¡Hola, gente! Wow, no me lo puedo creer… 7 reviews en un solo capítulo, jeje… ¡estoy muy contenta! Muchas gracias a todos. Como siempre, los anónimos los contesto al final.
Bueno, aquí tenéis el tercer capítulo de mi fic. ¡Espero que os guste!
AVISO IMPORTANTE: estudio Medicina, pero todavía no se nada sobre pacientes en estado grave o crítico, ni de los cuidados que se les dan, ni del material que se usa con ellos. Ni tan siquiera se nada sobre el material que se usa en la UCI. Lo digo porque voy a usar varios elementos aquí que son de mi cosecha, que no se si se usan en ésta situación, que ni siquiera se si son así. Es decir: no creáis nada de lo que ponga que tenga que ver con el funcionamiento del hospital. Ni con las situaciones de los pacientes. xD ¿Queda claro?
DISCLAIMER: Los personajes y lugares que aparezcan en mi fic, excepto los doctores y enfermeras, no son de mi propiedad. Pertenecen a Disney. No obtengo ningún beneficio al escribir esta historia.¡A leer!
Recap:
- ¿Son la familia de Troy Bolton?
Todos se levantaron de un salto, y por un momento, el corazón de Gabriella dejó de latir.
- Doctor… - dijo Jack Bolton, con la voz ronca y la mirada desesperada. - Dígame… mi hijo…
El cirujano, un hombre de unos 50 años, de pelo blanco y rostro afable, levantó las manos implorando tranquilidad.
- Hemos conseguido estabilizarle. – dijo.
En la sala se oyó un coro de exclamaciones y suspiros de alivio, pero el doctor los detuvo con un gesto.
– Sin embargo, me temo que sigue en estado muy crítico.
La señora Bolton emitió un leve sollozo, y Gabriella sintió como si alguien o algo le impidiera respirar.
- Verán… - comenzó el doctor. – El muchacho llegó con varias hemorragias internas provocadas por varias fracturas de huesos, sobretodo de costillas. Las hemorragias están controladas, pero también presenta un traumatismo craneoencefálico severo.
- ¿Eso qué significa? – preguntó Chad con un hilo de voz.
Gabriella y Taylor, que habían hecho un trabajo juntas sobre traumatismos más comunes en accidentes de tráfico, se miraron abatidas.
- Significa que el golpe que se dio en la cabeza fue demasiado fuerte. – respondió el doctor, amablemente. – Está en coma.
- ¿Se pondrá bien? – preguntó Gabriella, con un hilo de voz, a pesar de que sabía la respuesta.
- Es probable, aunque no del todo seguro, que no vuelva a despertar. – respondió el doctor, quedamente. – Lo siento.
La señora Bolton escondió la cabeza en el pecho de su marido y sollozó, murmurando palabras ininteligibles. Jack Bolton se agarró a su esposa como si la vida le fuera en ello, con la mirada horrorizada clavada en la figura del doctor, que esperaba algo alejado para darles intimidad.
Chad miró al cirujano y se pasó la mano por los ojos, como si intentara averiguar cómo despertar de esa horrible pesadilla. Taylor, Zeke, Ryan y Jason se miraban entre ellos como atontados, sin poder creer lo que estaban oyendo.
Sharpay miraba al suelo mientras hacía círculos con el pie. Hacía parecer como si la cosa no fuera con ella, pero quien la observara más de cerca vería que de vez en cuando una pequeña lágrima surcaba su níveo rostro.
Gabriella, por su parte, no se movió. Sentía que su cuerpo no le respondía. Sus oídos le zumbaban, su vista estaba nublada, y, cuando habló, su voz no parecía la suya.
- ¿Podemos verle? – preguntó, la voz ronca, los ojos clavados en el hombre que acababa de quitarles casi todas las esperanzas.
El cirujano se estremeció ante esa mirada. Una mirada de animal herido, de angustia, de miedo, de dolor. La mirada de toda una mujer. Una mujer que ha conocido el profundo dolor con el que, a veces, la vida nos obsequia, que lo ha aceptado y lo ha hecho suyo.
El hombre se forzó a responder.
- Ahora mismo la doctora Susana Darrell está haciéndole unas pruebas. – dijo. – En cuanto termine, podrán verle, aunque… debo advertirles que verle en el estado en el que está requerirá mucha fuerza de ustedes.
