¡¡¡SORPRESA!!!

Jeje… ¿a que no os esperabais un nuevo capítulo¿Eh¿A que no? Jejejeje…

Estaba inspiradísima hoy, así que he tenido que escribirlo. Ha sido como una obligación.

Además, es el más largo de mi vida. ¡Yupiiii! Jaja. 16 páginas de WORD... ¡Wow!

Estoy de buen humor hoy¿eh? Será por las nuevas fotos de Zac Efron, esas en las que se agacha a coger las llaves del suelo y se le bajan los pantalones hasta casi la mitad de los muslos. Dios, lo que me pude reír… (Sí, vale, soy mala, pero es que es gracioso…). En fin, ya voy a dejarle en paz, pobrecillo…

Pero hay una cosa que me ha entristecido. ¡Gelen¿Dónde estás¿Me has abandonado? Eché de menos tu review en el anterior capítulo, guapa… :-(

Un saludo especial a Melii y, a CamiW y a LaPamzhazUL, que no me han dejado sus mails para contestarles.

En cuanto a Danii, pues que no se si me diste mal el mail o qué, pero me devuelve el mensaje cada vez que lo mando. Siento no poder contestarte. La próxima vez vuélvemelo a dejar a ver si está bien.

Por cierto, muchas gracias por los 110 reviews que llevo. Nunca, de verdad, NUNCA me hubiera imaginado llegar a tantos reviews. Muchísimas gracias. ¡Os quiero¡Sois fantásticos!

Os aviso que hay algo de lenguaje inadecuado en este capítulo. Avisados estáis.

DISCLAIMER: (Nunca lo pongo). De esta historia me pertenece solo el argumento. Los personajes y lugares, excepto la doctora Darrell, la fisioterapeuta y la psicóloga, así como las enfermeras y el hospital, son de Disney. No son míos. No me molestaría tener a Zac Efron, pero no, tampoco es mío¡qué le vamos a hacer!
Esta historia está hecha sin ánimo de lucro, y no me llevo nada por hacerla, salvo satisfacción.

¡A leer¡Espero que os guste!


RECAP:

De pronto, sonaron unos tímidos golpes en la puerta, que se abrió lentamente dejando pasar una cabeza rubia muy conocida para Troy.

Con la boca abierta, el muchacho se quedó mirando a la muchacha, que tenía un semblante asustado e indeciso.

Tras unos segundos, Troy pudo articular una palabra.

- Sharpay…


Sharpay observó a Troy, que a su vez observaba boquiabierto a la muchacha. Ésta seguía indecisa en la puerta, pensando si no sería mejor salir corriendo y olvidar que había estado allí.

Pero, se dijo a sí misma¿quién era ella¿Era o no era la reina de hielo del East High? Sharpay Evans nunca se echaba atrás.

Con un suspiró y levantando orgullosa la cabeza, entró en la habitación y volvió a cerrar la puerta tras de sí.

- Troy. – saludó. - ¿Cómo estás?

El muchacho siguió observándola en silencio mientras ella agarraba una silla y se sentaba a los pies de su cama, guardando una cierta distancia sin que pareciera que lo hacía a posta. Sharpay no quería acercarse mucho al muchacho. No después de lo que había hecho con Gabriella.

Troy siguió observándola en silencio, con una mirada sorprendida, hasta que al final Sharpay se removió incómoda en la silla.

- Bueno¿qué? – espetó. – Encima de que vengo a verte a estas horas de la noche arriesgando mi siempre fresco y descansado aspecto de mañana por la mañana, te quedas callado y ni me lo agradeces. ¿Qué pasa contigo?

Ante estas palabras, Troy reaccionó con una carcajada.

- Lo siento, Shar. – dijo, con una sonrisa. – Es solo que me ha sorprendido verte aquí, después de una semana. ¿Y cómo has entrado? Se supone que ya no entran visitas a estas horas…

Sharpay hizo un gesto despectivo con la mano.

- Tengo mis métodos. – afirmó, lo que arrancó otra carcajada de Troy.

La muchacha observó con una mezcla de sentimientos la risa de Troy. Esa risa pegadiza, alegre y cálida que por un momento pensó que jamás volvería a oír porque un estúpido conductor borracho la había acallado para siempre. Pero ahora había algo más en esa risa. Un par de matices nuevos. Uno de ellos era alivio, que Sharpay lo podía entender porque ella había ido a verlo tras una semana. Al fin y al cabo, Troy y ella eran amigos, y él siempre se preocupaba por sus amigos. El otro era un tanto siniestro. ¿Amargura¿Tristeza¿Resignación?

Sharpay desechó esos pensamientos y se concentró en la conversación entre manos.

- Cuando dejes de reírte de mí – dijo, fingiendo molestia. – me avisas.

- Ya, ya. – dijo el muchacho, que se incorporó un tanto trabajosamente con los brazos para sentarse y ponerse a la par de Sharpay. - ¿Me alcanzas esos almohadones, por favor? – pidió, señalando los pies de su cama.

