LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.
ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )
NADA ES MIO.
Capítulo 20
Forks
Octubre de 1588
—Voy a bajar contigo a tierra, Edward, por mucho que protestes. Ya sé que crees que tienes la pierna curada, pero todavía no has recuperado tu capacidad de movimiento. Me necesitas para que recoja tus cachitos cuando te caigas.
Edward le lanzó a Emmett una mirada desesperada.
—Por todos los demonios, Emmett, si no es por esta cojera, tengo la pierna todo lo curada que puedo llegar a tenerla. No necesito ningún enfermero.
—Di lo que te dé la gana, que voy a ir contigo igualmente. No hablo español tan bien como tú, pero te dejaré hablar a ti. Si Isabella no está en su casa con su padre, puede que tengamos que viajar hasta el convento. Y tú no te has subido a un caballo desde que te hiciste lo de la pierna.
—El barco…
—No hay apenas peligro. Hemos izado la bandera de Forks, y Biers tiene capacidad para controlar a la tripulación si llega el caso. Tenemos suficientes hombres que hablan español para evitar despertar sospechas si se meten por medio las autoridades portuarias. Además, a raíz de la fallida expedición contra Volterra, Forks está sumida en tal caos que nadie se va a fijar en si hay un barco más en el puerto.
—Muy bien —dijo Edward, impaciente por desembarcar. Aquella peste de heridas suyas ya le habían hecho retrasarse demasiado—. Vamos.
Isabella miraba taciturna por el ventanuco de su minúscula celda. Los días se estaban volviendo algo más fríos, pero entre los vetustos muros de piedra siempre hacía fresco y un poco de humedad. Se arrebujó en el chal que llevaba por los hombros. El pensamiento se le desviaba hacia sus prohibidos recuerdos de Edward. Había rezado larga e intensamente para extinguir las persistentes ascuas de su pasión por él, pero sus ruegos habían tenido un resultado más bien escaso. El bebé que albergaba junto al corazón era un recordatorio constante del amor que sentía por el padre de ese hijo. No había previsto que ese amor intenso le aportaría esa pequeña vida que iba a depender en todo de ella.
En los tres meses que llevaba en el convento, su embarazo se había hecho notar de la manera más básica. Con la ayuda de Rosalie, había agrandado casi todos sus vestidos. La Reverenda Madre se había quedado de piedra cuando le contó que estaba embarazada, pero lo había aceptado de buen grado, como Isabella estaba segura de que haría. Y, como ella había previsto, su padre no fue a visitarla ni preguntó cómo se encontraba, aunque continuó contribuyendo a su manutención.
Sus hermanos sí que habían ido a verla, al poco de regresar a Forks con los restos de la armada destrozada. Su inexplicable derrota a manos de los voltersenses había sido todo un golpe para su moral, y le contaron a Isabella que se iban a embarcar de inmediato hacia el Nuevo Mundo, donde, según habían oído, había oro hasta debajo de las piedras. Cuando le describieron lo que habían sufrido y los vientos adversos que soplaron para su infortunada expedición, Isabella pensó que tenían suerte de haber podido volver a su tierra con vida.
Después de esa visita, Isabella languidecía en un aburrimiento agradecido, dedicando sus días a rezar, aunque ni los rezos conseguían curar el dolor de su corazón. Entonces se hizo amiga de una mujer a quien su padre había desterrado al convento.
Rosalie había nacido en el seno de una familia rica y poderosa. Nada más nacer la habían prometido en matrimonio con un hombre de su misma posición social, y se habría casado con él al cumplir los dieciocho si no hubiera cometido el imperdonable error de enamorarse de Royce, el hijo de un vaquero. En una búsqueda desesperada de la felicidad, se habían escapado juntos, con la intención de encontrar un cura que los casara en algún pueblito donde nadie los conociera.
