¡Hola, gente!

Primero, quería daros las gracias a todos por el apoyo que me estáis dando con los reviews, significa mucho para mí, de verdad. Estoy muy contenta.

Segundo, los anónimos, como ya sabéis, al final.

Tercero y último… aquí tenéis el cuarto capítulo.

¡Espero que os guste!

¡A leer!


- ¡Oh, Dios mío! – sollozó la señora Bolton, y su cuerpo sufrió tal sacudida de dolor y angustia que tuvo que ser sujetada por su marido para que no cayera al suelo.

Gabriella, sintiendo la respiración pesada y agitada de Chad en su nuca, simplemente se quedó mirando la imagen ante ella con la mente completamente en blanco.

- Mi hijo… - susurraba la señora Bolton sin dejar de sollozar, con la mano puesta en el cristal a través del cual veían a Troy. – Mi pequeño… mi niño…

El señor Bolton, tras comprobar que su esposa se sujetaba por sí misma, se llevó las manos a la cabeza y, simplemente, se quedó mirando fijamente hacia el interior de la sala postoperatoria, con los ojos muy abiertos y con la mirada nublada.

La doctora Darrell esperaba a unos metros de ellos, dejándoles intimidad.

Al cabo de unos segundos, Chad se acercó al cristal caminando como si cada paso le costara una vida, y, apoyando la frente en él, comenzó a agitarse en silenciosos sollozos y palabras ininteligibles.

Y entonces, y como si súbitamente su cerebro hubiera comprendido lo que contemplaban sus ojos, Gabriella reaccionó.

Con un gemido ahogado se llevó las manos al pecho. Sentía un agujero terrible, repleto de miedo, dolor, angustia, muerte. Comenzó a jadear. Sus pulmones le dolían como si estuvieran repletos de agujas, y su cuerpo temblaba tan fuerte que le castañeteaban los dientes. Sentía como su alma se apagaba a cada momento que observaba la escena ante ella.

Al cabo de unos segundos, sintió que le faltaba el aire y que la vista se le nublaba, y lo siguiente que supo fue que estaba tumbada en el suelo siendo atendida por la doctora Darrell y rodeada por sus tres acompañantes, que la miraban preocupados.

- ¿Se encuentra bien, señorita? – preguntó la doctora, tomándole el pulso.

Gabriella no contestó, y miró al techo, sin expresión alguna en el rostro.

- ¿Gabriella? – preguntó Chad, agachándose y cogiéndola de la mano. – Anda, no me asustes.

Ante el tono preocupado y las palabras de su amigo, Gabriella lo miró, todavía sin expresión.

- Chad… - susurró. – Oh, Chad… me siento como si estuviera muerta…

- No digas tonterías. – murmuró Chad, oprimiendo su mano. – Estás vivita y coleando, igual que todos nosotros.

- No todos. – susurró Gabriella, en voz tan baja que solo la doctora y Chad pudieron escucharla.

- No digas eso. – susurró Chad a su vez, con los ojos llenos de lágrimas. – No digas eso, Gabby. Tienes que ser fuerte y pensar que todo va a ir bien. Mi abuela me dijo una vez que lo mejor en estos casos es un gran acumulo de energía positiva y de optimismo. Nosotros podemos ayudar a Troy, Gabby. Tenemos que creer en él, y en que se recuperará.

Gabriella volvió a mirar al techo. Ahora mismo, esas palabras no significaban nada para ella. Se sentía tan vacía… sentía como si Troy ya se hubiese ido, como si ya no fuera a verle más, a hablar con él, a besarle, aspirar su aroma, abrazarle, acariciarle, perderse en su preciosa mirada, enterrar las manos en su pelo, amarle como siempre había hecho.

Ni a disculparse y hacerle olvidar lo tonta que había sido esos últimos días.