Sharpay se levantó y recogió los almohadones, acercándose al muchacho. Troy hizo ademán de cogerlos, pero Sharpay se dedicó a ponérselos ella misma detrás de la espalda, con una mirada indescifrable. Troy la dejó hacer, en silencio.

Sharpay puso el último almohadón.

- ¿Estás cómodo así? – preguntó, aunque un tanto bruscamente.

- Si. – dijo Troy suavemente. – Gracias.

Cuidar de Troy Bolton… eso era algo que Sharpay querría hacer toda la vida.

"Pero…" pensó la muchacha con resignación y algo de amargura. "Jamás vas a tener el derecho de hacerlo".

La voz de Troy la sacó de sus pensamientos.

- Shar… - llamó, inclinándose un poco hacia adelante para llamar su atención. La muchacha lo miró a los ojos, y se vio atrapada en esa mirada tan limpia, tan clara, tan sincera. El color azul hielo de esos ojos… ¿cómo podía un color tan sumamente frío ser tan cálido? – Gracias por venir.

- Agradéceselo a Ryan. – suspiró ella, apartando la mirada. – Si no fuera por él, yo no habría venido.

Troy sonrió.

- Entonces a él también tendré que agradecérselo mañana.

Sharpay volvió de nuevo la mirada hacia él y volvió a preguntar.

- ¿Cómo estás, Troy?

El muchacho sonrió.

- Bueno… mejor cada día. – contestó. – Estoy deseando salir de aquí.

- ¿Tienes que quedarte muchos más días? – preguntó la muchacha.

- No lo se. – suspiró Troy. – Sussy quiere que… - se interrumpió y miró a otro lado, pero Sharpay se dio cuenta de la expresión de amargura de sus ojos. – Sussy quiere que tenga un poco más de independencia antes de mandarme a casa.

Sharpay no contestó, pero observó intensamente al muchacho enfrente de ella, que había perdido la mirada en el poco cielo que se veía a través de su ventana. Observó su semblante tenso, su mandíbula apretada, sus puños cerrados contra las sábanas. Ryan tenía razón. La psicóloga tenía razón. Troy Bolton estaba destinado a derrumbarse en cualquier momento. El muchacho, siendo el eterno optimista que era, estaba conteniendo los malos sentimientos. Esos sentimientos de amargura e impotencia provocados por la situación física en la que se encontraba. Y en algún momento éstos serían demasiado fuertes y tendría que dejarlos ir… de la peor manera posible, eso seguro.

- Sharpay.

La muchacha fijó su atención de nuevo en el muchacho, que se había vuelto hacia ella. Vio su mirada seria, sus ojos más oscuros de lo habitual, el escudriño de su mirada, y Sharpay supo que se avecinaba la conversación que llevaba temiendo desde hacía una semana.

Con un suspiro, Sharpay se irguió en la silla.

- Sharpay. – volvió a decir Troy. - ¿Por qué le dijiste esas cosas a Gabriella?

El muchacho sabía la respuesta. Ryan se la había dado días atrás. Pero era ella la que tenía que abrirse a él si quería llegar a algún sitio con esa difícil conversación.

Sharpay, por su parte, desvió la mirada.

- Shar, mírame. – la llamó Troy, decidido a llevar esa conversación hasta el final. - ¿Por qué lo hiciste?

- No… lo se. – susurró ella, sin poder apartar los ojos de la mirada oscurecida del muchacho.

- Sí que lo sabes. – aseguró el muchacho suavemente.

Sharpay suspiró. No se iba a escapar así como así.

- Lo hice porque… tenía miedo. – contestó en un susurro.

- ¿Por mí? – preguntó Troy arqueando las cejas. - ¿O por ti misma, sabiendo que ya nunca ibas a tener la oportunidad de hacerme saber tus sentimientos hacia mí, de tener algo de mí que en el fondo sabías perfectamente que yo jamás podría darte?

Sharpay desvió de nuevo la mirada y guardó silencio. Él lo sabía. ¡Lo sabía¿Cómo era posible? Ella nunca… salvo aquél día en Lava Spring… "De hecho ahora creo que me gustas por encima de mí"… no era posible que él se lo hubiera tomado en serio¿verdad¿O es que…?

- ¿Te lo dijo mi hermano? – preguntó ella suavemente, cuando las piezas encajaron en su mente.

Troy inclinó la cabeza.

- Yo he hecho la primera pregunta, Shar. – dijo suavemente. – Contéstala.

Y Sharpay lo pensó. Lo pensó profundamente, durante unos largos minutos. Troy, mientras tanto, respetó su silencio, pero no dejó de observarla. Al final, Sharpay llegó a una reveladora conclusión.

- Tenía miedo por ti. – dijo débilmente, sin levantar la vista de sus manos apoyadas en su regazo. – Y también tenía miedo por mí, porque iba a perderte. Iba a perder la remota posibilidad de que algún día tú y yo… aunque sabía perfectamente que eso jamás iba a suceder, no podía… NO PUEDO evitar tener algún tipo de esperanza. No puedo, Troy. Y… - la muchacha suspiró antes de proseguir. – Y tenía miedo porque jamás te había dicho esto, y porque no había conseguido sacarte de mí antes de que tú te… te fueras. Y tenía miedo porque no te había dicho adiós, y como nunca me había despedido entonces jamás iba a poder sacarte de mí.