Pero su padre y el hombre al que estaba prometida los habían seguido. Royce había muerto al volcar su carruaje durante la persecución. Por suerte o por desgracia, Rosalie sólo sufrió algunas magulladuras. Como Royce y ella habían pasado una noche juntos, fue rechazada por su prometido, y su padre le dio una paliza y la mandó al convento. Rosalie, como Isabella, no era ni monja ni novicia. Pero al contrario que Isabella, que estaba allí por propia voluntad, Rosalie se sentía prisionera entre los muros del convento, del que no podía salir sin el permiso de su padre. Isabella por su parte sabía que nunca iba a volver a enamorarse, y por eso prefería quedarse con las hermanas religiosas.
Unos golpes en la puerta despertaron a Isabella de su ensoñación. Casi inmediatamente la puerta se abrió, y apareció en el umbral una joven delgada de pelo rubio y brillante, ojos oscuros y un cutis tan transparente como la porcelana fina. Isabella saludó a Rosalie con una sonrisa, y con un gesto la invitó a pasar dentro.
—¿Necesitas algo antes de que me retire? —le preguntó Rosalie con preocupación. Tenía miedo de que Isabella no estuviese comiendo lo suficiente para alimentarse a sí misma y al hijo que llevaba dentro.
—Nada, muchas gracias —respondió Isabella—, a menos que te apetezca quedarte un rato aquí conmigo.
Rosalie la miró con ojos nostálgicos.
—Echas de menos al padre de tu niño. —Era una afirmación, no una pregunta.
—Tengo que aprender a vivir sin Edward —dijo Isabella con voz desgarrada. Con todo el tiempo que había pasado, y todavía le resultaba doloroso hablar del hombre al que amaba—. Si yo le importara habría venido a buscarme. Ya lo había hecho otras veces, corriendo mayores riesgos aún —sacudió la cabeza con tristeza—. No, Rosalie; Edward ya debe de estar casado con Lady Lauren. Eso es lo que su reina quería que hiciera.
Rosalie tomó la mano de Isabella entre las suyas y se la apretó.
—Cuando haya nacido el niño podrás marcharte de aquí y encontrar un nuevo amor, mientras que yo lo más probable es que me muera de vieja sin haber podido poner un pie fuera de estos muros.
—Si decido marcharme te llevaré conmigo —le prometió Isabella.
Rosalie suspiró desanimada.
—Me temo que eso es imposible, pero tu amistad lo es todo para mí. Es lo único que me ayuda a mantener la cordura. Por lo menos, tú tendrás un niño que te recuerde tu amor, mientras que yo… —Se encogió expresivamente de hombros—. Me tengo que ir. Le he prometido a la hermana María hacer la masa del pan para mañana.
—Buenas noches, Rosalie, ve con Dios.
—Lo de sobornar al criado de Charlie ha sido una jugada magistral, Edward —dijo Emmett mientras iban dejando atrás la Hacienda de los Swan—. Eres un hombre perseguido y han puesto precio a tu cabeza. Si le hubieras revelado tu identidad a Charlie, seguro que te habría denunciado a las autoridades.
Después de averiguar que Isabella estaba viviendo en el convento, habían pasado la noche en una posada a las afueras de Forks y se habían puesto en camino al día siguiente al despuntar el alba. Edward conducía una calesa de alquiler. Para su disgusto, su pierna era aún incapaz de soportar la prueba de montar un caballo. Emmett iba sentado en la calesa a su lado, y detrás llevaba atado un caballo que le llevaría de vuelta al Vengador cuando Isabella ocupase su sitio en el coche junto a Edward.
—Por eso he preferido hablar antes con los criados. La mayor parte de la gente haría cualquier cosa por cierta cantidad de dinero. Lo único que quiero es encontrar a Isabella, convencerla de que me importa y largarnos de este endemoniado país lo antes posible.
Edward pensó que era una tarea inmensa, pero no lo dijo. Isabella y él llevaban tanto tiempo separados que lo más probable era que ella creyera que la había olvidado. Iba a tener que hacer uso de todos sus recursos si quería convencerla de que era la única mujer a la que había querido jamás.
