Ohaio girls!

1,000 000 disculpas por no haber actualizado antes. Lo lamento profundamente, pero he tenido cambios muy significativos en mi vida.

Estaba escribiendo el capitulo de COMO SI NUNCA HUBIERA EXISTIDO pero de repente me quedé en blanco. Ustedes disculparan, pero a veces hay situaciones que salen de nuestras manos y hoy me siento extrañamente triste. No puedo concentrarme y tendrán que esperar.

No se para cuando tendré listo del capitulo, pero para no quedar tan mal, aqui tienen el episodio 16 de la adaptación. Un beso a todas y mil disculpas nuevamente.

matta ne!


LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 16

La noche aún era joven. Isabella seguía durmiendo en la cama de Edward cuando éste se vistió y se marchó para atender a su cita con Emmett McCarthy a bordo del Vengador. Mientras Edward y Emmett estaban sentados en el camarote del capitán compartiendo una botella de coñac, Edward anunció:

—Isabella está en Volterra.

—¿Enviaste a buscarla? —preguntó Emmett, sobresaltado por aquella revelación de Edward—. A la reina no le va a gustar. Pensé que estabas considerando la propuesta de la reina de disolver tu matrimonio y casarte con Lady Lauren.

—¡Rayos, no, yo no he mandado a buscar Isabella! Además, la anulación del matrimonio es idea de la reina Isabel, no mía. Intenté hacer las cosas según las normas de la reina. No tienes ni idea de cómo me aburre lo de andar con cortesanas cómplices y cortesanos remilgados. No pertenezco a este ambiente, Emmett. El papel de cortesano no me va. Tener que estar siguiéndole el juego a la reina no es la idea que yo tengo de una vida provechosa. ¡Por todos los infiernos! ¿Por qué no podía Isabella haberse quedado en el campo? Ahora estoy obligado a presentarla en sociedad y mantenerme sin remedio callado mientras la rechazan y la ponen en ridículo. Su sangre de Forks la convierte en persona non grata.

—Podríamos marcharnos —sugirió Emmett—. El Vengador está completamente avituallado y listo para zarpar.

—Me tienta, Emmett, pero no puedo irme mientras Volterra necesite mi barco. Tú y yo sabemos que la Expedición de Forks es una realidad, y una amenaza inminente para las costas inglesas.

—¿Y qué pasa con Isabella?

—Se va a quedar en Volterra —dijo Edward, lacónico—. La voy a presentar a la reina, y espero que las cosas vayan lo mejor posible.

McCarthy escrutó el rostro de Edward, preguntándose si su capitán sabía que estaba enamorado de su propia esposa o si era demasiado testarudo para darse cuenta de ello. A McCarthy le parecía que Edward era un perfecto idiota por dejar que el linaje forksense de Isabella destruyera lo que podría ser un matrimonio feliz.

—¿Todavía crees que fue Isabella quien ordenó que te dieran aquellas palizas en La Push? Porque si creyeras que llegó a odiarte tanto como para procurar tu muerte, dudo mucho que la siguieras deseando. La de perdonar no es una de tus virtudes.

—Virtudes tengo pocas, como tú bien sabes, Emmett. —Edward echó un saludable trago de coñac antes de seguir—. Pero aciertas al creer que ya no pienso que Isabella se hiciera amante de Black, ni que fuera ella quien ordenó que me dieran aquellas palizas. Si lo pensara ya se me habría ocurrido un castigo ajustado al delito. Para serte sincero… —sus palabras se quebraron, y miró fijamente el líquido ambarino en su vaso—. Que Dios se apiade de mí. He dedicado toda mi vida adulta a odiar a los forksenses. Y de pronto me veo dudando de los motivos mismos de mi venganza, de mi propia cordura. Sé que Isabella y yo somos una pareja insólita, que hemos aterrizado juntos por casualidad, pero ninguna otra mujer me satisface como ella.

Se levantó de su asiento, avergonzado de haber revelado tanto de sus más íntimos sentimientos. Rara vez se soltaba hablando de asuntos del corazón.

