¡Hola a todos!

Siento mucho el retraso. Tenía el capítulo escrito desde hacía días, pero no encontraba el momento para subirlo. Os aviso que después de este capítulo solo quedan dos más y un epílogo. O al menos eso es lo que tengo pensado yo, porque a veces esta historia parece que tiene vida propia y hace lo que le da la gana. Quien sabe, igual luego salen más… xD

Pero por ahora, dos más y un epílogo.

Por cierto, quiero aclarar lo del momento TROYPAY. Obviamente, eso no significó nada para Troy, y para Sharpay simplemente significó el final de su lucha interna. Era algo necesario para la historia, y la verdad es que para mí, que no soy TROYPAY para nada, no quedó mal. Lo digo porque a algunos de vosotros no les ha gustado mucho, y quería explicarme. A otros les ha encantado… xD

Cuando termine esta historia voy a empezar con otra muy distinta, y con un rating un poco más alto (M). Si os animáis, pinchad en mi nombre en la parte superior de este capítulo y entraréis a mi perfil. Allí podéis ver mis historias, así que solo tenéis que pinchar en "Nueva Vida".

Unos cuantos saludos (no os chiveis de que he vuelto a contestar reviews aquí, jeje...):

La PamzhazuL: No me llegó tu dirección de correo electrónico, lo siento. Pero he decidido volver a contestar por aquí, mientras no os chivéis no creo que pase nada. ¡Gracias por decir que es el mejor fic de la página! Me animó muchísimo.

Gelen: Me alegro de que sigas por aquí. ¡Espero que no te decepcione la conversación! xD ¡Un beso!

ººmariºº: Espero que tu 14-F haya sido bueno también. ;-)
Tu último review ha sido el empujón que me faltaba para subir el capítulo 14, así que te tengo que dar las gracias. Me ha emocionado muchísimo lo que me has dicho. Espero que esas cosas extrañas que te pasan desaparezcan pronto, y me alegro de poder ayudarte aunque sea por medio de mis historias. ¡Un beso!

Saludos para: Kuky, Mafercita, CamiW, Gabriela, Florencia, Vanessa y Carlii. ¡Gracias por vuestros reviews!

Y ahora a leer. ¡Espero que os guste!


RECAP:

Gabriella observó con lágrimas en los ojos la palidez del muchacho, el gesto duro de su cara salpicado de sorpresa e incredulidad, los ojos oscurecidos y enrojecidos, no de llanto, sino de amargura.

Tras un largo minuto de observación mutua, Troy habló.

- Gabriella…


- Troy… - dijo Gabriella, todavía temblando, vigilando ansiosamente las reacciones del muchacho.

Troy simplemente siguió mirándola con gesto entre incrédulo, aliviado y… enfadado.

Al final, al ver que Gabriella no decía nada, habló, volviendo la cabeza hacia la ventana.

- ¿Qué haces aquí?

Gabriella se sentó en una silla con un discreto suspiro de alivio, al ver que al menos no la iba a echar instantáneamente.

- Verte. – contestó ella lacónicamente.

- ¿Después de más de una semana? – preguntó Troy en voz baja.

- Sí. – contestó ella simplemente.

Troy se volvió hacia ella, los ojos brillantes de furia.

- ¿No crees que ya es un poco tarde para eso? – preguntó duramente.

Gabriella inclinó la cabeza.

- Puede. – admitió. – Pero aún así estoy aquí.

- Sí. – contestó él. – Aún así estás aquí.

Súbitamente, el muchacho se sentó en la cama.

- Estás aquí. – continuó, levantando la voz. – Pero no estabas el primer día que me permitieron sentarme, ni el primer día que pude comer algo sólido, ni el primer día que me quitaron los puntos de… de todas partes, ni el primer día que nos dieron la gran noticia de que todos mis estúpidos parámetros se habían NORMALIZADO.

La última palabra la dijo en un grito, tan fuerte que Gabriella se encogió en la silla y los que estaban fuera escuchando tras la puerta soltaron un jadeo asustado.

Troy siguió gritando.

