡Esperad! —gritó Isabella. ¿Es que iban a terminar así las cosas? ¿Cómo iba ella a poder vivir sabiendo que tenía la culpa de la muerte de Edward? Prefería morir con él a casarse con Jacob—. Quiero hablar a solas con Edward.
—¡Imposible! —bramó Felix—. Ese malnacido te ha desgraciado hasta un punto que no tiene perdón. Da gracias a que te hemos devuelto tu reputación.
—Edward es mi marido —insistió Isabella.
—No por mucho tiempo —replicó Demetri—. Estamos cumpliendo con nuestro deber hacia ti, hermanita. Sólo queremos lo mejor para ti. Acepta con elegancia tu destino. Tu futuro está con Jacob. Y una vez que hayan despachado a ese pirata al infierno te olvidarás hasta de que ha existido.
A Isabella le parecía altamente improbable que pudiera olvidar jamás a Edward.
—Llévatelo —repitió Felix. Afton acercó a Edward la punta de su espada. Edward dudó un instante, le lanzó a Isabella una mirada abrasadora por encima del hombro y salió arrastrando los pies.
A Isabella le partía el corazón que Edward estuviera en una situación absolutamente desesperada. ¿Desde cuándo se sentía invadida por aquellas emociones tan fuertes?, se preguntaba, abatida. ¿En qué punto del camino había dejado de pensar en Edward como en un odioso pirata?
¿Cuándo había empezado a amarle?