Troy guardó silencio unos instantes, y después habló, con la voz envuelta en un matiz de calidez y suavidad que nunca había usado antes con Sharpay.

- ¿Eso es lo que necesitas? – preguntó inclinándose hacia ella. - ¿Despedirte?

Ella levantó de nuevo la vista y se perdió de nuevo en su mirada. Una mirada que tenía un nuevo matiz que Sharpay reconoció enseguida: comprensión y aceptación. Troy la comprendía, comprendía lo que ella le estaba pidiendo, y lo aceptaba sin reservas.

Cuando Sharpay contestó, su voz le tembló levemente.

- Si, Troy. – susurró. – Eso es todo lo que necesito.

Los dos sabían de qué tipo de adiós estaban hablando. Troy se lo replanteó durante unos momentos. Se preguntó si estaría haciendo lo correcto. Pero una nueva mirada hacia los ojos de la muchacha, esa expresión desolada, despejó todas sus dudas. Si. Estaba haciendo lo correcto. Lo que solucionaría el dilema sentimental de la muchacha enfrente de él.

Y Troy asintió, lentamente. Y más lentamente todavía el muchacho extendió su mano hacia la muchacha, que la tomó, todavía sorprendida de la rápida aceptación del capitán de los Wildcats.

Suavemente, Troy guió a la muchacha hacia él, sin dejar de mirarla a los ojos, hasta que la tuvo a su lado. Entonces, cogió su otra mano y tiró de ella para ponerla a su altura.

Ante la cercanía, Sharpay se descubrió sin respiración. Podía ver incluso hasta las pequeñas y pocas pecas perdidas por la nariz y mejillas del muchacho. Podía ver esos ojos azul hielo y los matices, invisibles a una distancia normal, verdes y grises que se entremezclaban hasta llegar a la pupila. Podía sentir su cálida respiración en sus labios, y oler el increíble aroma del muchacho. Podía ver cada matiz de la curva de sus labios, cada palpitación de las venas contra su piel. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, y el movimiento de sus pectorales (esos increíbles pectorales) al respirar.

Tras unos segundos así, el muchacho soltó las manos de Sharpay para tomar suavemente su cara, apartando lentamente algunos mechones del flequillo de la muchacha. Y se inclinó, muy lentamente, hasta quedarse a unos milímetros de los labios de la chica.

- Vas a tener – susurró, y su cálido aliento rozó los labios de Sharpay enviando un estremecimiento por todo su cuerpo. – el mejor adiós que puedo darte, Shar.

Y, tras unos segundos más permitiendo que la muchacha se perdiera en el mar de su mirada, Troy cerró la distancia que los separaba, y la besó. Lentamente, con toda la ternura que pudo reunir, y a la vez respondiendo a la férrea pasión de la muchacha. Guió el beso de forma sutil, muy suavemente, provocando un sentimiento en la muchacha tan fuerte que a través de los ojos cerrados de Sharpay se abrió paso un reguero de cristalinas lágrimas.

Y en el interior de Sharpay, la intención del beso ganó la batalla. Era un beso de despedida. El primero, y el último que iba a tener en toda su vida proveniente de Troy. El adiós que por fin, y conforme el beso se prolongaba en el tiempo, proporcionaba al corazón de la muchacha el alivio de la liberación tanto tiempo ansiada.

Cuando, tras unos minutos, los dos muchachos se separaron, Sharpay mantuvo unos segundos los ojos cerrados, mientras suaves lágrimas caían por sus mejillas. Al fin, abrió los ojos, y se encontró con la mirada triste y compasiva de Troy.

Una mirada con la que le decía lo mucho que sentía que las cosas entre ellos no pudieran ser de otra forma.

Y Sharpay, entre lágrimas, le sonrió.

- Gracias. – susurró.


Cuando a la mañana siguiente Sharpay le comentó a Ryan que había estado la noche anterior con Troy, el muchacho no pudo más que sorprenderse. Y mayor fue su sorpresa al darse cuenta del cambio que se había producido en su hermana.

De la noche a la mañana, Sharpay volvía a ser la chica sarcástica, alegre y snob de siempre. Volvía a ser la chica orgullosa, fría y a la vez divertida de antes de que Gabriella viniera. Y a la vez, no era la misma. Porque esa mirada de piedra había desaparecido, y sus ojos, por fin, dejaban que los demás bucearan entre sus sentimientos. Porque, con gran alegría, se sentó con todos sus amigos durante la comida y se dispuso, para sorpresa de todos, a parlotear con gran jolgorio.

- Esto… - comenzó Chad, con una mirada incrédula.

Pero Ryan no lo dejó continuar. Lo paró con un gesto, y negó con la cabeza. Y Chad lo dejó estar.

