¡Hola, chicos¡Pero cuánto tiempo! Lo siento mucho, es que estoy de exámenes y estoy agobiadísima. Pero he hecho hueco para subiros este capítulo, que ya lo tenía escrito mucho tiempo. Y ya era hora.

No estoy muy contenta con como me ha quedado, pero bueno, vosotros sois los que juzgáis. Ya me contaréis.

Saludos a LaPamzhazUl, que no me ha dejado correo, al igual que Vanessa y Kuky. Por cierto, Kuky, me emocioné un montón cuando me dijiste que habías leído mi fic 10 veces... fue como: "Oh, Dios mío..."... xD

¡Un abrazo a todos!


Desde aquí, mis mejores deseos para Zac Efron, quien acaba de ser operado de urgencia en Los Ángeles por un ataque agudo de apendicitis.

¡Ponte bien pronto, Zac!

Get well soon, Zac!


Hacía una semana que Troy había despertado del coma.

Desde ese primer día, el muchacho había luchado por recuperar parte de su fuerza y vitalidad. Y lo había conseguido. Un par de días después de despertar, había logrado que la doctora Darrell y Sylvia Thomas, la fisioterapeuta, le dejaran sentarse en la cama por sí mismo, sin almohadones ni nada en lo que apoyarse. Cuatro días después, la fisioterapeuta decidió que estaba listo para las pruebas físicas. Esas pruebas que, por supuesto, le habían proporcionado las respuestas que no quería oír.

Era cierto. Troy Bolton, el muchacho con mayor vitalidad del East High, renombrado capitán de los Wildcats y deportista nato, se había despertado sin recordar ni tan siquiera como dar un simple paso hacia adelante. A Troy se le había caído el mundo encima, aunque lo había ocultado bien bajo un manto de optimismo e indiferencia destinados a animar las caras largas y preocupadas que habían dejado las noticias en sus familiares y amigos.

Según la doctora Thomas, Troy estaba haciendo muchísimos progresos. Tal vez se debiera a que al muchacho le gustaban tanto los hospitales como a su padre. Troy era uno de esos muchachos que no soportaban estar encerrados y confinados en un mismo sitio demasiado tiempo. Para él, el aire libre era imprescindible para mantener su ánimo alto, y una pequeña y sosa habitación de hospital no era su hábitat ideal. Comenzaba a sentirse frustrado y desanimado, aunque su madre abriera las cortinas de par en par e incluso aunque su padre le trajera comida de su restaurante italiano favorito sin que los médicos se enteraran, esa que siempre conseguía poner una sonrisa de pura felicidad en su rostro.

Troy tampoco soportaba la rutina. Hacer todos los días las mismas cosas, sin excepción, no era algo a lo que el muchacho estuviera acostumbrado.

Y es que todos los días, sin excepción, se despertaba hacia las nueve de la mañana, cuando la enfermera entraba para obligarle a ingerir un mal llamado "desayuno" que según ella era muy nutritivo y restablecedor. Troy lo llamaba "defecaciones trituradas" o "asqueroso puré de vómito".

Tras conseguir tragar esa cosa (después de muchas arcadas y riñas de su madre diciéndole que se estaba comportando como un niño de cinco años), Susana Darrell venía a hacerle un pequeño reconocimiento para observar sus progresos. A Troy le gustaba la doctora Darrell. Era una mujer con un gran sentido del humor, y siempre conseguía poner una sonrisa en las grises mañanas del muchacho.

Acto seguido, venía Sylvia, la fisioterapeuta. Era una mujer que tenía más o menos la edad de su madre, de rostro afable, aunque con gesto estricto, pelo negro azulado y ojos verdes oscuros. Troy la apreciaba, aunque a veces creía odiarla debido a que la mujer lo obligaba a hacer un montón de agotadores ejercicios destinados a fortalecer sus músculos tras el tiempo de inactividad. Troy no entendía cómo podían agotarlo tanto unos ejercicios que se hacían en la cama. En la cama, por el amor de Dios. Ni que estuviera corriendo una maratón. Y por si eso fuera poco, los ejercicios dejaban su cuerpo dolorido. Tanto, que a veces necesitaba una alta dosis de calmantes para ser capaz de mantenerse cuerdo. Después de que Sylvia se fuera tras dos largas horas de horror, Troy tenía media hora para comer (otra papilla horripilante, normalmente de color verde) y otra media hora de descanso antes de que llegara la psicóloga. Una media hora que la pasaba, sin excepción, dormido. Su cuerpo quedaba tan sumamente cansado tras las dos horas de rehabilitación que apenas podía mantener los ojos abiertos cuando al fin lo dejaban descansar.

