LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 19

Edward se dirigió apresuradamente por el muelle hacia el Vengador, en el que, desde que dejó Livorno, llevaba seis días viviendo. Sólo se aventuraba por las calles de Volterra cuando le era necesario resolver algún negocio. Habría sido peligroso arriesgarse a que alguien lo reconociera, cuando se suponía que estaba en la Residencia de los Cullen. Había hecho un viaje relámpago a la Residencia de los Cullen para reunirse con Riley Biers, y había vuelto en el mismo día. Cuando le hubo explicado a su fiel mayordomo el aprieto en el que se hallaba, se apresuró a pedirle, y a obtener de él, una litera a bordo del Vengador, expresando que prefería embarcarse a la aventura con Edward a quedarse en tierra y tener que buscarse un nuevo jefe.

Durante su corta visita a la Residencia de los Cullen, Edward reunió unos cuantos recuerdos de familia y algunas pinturas de las que no era capaz de separarse y lo envió todo al Vengador. Cuando volvió a Volterra, se encontró con un mensaje urgente de Biers, su abogado. Había encontrado un comprador para sus tierras, y la escritura de transmisión estaba sólo pendiente de que él la firmara. A pesar del amor que sentía por la Residencia de los Cullen, Edward apenas sintió remordimientos por venderla, porque sabía lo poco feliz que Isabella había sido allí. Como no hallaba razón para retrasar lo inevitable, Edward mandó llamar a Biers inmediatamente.

Al poco la transacción estaba resuelta para satisfacción de todos, y los documentos correspondientes estaban ahora a buen recaudo en el bolsillo del chaleco de Edward. Ahora que había vendido su casa y había mandado cargar todo su oro en el Vengador, Edward sabía que no podía seguir retrasando el regreso a el Palacio. Si no aparecía dentro del tiempo señalado, la reina se daría cuenta enseguida de lo que Edward pretendía y despacharía a la guardia de palacio a Livorno para prenderle. Edward no quería que la reina ni ninguna otra persona supiese que el Vengador se estaba aprovisionando de víveres para un viaje muy largo.

Lo que Edward no podía imaginar era que ya había alguien que lo sabía. Lord Newton, que había salido a dar una vuelta, lo había visto saliendo de la oficina del abogado. Como el caballero eran de natural curioso, decidió seguirle. Newton sabía que Edward tenía que estar ese mismo día de vuelta en Volterra para atender a sus festejos prenupciales, y le entró curiosidad por saber qué hacía todavía dando vueltas por la ciudad. Cuando el caballo de alquiler de Edward torció en dirección a Livorno, ellos lo siguieron en su propio vehículo. Contemplaron cómo Edward subía la pasarela del barco y desaparecía en su camarote.

Newton se acercó a paso ligero a un grupo de estibadores y se quedó mirándolos en silencio mientras cargaban provisiones y munición en el Vengador. Cuando hubo visto lo suficiente como para despertar sus sospechas, se acercó a uno de los estibadores.

—Parece que el Vengador se prepara para un largo viaje, ¿eh?

El hombre apenas miró a Newton.

—A mí me pagan por cargar barcos, no por responder preguntas.

—¿Sabéis a dónde se dirige el Vengador y cuándo va a partir?

—Ya os lo he dicho, amigo, a mí me pagan por…

—Ya lo sé, por cargar barcos, no por responder preguntas —dijo Newton como un eco—. ¿Y qué tal si yo os pagara por hacerlo? ¿Podríais ser un poco más explícito, o no?

Aquello captó finalmente el interés del estibador.

—¡Y quién no! ¿Cuánto estáis ofreciendo?

Newton se sacó un puñado de chelines del bolsillo y se los pasó al hombre por debajo de la nariz. —¿Bastará con esto?

El hombre se pasó la lengua por los labios en gesto de avaricia.

—¿Qué es lo que queréis saber?

—¿Cuándo va a partir el Vengador?

—La verdad es que nadie nos lo ha dicho, pero lo que se dice por ahí es que va a partir esta noche cuando suba la marea. Las provisiones tienen que estar todas a bordo y estibadas antes de que anochezca.

—Qué interesante —murmuró Newton—. Una cosa más. ¿Hacia dónde se dirige el Vengador?

El estibador se rascó la cabeza medio calva.