Más tarde, cuando todos se encaminaron hacia el hospital, hubo otra gran sorpresa al ver que Sharpay se les unía. Solo Ryan sabía que Sharpay ya había estado con Troy la noche anterior, y sonrió dulcemente cuando se dio cuenta de que, por fin, Sharpay había decidido dejarlo ir.

No sabía lo que le habría dicho Troy el día anterior, pero su hermana, por fin, estaba levantando cabeza. Tendría que agradecérselo al muchacho más tarde…

Cuando llegaron al hospital, Lucille Bolton los paró antes de que pudieran entrar a la habitación.

- Chicos, esperad un rato. – avisó. – Troy está dormido, y no quiero despertarlo aún. La sesión con la fisioterapeuta se le ha hecho muy difícil hoy…

Todos asintieron y se encaminaron hacia la sala de espera, provocando el pánico de las enfermeras, que aún se acordaban de la época de ocupas mientras Troy estaba en coma.

Después de una hora, Lucille les dijo que podían pasar, que Troy estaba despierto, así que los muchachos salieron de la sala de espera y se encaminaron, sonrientes, hacia la habitación de Troy.

Cuando entraron, los Wildcats perdieron un poco la sonrisa. Esta vez Troy no los esperaba sentado, como siempre, sino que estaba tumbado del todo en su cama. Además, el semblante del muchacho estaba pálido, y su mirada cansada.

Cuando los vio entrar, Troy forzó una sonrisa.

- Eh, tíos. – saludó débilmente. - ¿Qué hay?

- Vaya, Troy¿qué te ha hecho la fisioterapeuta esa¿Has estado en los juegos olímpicos y no nos lo has dicho? – bromeó Chad, intentando aligerar el ambiente.

Troy rió un poco, pero sus ojos no acompañaron la sonrisa. Parecía algo desanimado.

- Eh, Troy. – saludó Sharpay.

- ¿Qué tal, Shar? – le devolvió Troy el saludo.

Ambos repararon en las miradas asombradas del resto de sus amigos.

- Sharpay estuvo visitándome ayer. – explicó Troy.

- Oh. – dijeron todos a la vez y con la misma expresión descolocada, y esta vez si que arrancaron una pequeña carcajada en Troy.

Pero pronto volvió a su estado tristón y desanimado.

- Vale, Troy. – dijo Chad, preocupado. - ¿Qué te ha pasado hoy¿Por qué estas así?

- Estoy cansado, nada más. – mintió Troy, frotándose los ojos con las manos.

Lucille levantó la vista de su revista para lanzar una mirada triste a su hijo.

- Troy… - le amenazó Chad. – Sabes que si no me lo cuentas le voy a preguntar a Sussy. Así que más te vale contármelo tú.

- Si no es nada, de verdad. – dijo Troy débilmente. – Nada de que preocuparse.

- Venga, Troy. – intervino Sharpay. – Puedes contárnoslo. Somos tus amigos.

Todos afirmaron vehementemente con sus cabezas, y Troy sonrió.

- No es nada, en serio. – les aseguró. – Es solo que… bueno… estoy un poco asustado. Sylvia me ha dicho que mañana vamos a empezar una nueva tanda de ejercicios, y yo pues… pero que no pasa nada, de verdad, no os preocupes. Nada que no pueda manejar.

- ¿Qué tipo de ejercicios? – preguntó Sharpay con un hilo de voz, imaginándose ya la respuesta.

- Pues… de pie y esas cosas. – contestó Troy vagamente, queriendo quitarle importancia al asunto.

Pero todos leyeron entre líneas. Mañana empezaban los ejercicios para que Troy reaprendiera a andar. Mañana se le iba a hacer real de verdad la situación en la que se encontraba, porque iba a notar por sí mismo las cosas que no podía hacer. Por eso estaba Troy asustado. Porque se le iba a hacer todo real. Porque cuando intentara levantarse de la cama, la realidad le golpearía con toda su fuerza.

Troy no estaba así porque estuviera cansado. Estaba así porque se encontraba terriblemente asustado. Asustado de mirar a la cara a la realidad.

Troy había estado escondiéndose todo ese tiempo tras el pensamiento de que estaba débil, que necesitaba estar en cama. Pero ya no tenía excusa para levantarse e intentarlo. Ya no tenía elección. Porque tampoco se iba a echar atrás, ya lo conocían.

Había una cosa de la que estaban seguros.

El esperado derrumbe de Troy Bolton acaecería al día siguiente. Cuando la crudeza de la situación real noqueara al muchacho. Cuando diera por perdidas de verdad todas las cosas por las que había luchado.

Y conforme salían todos los amigos, preocupados y taciturnos, Chad puso en palabras lo que todo el mundo estaba pensando.

- Mañana vamos a necesitar a Gabriella. – murmuró.

Todos miraron de reojo a Sharpay, que bajó la mirada, pensativa.

