LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 18

El Vengador remontó el Mediterráneo y atracó en Livorno el 15 de agosto, después de varios días de batallas navales en las que la armada de Forks, mientras huía, había sido sistemáticamente hostigada por los barcos voltersenses, que seguían su estela como perros de presa. Pero una vez que se hizo evidente que la armada estaba rota y tomaba rumbo norte en retirada, la flota de Volterra retrocedió y regresó a su puerto de origen a celebrar su victoria. El país entero estaba rebosante de júbilo. Se vitoreaba a la fuerza naval y sus comandantes como a héroes, y la popularidad de la reina alcanzó cotas sin precedentes.

A pesar de que se sentía feliz por haber participado en la gloriosa victoria, lo que Edward más esperaba era un gozoso reencuentro con Isabella. La había echado terriblemente de menos. Había pasado en el mar cerca de seis semanas, y buena parte de ese tiempo más esperando al enemigo que metido en combate, hasta los últimos días de julio y primeros de agosto, cuando la flota de Volterra y la Armada De Forks chocaron repetidamente.

La derrota de la armada había sido una sensacional victoria personal para Edward. Su triunfo decisivo sobre su enemigo de toda la vida desterró de una vez por todas su deseo de venganza contra los forksenses. Por primera vez en muchos años se sintió en libertad para obedecer a su corazón. Su futuro con Isabella nunca le había parecido más luminoso. Se sentía en paz con su decisión y capaz de aceptar con absoluta sinceridad la ascendencia de Forks de Isabella.

La amaba. La había amado durante mucho tiempo, pero tenía el corazón cerrado a todo lo que no fuera su afán de venganza. Rogaba por que Isabella le perdonase los muchos pecados que contra ella había cometido, y tenía la esperanza de que algún día le quisiera tanto como él la quería a ella. Por algún milagro él había escapado ileso del combate, y ya se estaba imaginando con deleite la vida y los hijos que Isabella y él iban a crear juntos.

Emmett McCarthy se acercó a Edward silenciosamente, contrariado por tener que interrumpir sus ensueños pero creyéndolo necesario.

El buque ya había atracado, y McCarthy esperaba instrucciones. Carraspeó, esperando que Edward advirtiera su presencia. Edward le oyó y se volvió bruscamente.

—¿Está el barco en orden, señor McCarthy?

—Lo está, mi capitán. En orden, y a la espera de instrucciones.

—Dales licencia para ir a tierra a los hombres, a todos excepto los precisos para mantener una mínima guardia. Se lo merecen. Y mira que se cuide a los heridos.

—¿Y qué pasa con los daños que ha sufrido el Vengador en el combate?

—Haz una relación de daños. Volveré después de ver a Isabella. Mientras tanto puedes ir contratando carpinteros y veleros para empezar con las reparaciones.

Edward llegó a la corte en medio de una jubilosa celebración de la derrota de la Armada De Forks, la flota naval más grande de la Historia. Ya sólo el tamaño y la magnitud de la enorme armada eran incomparables. Si las cosas hubieran ido según lo planeado y el mal tiempo no hubiera sido un factor determinante, la Expedición De Forks podía haber triunfado. Los que habían tripulado los barcos eran conscientes de ello, pero la mayoría de los voltersenses no habían llegado a comprender el peligro tan real que había amenazado sus costas.

La reina Jessica, con su regia silueta ataviada de negro destacando en medio del colorido de pavo real de sus cortesanos y damas, mantenía audiencia en la consabida Cámara de Audiencias. Edward escudriñó la sala buscando a Isabella, pero sin éxito. Estaba a punto de marcharse de la cámara para seguir buscándola cuando Lady Lauren lo vio y lo llamó por su nombre. Todas las cabezas se volvieron a mirarle y Edward se encontró rodeado de portadores de parabienes que le felicitaban por la victoria e inquirían detalles. Atrajo tanta atención que la reina lo divisó y envió un paje a llamarle.

Edward frunció el ceño con disgusto. La reina y sus figurines de corte eran la última gente que deseaba ver en aquel momento. El quería encontrar a Isabella. Quería tomarla en brazos, hacerle el amor, contarle lo idiota que había sido al renegar de lo que su corazón había sabido siempre. Pero cuando uno era requerido por la reina, no podía rehusar. La multitud le abrió paso según se iba acercando al trono tallado de Isabel. Lady Lauren se agarraba tenazmente de su brazo.

