LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.
ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )
NADA ES MIO.
Capítulo 17
Durante las semanas siguientes Isabella se reunió en secreto con los monjes, que estaban todavía en la corte aguardando a que la Armada De Forks entrara en aguas enemigas. Se movían por la corte como espectros sombríos, tolerados por la reina en un esfuerzo para mantener la paz entre Volterra y los poderosos países católicos del sur. En el Flandes forksense se observaba con ojo belicoso al Gran Jefe Quileute, de quien se decía que estaba reuniendo en la costa flamenca tropas para la defensa de España.
Llegó abril, que no aportó cambios para Isabella en la corte hostil de Jessica. Se la consideraba todavía bajo sospecha. Edward estaba muy atareado con los preparativos para la batalla naval que se aproximaba y durante el mes de mayo se trasladaba frecuentemente a Livorno para consultar con Sir Vladimir Drake de parte de la reina. Jessica se estaba tomando con mucha calma sus preparativos para una invasión de Forks. Si hubiera forzado las cosas enviando a su flota al mar para destruir la armada antes de que partiera de Tacoma, la batalla habría terminado antes de empezar.
Durante las largas ausencias de Edward en el mes de mayo, Isabella fue cogiendo cada vez más confianza con los monjes. Ya que eran las únicas personas en la corte que apreciaban su compañía, se encontraba a gusto con ellos. Como había crecido en un convento, le parecía muy natural buscar la compañía de sacerdotes.
Edward continuaba, para disgusto de Isabella, tratándola con frío desdén cuando aparecía por allí el tiempo suficiente para, aunque sólo fuera, fijarse en ella. Aunque no quería creer que Edward fuera a casarse con Lady Lauren, tampoco podía estar segura. No daba nada por definitivo en lo que concernía a Edward. Si estaba disponible, la acompañaba a la mesa del comedor por la noche, pero con bastante frecuencia ella prefería que le llevaran la comida a su habitación. Cuando trataba de hacer amistad con algunas de las damas de la corte sus intentos se veían de inmediato desairados. Sólo los hombres le ofrecían una apariencia de amistad, pero ella ya sabía hacia dónde podía conducir eso. En alguna ocasión el puro aburrimiento la sacaba de sus habitaciones, y hasta una vez se atrevió a aventurarse por las calles de Volterra. Edward la regañó a conciencia por su insensata escapada. No se quedaría en la corte, ni en Volterra tampoco, si hubiera para ella un modo seguro de irse sola a Forks.
Cualquier cercanía que ella y Edward hubieran podido compartir tiempo atrás llegó a ser casi inexistente ahora que Edward estaba más hondamente enredado en la intriga política. Rara vez dormía él en su dormitorio, y cuando lo hacía llegaba tan tarde y estaba tan agotado que caía dormido de inmediato.
Isabella se preocupaba excesivamente por él. Sabía que se proponía embarcarse con la flota voltersense cuando se encontraran con la armada, y temía que pudiera perder la vida en la batalla. Pero él rehusaba hablar de ello, como si al contarle los planes de Volterra a una mujer de Forks traicionara de algún modo a su patria. La razón de la lejanía de Edward no era difícil de entender para Isabella. El todavía la deseaba, pero era evidente que su miedo a que concibiera un hijo suyo congelaba su ardor lo suficiente.
El mes de junio elevó las tensiones de la corte hasta un punto crítico. Abundaban los rumores. Se susurraba que la armada ya había zarpado. Algunos decían que los barcos transportaban cien mil soldados pertrechados para invadir Volterra. Sólo Isabella sabía que eran los monjes quienes habían difundido esos rumores. Y entonces, un día soleado de junio, Edward apareció en su cámara a media tarde. Isabella se sobresaltó mucho cuando él irrumpió en la habitación en un estado de gran agitación.
—Edward, ¿qué ocurre? ¿Han avistado a la Armada De Forks?.
—Eso quizá lo sepas tú mejor que yo.
Isabella retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—¿Qué estás diciendo?
—¿Te has estado juntando con espías a mis espaldas?
Isabella se irguió indignada.
—¡Desde luego que no!