—Ahora tengo que irme. Isabella ya estará despierta, y yo todavía tengo un recado que hacer. Isabella se marchó de la Residencia de los Cullen sin equipaje, y habrá que llenar su guardarropa antes de que pueda ser presentada a la corte.

—No te preocupes por el Vengador, Edward. Está listo para hacerse a la mar en cuanto tú lo estés.

—Ata corto a los marineros y tenlos así —le recomendó Edward—. No nos vendría nada bien que estuvieran en las tabernas atiborrándose de grog cuando los necesitemos.

Isabella se despertó sintiéndose indolente, aunque extrañamente contenta. Se estiró lánguidamente y sonrió, recordando las horas de éxtasis que había pasado haciendo el amor con Edward. Después de un rato de gozoso recuerdo, de repente frunció el ceño al recordar cómo Edward había renunciado cruelmente a cualquier hijo que pudieran concebir. Saltando de la cama, cayó de rodillas y rogó con fervor que no se hubiera concebido ningún hijo en su tempestuoso encuentro. Después de un largo intervalo de oración, se levantó insegura y comenzó a vestirse, contemplando todo el tiempo su sombrío porvenir.

No tenía ni idea de cuándo había dejado Edward la cama ni de cuánto tiempo había dormido, pero su estómago quejumbroso le recordó que no había hecho una comida propiamente dicha desde que dejó la Residencia de los Cullen. Había oscurecido mientras dormía, pero Isabella supuso que no era tarde porque podía oír retazos de música colándose por los pasillos. Había oído decir que la corte de la reina Isabel era un lugar frívolo donde se celebraban bailes y cosas así casi todas las noches. ¿Era ahí donde iba Edward?, se preguntó. ¿A bailar con su amante y hacerse el galán? ¿Disfrutaba saltando de cama en cama?

Otro fuerte ruido sordo le recordó a Isabella que tenía el estómago vacío, y decidió buscar a un criado que la orientara hacia la comida. El pasillo estaba vacío cuado salió de la habitación; ningún criado a la vista. Siguió el sonido de la música, con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera atenderla.

—Lady Cullen, qué maravilloso es volver a veros tan pronto. ¿Buscáis a vuestro esposo? No me digáis que no ha regresado a vuestro dormitorio.

Isabella dio un violento respingo, pero luego se tranquilizó al reconocer a Lord Newton.

—Lord Newton, me habéis asustado. He visto a Edward, pero parece que se ha esfumado otra vez.

—Bien, pues entonces —dijo Newton, con ojos chispeantes de malicia—, permitidme que os acompañe.

—Ay, no, no es necesario —declaró Isabella, retrocediendo alarmada—. Sólo estaba buscando algo que comer. Quizá vos podáis orientarme. Con cualquier cosa me vale.

—Desde luego que no —dijo Newton indignado—. Cómo va a valer cualquier cosa para vos, señora mía. Una mujer con vuestra gran belleza y vuestro encanto merece un festín digno de una reina. Venid —dijo, ofreciéndole el brazo—. Conozco un sitio privado donde podréis disfrutar de una comida.

La condujo a una antesala pequeña por un pasillo desierto. Estaba amueblada con una mesa, sillas y un diván de brocado. La lumbre ardía alegremente en la chimenea, convirtiendo aquella salita en un acogedor refugio para enamorados. Ignorante de las astucias de Newton, Isabella vio aquello simplemente como una estancia tranquila donde no intervenía la frivolidad de la corte.

—Esperad aquí, señora mía, vuelvo enseguida con una bandeja de comida.

Isabella pensó que Lord Newton era un hombre decididamente agradable, y servicial, además. Se le ocurrió que Edward la había dejado sin pensar ni un momento en su acomodo, mientras que Lord Newton parecía muy solícito en cuanto a su bienestar. Edward debió haberse interesado por sus necesidades en lugar de saciar su lujuria y abandonarla, pensó enojada.