- Gabriella… - la madre de Troy se inclinó junto a ella. – Por favor… por favor, no te desmorones todavía… no creo poder aguantarlo si tú no te mantienes fuerte… si no nos mantenemos fuertes la una a la otra. Se cuánto amas a mi hijo, Gabriella. Pero a él le gustaría que mantuviéramos la esperanza hasta el final. Sabes que él es un optimista nato…

Los ojos de la madre de Troy se llenaron de lágrimas, y no pudo seguir hablando. Gabriella, por su parte, asintió y se incorporó, ayudada por la doctora Darrell, que la miraba con los ojos verdes llenos de tristeza y comprensión.

- Volvamos. – dijo la madre de Troy. – El resto de amigos de mi hijo querrán venir también.

- ¿Cuándo lo subirán a la UCI? – preguntó Jack Bolton, con voz tenue.

- En cuanto los demás hayan venido. – contestó la doctora. – En la UCI solo permitimos que haya cuatro personas en las habitaciones, así que muchos de ellos no podrán quedarse. Porque asumo que ese grupo de cuatro serán ustedes mismos.

La señora Bolton asintió levemente.

- No quiero molestar, señora Bolton. – susurró Chad con la mirada baja.

La aludida se acercó a él y lo abrazó cariñosamente.

- Chad… - murmuró. – Eres como un hijo para mí, y por supuesto, para Troy eres más que su mejor amigo. Eres su hermano. Cielo, jamás podrías molestar. A él le gustará que estés ahí dándole ánimos.

Gabriella, que seguía observando sin expresión, como si la cosa no fuera con ella, se abrazó a sí misma con los brazos conteniendo un escalofrío.

- Volvamos. – pidió Jack Bolton, con voz cansada.

Los señores Bolton y Chad comenzaron a caminar siguiendo a la doctora. Gabriella, por su parte, se volvió una vez más hacia el cristal y apoyó la mano en él, como si así pudiera transmitir a Troy que ella estaba allí, con él. Tras unos momentos, apoyó también la frente, como había hecho Chad, y suspiró.

- Te amo, Troy. – susurró.

Y tras una última mirada, se dio la vuelta y se alejó en pos del resto del grupo. Pero en su mente, cansada y dolorida, seguía presente la imagen que dejaba atrás, entremezclándose con los fuertes truenos que resonaban sobre su cabeza, afuera en la calle. Pero ninguna tormenta, ciclón o huracán era capaz de provocar en el alma de Gabriella lo que provocaba la imagen de la sala postoperatoria.

Troy, magullado. Lleno de arañazos, cortes, moratones y vendas. Pálido como un cadáver, con los labios ligeramente amoratados, su pelo rubio ceniza manchado de sangre y suciedad.

Agujas saliendo de sus brazos, un gran tubo bajando por su garganta. Conectado a varias máquinas que controlaban sus constantes vitales, insuflaban aire en sus pulmones y ayudaban a su corazón a seguir latiendo.

Y cuanto más resurgía esa imagen en la mente de Gabriella, más perdida se sentía. Más sola, impotente, asustada, dolorida.

Sin vida.


Al cabo de media hora, ya todos los amigos habían visto a Troy. Kelsie había tenido que ser atendida por el desmayo que le había sobrevenido y el ataque de ansiedad de después. La tímida chica, sensible como nadie más lo era, no había podido soportar ver a su amigo de esa forma. Jason la había acompañado a casa, para que descansara.

Cuando la doctora vino para decir que Troy ya se encontraba en la UCI, los demás también se despidieron. Zeke y Ryan prometieron volver al día siguiente para ver cómo iban las cosas, y Sharpay simplemente salió de la sala de espera sin decir nada ni mirar a nadie.

- Creo que debería llamar a mi madre. – susurró Gabriella a la señora Bolton. – Estará preocupada.

La señora Bolton asintió, y Chad se dispuso a acompañar a su amiga, ya que él también tenía que avisar a sus padres.

Las enfermeras les informaron tanto de la habitación en la que estaba Troy como de la ubicación de los teléfonos públicos, y Chad y Gabriella se dirigieron lentamente hacia éstos últimos.

Gabriella fue la primera en llamar. Esperó tres tonos completos, hasta que su madre cogió el teléfono.

