OHAIO TWIGHTADICTAS!

JEJE... MUCHO TIEMPO HA PASADO SIN VERNOS, CIERTO?

ESPERO QUE ESTEN BIEN. GRACIAS A LAS CHICAS Y CHICOS QUE HAN AGREGADO ESTA HISTORIA A SUS FAVORITOS, MIL GRACIAS A TODOS AQUELLOS QUE APESAR DE NO SER MIS COMPATRIOTAS, EL HABLA HISPANA NOS UNE (ADEMAS DEL AMOR A ESTA HISTORIA, CLARO)

MIL, MIL GRACIAS!

ESTA HISTORIA SE PONDRÁ CADA VEZ MÁS INTERESANTE... OS PROMETO!

ESTOY PREPARANDO LOS CAPITULO DE CRMINAL Y COMO SI NUNCA HUBIERA EXISTIDO... LES RUEGO ME TENGAN PACIENCIA... HE TENIDO MUCHO TRABAJO (BASTANTE DIRIA YO...AHORA EXTRAÑO AQUELLOS MOMENTOS EN QUE ME LA PASABA CHOTEANDO EN LA OFICINA Y MI VIDA SOCIAL, DESDE LUEGO...¿ME PREGUNTO DE DONDE SACAN LOS JEFES TANTOS TRABAJOS PENDIENTES... ¬¬, ESO ME HUELE A COMPLOT!)

JOJO! YA ME EXPLAYE... LES DEJO EL SIGUIENTE CAPITULO DE LA HISTORIA DE TEMIBLE Y SEXY PIRATA EDWARD...

¿PODRÁ ESCAPAR DE LAS MANOS DE SUS CUÑADOS?

MATTA NE!


LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 9

La Push, Forks

La profundidad del agua en el puerto de La Push permitió al Santa María fondear junto al Acantilado y tender la pasarela directamente al muelle. A lo largo de los años, la población parecía haber sufrido abundantes ataques de piratas ingleses, franceses y holandeses. En 1537, la ciudad fue saqueada e incendiada y justo un año antes de que hubiera pasado medio siglo, en 1586, padeció la amenaza de Sir James Laurent. No era de extrañar que el rey Erick de Forks hubiese mandado construir la Fortaleza de Port Angels y el Castillo del la Push para defender la ciudad. Cuando la población de La Push estaba alcanzando los tres mil habitantes, la residencia del gobernador general se trasladó de Swan de Forks a La Push.

De pie junto al pasamanos, Isabella vio la silueta del Castillo del Push, que se alzaba sombrío como un espectro contra el cielo azul brillante. Aún no estaba terminado, pero estaba segura de que, cuando lo estuviese, serviría para disuadir a los piratas merodeadores y a los invasores. Los hombros encorvados y la mirada vidriosa daban fe de la desolación de Isabella. Habían pasado casi una semana en alta mar y ella había fracasado en su intento de encontrar la forma de liberar a Edward.

Era su marido. Cerró los ojos y apreció el sabor de la palabra en su boca, hasta que recordó que los planes que tenía Jacob para Edward la iban a convertir en viuda.

Isabella no había encontrado el modo de ayudar a Edward. Felix y Demetri la vigilaban como perros de presa. Sólo se le había permitido salir a la cubierta en compañía de sus hermanos. Lo único que había conseguido suplicando por la vida de Edward era que la miraran con desprecio.

—¿Estás lista para bajar a tierra? —le preguntó Demetri cuando llegó hasta donde ella estaba.

—Todo lo lista que soy capaz de estar, Demetri. ¿No hay nada que pueda decir para persuadirte de que me lleves de vuelta al convento? No quiero convenirme en la esposa de Jacob. Nunca he querido.

—Es por tu propio bien, Isabella. Felix y yo queremos que seas feliz. Jacob cuidará bien de ti. —Clavó la mirada en el vacío y suspiró con fuerza—. Asegúrate de taparte la cabeza. Los trasquilones que tienes en el pelo son una vergüenza.

—Ya te he contado por qué me lo corté —dijo Isabella—, Ya me volverá a crecer. No me has dicho lo que vais a hacer con Edward.

—Su destino ya está escrito. Su muerte te asegurará el futuro. Jacob no se puede casar contigo mientras no seas viuda. No te preocupes, todo va a salir bien.

A Isabella se le puso en los ojos una mirada de angustia.

—No lo entiendes, ¿verdad, Demetri? Yo… —se mordió la tierna carne de dentro del labio —amo a Edward.