- ¿DÓNDE ESTABAS¿EH? – preguntó a voz en grito. - ¿DÓNDE ESTABAS TODOS ESOS MOMENTOS EN LOS QUE YO TE NECESITABA A MI LADO¿DÓNDE ESTABAS EN LOS MOMENTOS EN LOS QUE SENTÍA QUE QUERÍA MORIR PARA ACABAR CON EL SUPLICIO DE LA REHABILITACIÓN¿DÓNDE ESTABAS EN LOS MOMENTOS EN LOS QUE SENTÍA QUE TODA MI VIDA SE ME IBA DE LAS MANOS¿EH¿DÓNDE, MONTEZ?

Gabriella escuchó todo el discurso y acusó con un gesto de dolor el uso de su apellido. La muchacha simplemente inclinó la cabeza en un gesto de arrepentimiento y lo dejó continuar.

- ¿DÓNDE ESTABAS ÉSTA MAÑANA? – siguió gritando Troy. – CUANDO, FINALMENTE, DESILUSIONÉ A MIS PADRES, MIS MÉDICOS Y A MÍ MISMO. ¿DÓNDE ESTABAS?

En algún momento del discurso, las lágrimas afloraron a los ojos de Troy. Por segunda vez en su vida, Gabriella lo vio llorar, y sin poder evitarlo bajó la mirada.

Durante un minuto, ninguno de los dos dijo nada. Al final, Troy, con voz temblorosa, continuó.

- ¿Dónde estabas? – murmuró. - ¿Dónde estabas cuando, al fin, tiré la toalla?

Ante eso, Gabriella levantó la vista y se encontró con la penetrante mirada azul hielo, velada por las lágrimas, de Troy Bolton.

Lentamente, Gabriella estiró su brazo. El muchacho no se movió mientras la muchacha acercaba lentamente la palma la mano hasta su pecho, para colocarla por encima de sus pectorales, justo sobre el corazón.

- Aquí. – dijo ella simplemente.

Y el cuerpo de Troy se contrajo en violentos sollozos, y en un rápido gesto se lanzó a los brazos de Gabriella, enterrando la cara en su cuello, con sus temblorosos brazos alrededor del cuerpo de la chica.

Y Gabriella, simplemente, lo rodeó a su vez con sus brazos y enterró su mano en los cabellos del muchacho, con la mejilla apoyada contra su sien, dejándolo llorar y desahogarse, ofreciéndole consuelo y cariño, comprensión y calidez.

En algún momento, la puerta se abrió sin que ninguno de los dos muchachos se diera cuenta, dejando asomar los rostros preocupados de Lucille y Jack Bolton. Al ver la escena ante ellos, sonrieron levemente y volvieron a cerrar la puerta, dejándoles intimidad, para mandar al resto de los Wildcats a sus casas. Esa noche, no habría nada que ver.

Gabriella no supo cuanto tiempo pasó hasta que los sollozos de Troy remitieron y el muchacho se relajó entre sus brazos. Ni supo cuanto tiempo pasó hasta que él se alejó de ella y se tumbó de nuevo, agotado, tomándola de la mano y apretando su palma contra su mejilla. Ni supo cuanto tiempo pasó hasta que el muchacho habló de nuevo, con voz ronca y cansada.

- Gabriella… - dijo, mirándola con ojos enrojecidos e hinchados y mirada y gesto arrepentidos. – Yo… lo sie…

- No lo sientas. – interrumpió ella. – No lo sientas, porque soy yo la que tiene que disculparse.

- Pero… - protestó él débilmente.

- No, Troy. – volvió a interrumpir Gabriella con voz suave y dulce. – Tienes toda la razón. Yo debería haber estado aquí. Por eso, te pido perdón.

Nuevas lágrimas descendieron por las mejillas de Troy y se alojaron en la palma de la muchacha, todavía apoyada contra la cara de él.

Volvieron a pasar unos minutos en los que ninguno de los dos habló. Simplemente disfrutaron de la presencia del otro, lamieron sus heridas de tantos días separados, sanaron sus corazones con el amor que se prodigaban.

Al final, Gabriella dejó de acariciar la mejilla de Troy con su palma para enterrar su mano en los cabellos del muchacho.

- ¿De qué tienes miedo? – susurró ella, leyendo la mirada azul hielo de Troy.

Troy guardó silencio unos segundos.

- De… -comenzó. – De no volver a andar.

