LOS PERSONAJES SON PROPIEDAD DE STEPHANIE MEYER.

ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACIÓN (REVELARE EL NOMBRE DEL AUTOR Y LA NOVELA AL FINAL )

NADA ES MIO.

Capítulo 23

Isabella y su padre salieron de la posada en la calesa que Edward había alquilado en Forks. Charlie ató a la parte de atrás su caballo, metió dentro el hatillo de ropa de Isabella y la espada de Edward, que se había quedado allí, y arrancó a paso vivo por el camino de Tacoma. Pero toda velocidad resultaba poca para Isabella. Era la vida de Edward lo que estaba en juego. Ella no confiaba lo más mínimo en Jacob, y temía que lo matara antes de llegar a su destino.

—Cálmate, hija —la apremió Charlie—. Ya te he dicho que voy a hacer todo lo que pueda por tu pirata.

—Mi marido, padre. Edward es mi marido.

—Sí, Isabella, por más que me resulte difícil hacerme a la idea de que tu marido sea ese voltersense.

Isabella escrutó ansiosamente el horizonte. Jacob les llevaba su buen par de horas de ventaja, pero ella sabía que la torpe carreta rústica en la que viajaba Edward era mucho más lenta que su ligera calesa.

—¿No debería faltar ya poco para que los encontremos, padre? ¿No podéis ir un poco más rápido?

—Estoy yendo con cuidado por lo delicado de tu estado, hija. No quiero que le pase nada a tu niño.

Isabella se revolvió impaciente.

—No creo que… —Las palabras se detuvieron en su boca cuando vislumbró algo en el camino—. ¡Mirad, padre! ¿No es ésa la carreta? Sí, estoy segura de que lo es. Y ése que está ahí pastando es el caballo de Jacob. ¿Por qué se habrán detenido? —Un horrible presentimiento le recorrió el espinazo—. ¡Padre, parad la calesa!

Sin tener en cuenta su avanzado embarazo, Isabella saltó de la calesa sin esperar a que se detuviera y corrió torpemente hacia la carreta. El grito que se le escapó hizo que Charlie corriera a su lado.

—¿Qué ha pasado, hija?

—¡Mirad! —musitó ella, señalando el cuerpo que yacía en la parte de atrás de la carreta. El corazón se le encogió dolorosamente, hasta que se dio cuenta de que no era Edward.

Charlie trepó a la carreta y se agachó para examinar al hombre.

—Está muerto.

—Hay otro hombre ahí tirado en la hierba —exclamó Isabella.

Charlie descendió de la carreta y rápidamente constató que el segundo individuo estaba más allá de toda intervención humana.

—Éste también está muerto. Me pregunto qué habrá sido de Jacob.

Lo encontraron tirado cerca de su caballo, a pocos metros de allí.

—¿Está muerto? —preguntó Isabella.

—Parece que tiene una herida leve en la cabeza. La bala ha debido rozarle. Sospecho que de un momento a otro volverá en sí y nos contará lo que ha pasado. Quién habría pensado que ese pirata tuyo iba a poder con tres hombres en las condiciones en las que estaba —murmuró pensativo.

—No ha podido ser él —replicó Isabella—. Esto es cosa de otra persona, y creo que tengo idea de quién ha sido. Rápido, padre, tenéis que llevarme a Tacoma sin más demora.

—Muy bien, Isabella, tan pronto como suba a Jacob a nuestra calesa. Necesita que lo vea un médico.

Isabella le agarró el brazo, alejándolo de Jacob.

—No, padre, no podemos llevarlo con nosotros. ¿Es que no lo veis? Si lo hiciéramos, iría a informar a las autoridades. Tenemos que dejarlo aquí hasta que pase alguien y lo recoja o logre llegar por sus propias fuerzas a Tacoma. Es la única posibilidad de que Edward se escape de Forks y de una muerte segura.

Charlie se quedó mirando a su hija con consternación.

—Pero hija, Jacob es mi amigo. No puedo dejarlo aquí.