—Se me ha hecho ver que estás pasando mucho tiempo con esos curas forksenses que fueron enviados aquí a espiar para el rey Erick. Si no es por la buena disposición de Jessica nunca se les hubiera admitido en nuestra tierra. —Sus ojos se contrajeron en gesto acusador—. ¿Te has vuelto una espía, Isabella?
—¡No he hecho nada de eso! ¿Es tan raro que yo prefiera la compañía de los míos? Esos voltersenses de sangre fría me detestan. Por lo menos los monjes hablan conmigo, no como tú, que parece que te has olvidado de que existo. Estaba intentando lo mejor que he podido mantenerme apartada de la reina y de sus acompañantes, ya que según parece tanto les disgusto.
Edward frunció el ceño pero no dijo nada. Aunque ella no lo supiera, él la había defendido una y otra vez ante la reina Jessica, que seguía oponiéndose enérgicamente a que uno de sus cortesanos favoritos estuviera casado con una mujer de Forks. Lady Lauren se había apresurado a sumar su propio rechazo al de la reina. Se aferraba tercamente a la esperanza de que muy pronto iba a ser la esposa de un héroe nacional.
Los pasados meses habían sido tan difíciles para Edward como para Isabella. A Edward le hubiera gustado complacer a Jessica en lo tocante a su matrimonio, pero sus emociones no se dejaban forzar. Su corazón estaba dividido entre el deber para con su reina y la creciente ternura de sus sentimientos hacia su esposa. Su cabeza sabía que la sangre de Forks de Isabella sería siempre una barrera entre ellos, pero su corazón le decía que había llegado el momento de olvidar el pasado y dar descanso al recuerdo de su familia. El odio tenía su propia forma de retorcer y endurecer el corazón de los hombres, y él había llevado esa carga demasiado lejos. La venganza era una amante muy egoísta.
—Edward, ¿por qué me miras de esa forma?
Edward le dirigió una media sonrisa. Se le acababa de olvidar lo que quería decirle. Mirar a Isabella le hacía olvidar hasta su propio nombre.
—Eres hermosa. El pelo te está creciendo, te llega casi a los hombros. Corto me gustaba mucho.
—Puedo volver a cortármelo.
—Por encima de mi cadáver. —Se acercó más a ella, y aún más, hasta que sintió la bocanada de su suave aliento cruzarle la mejilla—. Las cosas no están siendo fáciles para ti, ¿verdad, amor mío? A la reina Jessica no le gusta que la contraríen, y cuando eso ocurre el disgusto se puede convertir en crueldad. Igual sería mejor volver a mandarte al campo, lejos de la corte y de todo este barullo.
—¿Por qué has desobedecido a la reina, Edward? Y no pienses siquiera en mandarme al campo, porque volveré. A tus criados les gusto aún menos que a tus amigos de la corte. Quizá —dijo pensativa, con pena— fuera mejor que yo regresase a Forks.
—Claro que lo sería, amor mío, pero ¿desde cuándo he hecho yo lo que es mejor? Dejar que te fueras sería como perder mi brazo derecho. Ni lo entiendo ni me hace ninguna gracia, pero es la verdad.
Edward había pasado los últimos diez años ejercitándose en odiar a los forksenses, y en unos pocos y cortos meses Isabella le había enseñado que en la vida hay algo más valioso que la venganza. Le había provocado alegría abrasadora, angustia feroz, dulce arrebato… y mucho calor. Sintió que el muro que había levantado alrededor de su corazón se derrumbaba.
Su boca atacó la de ella, cálida y exigente, mientras su lengua exploraba su dulzura. Gimió y agarró sus posaderas, tirando de ella hasta la arista cada vez más endurecida de su deseo. No podía ni empezar a entender por qué se había negado a sí mismo todas estas semanas, cuando habría dado su alma por tener en sus brazos el cuerpo desnudo de Isabella y hacerle el amor como su propio cuerpo le exigía. Durante meses había tratado de acatar los deseos de la reina en vez de escuchar a su propio corazón. Había permitido que su ansia de venganza destruyera la única cosa importante de su vida. Se le ocurrió a Edward que podía vivir muy a gusto sin la reina, pero dudaba seriamente que fuera capaz de vivir sin Isabella.