Tras la confesión, Troy cerró los ojos huyendo de la mirada color chocolate de Gabriella, pero ella tomó suavemente su mentón instándole a mirarla.

- No hay nada malo en tus piernas, Troy. – le aseguró.

- ¿Cómo lo sabes? – susurró el muchacho amargamente.

- Porque los médicos no han visto nada malo. – contestó Gabriella simplemente.

- ¿Y cómo sabes que no se equivocan? – preguntó el muchacho, en un susurro angustiado.

- Troy… - dijo Gabriella en tono de advertencia. Se parecía tanto al tono que usaba su madre con él, que Troy soltó una breve carcajada. Gabriella sonrió a su vez, contenta de que el muchacho estuviera volviendo a la normalidad.

Pronto, ambos volvieron a perderse en la mirada del otro, hielo contra chocolate, y Gabriella volvió a leer en la mirada de Troy algo que no debería estar ahí.

- ¿Qué es lo que te preocupa? – preguntó ella, rozando la mejilla del muchacho con su nariz.

Troy suspiró.

- Odio que hagas eso. – comentó.

- ¿El qué? – preguntó Gabriella parando la caricia.

- No, eso no. – dijo Troy suavemente, molesto por la súbita lejanía de Gabriella. – Odio que sepas lo que pasa por mi cabeza en cada momento.

Gabriella rió suavemente, y retomó su cariñosa caricia en la mejilla del muchacho.

- Tú también sabes hacerlo conmigo. – comentó. – Estamos en paz.

Troy sonrió.

- Pero no has contestado a mi pregunta. – le hizo ver Gabriella, con la voz atenuada por la posición de sus labios en el cuello del muchacho.

El aliento cálido de la muchacha en su cuello mandó un agradable cosquilleo por el cuerpo del muchacho, el cual suspiró dejándose llevar por esa sensación. La sensación que Gabriella provocaba en él. Solo Gabriella.

De nuevo, la puerta se abrió sin que ninguno lo notara, y el rostro de Jack Bolton asomó por la puerta, queriendo comprobar cómo iban las cosas.

- Troy… - volvió a decir Gabriella, en el mismo tono de advertencia maternal de antes, levantando la cabeza y mirando al muchacho a los ojos. – Cuéntame lo que te preocupa.

Troy volvió a suspirar, esta vez incómodo. Pero sabía que Gabriella no lo dejaría en paz hasta que no contestara, así que reunió las palabras en su mente.

- Yo… - comenzó. – He visto la cara de mi padre… esta mañana. Él no es… el mismo.

Jack contuvo un jadeo al escuchar esa frase. ¿Eso estaba preocupando a su hijo? Pensó en intervenir, pero se contuvo un poco. Quizás intervenir ahora estropeara lo que Gabriella había conseguido.

- Troy… - dijo Gabriella. – Ha pasado por uno de los momentos más difíciles de su vida. Casi pierde a su hijo. Y cuando digo casi, eso es justamente lo que quiero decir. Yo tampoco soy la misma que era antes.

- No. – dijo Troy. – No me refiero a eso. Él está… triste. Decepcionado.

- ¿Por qué iba a estarlo? – preguntó Gabriella sacudiendo la cabeza con incredulidad.

- Él… - comenzó Troy. – Mi padre ha trabajado tanto, Gabriella. – siguió, con gesto de dolor. – Siempre ha estado pendiente de mí, de que mejorara, de darme la mejor preparación posible para que tuviera el mejor futuro que un padre pueda desear para su hijo. Y ahora yo… lo he echado todo a perder.

Gabriella parpadeó un par de veces, sin creer lo que estaba oyendo. El muchacho había vuelto la cabeza hacia la pared, avergonzado. Jack, por su parte, en con gesto horrorizado salió y volvió a cerrar suavemente la puerta. Desde fuera podía escuchar la conversación que tenía lugar dentro apoyando la oreja en la puerta.

- ¡Troy! – exclamó ella, incrédula. - ¿De verdad crees que has decepcionado a tu padre?

- No lo creo. – susurró Troy. – Lo se.

Suaves lágrimas comenzaron a caer por las mejillas de Jack Bolton, mientras escuchaba a su hijo. ¿De verdad creía eso su hijo¿Creía que lo había decepcionado?

- No, Troy. – dijo ella, más suavemente, casi riendo. – Lo has pillado todo mal.