Lord Newton regresó portando una bandeja repleta de comida, más de la que Isabella habría podido comer. Había incluido también una botella de rico vino tinto y dos vasos. Posó la bandeja en la mesa con una reverencia y miró hambriento a Isabella, con los ojos brillantes de expectación. Cuando regresaba con la comida no había podido resistirse a parar a dos de sus amigos y fanfarronear de su cita íntima con la esposa de Forks de Sir Edward Cullen. Ni pudo reprimirse de dar jabón poético sobre su seductora belleza y sus exuberantes encantos, dejando a sus amigos llenos de envidia por su conquista.

—Yo ya he comido, pero compartiré el vino con vos —le dijo a Isabella—. Es de una cosecha excelente. —Escanció un vaso para cada uno y saludó levantando el suyo.

—Todo parece delicioso —dijo Isabella, devolviéndole el brindis. Tomó un sorbo de vino, se dio cuenta de que tenía sed, y se bebió el resto de un trago. Newton le rellenó el vaso mientras Isabella escarbaba en la comida, que empujaba con más de aquel vino excelente. Cada vez que su vaso estaba vacío Newton lo rellenaba, descuidando su propio vaso vacío. Quería tener las ideas claras cuando disfrutara de aquel bocado de Forks.

Para cuando Isabella terminó de comer, la botella de vino estaba vacía y su cabeza navegaba. De no haber sido por la copiosa cantidad de comida que había consumido, habría estado borracha como una ramera.

—Sois una mujer hermosa, Lady Cullen —murmuró Newton con voz ronca—. Venid a sentaros a mi lado en el diván. A diferencia de vuestro esposo, yo voy a estar muy atento a vuestras necesidades.

De repente Isabella se dio cuenta de la incorrección de estar a solas con un hombre al que apenas conocía. Tenía que estar loca, o verdaderamente muerta de hambre, para haber permitido que llegara a producirse una situación tan íntima. Pensó que su ignorancia de las intrigas de la corte y su inexperiencia habían permitido que cayera en esta situación.

—Se está haciendo tarde —objetó Isabella—. Debo regresar a las habitaciones de mi esposo. Gracias de nuevo por atenderme.

—Vuestro esposo no os merece —dijo Newton agarrándola por la cintura y arrastrándola hacia el diván—. Vos sois lo bastante inteligente para saber que él y Lady Lauren son la parejita de la temporada. No es ningún secreto que Lauren se derrite por sus huesos. Se derretía por los míos hace algún tiempo, pero resultó que yo no era lo bastante rico.

Isabella hizo una mueca de dolor. Lord Newton sólo estaba poniendo voz a lo que era del dominio público, pero aun así dolía. Dejó vagar la mente y de pronto se encontró medio tumbada en el regazo de Lord Newton y concienzudamente sobada.

—Lord Newton, suélteme ahora mismo. Pensé que erais amigo mío.

—Ah, lo soy, Lady Cullen, lo soy. Voy a demostraros lo fiel amigo que soy en cuanto logre quitaros la ropa.

Isabella tenía que admitir que Lord Newton se las arreglaba bien con la ropa de las mujeres. Tan pronto como ella le apartaba las manos de alguna parte de su anatomía, ya estaba él manoseándola por otra, tratando de quitarle la ropa. ¿Es que todos los hombres iban a ser unos cerdos libidinosos como aquél?

Edward abrió la puerta de su cámara, esperando encontrar a Isabella durmiendo todavía. Llevaba una bandeja de comida que había hurtado del mostrador del comedor, preocupado porque ella no hubiera comido aún. Había terminado sus tareas en la villa y estaba listo para enfrentarse con los, al parecer, insalvables problemas que tenían. Su dormitorio estaba a oscuras, y Edward posó la bandeja y frotó un pedernal para encender una vela. Maldijo en voz alta, y mucho, cuando descubrió que Isabella se había ido.

Salió de la habitación de mala manera en un acceso de rabia. Ella en realidad no conocía a nadie en la corte y podía meterse en serios apuros. Isabella era una mujer bella, pero peligrosamente inocente en cuanto a los usos mundanos. Cualquiera de los hombres o mujeres sin escrúpulos de la corte querría aprovecharse de ella sin pestañear. Sintió que le brotaban alas en los pies mientras volaba por los pasillos en busca de su esposa.