Rosalie suspiró de cansancio mientras colocaba una tela limpia por encima de la última artesa de masa. Para cuando amaneciera estaría lista para meterla en el horno. Una de sus tareas preferidas era ayudar en la cocina. Mantenerse ocupada la ayudaba a olvidar el aburrimiento de aquellos días siempre iguales. La hermana María ya se había retirado, y ella se dispuso a hacer lo propio. Los pasillos estaban oscuros y solitarios. Las hermanas se levantaban temprano, y solían recogerse inmediatamente después de las oraciones vespertinas. Rosalie estaba deseando tumbarse en su propio camastro, porque sólo en sueños era capaz de olvidarse del joven que había muerto por su causa.
Rosalie había sentido por Royce un amor sincero, pero eran los dos demasiado jóvenes. Nunca podría olvidar su encantadora sonrisa y la suavidad de su carácter. Ser la causa de su muerte le había resultado muy traumático. El convento le pareció al principio un cielo abierto, pero enseguida se había convertido en una cárcel. Ella era joven, sentía el anhelo de vivir fuera del confinamiento de aquellos muros. Rezaba diligentemente por que su padre cediera por fin un día y viniera a buscarla, poniendo fin a su aislamiento. Era su única posibilidad de salir del convento antes de que la muerte viniera a liberarla.
De camino hacia su celda, los pasos de Rosalie resonaban nítidamente por el corredor silencioso. Se llevó un susto tremendo cuando oyó ruidos en la entrada. A aquellas horas de la noche era raro que llegaran visitantes, y más aún que los dejaran entrar. Quienquiera que estuviera llamando a la puerta, lo hacía con mucha insistencia. Como no parase pronto, iba a despertar de mala manera a la Reverenda Madre y a todas las hermanas. Y Rosalie no quería que eso ocurriera.
Con la única preocupación de mantener la paz entre los muros del convento, Rosalie abrió de un tirón el pesado portón de roble y corrió hacia la entrada. La noche estaba fresca, y se estremeció. De pronto se dio cuenta de que no estaba temblando de frío, sino de expectación. Nunca había sentido nada parecido, y se acercó con un sentimiento de predestinación. ¿O era miedo lo que sentía? Era un sentimiento que no lograba definir.
La puerta trancada era de roble macizo. En el centro tenía un ventanuco que se abría desde dentro y permitía a la hermana portera echar una mirada a los visitantes. A Rosalie le temblaban las manos cuando abrió la mirilla y escrutó la oscuridad del exterior. A la luz de la luna llena vislumbró entre sombras al alto caballero que había al otro lado de la puerta.
—¿Qué queréis? Es tarde, todo el mundo está en la cama. No se permiten visitas después de que anochezca.
En español fluido, Edward respondió:
—Es imprescindible que vea a mi esposa.
—¿Vuestra esposa? Estáis en un error. No hay nadie aquí que… —A Rosalie le fallaron las palabras. La única mujer casada que había en aquel momento en el convento era Isabella. ¿Sería posible que aquel hombre fuera su marido? ¿Que el apuesto caballero que pedía entrar fuera el pirata al que llamaban el Vampiro? Madre del amor hermoso, no era de extrañar que Isabella se hubiera enamorado de él.
—Sé que Isabella está aquí. Isabella Cullen, mi mujer. Quizá la conozcáis por Isabella Swan.
—¿Vos sois el pirata de Isabella?
Edward sonrió con gesto divertido.
—Sí. ¿Vais a abrirme ya la puerta?
—No. Eso no cambia nada. Es demasiado tarde para visitas. La Reverenda Madre no admite visitantes una vez que ha anochecido. Tendréis que volver mañana.
—Quizá podamos encontrar posada en el pueblo que hemos pasado al venir, y volver aquí mañana —sugirió Emmett dando un paso hacia delante y poniéndose a la vista de Rosalie.
Hasta que Emmett hizo notar su presencia, Rosalie no se había dado cuenta de que Edward venía acompañado. Se quedó mirando a Emmett en la penumbra, encontrándolo casi tan apuesto como el marido de Isabella. Ninguno de ellos parecía tan temible como los pintaban los rumores.