- ¿Diga? – preguntó, sin resuello y con voz preocupada.

- ¿Mamá? – dijo Gabriella. – Soy yo.

- ¡Gabby! – exclamó la señora Montez. – Pero¿dónde te has metido¡Estaba muy preocupada por ti¡Tu móvil está apagado, y…!

- Mamá, cálmate. – la cortó Gabriella. – No he podido llamar antes. Estoy en el hospital.

- ¿Ho-hospital? – jadeó su madre. – Dios mío¿estás bien¿Te ha ocurrido algo?

- No, mamá, tranquilízate. – contestó Gabriella rápidamente, conteniendo las lágrimas que se afanaban por llegar a sus ojos. – Yo estoy bien.

- ¿Entonces? – preguntó su madre, confundida.

- Mamá… - Gabriella sollozó, preocupando aún más a su madre.

- ¿Gabby? – preguntó. – Gabby¿qué ocurre?

Entre sollozos, Gabriella pudo decir una sola palabra.

- T-Troy…

- ¡¿Troy?! – exclamó la señora Montez. – Oh, Dios¿qué le ocurre¿Qué ha pasado¿Gabby¿¿Gabby??

Viendo la imposibilidad de contestar a la que se enfrentaba su amiga, Chad cogió el teléfono.

- ¿Señora Montez? – dijo. – Soy Chad, el mejor amigo de Troy.

- Chad… - dijo la madre de Gabriella. – Por favor, cuéntame qué ha pasado…

- Troy tuvo un accidente con el coche. – contestó, con voz temblorosa. – Un camionero se saltó un semáforo y se lo llevó por delante.

- ¡Dios santo! – exclamó la señora Montez. - ¿Está bien?

- N-no… - contestó Chad. – La cosa no pinta nada bien, señora Montez. Troy está en coma, y si en 48 horas no despierta… le habremos perdido.

Chad la oyó sollozar. Muchas veces Gabriella le había contado lo bien que se llevaban Troy y su madre, y lo que ésta había llegado a querer al muchacho.

- ¿Gabriella? – susurró a su amiga. - ¿Puedes hablar ya?

Gabriella asintió, secándose las lágrimas con el dorso de la mano, y volvió a coger el teléfono.

- ¿Mamá? – llamó.

- Oh, Gabby… - sollozó su madre. – Voy para allá.

- N-no, mamá. – dijo Gabriella. – No puedes ahora, es tarde, y hasta mañana no se admiten visitas.

La señora Bolton simplemente sollozó.

- A mí me permiten quedarme, mamá. – la informó su hija. – Así que no me esperes¿de acuerdo?

- Vale. – contestó su madre. – Mañana me pasaré por ahí. Da un gran abrazo a los señores Bolton de mi parte.

- De acuerdo.

- Y… Gabby… - llamó su madre una vez más.

- ¿Si? – preguntó Gabriella.

- Ánimo, hija. Te quiero.

Los ojos de Gabriella volvieron a llenarse de lágrimas.

- Gracias, mamá, yo también. – susurró, y colgó el teléfono.

Gabriella esperó hasta que Chad hubo llamado a sus padres, que se mostraron devastados ante las noticias que les contó su hijo. Para ellos, Troy también era como un hijo, igual que Chad lo era para los señores Bolton. Era de entender, ya que ambos se habían criado juntos, habían crecido juntos, se habían convertido en lo que ahora eran juntos. Y los cuatro adultos habían observado todo ese proceso, sintiéndose orgullosos no solo de su propio hijo, sino también del otro. Eran todos una gran familia.

Por fin, Gabriella y Chad entraron en la habitación en la que habían puesto a Troy, ésta vez preparándose mentalmente para lo que iban a ver.

Los señores Bolton, ambos con lágrimas en los ojos, estaban sentados en dos pequeños sillones al lado de la pequeña ventana de la que disponía la habitación. Ésta contaba, a parte de con los dos sillones y la ventana, con un par de sillas, una pequeña televisión y un baño de proporciones enanas. Toda una habitación de hospital, pensaba Gabriella.