Isabella sintió la rápida y sensible subida de ese calor que se le enroscaba en las entrañas, tenso y crudo y tan brillante como el sol al amanecer. Las palabras de Edward habían sido un bálsamo para su devastado ánimo. Ella le importaba, eso lo sintió en lo hondo de su alma, pero él interponía entre ellos su ánimo de venganza como un muro que ella no podía derribar por muy fuerte que golpeara en él.
—Dulce Isabella —gimió Edward apretándose contra su boca—. Puede que no seas una hechicera, pero estás condenadamente cerca de serlo. Lo que me haces a mí es pura brujería.
—Lo que tú me haces a mí es pura magia —respondió Isabella sin aliento—. Y pensar que yo quería ser monja… Si nunca te hubiera conocido me habría perdido la alegría de estar contigo. Ay, Edward te am…
Las palabras no llegaron a salir de su boca porque los labios de Edward saqueaban sin piedad los de ella y sus manos trazaban sendas de fuego por su piel. Cuando la levantó en vilo y la llevó a la cama, Isabella sintió la clase de felicidad que se tiene una sola vez en toda la vida. Y ahora, con Edward en el quicio de admitir que la amaba, podía por fin confiar un secreto que sólo había sospechado en las últimas semanas. Estaba segura de que llevaba el hijo de Edward, pero había temido demasiado su respuesta para decírselo. Las veces que le había dicho que él no quería un hijo medio forksense eran demasiadas para contarlas, pero de repente sintió confianza en el amor de él por ella.
En breves instantes estaban ambos desnudos, adorándose el uno al otro con manos, labios y boca, sus cuerpos retorciéndose de necesidad de consumar este nuevo principio. Edward la fue despertando despacio, suavemente, con gran cuidado y pericia, llevándola al borde del éxtasis, negándose a dejarla libre. Isabella acercó tímidamente la boca a su dureza de terciopelo, probando, saboreando, sorprendida de encontrar grato al paladar el ligero sabor salado de su esencia.
Edward se arqueó violentamente y rechinó los dientes.
—¡Maldita sea! Para, amor mío, para…
La inmovilizó contra la cama, deslizándose por su cuerpo, aplicando su boca a su canal íntimo. Su lengua exploró profundamente, saboreando el aroma a almizcle de su excitación. Con determinación implacable la llevó hacia el orgasmo. Isabella gemía y cabalgaba hacia la cima de un éxtasis primario. Esperó a que ella recobrara el aliento, y comenzó entonces a excitarla de nuevo, hasta que estaba caliente y húmeda con perlas de rocío, hasta que le suplicó que entrara en ella. Arrastrado ahora por el apremio de su cuerpo, colocó su tensa erección en el portal de su sexo y empujó vivamente hacia delante. Casi perdió la cabeza cuando la suavidad de ella se cerró en torno a él, pero apretó con fuerza las mandíbulas y dobló el talle, sepultando su palpitante extensión hasta el puño. Ella sintió cómo la rudeza de su cuerpo empapado en sudor temblaba contra el suyo, como si el esfuerzo por dominarse le estuviera costando mucho.
—Déjate ir conmigo, amor mío —le murmuró él roncamente al oído—. Déjate ir conmigo… ¡ya!
Gritando el nombre de él, Isabella se quedó casi aplastada por el éxtasis demoledor de su segundo orgasmo.
Edward emitió un grito ronco, empujó una vez, dos veces, y luego se apartó y derramó su semilla en las sábanas. Isabella se quedó mirando con horror cómo terminaba con la mano hasta que lo hubo drenado todo. Luego cayó a su lado y cerró los ojos.
Aunque aturdida aún por la pasión, Isabella tampoco estaba tan desorientada como para no saber que lo que acababa de hacer Edward era antinatural. Cuando su respiración se fue calmando hasta un ritmo regular, se volvió sobre el costado y se quedó mirándolo.
—¿Por qué has hecho eso? —le preguntó en tono de queja.
Edward abrió los ojos y le dirigió una mirada que era más sombría que de disculpa.