Martha, la psicóloga, era la que peor caía a Troy. Todas esas frases hechas…

"No debes hundirte, Troy".

"Al menos lo tuyo tiene solución".

"Piensa en esos pobres pacientes que tienen que quedarse en silla de ruedas toda la vida".

"¿Por qué no te abres un poco conmigo?".

"No te desanimes. Piensa que lo vas a conseguir".

"Oportunidades en la vida hay muchas".

"No es bueno que te guardes lo que sientes para ti mismo".

"Deberías desahogarte un poco. ¿No te apetece llorar, gritar, patalear…?".

Esa última había sido esa misma mañana. Si esa mujer, con su pelo canoso, sus pequeños ojos negros y su gesto falso pensaba que se iba a desahogar con ella, iba lista.

Además, Troy no era un muchacho que se desahogase normalmente. Prefería ahogar y esconder los sentimientos dentro de él antes que perder el tiempo en llorar las penas, y menos con nadie delante. De hecho, Troy solo había llorado delante de alguien dos veces. Una, en Lava Spring con Sharpay cuando Gabriella rompió con él por primera vez. Otra, con Gabriella la segunda vez que ésta rompió con él.

Era irónico… ambas veces habían sido debido a Gabriella.

Gabriella…

La muchacha no había vuelto al hospital desde el día que Troy despertó.

Cuando Sharpay se marchó aquél primer día, sus amigos le contaron a Troy lo que la presidenta del club de drama le había dicho a Gabriella sobre el accidente. El muchacho se enfadó tanto que la doctora Darrell tuvo que sedarlo preocupada por si, con su agitación, se hacía daño.

Y cuando los sedantes permitieron que Troy dejara las bellas playas blancas y desiertas del caribe y volviera a su propio yo, el muchacho tuvo una charla con Ryan Evans.

FLASH BACK:

Troy descansaba de nuevo sobre unos almohadones, con el ceño fruncido y gesto enfadado.

Cuando había despertado, solo su padre se encontraba junto a él. Habían conectado sus miradas, y con esa simple mirada Troy supo que Gabriella se había ido. Y que no había vuelto.

Y Troy maldijo a Sharpay Evans mil veces.

¿Qué derecho tenía ella a meterse así en su vida¿Qué derecho tenía ella a culpar a nadie de algo que le había ocurrido a él, y solo a él? Su accidente no la incumbía a ella. Nadie tenía derecho a hablar por él, ni mucho menos. Y menos aún para culpar a la persona más importante en su vida.

Troy se decidió. Iba a tener unas palabras con la reina de hielo del East High en ese mismo instante. Y pidió a su padre que llamara a Sharpay y la mandara a su habitación.

Y ahí estaba él, esperando a Sharpay Evans para dejarle claras unas cuantas cosas, con las mejillas rojas por la rabia y la adrenalina aliviando el pulsante dolor de su cuerpo.

Tocaron a la puerta, y acto seguido ésta se abrió con un chasquido. Troy se volvió hacia ella esperando ver el pelo rubio y largo de la presidenta del club de drama, pero en su lugar se encontró con el hermano de ésta.

- Ryan. – saludó Troy bruscamente. – ¿Y tu hermana? He mandado a mi padre a llamarla a ella, no a ti.

- Lo se. – dijo Ryan. – Tu padre vino a la sala de espera a buscarla. Pero mi hermana no vendrá, así que he venido yo en su lugar.

- Si no viene, yo mismo iré a buscarla aunque sea arrastrándome. – dijo Troy, decidido, apartando las mantas de su cuerpo.

Ryan se apresuró a sujetarlo, y debido a la debilidad de Troy no le costó mucho esfuerzo.

- Troy, escúchame. – rogó. – Sharpay se ha ido a casa. No está aquí.