Si ya había arreglado las cosas con Troy¿por qué no se decidía a hablar con Gabriella? Sharpay buscó en su interior la respuesta a esa pregunta durante el viaje en el coche de vuelta a casa. Su hermano la miraba de vez en cuando en silencio. Sabía que su hermana iba a hablar con Gabriella. Le importaba demasiado Troy como para dejarlo tirado en este momento. Pero quizás todavía tenía que pensar algunas cosas antes de enfrentarse a la muchacha morena.

Cuando Sharpay se metió en la cama aquella noche, todavía buscaba respuestas.

Hasta que al final, cerca de las tres de la mañana, la encontró.

Le daba vergüenza.

Le daba vergüenza mirar a la morena a la cara después de las horribles cosas que le había dicho y de lo mal que se lo había hecho pasar.

Y le daba vergüenza mirarla a la cama sabiendo que había besado a su novio la noche anterior. Aunque técnicamente no era su novio, porque habían roto antes del accidente y no habían hablado de…

"Joder, Sharpay…" se dijo a sí misma. "Por supuesto que son novios. Desde el accidente no había ni que planteárselo. Por mucho que no hayan hablado de ello, lo son, y ambos lo saben. Bueno, seguro que en estos momentos no están muy seguros, pero lo son".

De todas formas, el beso había sido necesario. Necesario para arreglar las cosas entre Troy y ella, para permitir a Sharpay salir del triángulo amoroso en el que estaba metida desde Lava Spring.

No era algo de lo que sentirse avergonzada al hablar con Gabriella.

Ella lo entendería. Lo entendería perfectamente.

Al fin, tras esa pequeña charla consigo misma, Sharpay pudo conciliar el sueño, todavía preguntándose si sería lo bastante valiente como para enfrentarse a Gabriella al día siguiente.


A pesar de haber dormido tan poco, Sharpay se levantó muy temprano al día siguiente con la intención de pasarse a ver a Troy antes de encaminarse al instituto.

Cuando llegó a la habitación de Troy, éste estaba tomándose un desayuno de aspecto horrible mientras su madre le reñía por las muecas desagradables que estaba haciendo.

- Mamá, es horrible. – se quejaba el muchacho. – Si lo probaras me compadecerías. ¿Por qué no puedo comer tortitas¿O galletas¿O incluso una tostada, por muy aburrida que sea?

- Troy… - llegaba la advertencia de Lucille. – Come.

Y después, el bufido enfadado de Troy.

En ese momento, Lucille descubrió a Sharpay esperando en la puerta.

- Sharpay. – saludó. - ¿No deberías estar yendo al instituto?

Troy se volvió hacia ella.

- ¡Shar! – exclamó, sorprendido. - ¿Qué haces aquí?

Sharpay sonrió y caminó hacia Troy, dándole un cariñoso manotazo en el brazo.

- He venido a verte antes de ir a clase. – explicó. – Quería ver qué tal estabas…

Troy asintió.

- Gracias. – dijo lentamente.

Sharpay se sentó, y Lucille Bolton salió de la habitación murmurando que se iba a desayunar ahora que Sharpay estaba allí. Eso sí, antes de cerrar la puerta le dijo a Sharpay que obligara a Troy a tomarse hasta la última gota de ese desayuno.

Cuando se quedaron solos, Sharpay observó el plato de puré que Troy tenía delante.

- ¿Qué narices es eso? – preguntó poniendo cara de asco. - ¿Gusanos triturados?

- Algo así sospecho yo que es. – se lamentó Troy. – Es horrible.

- Llevo un par de magdalenas en la mochila. – dijo Sharpay. - ¿Quieres?

La mirada de Troy se iluminó, así que la muchacha, sin esperar respuesta, abrió su mochila y le ofreció los dulces. Troy los cogió murmurando un rápido gracias y los engulló en un segundo.

- Gracias. – repitió, satisfecho, y le regaló una sonrisa agradecida. – No sabes cuánto echaba de menos el sabor de los bollos normales.

Sharpay rió.

- Pero ahora tienes que comerte eso, o tu madre me matará. – ordenó.

Troy torció el gesto, pero le hizo caso y se echó una cucharada a la boca con cara de asco.

- Bueno, y¿cómo estás? – preguntó Sharpay. - ¿Animado?

Troy jugueteó con la cuchara en el puré, y no contestó.

- Troy… - llamó Sharpay. El muchacho levantó la vista hacia ella, y la chica vio en su expresión todo lo que necesitaba saber.

- No te preocupes, Troy. – dijo, apretándole la mano. – Todo va a ir bien.

Troy bajó la mirada y se echó otra cucharada a la boca. Pero Sharpay sí vio su gesto desolado. Y descubrió en sus ojos la necesidad más acuciante que retorcía las entrañas del muchacho.

Sharpay se decidió.

- Yo… - dijo ella. – Tengo que irme a clase, Troy. Pero luego volveré con todos¿vale?

Troy asintió, forzando una sonrisa.

- Hasta luego. – murmuró.

- Ánimo, Troy. – fue su respuesta.

Sharpay fue a clase sin que aparentemente su ánimo hubiera cambiado desde el día anterior, pero desapareció misteriosamente después de la comida. Ryan se preguntó a dónde habría ido, aunque se imaginaba la respuesta. Y no se equivocaba.