Demetri la miró como si no estuviera bien de la cabeza.

—Ese canalla te ha destrozado la vida. ¿Cómo puedes amarlo? Qué ingenua eres, Isabella, si piensas que le importas a ese sinvergüenza. Deja de intentar convencerte de que tú lo amas. Jacob es un hombre de más edad y más sabio; él te guiará por el buen camino.

—No, yo…

—Ah, ya ha llegado Felix. Él te llevará con Jacob. Yo os seguiré más despacio con el prisionero. Nos reuniremos en la mansión del gobernador general.

Demetri se apresuró a marcharse, ignorando las súplicas de su hermana en favor del pirata. Su hermana aún era joven. No sabía nada de las tribulaciones de la vida, ni de los hombres que se aprovechan de personas inocentes. Él tenía la certeza de que Jacob iba a ayudar a Isabella a olvidarse del pirata y de lo que le había hecho.

Isabella ya estaba en el muelle con Felix cuando Afton y Santiago subieron por la fuerza a Edward a la cubierta. Los grilletes que le habían puesto entrechocaban ruidosamente mientras se arrastraba penosamente escalera arriba hasta la cubierta, donde Demetri lo estaba esperando. Pero la breve visión que tuvo de Isabella le dejó la satisfacción de saber que ella estaba bien.

Era su esposa. Aquel pensamiento le brindó cierta satisfacción, a pesar de lo improbable que resultaba. Pronto iba a morir, y ella sería su viuda y la esposa de otro. ¡Maldición!

Obligado a avanzar por Demetri y sus hombres, Edward anduvo por las calles estrechas y abarrotadas hasta la mansión del gobernador general, arrastrando las cadenas tras de sí. Era objeto de todo tipo de especulaciones por parte de la gente que se paraba a mirarlo boquiabierta. Cuando Afton proclamó orgulloso que el prisionero que llevaban no era otro que el infame Vampiro, se alzó una protesta general contra el cruel pirata que había estado saqueando el Virreinato de Forks sin compasión durante los últimos años.

—No temáis, buena gente —prometió Demetri—; el pirata será llevado ante el gobernador general. Tengo entendido que a Jacob no le tiembla la mano a la hora de imponer duros castigos. Se hará justicia.

Isabella y Felix fueron conducidos de inmediato al despacho de Jacob. Él los saludó efusivamente, sin dejar ni por un instante de examinar a Isabella con su mirada oscura e inteligente. Cuando su secretario le hizo saber los nombres de los visitantes, le costó dar crédito al hecho de que el infame Vampiro hubiera dejado marchar a su prometida y ella estuviera en La Push. Por lo que él sabía, no se había pedido ningún rescate. Con sólo echarle un vistazo a Isabella, supo por qué el Vampiro se había apoderado de ella. Isabella Swan era de una belleza deslumbrante. ¿Qué hombre en su sano juicio la dejaría marchar por propia voluntad una vez que ella le hubiese llenado la cama de gloria?

—Felix, cuánto me alegro de volver a veros —dijo Jacob mientras le apretaba la mano a modo de bienvenida. Desvió la mirada de manera casi insultante hacia Isabella—. Y tú has cambiado mucho, querida.

—La última vez que nos vimos yo tenía diez años —dijo Isabella con amargura.

—Sentaos, sentaos. Tenéis que contármelo todo. No esperaba veros en La Push. Cuando me enteré de que el Santa Cruz había sido hundido y a ti te había raptado el infame Vampiro, perdí toda esperanza de volver a verte. Debes de haber sufrido mucho. Vuestro padre debe de haber tenido que desprenderse de una fortuna para recuperarte.

Felix se aclaró la garganta.

—Hay muchas cosas que vos no sabéis, Excelencia. Tal vez lo mejor fuese que Isabella vaya a descansar mientras nosotros discutimos el asunto que tenemos entre manos.

—Perdóname, querida —dijo Jacob volviéndose hacia Isabella—. Debes de estar agotada. —Tiró del cordel del badajo para convocar a un lacayo que recibió instrucciones de conducir a Isabella a una de las habitaciones de invitados y llamar a una sirvienta para que atendiera sus necesidades. Cuando Isabella se hubo ido, Jacob volvió su mirada negra y resplandeciente hacia Felix—. Ahora podéis empezar, señor Swan. Contádmelo todo.