Troy dejó de forcejear con un gesto de dolor y comenzó a frotarse los muchos cardenales de su cuerpo, sin mirar a Ryan a los ojos.

- Será cobarde… - murmuró.

- Pero yo sí quiero hablar contigo. – añadió Ryan. – Por favor.

- No te atrevas a disculpar lo que dijo tu hermana, Ry. – le advirtió Troy con una mirada enfurecida en su dirección. – No te atrevas. No esta vez.

- No disculpo lo que dijo. – le aseguró Ryan, molesto y dolido. – Sabes perfectamente que soy capaz de discernir cuando mi hermana hace algo bien y cuando lo hace mal.

- Bien. – gruñó Troy, cruzándose de brazos y haciendo un gesto de dolor al tocar su pecho debido al par de costillas rotas que tenía.

- Pero quiero que sepas que lo que hizo tiene explicación. – afirmó Ryan con una mirada profunda. – No me gustaría que te precipitaras en juzgarla.

Troy rió amargamente, y Ryan lo miró asombrado. Dios, estaba realmente enfadado. Esa mirada tan dura, ese gesto rabioso… no era para nada normal en Troy.

- ¿Explicación? – rió de nuevo el muchacho. - ¿Crees que decirle algo así a quien supuestamente es su amiga tiene explicación?

- En este caso sí. – aseguró Ryan con voz firme. – Troy, tú sabes que Gabriella es muy importante para Sharpay.

- No, no lo se. – dijo Troy duramente. Nunca había estado tan enfadado, – Si así fuera, no le habría dicho esas cosas. Lo único que se es que pensaba que Sharpay había cambiado, pero ya veo que sigue siendo la misma "señorita-que-está-por-encima-de-los-demás". Sharpay sigue preocupándose solo por sí misma.

Ryan se levantó, súbitamente rabioso, y tomó a Troy por el cuello de su bata de hospital. Troy, ante la dureza del movimiento, gimió de dolor y miró a Ryan sorprendido.

- No sabes nada. – siseó Ryan, con su cara muy cerca de la de Troy. El muchacho no entendía nada, no entendía por lo que su hermana estaba pasando. No tenía derecho a decir esas cosas sobre ella. – Nada en absoluto. Tú no la conoces. No te atrevas a juzgarla.

Al advertir el gesto de profundo dolor de Troy, Ryan lo soltó suavemente.

- Lo siento. – murmuró.

Troy guardó silencio unos instantes, respirando entrecortadamente y con la cara tensa en un rictus de dolor.

- ¿Estás bien? – murmuró Ryan con una mirada culpable, apartando los almohadones y ayudándolo a tumbarse de forma más cómoda.

Troy asintió, tembloroso.

- Dame unos momentos. – susurró con voz tensa, cerrando los ojos para esperar a que el dolor se atenuara.

Tras un minuto, Troy volvió a abrir los ojos, siendo su respiración normal de nuevo.

- Lo siento, Troy. – volvió a repetir Ryan, mordiéndose el labio inferior. – No debería haberte zarandeado así. Soy un estúpido.

Troy negó con la cabeza.

- No. – dijo, mucho más calmado. – Tenías tus razones para hacerlo. Al fin y al cabo, Sharpay es tu hermana. De hecho, era lo que necesitaba en este momento que hicieras. No me gusta enfadarme así…

Ryan bajó la mirada.

- Aún así. – susurró. – Podría haberte hecho muchísimo daño, me he comportado como un completo idiota.

- No te preocupes, de verdad. – dijo Troy cansadamente. – Pero explícamelo, Ry. Explícame por qué Sharpay dijo esas cosas, según tú.

Ryan volvió a morderse el labio inferior, dubitativo.

- No me corresponde a mí contártelo. – respondió suavemente.

- Explícamelo. – rogó Troy. – Antes de que me encuentre a tu hermana y diga cosas de las que luego me pueda arrepentir.

- Pero seguro que tú ya lo sabes. – dijo Ryan, entornando los ojos. – No necesitas que te lo cuente.

Troy lo miró sin comprender.

- ¿Pero es que no te has dado cuenta? – preguntó Ryan incrédulo.

- ¿De… de qué? – preguntó Troy a su vez, algo desconcertado.