—¿Te refieres a haberme retirado? Es una de las maneras para evitar tener hijos. Hemos tenido suerte hasta ahora, pero nuestra suerte no puede durar siempre.
Sus palabras tuvieron el efecto de dar al traste con el loco sueño de Isabella de formar una familia con Edward. Por más que él la deseara carnalmente, acababa de dejar claro que aborrecía la idea de tener un hijo que llevara la sangre de Forks de ella. Ese implacable rechazo de los hijos que Isabella pudiera concebir de él le produjo un dolor tan fuerte que se agarró el estómago y se dio media vuelta, para que Edward no viera con cuánta crueldad la había herido.
Si Edward hubiera sabido el grado de desolación que iban a producirle a ella sus palabras, no las habría pronunciado nunca. Si lo hizo fue por motivos muy diferentes y mucho más simples que la interpretación que de ellos hacía Isabella. Él quería hijos, ¿qué hombre no los querría? Ya era hora de superar el asesinato de su familia y seguir adelante con su propia vida. La venganza había sido la fuerza que empujaba su vida durante tanto tiempo que había acabado excluyendo de ella todo lo demás, incluso el amor. Pero ahora sí quería amor. El amor de Isabella. Y quería tener hijos con ella, pero no todavía.
Pronto se iba a incorporar a la flota de Volterra e iba a entrar en batalla con los forksenses. ¿Y si perdía la vida y dejaba atrás a Isabella con un hijo en su vientre? Conociendo la inclinación de la reina a la represalia rápida contra aquellos que no le gustaban, Edward no podía estar seguro siquiera de que sus propiedades fueran a pasar a Isabella si él perdía la vida en el mar. Ya en otras ocasiones Jessica se había incautado de los bienes de quienes contrariaron sus deseos, así que Isabella bien podía acabar en la indigencia, con un hijo que criar. No podía correr ese riesgo.
Desde luego todo habría sido mucho más fácil si él, simplemente, se hubiera mantenido fuera de la cama de ella, pero sus naturalezas apasionadas hacían impracticable semejante medida. Más bien imposible, pensó sarcásticamente Edward. No podía seguir reprimiéndose por más tiempo, pero podía ser muy cuidadoso para evitar que su semilla quedara dentro de ella.
—No me des la espalda, Isabella —dijo Edward tirando de ella para que se volviera hacia él—. No puedo seguir negando mis sentimientos hacia ti. Al diablo con la reina. Al diablo con Lady Lauren. Se trata de mi vida, y pienso hacer con ella lo que me plazca.—Le tocó la cara y advirtió sus lágrimas—. ¿Por qué lloras, amor mío?
Isabella no encontró razón para decirle entonces a Edward que llevaba en las entrañas un hijo suyo. Hasta era posible que él quisiera obligarla a deshacerse de su criatura. Había oído decir que esas cosas ocurrían.
—¿Me has oído, Isabella? ¿Qué pasa?
Afortunadamente Isabella no tuvo que inventar una respuesta. Unos golpes fuertes en la puerta interrumpieron lo que podía haber sido un trance muy embarazoso para ella.
—¡Maldita sea! ¿Quién puede ser? —Calzándose los bombachos, Edward abrió de golpe la puerta, y se sorprendió al ver a Emmett McCarthy de pie en el umbral.
—¡Emmett! ¿Qué pasa? ¿Le ha pasado algo al Vengador?
—Tranquilízate, Edward, el Vengador está perfectamente. La Armada De Forks dejó Tacoma hace algunas semanas. Ha quedado maltrecha y dispersa por las tormentas y el infernal tiempo que ha hecho, pero se ha reagrupado en La Push y ahora viene de camino. Ha sido avistada desde las costas de Livorno.
—¿Cómo lo sabes?
—Llegó un mensaje del hombre que enviaste a espiar a la armada. Imagino que la reina habrá recibido el mismo informe.
—Tengo que reunirme con la reina inmediatamente —dijo Edward, animado por poder dar fin a aquel largo periodo de inactividad—. Me reuniré contigo en el Vengador directamente. Llama a todos los hombres que están de permiso en tierra para que acudan.