—No lo sé. El capitán no ha dicho nada. La atención de Newton se agudizó.

—¿El capitán? ¿Las órdenes os las da el capitán directamente?

—En realidad no he hablado nunca con él; las órdenes nos las da el contramaestre. Pero entiendo que proceden directamente del Vampiro. Llevo toda la semana viendo al capitán ir y venir a cualquier hora del día o de la noche.

—¿Toda la semana? ¿Estáis seguro?

—Sí, señor, por la parte que me toca estoy seguro. ¿Os parece que está persiguiendo forksenses otra vez? No va a quedar uno solo de esos malnacidos cuando nuestra flota los disperse hasta el infierno.

Newton disimuló una sonrisa.

—Sí que está persiguiendo forksenses. O sería mejor decirlo en singular, a menos que me equivoque. Muchas gracias, amigo. —Y, arrojando las monedas a los pies del estibador, se volvió al coche.

Edward regresó al Palacio al anochecer, cuando terminó de supervisar cómo se subía a bordo y se estibaba su carga. No quería que nada saliera mal. Le iba en ello su futuro entero, y no tenía la menor intención de pasárselo encadenado a Lady Lauren. Ya tenía una esposa, una a la que sí amaba, y nadie, ni siquiera la reina de Volterra, iba a apartarla de él.

Le sorprendió encontrarse con que Lady Lauren le estaba esperando en su propio dormitorio. Al verle se arrojó en sus brazos.

—¡Edward, querido, menos mal que has vuelto! Me tenías preocupada y desesperada.

—No deberías estar aquí. Lauren. ¿No tendrías que ir a prepararte para la fiesta de esta noche?

—Por supuesto que sí, pero quería esperarte aquí para saludarte en cuanto llegases. —Le lanzó una mirada ardiente—. Después de lo que ocurrió en mi cama la otra noche, pensé que te alegrarías de verme. ¿Ha ido todo bien en la Residencia de los Cullen?

—Todo bien, Lauren, pero se está haciendo tarde. Mejor será que te des prisa. Ve y ponte guapa en mi honor.

—¡Oh, Edward, claro que sí, ya voy! —Y mandándole un beso con la mano se esfumó del dormitorio de Edward.

Edward dejó escapar un suspiro de alivio. Pero poco le duró, porque casi al instante la reina lo mandó llamar. Requería su presencia en la Cámara de Confidencias, inmediatamente. Edward tenía una idea bastante aproximada de lo que podía querer Isabel, y albergaba la esperanza de zafarse. A su llegada a la cámara de la reina, un escalofrío admonitorio le recorrió la espalda al ver a Lord Newton conversando animadamente con la reina. Cuando entró Edward, Jessica se volvió hacia él con la mirada centelleante de ira.

—¿Me ha mandado llamar Vuestra Majestad? —preguntó en tono neutro Edward.

—Nos alegramos de que hayáis regresado de Montepulciano a tiempo de asistir a la fiesta por vuestros esponsales. Pero vaya, no os habéis ocupado de firmar el documento de anulación que os ha preparado nuestro obispo. Es nuestro deseo que lo firméis ahora mismo para que no haya ningún problema legal mañana.

El secretario de la reina se acercó a Edward y le hizo entrega del documento.

—Tenéis tintero y pluma en el escritorio —le indicó Jessica.

Edward agarró el papel y, dirigiéndose como quien no quiere la cosa hacia el escritorio, lo desenrolló cuidadosamente. Lo extendió en la lisa superficie de la mesa, hundió la pluma en la tinta y lo firmó con una fioritura. Luego volvió a enrollarlo con mucho cuidado y se lo devolvió al secretario, que, haciendo una reverencia a la reina, salió del gabinete.

—Bien hecho, Sir Cullen —dijo Newton, sarcástico—. Ahora quizá podáis explicarnos por qué habéis mentido sobre vuestra visita a Montepulciano. Sé de buena tinta que habéis pasado a bordo del Vengador esta, última semana. Ni siquiera habéis pasado por Montepulciano, ¿verdad?

Edward le lanzó a Newton una mirada de intensa antipatía.

—Podéis comprobarlo si queréis, pero lo que averiguaréis es que sí he ido a Montepulciano a reunirme con mi administrador. He vuelto un día antes de lo previsto y me he quedado en el Vengador para asegurarme de que todo el trabajo que encargué que se hiciera queda resuelto a mi gusto.