—Vos mismo habéis dicho que la herida que tiene no es grave. Si tenemos suerte, llegaremos al Vengador antes de que haya vuelto en sí. Por favor, padre, haced esto por mi hijo. Necesita un padre que lo quiera y que lo cuide hasta que se haga adulto.

Charlie se sentía dividido. Era verdad que Jacob probablemente no tenía nada peor que una leve contusión, pero su honor exigía que ayudara a su compatriota. Aun así, Isabella, que era su propia carne y su propia sangre, le suplicó con tanto empeño que no tuvo corazón para decirle que no. Ya había ignorado una vez sus deseos, y mira lo que había ocurrido. Ahora era la esposa de un pirata voltersense y esperaba un hijo suyo. Si la hubiera dejado hacerse monja, nada de aquello habría sucedido.

—Está bien, Isabella, voy a hacer lo que tú me pides. Pero tenemos que darnos prisa si queremos llegar a Tacoma antes que Jacob. En cuanto vuelva en sí se pondrá a perseguirnos. Su caballo es muy rápido, y nos alcanzaría en menos que canta un gallo.

—Entonces tenemos que llevarnos su caballo —dijo Isabella con firmeza—. Tenemos que asegurarnos hasta la menor oportunidad de escapar. Rápido, atad el caballo de Jacob a la parte de atrás de la calesa.

—Pero Isabella, eso no es lo que yo haría…

—Aun cuando habéis sido un padre severo e inflexible, yo siempre os he querido —dijo Isabella, cada vez más desesperada—. Y siempre he sabido que vos me queríais. Ahora podéis demostrármelo. Dejad que Jacob se quede aquí. Tampoco es que lo estéis dejando abandonado. Puede ir conduciendo la carreta hasta Tacoma, que tampoco está tan lejos.

—Voy a hacer lo que me pides, aunque a mí no me parezca bien.

A los pocos minutos iban ya trotando por el camino con el caballo de Jacob atado a la parte de atrás de la calesa, junto al de Charlie.

Estaba ya anocheciendo cuando la carreta que transportaba a Edward llegó serpenteando por las calles de Tacoma hasta el muelle. Edward había vuelto en sí unas cuantas veces, pero no logró decir nada coherente sobre la suerte que había corrido Isabella ni sobre cómo había acabado cayendo prisionero de Jacob.

—Tened cuidado con él, compañeros —advirtió Emmett mientras localizaba a toda prisa el bote que habían dejado amarrado en el embarcadero, custodiado por un par de hombres—. Podría tener alguna lesión interna.

Acomodaron a Edward en el bote, apuntalándolo contra Biers. Dos hombres se pusieron a los remos, mientras otros empujaban el muelle. Emmett soltó un suspiro de alivio cuando vio el bote cortando suavemente las olas en dirección al Vengador. A su llegada lo izaron a bordo con el habitual sistema de poleas, y al poco Edward estaba tumbado en su litera, esperando a que el cocinero, que hacía también las veces de médico de a bordo, viniera a curarle las heridas.

—Me da la impresión de que tiene alguna costilla rota —dijo el cocinero cuando hubo examinado las contusiones de Edward—. En la cabeza, le ha salido un chichón del tamaño de un huevo, y parece que le han herido en el mismo punto de la pierna que se había roto.

—¿Cómo es de grave? —preguntó Emmett lleno de ansiedad.

—La pierna no la tiene rota, sólo magullada. El capitán es un hombre duro, se curará como es debido, creo yo, si es que no trata de fugarse de la cama demasiado pronto. Voy a administrarle una dosis de láudano.

—No, láudano no —la voz de Edward sonó débil pero firme—. Necesito mis cinco sentidos para rescatar a Isabella.

—¿Dónde está? —preguntó McCarthy, inclinándose hacia Edward.

—Estará ya en su casa con su padre —conjeturó Edward—. No recuerdo casi nada. ¿Qué ha pasado con Black y sus secuaces? ¿Qué hacíais vosotros en aquel camino, cuando se supone que teníais que estar en el Vengador, esperándome?