Ryan se levantó y caminó hacia la puerta, ignorando la exclamación de protesta de Troy. Al llegar a la puerta, alargó la mano hacia el pomo, pero se detuvo, dudando.

Al final, volvió la cabeza hacia Troy y suspiró.

- Está enamorada de ti. – murmuró, conectando sus ojos color avellana con los azul hielo de Troy, que ante esa afirmación se abrieron como platos. – Y por mucho que lo intenta, y por mucho que quiera la felicidad de Gabriella y, sobretodo, la tuya, no consigue dejarte ir. Cuando ocurrió lo de tu accidente, Sharpay estaba sufriendo tanto que necesitó alguien a quien culpar, y buscó la diana más fácil: Gabriella. Y, créeme, está muy arrepentida. Así que, de nuevo, te pido que no la juzgues por lo que dijo. Júzgala de acuerdo al por qué lo hizo.

Y así, Ryan salió dejando a un muy sorprendido Troy tras de sí.

FIN DEL FLASHBACK.

Nunca en su vida, y cuando digo nunca es nunca, habría pensado Troy que Sharpay Evans podía enamorarse de verdad de él. Ni de él ni de nadie.

¿La reina de hielo enamorándose, sufriendo por alguien, poniendo a alguien por delante del materialismo de su vida color de rosa? Increíble.

Pero ahora, Troy lo comprendía. Por fin, Troy podía decir que había resuelto el rompecabezas que entrañaba Sharpay Evans. Las piezas que faltaban habían encajado en su lugar.

"De hecho, creo que ahora me gustas por encima de mí".

Jamás pensó Troy que esas palabras pudieran ser tan sumamente ciertas. Y, ahora, era Troy el que se sentía horrible. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Si se hubiera dado cuenta, habría tenido la conversación que pensaba tener con ella mucho antes, y se habrían ahorrado muchos sufrimientos y problemas. Habría arreglado las cosas entre ellos de forma que Sharpay se quedara tranquila, de forma que pudiera olvidarse de esos sentimientos y seguir adelante con su vida.

Sharpay tampoco había vuelto al hospital desde ese primer día.

Todas las tardes, tras la terapia con la psicóloga, la doctora Darrell dejaba que sus amigos entraran a la habitación. Por fin, los ocupas de la sala de espera habían vuelto al instituto, pero todas las tardes y a excepción de Gabriella y Sharpay, todos se acercaban para amenizar el día del muchacho convaleciente. A Troy le animaban las payasadas de Chad, las riñas de Taylor, los comentarios inocentes de Jason, las galletas que le traía Zeke (y que escondían para que los médicos no las vieran), la dulzura de Kelsie y la serenidad de Ryan. Y todas las tardes, sin excepción, Troy preguntaba a Ryan cuando iba a venir Sharpay. La primera vez que lo preguntó, sus amigos suspiraron aliviados al ver que había dejado su enfado atrás.

La contestación de Ryan era siempre la misma.

- No lo se, Troy. – decía suavemente y con una mirada preocupada.

Por quien Troy nunca preguntaba era por Gabriella. Sabía, porque Taylor y María, la madre de Gabriella, se lo habían dicho, que Gabriella todavía no había vuelto al colegio, y que se pasaba el día tumbada en la cama en su habitación. Ambas estaban muy preocupadas. Y Troy también, pero el muchacho no quería agobiar a Gabriella, no quería que se enterara de que iba preguntando por ella todos los días. No, si eso la hacía sentirse más culpable todavía, como Taylor le había dado a entender. Según la presidenta del club de Decatlón del East High, Gabriella no podía entender por qué Troy seguía interesándose por ella después de lo que había hecho. Decía que no se lo merecía, que Troy debería odiarla, y que la hacía sentirse sumamente mal el que no lo hiciera. Porque no se merecía otra cosa que su odio.

Cada vez que oía esas palabras, a Troy le daban ganas de correr hasta donde ella estuviera y zarandearla hasta que volviera la razón a su preciosa cabecita.

Pero no podía.

Porque Troy no podía salir de la cama, ni mucho menos correr.

Porque aunque pudiera andar, no lo dejarían salir del hospital.

Porque ese no era el modo de lidiar con este problema.