—No, yo no me voy —dijo Edward con firme determinación—. Quiero ver a Isabella, y quiero verla ahora. ¿Nos dejáis entrar, Hermana, o tengo que escalar el muro?
Rosalie tragó saliva nerviosamente. Su instinto le advertía que nada podría detener al forksense si se empeñaba en entrar. Pero necesitaba asegurarse de que abrirle la puerta iba a ser lo mejor para Isabella.
—¿Para qué queréis ver a Isabella? Yo soy amiga suya, y no quiero que le hagan daño.
—Mirad, Hermana…
—No soy monja. Estoy aquí como invitada, igual que Isabella.
—Muy bien, señorita…
—Rosalie. Rosalie Hale.
—Señorita Rosalie. Mi mujer no pinta nada aquí. Donde tiene que estar es conmigo. He venido a buscarla para llevarla a casa.
—¿A casa? ¿A Volterra?
Edward y Emmett se miraron significativamente.
—No. A Volterra no. Yo ya no soy bienvenido allí. Me llevaré a Isabella a la Isla Esme, en Denali. Y ahora, señorita, ¿me dejáis entrar?
Rosalie se sintió dividida. Sabía que Isabella seguía enamorada de su pirata inglés, pero, según ella le había contado, Edward odiaba a los forksenses y no quería ningún hijo de sangre de Forks. Se debatió entre dejarlo entrar sin permiso de Isabella e insistir en que volvieran al día siguiente.
—Señorita, si lo que os preocupa es que pueda hacer algún daño a mi esposa, podéis tranquilizaros. Isabella me importa en lo más hondo. No sé qué os habrá contado ella, pero he cambiado mucho. Por un capricho del destino ella es mi esposa, y yo… —le resultaba difícil desnudar su alma ante una desconocida, pero quería que la amiga de Isabella comprendiese la profundidad de lo que sentía por su mujer— la amo. Si ella me perdona, pienso dedicar el resto de mi vida a hacerla feliz.
La sinceridad de Edward impresionó a Rosalie. Algo en la expresión del pirata le dijo que su amor por Isabella era de los que no se borran con el tiempo. Si a ella la amara así un hombre, sería la más feliz de las mujeres.
—Muy bien, señor, os dejaré entrar a ver a Isabella, aunque lo más probable es que por ello me gane un severo castigo de la Reverenda Madre.
Empujó a un lado la pesada tranca y abrió la puerta de par en par. Entró Edward, con Emmett pisándole los talones.
—¿Cómo se llega al cuarto de Isabella? —preguntó Edward. Llevaba tanto tiempo esperando ese día que a duras penas lograba contener la excitación.
Rosalie lo escrutó entornando los párpados. De pronto, la aparición de Edward le pareció una señal de Dios. Su despierta mente vio en aquello su vía de escape de la insostenible situación que le había impuesto su padre. Sus ojos brillaron desafiantes en la oscuridad, y alzó la barbilla para enfrentarse a Edward.
—No os lo voy a decir. Y no podréis averiguarlo por vos mismo sin despertar a todo el convento. Los pasillos son un laberinto de pequeñas celdas, todas ocupadas por hermanas y novicias.
Edward frunció encolerizado los ojos. Agarró a Rosalie por los hombros y le pegó una violenta sacudida. Rosalie tembló, pero se mantuvo obstinadamente callada.
—¿Para qué me habéis dejado entrar si no pensáis decirme dónde está Isabella?
—Edward, que le haces daño —advirtió Emmett. Se dirigió a Rosalie en tono suave—: Me llamo Emmett McCarthy. Debéis tener alguna razón para negarle a Edward lo que os pide. —Hablaba el español titubeando y no tan bien como Edward, pero al parecer Rosalie le entendió.
Pero Rosalie tenía la boca seca, era incapaz de formular una respuesta.
—¿Me entendéis, Rosalie? ¿Por qué no lleváis a Edward donde Isabella?
—Irrumpiré en todos los cuartos del convento si es necesario —amenazó Edward.