Gabriella asintió levemente, pero siguió sin moverse. La señora Bolton seguía llorando en el pecho de su marido, y éste también había enterrado el rostro en el pelo de su esposa.
El cirujano se dio la vuelta para irse, pero se detuvo a medio camino y volvió a mirarles a todos.
- La doctora Darrell es una de las mejores neurólogas del país. – dijo, quedamente. – Si hay algo que se pueda hacer por Troy… ella lo hará.
Acto seguido, el hombre se marchó y cerró la puerta detrás de sí, dejando en la sala de espera un denso silencio roto, de vez en cuando, por los quedos sollozos de la señora Bolton.
Pasó una hora, y seguían en la misma sala de espera, esperando a que alguien los llamara para que fueran a ver a Troy. Kelsie, que había sido avisada por su novio Jason, se encontraba ahora con ellos. Había llegado hacía media hora, y Jason, en susurros, le había explicado la situación. Desde entonces, la chica, horriblemente pálida, se encontraba sentada al lado de Gabriella, sujetando una de las manos de la morena entre las suyas.
Por la ventana veían cómo se oscurecía el ambiente poco a poco, aunque aún era temprano como para hacerse de noche. Unos truenos lejanos presagiaban tormenta, pero ninguna muestra de poder por parte de la naturaleza rivalizaría jamás con la tempestad que asolaba el corazón de Gabriella.
De pronto, la puerta se abrió, y Taylor, que dormitaba con la cabeza apoyada en el hombro de Chad, despertó sobresaltada.
Una mujer de unos 30 años, de pelo rizado y rojizo y ojos verde oscuro, entró en la sala. Llevaba una bata de médico y un bloc entre las manos, e iba acompañada de dos enfermeras. Su mirada era profunda e inteligente, y su expresión era dulce.
- ¿Troy Bolton? – preguntó suavemente, y sus palabras denotaron un leve acento hispano.
En un santiamén, todos la rodaron.
- ¿Todos ustedes? – se asombró, y miró su bloc. – Bien…
- ¿Cómo está? – preguntó el señor Bolton ansiosamente.
- Quiero ver a mi hijo. – pidió la señora Bolton.
Y todos empezaron a hablar a la vez, pidiendo ver a Troy y exigiendo información sobre su estado.
La doctora levantó las manos rogando silencio.
- Tranquilícense o no podré explicarles. – dijo, con voz serena.
La sala quedó en silencio.
- Soy la doctora Susana Darrell. – se presentó. – Y he sido asignada para el caso de Troy.
Todos la saludaron con una inclinación rápida de cabeza, mostrando su impaciencia y su ansia por saber cómo estaba Troy.
- Ante todo, primero quiero decirles que tengan esperanza. – dijo la doctora, con voz suave. – La habrá, hasta el último momento.
Los ojos de Gabriella se llenaron de lágrimas, y la doctora la miró comprensiva.
- En cuanto a Troy, le he hecho unas pruebas neurológicas, y… bueno… - la doctora se interrumpió, no sabiendo como dar la noticia. – Me temo que los resultados no han sido muy buenos. Troy no tiene actividad cerebral.
- ¿Qué quiere decir con eso? – intervino el señor Bolton, sintiéndose impotente y frustrado. - ¿Qué es lo que le ocurre¡Díganos algo claro, por el amor de Dios¡Es de mi hijo de quien estamos hablando!
- Tranquilícese, señor Bolton. – intervino una de las enfermeras, de mala manera y con voz severa. – Enseguida la doctora le explicará.
Susana Darrell le lanzó a la enfermera una dura mirada para que no volviera a intervenir. Había que comprender por todo lo que estaban pasando las personas que tantas horas llevaban en esa sala de espera, y a las que solo les llegaban malas noticias sobre su ser querido.
Se volvió hacia Jack Bolton y su esposa.
- Que no haya actividad cerebral significa que el organismo de Troy es incapaz de funcionar por sí mismo, y necesita de máquinas para seguir con vida. – explicó, suavemente.
Kelsie, Gabriella y la señora Bolton sollozaron ante esas palabras.
- ¿Está usted diciendo – comenzó el señor Bolton, con voz temblorosa. – que si le quitan esa máquina… mi hijo morirá?
La doctora Darrell afirmó levemente con la cabeza, y ese simple gesto cayó como una losa sobre todos los presentes en esa sala. Gabriella luchó contra las lágrimas que pugnaban por salir.