El muchacho sacudió la cabeza levemente.

- Sí, Troy. – aseguró ella. – Mira, cuando tuviste el accidente… tú no lo viste, Troy. No viste la cara de tu padre cuando creyó que te perdía. Ni su cara cuando llegaron las buenas noticias. Dios, Troy, el único deseo que tu padre tenía era que despertaras, que volvieras con nosotros.

- Entonces… - intervino Troy. - ¿Por qué está así¿Por qué está triste y taciturno?

- Porque está preocupado por ti. – contestó Gabriella. – Porque te has encerrado en ti mismo, en tu burbuja, sin dejar a nadie cruzar tus barreras. Porque le preocupa que te hundas después de lo que tú has trabajado para llegar a donde estás. Tú, Troy. Él nunca se ha sentido responsable de tus logros. Has sido tú el que ha luchado todos estos años. Él solo te ha dado los medios para hacerlo. El equipo, los entrenamientos, los consejos, el apoyo incondicional que solo un padre es capaz de dar. – En este punto, Gabriella se encontró incapaz de contener las silenciosas lágrimas que comenzaron a caer por sus mejillas. Tras una leve pausa, siguió. - Pero eres tú el que ha llegado donde estás ahora. Y el lo sabe. Y sabe que es difícil para ti renunciar a todo lo que habías conseguido. Pero también sabe que, si tú quieres, puedes volver a conseguir lo que has perdido. Por eso está preocupado, porque sabe que puedes volver a tener el mundo en tus manos, pero tú no lo crees.

En ese punto, Jack decidió marcharse con su mujer y volver más tarde a hablar él mismo con Troy para hacerle ver que Gabriella tenía razón, para asegurarse de que al muchacho no le quedaba ninguna duda. Pero por ahora, los dos muchachos necesitaban intimidad.

Dentro de la habitación, Troy escuchó el razonamiento de la muchacha con la vista vuelta hacia la ventana. Conforme las palabras cruzaban su cerebro, el muchacho sintió como un gran peso se quitaba de sus hombros, como un gran nudo se deshacía en su garganta, como un pequeño rallo de esperanza se instalaba en su corazón.

Volvió la vista hacia ella, que lo miraba seria, y alargó su brazo para, suavemente, secar sus lágrimas con el pulgar. Gabriella cerró los ojos ante la caricia, y los abrió cuando ésta se retiró. Y entonces sus ojos se abrieron como platos al observar como Troy, con una mirada de profunda determinación, aquella que siempre tenía en la cancha de baloncesto, apartaba de un empujón las mantas y maniobraba hasta quedar sentado en el borde de la cama con los pies en el suelo.

- Troy… - susurró Gabriella. - ¿Qué estás…?

El muchacho simplemente la miró a los ojos, permitiendo que la muchacha los leyera como siempre hacía.

Determinación. Voluntad. Rabia. Ganas de probarse a sí mismo. Valentía.

Todo eso fue lo que Gabriella vio en ellos. Y sin decir una palabra más, la muchacha se levantó rápidamente, apartó la silla en la que estaba sentada de un empujón y se alejó un par de pasos. Lo suficientemente lejos para dejarle espacio, lo suficientemente cerca para auxiliarle si la necesitaba.

Troy, entonces, alargó una mano para sujetarse en los hierros de la cabecera de su cama y hundió la otra firmemente en el colchón debajo de él. Tomando una bocanada de aire y sin perder un ápice de determinación, el muchacho comenzó a empujarse con los brazos. Con los pies firmes en el suelo y las venas de sus brazos y su cuello marcándose por el esfuerzo, el muchacho comenzó a levantarse, con las piernas temblándole visiblemente.

A mitad de camino, las piernas le fallaron un poco y Troy se tambaleó. Gabriella lanzó una exclamación asustada e hizo ademán de ayudarlo, pero Troy la detuvo con una mirada de advertencia, y Gabriella comprendió que eso tenía que conseguirlo solo.