Edward cerró la puerta detrás de McCarthy y se volvió a Isabella.
—¿Lo has oído?
Ella asintió débilmente.
—Te marchas.
—Tan pronto como haya hablado con la reina. Estoy seguro de que ella tiene a su propio servicio de espionaje recabando información, pero necesito conocer sus planes ahora que tenemos certeza de la invasión.
Se vistió rápidamente, y luego se volvió hacia Isabella.
—Temo que ya no hay tiempo para mandarte de vuelta al campo ahora. Si te dejo al cuidado de la reina, no se atreverá a dejar que te ocurra nada. —La atrajo cogiéndola por los hombros y la besó con fuerza. La garganta le dolía, y apenas podía hablar—. Isabella, hay cosas que quería decirte, pero tendrán que esperar. Cuídate mucho, amor mío.
—Ten cuidado, Edward. Rezaré por ti. Te quie… —empezó a decir que le quería, pero se lo pensó mejor. Sería mejor que él la odiara por lo que ella iba a tener que hacer.
La reina se paseaba de arriba abajo por su Cámara Privada presa de la agitación. La rodeaban los miembros de su consejo privado y asesores, incluido Edward.
—Han llegado informes que indican que la Expedición De Forks ha tropezado con mal tiempo, pero se ha reagrupado en La Push y se acerca a nuestras costas —les confió—. Hemos ordenado que se provean vituallas y suministros a nuestra flota, y hemos dictado instrucciones selladas que autorizan a Vladimir y Stefan Drake y a interceptar a la armada antes de que alcance nuestras costas.
—Mi barco está listo para zarpar —le informó Edward.
—¿Podéis vos llevar nuestras órdenes selladas a la flota? —le preguntó Jessica.
—Sí, Majestad.
—Mi escribano os las dará. Os deseamos buena navegación y feliz cacería, Sir Cullen.
Edward vaciló.
—¿Puedo hablar libremente, Majestad?
—¿Hay algo más que quieras tratar?
—Sí. Es sobre mi esposa. Sé cómo pensáis con respecto a ella, pero la deposito bajo vuestra custodia durante mi ausencia. Confío en que miraréis que esté a salvo.
Las cejas de Jessica se dispararon hacia arriba.
—Vuestra audacia es ilimitada, Sir Cullen. ¿Pensáis que Nuestra buena disposición no tiene límite en lo que a vos respecta? Hombres de rango más alto que el vuestro han caído cuando han exigido demasiado de Nos.
—Me doy cuenta de que puedo estar excediendo mis límites, y, si es así, suplico vuestra indulgencia. Isabella es inocente en muchos aspectos, y solamente os pido que la toméis bajo vuestra protección hasta que yo regrese.
Jessica se daba golpecitos impacientes con el abanico en la barbilla.
—Habéis contribuido generosamente a llenar nuestros cofres, así que atenderemos a vuestra petición. Pero no esperéis demasiado de Nos.
—Gracias, Majestad dijo Edward, agradecido por cualquier protección que ella ofreciera a Isabella.
—Id con Dios, Sir Cullen —dijo Jessica, poniendo fin a su conversación.
Sintiendo menester de oración y consuelo, Isabella se vistió y corrió a la estancia de los monjes. Se encontró con que estaban empaquetando en ese momento sus escasas pertenencias. El padre Aro la saludó con un aire de ausente preocupación.
—Entra, hija, entra. Nos ha llegado el momento de marcharnos. Hoy mismo hemos recibido aviso de que la armada ya ha avistado tierra forksense, y de que la flota de la reina está todavía amarrada en Livorno.
—La reina ahora se moverá con rapidez —conjeturó Isabella.
—La reina es una vieja idiota indecisa —dijo el padre Cayo con desdén—. Pero nosotros debemos irnos inmediatamente. Hay un barco esperando, seguiremos viaje en coche y nos embarcaremos rumbo a Forks.
—Debes venirte con nosotros, hija —apremió el padre Marco—. Sabemos que fuiste forzada al matrimonio y que jamás podrías amar a un voltersense. No estarás segura en la corte una vez que tu marido parta a incorporarse a la flota. Debes confiar en nosotros, igual que nosotros confiamos en ti.