Antes de que Edward hubiera podido liberarse ya habían alcanzado el estrado. Ejecutó una reverencia y la reina le dirigió una sonrisa luminosa.

—Estamos muy complacida con vos, Sir Cullen. Como lo estamos con todos nuestros valientes marinos y sus almirantes. Habéis sido el primero en regresar. Contadnos qué sucedió.

Como no encontraba forma de escapar airosamente, Edward se pasó la siguiente hora relatando los detalles de los combates mantenidos y de la ruta de huida de la armada enemiga, que les obligaría a rodear Escocia e Irlanda.

—Esos forksenses no lo van a pasar bien —predijo Jessica—. En esta parte del año lo más seguro es que se encuentren con tiempo peligroso en las aguas del norte y a lo largo de la costa irlandesa.

La predicción de la reina resultó ser demasiado acertada. Se supo después que gran número de navíos se habían destrozado contra las rocosas costas irlandesas con pocos supervivientes.

—Hemos recibido informes de que nuestras pérdidas han sido escasas comparadas con las del enemigo. Hemos de dar las gracias a hombres valientes como vos. Pensaremos en una recompensa adecuada —dijo Isabel solemnemente.

—No deseo más recompensa —dijo Edward— que me devolváis a mi esposa y poder retirarme a mis tierras.

Jessica hizo una mueca de desagrado, y en la estancia se hizo un silencio poco natural. Edward tuvo una premonición heladora y luchó contra el prurito de largarse a buscar a Isabella para llevársela a toda prisa de Volterra. Esperó a que Jessica hablara y supo instintivamente que no le iba a gustar lo que iba a oír.

—Lamentamos que ésa es la única cosa que Nos no podemos concederos. Vuestra esposa ya no reside en la corte.

Edward soltó un grito ahogado de indignación e incredulidad.

—¿Habéis expulsado a Isabella?

—Qué va, no la hemos expulsado. Desapareció uno o dos días después de que zarparais a reuniros con la flota. No sabemos exactamente cuándo se fue, sólo que ya no está entre nosotros.

—¿Es así como cumplís vuestras promesas? —le espetó Edward como un trallazo—. Dijisteis que protegeríais a Isabella. ¿Qué le habéis hecho?

—¡No le hemos hecho nada! —dijo la reina llena de indignación. No estaba acostumbrada a que se dirigieran a ella de forma tan irrespetuosa, y su carácter relampagueó peligrosamente—. Os sugerimos que sujetéis la lengua y recordéis con quién estáis hablando.

—Edward, por favor —apremió Lady Lauren—, no sigas. Estás incurriendo en la ira de la reina, y eso no es prudente.

Edward se sacudió la pegajosa sujeción de Lauren, con expresión dura y resentida.

—¿Dónde está mi esposa? Vos y vuestras damas le habéis estado haciendo la vida imposible, y vuestros cortesanos la consideraban pieza disponible para sus abyectas atenciones.

Jessica se levantó majestuosamente de su sitial, con una rabia sobrecogedora.

—Vais demasiado lejos, Sir Cullen. No sabemos adonde fue vuestra esposa y no tuvimos nada que ver en su desaparición. Teníamos intención de cumplir la promesa que os hicimos. Cuando se advirtió su desaparición, Nos enviamos un mensajero a la Residencia de los Cullen a interesarse por ella. Pero ella no estaba allí. Nuestra opinión es que ha regresado a Forks.

—¿Sola? —se burló Edward—. Isabella no tenía dinero; no conocía a nadie en Volterra a quien pedir ayuda. ¿Cómo podría haberse ido a Forks?

—Los curas —dijo Jessica con altanero desdén—. Los monjes se marcharon al día siguiente de zarpar vos. Aunque no hay forma de comprobarlo, Nos creemos que vuestra esposa los acompañaba. Mejor así.

Las manos de Edward se hicieron puños, con ganas de golpear a alguien o algo.