Felix se quedó contemplando a Jacob, estudiándolo en silencio. Hacía años que no veía a aquel hombre, pero lo encontró poco cambiado por el paso del tiempo. De gran estatura, su figura aristocrática y esbelta y su postura arrogante daban idea de su carácter voluble y de su naturaleza cruel. Sólo aquellos que habían tratado con él de cerca conocían su lado oscuro y vengativo. La boca, bajo el fino bigote, mostraba sus dientes perfectamente blancos y su naturaleza interesada. A pocas personas se les permitía conocer al verdadero Jacob. Sólo mostraba de sí mismo lo que favorecía a sus propósitos.

Pero a Felix, un hombre más conocido por su temperamento explosivo que por su buen juicio, Jacob le pareció un caballero digno y sensato, capaz de tratar con amabilidad a su hermana. Cuando hubo llegado a esa conclusión, Felix se lanzó a relatar vividamente el rescate de su hermana, sin mencionar el detalle de que Isabella había sido descubierta en la cama del pirata. Tampoco explicó los motivos de la boda precipitada a bordo del Santa María.

—Nuestro padre pensó que lo mejor sería traer a Isabella y al pirata directamente a La Push —explicó Felix al llegar al final de su relato—. Una vez que os hayáis encargado de la ejecución del pirata, Isabella estará libre para volver a casarse. —Felix sonrió, pensando que había manejado la situación con bastante sensatez en ausencia de Demetri.

Pero no era tan fácil engañar a Jacob.

—¿Por qué considerasteis vos y vuestro hermano que era necesario obligar al Vampiro y a Isabella a casarse? —Tenía la expresión rígida, la voz tensa.

—Pensamos que era necesario para acallar los rumores que van a surgir en torno al secuestro de Isabella. Como pronto va a quedar viuda, no creo que eso vaya a causar ningún problema.

—Mmm… —dijo Jacob golpeteando su escritorio con los dedos—. Puede que tengáis razón. Aun así, todavía no me habéis dicho lo que realmente quiero saber. —Miró fijamente a Felix a los ojos—. ¿Ha mancillado el pirata a la mujer que me estaba destinada?

Felix tragó saliva con visible dificultad. Tenía la esperanza de que ese asunto tan delicado no saliera a la luz. Por desgracia, era algo que Jacob tenía derecho a saber.

—Tenemos buenas razones para creer que sí. Pero nuestro padre se preparó para semejante desgracia y tomó medidas. Ya os he dicho que hemos recuperado la dote de Isabella en su totalidad. Lo que aún no he mencionado es que, en vista de lo ocurrido, nuestro padre, en su generosidad, ha duplicado la cantidad que había acordado inicialmente con vos. Todos los doblones de oro, todas las joyas y todas las piezas de plata están, intactos, a bordo del Santa María. Y todo eso os pertenecerá a vos en cuanto os caséis con Isabella.

Los ojos de Jacob brillaron con placer avaricioso.

—¿Ha duplicado la dote? —repitió, con la mirada turbia de emoción. La dote de Isabella ya era generosa antes de que su ansioso padre la incrementara.

En aquel preciso momento anunciaron la llegada de Demetri, que exigía audiencia inmediata con Jacob. El gobernador general se la concedió. Se le ensombreció el semblante cuando vio a Edward, que entraba en la sala arrastrado por Demetri y sus hombres.

—Así que éste es el infame Vampiro —dijo Jacob Black fríamente y con desdén—, el azote del Virreinato de Forks. Ahora ya no parecéis tan peligroso, pirata.

—Se llama Edward Cullen— le informó Demetri—. Es cortesano de la reina de Volterra.

—Lástima que vaya a morir de forma tan poco aristocrática en La Push. —Jacob sonrió levemente. La de aquel infame Vampiro iba a ser una muerte lenta—. Ha mancillado a mi prometida y se ha enriquecido saqueando a los forksenses. Quiero ver a este hombre en el infierno por todo lo que me ha robado.

Edward, divertido, torció el gesto con ironía.

—Ningún hombre, incluido vos, obtendrá de Isabella lo que a mí me dio por su propia voluntad. Si a vos o a sus hermanos os preocupara lo más mínimo su bienestar, la devolveríais al convento. Eso es lo que ella quiere.

—¡Canalla! —Jacob le asestó a Edward un brutal golpe a la altura de la cintura que le hizo tambalearse hacia atrás—. Tengo intención de dejar a Isabella viuda muy pronto, y me voy a casar con ella como Charlie y yo teníamos planeado. Pero antes os voy a hacer sufrir por haber mancillado a mi futura esposa. Una muerte rápida es poco para lo que se merece semejante malnacido violador de mujeres de Forkss.

