LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.
ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )
NADA ES MIO.
Capítulo 22
A Edward no le gustó el giro en su contra que estaban tomando las cosas. Detrás de Jacob y Charlie venían dos secuaces armados. Edward le echó una mirada a Isabella y volvió a maldecir entre dientes. Estaba pálida, y temblaba como una hoja.
—Lamento que no hayamos llegado a tiempo de impedir que este pirata te haya hecho daño otra vez, hijita —dijo Charlie, convencido de que de verdad estaba salvando a su hija de las garras del Vampiro—. El padre Aro volvió de Roma hace una semana. El Santo Padre nos ha concedido la anulación de tu matrimonio. Me estaba preparando para desplazarme aquí a contarte la buena nueva cuando llegó Jacob.
—Edward no me ha hecho daño, padre —protestó Isabella—. Y ahora dejadnos, por favor.
Edward mantenía la vista fija en Black, que tenía la mano derecha apoyada en la empuñadura de la espada. Le parecía que la expresión airada del forksense no presagiaba nada bueno. Echó una mirada nostálgica a su propia espada, sin ninguna esperanza de recuperarla. Sin ella y sin su ropa se sentía tan indefenso como un bebé recién nacido. Estaba en una desventaja más que evidente.
—Jacob ha venido desde La Push para hacerte su esposa. Está deseoso de olvidarse de tus pasadas indiscreciones con este voltersense. Antes de que os vayáis de Forks me encargaré de que te cases como Dios manda con Jacob.
Los ojos de Isabella ardieron de indignación.
—¿Por qué está todo el mundo empeñado en acabar con mi matrimonio? Yo no quiero la anulación. Jacob es un hombre sin escrúpulos. A mí no me quiere, lo que codicia es mi dote. Haría cualquier cosa para quedarse con ella.
—Te equivocas conmigo, Isabella —dijo Jacob con aire contrito—. Me sentí disgustado cuando vi que ya no eras la novia virgen que yo esperaba, pero habría cumplido con mi deber contigo en cuanto mi ira se hubiera disipado. Me he disculpado profusamente con tu padre, para eso es para lo que he venido a Forks. Nos daremos el sí antes de embarcarnos para La Push.
La cólera de Edward había ido encendiéndose a medida que Jacob desgranaba sus mentiras. No había documento que pudiera disolver así como así lo que había entre Isabella y él. Jamás permitiría que aquel canalla embustero le pusiera una mano encima a su mujer, ni a su hijo. Sin hacer caso de su desnudez, Edward salió de pronto de la cama y avanzó amenazadoramente hacia Jacob.
—¡Fuera de aquí todo el mundo! Isabella es mi mujer, y lo va a seguir siendo.
Jacob esbozó una sonrisa desagradable y se hizo a un lado para permitir que sus esbirros entraran en la habitación. Edward, apretando la mandíbula, hizo una finta a la desesperada para intentar coger su espada. Pero no lo quiso la suerte. Los hombres de Jacob se le echaron encima al instante. Aunque luchó valientemente, se vio superado cuando Jacob se sumó a la refriega propinándole a Edward un terrible golpe en la cabeza con la empuñadura de la espada. Isabella chilló al ver que Edward se desplomaba en el suelo.
—¿Lo matamos, patrón? —preguntó uno de los esbirros, apretando la punta de su espada contra la desprotegida garganta de Edward.
Charlie miró a su desesperada hija, y concedió:
—Isabella tiene razón, Jacob. No es cosa nuestra matar a este pirata. Llévatelo a Forks y entrégalo a las autoridades. Ofrecen una generosa recompensa por su captura. Isabella y yo os seguiremos cuando se haya tranquilizado un poco. Ven a casa mañana para que hagamos los planes para la boda.
Isabella lloraba quedamente, deseosa de acercarse a Edward, pero incapacitada por su desnudez para hacerlo.
—No le hagáis daño, por favor. Le hirieron hace poco y todavía no está totalmente recuperado de sus heridas.
—Encontraremos un calabozo lo bastante cómodo para él —se burló Jacob—. Atadlo bien corto —ordenó. Para cuando sus hombres terminaron, Edward estaba empezando a espabilarse—. Lleváoslo.
—Esperad, dadle su ropa —suplicó Isabella—. Dejadle un poco de dignidad.