—Iré inmediatamente a Forks y la traeré de vuelta. Isabella no se habría marchado sin una buena razón.

Edward sentía que él mismo era tan responsable como Jessica de la desaparición de Isabella, pero no podía ocultar el feroz rencor que sentía hacia la corte de Volterra. Todos en la Cámara de Audiencias le habían oído afrentar a la reina, y aguardaban expectantes a que Jessica exigiera el justo castigo.

—No, vos no dejaréis Volterra —declaró la reina estampando el pie en el suelo para dar énfasis a sus palabras—. Esa mujer de Forks está donde le corresponde. Mirad a Lady Lauren como consuelo, será una esposa digna de vuestro nombre. Nos hemos tomado la libertad de pedir al obispo que disponga los documentos de la anulación. Esperan vuestra firma.

Edward exhaló lentamente.

—¿Y si me niego?

—Vuestros bienes serán confiscados y seréis encarcelado en la Torre hasta que recuperéis el buen sentido, ¿Es ése vuestro deseo?

—Se ve que mis deseos no tienen ningún peso en este negocio.

—Esto es lo que más os conviene, Sir Cullen. Sabéis que nunca nos complació vuestro matrimonio. No solamente fuisteis forzado a tomar una esposa totalmente inadecuada a vuestra posición, sino que además la boda fue oficiada por un sacerdote papista, lo cual ya es razón suficiente para la anulación. Lady Lauren os va a aportar su enorme riqueza y sus numerosas haciendas. Es nuestro más íntimo deseo que nuestro querido héroe se una en matrimonio a Lady Lauren. Tenéis mucho que perder negándoos a nuestra demanda y todo que ganar aceptándola: como mínimo, una encantadora esposa que está enamorada de vos. —Sus palabras sonaron sospechosamente a amenaza, y Edward jamás se plegaba de buen grado a las amenazas.

Después de despachar su ultimátum, la reina se reclinó graciosamente en su sitial, esperando con displicencia a que Edward se sometiera a sus deseos. No iba a aceptar negativas; nunca lo había hecho.

—¿Es ésa la última palabra de Vuestra Majestad?

—Sí, es mi última palabra en este asunto.

—Entonces no tengo elección —concedió graciosamente Edward. Para él era una auténtica hazaña contener el genio y mantener la compostura mientras por dentro estaba hirviendo de rencor y de rabia, pero sea como fuere logró componérselas. Por más que la reina intentara imaginárselo, nunca llegaría a saber cuánto le costaba aquello a su orgullo.

—Ay, Edward, no lo lamentarás —chilló encantada Lady Lauren. Edward le dedicó una mirada invernal—. Sabía que tomarías la decisión acertada, y por eso me anticipé con los planes para nuestra boda. Nos casaremos de aquí a una semana, con asistencia de toda la corte. Podemos pasar nuestra luna de miel en mi remota propiedad de Cornualles. Ya he mandado recado para que esté preparada para nuestra visita.

—Has pensado en todo —observó Edward fríamente.

—Habéis hecho una elección acertada, Sir Cullen —dijo la reina, más que complacida con la capitulación de Edward. Pocos de sus súbditos eran tan tontos como para atreverse a frustrar sus deseos.

—Pues bueno sea —dijo Edward, impaciente por librarse de la reina y de Lady Lauren—. Si me disculpáis, Majestad, es mucho lo que debo hacer antes de la boda. Tengo todavía un barco averiado y hombres heridos a los que atender. Tengo que enviar noticias a la Residencia de los Cullen y proveer adecuadamente mi guardarropa para honrar a mi esposa.

Jessica hizo un gesto imperioso con la mano.

—Estáis disculpado, Sir Cullen. Las semanas que habéis pasado en el mar con nuestra flota victoriosa han debido dejaros agotado.

Edward se retiró con toda la gentileza que fue capaz de mostrar. No llegó a percatarse de que Lady Lauren salía detrás de él hasta que la sintió a su lado.

—Estoy agotado de verdad, Lauren —se excusó con ella—. Mejor seguimos hablando de nuestros planes mañana.

—No es hablar lo que quiero —su voz tenía un seductor tono de promesa—. No hay razón para reprimirse, ya. Nuestra boda sólo necesita la ceremonia para que sea legal. Tu esposa te ha abandonado, y yo ya me siento esposa tuya. Hazme el amor, Edward.