—Tenía una corazonada de la que no lograba desprenderme. Gracias a Dios que le he hecho caso. ¿Qué demonios está haciendo Black en Forks?

—Eso es algo que yo tampoco entiendo —dijo Edward. El dolor lo atravesaba; su cuerpo entero era un doliente amasijo de carne y huesos. Estaba sufriendo de tal manera que a duras penas podía hablar. Pero luchó contra el dolor con cada aliento que tomaba. No podía rendirse a él hasta que tuviera a Isabella a salvo a bordo del Vengador. Intentó levantarse, luchando contra la negrura que se cerraba sobre él, y la cara se le puso blanca como una sábana.

—¡Por todos los infiernos! ¿Qué pretendes hacer? —preguntó Emmett, irritado ante la testarudez de Edward—. No estás en condiciones de levantarte de la cama.

—Ayúdame, Emmett, tengo que encontrar a Isabella antes de que la coja Black.

—No te preocupes por Black —replicó McCarthy—. Sus secuaces están muertos, y él no va a poder viajar en los próximos días.

—¿Lo habéis matado?

—No, o por lo menos no creo. Todavía respiraba cuando nos fuimos de allí, pero dudo que se sienta en condiciones de viajar durante un tiempo.

—No subestimes a ese malnacido, Emmett. ¿Me vas a ayudar a levantarme?

—No.

—¿Que no? Como capitán tuyo que soy te ordeno que obedezcas mi orden.

—No.

Edward se sintió tan puñeteramente impotente que estuvo a punto de ponerse a gritar de frustración.

—Podría mandar que te pongan los grilletes por insubordinación.

—Inténtalo —le desafió Emmett.

Edward se volvió hacia Biers.

—Supongo que entonces te corresponde a ti, Riley. Del señor McCarthy ya me ocuparé más tarde. Prepárame el bote, que voy a bajar a tierra.

Biers sacudió pesaroso la cabeza.

—Lo siento, Capitán, pero yo estoy de acuerdo con el señor McCarthy.

—Muy bien, pues entonces lo haré yo sólito. —Le costó tres intentos, pero al final logró sostenerse sobre sus pies. Una sacudida de áspero dolor le obligó a doblarse sobre sí mismo, pero enseguida recuperó el dominio y se enderezó. Sus propias heridas no le importaban. Tenía que salvar a su mujer y a aquel hijo suyo que todavía no había nacido de las garras de Black.

Withers y McCarthy se miraron con preocupación, y luego se acercaron reticentes a ayudar a Edward.

—Está bien, Edward —dijo McCarthy—, te ayudaremos. Siempre has sido un cabezota. Pero tengo serias dudas de que puedas llegar a tierra siquiera. No te preocupes, Riley y yo iremos a buscar a Isabella. Yo sé dónde vive Charlie.

—No; el marido de Isabella soy yo. Ella es responsabilidad mía. —Edward se movía despacio, con mucho esfuerzo—. Vosotros sólo llevadme a tierra y encontradme un caballo. Y dadme una espada y una pistola.

—Maldito idiota testarudo —murmuró entre dientes McCarthy—. Te ayudaremos, pero yo voy a ir contigo digas lo que digas.

Biers se fue a buscar la espada y la pistola mientras McCarthy ayudaba a Edward a llegar a la cubierta y a meterse en el bote.

—No os vais a librar de mí tan fácilmente —dijo Biers, saltando con McCarthy dentro del bote—. Ayudaré con los remos. —Le pasó a Edward la espada y la pistola y dio instrucciones a los marineros para que bajaran el bote al agua.

McCarthy observaba atentamente a Edward. No tenía ni idea de cómo conseguía mantenerse derecho. Las graves heridas que había sufrido habrían obligado a cualquiera a guardar cama durante días. Pero Edward no era cualquiera. Pese a todo, McCarthy dudaba muy seriamente que Edward pudiera sobreponerse al dolor de montar un caballo. Tenía todas sus esperanzas puestas en arrastrarlo de vuelta al barco inconsciente. Pero no pensaba fallarle a Edward. Se juró que encontraría a Isabella costase lo que costase.