Antes de que Edward hubiera logrado recomponerse, Jacob llamó a los guardias e hizo que se lo llevaran a los calabozos situados cerca del Acantilado, en ellos el aire enrarecido y sucio y la humedad amansaban rápidamente a los presos más recalcitrantes, si es que no enfermaban y morían antes.

Cuando se llevaron a Edward de la sala a rastras, Jacob se volvió como una fiera a encarar a los hermanos Swan.

—¿No será que vuestra propia hermana se prestaba de buen grado a ser la barragana del pirata? Quiero la verdad.

Felix se levantó disparado de su asiento, pero Demetri, sabiamente, lo retuvo.

—Nuestra hermana fue forzada, Jacob. Isabella era una inocente, criada como Dios manda en un convento. Confío en que no estaréis pensando que ella incitó al pirata a que la violara.

—Por supuesto que no, no creo que Isabella tenga ninguna culpa —mintió Jacob con diplomacia—. Es joven. No temáis, ella y yo nos vamos a llevar muy bien una vez que entienda cuál es su lugar. Y en cuanto a la dote —le recordó a Demetri—, ¿la habéis traído con vos? ¿No me habrá mentido Felix al decirme que Charlie, en su generosidad, ha duplicado la suma que habíamos acordado? —Estaba casi salivando.

—Mi hermano ha dicho la verdad. Nuestro padre ha incrementado la dote de Isabella con la esperanza de que esa pequeña indiscreción suya sea más fácil de pasar por alto.

—Es muy generoso —dijo Jacob—, aunque tampoco era necesario. Isabella es un tesoro. Fue una sabia decisión casarla con ese granuja inglés. Eso dará reposo a las malas lenguas. Una vez que sea viuda, la gente se olvidará de su deshonra. Podéis dejar a Edward Cullen a mi cargo: será ejecutado de la manera oportuna. Podéis marcharos tranquilos de La Push sabiendo que Isabella está ahora bajo mi protección.

—Gracias, Jacob —dijo Demetri—. Nosotros tenemos que marcharnos de inmediato. El rey Erick necesita todos los barcos que pueda conseguir para su expedición. Se está reuniendo en Seattle una armada muy grande que pronto va a navegar por aguas inglesas. La reina hereje será destituida por la gloria inmensa de Dios. Con un poco de suerte, el Santa María puede llegar a tiempo para unirse a la armada.

—Daos prisa, amigos míos. Voy a enviar a mis hombres de más confianza al Santa María para descargar la dote de Isabella y ponerla bajo mi custodia. También voy a autorizar a mi secretario a que os pague la recompensa por haber apresado al infame Vampiro. Se os dará todo lo que necesitéis para aprovisionar vuestro barco para la travesía.

—¿No deberíamos despedirnos antes de Isabella? —preguntó Demetri, no tan seguro, de repente, de las intenciones de Jacob hacia su hermana. No había mencionado el matrimonio. Aquel hombre era demasiado diplomático, demasiado frío y calculador. Estaba empezando a preguntarse vagamente si Felix y él habían hecho bien en traer a Isabella a La Push.

—Mejor será no añadir más disgustos a los que ya tiene. Yo le comunicaré vuestra partida de la forma más amable posible.

—No sé —dijo Demetri lleno de dudas—. Isabella estará esperando encontrarse con nosotros esta noche.

—Jacob tiene razón —apoyó Felix, que tenía sus ansias puestas en el dinero de la recompensa—. Es mejor que dejemos a Isabella con su prometido. Él se encargará de hacer lo que corresponde. Nosotros ya hemos cumplido con nuestra misión. Nuestro padre puede estar satisfecho.

Demetri no estaba del todo convencido, pero dejó sus dudas a un lado. A fin de cuentas, Jacob Black era un hombre honrado y respetable.

Jacob había puesto a disposición de Isabella todo tipo de lujos y comodidades. Ella había agradecido poder darse ese baño que tanto necesitaba, y después había probado la comodidad de la cama. Enseguida se había quedado dormida y, más tarde, la despertó la criada diciéndole que Jacob contaba con su presencia en la cena. Y que la cena se servía a las nueve en punto.

Isabella quería estar lo más guapa posible, y se puso uno de los hermosos vestidos de su ajuar. La seda de la que estaba hecho tenía un reflejo amarillo de un encanto especial y, en cuanto a su forma, el cuello se cerraba en una ancha golilla que rodeaba su garganta y enmarcaba la delicada belleza de su cara. La sirvienta chasqueó la lengua con desaprobación ante el corte tan poco a la moda del pelo de Isabella; pero cuando le hubo colocado la mantilla de encaje sobre la peineta azul turquesa en lo alto de la coronilla, su falta de pelo resultaba apenas perceptible.