De nuevo volvió a intentarlo, con gotas de sudor resbalando por su frente, una leve sensación de mareo y un casi oculto gesto de dolor. Lentamente, y sin perder su agarre de los hierros, se fue incorporando hasta que quedó totalmente erguido. De nuevo lentamente, Troy se fue soltando de los hierros hasta que quedó firme sobre el suelo. Con las piernas temblándole levemente, pero firme y completamente de pie. Sonriendo exhausto, levantó la vista hacia Gabriella con una mirada triunfante, y la muchacha sollozó de emoción, orgullosa y aliviada.

Con una media sonrisa de esas "made in Troy", el muchacho extendió los brazos hacia Gabriella en una muda invitación. La muchacha, sin pensárselo dos veces, se lanzó hacia él con tanta fuerza que Troy perdió pie y ambos cayeron sobre la cama, Gabriella sobre Troy.

Sin dejar de sollozar, la muchacha lo rodeó fuertemente con sus brazos y enterró la cara en su pecho, ahogando sus sollozos. Troy simplemente le devolvió el abrazo, demasiado exhausto como para decir nada.

Tras unos minutos, la muchacha levantó la cabeza hacia él.

- Lo has conseguido. – susurró.

Troy sonrió y asintió levemente.

- Te dije que podías¿ves? – siguió hablando Gabriella, emocionada. – Te lo dije.

- Te quiero, Gabs. – susurró Troy cerrando los ojos.

Gabriella sonrió dulcemente y un par de lágrimas silenciosas se escaparon de sus ojos. Era la segunda vez que Troy le decía que la quería. La primera fue aquel día en que Gabriella rompió con él.

- Yo también te quiero, Troy. – respondió ella, comenzando a reír de felicidad. Troy abrió los ojos, asombrado. Era la primera vez que Gabriella le decía esas palabras.

- ¿Q-qué? - preguntó, sin poder creérselo.

- ¡Te quiero, te quiero, te quiero, te quiero, te quiero! - exclamó Gabriella tirándose de nuevo contra su pecho y sin dejar de reír.

El muchacho rió suavemente, y Gabriella volvió a levantar la vista hacia él, encontrándose con la mirada azul hielo del muchacho. Y esta vez, lo único que vio Gabriella en ella fue serenidad, amor, alegría, paz.

- Te quiero. – repitió de nuevo, y se inclino hacia él para capturar sus labios en un lento y dulce beso que envió un estremecimiento de placer por los cuerpos de ambos muchachos. Suavemente, Troy profundizó el beso, iniciando una suave y sensual danza de lenguas en la que se detuvieron un buen rato, no teniendo nunca suficiente el uno del otro.

Al fin, cuando la necesidad de aire se hizo acuciante, los dos muchachos se separaron jadeantes, quedando frente con frente y nariz con nariz.

- Gracias por venir esta noche, Gabs. – susurró entonces Troy. – No te vayas nunca más.

- Nunca más. – repitió Gabriella.

Tras unos momentos abrazados, Troy bostezó débilmente, y Gabriella sonrió con gesto tierno. Se levantó, y ayudó al muchacho a meterse de nuevo entre las mantas. Cuando se alejaba para coger su silla, Troy la tomó del brazo y Gabriella se volvió hacia él. El muchacho negó con la cabeza y le hizo sitio en la cama, una invitación que Gabriella jamás podría rechazar. Con una sonrisa, la muchacha se introdujo entre las sábanas y se acurrucó contra Troy, que la rodeó protectoramente con sus brazos. Gabriella se apretó contra él hasta que quedaron frente contra frente y nariz contra nariz de nuevo, con los cuerpos completamente apoyados el uno contra el otro y con sus piernas entrelazadas con las de él.

Y así, en esa postura, ambos cayeron dormidos. Cuando, tras media hora, Jack Bolton volvió a la habitación dispuesto a hablar con su hijo, se los encontró en esa postura y se quedó sonriente apoyado en el marco de la puerta. Lucille, que venía tras él, se chocó contra él, y al ver la expresión de su cara se asomó también. Ambos adultos observaron la tierna escena unos segundos, antes de volver a salir, cerrando la puerta.

- Creo que esta noche nos tendremos que contentar con la sala de espera. – observó Jack suavemente, rodeando los hombros de su mujer con un brazo. – Allí dentro tienen montado su propio santuario, me sentiría sucio si pasáramos la noche allí.

Lucille soltó una carcajada, y se apoyó contra el fuerte cuerpo de su marido.