Jacob volvió en sí al poco de que Isabella y su padre lo abandonaran a su suerte. La cabeza le palpitaba dolorosamente, y le llevó unos minutos recordar lo que había pasado. Se levantó aturdido, se acercó dando traspiés a la carreta y soltó una violenta maldición cuando descubrió a sus esbirros muertos. Había sido un estúpido al no fijarse mejor en aquellos campesinos, porque estaba claro que no eran en absoluto campesinos, sino marineros del Vampiro. La emboscada había tenido éxito; su falta de vista le había salido cara. El Vampiro había huido con sus hombres, y Jacob comprendió que tenía que llegar a Tacoma lo antes posible si quería evitar que el pirata se le escapara una vez más.

La cólera de Jacob se desbordó cuando, al buscar su caballo, vio que no estaba. Era un caballo que se había traído de La Push y al que había domado él mismo. Sabía que por sí mismo no se alejaría de él; alguien tenía que habérselo llevado. Qué estúpido y qué confiado había sido. Pero no podía tolerar aquel retraso. Era imprescindible que llegara a Tacoma y alertara al cuerpo de dragones antes de que el barco del pirata zarpara.

Jacob contempló el penco que estaba enganchado a la carreta con evidente desagrado. Aquel caballo ya no estaba precisamente en la flor de la vida, pero cabalgar a sus lomos hasta el puerto le pareció como mínimo mejor idea que ir arrastrando una carreta llena de hombres muertos. Para el excelente jinete que era Jacob, montar sin silla no suponía problema alguno. Por fortuna para él conocía aquella zona, porque había vivido allí en su juventud, y sabía un atajo para llegar a la ciudad a través de los campos de olivos.

Jacob aguardó un instante a que se le aplacara el contundente dolor que sentía en la cabeza, y luego desenganchó de la carreta el caballo y se subió en él como buenamente pudo. Sujetando las riendas, espoleó los flacos flancos de aquel penco y partió cruzando los campos de Forks.

Cuando Isabella y su padre llegaron a Tacoma se dirigieron directamente al malecón. Isabella se estremeció de alegría cuando vio el Vengador aún anclado en la bahía. ¡Lo habían conseguido! Muy pronto Edward y ella estarían juntos para siempre.

—Un bote, padre, necesito encontrar un bote para llegar hasta el Vengador.

Charlie suspiró con resignación.

—Ya me ocupo yo de eso, Isabella. Tú espérame en la calesa. Seguro que encuentro a alguien que quiera llevarte remando hasta el barco.

—No, padre, yo voy con vos. —Y, agarrando su fardo de ropa y la espada de Edward, esperó a que su padre la ayudara a bajar.

De pronto, la atención de Isabella se concentró en un bote que estaba descargando pasajeros en el muelle. Del mar llegaba una espesa niebla gris que ocultaba las siluetas en una bruma envolvente. La niebla y la luz menguante del día impidieron a Isabella reconocer a los dos hombres que saltaron del bote al muelle. Pero cuando esos hombres se inclinaron para ayudar a un tercero a salir del bote, Isabella dejó caer su hatillo de ropa y la espada, gritó el nombre de Edward y echó a correr.

Charlie recogió aquellas cosas del suelo y la siguió lo más rápido que pudo.

Ir sentado en el bote le había costado a Edward lo indecible. Se preguntaba cómo demonios iba a poder montar un caballo sin irse al otro barrio, pero estaba decidido a lograrlo o morir en el intento. Isabella le pertenecía. Ella y su hijo lo eran todo para él. Sin ellos no había futuro.

—¿Estás bien, Edward? —le preguntó McCarthy con ansiedad.

—Perfectamente —respondió Edward con un bufido de dolor—. Sólo necesito un caballo.

Los caballos y la carreta que tenían alquilados estaban todavía enganchados por allí cerca. Nadie se había ocupado de devolverlos a las caballerizas, porque en aquel momento su única preocupación era poner a salvo a Edward a bordo del Vengador. Biers desenganchó uno de los caballos y lo sujetó de forma que Edward pudiera montar. Tenía serias dudas sobre la capacidad de Edward de subirse a un caballo, pero hizo lo que su capitán le ordenaba.