Había un motivo importante para que Isabella quisiera estar más guapa que nunca. Aún albergaba la esperanza de convencer a sus hermanos y a Jacob de que le salvaran la vida a Edward. Era una flaca esperanza, pero una esperanza al fin y al cabo. Si fracasaba, esperaba convencerlos de que la dejaran pasar el resto de sus días en un convento para redimir sus pecados. Si Edward iba a morir en plena flor de la vida, ella no le encontraba el sentido a la suya propia. Preferiría verlo con otra mujer antes que verlo muerto.

Al dar las nueve, Isabella bajó delicadamente por la curva que dibujaba la larga escalera hacia la planta baja. Jacob la estaba esperando al pie de la escalera.

—Has sido puntual; qué agradable detalle. —La recorrió de pies a cabeza con una mirada penetrante que detuvo a la altura de su cara. La admiración brilló en las profundidades vibrantes de sus ojos. Pero por detrás de la admiración merodeaba otra cosa: algo profundo, oscuro y perturbador.

—Siempre soy puntual —murmuró Isabella.

Él le ofreció su brazo y ella lo aceptó con elegancia, reprimiendo un escalofrío de repulsión. Apenas conocía a aquel hombre, pero ya lo había juzgado severamente. Ningún hombre podría salir bien parado al compararlo con su apuesto pirata. Pasaron al comedor, que la luz de las velas que había en los candelabros mantenía en penumbra. Isabella observó la habitación y estuvo a punto de desmayarse al ver que la mesa estaba puesta para dos.

—¿No van a cenar mis hermanos con nosotros esta noche?

A él se le puso un brillo oscuro en los ojos. La sonrisa que le arqueó los labios tenía un aire siniestro a la luz de las candelas.

—Tus hermanos se han vuelto a Forks. Estaban ansiosos por llegar a tiempo para unirse con el Santa María a la armada del rey Erick Yorkie. —La hizo sentarse en la silla que había a su derecha y, acto seguido, se sentó él a la cabecera de la mesa.

—¿Sin despedirse de mí? Ellos no harían una cosa semejante. ¿Qué les habéis hecho?

Jacob pareció enfadarse al oír aquello.

—¡Vas a aprender a tener cuidado con lo que dices! ¿Por qué iba yo a querer hacerles daño a tus hermanos, cuando me han devuelto a mi mancillada futura esposa? ¿Acaso no soy afortunado? —se burló—. A estas horas, La Push entera está murmurando que la prometida de Jacob Black es la barragana del infame Vampiro.

Isabella retrocedió, sobrecogida.

—Si eso es lo que sentís, ¿por qué no me habéis mandado de vuelta a Forks con mis hermanos?

Jacob se rió con malicia.

—¿Y haber dejado que tus hermanos le devolvieran la dote a tu padre? No soy imbécil, Isabella. Además, eres una mujer hermosa y deseable. Habría sido una tontería por mi parte no quedarme con tu dote y dejar que me complacieras con ese cuerpecito tan tentador que tienes. Estoy deseando ver lo que te ha enseñado el pirata ese.

A Isabella la sacudió un sentimiento de inquietud.

—¿Estaban mis hermanos al tanto de vuestros sentimientos?

—Tus hermanos me consideran el colmo de la amabilidad y de la generosidad por haberles quitado las miserias de su hermana de encima. Pocos hombres son tan indulgentes. Y, además, la recompensa que recibieron por capturar al Vampiro les aflojó en gran medida las conciencias.

Isabella se levantó desafiante.

—No me voy a casar con vos. Os podéis quedar con mi dote. Me vuelvo a casa en el primer barco que zarpe.

—¿Y arruinar mi reputación de hombre honorable? Ah, no, querida. Hace mucho que está planeada esta unión. Tu padre la espera.

—¿Aún me queréis a pesar de… a pesar de…?

—¿…A pesar de haber sido completamente deshonrada por el Vampiro? —terminó crudamente él—. Tu cuerpo me interesa, Isabella, eso no lo puedo negar. Pareces inocente, pero tienes fuego bajo esa apariencia. Quiero explorar ese fuego, querida. Pero ¿casarnos? —Soltó una risa amarga—. Las mujeres como tú son dignas de la cama de un hombre, pero no de llevar su apellido o darle hijos. Vas a ser mi amante.