Jacob no le hizo el menor caso, pero Charlie recogió la ropa de Edward y se la tendió a uno de los esbirros. —Sacadlo al pasillo y ayudadle a vestirse.
—Bah, sois demasiado blando —le espetó Jacob—. Las autoridades lo van a poner ante el pelotón de fusilamiento en menos de veinticuatro horas.
Charlie nunca se había considerado un hombre especialmente sensible, pero al ver la consternación de Isabella tuvo de pronto un sentimiento de culpa. ¿Y si su hija de verdad amaba a aquel pirata? Recordó lo que era estar enamorado. Cuando la encantadora madre de Isabella murió, él perdió algo muy precioso. Aun así, el Vampiro llevaba demasiado tiempo siendo la peor cruz de los barcos forksenses para dejarlo libre. Además, si él no hubiera empezado por raptar a Isabella, nada de aquello habría ocurrido.
—Lo que hagan las autoridades con el Vampiro no es cosa nuestra —dijo Charlie—. No voy a echar su muerte sobre mi conciencia. Ahora vete, Jacob. Yo llevaré a Isabella a casa.
En el momento en que Charlie les volvió la espalda, Jacob le lanzó a Isabella una mirada que hizo que se le erizara el pelo de la nuca. Era una mirada cáustica que reflejaba el furioso desprecio que sentía hacia ella. Habría que estar ciego para no darse cuenta de que estaba desnuda debajo de la sábana, y sólo un inocente habría pensado que Edward y ella no habían hecho otra cosa que dormir. Jacob no era lo uno ni lo otro. La habitación olía a sexo, y las sábanas revueltas daban mudo testimonio de la actividad a la que se había estado entregando la pareja. Aquello rebasaba los límites de lo soportable, y era un golpe mortal para el orgullo de Jacob.
—Hasta mañana, Isabella —dijo Jacob con una voz que traslucía su ira. Sí, se iba a casar con la puta del pirata para quedarse con su enorme dote, pero no pensaba renunciar a ninguna de sus amantes. En cuanto Isabella le diera un heredero o dos, la desterraría a un convento y se olvidaría sin demora de ella.
Isabella lloraba en silencio, incapaz de detener los lagrimones que le rodaban por las mejillas. Parecía que hasta Dios estaba en contra de Edward y de ella. Por fortuna, guardaba un secreto que esperaba que haría cambiar las cosas a su favor. Cuando Jacob se enterara de que estaba embarazada de Edward no iba a querer casarse con ella. Por supuesto, había algún punto oscuro. Todavía no había pensado de qué modo podría ayudar a Edward revelando su embarazo. Edward iba ya de camino al calabozo, y Jacob se encargaría de que cayera sobre él todo el peso de la ley.
—Vístete, hija —le dijo amablemente Charlie—. Te espero en el pasillo mientras te vistes y recoges tus cosas. Puede que en la cocina nos den un desayuno decente antes de volvernos a Forks. No me gusta verte disgustada.
—¿Cómo no voy a estar disgustada, padre, si el hombre al que amo se enfrenta a la muerte? Jacob se la tiene jurada. ¿Qué garantías tengo de que Edward vaya a llegar con vida a Forks?
—Jacob es un caballero. No se metería con un hombre desarmado. Ya se encargarán las autoridades de fijarle un castigo.
Isabella lanzó un áspero sonido de disgusto.
—No conocéis a Jacob si pensáis eso.
Charlie se limitó a encogerse de hombros y salió rápidamente de allí. No se le daban nada bien las mujeres histéricas.
En cuanto estuvo sola, Isabella se levantó de la cama y se vistió a toda prisa. Rescató de su hatillo de ropa una capa y se envolvió en ella, escondiendo cuidadosamente su abultado estómago entre los generosos pliegues. Todavía no había llegado el momento de decirle a su padre que llevaba dentro un hijo de Edward.
Cuando sacaron a Edward a empujones al pasillo, atontado y desorientado por el tremendo golpe que le habían dado en la cabeza, le embutieron las calzas y lo arrastraron escaleras abajo. Si el posadero sintió el más mínimo atisbo de compasión, se preocupó de esconderlo bajo aquella expresión insulsa mientras Jacob mandaba disponer una carreta para llevar a Edward hasta Forks. A los pocos minutos lo arrojaban al fondo de una carreta, atado como un ganso de Navidad y sangrando por una herida de la cabeza. Uno de los esbirros se metió dentro con él, mientras el otro saltaba al pescante y se hacía con las riendas. A una señal de Jacob, la carreta dio un tirón hacia delante, haciendo que Edward se estrellara violentamente contra uno de los lados. Un dolor insostenible le recorrió la pierna mala, subiéndole por la médula espinal hasta la cabeza. Y eso fue lo último que supo.