—Se están cargando provisiones en el Vengador —acusó Newton—. Se os ha visto a bordo del barco cuando se suponía que estabais visitando vuestras tierras.

—A mi contramaestre y a mí nos confunden a menudo el uno con el otro. Nos parecemos bastante. El señor McCarthy está a cargo del Vengador en mi ausencia. ¿Tenéis algún problema con eso? ¿De qué se me acusa?

—Parece que Lord Newton cree que tenéis intención de dejar a la novia plantada en el altar —apuntó la reina—. Nos entristecería sobremanera que intentarais hacer una estupidez semejante.

—Nada más lejos de la verdad, Vuestra Majestad —mintió Edward—. Y ahora, ¿puedo retirarme?

Jessica escrutó el rostro de Edward, aparentemente satisfecha de ver que hablaba en serio. Después de un silencio tenso, lo despidió con un gesto de la mano.

—Os veremos esta noche, Sir Cullen. Me disgustaría que parezca que no deseáis esta boda, cuando tenéis tanto que perder si no os prestáis a celebrarla.

Aquella amenaza ligeramente velada le puso a Edward los pelos de punta. No tenía ni idea de cómo se había enterado Newton de los planes del Vengador, pero la huida de Volterra le iba a resultar más difícil de lo que había previsto. Tenía que encontrar la forma de escaparse esa noche de la fiesta que se daba en su propio honor antes de que subiera la marea, tenía que llegar hasta el Vengador y levar anclas antes de que nadie se diera cuenta.

Los festejos de aquella noche pusieron a prueba el autocontrol de Edward. Lauren se le pegaba tenazmente, y la reina le miraba con la intensidad de un ave de presa. A pesar de ello, él se mostró como el mismo de siempre, conversando, flirteando y atendiendo con toda cortesía a Lady Lauren. Cuando llegó el momento en que debía escabullirse de la fiesta, esperó a que llegara la ocasión precisa. Fue cuando Lord Newton sacó a bailar a Lauren.

—Estaré en la sala de naipes —dijo, mientras Newton se llevaba a Lauren. Cuando la pareja daba sus primeros pasos en la pista de baile, Edward se encaminó pausadamente hacia la sala de naipes. Pero no se detuvo allí. Salió por otra puerta a la antesala y se deslizó con cautela hacia el pasillo.

A los pocos minutos salía a la calle por una puerta lateral, donde había tenido la previsión de disponer que le esperara un carruaje preparado para partir. El atento cochero avanzó con el carruaje hacia el portón y Edward saltó dentro, indicándole que le llevara a Livorno. Llegaron al puerto sin contratiempo, a pesar de que la noche estaba oscura y las calles, resbaladizas de lluvia, y Edward se apeó de un salto. El carruaje se alejó traqueteando; le había pagado con antelación.

Corrió hacia el muelle donde estaba amarrado el Vengador. No había dado más que unos pocos pasos cuando se detuvo bruscamente. Se llevó una buena sorpresa al ver que el Vengador había largado amarras y estaba anclado algo más allá, en medio del Mediterráneo. Pero todavía se sorprendió más cuando vio a la guardia de palacio patrullando por la zona.

—Malditas sean Jessica y su desconfianza —farfulló entre dientes, y se escondió detrás de un montón de barriles que había a la puerta de una bodega. Resultaba evidente que la reina sospechaba que iba a intentar zafarse de su compromiso. No sabía por qué motivo Emmett McCarthy había alejado el barco hasta el Mediterráneo, pero habría podido jurar que tenía algo que ver con la patrulla de guardias. El cerebro de Edward trabajaba a toda velocidad. McCarthy era un hombre astuto. Probablemente había pensado que les sería más fácil escapar de sus vigilantes si esperaba con el barco anclado en medio del Mediterráneo, adonde les sería más difícil llegar a los guardias de la reina. Además, así quedaba fuera del alcance de los disparos de mosquete. El único inconveniente era que Edward tenía que encontrar la forma de llegar al barco antes de que la marea se les pusiera en contra.

