LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 21

La pequeña villa de Forks disponía de una única posada. Emmett McCarthy pidió tres habitaciones, ganándose una mirada suspicaz del posadero por su imperfecto español. Pero, dado que Emmett ofrecía pagar en monedas contantes y sonantes, el posadero, de mala gana, le tendió las llaves al extraño.

Rosalie se revolvía inquieta, preguntándose qué esperaría de ella aquel pirata inglés a cambio de haberla ayudado a escapar del convento. Fuera cual fuera el precio, lo habría pagado gustosa por tener la ocasión de experimentar la vida fuera de los muros del convento. Y podría estar con Isabella; ese solo hecho ya le infundía valor. Y no porque Emmett McCarthy no fuera plato de gusto. Además, estaba ya tan lanzada al pecado que qué importaba uno más, si de eso se trataba. Rezó para que no se tratara de eso. Ella no era una prostituta, y esperaba que el pirata se diera cuenta. El hecho de que hubiera pagado tres habitaciones le daba esperanza.

—Os llevaré a vuestro cuarto; debéis estar agotada —dijo Emmett, conduciendo a Rosalie escaleras arriba—. Yo me quedaré en el salón a esperar a Edward y a Isabella.

El suspiro de alivio de Rosalie fue tan sonoro que Emmett estuvo a punto de soltar una carcajada. Estaba claro que ella pensaba que tenía intención de acostarse con ella, y estaba inquieta con eso. Y tampoco iban tan errados los tiros, admitió Emmett con cierto sentimiento de culpa, pero aquél no era todavía el momento. Antes quería que ella confiara en él y se sintiera cómoda a su lado.

Emmett le abrió la puerta a Rosalie y le tendió la llave.

—Echad la llave —le aconsejó—. Os despertaré por la mañana. Si todavía deseáis venir con nosotros, os llevaremos a bordo del Vengador. Si cambiáis de opinión tras consultar con la almohada, buscaré un coche para que os devuelva al convento.

—No voy a cambiar de opinión —prometió Rosalie, decidida.

—Entonces os deseo buenas noches.

Emmett esperó a oír la llave girar en la cerradura antes de alejarse. La mera presencia de aquella gatita de ojos azules le producía una dolorosa erección. No recordaba haber sentido antes semejante urgencia, semejante deseo desbordante de hacer suya a una mujer. Los insondables ojos azules de Rosalie, su valor a la hora de cambiar su situación, su predisposición a encomendarse al destino, le seducían y le cautivaban. Ella le atraía de tal modo que le dio miedo. Tanto le habría gustado llevársela a la cama que había tenido que darle la llave para que lo encerrara fuera de su cuarto. Al margen de cuánto la deseara, en ese momento era demasiado vulnerable para aprovecharse de ella. Sabía por aquellos ojos expresivos que Rosalie había sufrido mucho, y lo último que quería era aumentar esa aflicción.

Convento de la Madre de Dios

Cuando Edward y Isabella se deslizaron por el pasillo y salieron por la puerta principal al jardín del convento, nadie se despertó para detenerlos. Isabella había dejado una nota para la Reverenda Madre, y luego había recogido su ropa, de la que Edward con una sábana hizo un hatillo que llevaba debajo del brazo. El portón permanecía ligeramente entornado, y Edward lo cerró a su paso sin hacer ruido. Cuando andaban ya hacia la calesa, Isabella de pronto se dio cuenta de que Edward iba cojeando. Se paró en seco.

—¿Qué pasa? —preguntó Edward, alarmado, al ver que se detenía de golpe.

—Estás cojeando. La herida que te hicieron fue más grave de lo que has dado a entender.

—La bala de mosquete me hizo añicos un hueso de la pierna. Ya lo tengo curado, pero la cojera puede que me quede para siempre. ¿Te molesta?

—¿Que cojees? Lo único que me importa es que debió dolerte mucho y yo no estaba allí para aliviar tu sufrimiento. ¿Cómo ocurrió?

Edward arrugó el ceño. No había llegado el momento de revelar el dato de que le habían herido los propios voltersenses cuando trataba de escapar de Volterra.

—Te lo contaré más tarde, mi amor. En este momento lo más importante es que nos reunamos con Emmett en el pueblo. Venga, yo te ayudo a subir a la calesa.