Isabella miró la comida que había en su plato con desinterés. ¿Cómo iba a poder comer si ni siquiera sabía si Edward estaba herido de gravedad? ¿Y si Jacob había decidido tomarse la justicia por su mano y había matado a Edward nada más salir de la posada?
—Ya sé que crees que estás enamorada de ese pirata, Isabella, pero Jacob hará que te olvides de él muy pronto, te lo prometo. Se va a portar contigo como un buen marido. Muy pronto podrás dejar de pensar en todo este asunto tan desagradable.
—¿Cómo me voy a olvidar de Edward si estoy enamorada de él, padre? No pienso casarme con Jacob jamás, pase lo que pase.
Charlie le dio unas torpes palmaditas en el hombro a Isabella.
—Confía en que yo sé lo que más te conviene.
—¿Mandasteis vos a buscar a Jacob? ¿Por qué ha venido a Forks?
Charlie apartó la mirada.
—Le escribí una carta el día que volviste de Volterra. Le explicaba que el padre Aro se había puesto en camino hacia Tacoma para solicitar ante el Papa la anulación de tu matrimonio. Le dije que era urgente que viniera de inmediato a Forks si todavía te quería. Y que si no, quedaba pendiente que me devolviera tu dote íntegra.
Isabella esbozó una sonrisa muy poco alegre.
—¿No pensaríais que os iba a devolver la dote, verdad? No, ya veo que no lo pensabais.
—Jacob partió de La Push inmediatamente después de recibir mi carta. A su llegada a Forks se llevó una gran alegría al enterarse de que ya eres una mujer libre. Vinimos los dos juntos para comunicarte la buena noticia. No teníamos ni idea de que Edward Cullen estaba aquí.
—¿Cómo disteis con nosotros en la posada? ¿Cuándo os enterasteis de que Edward estaba en Forks?
—Por pura suerte, hija. Paramos en la posada para saciar la sed que nos consumía; veníamos cabalgando desde lejos, sabes, y el posadero, un hombre hablador, nos contó que tenía extranjeros alojados en la posada. Jacob escuchó con interés que había un hombre rubio durmiendo con una mujer de Forks en el piso de arriba, pero tampoco tenía ninguna razón para sospechar nada.
»Salimos con prisa para el convento, y allí nos enteramos de que tú y otra mujer os habíais marchado sin permiso la noche anterior. Sólo tuvimos que atar cabos, y volvimos a la posada.
Pura suerte para Jacob y para mi padre, pero pura mala suerte para mí y para Edward, pensó Isabella apesadumbrada.
—¿Puedo ver el documento de la anulación, padre? —le preguntó, tendiendo la mano hacia él.
—Es totalmente legal, Isabella.
—Por favor, padre.
Con ostensible reticencia, Charlie extrajo de su bolsillo el documento y se lo tendió a Isabella. A ella le temblaba el pulso cuando lo desenrolló y leyó su contenido. Estaba llegando casi al final cuando dejó escapar un grito ahogado pero audible. La excitación la recorrió.
—¡Padre! ¿Habéis leído esto?
Charlie frunció el ceño.
—Desde luego que sí. ¿Es que hay algo que no entiendas?
—Dice que si yo resultara estar embarazada de Edward Cullen esta anulación quedaría sin efecto. Y añade además que el hijo de ambos sería considerado legítimo, puesto que la boda fue celebrada por un cura y por tanto es legal a los ojos de Dios. ¿Es verdad eso?
—Tengo entendido que se incluyeron esas precisiones por deseo del Santo Padre. Pero, no habiendo ningún niño que venga a complicarnos las cosas, la anulación es cosa hecha. —Le echó a Isabella una sonrisa astuta—. Gracias a Dios, no tengo nada que temer a ese respecto. Si ese bribón se las ha arreglado para fecundarte en este último par de días, será imposible saber si el niño es suyo o de Jacob, porque tu boda con el gobernador general de la Push se va a celebrar de inmediato.