Edward rechinó los dientes de disgusto. Maldita Jessica y maldita Lauren por empujarle a algo que él no deseaba. Todavía tenía una semana y se proponía hacer buen uso de ella antes de…

—Ahora no —se escabulló Edward—. Iré yo esta noche a vuestra cámara. De poco te voy a servir si caigo dormido en el instante en que mi cabeza toque la almohada. Estoy sucio y necesito un baño. Y ahora, por favor, discúlpame.

Lauren hizo un gracioso mohín.

—Te ayudaré a darte un baño. Quién sabe lo que puede pasar en cuanto te hayas refrescado.

—Yo lo sé: que me voy a echar una larga siesta.

—Edward, estoy empezando a pensar que estás tratando de evitar hacerme el amor —su voz adquirió un matiz duro—. No tendría más que insinuarle a la reina que pretendes librarte del casamiento para que ella se incautara de todos tus bienes y te encerrara en al Torre hasta que vuelvas al redil.

—Ah, Lauren, estoy seguro de que te encantaría hacerlo —dijo Edward con suavidad, con una suavidad excesiva que hizo que se disparase un escalofrío por toda la longitud de la elegante espalda de Lady Lauren. Edward la cogió en sus brazos, besándola con fuerza, bruscamente, descargando todo su enfado en la violenta posesión de la boca de ella. Lauren se estremeció, aceptando su beso brutal con hambre predadora.

—Edward, ay, Edward, sí, me gustas así —gimió inconsciente contra su boca, jadeante de expectativa—. No me importa lo excitado que te pongas.

Un ruido de disgusto borboteó en lo hondo de la garganta de Edward. La boca de Lauren estaba húmeda y floja bajo la suya. Sospechó que habría podido tomarla en el suelo, en el pasillo mismo, sin que ella protestara. Pero ni la deseaba entonces ni la iba a desear nunca. Isabella era la única mujer que él deseaba, y la tendría si lograba deshacerse de Lauren sin deshacerse de su propia vida. Disponer de tiempo era esencial. Sólo tenía una semana para poner sus asuntos en orden, y eso iba a ser endemoniadamente difícil con Lauren resollando tras él. ¿Cómo demonios iba a tenerla satisfecha sin acostarse de verdad con ella?

—Esta noche —le susurró Edward en la boca. Dando a su pecho una incitante caricia que prometía largas horas de éxtasis, se dio la vuelta y se alejó dando zancadas con viveza.

—Edward… —Lauren estampó un pie contra el suelo con enfado, mientras su cuerpo aún vibraba de deseo no recompensado—. Maldito hombre —murmuró sin aliento. Como esta vez no cumpliera su promesa se le iba a hundir el cielo encima. La familia de Lady Lauren era una fuerza poderosa en Volterra. Y ella en persona se encargaría de que Edward Cullen se quedase sin un penique si la decepcionaba. Cuando hubiera acabado con él no tendría nada, ni siquiera ese barco suyo al que al parecer daba tanto valor. Girando sobre sus tacones, regresó a la Cámara de Audiencias.

Poco rato después Edward se deslizó fuera por una entrada lateral, llamó un caballo de punto que pasaba y llegó a Livorno poco tiempo más tarde. McCarthy le estaba esperando a bordo del Vengador.

—La cosa no te ha llevado mucho tiempo, Edward. —Sus ojos chispearon con guasa—. Pensé que ibas a pasar más tiempo con Isabella, sabiendo lo ansioso que estabas por verla.

—Isabella se ha marchado —dijo Edward lacónico.

—¡Marchado! ¿Adonde demonios se ha ido?

—Mi idea es que a Forks. Creo que en compañía de un grupo de monjes que se volvieron a Forks al poco de zarpar nosotros.

—¿Lo sabes seguro?

La expresión de Edward se alteró sutilmente, revelando su incertidumbre.

