Ohaio Chicas!
La historia ha llegado a su fin. Mil gracias por seguir cada una de las aventuras de este singular y problemático romance. No tengo como pagarles su apoyo, solo atino a decirles ¡Gracias!
El argumento original pertenece a Connie Marson y se titula "En brazos del pirata".
Un besote y nos leemos abajo!
Matta ne!
Epílogo
Isla de Denali
1592
—¿No te parece espectacular, Edward? —suspiró Isabella mientras contemplaban cómo el sol se hundía lentamente bajo los destellos del agua. Isabella tenía la cabeza apoyada en el hombro de Edward y el cielo iba pasando de un naranja vivo a un dorado apagado y al malva, para desplegar luego un manto de deslumbrantes diamantes sobre el plácido mar que se extendía ante ellos.
—Todos los atardeceres me parecen espectaculares cuando estoy contigo —respondió Edward, abrazándola estrechamente—. ¿Te arrepientes de haberte venido a Denali conmigo?
—Me encanta este sitio —le respondió Isabella con aire soñador—. Es como siempre me he imaginado que sería el paraíso. Y el pueblo está creciendo a pasos agigantados. Elizabeth tiene un montón de niños con los que jugar. La hija de Emmett y Rosalie sólo tiene un año menos que nuestro hija, y Renalda está embarazada otra vez.
—¿Te ha molestado que Riley Biers se haya traído a Tanya a Denali? —quiso saber Edward—. Hombre, reconozco que fue una sorpresa enterarse de que la había conocido en uno de sus viajes y había perdido la cabeza por ella. ¿Quieres que la mande marcharse?
—Parece que están enamorados de verdad el uno del otro —concedió Isabella—. Mientras a Tanya no se le ocurra ponerte la vista encima, que sea bienvenida.
Edward se rió.
—De eso no tienes que preocuparte. El que está enamorado de verdad soy yo, y ella lo sabe. Pero creo que Tanya ha encontrado el verdadero amor en Riley.
Isabella asintió con la cabeza, volviendo sus pensamientos hacia el otro amigo.
—Me alegro de que hayas hecho a Emmett copropietario del negocio de la madera —dijo, perdiendo rápidamente el interés por Tanya—. Rosalie y él han sido unos amigos estupendos con nosotros durante estos años. ¿No te parece una ironía que dos hombres que odiaban todo lo forksense hayan acabado casados con dos de mujeres de Forks?
—Cosas más raras se han visto. Yo nunca pensé que pudiera estar feliz sin la cubierta de un barco bajo los pies —arguyó Edward—. Elizabeth y tú hacéis de cada día una aventura; ya no me siento arrastrado a vagar por los mares. ¿Qué tal lo has pasado con tu padre aquí de visita? Ayer me dio la impresión de que le costaba marcharse.
—Mucho. Ya sé que tú todavía no te sientes cómodo con él, pero lo ha pasado tan bien con su nieta que dice que piensa volver dentro de unos meses. La próxima vez se traerá con él a Dimitri y a Felix. La última vez que pasaron por casa le dijeron que tenían ganas de conocer a su sobrino.
—Tengo asumido el hecho de que tu padre y tus hermanos son parte de nuestras vidas.
—¿Y no lamentas, Edward, que te hayan prohibido acercarte a las costas de Volterra?
—Ni lo más mínimo —dijo él con vehemencia—. Algún día las estas islas estarán mucho más pobladas de lo que podamos imaginar. Han sido más o menos ignoradas desde que fueron descubiertas, pero estoy viendo que llegará un día en que habrá empujones por venir a este paraíso particular nuestro.
»A Volterra quizá podamos volver algún día, de visita. La reina se está ablandando. Biers me ha informado de que mandó preguntar en su oficina si yo estaba bien. Tengo la impresión de que nos daría la bienvenida a Volterra si quisiéramos volver.
Isabella arrugó la nariz.
—A mí no me gusta Volterra.
Edward soltó una carcajada.
—Y yo no soy bien recibido en Forks. Parece que tenemos lo mejor de los dos mundos aquí en Denali. ¿Volvemos a casa y rescatamos a nuestro hijo de manos de Zafrina? Lo mima demasiado.
Isabella le lanzó una sonrisa provocativa.
—Todavía no.
Le cogió la mano y lo llevó por la playa hasta un apretado grupo de palmeras a cuyos pies la hierba estaba espesa y mullida. Tiró de Edward para que se tumbara a su lado.
—¿En qué estás pensando, esposa?
—En que hace mucho que no hacemos el amor bajo el mecerse de las palmeras en una noche tan agradable como ésta. Hazme el amor, Edward.
En los ojos de Edward brilló un resplandor oscuro.
—A una invitación como ésa es difícil resistirse.