Sharpay se plantó en la puerta delantera de la casa de Gabriella y tocó el timbre con decisión. Sabía que si la muchacha estaba sola no le abriría la puerta, pero había oído a Ryan decir que María Montez se había cogido unos días de vacaciones para lidiar con su hija.

Y Ryan estaba en lo cierto. María Montez le abrió la puerta y la miró sorprendida.

- ¡Sharpay! – exclamó. - ¿Qué haces aquí¿Te has saltado las clases?

- He venido a ver a Gabriella, señora Montez. – explicó Sharpay.

María asintió lentamente, comprendiendo, y se apartó de la puerta.

- Está en su habitación.

- Gracias, señora Montez. – dijo Sharpay, entrando a la casa y encaminándose rápidamente escaleras arriba.

Cuando llegó a la puerta de la habitación de Gabriella, la rubia entró sin molestarse en llamar y descubrió a Gabriella tumbada boca arriba en la cama, con los ojos rojos, el semblante entristecido y los pelos completamente revueltos.

La morena volvió los ojos hacia ella, y después fijó de nuevo la mirada en el techo.

- ¿Has venido a echarme más cosas en cara? – murmuró la muchacha, con la voz ronca, como si llevara mucho tiempo sin usarla.

Y a Sharpay le dolió. Le dolió no por las palabras en sí sino porque el tono de la muchacha había sido el de total convencimiento de que ella tenía algo que echarle en cara.

- Gabs… - saludó Sharpay bruscamente. – Por supuesto que no he venido a echarte nada en cara¿qué te has creído?

Gabriella volvió de nuevo los ojos hacia ella.

- ¿Entonces qué haces aquí? – murmuró suavemente.

- He venido a disculparme. – explicó Sharpay, avanzando hacia la muchacha y tomando asiento a su lado, sobre la cama. – Y a explicarte algo que tenía que haberte explicado hace mucho tiempo.

- ¿Que estás enamorada de Troy? – susurró Gabriella.

Sharpay abrió cómicamente la boca.

- ¿Qu-qué? – espetó. – P-pero t-tú lo… lo…

- Claro que lo sabía. – dijo Gabriella suavemente, sin retirar los ojos del techo. – También soy una mujer, igual que tú. Me doy cuenta de esas cosas.

- Entonces¿qué narices haces aquí? – preguntó Sharpay, descolocada. - ¿Por qué no estás con Troy, que es donde debes estar?

- Porque no tengo derecho a estar ahí. – susurró la morena.

- ¿Que no tienes derecho? – preguntó la rubia, incrédula. – Joder, Gabriella, eres su novia, tienes más derecho que el resto de nosotros juntos.

- ¿Lo soy? – susurró Gabriella.

- ¿Eres idiota o qué? – exclamó Sharpay. - ¡Pues claro que lo eres!

- ¿Lo soy cuando por mi culpa Troy casi muere? – elaboró Gabriella.

Y entonces, Sharpay cedió al impulso primario que le vino en ese mismo instante, y pegó un fuerte bofetón a la morena, la cual emitió un jadeo y se la quedó mirando mientras llevaba una de sus menudas manos a su mejilla.

- ¿Por qué…? – preguntó, con lágrimas en los ojos.

- Sal ahora mismo de la cama, Gabriella Montez. – ordenó la rubia.

- No quiero, Shar. – susurró ella.

Y Sharpay soltó una risa sarcástica.

- Oh, si quieres. – rió. – Porque en este momento Troy está completamente derrumbado¿sabes por qué? Hoy era el primer día que lo iban a levantar de la cama. Y tú sabes lo duro que es eso para él. Así que vas a mover tu culo de esa cama, te vas a meter a la ducha (porque parece que no te hayas duchado hace años… ewww…) y vas a venir conmigo al hospital.

- Troy no me necesita. – dijo Gabriella.

- Te equivocas. – contestó Sharpay. – Eres la única persona a la que necesita en estos momentos. ¿Todavía no te has dado cuenta de que ese chico está loco por ti¿No te has dado cuenta de que lo vuestro no es una tontería¿Acaso no te has dado cuenta de que estáis hechos el uno para el otro y de que vais a acabar casándoos?

Gabriella no contestó, y no hizo nada para evitar las lágrimas que descendían por sus mejillas.

- Y ahora… - dijo Sharpay, agarrándola bruscamente del brazo y levantándola de la cama a la fuerza. – A la ducha. ¡Vamos!

La rubia empujó a la morena hasta el baño, la empujó dentro, entró detrás de ella y cerró con llave. Acto seguido, se acercó a la morena y comenzó a desvestirla.

- Se hacerlo yo sola. – murmuró Gabriella, escapando del agarre de Sharpay.

Mientras la muchacha se desvestía, todavía no muy convencida, Sharpay abrió el grifo y puso el agua a una temperatura cómoda.

- Ya puedes meterte. – dijo. – Y lávate bien, estás echa un asco. Voy a elegirte ropa.