Al cabo de unos pocos minutos trotaban por el camino hacia la villa de Lebrija. Isabella no se arrepentía de haber dejado el convento.

Para ella había sido un paraíso de seguridad cuando creyó que Edward no la quería, pero ahora que sabía que su esposo la amaba y quería a su hijo estaba deseando seguirle adonde él quisiera llevarla.

Llegaron a la posada en mitad de la noche. Isabella se había quedado dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Edward. Él, rodeándola con el brazo, la sujetaba estrechamente; sentía su dulce aliento que le rozaba la mejilla, y su estómago abultado que se apretaba contra él. Todavía no se había recuperado de la impresión: ¡un niño! Isabella llevaba dentro un hijo suyo. Se imaginó que iba a ser una niña de pelo chocolate y rizado y ojos vivos como su madre.

Edward detuvo la calesa en el patio de la posada. Un mozo de cuadras medio dormido se levantó y salió dando traspiés a recibirlos, restregándose el sueño de los ojos. Después de darle al chico instrucciones sobre el cuidado de su montura, Edward cogió cuidadosamente en brazos a Isabella y la llevó al interior de la posada. El posadero ya se había retirado a su cama, dejando un rescoldo de fuego en el hogar y a Emmett McCarthy esperando en vela. En el momento en que se abrió la puerta, Emmett se despertó de una sacudida y se levantó para ir a saludar a Edward. Esbozó una amplia sonrisa al ver a la mujer dormida que su amigo llevaba en brazos.

—Estaba empezando a pensar que habíais tenido alguna dificultad —dijo Emmett—. Hala, déjame que coja yo a Isabella. La llevaré al piso de arriba. Por la cojera que traes se nota que la pierna te está doliendo.

—La pierna la tengo bien —dijo parcamente Edward, aunque la verdad es que la pierna le temblaba del esfuerzo—. A mi mujer la llevo yo. Tú sólo dime cuál es nuestra habitación.

—Te acompaño hasta allí —dijo Emmett, más que dispuesto a irse a su propia cama—. Está entre la mía y la de Rosalie.

—Ah, sí, Rosalie —dijo Edward, acordándose de pronto de la mujer que Emmett había insistido en que llevaran con ellos—. ¿Todavía está decidida a abandonar el convento?

—Sí, más decidida que nunca. Y yo estoy igual de decidido a llevarla con nosotros; lo digo por si tienes algo en contra.

Edward no pudo responderle, porque en ese momento Isabella, revolviéndose en sus brazos, abrió los ojos.

—¿Dónde estamos?

—En la posada, mi amor. Emmett está con nosotros, y Rosalie también está aquí. La vas a ver muy pronto.

Isabella, satisfecha, volvió a arrebujarse en sus brazos.

Emmett le abrió a Edward la puerta de la habitación y le pasó la llave.

—No es gran cosa, pero está limpio. Cuida bien a tu mujer, Edward. Parece que está agotada.

—Es lo que pienso hacer. No quiero que les pase nada a Isabella y al niño.

Emmett abrió mucho los ojos.

—¿Isabella va a tener un hijo tuyo? Por todos los demonios, parece que hemos llegado justo a tiempo, ¿eh? Eres un perro con suerte, Edward Cullen. Algún día espero tener yo también un hijo. Buenas noches, amigo. Que duermas bien.

Emmett dio media vuelta. Por primera vez en lo que su memoria reciente alcanzaba, tuvo envidia de Edward. Envidiaba su felicidad, el niño que había concebido con Isabella y el amor que evidentemente había entre ellos. Más tarde, tumbado en su cama con la vista fija en el techo, la única mujer que logró imaginarse como madre de sus hijos fue una belleza de cabellos de rubios con unos sensuales ojos azules y la piel tan blanca como un pétalo de margarita.

Edward depositó cuidadosamente a Isabella sobre la cama y se volvió para encender una candela. La oyó suspirar, y al mirar hacia ella se sorprendió al encontrarla mirándole, con los ojos refulgentes del amor que por él sentía.

—Estás despierta. Duérmete otra vez.

Isabella le dedicó una sonrisa cautivadora.