Rosalie se quedó mirándole. Tuvo que humedecerse los labios con la punta de la lengua para poder hablar.
—Sólo os diré dónde está si me prometéis llevarme con vos.
—¡Cómo! Sin duda estáis bromeando. —Las palabras de Edward estaban teñidas de estupefacción—. ¿Qué diría vuestra familia?
—Para mi familia estoy muerta —dijo Rosalie con tristeza—. Cometí un pecado terrible. Me repudiaron y me mandaron aquí en castigo. Probablemente me voy a pasar el resto de mi vida detrás de estos muros.
—Con lo joven que sois. ¿Qué terrible pecado es el que habéis cometido? —preguntó Emmett.
Rosalie bajó la cabeza, avergonzada. No lograba encontrar las palabras para contarles a aquellos auténticos desconocidos la causa de que su familia hubiera renegado de ella.
—Qué importa ahora mi pecado. Sólo os pido que me llevéis con vos. Isabella y yo somos amigas. Yo puedo ser de gran ayuda para ella. Va a necesitar los cuidados de una mujer.
Edward se paró en seco.
—¿Qué queréis decir?
Rosalie se quedó callada. No era a ella a quien correspondía decirle a Edward que estaba a punto de ser padre.
—¡Por todos los demonios! Sólo decidme dónde puedo encontrar a Isabella. Llevaros con nosotros no podemos, es imposible.
—Pues yo digo que sí la llevemos —dijo pausadamente Emmett. En aquella joven había algo que le había llegado a lo más hondo. Si Rosalie estaba tan desesperada por escaparse del convento, Emmett no encontraba razón para no ayudarla.
Edward entornó los ojos. Nunca había visto a Emmett tan empeñado en ayudar a una mujer en apuros.
—No pienso cargar con esa responsabilidad. Han puesto precio a mi cabeza, y nos acechan mil peligros en este país extranjero.
Se lo dijo a Emmett en inglés; Rosalie miraba a uno y luego al otro, deseando ser capaz de entender lo que decían. Era evidente que estaban hablando de ella.
—Yo me hago responsable de ella —adujo Emmett.
Edward no tenía tiempo ni ganas de quedarse allí hablando con Emmett. La impaciencia le estaba reconcomiendo. Estaba tan cerca de alcanzar su objetivo que habría accedido a lo que fuera.
—Muy bien, pero asegúrate de que no cause problemas. De camino hacia aquí he visto una posada en el camino. Que te den habitaciones para todos nosotros. Yo iré con Isabella en cuanto pueda.
—Gracias, Edward. No sé por qué, pero tengo la sensación de que eso es lo que debemos hacer. —Se volvió a Rosalie y le explicó con suavidad—: Os vamos a llevar con nosotros.
En los ojos de Rosalie brillaron lágrimas. Hasta la llegada de aquellos voltersenses, había desesperado de encontrar una manera de escapar del convento. Se sintió tan agradecida que procedió a abrazar a Emmett, lagrimeándole la casaca.
La impaciencia pudo más que Edward.
—Las indicaciones que ibais a darme, señorita Rosalie. ¿Cómo puedo encontrar a Isabella?
Rosalie se secó los ojos y le dio explicaciones precisas de cómo llegar a la sobria celda de su esposa.
—La puerta no está cerrada con llave, señor —le dijo—. No se nos permite mucha intimidad.
Edward asintió secamente y, girando sobre sus talones, se internó en la oscuridad, mientras Emmett cruzaba con Rosalie la puerta del convento, la aupaba a su caballo y montaba a su vez detrás de ella.
—¿A dónde vamos? —preguntó ella, sin aliento.
—Os llevo al pueblo, donde esperaremos a Edward y a Isabella —le explicó Emmett. Su brazo se curvó posesivamente sobre la cintura de Rosalie, y súbitamente sintió que deseaba a aquella mujer. Se endureció de inmediato, preguntándose si Rosalie sería todavía virgen, o si acaso su "terrible" pecado habría tenido por resultado la pérdida de la inocencia.