Observó a Gabriella hasta que se metió en la ducha, y acto seguido Sharpay abrió la puerta del baño y se acercó al armario de la morena. Eligió uno de los conjuntos favoritos de Troy, y volvió al baño.

- ¿Qué tal vas? – preguntó a la chica desde detrás de las cortinas, impaciente. - ¡Estás tardando una barbaridad!

- Piérdete, Shar. – exclamó Gabriella. – Tú tardas cincuenta veces más que yo.

Sharpay sonrió al oír ese comentario. Parecía que Gabriella por fin estaba volviendo a su antiguo yo.

- Tardo más porque me cuido más. – espetó Sharpay. – Ya verás como en el futuro mi cuerpo me lo agradece más que el tuyo.

Gabriella soltó una leve risita, y Sharpay volvió a sonreír. Sí, Gabriella estaba volviendo a su antiguo yo.

Un rato más tarde, Gabriella salió del baño totalmente vestida, con el pelo arreglado en un medio recogido y sin maquillaje. A Sharpay le recordó a la Gabriella del primer día, el día que apareció en East High.

Con una media sonrisa, Sharpay le tendió unos zapatos a juego con el conjunto que llevaba, y Gabriella se los puso dudosa.

- No se si esto es una buena idea, Shar. – murmuró la chica. - ¿Y si no quiere verme?

- Gabriella Montez. – dijo Sharpay, poniendo los brazos en jarras. – Ésta mañana he estado en el hospital, y te puedo asegurar que la única persona que puede ayudar a Troy hoy eres tú. Me lo han dicho sus ojos. Así que muévete y vamos para abajo.

La muchacha rubia cogió a la morena del brazo y la enfiló escaleras abajo. En el rellano del vestíbulo se cruzaron con María Montez, que al ver a su hija vestida y arreglada lanzó una mirada llena de agradecimiento a Sharpay.

- ¿Os vais? – preguntó suavemente.

- Sí. – contestó Sharpay. – Nos vamos al hospital.

María sonrió.

- Es lo mejor que puedes hacer, Gabby. – dijo, besando a su hija en la frente con un suspiro. – Lucille ha llamado y me ha dicho que la situación hoy estaba bastante difícil.

Sharpay cerró los ojos un momento. Cuando Lucille Bolton decía que algo estaba difícil era porque la situación era insostenible.

- He hecho brownies. – siguió hablando María. - ¿Queréis llevaros algunos? Podéis compartirlos con los demás, y seguro que a Troy le hace ilusión. La comida del hospital es horrible…

- Es una buena idea. – comentó Sharpay. – Si hubierais visto la mirada que me ha echado Troy esta mañana cuando le he ofrecido un par de magdalenas…

María sonrió, al igual que Gabriella. Ambas sabían que Troy era sumamente goloso. Pronto, María tuvo una gran bolsa de Brownies marca "Montez" bien empaquetada, y Sharpay la recogió con un agradecimiento.

- Vámonos. – dijo la rubia. – Los demás ya deben estar en camino…

Mientras salían por la puerta, Gabriella suspiró.

- ¿Seguro que…? – comenzó.

- ¡Gabriella! – exclamó Sharpay exasperada volviéndola a coger del brazo. – Sube al coche y cállate.

Pronto, el convertible rosa de Sharpay se puso en marcha con un ronroneo, y ambas chicas salieron hacia el hospital.

Los Wildcats llegaron al hospital algo asustados. No sabían lo que se iban a encontrar, aunque se lo imaginaban. Sus sospechas se vieron confirmadas cuando divisaron a Lucille Bolton apoyada contra la puerta de la habitación con la cara apoyada en las palmas de sus manos. Cuando los oyó llegar, se acercó a ellos, y el grupo de amigos pudo ver lo cansada que parecía.

- Chicos… - los saludó. – Me temo que hoy no vais a poder entrar. Troy está… bueno…

- ¿Qué ha pasado? – dijo Chad.

- Digamos que los nuevos ejercicios le han sido más difíciles de lo que él pensaba que iban a ser. – explicó. – No ha ayudado que nos haya oído a la fisioterapeuta y a mí hablando de que… bueno… de que no ha respondido como ella esperaba.

- ¿Qu-qué quiere eso decir? – preguntó Chad, apretando fuertemente la mano de Taylor. No podía ser que Troy no fuera a… ¿verdad?

Lucille sonrió tranquilizadoramente, sabiendo lo que Chad estaba pensando.

- Quiere decir que le va a costar más de lo que todo el mundo pensaba. – explicó. – Pero Troy es fuerte… lo logrará.

- Sin embargo… - dijo la psicóloga, saliendo de la habitación, habiendo oído la última frase de la señora Bolton. – Él parece pensar lo contrario.

Todos torcieron el gesto. Esa falta de optimismo no era nada típica de Troy.