—Ya no estoy cansada. He venido durmiendo todo el camino hasta aquí. —Tendió los brazos hacia él—. Hazme el amor, Edward. Ha pasado tanto tiempo…

Sus palabras le produjeron una avalancha de calor instantáneo por las venas, y sintió cómo se engrosaba y se endurecía. A pesar de la invitación de ella y de la abultada necesidad cuya tensión y dureza le seguía creciendo entre las piernas, se resistió a hacerla suya, temeroso de herirla, a ella o al niño.

—No estás en condiciones —razonó—. El bebé…

—Al bebé no le va a hacer daño. No es que yo entienda mucho de esto, pero no creo que los maridos y las mujeres dejen de amarse cuando esperan un hijo. Por lo menos hasta el último mes de embarazo o por ahí. Por favor, Edward; te necesito.

Su ruego hizo vibrar el debilitado dominio de sí mismo de Edward. Se desató la espada y se tumbó junto a Isabella, aferrándose a ella con lacerante desesperación.

—Me pone enfermo pensar en lo cerca que he estado de perderos a ti y al niño.

—No nos vas a perder nunca, Edward. Nunca volveré a dejarte. Te quiero demasiado.

Él cerró los brazos en torno a ella, y su boca se pegó a la suya con un gruñido de cruda necesidad. La besó con ansia, y su reticencia se fue evaporando a medida que la iba despojando de la ropa para recrearse en la suculenta carne que escondía. Isabella gimió, apretándose contra él, tocándolo y acariciándolo, cimbreándose contra la inflamada arista de su virilidad con licencioso abandono. Cuando no pudo seguir soportando la barrera de la ropa que se interponía entre ellos, empezó a rasgarla con frustración.

Edward emitió un hondo gemido gutural y se arrancó las prendas en cuestión, tirándolas al suelo junto a las de ella. La fresca piel de Isabella absorbió su calidez mientras se apretaba contra él, y se dio cuenta de que le estaba llevando más allá del límite. Él apretó los dientes mientras ella le acariciaba con reverencia los hombros, el pecho, el estómago, la promitente arista de su sexo; oh, aquella piel, tan suave y tan sedosa, y al mismo tiempo firme e inquebrantable como el acero. Cuando cerró la mano alrededor de él, él se movió violentamente contra su palma. Apareció una gota, y Isabella bajó la cabeza para lamerla con delicadeza. Estaba ligeramente salada y deliciosa.

—¡Por todos los santos, Isabella! —gritó él, fuera de sí—. ¡Basta! Me estás matando. Túmbate boca arriba y déjame amarte.

Cubrió los pletóricos pechos con sus manos y bajó la boca, jugando a estimulárselos por turno hasta que se irguieron en rígidos botones. Sus hábiles manos vagaron por el cuerpo de Isabella acariciándola con amorosa ternura. Ella soltó un agudo suspiro cuando los labios de Edward siguieron el mismo camino, bajando por su tripa y besando la piel tirante que albergaba a su hijo. Después de adorar absolutamente su monte de Venus, se deslizó hacia más abajo, y más abajo aún, sondeando y estimulando con las manos y la lengua los resbaladizos pliegues de su feminidad.

Isabella gemía suavemente y se movía al compás, retorciéndose contra la húmeda calidez de la boca de Edward, sus manos inconscientes tendiéndose hacia él, que tan diligentemente paseaba la lengua por la sensible fuente de sus placeres.

La pasión fue encendiéndose en Isabella mientras los labios y la lengua de Edward la acariciaban. Era un abandono ciego, primitivo. Era pura magia. Era rendirse. La liberación llegó con la fuerza de un embravecido tornado, llevándose su espíritu y robándole el alma.

Respirando agriadamente, Isabella volvió a la realidad. Edward la contemplaba con un destello más brillante que la plata en los ojos.

—¿Estás bien? —Sus palabras traslucían un sincero interés, y Isabella sonrió, haciéndole sentirse considerablemente más tranquilo—. Ahora me voy a meter dentro de ti, mi amor. Voy a ser todo lo delicado que pueda, pero estoy tan duro que tengo miedo de hacerte daño.

—No me haces daño —murmuró Isabella—. Te quiero dentro de mí. Me muero de ganas de volver a sentirte dentro.