Isabella le devolvió la sonrisa, sólo que la de ella era más radiante que un amanecer. Se puso torpemente de pie y se desabrochó despacio la capa que se había puesto para disimular su estado. La dejó caer al suelo y se mantuvo con orgullo ante su padre. No había confusión posible con la abultada redondez de su abdomen.
Charlie pegó un respingo.
—¡Madre de Dios! Pero ¿quién te ha hecho eso?
Isabella le sonrió gozosamente.
—Nadie del convento, padre. Yo ya sospechaba que estaba embarazada de Edward cuando salí de Volterra.
Charlie soltó una violenta maldición.
—Pero en el nombre de Dios, ¿por qué abandonaste al pirata si estabas embarazada de él?
—Por un malentendido. Yo creí que Edward no quería a nuestro hijo. La reina le estaba presionando para que anulara nuestro matrimonio, y yo no quería ser una carga para él. Cuando se está enamorado, no siempre se ve con claridad ni se distingue lo que está bien y lo que está mal. Yo tomé una decisión errónea, pero gracias a Dios Edward me ha encontrado y ha puesto las cosas en su sitio. Estamos enamorados. Y Jacob y vos habéis acabado con todas nuestras posibilidades de hallar la felicidad.
Charlie no podía apartar la vista del abultado estómago de Isabella. Con mucho cuidado le quitó el certificado de anulación de la mano y lo rompió en pedacitos. Ningún hombre en sus cabales querría casarse con una mujer en avanzado estado de gestación de otro hombre. Sin duda, ningún hombre orgulloso como Jacob Black, sin importar la sustanciosa dote de Isabella.
—Padre, tenéis que hacer algo —le suplicó Isabella—. Edward ha cambiado. Ha abandonado su venganza; el Vampiro ya no va a volver a saquear barcos forksenses. Si me queréis, ayudad a Edward.
Charlie se encogió de hombros, impotente.
—¿Y qué puedo hacer? La suerte de tu pirata está ahora en manos de Dios.
—¡No! Tiene que haber algo que podáis hacer. Edward me ama lo bastante como para haber arriesgado su vida por mí. Ha venido a Forks sabiendo el peligro que corría. ¿Queréis ver cómo el padre de vuestro nieto muere de una muerte indigna? —Se abrazó la tripa con gesto protector—. Puede que éste sea vuestro único nieto. Mis hermanos podrían no volver nunca de sus aventuras. Y si vuelven, no es probable que se asienten durante el tiempo necesario para formar una familia. Preferirán seguir navegando por el mundo en busca de oro y riquezas.
Charlie era consciente de la verdad que había en las palabras de Isabella. Y con la sólida estirpe de la madre de Forks y el coraje inglés de su padre, aquel nieto suyo iba a ser fuerte, flexible y valiente. Pero de verdad no veía forma de ayudar al marido de Isabella, por más que quisiera.
—Lo siento, hija. Edward Cullen es ahora prisionero de Jacob, y Jacob es un hombre vengativo.
—Tenemos que impedir que entregue a Edward a las autoridades. Si nos damos prisa, podemos alcanzarlos.
—Aunque lo hiciéramos, Jacob no lo dejaría marchar. Resígnate, hija. No hay forma de liberar al Vampiro. En cuanto Jacob se entere de que estás embarazada del pirata, su ira se va a desbordar. Se va a sentir engañado, y se vengará con el culpable de todo esto.
—Decidle que puede quedarse con mi dote por todas las molestias que le he causado —sugirió Isabella—. ¿Acaso mi felicidad no lo vale? A lo largo de los años, mi bienestar no ha sido una preocupación para vos, hasta que llegó el momento de organizar mi matrimonio con Jacob. Os he pedido pocas cosas, y menos aún me habéis dado.
Sus palabras tuvieron el efecto deseado. Era verdad que Charlie se había ocupado muy poco de su hija y mucho de sus hijos, pero siempre había querido mucho a Isabella, a pesar de sus fogosas salidas. Lo que nunca había sabido era cómo tratarla, y tampoco había tenido tiempo de aprender. Él había creído sinceramente que casarse con Jacob era lo mejor para ella.
—Veré lo que puedo hacer —prometió, aunque no tenía muchas esperanzas de poder salvarle la vida al pirata. Jacob Black era un hombre poderoso, con más influencia política que la familia Swan. Charlie no se lo dejó traslucir a Isabella, pero en su opinión Edward Cullen se podía dar por muerto.