Y en el centro de ella, en una pequeña cama y rodeado de un montón de máquinas y cables, estaba él. Y de cerca se le veía aún más horrible. Gabriella y Chad se acercaron a lentamente.

Ella cogió su mano. Estaba helada. La oprimió levemente, intentando calentársela, mientras observaba su inmóvil y magullado rostro. Dios, entre tanto corte y hematoma apenas era reconocible…

Chad oprimió su hombro por detrás de ella, con mano temblorosa, y Gabriella se apoyó en él, sin soltar la mano de Troy.

Tras un par de minutos, entró la doctora Darrell, portando en sus brazos otra máquina, más pequeña, con un montón de botones.

- Disculpen, chicos. – dijo, mirando a Chad y Gabriella. – Me temo que tendrán que apartarse hasta que le coloque esto.

- ¿Qué es? – preguntó Gabriella débilmente, mientras ella y Chad se apartaban.

- Un aparato que controlará su actividad cerebral. – contestó, mientras conectaba la máquina y la calibraba. – Es de lo más sensible. Si hay algo, esto lo verá y mandará un mensaje a mi busca.

Todos observaron como ponía varios electrodos en la inmóvil cabeza de Troy, y el aparatito empezó a zumbar y a emitir en una pequeña pantallita unas líneas que estaban completamente horizontales.

- Por ahora, nada ha cambiado. – suspiró la doctora, observándolas.

Tras unos momentos en que la doctora ajustó alguno de los demás aparatos, la mujer se dispuso a marcharse.

- Doctora… - llamó Gabriella.

- ¿Si? – contestó ella amablemente, mientras se volvía hacia la morena.

- ¿Cree usted que él puede oírnos?

La doctora Darrell suspiró y sacudió la cabeza.

- Me temo que no, cariño. – dijo suavemente. – No tiene actividad cerebral, por lo tanto no oye.

Gabriella asintió con la cabeza.

- De todas formas yo le voy a hablar. – murmuró. – Por si acaso.

La doctora esbozó una leve sonrisa y afirmó con la cabeza.

- Por si acaso. – dijo, y dándose la vuelta, se marchó.

Chad, mientras tanto, se había sentado en una de las sillas, al lado del señor Bolton. Señaló a Gabriella la otra silla para que se sentara, al lado de la señora Bolton, pero ella negó con la cabeza. En vez de sentarse, cogió la silla y la llevó junto a la cama de Troy.

Allí se sentó, agarrando la mano del muchacho, y se inclinó sobre él.

- Te quiero, Troy. – murmuró en su oído, rozando cariñosamente su nariz contra la fría mejilla del muchacho.

Y los minutos pasaban, y cada uno de ellos era un minuto menos de esperanza para las cuatro personas que se encontraban en esa habitación.

Pues las líneas en las que se apoyaba la vida de Troy, esas líneas que debían cambiar en las próximas 48 horas, seguían siendo completa y absolutamente horizontales.


Bueno, hasta aquí hemos llegado hoy. Espero que os haya gustado. Contesto anónimos:

LapamzhazUl: ¡Muchísimas gracias¿De verdad te parezco una gran escritora? Uf, es un grandísimo honor que alguien me diga eso, de verdad, muchas gracias. Lo cierto es que me encanta escribir, aunque no lo haga del todo bien.
Gracias por tu review, y aquí tienes el cuarto. Espero que te haya gustado.
¡Besos! Ciao!

Gelen: Tendrás que seguir leyendo para ver si Troy sale de ésta o no. ;-)
Espero que te haya gustado el capítulo.
¡Nos vemos en el siguiente!
Ciao! Y gracias por el review.

Mina¡Jajajaja! Bueno, no puedo prometerte que no habrá retrasos, pero puedo prometerte que procuraré no retrasarme. Gracias por el review, y aquí tienes el cuarto, ya me dirás qué te parece.
Venga, un besazo, y hasta el próximo capítulo.
Ciao:-)