De pronto, los cascos de un caballo resonaron por el suelo adoquinado y el jinete llamó al capitán de la guardia. Estuvieron un buen rato hablando, y cuando el jinete se fue el capitán reunió a sus hombres para darles nuevas instrucciones. Edward sabía sin necesidad de que se lo dijeran que su ausencia del Palacio había sido advertida y que Jessica había supuesto certeramente que se dirigía a Livorno, a su barco. De pronto la patrulla se dispersó y empezó a buscar minuciosamente por todo el muelle. Edward soltó una violenta maldición. Como no hiciera algo rápido, lo iban a coger como a una rata en una trampa.

No tenía más elección que intentar escapar como fuera y confiar en su suerte, si es que no quería pasarse el resto de sus días en la Torre de Volterra. Esperó a que pasara una nube por delante de la luna para salir arrastrándose de detrás de los barriles. Corrió como si el demonio le pisara los talones. El sonido de sus botas contra los adoquines resonaba con fuerza en la oscuridad, y esperó atemorizado que se alzara una voz de alarma. Ya casi había llegado al extremo del muelle cuando fue descubierto.

—¡Ahí está, cogedlo!

Se oyó un tronar de pisadas a su espalda y silbaron proyectiles por encima de su cabeza y a su alrededor. Antes de llegar al final del muelle se desprendió de su casaca y se zambulló en las aguas fétidas y llenas de residuos. Las balas sacudieron furiosamente el punto en el que se había sumergido bien hondo. Pero no lo bastante hondo. Una bala le acertó en el muslo. Oyó un desagradable chasquido y luego el dolor lo sacudió. El agua congelada le impidió desmayarse. Apretando los dientes para vencer su sufrimiento, echó a nadar hacia el barco. Por suerte, estaba ya fuera del alcance de los mosquetes. Pero cuando se volvió a mirar atrás vio a la patrulla en la ribera buscando un bote.

Esforzándose en no hacer caso del abrasador martirio de su herida y el peso muerto de su pierna inutilizada, Edward estiró los brazos y nadó para escapar de allí con vida. Una de las veces que sacó la cabeza para coger aire vio un titilar de luces en el Vengador y se imaginó que la tripulación había oído el alboroto del muelle. Entonces oyó un salpicar de remos a su espalda y comprendió que sus perseguidores habían encontrado un bote y venían rápidamente a su zaga. Nadó con más fuerza. En el puente del Vengador aparecieron unos faroles.

—Edward, ¿dónde estás? —bramó McCarthy hacia la oscuridad del agua.

Edward gritó en respuesta, sorprendiéndose de lo débil que sonó su voz. Pero McCarthy debía haberlo oído, porque haciendo altavoz con las manos alrededor de la boca aulló:

—¡El ancla, Capitán! ¡Agárrate a la cadena del ancla y te izaremos a bordo!

Edward, casi exhausto, llegó hasta el barco y encontró la cadena del ancla. Se colgó desesperadamente del frío metal, consciente de que a la tripulación no le daba tiempo de arriar un bote con la patrulla de la reina pisándole los talones. Ahora sus perseguidores estaban tan cerca que se oían sus voces. Supuso que se pondrían otra vez a disparar, y se preparó para el brutal impacto de otra bala.

Sin prisa pero sin pausa, el ancla empezó a elevarse, sacando a Edward de aquellas aguas contaminadas. Luego sintió que varias manos lo izaban por la borda mientras los marineros andaban de aquí para allá asegurando el ancla y desplegando las velas. Un agradecido soplo de viento hinchó la lona, y la subida de la marea llevó el Vengador por el Mediterráneo hasta el Canal. Desde la distante orilla, los guardias de la reina agitaban los puños y lanzaban maldiciones a la presa que se les escapaba. La reina no iba a estar nada complacida.

—Ha estado… muy cerca —dijo Edward, tembloroso por el dolor y la debilidad.

—¿Estás bien? Nos hemos movido al Mediterráneo cuando hemos visto a la guardia de palacio patrullando por el muelle. Me imaginé que te estaban buscando, y esperaba que encontrarías la forma de llegar hasta donde estábamos. Parecía la única posibilidad que teníamos de escapar. Temía que la patrulla subiera a bordo y nos impidiera hacernos a la mar.

—Sabía… que podía contar contigo —gruñó Edward, al tiempo que intentaba levantarse. Lanzó un agudo grito de dolor y se desmoronó sobre la cubierta. McCarthy corrió a ayudarle—. Creo… que tengo… la pierna rota.