Isabella le miró con asombro.
—¿Cómo sabéis que Edward se marcha?
—Ah, tenemos nuestros medios, hija mía. Sabemos que tu marido va a llevar órdenes selladas de la reina a la flota. Esperamos que la flota se desplace pronto al encuentro de la armada.
—También sabemos algo que la reina no sabe —confió el padre Marco—. La armada, una vez que entre en el océano, se detendrá en Port Angels. El Gran Jefe Quileute ha acumulado veinticinco mil soldados de los Países Bajos forksenses, que se sumarán a los veinticinco mil soldados que están ya instalados a bordo de los barcos en Forks. Nuestras tropas llevan armas y pólvora suficientes para que la victoria sea segura.
Isabella se quedó consternada por las cifras que el padre Marco acababa de manifestar.
—¿Tanto?
—La magnitud de las fuerzas involucradas y la naturaleza de su armamento no tienen precedente ni en la historia de Forks ni en la de Volterra —exageró el padre Aro—. Forks saldrá victoriosa, porque Dios está de nuestra parte.
A Isabella se le heló el corazón. El número de barcos, hombres y armas era increíble. Pero aún más aterrador era el hecho de que Edward pudiera estar precipitándose hacia una muerte segura. ¿Sabía él con qué se enfrentaba la flota inglesa? Tenía que decírselo antes de que dejara Volterra. Sabía que nada le iba a hacer cambiar de opinión, pero aquella información podía serle extremadamente valiosa. El amor de Isabella por su marido sobrepasaba en mucho a su amor por la patria.
—¿Cuando tenéis que abandonar Volterra? —preguntó Isabella.
—Mañana —dijo el padre Aro—. Tu martirio está a punto de terminarse. Te prestaré uno de mis hábitos: nadie te reconocerá con un atuendo de fraile. Luego me pondré en comunicación contigo para ultimar los detalles.
—Debo hacer el equipaje —dijo Isabella, ansiosa por ir al encuentro de Edward y decirle lo que acababa de averiguar.
—Ve en paz, hija mía —dijo el padre Aro—. Pronto disfrutarás del bienestar de la casa de tu padre.
Isabella se apresuró por los pasillos, que se le habían hecho bastante familiares en las semanas que había pasado en la corte, hasta llegar a la Cámara de Audiencias sin aliento. La cámara estaba abarrotada y, por lo que pudo sacar en limpio de los retazos de conversación que alcanzó a oír, se hablaba mucho de la armada que se aproximaba. Su inspección visual de la cámara no reveló trazas de Edward. Entonces vio a Lady Lauren y, tragándose el orgullo, se acercó con la frente bien alta a la mujer.
—¿Habéis visto a mi marido, milady?
Lady Lauren le hizo a Isabella un gesto desdeñoso.
—¿Es que Edward no os tiene al tanto sus planes? Todo el mundo sabe que se ha marchado a incorporarse a la flota en la rada de Livorno. —Su voz era fría y condescendiente—. Me pidió que le esperase. Dijo que había tomado una decisión importante sobre su matrimonio y que estaba ansioso por contármela. Por desgracia no tuvo tiempo para entrar en detalles.
Sus palabras tuvieron en Isabella el efecto deseado. Ella sabía que no tenía que creer a Lady Lauren, porque probablemente hablaba llevada por los celos, pero aún así aquello le dolió. Además, podía ser la verdad.
—No he venido a discutir sobre Edward. Sólo quiero saber si lo habéis visto en los últimos minutos.
—Llegáis demasiado tarde —la informó Lady Lauren—. Partió hace más de una hora.
Dando un grito de consternación, Isabella dio media vuelta y salió corriendo. Cuando llegó a la puerta principal interrogó a un lacayo que estaba allí apostado. Sus peores temores se confirmaron cuando el lacayo le dijo que Edward se había marchado hacía algún tiempo. Era inútil seguirle, porque, de acuerdo con Emmett McCarthy, el Vengador sólo esperaba para izar velas a que Edward pusiera el pie a bordo.