Parecía que Isabella se hubiera esfumado, porque Edward no pudo encontrarla en ningún sitio del palacio. Su mayor temor era que se hubiera ido tan misteriosamente como había aparecido. La idea de que Isabella anduviera vagando sola por las calles de Volterra le llenó de terror. Rebasaba corriendo la Cámara de Audiencias cuando le hizo señas un conocido con el que había pasado muchas horas bebiendo y jugando.

—Edward, eh, ¿por qué no habías dicho que tu esposa estaba en la corte? Y resulta que es una belleza deslumbrante. Edward se detuvo en seco.

—¿La has visto, Banner?

—No, pero Newton habla maravillas de ella. Desde luego a mí no me importa que sea de Forks. Todas las mujeres son iguales bajo las sábanas —dijo, guiñando un ojo sin recato—. Ahora mismo envidio a Newton.

De repente el control de Edward cedió con un chasquido. Cómo se atrevía aquel tipo a hablar de Isabella como si fuera una vulgar fulana. Agarrando a Banner por las solapas, lo levantó en vilo hasta que tuvieron las narices pegadas.

—¿Qué pasa con Newton y mi esposa? ¿Sabes tú algo que yo no sepa?

Banner tartamudeó con temor.

—Mira, yo no quería ofender. Viéndoos a Lady Lauren y a ti tan a gusto, pensé que Lady Cullen era pieza disponible. Todo el mundo sabe que el tuyo fue un matrimonio forzado. No fue una unión por amor, o sea que ¿dónde está el problema?

—El problema es que Isabella es mi esposa —dijo Edward apretando los dientes—. ¿Dónde están?

Banner tragó saliva visiblemente.

—Están cenando en privado en la antesala pequeña que hay en el pasillo oeste.

—¿Ésa que suele usarse para citas amorosas privadas? —preguntó Edward. Su dominio de sí mismo saltó en pedazos, y tiró a Banner a un lado como si fuera un muñeco de trapo. Se fue derecho a aquella salita que tenía razones para conocer bien. A menudo se había encontrado allí con Lady Lauren para hablar en privado, aunque ella habría preferido que fuera para otra cosa. Pero él sabía que aquel lugar se usaba para más, mucho más, que conversar, y el mero pensamiento de lo que se iba a encontrar casi le destrozaba. Una inocente como Isabella sería igual que masilla en las manos de un granuja mujeriego como Newton.

Isabella, en un revoltijo de brazos y piernas, peleaba en aquel momento para salir del regazo de Newton. Tratando desesperadamente de despejarse del efecto mareante del fuerte vino, cayó al suelo con una sacudida que le hizo rechinar los dientes.

—El suelo es una excelente idea, Lady Cullen —se rió Newton, poniéndose de rodillas al lado de ella—. El diván es demasiado angosto para lo que yo me propongo. —Con una sonrisa de ave de rapiña se agachó hasta ponerse encima de ella. Protestando violentamente, Isabella se zafó de debajo de él y trató de incorporarse. Newton la agarró por un tobillo y tiró de ella hacia abajo.

—¡No!, ¡dejadme marchar!

—Ya la has oído, Newton: suelta a mi esposa.

Newton trepó hasta ponerse de pie, mientras con el rostro desprovisto de todo color trataba de aplacar a Edward.

—Yo no estaba haciendo nada que Lady Cullen no deseara —dijo débilmente—. Vino aquí de muy buen grado.

Edward dirigió a Isabella una mirada fulminante.

—¿Es eso cierto, Isabella?

—Me fui de tu habitación porque estaba muerta de hambre. Lord Newton se ofreció a traerme una bandeja de comida y sugirió que comiera aquí, lejos del gentío. No se me ocurrió que pudiese… acercárseme. ¿Son todos los ingleses así de groseros?