Irguiéndose y colocándose encima de ella, sus manos hallaron su tibieza y sus dedos la penetraron, preparándola para su entrada. Edward arrastró parsimoniosamente la abultada punta de su miembro contra el rocío de los pliegues de ella mientras con el pulgar le acariciaba el capuchón de carne que ocultaban. La fue excitando poco a poco, con suavidad y a conciencia, y cuando la tuvo jadeando y retorciéndose debajo de él se deslizó en su húmeda y lubricada calidez, meciéndose luego suavemente de atrás adelante para meterse más profundamente con cada movimiento.

—Válgame Dios, esto es lo más cerca que se puede llegar a estar del paraíso —susurró entrecortadamente.

Isabella levantó las piernas para acoplarse, alzando deseosa las caderas hacia él cada vez que la penetraba. Él arqueó las suyas para introducirse más adentro, moviéndose cada vez más rápido y perdiendo la capacidad de controlarse a medida que la apretada vagina de Isabella lo iba succionando hacia lo más hondo de su interior. Se restregó contra ella, agarrándole las nalgas y levantándoselas a cada penetración. Queriendo prolongar aquel placer, le agarró la cara y la besó apasionadamente. Notó cómo la tensión iba creciendo en ella mientras jadeaba contra sus labios. Sintiendo que ella estaba cerca del límite, la llevó rápidamente al clímax antes de perder por completo el control de sí mismo.

Isabella, inundada de sensaciones, respondía a los besos de Edward enroscando su lengua en la de él y adelantando el cuerpo al encuentro de su crecido miembro. De pronto, un rayo la alcanzó en pleno acalorado centro, ante sus ojos explotaron estrellas y el éxtasis la recorrió, estremeciéndola.

A Edward el final le llegó de forma tan violenta que estuvo a punto de perder el sentido. Entre jadeos y gemidos, lanzó su semilla en lo más hondo de las entrañas de Isabella. Luego, temeroso de aplastarla, se tendió de espaldas en la cama y se apretó contra ella, reacio a dejarla marchar.

—Eso ha sido… espectacular —dijo tímidamente Isabella.

Edward soltó una carcajada.

—¿Sólo espectacular? —De pronto se puso serio—. No te habré hecho daño.

—¿Qué daño podría hacerme algo tan… espectacular? Me has dado un placer muy grande, Edward, y tú lo sabes. Hacía tanto tiempo que ya casi me había olvidado de lo maravilloso que puede llegar a ser. En el convento intentaba no pensar en ello, porque estaba segura de que nunca iba a volver a experimentar este tipo de placer tan adictivo.

—Habría venido antes a buscarte, pero mi maldita pierna rota y la fiebre que me sobrevino me han tenido postrado mucho más tiempo de lo que esperaba. Si no llega a ser por las artes curanderas de Zafrina no estaría aquí ahora.

—¿Zafrina? ¿Estuviste en Denali? No entiendo…

—Es una larga historia, amor.

—Cuéntamela. No tengo nada de sueño.

Acomodándose junto a ella, Edward le explicó las circunEmmettcias en que le habían herido.

—Sobreviví a la batalla naval sin un rasguño. Igual que la mayor parte de mi tripulación.

—Entonces ¿cómo…?

—Fui herido por uno de los guardias de palacio. La reina no me había dado exactamente permiso para huir de Volterra la víspera de mi boda con Lady Lauren.

Isabella clavó en él una mirada cautelosa.

—¿Te ibas a casar con Lady Lauren? —Los ojos se le empañaron—. ¿Debo entender entonces que tú y yo ya no estamos casados?

Edward sonrió y le besó la punta de la nariz.

—Seguimos estando totalmente casados, mi amor. El documento de anulación no lo firmé con mi nombre de verdad: firmé "El Vampiro", con la esperanza de que nadie comprobara la firma. Ahí estuve listo, ¿no te parece?

—Pero ¿qué necesidad había de andar con subterfugios? —quiso saber Isabella—. Si no querías poner fin a nuestro matrimonio, tenías que habérselo dejado claro a la reina.

—Eso, amor, es más fácil de decir que de hacer. Desafiar deliberadamente a la reina es buscarse la ruina. Es cosa más que sabida que quienes no la complacen acaban en la Torre de Volterra. A mí me amenazó con meterme en prisión y confiscarme todo lo que poseo si no accedía a casarme con Lady Lauren. Y no soporto los lugares cerrados. Planeé con mucho cuidado la huida, pero no tuve en cuenta el detalle de que Lord Newton me estaba espiando.