—No. Nadie la vio marcharse. Jessica ya se aseguró de que no estaba en la Residencia de los Cullen. No hay ningún otro sitio adonde ella pudiera ir. Aparte de los monjes no tenía a nadie a quien acudir en la corte; el resto de la gente la ignoraba, y yo estaba demasiado ocupado o demasiado empecinado para portarme como un marido con ella. Tengo que ir a buscarla para suplicarle que me perdone.

—¿Cuándo?

—¿Cómo está de averiado el barco?

—No muy gravemente. Nuestros carpinteros pueden reparar el timón y la jarcia, y nuestros veleros pueden remendar los desgarros en las lonas sin dificultad. No debería llevarles más de dos semanas.

Edward le dirigió una mirada sombría.

—No dispongo de dos semanas. Tiene que hacerse todo en seis días como mucho.

—¡Seis días! Tú lo que pides es un milagro, Edward.

—Sí. ¿Puedes hacerlo?

—¿Qué pasa si te digo que no es posible?

—Que seré forzado a casarme con Lady Lauren, o perderé todos mis bienes en provecho de la corona y pasaré el resto de mis días en la Torre. Me dejarán en la indigencia, Emmett. Ni siquiera tendré un barco que me lleve de vuelta a Denali.

—En la indigencia tampoco exactamente, amigo mío. ¿Has olvidado el botín que tienes escondido en Denali?

—No lo he olvidado, pero es insignificante comparado con lo que guardo en el banco en Volterra.

—¿Qué planes tienes?— preguntó McCarthy, barruntando otra aventura.

—Nos vamos a Forks —confió Edward—, pero antes… —Y en voz baja esbozó a McCarthy su plan.

McCarthy le escuchó atentamente, asintiendo con entusiasmo mientras Edward iba desplegando su plan.

—Podría resultar, pero ¿y si Isabella no está dispuesta? ¿Y si no quiere tener nada que ver contigo? Y tus planes, en lo que afecta a Lady Lauren, como poco son arriesgados. Está claro que quiere tenerte en la cama antes de la ceremonia. Y por último, aunque no sea lo de menos, tienes en contra a la reina. Como la dejes plantada seguramente no te lo perdonará jamás. Te prenderán y encarcelarán.

—Ya he tenido todo eso en cuenta, Emmett, y me da risa si lo comparo con una vida sin Isabella. Todas las riquezas del mundo no me sirven de nada si no tengo a Isabella para compartirlas conmigo.

—Eso es muy fuerte para que lo diga un hombre que no puede soportar a los forksenses. La monjita se te ha metido muy adentro, ¿no?

—Sí —admitió Edward, más de lo que puedo expresar. Si no fuera así, cumpliría con mi deber con la reina por muy desagradable que fuera. Pero ahora preferiría pudrirme en la Torre antes que convertirme en el títere de la reina y tener que firmar todos esos malditos papeles de la anulación. Pero necesito tu ayuda.

McCarthy se rió.

—Lo que me estás pidiendo es poco ortodoxo.

—Los tiempos desesperados demandan medidas desesperadas. Si no tienes arrestos para hacerlo…

—No es eso —arguyó McCarthy, aún sonriente—. Pero la dama no puede dejar de notar la diferencia…

—…A menos que aproveches la ventaja que te da la oscuridad. Somos de rasgos y porte lo bastante parecidos como para no levantar sospecha. Tú sólo asegúrate de hacer como corresponde el condenado trabajo. No quiero dudas sobre mi virilidad. Tengo una reputación que mantener.

McCarthy soltó una sonora carcajada.

—Tan presumido como siempre, ya veo. No te preocupes, amigo mío, rendiré honores a la dama con el mástil bien alto. Hemos compartido mujeres muchas veces a lo largo de los años, pero ésta es la primera y la última vez que lo voy a hacer en tu nombre.

—Pon a los hombres a hacer las reparaciones, Emmett. Hay mucho que hacer antes de que icemos las velas. Te veré más tarde esta noche en mis habitaciones del Palacio.

Edward se marchó, yendo directamente desde el Vengador al despacho de su abogado procurador. Edward había contratado a Riley Biers poco después de regresar a Volterra cuando era joven, después de escapar de la esclavitud. Thornhill había acreditado su valía una y otra vez durante los años en que Edward había navegado mar adentro en busca de botín español. Era digno de confianza, discreto y, por encima de todo, capaz de ocuparse en todos los aspectos de los asuntos de Edward. Y Edward confiaba en que Riley no divulgaría nada de lo que pasase entre las paredes de su despacho.