Edward se sentía como si tuviera dentro de la cabeza mil demonios con sus mil tridentes pinchándole para salir. El cuerpo le ardía, y en la pierna le palpitaba un dolor increíble, pero consiguió levantarla hasta el estribo sin irse para el otro barrio. Se preparó para sentir el candente suplicio de ser izado hasta la silla. Cuando vio que ni McCarthy ni Biers hacían nada por ayudarle, miró por encima del hombro para interpelarlos por el retraso y se encontró con que los dos hombres estaban mirando hacia el otro extremo del muelle.

La oyó gritar su nombre antes de verla, con voz de desesperación pero también de júbilo. Y entonces la vio emerger de entre la niebla, con la capa flotando alrededor y el pelo revuelto, alborotado por el viento, flameando en desorden alrededor de sus pálidas facciones.

—¡Isabella! —Edward gastó sus últimas fuerzas en bajar el pie del estribo y encaminarse hacia ella. Se desplomó en los brazos de Isabella cuando se encontraron en el muelle a medio camino. Charlie, resoplando por el desacostumbrado esfuerzo, llegó junto a ellos a tiempo de ayudarla a sujetar el cuerpo desvanecido de Edward. McCarthy y Biers llegaron instantes después.

—¿Está bien? —les preguntó Isabella, fuera de sí de pura preocupación—. Lo veo demasiado pálido.

—Edward ha sufrido heridas graves —la informó McCarthy—. Ahora que tú estás aquí ya podemos llevárnoslo de vuelta al barco y a la cama, que es donde tiene que estar. Insistía en ir a buscarte él mismo. Estaba loco de preocupación y no atendía a razones. Gracias a Dios que has venido. Aquí estamos rodeados de peligros. Lo huelo. —Y miró con resquemor a Charlie.

—Mi padre ha sido quien me ha traído hasta aquí —explicó Isabella—. No nos va a impedir marcharnos.

—Debéis daros prisa —apremió Charlie—. Es posible que Jacob nos haya venido siguiendo.

No bien había pronunciado esas palabras cuando un estruendo procedente del otro extremo del muelle invadió la noche incierta. Isabella se estremeció de consternación al vislumbrar a Jacob que con una patrulla armada de dragones cargaba hacia ellos por el camino adoquinado.

—¡Detenedlos! ¡Detened al pirata! —gritó Jacob, enarbolando la espada como si fuera un hacha de guerra.

—Deprisa, ay, por favor, deprisa —exhortaba Isabella sin aliento mientras los hombres llevaban a Edward, medio a rastras medio en volandas, hacia el bote.

Isabella iba dando traspiés, entorpecida por su embarazo. Sin retrasarse ni un segundo, Biers la recogió en sus brazos y la depositó en el bote. Luego ayudó a McCarthy y a Charlie a acomodar a Edward junto a ella. El bote se alejó del muelle sin perder un instante. A Isabella le corrieron lágrimas por las mejillas en aquella apresurada despedida de su padre.

—Os quiero, padre. Siempre seréis bienvenido en Denali. Quiero que mi hijo conozca a su abuelo.

—Iré, hija —le prometió desde el malecón Charlie—. Puede que no siempre te lo haya demostrado, pero yo también te quiero.

El bote se internó deslizándose en la densa bruma justo en el momento en que Jacob y los dragones llegaban al final del muelle. Jacob apartó sin miramientos a Charlie, maldiciendo aquella niebla espesa y gris que tan bien le venía al pirata para escapar.

—¡Deteneos! —gritó Charlie, tratando desesperadamente de proteger a su hija. Haciéndole caso omiso, los dragones aprestaron los mosquetes y dispararon a ciegas; volvieron a cargar y a disparar hasta que se hizo evidente que su presa estaba ya fuera de su alcance.

—Pero ¡qué habéis hecho! —gritó Jacob, volviéndose contra Charlie.