—Lárgate de aquí, Newton —dijo Edward entre dientes. Newton no esperó a una segunda orden. Salió volando del cuarto como si el diablo mismo lo persiguiera. Un diablo llamado Edward Cullen.

La mirada de Edward no se apartó ni un instante de Isabella, pero pareció saber desde qué momento Newton ya no estaba con ellos.

—¿Estás bien?

La cabeza de Isabella se bamboleó de arriba abajo.

—Edward, no tenía ni idea de que Newton fuera a tratar de aprovecharse de mí. ¿Soy tan ingenua que no sé cuándo estoy en peligro? Las monjas no me enseñaron cómo debe una comportarse en la corte, donde la esposa de un hombre es pieza disponible para hombres sin escrúpulos.

—¿Por qué saliste de mi habitación?

—Te lo he dicho, estaba muerta de hambre. Pensé que ya no querías nada conmigo después de que hiciéramos…

—¿…De que hiciéramos el amor? —completó Edward—. ¿Por qué iba yo a hacer eso?

—Quizá Lady Lauren…

—Lady Lauren me importa un comino. Pensé que ya lo había dejado claro. Tenía que verme con Emmett McCarthy a bordo del Vengador. He vuelto tan pronto como he podido, esperando encontrarte tranquilamente dormida en mi cama. Casi me pongo fuera de mí cuando encontré la habitación vacía. ¿Cómo has conocido a Lord Newton?

—Cuando llegué al palacio él tuvo la amabilidad de guiarme hasta tus habitaciones. Pensé que era encantador y…, y…

—Es un sinvergüenza, igual que los otros figurines de la corte. Mantente apartada de ellos, Isabella. Tú no estás preparada para entenderte con esa ralea.

A Isabella le resultaba difícil enfocar a Edward. Lo veía doble. Además el vino le estaba haciendo estragos en el sentido del equilibrio, y le resultaba endemoniadamente difícil mantenerlo.

—¿Y para entenderme contigo estoy preparada, Edward?

—De sobra, bruja —gruñó, apretándola fuertemente contra sí—. Mantente alejada de otros hombres, o no respondo.

Su respuesta fue un hipo burbujeante que hizo dispararse hacia arriba las cejas de Edward.

—¿Estás borracha, Isabella? —Inspeccionó la botella de vino vacía y gruñó—. ¡Por todos los infiernos, el muy malnacido ha intentado emborracharte!

—Edward, creo que voy a vomitar.

—¡Por todos los demonios! —Y, tomándola en vilo, la sacó por la puerta y la llevó a toda prisa por los serpenteantes pasillos hasta su habitación.

A Isabella no acababa de pasársele la risa floja mientras Edward la desnudaba. Cuando por fin se liberó de una patada de su última prenda, cayó dormida sobre la cama antes siquiera de que Edward pudiera meterla dentro. Él retrocedió y la miró, asombrado del ardid que la vida le había jugado. El matrimonio con una belleza de Forks no había sido nunca parte de sus planes de futuro, y sin embargo nada, a no ser la muerte, podría convencerle de romper con Isabella. Su debilidad por ella le confundía, y resultaba tan excitante que sólo mirarla le hacía sentirse duro como una roca y lleno de apetito.

Edward no tenía ni idea de qué les reservaba el destino, o siquiera de si tendrían un futuro juntos. Lo más probable era que el destino se estuviera riendo de él en ese mismo momento. Sus labios se torcieron con ironía cuando su mirada vagó hasta el suave nimbo de rizos oscuros que se agolpaban alrededor de las sienes y el cuello de ella. Le estaba creciendo el pelo: pronto volvería a tenerlo largo. Recordó lo mucho que le había impresionado la primera vez que vio sus mechones esquilados. Estaba acostumbrado a verla como estaba ahora, y se daba cuenta de que para él ella siempre sería bella, sin que importara lo que ella hiciera para parecer poco atractiva. Siempre recordaría aquella mirada soñolienta, voluptuosa, la exuberante curva de sus rojos labios hinchados y de color más intenso, su dulce sonrisa pletórica después de que él le hiciera el amor.