Ésas fueron sus últimas palabras antes de desmayarse.

Cádiz Forks

Julio de 1588

Isabella jugueteaba nerviosamente con el lazo que adornaba su vestido mientras su padre daba paseos circulares por la elegante sala. El padre Aro permanecía junto a la puerta con las palmas de las manos religiosamente juntas bajo las amplias mangas de su túnica. Isabella había llegado a casa el día anterior y se había metido de inmediato en la cama, exhausta de la tormentosa travesía desde Volterra. Su padre parecía encantado de verla, pero se mostró conmocionado cuando le dijo que venía de Volterra y no de La Push. Él llevaba todos esos meses convencido de que Isabella se había casado con Jacob y a Edward lo habían despachado al otro mundo.

—¿Y dices que ese hijo de la gran….-Charlie apenas contuvo el impronperio - …Volterra te raptó del palacio de Jacob? No me puedo creer que tuviera la audacia de intentar siquiera algo semejante. Es un hombre de lo más sorprendente —admitió con desgana.

—Es cierto que Edward es un hombre sorprendente, padre —coincidió Isabella—. La reina de Volterra le presionó para que anulara nuestro matrimonio y se casara con una aristócrata de Volterra, pero no estoy segura de que él lo hiciera.

—Eso da igual —interrumpió el padre Aro—. Tengo asuntos que resolver en Tacoma, y cuando esté allí presentaré una súplica en mediación tuya al Santo Padre.

—Os estaré eternamente agradecido, padre Aro —dijo Charlie, vehemente—. Estoy en deuda con vos por haberme traído a mi hija desde ese odioso país. —Sacudió la cabeza con aire pesaroso—. Y yo que todos estos meses pensaba que era la esposa de Jacob Black…

—Yo me voy a retirar, Charlie. Tengo que informar a mis superiores antes de emprender viaje otra vez.

—Decid a vuestros superiores que voy a hacer una donación a vuestra orden en agradecimiento por vuestra ayuda. Además, se os recompensará personalmente por los servicios que me habéis prestado. Mantenedme por favor informado de las conversaciones que tengáis con el Santo Padre sobre el asunto de Isabella.

»Bueno, Isabella —dijo Charlie cuando el jesuita se hubo ido—, parece que te has metido en un buen aprieto. Felix y Dimitri se creían que lo habían solucionado todo casándote con ese pirata, sin sospechar que viviría para reclamarte como esposa.

—¿Dónde están mis hermanos? —preguntó Isabella.

—Partieron con la armada —dijo con orgullo Charlie—. Apenas hemos tenido noticias sobre la marcha de la expedición, pero sospecho que ya deben de haberse reunido con las tropas de tierra del Gran Jefe Quileute y estarán en suelo voltersense.

Isabella se calló lo que opinaba. Por lo que ella había visto, la flota de Volterra era una fuerza muy considerable y no iba a resultar fácil derrotarla.

—Pero estamos aquí para hablar de lo tuyo, querida. En lo que a ti respecta me siento perdido. ¿Qué debo hacer contigo? Quizá Jacob acepte todavía casarse contigo cuando hayamos arreglado lo de la anulación.

Los ojos de Isabella se encendieron de ira.

—¡Jacob es un puerco libidinoso, padre! Embaucó a mis hermanos para que creyeran que se iba a casar conmigo, pero lo que quería era que fuera su amante.

Charlie se quedó de una pieza. Se le hacía difícil creer que un hombre tan destacado como Jacob pudiera actuar de manera tan vil.

—Seguro que no entendiste bien lo que pretendía.

—No, padre, lo entendí perfectamente. Es exactamente como os digo. No me casaré con Jacob por más que se anule mi matrimonio con Edward. Preferiría retirarme al convento y dedicar mi vida a la oración.

Isabella se abstuvo deliberadamente de hablarle a su padre de su embarazo. Tenía miedo de que se empeñara en que renunciara a él; pero presentía que en cuanto la tuviera a buen recaudo en el convento y fuera de su vista, su padre se olvidaría de ella por completo. Era un hombre muy ocupado, estaba demasiado inmerso en su propia vida para andar preocupándose por ella. Rezó por que pudiera convencerle de que aportara una cantidad generosa para su mantenimiento, porque así las buenas hermanas la dejarían vivir anónimamente entre sus muros.