—¿Hiciste todo eso por mí?

—Por nosotros. ¿Cómo me iba a casar con Lauren estando enamorado de ti? Tú me lo pusiste bastante difícil al marcharte tan de golpe de Volterra. Si te hubieras quedado y me hubieras dicho lo del niño, es posible que la reina hubiera acabado cediendo.

Isabella miró a Edward con tal aire de remordimiento que a él le dieron ganas de besar sus dulces labios hasta que las comisuras se le alzaran en una sonrisa. Lo hizo, y no sólo cosechó la deseada sonrisa sino también un suspiro de satisfacción.

—¿Podrás volver algún día a Volterra?

—A Volterra ya no me ata nada. Vendí la Residencia de los Cullen y retiré todos mis fondos del banco. Todo cuanto poseo está ahora en Denali.

—¿Vendiste la Residencia de los Cullen? Oh, Edward, cuánto lo siento. Sé lo mucho que amabas ese lugar.

—Pero a ti te amo más —dijo él, con tanta vehemencia que Isabella no halló razón para dudarlo—. Y también amo Denali. Antes de que pase mucho tiempo vamos a tener vecinos. Algunos de mis marineros me han expresado su deseo de casarse y establecerse en la isla. El pueblo crecerá, y pronto habrá niños para que nuestros pequeños puedan jugar con ellos.

De pronto, una sombra cruzó la mirada de Isabella. Edward no pudo evitar notar el cambio.

—¿Qué te ocurre, mi amor?

—¿Seguirá el Vampiro surcando los mares en busca de barcos forksenses que saquear?

—Esos tiempos ya han pasado, Isabella. Mi venganza contra los forksenses se terminó el día que me casé contigo. Me ha costado mucho tiempo darme cuenta de que en la vida hay cosas más importantes que la venganza. Yo era un hombre amargado porque vivía con odio, y hasta que te conocí no había sabido lo que es el amor. Pero de ahora en adelante me voy a concentrar en mi plantación. Volterra todavía necesita la madera que exporto en mis barcos. Mi abogado londinense ha accedido a encargarse de mis negocios en Volterra. Y dudo muy seriamente que la reina vaya a ir a molestarnos a Denali. Ya no es tan joven. Lo más probable es que su sucesor promulgue una amnistía para las personas que como yo la deseen.

—A mí me da igual dónde vivamos, Edward, mientras estemos juntos tú y yo. ¿Y qué pasa con Emmett McCarthy?

—Conoce mi decisión de retirarme de mi trabajo de pirata. Todavía no me ha dicho si piensa retomado él en el punto en que yo lo he dejado o si prefiere sentar la cabeza. Le he ofrecido uno de mis barcos por si todavía tiene ganas de salir al mar a la aventura. Y, desde luego, tiene dinero suficiente para retirarse si lo desea.

—Acerca de Rosalie: no te vas a arrepentir de haberla dejado venir con nosotros. Es mi amiga. Yo me ocuparé de ella.

Edward soltó una risita.

—Se te ha adelantado Emmett. Ya ha decidido que se hace responsable de ella. De hecho, parece que está bastante encariñado con ella, y ella con él. Pero olvídalo; estoy hambriento de ti otra vez. Cada uno de los días que he pasado sin ti ha sido una eternidad. Quiero amarte otra vez… si no estás demasiado cansada —añadió esperanzado.

—Eso es justo lo que quiero yo —suspiró Isabella, apretándose contra él en patente invitación.

Edward se tomó su tiempo para excitarla, besándole los labios, la cara, los pechos, pulsándole los tiernos pliegues de entre las piernas. De pronto giró sobre sí mismo para quedar tumbado de espaldas, colocándola encima de él. Le bajó la cara hasta la suya, la sujetó con una mano por la nuca y la besó con ansia. Descendió con los labios por su garganta. Ella en respuesta se estremeció.

—Dios, Edward… —Le entrelazó los dedos en el pelo, agarrándose a él con inconfundible urgencia mientras su sexo vibraba contra su estómago. Él rodeó uno de sus dulces pechos con la mano y le acarició el turgente pezón con el dedo. Ella soltó un gritito cuando el se metió el pezón en la boca y chupó suavemente.