¡Dios, ella era magnífica! La desgracia era que fuera de Forks. Con obstinada perversidad se dio cuenta de que, a menos que quisiera hijos teñidos con la sangre de Forks de su madre, tendría que apartar las manos de ella. Cada vez que la tocaba sus ansias de venganza lo abandonaban; sólo deseaba a su mujer. Pero Edward había persistido en su venganza contra la familia Swan durante demasiado tiempo como para pararse ahora. Su apetito por Isabella era atávico, y sin embargo la excitación y llegar al final sólo eran parte de la necesidad que sentía por ella. Sus sentimientos eran una burla para su nombre de El Vampiro. A falta de otra idea, podía pensar que de verdad amaba a Isabella.

Gimió como si tuviera algún dolor. Si amor quería decir esa agonía que le desgarraba las tripas con sólo pensar en renunciar a Isabella, él no quería tener nada que ver con eso.

—Despierta, Isabella, que hay mucho que hacer antes de que puedas ser presentada a la reina.

Edward le dio a Isabella un codazo no muy suave, pero ella sólo gruñó y se arrebujó aún más bajo las mantas.

—Isabella, la reina Jessica sabe que estás aquí, y ha dispuesto que le seas presentada esta tarde.

La última frase de Edward provocó una respuesta inmediata de Isabella. Sacudiéndose el mareo, abrió los ojos y miró a Edward.

—Preferiría no verla en absoluto.

Edward sacudió la cabeza y apartó las sábanas, exponiendo su cuerpo desnudo al aire fresco. Nadie, sencillamente, rechaza a la reina.

—En pie; la modista llegará de aquí a una hora con un surtido de trajes que algunas de sus clientes no podían pagar y no le reclamaron. Deberíamos encontrar algo adecuado para ponerte que no requiera mucho ajuste. He pedido una bañera y agua caliente para que te bañes.

Isabella se sentó en la cama, advirtió que estaba desnuda, y echó mano de la manta. Los magníficos ojos de Edward se deslizaron a lo largo de su cuerpo desnudo mientras ella trataba de cubrirse. Le gustaba mucho ver cómo los ojos de él cambiaban de verde esmeralda a verde oscuro, casi negros, según de qué humor estaba. Podían estar en penetrante vigilia, lánguidamente entornados, o en calma. Esos ojos agudos difuminaban sus ásperos rasgos ahora que su mirada se tornaba humeante de deseo.

—No me encuentro bien —protestó Isabella—. Me duele la cabeza y tengo el estómago revuelto.

Edward frunció la boca con desagrado.

—Ahora que estás en la corte vas a tener que aprender de quién te puedes fiar y de quién no. ¿Eres tan ingenua como para no haberte dado cuenta de lo que quería Lord Newton? ¿O es que provocaste sus atenciones?

Los ojos de Isabella se contrajeron de furia.

—Piensa lo que quieras, Edward, que es lo que sueles hacer. ¿Por qué siempre tengo yo que darte explicaciones? Probablemente todavía me culpas de lo que te ocurrió en La Push, aunque yo lo haya negado una y otra vez. Pues para que lo sepas, yo no solicité los cuidados de Lord Newton, o por lo menos si lo hice no fue a propósito. Admito que los usos de la corte sobrepasan mi escasa experiencia.

El gesto de Edward se suavizó mientras se dejaba caer junto a Isabella, con cuidado de no tocarla: como lo hiciera se iba a pasar el resto de la mañana en la cama con ella.

—En estos meses he tenido tiempo de sobra para pensar y he llegado a la conclusión de que tú no eres capaz de esas cosas de las que te acusó Black. Hace ya mucho que te absolví de cualquier fechoría en La Push.

»En cuanto a tu comportamiento anoche con Lord Newton, la culpa la tiene ese buitre por creerse que eras pieza disponible. Tú no has tenido más culpa que la de fiarte de quien no debías.