Rudamente sacudido para que volviera en sí, Edward tomó conciencia de cada uno de los insoportables dolores que aquejaban a su magullado cuerpo. Soltó un gemido, tratando de cambiar de posición para estar menos incómodo. Lo único que consiguió con ese esfuerzo fue que le dieran una patada en las costillas. Por encima del borde de la carreta pudo ver a Black que cabalgaba ligeramente por delante de ellos. Edward maldijo a aquel hombre con un odio crudo y acuciante.
—¿Qué le ha pasado a mi esposa? —le preguntó al brutal esbirro que parecía hallar un gran placer en maltratarle.
El hombre soltó una risa desagradable.
—¿Te refieres a tu puta? Su padre se ha hecho cargo de ella. Es una lástima que el Gobernador Black tenga que casarse con esa zorra para quedarse con su dote.
Edward se debatió impotente contra sus ataduras, jurando que iba a obligar a aquel hombre a tragarse sus palabras.
—¿Adonde me lleváis?
—Charlie Swan piensa que te vamos a entregar a las autoridades, pero no creo que llegues allí con vida. —Soltó una risa desagradable como un ladrido y le lanzó a Edward otra patada al estómago. Edward la vio venir y se hizo un ovillo para protegerse las partes vulnerables. La bota del esbirro chocó con la pierna enferma de Edward, y él tuvo que morderse los labios para no soltar un grito de dolor.
El dolor podía soportarlo, pero el pensamiento de la futura vida de Isabella con Black era para él un tormento aún peor. ¿Qué va a pasar cuando se entere de que Isabella está embarazada?, se preguntaba con desesperación. Tenía la esperanza de que su padre fuera lo bastante fuerte como para protegerla de la violencia de Black. Su propia muerte era capaz de aceptarla, pero no podía soportar el pensamiento de que ni Isabella ni su bebé sufrieran por su causa.
Después de años negando que existiera siquiera un Dios, Edward cerró los ojos y se puso a rezar. Rezar era lo que daba fuerzas a Isabella, y Edward intentó que se las diera a él también. Pero otra patada cruel, esta vez en la cabeza, volvió a dejarlo inconsciente.
—No estoy seguro de que esto sea acertado —dijo Riley Biers mientras iba sentado junto a Emmett McCarthy de camino al puerto—. Ninguno de nosotros habla español lo suficientemente bien como para evitar meternos en líos. ¿Y qué pasa con nuestros hombres? —preguntó, señalando a los cuatro marineros armados que llevaban en la parte de atrás de la carreta alquilada—. No hay forma de pensar que son nada más que lo que son, curtidos marineros. Y el ridículo que vamos a hacer cuando nos crucemos por el camino con Edward, y él y Lady Cullen estén tan felices y tan campantes.
—Desde el momento en que los dejamos en la posada he tenido ese mal presentimiento —dijo lentamente Emmett—. Estaba intentando ignorarlo, pero esta mañana me ha dado más fuerte que nunca. Más vale ir sobre seguro que tener que lamentarlo. Si los encontramos y están bien, no se habrá perdido nada. Pero si les ha ocurrido algún imprevisto, estaremos preparados. —Hizo una pausa para situarse—. Si Edward y Isabella han salido de allí esta mañana, deberíamos encontrárnoslos muy pronto en el camino.
Pero a medida que avanzaba la mañana sin que se cruzara en su camino la calesa que debía llevar a Edward y a Isabella, el persistente temor de Emmett iba aumentando. Ya habían recorrido casi la mitad de la distancia hacia la posada cuando oyeron un repicar de cascos que se acercaban. A los pocos minutos apareció ante su vista un caballo, seguido de una carreta que traqueteaba hacia ellos por el estrecho camino de tierra. Emmett no reconoció al hombre que arrampló contra ellos a lomos de un caballo.
—¡Apartaos del camino, campesinos! —les ordenó con arrogancia—. ¡Dejad paso!
Emmett entendió aquellas ásperas palabras en español y con toda cortesía apartó su caballo hacia un lado del camino, indicando por señas a Biers y a la carreta que hicieran lo mismo. No quería problemas con los dignatarios locales. Jacob pasó ante ellos sin dedicar una segunda mirada a aquellos hombres, dando por hecho que eran viles campesinos indignos de que les prestara atención. Cuando, a continuación, pasó su carreta, McCarthy estuvo a punto de caerse del caballo del susto tan grande que se llevó.