—¡Métete dentro de mí! —Esa súplica hizo que Edward se inflamara y se endureciera hasta extremos casi dolorosos.

Obedeciendo a sus más fervientes deseos, Isabella se incorporó ligeramente, agarró en toda su extensión el sobresaliente sexo y lo condujo hacia su interior, inclinándose hacia él al mismo tiempo. Incapaz de permanecer pasivo, Edward empujó hacia arriba, entrando por completo.

Olas de placer sacudían a Isabella, que se deleitaba en cada uno de los matices de aquel amor que él le hacía: sus delgadas caderas contra la cara interior de sus muslos, la sensación de sus manos fuertes abarcándole las nalgas, inmovilizándola cada vez que empujaba hacia arriba para penetrarla. El palpitante calor de él en su interior, grande y duro, rodeado de su propia humedad, la sensación de su carne tersa y musculosa bajo sus manos. Nunca se cansaría de la magia de su amor con Edward.

De pronto se sintió liviana y sin fuerzas, y se dejó llevar por la inconsciencia mientras el éxtasis se agitaba en ella. Llamó a Edward por su nombre, pero él estaba demasiado embebido en su propio clímax para responder. Moviéndose de un modo frenético, Edward tiró de ella hacia abajo y buscó sus labios, penetrándole con la lengua la boca en perfecta armonía con la penetración de más abajo. Se puso rígido y exhaló un grito ronco cuando el vaivén le hizo perder el control.

Al cabo de un largo intervalo, Edward atrajo a Isabella hacia sus brazos.

—Duérmete, mi amor.

Isabella suspiró con satisfacción y, relajándose en su abrazo, se entregó al sueño.

Edward se despertó temprano y bajó al salón de la venta, donde descubrió que Emmett y Rosalie habían desayunado ya y los estaban esperando a Isabella y a él.

—¿Dónde está Isabella? —preguntó, preocupada, Rosalie—. Se encuentra bien, ¿verdad?

—Está perfectamente —sonrió Edward—, sólo que exhausta. Creo que le convendría pasarse el día descansando. —Y, volviéndose a Emmett, añadió—: Rosalie y tú podéis ir por delante y esperarnos a bordo del Vengador.

—¿Estás seguro, Edward? —preguntó McCarthy, inquieto—. Es peligroso quedarse mucho tiempo en un país hostil.

—Según me ha dicho Isabella, ella es libre de dejar el convento cuando quiera. Todavía somos marido y mujer, y nadie puede impedirme que me lleve lo que es mío.

—Muy bien, entonces Rosalie y yo partiremos de inmediato. Si en veinticuatro horas no os habéis reunido con nosotros, volveré a buscaros.

Edward sonrió ampliamente, dándose cuenta de lo afortunado que era por tener un amigo tan leal como Emmett McCarthy.

—Isabella y yo os seguiremos mañana a primera hora de la mañana. Te prometo que nos reuniremos con vosotros dentro del tiempo previsto.

Se despidieron unos de otros. Antes de volver al piso de arriba a ver a su durmiente esposa, Edward encargó que les llevaran el desayuno a su habitación.

Isabella agradeció la atención que Edward le prestaba. Era verdad que estaba exhausta. Haber vuelto a ver a Edward, enterarse de que él la quería y haberse pasado la noche anterior largas horas haciendo el amor con él eran demasiadas emociones para una dama embarazada. Últimamente parecía que se cansaba fácilmente. Edward no tuvo que insistir mucho para convencerla de que se pasase el día en la cama; también ella agradeció esa ocasión de pasar un día entero a solas con Edward sin ninguna interferencia.

—Cuéntame de Rosalie —inquirió aquella noche Edward mientras compartían la cena en la habitación—. Dijo que sus padres la habían repudiado. ¿Nos mintió?

—No, es verdad —le aseguró Isabella—. Rosalie se enamoró de un joven vaquero, y su padre le prohibió verse con él. Estaba a punto de casarla con un tipo al que la había prometido cuando era niña. Rosalie y su vaquero se fugaron, con intención de casarse, pero al novio lo mataron antes de que lo hubieran logrado. Cuando se supo que Rosalie y Royce habían pasado una noche juntos, el prometido de ella se negó a cumplir con el matrimonio. La familia de Rosalie se enfadó mucho con ella. Los había deshonrado, y por eso en aquel mismo instante la desterraron al convento.