»No dejes que vuelva a pasar eso nunca, Isabella. Eres mi esposa, y yo guardo lo que es mío. O sea que no se te ocurra ensayar tus tretas femeninas con esos cortesanos melifluos de Jessica.

Los ojos de Isabella se agrandaron, aturdidos por las palabras de Edward.

—Si lo piensas así, ¿por qué andas cortejando a Lady Lauren?

Edward buscó el rostro de Isabella, sopesando su pregunta. Merecía una respuesta, pero no se le ocurría nada que pudiera aliviar la verdad. Ella ya sabía cómo se sentía él en lo referente a la sangre de Forks que corría por su venas.

—La reina Jessica se enfadó mucho conmigo por casarme contra sus deseos, y ahora me presiona para que solicite la anulación aduciendo que nuestro casamiento fue obligado. Lady Lauren sería mi recompensa. Me ha ofrecido la mano de Lady Lauren como premio por mi obediencia. Lady Lauren es rica y con título y está ansiosa por ser mi esposa.

Isabella tragó saliva a pesar del nudo que tenía en la garganta.

—Todo el mundo lo sabe. Montepulcinano no está tan lejos de Volterra como para que no lleguen las habladurías a la Residencia de los Cullen. Si es deseo de la reina que se deshaga nuestro matrimonio, ¿por qué no lo has hecho?

Los ojos de Edward se oscurecieron con una emoción que Isabella no reconocía.

—Eso mismo me pregunto yo.

Sus miradas chocaron y se entrelazaron, reacias a separarse mientras Edward le hacía el amor con los ojos. Isabella se estremeció. La intensidad de su reluciente mirada hacía que se le endurecieran los pezones y le hormigueara la piel. Se sentía como si él la hubiera acariciado íntimamente sin tocarla en realidad. Al cabo de una docena de latidos de su corazón, Edward soltó un juramento y miró para otro lado.

—Maldita sea, Isabella, ¿cómo puedo dejar que te vayas si todavía te quiero?

Se puso de pie bruscamente, como sobresaltado por lo que acababa de admitir.

—Enseguida llegarán los criados con tu baño. La modista, cuando llegue, te ayudará a elegir algo adecuado para tu audiencia con la reina. Volveré a buscarte exactamente a las tres en punto.

Antes de que Isabella recobrara el aliento, Edward se había marchado. Él podía tener poco claros sus sentimientos por ella, pero ella sabía exactamente lo que sentía por su exasperante esposo. Pero de poco servía que ella lo amara mientras él siguiera negando lo que había en su corazón. Y ante la posibilidad de que llegara un bebé, se estremeció al pensar en lo que tendría que sufrir su pobre hijo con un padre que lo despreciaba por su sangre de Forks. Aunque sus taciturnos pensamientos se dispersaron al llegar los criados con su baño, no pudo evitar la sensación fugaz de que su primer día en la corte estaba siendo cualquier cosa menos prometedor.

Edward contempló con gravedad a Isabella y asintió con la cabeza, satisfecho. Con el traje de brocado amarillo, adornado con muchas varas de encaje, que se había puesto, eclipsaría a cualquiera de las damas de la corte que él conocía. Edward confió en que no eclipsara también a la reina, porque Jessica tenía a gala ser el centro de atención en medio del revoloteo de beldades que orbitaban a su alrededor. Nadie osaba lucir con más brillo que Jessica si quería ganar su favor.

—Estás preciosa, Isabella —dijo Edward, con sinceridad—. Vamos allá, la reina está esperando.

Los pasillos aún confundían a Isabella, pero Edward parecía saber adonde iba mientras la guiaba a través del laberinto de corredores. Sorprendida al encontrar vacía la Cámara de Audiencias, Isabella miró a Edward con recelo.

—Jessica está esperando en su Cámara de Confidencias. Prefiere encontrarse contigo en privado.