- ¿Puede recuperar la actividad cerebral? – preguntó quedamente.
La doctora se volvió hacia ella, con expresión pensativa.
- Depende de la situación en la que se encuentre Troy. – respondió. – Hay dos posibilidades. La primera es que el cerebro de Troy se encuentre en un estado de reinicio, como un ordenador que ante un fallo se apaga y tras unos minutos se vuelve a encender.
La doctora miró las caras de todos, asegurándose que entendían lo que les estaba diciendo.
- La segunda posibilidad – continuó. – es que el golpe haya provocado una muerte cerebral, y que no pueda recuperarse, por lo que habría que certificar el fallecimiento de Troy. Me temo que ésta opción es la más posible. Pero la primera también es factible, por supuesto.
- ¿Y cómo sabemos en qué posibilidad nos encontramos? – preguntó Chad, con voz temblorosa.
- Si nos encontramos en la primera opción – contestó la doctora. – el cerebro de Troy reaccionará de aquí a 24 horas. Esperaremos 48 horas solo para estar seguros. He conectado a Troy un aparato que mostrará en cada momento la lectura de la actividad cerebral. En el momento en que haya algo, por mínimo que sea, sabremos que estamos en la primera opción.
- ¿Y si estamos en la segunda? – musitó el señor Bolton, temblando levemente y sujetando a su mujer, a la que le fallaban las piernas.
La doctora suspiró.
- Si estamos en la segunda, entonces no habrá posibilidad de curación por mucho tiempo que pase. Troy estará técnicamente muerto. Cuando terminen las 48 horas, si no ha reaccionado, habrá que desconectarle de la máquina.
- ¿Morirá? – preguntó Kelsie con un hilo de voz.
- Si estamos en la segunda opción – dijo la doctora, con voz triste. – es que Troy ya está muerto. Desconectarlo será una simple formalidad.
La señora Bolton se soltó de su marido y caminó hacia la doctora.
- Quiero ver a mi hijo. – dijo con voz temblorosa.
La doctora asintió.
- Está en la sala post-operatoria. – dijo. – Allí no está permitido el paso, pero pueden verlo a través de un cristal. Necesitamos su firma para poder subirle a la UCI, donde le vigilaremos estrechamente y donde ustedes podrán estar con él.
Jack Bolton asintió y tomó el papel y el bolígrafo que la doctora les tendía. Rápidamente, firmó donde se le exigía y se lo devolvió a la mujer, que se lo entregó a una de las enfermeras para que lo llevara al lugar donde correspondiera.
Susana Darrell se volvió hacia ellos.
- No pueden venir todos a la vez. – musitó. – Máximo cuatro personas.
Los señores Bolton dieron un paso al frente. Todos los amigos se miraron, decidiendo quién iría con ellos. Era una decisión lógica.
Ryan y Kelsi dieron un leve empujón a Gabriella, susurrándole que fuera ella, que era la que más derecho tenía. Seguidamente, hicieron lo mismo con Chad. El primer grupo estaba completo.
Cuando Gabriella salió, tras los señores Bolton y la doctora, y con Chad tras ella, se estremeció. Intentó concienciarse de lo que iba a ver. Troy, el alegre, valiente, divertido, cariñoso Troy, conectado a un millón de cables y agujas que lo mantenían vivo. Un Troy malherido, inerte, apenas vivo.
Gabriella se encaminaba a ver cómo Troy, su Troy, el amor de su vida, se tambaleaba entre una débil línea.
La línea que separa la vida… de la muerte.
Bueno, espero que os haya gustado. Como he prometido, contesto reviews:
Liseth: ¡Gracias! Espero que te siga gustando. ;-)
¡Hasta la próxima!
Gelen: ¡Jajaja! No te comas las uñas de los pies, que aquí tienes, jeje… pues nada, gracias por el review y por leer, nos vemos en el siguiente capítulo. ;-)
LaPamzhazUl: ¡Gracias por escribir! Aquí tienes el siguiente. ¡Espero que te guste¡Hasta el próximo:-)
Mafercita: ¡Gracias! Aquí tienes el siguiente, espero verte también por aquí. ;-)
¡Besos!
Mina: ¡Gracias por darle al go! Nos vemos en el próximo capítulo. Espero que te guste. Ciao! ;-)