—¿Tenéis algún reparo en hacer lo que os pido? —inquirió Edward una vez que hubo expuesto sus planes al abogado.

—A ver si me he enterado bien —dijo Biers lentamente—. Deseáis despedir con una pensión a vuestros criados de la Residencia de los Cullen y darles una indemnización generosa. ¿Pensáis cerrar la mansión para siempre?

—Voy a abandonar el país, quizás para siempre —le confió Edward—. Seré honrado con vos, Biers, porque vos lo merecéis. Es probable que la corona vaya a incautar mis bienes. No quiero que mis criados lo pasen mal, especialmente Eleazar. Es un hombre bueno, y leal.

A Biers se le pusieron los ojos redondos.

—Pero vos sois un héroe, Capitán, ¿por qué habrían de ser confiscados vuestros bienes?

—Es una historia larga, y desde luego os la contaré, pero primero, ¿estáis dispuesto a seguir mis instrucciones?

—Desde luego, ¿lo habíais dudado? ¿Qué más puedo hacer por vos?

—Mucho. Voy a convertir todos mis activos en oro y los voy a trasladar al Vengador. Si podéis hallar un comprador para la Residencia de los Cullen en una semana, bien, pero si no, no tiene importancia.

—Puede ser difícil, pero no imposible. Ya se me han ocurrido varias posibilidades. ¿Eso es todo?

—No. Deseo que continuéis siendo mi agente en Volterra para los cargamentos de madera que envíe por mar desde Denali. Tomad vuestros honorarios de los beneficios e ingresad el resto en el banco a nombre de mi primer oficial, Emmett McCarthy. Él estará en libertad de entrar y salir de Volterra cuando quiera.

Biers escrutó el rostro de Edward.

—Esto suena como a que vayáis a cortar lazos con Volterra, capitán Cullen. ¿Estáis seguro de que eso es lo que queréis?

—Las circunstancias lo hacen necesario. No habría elegido este camino si la reina no me hubiera hecho imposible el quedarme en Volterra. —Se puso de pie—. El tiempo escasea, y todavía queda mucho que hacer. Enviadme recado al Vengador cuando hayáis terminado las tareas que os he encargado. Nada es privado en la corte, y quiero mantener en secreto mis planes.

—Pronto tendréis noticias mías, capitán Cullen.

Más tarde aquel día Emmett McCarthy se abrió paso sin mucha fanfarria hasta la habitación de Edward. Su discreto repique de nudillos fue respondido inmediatamente, y se deslizó dentro en el momento en que se abrió la puerta.

—Pido a Dios que esto funcione —dijo Emmett, con una sonrisa traviesa—; aunque sigo diciendo que deberías hacer tú tu propio trabajo sucio.

Edward le atajó con la mirada.

—Tampoco es que no vayas a ser placenteramente recompensado por el trabajo de esta noche.

McCarthy arqueó una bien formada ceja.

—Ya te contaré después. ¿Estás seguro de que es esto lo que quieres?

—Necesito conseguir tiempo, Emmett, y desde luego no quiero irme a la cama con Lady Lauren. No podría tocarla sin pensar en Isabella a cada instante que estuviera con ella. No quiero traicionar a mi esposa. Esta es la única forma que se me ocurre de aplacar a Lauren y no traicionar mis votos matrimoniales. Lauren es una perrilla en celo. Creo que vas a disfrutar con ella. Estuve muy tentado de probarla en más de una ocasión, pero siempre hubo algo que me detuvo.

—Es un truco sucio, pero lo comprendo. No te preocupes, no decepcionaré a la dama.

—Sólo una cosa más, Emmett —le recordó Edward—. No quiero que dejes a Lauren con un crío en la tripa cuando ni tú ni yo vamos a estar para hacernos cargo. No quiero herirla, no es una persona perversa, sólo un poco caprichosa. No es virgen, o sea que tampoco le estarás robando nada que ella no haya entregado ya. Sólo asegúrate de que le das el suficiente placer como para dejarla satisfecha.