—¿Y si no era feliz allí por qué no se escapó?

—Tú no comprendes nuestras costumbres. ¿Adonde habría ido? ¿Qué habría hecho? No tenía dinero, ni familia que quisiera ocuparse de ella, ni forma alguna de mantenerse. No es una puta, ni sería capaz de serlo jamás. Es muy poco lo que una jovencita puede decidir de su futuro; no es más que un peón en el esquema de la vida. Supongo que cuando aparecisteis Emmett y tú, Rosalie vio en vosotros una vía de escape y quiso aprovecharla.

—Espero que Emmett no intente aprovecharse de Rosalie —musitó Edward—. Parece que está prendado de ella, y puede ser muy agresivo cuando quiere.

—Por qué no mejor dejamos que las cosas sigan su propio curso —aconsejó Isabella—. Todavía no he hablado con Rosalie, pero sé que es una mujer que sabe lo que quiere, y a la que no le asusta correr riesgos. Si Emmett rebasa la línea de la decencia, Rosalie lo llamará al orden. A menos —añadió— que ella piense igual que Emmett.

—Entonces no me preocupo más por ella —concluyó Edward—. ¿Has terminado de cenar? Deberíamos retirarnos temprano, porque mañana va a ser un día muy largo. Le he prometido a Emmett que nos reuniremos con ellos en el Vengador antes de que pasen veinticuatro horas, y no quiero que nos retrasemos y tenga que preocuparse.

—Edward, ¿podría despedirme de mi padre antes de que nos vayamos de Forks? Es probable que no vuelva a verlo nunca. Él ha hecho siempre lo que pensaba que era mejor para mí, aunque yo no estuviera de acuerdo. Lamento que fuera un barco de su flota el que hundió al que llevaba a tu familia, pero eso ocurrió hace mucho tiempo. Me gustaría que mi padre supiera que le voy a dar un nieto.

A Edward aquello no le parecía buena idea, pero Isabella se mostraba tan esperanzada que no tuvo corazón para negárselo.

—Si tan importante es para ti, mi amor, haremos esa parada.

—Gracias, Edward. Ahora sí que estoy lista para irme a la cama. —En sus ojos brilló un resplandor oscuro con toques de malicia y de deseo… sobre todo de deseo.

—Tienes que descansar, Isabella —le advirtió Edward, esforzándose en contener la erección que le apretaba la bragueta.

—Para descansar ya tendremos todo el tiempo del mundo cuando estemos a bordo del Vengador. —Se estiró hacia él, y Edward se dio por perdido.

Hicieron el amor con delicadeza, con ternura, conscientes como eran de que iban a tener muchos más días para amarse el uno al otro durante el resto de su vida. Y puede que aún más en la otra vida.

Un resonar de pasos por el pasillo al que daba su habitación despertó a Edward. Buscó con la mano su espada, maldiciendo violentamente al darse cuenta de que estaba al otro lado de la habitación, encima de la pila de ropa que había arrojado precipitadamente, y luego había dejado sin ningún cuidado, encima de la gastada alfombra. Se incorporó en la cama de un salto, dando gracias por haber tenido la precaución de cerrar la puerta con llave. Pero antes de que pudiera levantarse, la puerta se abrió de un golpe y varios hombres irrumpieron en la habitación.

El susto despertó a Isabella de su sueño profundo; dando un chillido, se cubrió hasta la nariz con la sábana. Tenía el pánico en los ojos, el corazón le latía furiosamente.

—Mi error fue no daros muerte en La Push —dijo con desdén uno de los hombres, lanzando una mirada despreciativa a la cama revuelta y a la despeinada pareja que la ocupaba.

Isabella escrutó a los dos hombres que permanecían en el umbral de la puerta, y se quedó lívida cuando logró reconocerlos.

—¡Padre! ¡Jacob! ¿Qué estáis haciendo aquí?

—Por lodos los infiernos —murmuró entre dientes Edward.

Nunca había tenido buena suerte, pero aquello ya era el colmo. ¿Cómo demonios le habían encontrado? ¿Quién les había dicho que estaba en Forks? Y ¿qué hacía Jacob Black que no estaba en La Push?