No le quedaba a Isabella más que rezar. Si Dios era clemente, Edward volvería sano y salvo. Ella tenía que tener fe en que así fuera, porque nunca iba a poder saberlo con certeza. Edward y ella no tenían ningún porvenir juntos. Lady Lauren sí que podía darle lo que ella no podía: un heredero cuya sangre voltersense fuera tan pura como la de Edward. Por más que el hijo que Isabella llevaba dentro no fuera lo que Edward deseaba, ella pensaba cuidar con esmero ese pedazo de él, que seguramente era el único que iba a tener en lo que le quedara de vida.
Al día siguiente, cinco sacerdotes jesuitas fueron vistos abandonando El Palacio. La reina estuvo contenta de librarse de ellos. La verdad es que respiraba con más desahogo sabiendo que se habían marchado. Si no se hubieran ido por su propia voluntad habría tenido que pedirles cortésmente que abandonaran el país. Cuando pasaron en fila por los pasillos de El Palacio, salieron por la puerta y subieron al coche que los esperaba y los llevaría a San Vicenzo, los cinco llevaban las capuchas bien caladas sobre la frente.
Isabella vaciló antes de entrar en el coche, a punto de cambiar de idea. Dejar a Edward era la cosa más difícil que jamás se había visto obligada a hacer, y quizás la más noble. Sus motivos eran puros, sólo buscaba lo mejor para Edward y el hijo de ambos. No podía soportar la idea de criar a su hijo en un ambiente hostil. Rezó porque hubiera podido juntar suficientes recuerdos de Edward como para que le durasen toda un vida. La idea aterradora de que no fuera así le trajo un momento de pánico, y se quedó paralizada. Una vez que abandonara Volterra su relación con Edward quedaría irrevocablemente cortada. No habría vuelta atrás.
—Apresúrate, hija mía —la apremió el padre Aro—. El barco no va a esperar siempre.
Isabella vaciló. Aquel paso final era tan doloroso que se había quedado paralizada, incapaz de razonar, incapaz de seguir adelante. La decisión le fue arrebatada cuando el padre Marco y el padre Cayo, que esperaban dentro del coche, la agarraron de los brazos y de un tirón la metieron dentro. El padre Aro entró rápido tras ella y cerró de golpe la portezuela. El coche dejó atrás el palacio en un repique de cascos y ruedas.
—Tu sitio no está entre estos herejes —dijo el padre Aro cuando Isabella empezaba a protestar—. Tu padre se sentirá agradecido por tenerte a salvo en casa. Puede que lo bastante agradecido como para hacer un donativo a nuestra orden.
Demasiado aturdida para replicar, Isabella miró por la ventanilla con nostalgia, recordando con cuánta ternura le había hecho Edward el amor el día en que se fue. Todo había parecido maravilloso por un momento, hasta que él puso de manifiesto su desprecio por ella al verter su semilla en las sábanas. Aquella acción tan simple había terminado con su relación tan eficazmente como si él la hubiera cortado con su espada. Edward había dejado más que claro que odiaría al hijo que tuvieran. Suspirando con resignación, dirigió sus sombríos pensamientos hacia el futuro, por muy lúgubre que pudiera ser sin Edward Cullen en su vida.
Edward llegó con las órdenes de la reina y las entregó a los almirantes. Dos días después, tras una racha de mal tiempo, brotó del nordeste un viento bueno y fresco. Los almirantes detuvieron la carga de provisiones y mandaron que saliera la flota para, en un salto rápido, interceptar a la armada. El Vengador se unió a los noventa y pico buques armados, grandes y chicos, que componían la aguerrida y valerosa flota voltersense.
Cinco días después estaban de vuelta en la rada de Livorno. Cuando se hallaban en medio del oceáno, el viento se había puesto a rolar obstinadamente al sur, y se vieron forzados a regresar. Durante toda la semana siguiente la flota tuvo dificultades con la misma clase de tiempo adverso que había afligido a la Armada de Forks. Algunos de los buques mercantes se habían forzado en exceso y tenían vías de agua, y otros necesitaban reparar los palos y el cordaje. Y como en la mayoría de los barcos que llevan mucho tiempo en alta mar, había muchos enfermos. Durante aquella pausa los capitanes hicieron lo que era posible hacer en el poco tiempo que tenían, reabasteciendo sus barcos con agua, pertrechos, municiones y víveres.