Los pasillos estaban desiertos. Hacía rato que la medianoche ya había pasado; era ese momento en que las horas más negras de la noche extienden su manto sobre el mundo dormido. Emmett y Edward salieron de la habitación deslizándose sigilosamente y reptaron por el pasillo hasta el dormitorio de Lady Lauren. Se detuvieron en la puerta por un brevísimo instante, y entonces Edward se volvió hacia Emmett y le puso un dedo sobre los labios. Emmett se hizo a un lado cuando Edward abrió la puerta y se introdujo dentro. Una solitaria vela, consumida casi hasta el cabo, hacía parecer puerto seguro para amantes la eEmmettcia alumbrada de sombras. La llama parpadeante parecía peligrosamente a punto de extinguirse.

—Edward, ¿eres tú? ¿Qué es lo que te ha tomado tanto tiempo? He pasado horas esperando. —El tono quejumbroso de su voz revelaba su irritación.

—Sí, soy yo, Lauren. —Se acercó a la cama, parándose unos segundos cerca de la vacilante luz de la vela para que Lauren pudiera contemplarle a fondo.

—Date prisa, amor mío —jadeó entrecortadamente ella—, y por lo que más quieras, cierra la puerta.

Volviéndose con rapidez, Edward se aseguró de levantar a su paso brisa suficiente para apagar la moribunda vela. La estancia se sumió en la oscuridad.

—Edward, ¿qué ha pasado?

—Nada —la tranquilizó Edward—. La llama se ha apagado. Tampoco necesitamos luz. En cuanto cierre la puerta estoy contigo.

Fue hasta la puerta, se deslizó a la antesala, y se apartó para que Emmett ocupara su lugar. En cuanto Emmett estuvo dentro de la estancia, Edward cerró la puerta.

—Estoy esperando, Edward —dijo Lauren con fastidio—. ¿Podrías encender la vela?; quiero verte.

La cama se hundió y Emmett se acomodó bajo las sábanas junto a Lauren.

—Olvídate de la luz, ahora prefiero verte con las manos. —Su voz tenía un áspero filo de expectativa, y por eso Lauren no sospechó del ligero cambio de tono. Tenía experiencia suficiente para reconocer la brusca impaciencia de la pasión del hombre.

Emmett no decepcionó a Lauren, ni su conducta en el trance menoscabó la reputación de Edward. Si acaso la virilidad de Edward quedó realzada por la magnífica actuación de Emmett como amante. Emmett supo inmediatamente que Lauren estaba familiarizada de sobra con la pasión, porque la actuación de ella le dejó a él sin aliento. Para cuando hubo excitado a Lauren hasta el límite, ya estaba él bendiciendo a Edward por haberle encargado tan agradable tarea. Emmett no sólo complació a Lauren excepcionalmente bien, sino que lo hizo más de una vez. A diferencia de Edward, no había otra mujer en su vida, y disfrutó de Lauren a fondo, sin olvidar la advertencia de Edward de que no le hiciera un hijo. Salió con sigilo de su cama justo antes del amanecer, cuando ya Lauren había caído en un sueño exhausto.

Emmett fue de nuevo al encuentro de Edward, que daba largos pasos por su propia habitación con notoria falta de paciencia.

—Bueno, ¿cómo ha ido la cosa? ¿Ha sospechado algo Lauren? Por Dios que te has quedado allí tiempo suficiente.

Emmett se estiró y bostezó.

—Lady Lauren no es mujer a la que uno pueda despachar fácilmente una vez que ella le tiene a uno en su cama. Por todos los infiernos, Edward, ha estado condenadamente cerca de agotarme del todo.

Edward contuvo una sonrisa.

—¿Te estás quejando?

—Ni por asomo. Y no tienes que preocuparte de nada, amigo mío: nos han puesto la mejor nota. Tu reputación con las mujeres va a florecer después de lo de anoche.

Edward soltó una sonora carcajada.

—Eres modesto, ¿eh? En cualquier caso, te estoy agradecido. Para mí no hay más que una mujer, Emmett, y está en Forks.