- La sala de espera estará bien. – coincidió.

Y así, ambos se alejaron pasillo abajo, tranquilos por primera vez en mucho tiempo, sabiendo que su hijo, su pequeño, estaba en las mejores manos posibles.


Gabriella despertó con las primeras luces del día, hacia las 6:30 de la mañana. Con los ojos cerrados y el cosquilleo de los rayos del sol en la nariz, la muchacha sonrió, consciente del brazo que rodeaba su figura, la respiración pausada de su acompañante y el aroma que le caracterizaba envolviéndola cálidamente. Poco a poco abrió los ojos y observó a Troy, que seguía dormido con expresión apacible.

Ver a Troy dormir era, para Gabriella, súper relajante. Porque el sueño del muchacho era tremendamente tranquilo. A diferencia de otras personas, Troy apenas se movía bajo las mantas, y no roncaba ni hablaba en sueños. Simplemente respiraba acompasadamente, con todos sus músculos relajados y una expresión relajada en la cara. Ese sueño tan tranquilo y reparador era lo que hacía que al levantarse tuviera tanta energía, y que, aunque se acostara tarde por hacer deberes atrasados o por estudiar para un examen, se levantara completamente descansado y despejado.

Gabriella, aunque también tenía un sueño más o menos tranquilo, sí que solía removerse un poco entre las sábanas, y, según su madre y el propio Troy, hablaba muchísimo en sueños. Eso hacía que acusara mucho más las faltas de sueño. Era curioso que ambos muchachos al dormir tuvieran carácteres opuestos a los que tenían durante el día. Troy era enérgico y activo de día y tranquilo de noche; Gabriella era tranquila de día y agitada y activa de noche. Sí, era curioso.

Pero de esa noche la muchacha no se podía quejar, pues la postura en la que ambos estaban era la misma con la que se habían acostado la noche anterior. Y Gabriella se sentía tremendamente relajada y descansada, por lo que seguramente su sueño había sido tranquilo y reparador. No como en la última semana y media de su vida.

La muchacha se mantuvo unos minutos más en la misma posición, disfrutando del momento, pero sabía que tenía que levantarse antes de que a una enfermera se le ocurriera poner los pies en la habitación. Los acompañantes no tenían permitido dormir con los pacientes.

Cuando la habitación estaba prácticamente iluminada, Gabriella se movió un poco intentando deshacerse del abrazo de Troy sin despertarle. Pero el muchacho, en cuanto sintió el movimiento, apretó el abrazo y se estiró un poco mientras suspiraba con satisfacción. Acto seguido abrió los ojos, algo hinchados por el sueño y por el llanto de la noche anterior, y sonrió dulcemente a Gabriella.

- Buenos días. – susurró.

- Buenos días. – susurró Gabriella a su vez, adelantando su rostro para besar al muchacho dulcemente. - ¿Qué tal has dormido?

- Genial. – sonrió Troy, acurrucándose más contra ella. – Gracias a ti.

Gabriella sonrió a su vez, y enroscó sus dedos en las suaves hebras de pelo castaño claro del chico, provocando una especie de ronroneo en su garganta. Tras unos segundos, Gabriella se apartó un poco de Troy, el cual emitió un sonido de queja y la miró descontento.

- Me tengo que levantar. – explicó Gabriella. – Mejor que no me encuentren aquí.

Troy asintió reticente, y deshizo el abrazo lentamente, no sin antes besar los labios de la chica con dulzura.

Gabriella se levantó con cuidado y se estiró con elegancia gatuna para después alisar su ropa, siendo observada en todo momento por Troy. La muchacha lo miró a su vez y, con una sonrisa pícara, se percató de su mirada hambrienta.

- ¿Ves algo que te guste, Wildcat? – dijo, juguetona.

Troy le lanzó una de sus medias sonrisas, y se encogió de hombros.

- Puede que sí. – dijo mientras se incorporaba, siguiéndole el juego. - ¿Quieres que te lo muestre?

Gabriella arqueó las cejas seductoramente, y el muchacho, con un gesto, la instó a acercarse. Pronto, Gabriella se inclinó sobre él.

Troy alzó una mano hacia el rostro de la muchacha, y acarició su mejilla, para después alzar su otra mano y tomar el rostro de la muchacha entre ambas.