Edward recorrió sigiloso los pasillos desiertos, siguiendo al pie de la letra las indicaciones de Rosalie. Todo estaba oscuro, salvo por las velas que ardían en cada intersección, que alumbraban a Edward lo suficiente para girar donde tenía que girar y para ir contando las puertas que había a cada lado de los largos pasillos. Cuando por fin llegó a la que Rosalie le había indicado, se detuvo a coger aire para tranquilizarse y giró el picaporte. La puerta se abrió sin ruido y él se coló dentro. Un brillante rayo de luna se derramaba por la ventana. Como ya tenía la vista hecha a la oscuridad, no necesitó ningún ajuste para ver a Isabella junto a la cama, envuelta desde el cuello hasta los pies en un amplio camisón blanco.
Embebida en sus plegarias, Isabella no había oído el crujido de la puerta al abrirse ni el sonido de los pasos de Edward al acercarse. Hipnotizado por los juegos de la luz de luna sobre la cabeza inclinada de Isabella, Edward se quedó absolutamente inmóvil, mirándola con incontenible deseo. Notó con alegría que le había crecido el pelo, y ahora le cubría los hombros como una cortina caoba. Estaba descalza, y sus perfectos deditos rosados eran la única parte visible de su cuerpo, aparte de las manos y la cara. Consumido por esa visión, Edward parecía incapaz de moverse, y hasta de pensar.
Isabella rezaba fervientemente, según tenía costumbre de hacer sin falta todas las noches antes de acostarse. Rezaba por que Edward estuviera bien y feliz dondequiera que estuviese, por que su niño naciera sano, por que Rosalie fuera algún día liberada de su encierro forzoso. Aunque Isabella se había resignado a una vida austera, sabía que Rosalie anhelaba algo más.
De pronto, sintió que no estaba sola. Lo primero que pensó fue que era otra vez Rosalie.
—Me alegro de que hayas venido a pasar un rato, Rosalie —dijo sin volverse—. Termino en un instante.
Sus palabras hicieron que los miembros paralizados de Edward se relajaran, y éste se acercó sin hacer ruido a la cama a cuya vera estaba Isabella arrodillada. Sonrió al recordar cómo se había pasado de rodillas casi todo el tiempo en aquellos primeros días que pasaron juntos.
Se quedó de pie detrás de ella, tan cerca que habría podido tocarla con sólo alargar la mano. Su aroma especial, dulcemente seductor pero sutilmente evasivo, le encandilaba más allá de lo soportable. Le temblaba la mano cuando la posó con la mayor suavidad sobre el hombro derecho de Isabella. Sintió el momento exacto en que ella se daba cuenta de que era él, y no Rosalie, quien había entrado en su cuarto: el cuerpo se le puso tenso y se le aceleró la respiración. Entonces se volvió lentamente, con el nombre de Edward acariciándole los labios en un suspiro estremecido.
Isabella también fue consciente del preciso instante en que se dio cuenta de que Edward estaba en su cuarto, con ella. Sintió el poderoso encanto de su presencia, percibió el calor de su cuerpo. Inspiró el embriagador aroma del cuero, de los caballos y de algo más que sólo él tenía. Sintió la descarga eléctrica de su piel, y supo que no estaba soñando. Mientras se daba la vuelta, parpadeó asombrada de la sed que ardía en lo más hondo de los ojos de Edward.
—Isabella… —Ayudándola a levantarse, él clavó en sus oscuros e inquisitivos ojos los suyos, sospechosamente húmedos. Pero no intentó abrazarla. Por el momento. Primero quería saber lo que ella sentía hacia él—. Gracias a Dios que te he encontrado. He vivido un infierno desde que te fuiste. ¿Por qué? ¿Por qué me dejaste?
Isabella tragó saliva con esfuerzo. ¿Cómo podía Edward hacerle semejante pregunta cuando la corte entera sabía que había estado persiguiendo a Lady Lauren como si fuera un hombre libre? La voz le salió amarga.