—Tengo que volverme ya al barco —dijo Emmett, mirando con nostalgia hacia la cama. No había dormido ni lo que dura un guiño—. Si vuelves a precisar de mis servicios, házmelo saber. Será un auténtico placer prestártelos.

—Eso sí que es un amigo de verdad —le dijo Edward riéndose—. Pero confío en no tener que recurrir a semejante engaño nunca más. Ahora que ya he cumplido con ella, Lauren no podrá acusarme de esquivar su cama.

—Oh, sí, eres un amante asombroso —se burló Emmett, fingiendo el tono de voz—. Bueno, pues me voy. ¿Instrucciones…?

—Que los hombres sigan trabajando en el barco. Nos escabulliremos de Volterra con la marea de la tarde la víspera del día de mi boda. Mientras tanto, haré todas las gestiones necesarias y trataré de evitar a Lauren. Todos los días van a ir llegando arcones con el grueso de mi fortuna. Ve estibándolos en la bodega con el cargamento.

Algo más tarde aquel día Edward trató de escabullirse del Palacio sin que nadie lo advirtiera. Como estaba escrito que ocurriera, oyó a Lady Lauren llamarlo cuando él se acercaba a la puerta principal. Como había venido corriendo para atraparlo, jadeaba sin aliento cuando lo alcanzó. Edward no pudo dejar de advertir cómo le chispeaban los ojos; tenía los labios algo inflamados y enrojecidos, sin duda por sus trajines nocturnos. Emmett no había exagerado, el aspecto de Lauren era el de una mujer que acaba de pegarse un revolcón en toda regla.

—Edward, ¿adonde vas?

—Negocios, Lauren —respondió Edward. Las comisuras de los ojos se le arrugaron divertidas cuando se inclinó para mirarla y susurró—. ¿Estás descontenta conmigo?

—¿Descontenta? ¡Dios, no! Has colmado con creces mis expectativas. Estuviste magnífico, Edward, ni sé por dónde empezar a contarte lo mucho que me complaciste. ¿Vas a volver esta noche?

—Eres insaciable, ¿verdad? Tengo asuntos urgentes en Montepulciano. No esperes verme hasta la víspera de la boda.

—Pero Edward, la reina dice que no has firmado aún el documento de la anulación. ¿Y qué pasa con las celebraciones prenupciales?

—Volveré con tiempo sobrado para firmar el documento y asistir a las celebraciones, Lauren. Salvo que me retengas aquí charlando y retrasando mi viaje.

—Date prisa en volver, cariño —dijo Lauren, agarrando su cabeza y bajándosela para darle un beso animal.

Lady Lauren se quedó en la puerta hasta que Edward se subió a un caballo de punto que estaba a la espera. Cuando por fin se volvió, se dio de bruces con Lord Newton.

—¿A dónde va tu prometido? —preguntó Harley con curiosidad.

—A Montepulciano.

Newton la obsequió una mueca maliciosa.

—¿Y se propone quedarse mucho tiempo en Montepulciano?

Lady Lauren inclinó la cabeza, mirándole con interés.

—Bastante tiempo. ¿Qué es lo que estás pensando?

—Tú debías estar casándote conmigo, como bien sabes.

—Yo no hago más que acatar los deseos de la reina. Quizá ella encuentre otra dama para ti.

—¿No te parece que quizá podrías apiadarte de un pobre pretendiente rechazado?

—¿Qué es lo que quieres decir?— preguntó Lady Lauren tímidamente. No tenía nada contra Newton. Era un buen amante; aunque no tan bueno como Edward, pero resultaba que Edward no estaba allí, ¿verdad?

—Esta noche —susurró él con urgencia—. Después de que la reina te libere de tus cometidos. Encuéntrate conmigo en la pérgola, que estará desierta a esa hora tan tardía.

Ejecutando una cortesana reverencia, estampó un beso en su palma vuelta hacia arriba y se despidió. Newton sabía que Lauren iría a su encuentro. Sus relaciones pasadas habían sido de naturaleza apasionada, y él había aprendido que ella era una hedonista que conseguía obtener gran placer de los encuentros sexuales. Además, pensaba Newton según se alejaba andando y silbando una alegre melodía, se iba a dar todo el gustazo de ser el instrumento para poner los cuernos a Edward Cullen.