—Por primera vez en mi vida, he tenido en cuenta la felicidad de mi hija —respondió él, tragándose un sollozo—. Está embarazada del pirata; tú no la habrías aceptado en esas condiciones. Con quien tiene que estar es con su esposo. Isabella me ha dado su palabra de que en el futuro el Vampiro no volverá a ser un peligro para las embarcaciones de Forks.

—¿Y la habéis creído? —espetó despreciativamente Jacob.

—Pues sí, la he creído. Déjalos en paz, Jacob. Como consolación por tu pérdida puedes quedarte con una generosa parte de la dote de Isabella. Búscate a una mujer digna de tu categoría.

Jacob se dio cuenta de que estaba derrotado y trató de tomárselo lo mejor que pudo.

—Tenéis razón, Charlie. Por mucho que me hubiera gustado coger a ese pirata y ofrecerle su cabeza al rey, me conformaré con lo que me ofrecéis. Mi orgullo me impide querer a una mujer que está embarazada de otro hombre. A menos que el Vampiro vuelva a hacer de las suyas en el mar, daré este asunto por zanjado.

Charlie reprimió una sonrisa.

—Ven conmigo a casa, vamos a hacer un brindis por tu salud y tu prosperidad.

Sin parar de retorcerse las manos, Isabella estaba tan encima de Edward como una gallina clueca, esperando a que recuperara la consciencia. McCarthy, Biers y Rosalie se mantenían detrás de ella, dándole su apoyo.

—Se pondrá bien, Isabella —le aseguraba Rosalie—. Dice Emmett que este Edward tuyo es un hombre fuerte y que ha salido de otras peores.

Isabella le echó a Rosalie una sonrisa llorosa. Había estado tan angustiada que ni siquiera había saludado como Dios manda a su amiga, pero ya celebrarían el reencuentro en cuanto ella tuviera la certeza de que Edward estaba fuera de peligro.

Isabella se dirigió a Rosalie en un español rápido que sabía que ni Biers ni McCarthy eran capaces de seguir.

—¿No te arrepientes de irte de Forks, Rosalie? Ya sé que no eras feliz en el convento, pero la decisión de abandonar el país en que naciste no ha tenido que ser fácil. Aquí sigue estando tu familia.

Rosalie sonrió, melancólica.

—Quiero mucho a mi familia, pero los conozco bien. Nunca dejarán de renegar de mí. Me habrían dejado envejecer y morirme en el convento antes que dar su brazo a torcer. Tú y tu pirata me habéis dado la ocasión de tener un futuro. Y os lo voy a agradecer siempre. Espero que no estés enfadada conmigo por haber presionado a Edward para que me dejara venir. No tengo dinero, ni ningún otro sitio al que ir.

—Estoy encantada, Rosalie; es justo lo que yo quería. Un día no muy lejano Denali estará lleno de pueblos y de gente, y tú vas a encontrar un hombre del que enamorarte. De eso estoy segura.

—Yo también estoy segura —dijo Rosalie, lanzándole una tímida mirada a Emmett.

—¿Qué estáis murmurando vosotras dos? —preguntó Emmett, colocando el brazo sobre los estrechos hombros de Rosalie. El gesto fue tan posesivo que a nadie le quedó duda de cuáles eran los sentimientos de Emmett hacia la señorita de Forks.

—Del futuro —le dijo crípticamente Isabella—. De pronto parece que nos sonríe.

—Pues sí —coincidió Emmett, ciñendo el brazo alrededor de Rosalie. Le sorprendía darse cuenta de que quería tenerla en sus brazos. Puede que Rosalie y él encontraran la felicidad juntos.

Poco después, Edward abrió los ojos y sonrió a Isabella. Cuando se les hizo evidente que Edward no tenía ojos más que para su mujercita, los demás se disculparon y salieron sin hacer ruido.

Edward le cogió a Isabella la mano y se la llevó a los labios.

—¿Cómo has llegado hasta aquí?