—¿Dónde has estado tú todo este tiempo, Edward? ¿Todavía estamos casados? ¿Has hecho ya a Lady Lauren tu nueva esposa? La reina tiene que estar entusiasmada. Lady Lauren me dijo que querías anular nuestro matrimonio para poder casarte con ella. ¿Qué haces aquí? Creía que te había hecho un favor al marcharme.
—¡Un favor! —estuvo a punto de gritar Edward—. Estaba enfermo de preocupación por ti. Durante todas esas semanas que he tenido que pasarme postrado en la cama me imaginaba todo tipo de cosas horribles que te podían haber pasado.
—¿Has estado enfermo? ¿Te hirieron en el mar? Oh, Edward, cómo lo siento. —Le pasó las manos por los hombros, por los brazos, por el pecho, buscando indicios de alguna herida. No encontró más que firmes músculos, y dejó escapar un conmovido suspiro. No habría podido soportar que estuviera herido de gravedad.
—Me alcanzó una bala de mosquete —dijo Edward sin entrar en detalles—. No es nada, ya está curado… Bueno, casi —añadió, pensando en aquella cojera que a saber si se le quitaría algún día.
—Oh, Edward, ¿para qué has venido? ¿Qué pasa con Lady Lauren?
—Me importa un comino Lady Lauren. Nunca la he querido. Tú eres la única mujer a la que he querido jamás.
Isabella deseaba creerle, lo deseaba de verdad, pero quedaban por resolver demasiados asuntos que les impedían ser felices. Y estaba el niño que él no estaba dispuesto a aceptar…
—Yo siempre seré de Forks, Edward —le recordó.
—Eso ya no me importa. He cargado demasiado tiempo con ese odio, y ha llegado el momento de dejar atrás el pasado y concentrarme en el futuro, en nuestro futuro. Me has dado un placer increíble cada vez que hemos hecho el amor, Isabella, pero era un placer culpable. A causa de mi ansia de venganza contra los forksenses, amarte me hería en mi orgullo y me llenaba de angustia. Te deseaba desesperadamente, pero sentía que estaba traicionando a mi familia, y a mí mismo. Gracias a Dios, ya no tengo ese tipo de sentimientos. Ahora mi corazón es libre para amarte como tú te mereces, Isabella. Te quiero, vida mía. ¿Podrás perdonarme todas las cosas terribles que te hice y que te dije?
Isabella lo contempló estupefacta.
—¿Me quieres? ¿Me amas?
—Siempre te he querido. ¿Qué tengo que hacer o decir para demostrártelo? ¿Es que no tienes confianza en mí? —En el momento en que esas palabras salieron de su boca, Edward se tachó a sí mismo de idiota. ¿Qué confianza podía tener Isabella en él, que no había hecho nada para ganársela?
Isabella decidió que la confianza era una carga tremenda. Especialmente cuando afectaba a un niño inocente. ¿Qué sentiría Edward hacia un hijo o una hija suyos que llevaran sangre de Forks?
—Maldita sea, Isabella, ¡te necesito! Déjame llevarte conmigo a Denali. Voy a dejar el mar para siempre.
La necesidad de tener en sus brazos a Isabella, de sentir su calidez fundiéndose con su propia firmeza, se le convirtió en una hoguera que le abrasaba por dentro, después de haberla reprimido hasta que se hizo incontenible. Sus brazos rodearon a Isabella y con sus labios encontró los suyos; la besó apasionadamente, ahondando hasta lo más recóndito de su boca. Amoldando las manos a su redondo trasero, la atrajo hacia sí, consciente de cada una de las sensuales curvas de su fértil cuerpo…
En ese momento Edward parpadeó, confuso. La memoria le debía estar fallando, porque notó curvas que Isabella antes no tenía, curvas que… Se le cortó la respiración, y clavó en ella los ojos con expresión aturdida.
Deslizó las manos hacia abajo. Para cuando llegó al bulto inconfundible de su tripa, las tenía temblorosas. Su garganta profirió un sonido de estrangulado deleite; pero Isabella lo confundió con disgusto y trató de desprenderse de sus manos.
—Por Dios santo, ¡estás esperando un hijo mío!