—Voy a mandar el más veloz de mis barcos a La Push para poner a Jacob al corriente de los últimos acontecimientos. Todavía tiene el dinero de tu dote. Es posible que no quiera desprenderse de él. Sospecho que ése es el motivo de que no me haya escrito una sola palabra sobre tu rapto de La Push —dijo sagazmente Charlie.

—A mí la dote no me interesa. Dádsela a las monjas si os la devuelve; ellas le darán buen uso, y a mí me proporcionarán un techo para el resto de mi vida.

—Vamos a llegar a un acuerdo, hija. Por el momento puedes irte al convento, y yo me encargaré de compensar a las monjas por hacerse cargo de ti. Sin embargo, si para cuando tu matrimonio esté disuelto Jacob todavía te quiere, te entregaré a él. Pero no para que seas su amante, hijita, de eso me encargo yo. Tendrá que casarse contigo por poderes, o si no en persona como está mandado, antes de que yo te permita coger un barco para La Push. Tiene que ser todo legal y vinculante. No te va a hacer su amante.

—Pero Jacob no me gusta. Es un hombre despreciable.

—Lo juzgas con demasiada dureza, hijita. Acuérdate de que lo que él esperaba era una novia virgen. Estoy seguro de que habría cumplido su promesa. Habría sido conveniente que Jacob te hubiera hecho viuda en cuanto llegasteis a La Push. Por lo que doy gracias es, más que ninguna otra cosa, por que no concibieras un hijo de ese pirata. No habría podido soportar semejante insulto. Mi dignidad habría quedado para siempre destruida.

—Me marcharé mañana, padre. Creo de verdad que el convento es el mejor sitio para mí.

Los pensamientos de Charlie iban ya por otros derroteros.

—¿Qué? Puede que tengas razón, querida. Dispondré los preparativos para tu marcha y le diré a la Reverenda Madre que te trate como invitada. Nunca he querido que te hicieras monja.

—Gracias, padre. —Y, besándolo en la mejilla, Isabella se fue rápidamente.

Un torbellino de pensamientos la asaltó en cuanto dejó a su padre. Llevando como llevaba un niño dentro de ella, ya no le era factible hacerse monja. Siempre se había llevado bien con la Reverenda Madre, y Isabella sabía que protegería su secreto. No era la primera vez que una mujer casada buscaba refugio entre los muros del convento. En ocasiones era el propio marido el que desterraba a su mujer a un convento si pensaba que le había sido infiel. Tampoco sería el suyo el primer niño nacido en semejantes circunstancias. Isabella tenía toda la intención de poner a la Reverenda Madre al corriente de su embarazo en cuanto llegara el momento. En unos pocos meses no tendría ya elección. Cuando hubiera nacido el niño decidiría si lo criaba en la apacible atmósfera del convento o si emprendía una vida por su cuenta.

Y como era lo suficientemente lista como para comprender que tenía que pensar en el futuro, se llevaría todas las joyas de su madre, que en buena ley le pertenecían, escondidas entre sus pertenencias. Era posible que un día decidiera abandonar el convento con su hijo y dejar de depender de su padre. Aquellas valiosas joyas bastarían para mantenerlos si vivían sin lujos.

Pero Isabella se equivocaba al pensar que su padre se iba a olvidar de ella. No había pasado una hora desde su conversación cuando ya Charlie le había escrito una carta a Jacob Black y la había despachado a La Push en el más veloz de sus barcos. Si aquella misiva no lograba traer a Jacob de La Push, nada podría hacerlo. Charlie conocía bien al que debía ser su yerno. Jacob Black no iba a devolver tan fácilmente una dote tan suculenta como la de Isabella.

Isla de Denali

Agosto de 1588

Edward se revolvía inquieto en la cama revuelta. Su cuerpo enfebrecido y sus ojos inyectados en sangre daban lúgubre testimonio de lo enfermo que estaba. Una bala de mosquete le había hecho añicos un hueso del muslo, y luego le sobrevino una infección feroz por culpa de la contaminación de las aguas del Meditarráneo Lo mantuvo postrado en la cama varias semanas. A bordo del Vengador habían conseguido extraerle la bala y le habían colocado el hueso, pero no se pudo hacer nada para impedir el acceso de fiebre que le dio casi de inmediato.