—Eso tenemos que agradecérselo a mi padre. En realidad no es el demonio que tú crees que es. Cuando se enteró de que estoy embarazada de ti y de que no podría ser feliz con otro hombre, cedió. Seguimos siendo marido y mujer, Edward. Leí el documento de anulación. Decía que no tendrá validez ninguna en el caso de que yo estuviera embarazada de ti.

—Qué más da eso; me habría casado contigo otra vez.

—Lamento que fuera de mi padre el barco responsable de que mataran a tu familia y a ti te hicieran esclavo, pero te ruego que dejes eso atrás y que intentes perdonarle. Tampoco es justo echarle la culpa de lo que hayan hecho todos y cada uno de sus barcos en sus muchos viajes.

—No quiero hablar ahora de tu padre, amor mío —musitó Edward—. Estoy deseando que el pasado, pasado sea, si es que él está de acuerdo. Él te ha traído a donde yo estaba, y eso se lo tengo que agradecer. Me pareció oír disparos antes de desmayarme…

—Sí, Jacob apareció con el cuerpo de dragones, pero la niebla y la oscuridad estaban de nuestra parte. Ahora estamos a salvo. Emmett ha puesto rumbo a Denali. Todavía no me puedo creer que hayáis venido a Forks a buscarme, con el peligro tan grande que supone para ti y para tus hombres. Mis paisanos no tienen precisamente motivos para quererte.

Edward se quedó mirando a Isabella como si se hubiera vuelto loca.

—¿Cómo no iba a venir? Me habría sido imposible, con lo enamorado que estoy de ti. Tú me perteneces. Ya he arriesgado la vida por ti varias veces antes, y volveré a hacerlo si fuera necesario. Cuando se quiere a alguien como yo te quiero, todo sacrificio es poco. Y ahora querré también a nuestro hijo. —Apoyó con ternura la mano en la tripa abultada de Isabella—. Quiero a este niño tanto como tú, mi amor. Por fin voy a tener mi propia familia. Hasta que te conocí, lo que me latía en el pecho era una cosa dura y amarga que ni siquiera podía llamarse corazón. La venganza gobernaba mi vida, y el odio anidaba en mi alma. En cambio ahora estoy tan lleno de amor que en mi corazón no cabe ningún otro sentimiento.

Los ojos chocolate de Isabella chispearon, maliciosos.

—Hay cosas en las que no has cambiado, querido. Sigues siendo el apuesto sinvergüenza que entró en mi vida como un huracán y me raptó. Si no llega a ser por ti yo nunca habría sabido que semejante dicha existía siquiera.

—Si no recuerdo mal, tú lo que querías era ser monja —dijo Edward guiñándole un ojo.

Isabella sonrió sin pudor.

—Por aquel entonces yo no sabía hasta qué punto me iba a derretir por ti. —Se agachó para besarle en los labios—. Ahora lo único que quiero es seguir siendo tu mujer para siempre.

—Reconocí desde el principio esa pasión tuya que tantísimo te empeñabas en negar. Hasta cuando te arrodillabas para rezar, tus seductores ojos traslucían un deseo infinito que sólo esperaba a liberarse. Te quiero, Isabella.

A Isabella le brillaban los ojos de felicidad.

—Yo también te quiero, Edward. En cuanto te pongas mejor te voy a demostrar cuánto.

—Túmbate a mi lado —la apremió Edward, apartando las mantas—. Necesito abrazarte.

—No quiero hacerte daño.

—Todavía no puedo hacerte el amor como es debido; sólo quiero tenerte entre mis brazos.

La urgencia que había en su voz la empujó a decidirse. Se sentó con cuidado en el borde de la cama, preparándose para meterse junto a él.

—No, así no. Quítate la ropa.

—Edward… no creo que sea buena idea. Necesitas descansar.

Edward le echó una sonrisa perversa.

—Es una idea estupenda. Quiero sentir cómo se mueve mi hijo a mi lado mientras duermo.

Isabella no se resistió cuando él la desvistió amorosamente y le hizo sitio en la litera. Al rodear con su cuerpo magullado el cuerpo de ella, Edward se sintió recorrido por un renovado vigor; volvió a sentirse entero.