Un lacayo los anunció, y Isabella notó que las rodillas se le aflojaban al entrar en la estancia del brazo de Edward. La fuerza de él le transmitía valor a ella, pues descubrió que en realidad no estaban solos. La sala estaba atiborrada de espectadores, la mayor parte damas de cámara y cortesanos. ¿Será esto lo que la reina entiende por "privado"?, se preguntó. Luego sus pensamientos se dispersaron cuando se abrió pasillo y vio a la reina sentada en un recargado asiento labrado en un extremo de la Cámara Privada.

La reina era una mujer menuda, advirtió Isabella, pero su estatura se veía realzada por su majestuoso porte. Llevaba la cabellera arreglada en un complejo peinado, y su gorguera almidonada ponía de relieve su llamativa piel blanca. Nada en la reina era ordinario. Isabella se dio cuenta inmediatamente de que Jessica había nacido para el papel de soberana y lo desempeñaba hasta el final.

—Majestad —dijo Edward, ejecutando una profunda inclinación. Isabella inmediatamente se inclinó en una graciosa reverencia. Jessica les pidió que se alzaran y ofreció su mano a Edward. Él la asió y se la llevó a los labios, y luego presentó a Isabella. Jessica la miró desconcertada, consciente al instante de las razones de Edward para resistirse firmemente a sus esfuerzos por disolver su matrimonio. La reina pensó que aquella mujer de Forks era una belleza excepcional, pero ese pensamiento no llegó a influir en su forma de ver lo concerniente al matrimonio de Edward. Sir Edward Cullen merecía una mujer inglesa por esposa, no una de Forks que no aportaba nada al matrimonio.

—No hemos convocado a vuestra esposa a la corte —dijo Jessica con frialdad—. No estamos complacidas, Sir Edward. Conocéis nuestros deseos a este respecto. Ha llegado a nuestro conocimiento que vuestra esposa ha proferido amenazas contra una de nuestras damas de cámara.

Isabella quería que se la tragara la tierra. La reina era desalentadora, y cuando vio a Lady Lauren escrutándola con la mirada Isabella supo que la mujer se había tomado su amenaza en serio. Sin querer, Isabella apretó la barbilla. Se negaba a dejarse intimidar por aquella soberana despiadada que había ordenado la muerte de su propia prima, la Reina Victoria.

Edward gruñó por lo bajo. Maldita fuera Lady Lauren por irle corriendo a la reina con sus cuentos. ¿Es que no se daban cuenta de que la amenaza de Isabella había sido pura bravata?

—Debéis perdonar a mi esposa, Majestad. Es forastera en Volterra y aún no está al corriente de nuestros usos. En realidad no piensa hacerle daño a nadie.

Jessica dirigió su altiva mirada a Isabella.

—¿Qué decís vos, Lady Cullen? ¿Vuestra amenaza de asesinato era un puro farol?

Haciendo acopio de valor, Isabella miró fijamente a los ojos a la reina y dijo:

—Me reafirmo en todo lo que dije. Le voy a arrancar a Lady Lauren el corazón a cuchilladas y se lo voy a echar de comer a los cerdos como no deje en paz a mi marido.

Un grito ahogado colectivo brotó de los que estaban lo bastante cerca para oír. Ninguno más sonoro que el de Edward. Por ello se perdió la breve chispa de admiración que pasó por los ojos de la reina.

—Ya hemos visto y oído lo suficiente de vuestra esposa de Forks, Sir Edward —dijo Isabel en tono desdeñoso—. Queremos recordaros que vuestro matrimonio no nos place. Pensábamos en otra persona para vos.

—Lo sé, Majestad, y tomaré en consideración vuestros deseos con la máxima diligencia. —Se inclinó y retrocedió hasta salir de la cámara, arrastrando a Isabella con él.

En cuanto estuvieron donde no podían oírles dio media vuelta a Isabella y la miró fijamente.

—¿Tenías que repetirle esa ridícula amenaza a Jessica? Maldita sea, Isabella, ¿qué voy a hacer contigo? No sé por qué no me deshago de ti y me caso con Lauren como quiere la reina.

—¿No lo sabes? —preguntó Isabella provocativamente—. Pues piensa en ello, Edward.

Pero él, maldita sea, ya había pensado en ello.