—¡De eso nada! —saltó Isabella, indignada.

Jacob la miró de cerca.

—Me pregunto —musitó— si protestaste tanto cuando el pirata te convirtió en su fulana.

Ella se alzó bruscamente con la intención de salir de su vil presencia.

—Siéntate, querida, no montes un numerito delante de los criados. —Él cogió la servilleta, la sacudió y se la puso sobre el regazo—. Ya lo discutiremos después de la cena. No quiero que se me altere la digestión.

—Yo ya no tengo hambre, Jacob. Si me disculpáis, me voy a mi habitación a preparar mi equipaje. Me marcho en el primer barco que zarpe.

Con un gesto brutal, él la agarró por la cintura, haciendo que el dolor le arrancara un grito de los labios.

—He dicho que te sientes.

Isabella se sentó de malos modos, frotándose la cintura en el punto donde los dedos de él le habían amoratado la carne.

Él sonrió.

—Eso está mejor.

Los sirvientes entraron desfilando y sirvieron la elegante cena con toda la pompa y el boato propios del estatus del gobernador general. Comieron en silencio, Jacob a grandes bocados y Isabella a duras penas. Lo más sorprendente era que los miedos de Isabella no eran por lo que le pudiera pasar a ella, sino a Edward. Si a Jacobl ella le importaba tan poco, ¿cómo iba a lograr convencerlo de que le perdonara la vida a Edward?

—Tomaremos café en mi alcoba —dijo Jacob apartando la silla de Isabella.

Isabella habría deseado estar en cualquier lugar donde no tuviera que verse a merced de Jacob. ¿Cómo había podido su padre hacerle una cosa así?

—Ven, querida, hay cosas que tenemos que aclarar.

Isabella le precedió subiendo las escaleras, con el corazón saliéndosele del pecho y las rodillas que le fallaban. Lo único que quería aclarar con Jacob era la liberación de Edward. Y para ello no necesitaba la intimidad de su alcoba. ¿Qué iba a hacer si él pretendía meterla en su cama aquella misma noche? ¡No podría soportarlo! No iba a ser capaz.

El saloncito de la alcoba de Jacob era pequeño e íntimo, decorado con ricos muebles oscuros y muy sólidos. La noche era cálida y las ventanas, que daban a un balcón, estaban abiertas para que corriera la brisa del mar. Percibió el olor a flores que se elevaba del jardín tapiado que había debajo. Se sentó con cautela al borde del pequeño sofá, observando con preocupación cómo Jacob se sentaba a su lado.

—Bueno, ¿por dónde íbamos? —retomó Jacob—. Ah, sí, ya me acuerdo. —Le puso la mano en la mejilla y se la acarició con el reverso del dedo. Isabella se puso tensa. Un gesto que debía entrañar ternura resultó, en cambio, feo y mezquino—. Estaré encantado de que seas mi amante.

—Jacob, no podéis estar hablando en serio. Mi padre confía en vos. Se quedaría espantado si supiera cómo me estáis tratando.

—Charlie te ha dejado bajo mi custodia, Isabella. Ha insultado mi orgullo al ofrecerme esa dote que no podía rechazar. Él sospechaba que estabas echada a perder y ha querido deshacerse de ti para evitarse la vergüenza de tu lamentable comportamiento con el pirata. Lo que haga yo ahora contigo es asunto mío.

—¡Eso no es cierto! Lo que mi padre espera es que os caséis conmigo, no que me humilléis.

—¿Cómo voy a humillar a una mujer que ya de por sí es una puta?

A Isabella se le encendió la cara. Por desgracia, todo el mundo opinaría de ella lo mismo que Jacob. A pesar de todo, se sentía sorprendentemente poco culpable por haberse entregado a Edward. Aquel atisbo de felicidad que había encontrado entre sus brazos era, probablemente, la única felicidad que iba a conocer en la vida. Pero quizás, pensó astutamente, podría sacarse algo en claro de aquella burda parodia.

—Si me convierto en vuestra amante, ¿me concederíais una cosa a cambio? —Aquella pregunta tan directa lo cogió a él por sorpresa.

—No estás en situación de pedir nada, querida.

—¿Qué preferís: una amante servicial, o una que luche contra vos con uñas y dientes?

Él se la quedó mirando.

—¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Bonitos trajes? ¿Joyas? ¿Oro?

—Nada de eso. Quiero que liberéis a Edward Cullen. Haré todo lo que me pidáis si no lo matáis.

Jacob le echó una mirada especuladora. Luego se echó a reír con tantas ganas que se le saltaron las lágrimas. Se las secó con un pañuelo y sacudió la cabeza.