- Debo advertirle, señora Bolton. – dijo la psicóloga. – El estado del chico hoy puede llevar a dos cosas: a que se recupere mañana y salga con más fuerzas, o a una terrible y peligrosa depresión. Haga lo posible porque la segunda cosa no pase. En su estado¿quién sabe lo que puede conllevar¿Quién sabe lo que le puede acarrerar a su estado mental? No deje que pase, métale algo de sentido común en la cabeza. Lo necesita.

Y con esas palabras, la psicóloga se marchó, dejando tras de sí una fuerte preocupación.

- V-voy a ver si… - empezó Lucille. – Quizás pueda convencerle de que entréis… tal vez podáis animarlo.

Los Wildcats asintieron, y Lucille entró silenciosamente en la habitación cerrando la puerta tras de sí.

No pasaron ni cinco segundos cuando la puerta se abrió de nuevo y salió Lucille, más preocupada aún y sacudida en un silencioso llanto.

- M-me temo… - dijo al cabo de un minuto. – Que os vais a tener que marchar. Quiere estar solo. No sabéis de qué forma me ha echado. No quiere ver a nadie.

- Oh, ya lo creo que sí. – dijo una voz tras ellos.

Todos se volvieron y jadearon al ver a Sharpay y a Gabriella, paradas a unos metros de ellos. Sharpay tenía una expresión de decisión en la cara que casi asustaba, y Gabriella tenía una mezcla entre miedo, tristeza y vergüenza.

- Gabriella… - susurró Lucille, y corrió hacia ella para envolverla en un fuerte abrazo, que la morena devolvió torpemente. – Oh, Gabriella… no sabes lo que me alegro de que estés aquí.

Ahora la señora Bolton estaba llorando abiertamente, y todos observaban la escena entre incómodos y conmovidos.

- Por favor, por favor, habla con él. – decía la señora Bolton. – Habla con él, ayúdale, por favor. La forma en que me ha echado ha sido… ¡casi cruel! Por favor, no quiero que mi hijo se hunda.

Lentamente, Gabriella asintió.

- Lo intentaré. – susurró.

Se deshizo suavemente del abrazo de la señora Bolton y se encaminó despacio hacia la puerta de la habitación. Todos sus amigos le abrieron paso en silencio, con una solemnidad que hizo un poco de gracia a Gabriella, en medio de su preocupación.

Cuando llegó a la puerta, cogió el pomo y abrió suavemente una rendija por la que coló su menudo cuerpo, cerrando luego tras de sí.

La habitación estaba en penumbra, con las luces apagadas y las cortinas cerradas. Solo un pequeño haz de luz que se colaba entre las dos cortinas iluminaba un poco la estancia. Gabriella dirigió la mirada hacia la cama y observó el bulto que sobresalía entre las sábanas. No se veía ni un pelo de Troy, de lo metido que estaba entre ellas.

- Creía haberte dicho que me dejaras solo. – le llegó atenuada por el peso de las sábanas la voz dura de Troy, en un tono que Gabriella jamás le había oído.

Normalmente, la voz de Troy era suave, casi dulce, y su tono de voz era conversacional, educado y alegre. Pero la voz que salía de entre las sábanas era dura, brusca, y su tono era ofensivo y amargo.

Gabriella, tragando saliva un poco asustada, dio un paso hacia la cama y sus zapatos resonaron contra el suelo.

- No se te ocurra acercarte más, mamá. – volvió a llegarle la voz. – Vete de aquí y déjame solo de una jodida vez. ¡No quiero estar con nadie! VETE.

Gabriella dio otro paso, y el bulto se agitó con exasperación.

- ¡Joder! – exclamó. – No, no voy a hablar contigo, y no, tampoco con la psicóloga. No, no necesito nada, y sí, quiero que te vayas. No quiero compañía. De nadie.

- ¿Ni siquiera la mía? – dijo suavemente Gabriella, dando otro paso y colocándose, temblando, al lado de la cama.

El bulto se quedó totalmente quieto, como petrificado. Lentamente, una mano asomó por entre las sábanas, las agarró y las retiró hasta que un ojo, oscurecido por la penumbra, asomó también entre ellas.

El ojo la observó unos segundos, y después, lentamente, la cabeza completa de Troy Bolton salió de entre las sábanas, sin dejar de observarla.

Gabriella observó con lágrimas en los ojos la palidez del muchacho, el pelo despeinado, el gesto duro de su cara salpicado de sorpresa e incredulidad, los ojos oscurecidos y enrojecidos, no de llanto, sino de amargura.

Tras un largo minuto de observación mutua, Troy habló con voz ronca.

- Gabriella…


Uuuuf¡qué capítulo más largo¡Y cuantas cosas han pasado! Parece mentira que esté de exámenes¿eh? Pero es que estaba inspiradísima, y me ha salido de un tirón. Tenía que aprovechar la aparición de mi musa¿verdad?

Pregunta para la que quiero que me respondáis¿Qué tal el momento Troypay? Nunca había escrito uno, ni me gusta leerlos (más bien no los leo), así que no se cómo me habrá quedado. Vosotros diréis.

Pero ahora sí que sí, hasta que acabe los exámenes nada de nada. Espero que sepáis esperar.

¡Os quiero! Un besooooo…