Biers vio el cuerpo vapuleado de Edward hecho un ovillo en el suelo de la carreta casi al mismo tiempo que McCarthy. Entrecruzaron miradas de asombro. Breves instantes después, los cuatro marineros que los acompañaban estaban también al tanto de la situación, y esperaban las órdenes de Emmett.
La carreta que llevaba a Edward pasó traqueteando ante ellos. A un gesto sin palabras de Emmett, los marineros saltaron de su propia carreta y corrieron para alcanzar la que llevaba a Edward. Se emplearon en reducir a los dos forksenses que llevaban las riendas, mientras Emmett y Biers galopaban en pos del jefe, que trotaba por delante sin enterarse del rifirrafe que se había organizado a sus espaldas. La refriega fue rápida y sangrienta. Superados en número, los conductores de la carreta sucumbieron muy pronto ante los marineros voltersenses. Uno de ellos murió en el acto, y el otro yacía agonizante sobre la hierba. Los marineros desataron rápidamente a Edward, que no daba la menor señal de estar recuperando la consciencia. Entre tanto, McCarthy y Biers se aproximaban a Jacob por detrás.
Jacob no se percató de la situación en la que estaba hasta que fue demasiado tarde. Como le irritaba lo despacio que andaba la carreta, se había adelantado un buen trecho, y no había oído la corta batalla que se libraba a sus espaldas. Soltó un feroz juramento cuando McCarthy y Biers lo alcanzaron, emparedándolo entre los dos y arrancándole las riendas de las manos. Intentó sacar la espada, pero ya era tarde. Dos pistolas cargadas apuntaban a su cabeza.
—¿Qué significa esto? —vociferó cuando obligaron a detenerse a su caballo—. ¿Es que no sabéis quién soy? Soy Jacob Black, gobernador general de la Push. El rey os va a cortar la cabeza por esto.
—¿Qué demonios está diciendo? —preguntó Biers.
—Que me aspen si lo sé, aparte de que se llama Jacob Black y es el gobernador general de la Push. —De pronto, McCarthy lo comprendió todo—. ¡Este es el malnacido que estuvo a punto de matar a Edward a golpes en La Push! Me pregunto qué estará haciendo en Forks.
—¿Y qué crees que puede haberle ocurrido a Lady Cullen? —preguntó Biers, preocupado.
—Igual nos lo puede decir Edward —sugirió Emmett.
Aprovechando que la atención de Emmett se había aflojado por un instante, Jacob vio su ocasión de salir corriendo. Hundió cruelmente las espuelas en los ijares de su caballo, y el pobre animal saltó disparado hacia delante.
—¡Hijo de perra…! ¡Que no se nos escape ese malnacido! —gritó Emmett. Los dos hombres alzaron las pistolas, apuntaron y dispararon. Jacob cayó al suelo, y allí se quedó inmóvil.
—¿Tú crees que está muerto? —preguntó Biers.
Emmett bajó de su caballo y se arrodilló junto al español caído.
—Todavía respira. Será mejor que nos larguemos rápido de este maldito lugar. Espero que Edward nos pueda decir qué ha sido de Isabella, porque es demasiado peligroso seguir perdiendo el tiempo aquí.
Cuando volvieron donde la carreta, Edward seguía inconsciente.
—Pero ¿qué demonios le han hecho? —se preguntó Biers.
Emmett le hizo un examen rápido y le encontró la fea herida de la cabeza, además de unos cuantos moratones en varias partes del cuerpo.
—Esos malditos hijos de perra. Trasladad a Edward a nuestra carreta —ordenó—. Tened cuidado, todavía no sabemos si son muy graves sus heridas.
—¿Y qué pasa con Black? —preguntó Biers.
—Dejémoslo y larguémonos de aquí cuanto antes.
—¿Y qué pasa con Lady Cullen?
—No tenemos ni idea de dónde está, así que no podemos hacer nada hasta que Edward recupere la consciencia y nos lo diga. Es evidente que Black tampoco está en condiciones de decirnos nada.
Dos vigorosos marineros brincaron al interior de la carreta con Edward y lo sujetaron para que no se golpeara con los tumbos que iba dando la carreta a causa de los baches del camino de tierra que les llevaba a Forks, donde el Vengador los estaba esperando.