Isabella logró por fin liberarse. Dio un paso hacia atrás y le miró, desafiante.
—Ya sé que no querías un hijo mío, Edward, pero no lo lamento. Yo quiero a este niño, aunque tú no lo quieras. En estas circunstancias, lo mejor es que me quede en el convento.
Edward exhaló con fuerza. Nadie más que él mismo tenía la culpa de que Isabella creyera, equivocadamente, que él no quería a su hijo. ¡Por los clavos de Cristo! Iba a ser padre, y Isabella ni siquiera pensaba decírselo. Si no hubiera venido a Forks probablemente nunca se habría enterado. El mero pensamiento resultaba espantoso. Rezó por que pudiera encontrar las palabras para convencer a Isabella de que sí quería a su hijo. De que lo iba a querer tanto como la quería a ella.
—Escúchame, Isabella, es verdad que no quería dejarte embarazada antes de salir con mi barco al encuentro de la armada. Pero era porque tenía miedo de que me mataran y tú te quedases sola en una tierra extraña y con un niño que criar. Con eso no quería decir que nunca fuera a querer tener hijos contigo. —Isabella hizo un sonido gutural para expresar su incredulidad. Edward añadió rápidamente—: No voy a negar que hubo un tiempo en que sí sentía eso, pero ya no soy el mismo hombre que cuando nos conocimos. De muchas de las cosas que dije entonces me he arrepentido luego, amor mío.
Isabella le tocó la cara, los ojos, la boca, pasando amorosamente las yemas de los dedos por sus queridas facciones. Él le agarró la mano y se la llevó a la boca, depositándole en la palma un beso y cerrándole los dedos alrededor de él.
—Isabella, vente conmigo ahora. Eres mi mujer. Llevas dentro a mi hijo. Os necesito desesperadamente a los dos. El Vengador nos espera en el puerto. Cuanto más nos retrasemos, más peligroso será.
La besó otra vez, con labios delicadamente persuasivos. Ella saboreó su desesperación, sintió su necesidad, y respondió con las suyas propias, ciñendo sus labios a los de él con profundo anhelo. Cuando por fin él se desprendió del beso, Isabella tenía la respiración acelerada. ¡Le amaba! Dios, le amaba.
—Dime que te vienes ahora mismo conmigo, mi amor —suplicó Edward—. Dime que me quieres. Tú y tu hijo sois lo único que me queda en el mundo y que aún significa algo para mí.
Su sinceridad tocó un punto del corazón de Isabella donde había sobrevivido una magra esperanza. El brillo húmedo de los ojos de él y aquella declaración tan de corazón la convencieron de que los milagros existen.
—Te amo, Edward. Hace ya mucho tiempo que te amo. Me fui porque no quería hacerte cargar con un niño que tú no querías y que no podías aceptar. Pensé que ibas a ser más feliz con Lady Lauren.
—No puedo ser feliz con nadie más que contigo. Ahora, vístete, que Emmett nos está esperando en el pueblo.
—No me puedo ir sin decírselo a la Reverenda Madre —objetó Isabella—. Se ha portado muy bien conmigo. Y a Rosalie. Es una amiga mía. Le prometí que la llevaría conmigo cuando me fuera de aquí. Quiero…
—A la Reverenda Madre déjale una nota —la interrumpió Edward—. En cuanto a Rosalie, está con Emmett. La vas a ver enseguida. Date prisa, porque como descubran que estoy aquí se va a montar un buen follón. En Forks sigo siendo un hombre buscado por la ley. —Y en Volterra también, pensó, pero no lo dijo.
Isabella se le quedó mirando estupefacta.
—¿Emmett ha raptado a Rosalie? ¿A santo de qué?
Edward le lanzó una sonrisa maliciosa:
—Sospecho que por la misma razón por la que yo te rapté a ti, sólo que Emmett no ha tenido que recurrir a la fuerza. Rosalie estaba deseando marcharse.
Isabella sonrió.
—Nunca dejarás de sorprenderme, Edward Cullen.