Por supuesto, Troy había intentado llamarla por teléfono. El móvil de la morena estaba desconectado. Y tampoco contestaba el de casa. Solo cuando María estaba allí, pues ella misma contestaba al teléfono… y la preocupada mujer siempre le daba la misma respuesta: "Gabriella no quiere hablar".

Era una situación muy delicada. Y Troy sentía que no estaba en sus manos arreglarla, sino en las de cierta muchacha rubia con la boca muy grande.

El problema era que esa pequeña cabecita rubia tampoco quería verle la cara, por la misma razón que Gabriella. Se sentía culpable. Culpable por haber dicho esas cosas a Gabriella.

En fin… que el mundo de Troy en ese momento estaba un poco patas arriba.

Todo eso pensaba Troy mientras esperaba sentado la llegada de sus amigos. Como todos los días, aguardó esperanzado para ver si Gabriella o Sharpay se pasaban por allí. Pero, como todos los días, sus esperanzas se vieron frustradas. Ninguna de las dos venía en el grupo de ruidosos Wildcats que se acercaron a su cama esa tarde.

Chad vio con preocupación como la mirada esperanzada de Troy decaía al ver que todo seguía igual. Había intentado hablar con Gabriella, al igual que todos, pero ella no había querido escucharle. Se había dedicado a apretar la cabecera de su cama contra sus despeinados rizos y su desolada expresión mientras Chad trataba de que lo acompañara a visitar a Troy.

- ¿Qué hay, tío? – preguntó Chad, chocando los cinco con su mejor amigo.

Troy sonrió y se encogió de hombros.

- Lo de siempre. – respondió. - ¿Qué tal vosotros?

- Como todos los días. – respondió Ryan. – Todo el instituto te manda saludos.

- Si… - sonrió Chad. – Y te envían algo.

Troy lo miró sorprendido.

- ¿Qué me envían algo? – preguntó, y entrecerró los ojos con sospecha. – Si son más deberes te los puedes meter por el…

- Troy. – lo amonestó su madre.

- Lo siento, mamá. – dijo Troy, volviendo una mirada inocente hacia ella con la que Lucille Bolton no pudo más que sonreír.

- No son deberes, hermano. – respondió Chad. - ¿Tú crees que yo te traería deberes?

- Si es para molestarme, sí. – dijo Troy en tono juguetón. Chad le pegó un flojo y juguetón pescozón. – Auuuu… ¿a qué ha venido eso?

Todos rieron mientras Troy se frotaba la nuca con una mueca de falsa ofensa.

- Chad, dáselo ya y acaba de hacer el payaso. – le riñó Taylor, lo que arrancó nuevas risas en la habitación.

Con una mirada asustada hacia su novia, Chad abrió su mochila y sacó un cuaderno con las portadas muy bien decoradas en rojo, blanco y oro. Los colores de los Wildcats.

Chad se lo ofreció a Troy, quien lo tomó entre sus manos y miró la portada frontal con curiosidad.

WILDCATS

Te queremos, capitán

WE'RE ALL IN THIS TOGETHER!!!!

Sorprendido, Troy abrió el cuaderno por la primera página y lanzó una exclamación sorprendida. Estaba llena de fotos, firmas y dedicatorias deseándole una pronta recuperación, tanto de sus amigos, como de los demás alumnos y profesores del East High.

Todos dejaron, en respetuoso silencio, que Troy leyera una por una las cientos de firmas, comenzando por las de todos sus amigos; dejaron que mirara las decenas de fotos, las miles de cariñosas palabras (había incluso algunas subiditas de tono provenientes de ciertas animadoras), las graciosas caricaturas.

Cuando terminó, una hora más tarde, Troy levantó la vista hacia ellos, y todos contuvieron la respiración. La mirada de Troy estaba muy brillante, y su voz salió quebrada y temblorosa cuando emitió un suave "Gracias", tan agradecido que todos se emocionaron y se apretujaron contra la cama en un abrazo colectivo a su capitán.

Troy no podía creer que todo el instituto se hubiera unido para hacerle algo así. O casi todo el instituto... Troy no había podido evitar fijarse en que la firma de Gabriella y la de Sharpay no estaban en ningún sitio. Pero aún así¡menuda sorpresa!

Y sus amigos se fueron, media hora más tarde, con el alivio de haber hecho algo para animar al muchacho convaleciente.