Emmett McCarthy había tomado la decisión de llevarse a Edward a Denali, donde Zafrina podría cuidar de él, en lugar de navegar directamente hacia Forks. El estado de gravedad de Edward confería a Emmett autoridad para variar el rumbo; pero cuando Edward se recobró lo bastante como para comprender que estaba en Denali, se quedó lívido.

—Por todos los infiernos, Edward, no estabas en condiciones de ir a Forks. Si ni siquiera puedes andar. —El intento que hizo Emmett de aplacar a Edward fue acogido con una espléndida demostración de temperamento.

—¡Maldito seas, Emmett! Ya me las habría apañado. —En la tensa mandíbula de Edward se veía moverse un nervio. Por más que él se resistiera a admitirlo, el dolor del hueso roto era insoportable, y la herida infectada estaba tardando en curársele.

—Y un cuerno —dijo Emmett, sacudiendo la cabeza—. Isabella te esperará. Deberías estar agradecido de que Zafrina te haya devuelto a la vida. Esa medicina de los nativos que te ha dado es muy eficaz; en el barco no teníamos nada comparable. Ya iremos a Forks cuando tengas la pierna lo bastante curada para andar, puede que dentro de cinco o seis semanas.

Edward reconocía que las de McCarthy eran palabras sabias, pero no era capaz de aceptarlas así como así. Cada día que pasaba postrado en la cama era un día más sin Isabella. Se preguntaba desanimado dónde estaría ella ahora. ¿Estaría feliz? ¿Se acordaría de él, aunque sólo fuera un poco? Maldijo su destino por haberle negado un momento propicio para decirle a ella que la amaba. Para él ese sentimiento era tan nuevo, tan absolutamente asombroso, que se le había hecho difícil expresarlo. Le había fallado a Isabella, y eso no iba a poder perdonárselo nunca.

¿Se habría marchado ella de Volterra creyendo que a él no le importaba lo más mínimo? Él era el primero en admitir que no había sido el mejor marido del mundo. Había intentado cumplir con sus deberes hacia la reina, y en ese intento había perdido a la mujer a la que amaba. ¡Por todos los infiernos! Le había costado mucho acostumbrarse a la idea de que estaba enamorado de una forksense. Llevaba tanto tiempo odiando a los forksenses que ni siquiera era capaz de acordarse de cuando aún no los odiaba. Estar con Isabella había sido para él una lección de humildad. Sus ansias de venganza eran ahora una carga terrible para él.

Isabella era dulce y generosa, e incapaz de cometer atrocidades como las que él había experimentado a manos de sus compatriotas. De mala gana tuvo que admitir que igual no todos los forksenses eran como los que habían matado a su familia y a él lo habían hecho esclavo. Desde luego que el barco en el que él pasó cinco tristes años de condena pertenecía al padre de Isabella, pero desde entonces Edward se había tomado la revancha muchas veces. Había saqueado más barcos de la flota de los Swan que de ninguna otra. Y ahora le había llegado el momento de olvidarlo y seguir adelante con su vida. Su más corrosiva inquietud era que Isabella se negase a dejar atrás el pasado y ser su esposa para el resto de su vida. Aquella monjita no había nacido para convertirse en santa. Tenía dentro demasiada pasión y demasiado fuego para palidecer y marchitarse enclaustrada entre altos muros. Él la necesitaba; se moría por ella; por ella lloraba su corazón.

La felicidad conyugal. Edward casi se echa a reír en alto ante semejante estampa. Juntos, Isabella y él resultaban explosivos. Tanto en la cama como fuera de ella. La vida no sería jamás aburrida si tuviera a su vehemente esposa consigo. Donde otros hombres podían acabar aburriéndose del matrimonio, a él lo mantenía hechizado.

Por supuesto que tendrían hijos, se entusiasmó. Maldijo su propia estupidez cuando comprendió cómo había herido a Isabella al decirle que no quería ningún hijo suyo. Vaya un cerdo arrogante que había sido. Nunca se lo perdonaría si aquellas palabras desalmadas le acababan costando a su esposa.

Las semanas pasaban rápidas. Atado por su herida a la cama, Edward maldecía su debilidad y su incapacidad de irse de Denali. No podía ir a Forks a reclamar a su esposa, y tenía miedo de que en el ínterin Isabella le olvidara; y habría perdido a su forksense para siempre.