—Te prestes o no a ello, pienso tomarte cuando me apetezca. En cuanto a ese infame Vampiro tuyo, su destino ya está escrito. Mañana firmaré los papeles para su ejecución. Antes de que haya pasado esta semana, Forks tendrá un enemigo menos.

Isabella palideció, luchando por no desmayarse.

—Quiero ver a Edward antes de… antes de…

Jacob esbozó una sonrisa desagradable.

—Qué tierno. Ese hombre debe de ser un amante espectacular. Pero yo soy mejor que él. —La atrajo hacia sus brazos, pero ella se resistió con todas sus fuerzas.

Entonces la cogió en volandas, y ya se encaminaba con ella hacia el dormitorio cuando las patadas y los puñetazos que ella le iba dando acabaron por ponerlo furioso hasta el punto de rugir de enfado.

—¡Caramba! Tal vez me aprecies más cuando haya enviado a ese pirata tuyo al infierno. Soy un hombre paciente, puedo esperar. —La soltó, de repente, en el suelo—. ¡Largo de aquí! No estoy de humor esta noche para luchar por tus favores.

Isabella se levantó del suelo y fue a trompicones hasta la puerta.

—¡Espera! —dijo él taimadamente. Ella se detuvo para volverse a mirarlo. Él entornó los ojos con gesto astuto—. He cambiado de parecer. Puedes ver a tu maldito pirata. Un carruaje te estará esperando en la puerta mañana a las cinco de la tarde. —Él se dio la vuelta y Isabella salió huyendo de la habitación.

Edward se revolvía incómodo sobre el duro suelo de tierra. Sus dolores y pesares eran muchos y muy variados, y el hedor repulsivo de la paja sobre la que yacía lo ponía enfermo. La noche anterior, sus carceleros se habían dedicado a torturarlo. Las costillas le ardían por culpa de los golpes tan brutales que le habían dado y tenía la cara toda amoratada. Encima de la ceja derecha tenía un corte que le goteaba sangre en el ojo.

Encadenado e indefenso, ni siquiera había podido protegerse adecuadamente. Cuando los carceleros dejaron de divertirse a su costa, él se quedó acurrucado y trató de dormir. Se levantó por la mañana sintiéndose como si tuviera rotos todos los huesos del cuerpo. Pero no habían utilizado el látigo de nueve puntas, y eso era muy de agradecer.

Pasaba del mediodía cuando le sirvieron un rancho a modo de almuerzo que Edward despreció, asqueado. Sabía que iba a morir, y prefería morir con hambre a comerse semejante porquería. La muerte. Qué definitivo sonaba eso. Si de algo se arrepentía, era de cómo había tratado a Isabella. Debía haberla mandado de vuelta al convento como ella quería en lugar de haberla utilizado en aquel desencaminado acto de venganza contra los forksenses. Ella no se merecía la crueldad con la que él la había tratado. Ella era una inocente hasta que cayó en sus manos y se convirtió en la víctima de su venganza lujuriosa.

Rememoró la boda apresurada a bordo del Santa María. Isabella era su esposa; suya hasta que la muerte los separase. Aquel pensamiento lo reconfortó un poco.

Rogó a Dios que lo perdonase por haberla tomado en contra de su voluntad. Pero Dios sabía que no habría logrado mantenerse apartado de ella ni aunque hubiera querido. La había deseado con toda su alma, más que a ninguna otra mujer que hubiera conocido. Y ella también lo había deseado a él. La forma apasionada que tuvo de responder a su amor demostraba que ella también lo necesitaba. Cuando él ya no estuviese, ella se convertiría en la esposa del gobernador general de la Push. Él habría dado su vida por salvarla de semejante destino, pero al parecer su vida ya no le pertenecía. Pronto se la iban a arrebatar con la misma facilidad con que se apaga una vela.

Las divagaciones de Edward sufrieron una abrupta interrupción cuando oyó el sonido de unos pasos que se acercaban a su celda. Se puso de pie con dificultad, gimiendo del esfuerzo que le costaba.

La puerta se abrió de golpe y entró Jacob. Arrugó la nariz, como ofendido por el hedor pestilente de Edward combinado con el de la paja cochambrosa. El estrecho bigotillo que llevaba sobre el labio le tembló de repugnancia. Se quedó mirando a Edward con hostilidad manifiesta.

—Buenas tardes, Capitán. ¿Habéis dormido bien?

Edward frunció sardónico los labios.