Pero Ryan, con una férrea decisión no muy común en él, decidió que, al menos él, aún podía hacer más.

Por eso, al llegar a casa, subió directamente a ver a su hermana.


Cuando entró a su habitación la encontró cepillando sus cabellos con ese cepillo rosa que tanto le gustaba mientras entonaba en voz baja una melodía alegre. Para cualquier observador, esa escena, considerando las circunstancias, parecería superficial. Pero Ryan no era cualquier observador. Él era capaz de ver a través de la fachada que su hermana levantaba en torno a ella, y por eso sabía ver la tristeza en sus ojos, la tensión en la posición ligeramente levantada de las comisuras de su boca, la fuerza con la que su mano agarraba el cepillo, la rectitud con la que estaba sentada.

Sí, Ryan podía ver lo que otros no eran capaces de ver en su hermana. Bondad, preocupación, culpabilidad, arrepentimiento.

Ryan suspiró, y avanzó hasta que su reflejo apareció en el espejo en el que Sharpay se estaba mirando. Los ojos color almendra de su hermana viajaron hacia su rostro a través del espejo, y rápidamente volvieron a su propio reflejo.

- ¿Qué quieres? – preguntó ella, sin dejar su cabello.

- Hablar contigo. – respondió Ryan.

- No quiero hablar. – cortó ella, bruscamente.

- Pero yo sí. – atajó Ryan, sentándose cómodamente en la cama de su hermana.

Sharpay se volvió bruscamente hacia él, su cabello recién cepillado ondeando tras ella por el movimiento, los ojos brillantes de furia. Ryan no pudo dejar de notar que su hermana estaba muy guapa con el sencillo pijama azul marino que llevaba esa noche y sin las toneladas de maquillaje que se ponía encima. Era una pena que le gustaran tanto los colores fuertes y las lentejuelas, porque cuanto más sencilla iba más bonita estaba.

Y Ryan no pudo dejar de notar que ese pijama se lo había regalado Gabriella.

- No puedes hacerme hablar si no quiero, Ryan. – le espetó Sharpay.

- No. – le dio la razón Ryan. – Pero sí puedes escucharme.

Sharpay gruñó algo ininteligible y volvió a darse la vuelta para cepillar su cabello un poco más.

- No voy a pedirte que vayas a disculparte con Gabriella. – comenzó Ryan. – Ni que le pidas disculpas a Troy. Ya hablamos la otra noche que tú sola lo harías cuando llegara el momento de dejarle ir.

Sharpay siguió cepillándose el pelo, sin dar muestra de estar escuchando a su hermano. Pero la pequeña arruga que había aparecido en su frente demostraba que sí, como bien sabía Ryan.

- Solo te pido que vayas a ver a Troy. – siguió Ryan suavemente.

Sharpay lanzó un bufido de incredulidad.

- Oh, sí, claro. – dijo en tono sarcástico. – Voy a verle para que me rompa el corazón insultándome por haber echo llorar a su querida Gabriella.

- Troy no está enfadado contigo. – le aseguró Ryan. – Quizás al principio, sí. Pero más que por Gabriella, por el hecho de que hubieras puesto en su boca algo así. Sabes que él jamás echaría la culpa a nadie por su accidente. ¡Si hasta ha perdonado al idiota que conducía el camión! – Ryan rió suavemente, recordando el gesto en la cara de Chad y del señor Bolton cuando Troy dijo que no tenía malos sentimientos en contra del camionero.

Las comisuras de Sharpay se movieron hacia arriba, pero la muchacha contuvo la sonrisa.

- No voy a ir a verle, Ryan. – murmuró ella. – No puedo ir a verle, no me siento capaz de enfrentarle ahora.

Ryan suspiró, se acercó a su hermana y la cogió por los hombros para darle la vuelta y obligarla a mirarle a los ojos.

- Shar. – susurró Ryan. – Troy nos necesita a todos a su lado ahora mismo. Todo esto que le ha pasado va a volverse contra él algún día de éstos, y se va a derrumbar. Troy se va a derrumbar, y va a necesitar todo nuestro apoyo para volver a flote. Ha perdido muchas cosas, Shar. Su beca, el baloncesto… ¡Su independencia, pues no puede ni andar! No dejes que piense que ha perdido a una de sus mejores amigas también.