Edward se consumía de impaciencia. Se estaba viendo que los retrasos resultaban desastrosos para hombres y barcos. Edward quería derrotar a la Armada De Forks lo más rápidamente posible, correr a casa con Isabella y decirle que la amaba. Ni siquiera la desaprobación de la reina podía convencerle de renunciar a Isabella. Ni por todas las Lady Laurens de Volterra.
Justo cuando empezaba a circular el rumor de que la Armada De Forks había desistido de la expedición por aquel año, el Snadre de Ciervo, uno de los buques destinados a patrullar por el Canal, arribó para informar de que un numeroso grupo de barcos forksenses había sido avistado cerca de las Port Angels, con las velas recogidas, aguardando al parecer a que llegara el resto de la flota. Se envió inmediatamente noticia de ello a la reina, y finalmente, el 19 de julio, se dio la orden de que el ejército principal se reuniera en Livorno y el segundo ejército se dirigiera a Piombinio con el propósito de salvaguardar la integridad de la reina.
Aquella noche a las diez la flota de asalto voltersense zarpó de Livorno. Al día siguiente el viento refrescó del suroeste, y la flota, incluido el Vengador, empezó a orzar rumbo a alta mar para impedir que el enemigo la atrapase en la costa a sotavento.
La armada invasora, algo dispersa pero aún apresurándose, ciñó hacia poniente para conseguir espacio para maniobrar. Edward se mantuvo al timón del Vengador, siguiendo por el catalejo el avance de la armada.
—¡Dios mío, Emmett, míralos! —dijo, alcanzándole el catalejo a su contramaestre.
—Nunca he visto nada como esto.
Manteniendo su rumbo Canal arriba, la armada de más de ciento treinta navíos tomó forma a la vista. Delante navegaba la fuerza principal de combate, en línea frontal; tras ella los barcos más pequeños y menos defendibles; y en cada uno de los flancos y un poco por detrás avanzaba un escuadrón de combate más reducido.
—No puedo creer que la armada haya sobrevivido intacta, visto el tiempo inclemente con que se han tropezado estas últimas semanas —comentó Edward, asombrado.
—¿En qué lugar piensas que recalarán?
—Es difícil decirlo. El último mensaje de Vladimir decía que debíamos dejar que los forksenses lleguen hasta su destino. Y entonces les daremos con todo lo que tengamos.
Durante siete impresionantes días el ejército flotante avanzó a paso lento hacia su meta imaginaria, continuamente hostigado por la flota de Vladimir pero sin ser definitivamente detenido por sus ágiles enemigos. Dos días más tarde, el 23 de julio, en la altura de la Isla de Crapaia, se desató la acción. La armada invasora se dirigió a la costa opuesta, fondeando en espera de establecer contacto con el Gran Jefe Quileute y su prometido ejército. Aquello resultó ser su perdición. La flota voltersense atacó, dispersándolos a lo largo de muchas millas por la costa. La de aquel día resultó ser la batalla decisiva de la campaña.
El Vengador estaba en medio de la refriega, haciendo frente por su cuenta a la poderosa armada. Había sufrido daños menores y había perdido a algunos buenos ingleses, pero en general había salido virtualmente ileso. Ni Edward ni McCarthy habían resultado heridos.
Cuando la armada de Forks intentó escapar a puerto amigo, sólo encontró costa hostil. No les quedaba otra opción que volver derrotados. Resultaba evidente que regresar por el camino del Canal estaba fuera de lo posible, porque la flota voltersense habría podido ensartar uno por uno a los maltrechos navíos. En una iniciativa desesperada los almirantes tomaron la única ruta que les quedaba abierta, hacia el norte. Menos de la mitad de los barcos de la armada de Forks, y quizá un tercio de los hombres, lograron regresar a casa. Y muchos de los supervivientes murieron más tarde de las heridas o por enfermedad, después de haberlo soportado todo y no haber logrado nada.