—Todo lo bien que era de esperar.

—Pues yo he dormido extraordinariamente bien. Es lo que ocurre normalmente después de haber pasado una noche harto satisfactoria en los brazos de una mujer apasionada. Debo elogiaros por lo bien que se desenvuelve Isabella. Muy fogosa y, sobre todo, muy creativa. La habéis enseñado bien.

—¡Será canalla! —Edward trató de agarrar a Jacob por el cuello, pero las cadenas frustraron el intento. Jacob retrocedió para quedar bien fuera de su alcance.

—¿Os he comentado ya que Isabella es desde anoche mi amante? Estoy seguro de que vos mismo comprenderéis que no me puedo casar con ella después de que la hayáis mancillado. La habéis hecho indigna de llevar mi apellido. Pero va a ser una amante maravillosa. Cuando encuentre a una mujer respetable para casarme, entregaré a Isabella a alguno de mis hombres, o la enviaré a un burdel.

Edward sabía que Black lo decía para mortificarle, y lo estaba consiguiendo. La idea de que el le pusiera las manos encima a Isabella le daba ganas de vomitar.

—Isabella es demasiado buena para vos.

Jacob sonrió.

—¿Eso creéis? Tal vez cambiéis de opinión al saber con qué dulzura me suplicó que os castigara por hacerla indigna de casarse. Os desprecia por haberla mancillado, Capitán. De no haber sido por vuestra inoportuna intervención, ella se habría convertido en mi esposa. Podría haber tenido todo lo que hubiera sido capaz de desear.

—Isabella nunca ha querido casarse con vos.

—¿Creéis que no? Puede que Isabella venga en persona a deciros lo mucho que os odia. ¿Os parece que me iba a molestar en daros una paliza cuando ya estáis sentenciado a muerte? No; es Isabella quien ha pedido que os castiguen y os hagan sufrir por los pecados que cometisteis contra ella. Me complació de tal modo anoche que no le puedo negar nada. ¡Quil, trae el látigo!

En el umbral de la puerta apareció un hombre con un látigo de nueve puntas. Se lo alcanzó a Jacob y se hizo a un lado.

—¡Descúbrele la espalda y engánchale las cadenas en la pared!

Quil reaccionó enseguida, rasgándole la camisa a Edward y sujetándole las muñecas encadenadas a una argolla que había a media altura de la pared mohosa, mientras Jacob blandía amenazador su espada por si Edward se resistía. Edward apenas tuvo tiempo de tomar aliento antes de oír el látigo silbar por el aire. Se preparó para sentir su mordedura, pero sin alcanzar a prever el tormento que le sobrevino cuando los cabos separados le cortaron la carne. Se le puso el cuerpo rígido y se mordió los labios para no ponerse a gritar. Tenía la espalda ardiendo; sentía cómo le chorreaba la sangre hasta la cinturilla de los pantalones.

Jacob le sacudió otro golpe despiadado antes de que Edward se hubiera podido recuperar del primero. A partir de ahí ya perdió la conciencia de cuándo terminaba uno y empezaba el siguiente. De repente, cesó la flagelación. Edward se desplomó, colgado de las cadenas, sin fuerzas para levantar siquiera la cabeza.

Jacob sacó un pañuelo de un blanco inmaculado y se secó el sudor de la frente.

—Me parece que Isabella estará satisfecha por hoy con este castigo. Tampoco queremos que muráis antes de tiempo. La Push entera está deseando que os ejecutemos mañana. Se ha declarado día de fiesta. Si Isabella así lo desea, mañana volveré a visitaros antes de la ejecución para asegurarme de que os arrepentís convenientemente antes de ir a reuniros con nuestro hacedor.

Las palabras de Jacob levantaban chispas en el cerebro de Edward. El dolor de la paliza había espantado de su mente todos sus pensamientos tiernos sobre Isabella. Esta quería que lo castigaran, era la culpable de aquel dolor insoportable, lo odiaba. No le bastaba el hecho de que fuese a morir. ¡Por todos los demonios, no! Aquella pequeña bruja sedienta de sangre disfrutaba haciéndole sufrir. Si salía vivo de aquélla, lo cual era altamente improbable, la iba a hacer pagar por ello, y le iba a salir muy caro. Lo último que pensó antes de perder el conocimiento fue que, por más que mereciera morir por lo que había hecho como pirata, no merecía sufrir semejante tormento por culpa de una mujer vengativa.

Ya le resultaba gracioso y todo. ¡Había empezado a enamorarse de aquella pequeña bruja!