- Tiene a Gabriella. – susurró Sharpay. – No me necesita.

- Te equivocas. – contestó Ryan negando con la cabeza. – Troy nos necesita a todos. Y Gabriella no ha vuelto al hospital desde el día que Troy despertó.

- ¿No? – se sorprendió Sharpay, levantando una mirada triste hacia el rostro de su hermano.

- No. – contestó Ryan. – Ni ha venido al instituto tampoco. ¿Es que no te has dado cuenta?

- ¿Cómo me iba a dar cuenta si he estado evitándoos todo el tiempo estos días? – dijo Sharpay, rodando los ojos.

- Cosa que no deberías haber hecho. – sonrió Ryan, dando un cariñoso pellizco en el costado a su hermana.

Sharpay sonrió un poco.

- Quizás no. – accedió.

Ryan se inclinó y la besó en la mejilla.

- Ven a verle mañana, por favor. – le pidió.

- Ya veremos. – susurró Sharpay, de nuevo con la vista clavada en el suelo.

Ryan suspiró y caminó hacia la puerta de la habitación. Antes de salir y cerrar de nuevo, echó un vistazo preocupado a su hermana, que no se había movido de su posición anterior.

Cuando Sharpay oyó la puerta cerrarse, tomó una decisión.

Y, rápidamente, fue a su armario y cogió lo primero que pilló para cambiarse. Iba a ir al hospital ahora, antes de que cambiara de opinión.


Media hora después, Sharpay entraba al hospital, haciendo como si tuviera todo el derecho del mundo a estar ahí. La recepcionista la saludó con la cabeza, pensando que sería alguno de los familiares de uno de los enfermos. Y Sharpay supo que sus dotes de actriz no la habían abandonado. Con una pequeña sonrisa de autosuficiencia e intentando controlar sus nervios, enfiló el pasillo donde se encontraba la habitación de Troy.


Desde una sala de descanso, la doctora Darrell la vio pasar. Pensó en detenerla, pero se contuvo. Esa chica tenía que arreglar muchas cosas con su paciente. Y antes de que Troy entrara en crisis, lo que la psicóloga creía que pasaría pronto, pues el muchacho no se había abierto ni un ápice a ella. Ni a nadie.


Lucille Bolton la vio pasar cuando salía de la cafetería, y sonrió. La chica no podía ser tan mala, después de todo. Decidió dejarles un poco de intimidad para resolver sus problemas, así que, con un suspiro, volvió a entrar a la cafetería.

"Otro vaso de leche no me va a venir mal..." pensó.


Troy se encontraba recostado en su cama. Estaba muy cansado, pero no conseguía dormirse. Tenía muchas cosas en las que pensar.

Esa noche, Troy no se encontraba bien de ánimo. Sentía que había defraudado a su padre y a su equipo, que se había fallado a sí mismo al tirar por la borda todo su trabajo para conseguir la dichosa beca.

El muchacho sabía que era irracional, que nada de eso era cierto… pero no podía evitar sentirse así, y eso le asustaba.

Porque él siempre había sido un optimista nato. ¿Qué le estaba pasando ahora? Quizás el golpe en la cabeza había dañado alguna parte del cerebro que se dedicara al optimismo o algo…

Troy se rió de lo tonto que sonaba esa argumentación.

"Solo estoy cansado". Se dijo a sí mismo. "Eso es todo".

De pronto, sonaron unos tímidos golpes en la puerta, que se abrió lentamente dejando pasar una cabeza rubia muy conocida para Troy.

Con la boca abierta, el muchacho se quedó mirando a la muchacha, que tenía un semblante asustado e indeciso.

Tras unos segundos, Troy pudo articular una palabra.

- Sharpay…


Y en el próximo capítulo... tachán-tachán... la conversación tan esperada entre Troy y Shar. La de Troy y Gabs tendrá que esperar.

¡Un beso a todos! Y ya no vuelvo a escribir hasta que acabe los exámenes, el 8 de Febrero. Pero ese fín de semana os prometo que habrá capítulo seguro. Y a partir de ahí, escribiré dos veces a la semana hasta que se acabe. ¡Es una promesa! ;-)

¡Besooooos!