Sus labios buscaron los de Isabella, satisfaciéndose con el hambre gozosa de su respuesta. Había llovido mucho desde los tiempos en que era una niña asustada que no aspiraba en la vida más que a ser monja. La apretó contra el musgo; fue desvistiéndola despacio y luego se desvistió él. Se unieron en una pasión esplendorosa, con los cuerpos desnudos como recipientes sagrados a los que rendían culto con manos, labios y lenguas. Un grito ahogado de júbilo hizo que los dientes de Isabella se hundieran en el hombro de Edward mientras él la hacía suya apasionadamente.
—Dios mío, qué locura —jadeó Edward, sintiendo cómo el fuego de ella lo envolvía—. Te sigo deseando tanto como hace cinco años. Dulce monjita, me has tenido hechizado desde el momento en que te puse la vista encima.
—No hables, Edward. Cuando te tengo dentro de mí no puedo pensar con claridad. Sólo puedo sentir.
Él empujó con las caderas para meterse aún más adentro. Ella se arqueó hacia arriba, deleitándose en el hambre, la pasión desbocada y el creciente engrosamiento de Edward. Un arrebato profundo interrumpió la respiración y los pensamientos de Isabella, y la hizo gritar de placer.
Él le tapó la boca con la suya, sintiendo sus convulsiones alrededor de él. El frenesí del clímax de Isabella le hizo precipitarse hacia su propia tempestad, traspasado de una satisfacción absoluta.
Con sus bocas todavía pegadas la una a la otra, Edward se tumbó junto a ella. La envolvió en sus brazos mientras la última pulsación de placer lo recorría en un escalofrío.
—Puede que esta noche hayamos hecho un niño —le susurró a Isabella al oído. Intentó no sonar demasiado esperanzado, pero su hija tenía ya más de tres años, y en su opinión ya era hora de darle a Elizabeth un hermano o una hermana.
—Eso es imposible —le respondió Isabella, bien segura de lo que decía.
Edward intentó disimular su decepción. ¿Es que Isabella no quería tener otro hijo con él? Rosalie ya estaba esperando su segundo hijo.
—¿Por qué dices eso? ¿Cómo puedes estar tan segura?
Isabella le acarició la cara con una ternura exquisita. Luego le cogió la mano y se la pasó por su estómago plano.
—Es imposible que hayamos hecho un niño hoy porque estoy embarazada de tu segundo hijo.
Una lenta sonrisa curvó los labios de Edward.
—¿Estas segura?
—Todo lo segura que puedo estar.
—No recuerdo haber sido tan feliz nunca en mi vida.
—Ni yo tampoco —aseguró Isabella—. Vámonos a casa, mi amor, que nuestro hija nos está esperando.
Ohaio de nuevo!
Quiero regresarles un poco del amor y dedicación que han tenido para conmigo, por eso, les dare a elegir la historia que más les agrade, todas son sensacionales, pero subiré la que ustedes elijan.
1.- En lo bueno y malo.
Bella se enfadó cuando su abuelo le aconsejó que considerara la idea de casarse por conveniencia con Edward Cullen, un rico empresario italiano. Pero nada más verlo cambió de opinión... Para ella fue amor a primera vista, para él fue deseo instantáneo, así que decidieron poner la boda en marcha.
Los planes de Bella eran que, una vez que se encontraran en Italia, haría que su marido se enamorara de ella... No contaba con que él volviera con su amante. Por eso decidió abandonarlo; pero parecía que, con amante o sin ella, Edward no estaba dispuesto a dejar marchar a su flamante esposa...
2.- Contra marea.
Aquel matrimonio nunca había sido consumado… hasta ahora
Hacía ya ocho años que Bella se había visto obligada a casarse con Edward Cullen, pero siempre habían vivido separados y ni siquiera habían consumado el matrimonio.
Sin embargo, ahora Bella deseaba tener un hijo, por lo que quería pedirle el divorcio a Edward. Pero su respuesta fue rotunda: él era su marido y sería también el padre de su hijo.
Al principio Bella se negó a intentarlo siquiera; al fin y al cabo, Edward era un conocido donjuán. Pero entonces las circunstancias la empujaron a sus brazos y la hicieron cambiar de opinión…
3.- Dejarte ir.
Edward Cullen era el hombre ideal que toda mujer sueña encontrar algún día... Y, desde que Isabella Swan comenzó a trabajar para él como su secretaria personal, admiró la perfección masculina de ese hombre. Y él le había pedido que fuera su esposa!
Pero el suyo fue un matrimonio de conveniencia; Bella se convirtió en una más de sus posesiones. ¿Qué podia hacer ella si se había enamorado de Edward y él parecía estar más interesado en la bella Rosalie? ¿Encontraría Bella la felicidad al lado de Edward algún día?