- Me gusta… - susurró, y se inclinó hacia ella para besar suavemente su pelo. - ¡Esto! Y también… - bajó su rostro para depositar un beso dulce en el párpado derecho de la muchacha. - ¡Esto! Y también… - movió suavemente el rostro de Gabriella para besar su párpado izquierdo. - ¡Esto! Y… - frotó su nariz contra la de la muchacha suavemente para después besar su punta con suavidad. - ¡Esto! Y también… - dulcemente besó ambas mejillas de la muchacha. - ¡Esto! Y… - besó con dulzura su mentón. - ¡Esto! Y, por supuesto, no podemos olvidar…

Troy se inclinó hacia Gabriella hasta quedar sus labios a un milímetro de los de ella. La muchacha cerró suavemente los ojos, sintiendo el cosquilleo de la respiración de Troy en sus labios, un escalofrío de anticipación y un dulce calor que se apoderaba de todos sus miembros. Tras unos segundos, Troy cerró la poca distancia que los separaba para tomar posesión suavemente de los labios de la muchacha, guiando dulcemente el beso. Gabriella suspiró de placer al sentir el lento movimiento de los labios de Troy sobre los suyos, y casi gimió al notar la punta de la lengua del chico rozando su labio inferior, pidiendo paso. Sin dudar, Gabriella separó sus labios y permitió al muchacho profundizar el beso tomando plena posesión de su boca. Ambas lenguas se encontraron, provocando una oleada de deseo en ambos muchachos que tornó el beso de dulce a apasionado en una milésima de segundo.

Tras unos segundos, Troy rompió el beso suavemente, y observó con una sonrisa dulce a Gabriella, que todavía estaba con los ojos cerrados. Poco a poco, la muchacha los abrió y sonrió a Troy con una mirada llena de sentimiento. Una mirada que decía tantas cosas…

En ese momento, la puerta se abrió sobresaltando a los dos tortolitos, que se volvieron hacia ella rápidamente. La doctora Darrell los miraba desde la puerta, con la psicóloga a su lado y una gran sonrisa en los labios.

- ¡Gabriella! – exclamó. - ¡Qué alegría verte por aquí!

Gabriella se levantó rápidamente y le devolvió la sonrisa.

- Hola, Sussy. – saludó. - ¿Qué tal?

- Pues veníamos a echar un vistazo a Troy. – explicó la doctora, lanzando una mirada escrutadora al muchacho. – Ayer hizo que nuestro medidor de preocupación rozara límites insospechados.

Troy tuvo la decencia de mostrarse culpable, y levantó un brazo para rascarse la nuca en un gesto incómodo. Gabriella, por su parte, lanzó una carcajada.

- Se puso difícil. – dijo entre risas.

Troy sonrió avergonzado y enrojeció, provocando más risas tanto en Gabriella como en la doctora y en la psicóloga.

- Bueno. – dijo la psicóloga, sonriendo. – Me alegro de verte tan animado, Troy. Ya que todo está bien, volveré más tarde para nuestra sesión habitual¿vale?

Troy le devolvió la sonrisa y asintió.

- Yo, ya que estoy aquí, voy a hacerte un reconocimiento rápido. – dijo la doctora Darrell. - ¿Te quedas, Gabriella, o aprovechas para bajar a desayunar?

Gabriella miró a Troy, que le hizo un gesto para que se fuera tranquila.

- Volveré enseguida. – dijo Gabriella, y salió de la habitación camino a la cafetería.

En cuanto entró, un par de voces la llamaron desde el fondo del local, y la muchacha se volvió rápidamente para encontrar a los señores Bolton haciéndole señas para que se acercara. Con una sonrisa tímida, la muchacha se acercó y tomó asiento.

- Buenos días. – saludó.

- Buenos días, cariño. – le devolvió el saludo Lucille con una gran sonrisa. - ¿Qué tal habéis dormido?

Gabriella se sonrojó.

- Muy bien, gracias.

- Tenemos que darte las gracias. – intervino Jack. – Por lo que has hecho por nuestro hijo.

- No tienen por qué dármelas. – negó Gabriella. – Yo… yo haría lo que fuera por él. Aunque estos días no lo haya demostrado, yo…

- Gabriella, lo sabemos. – la cortó Lucille, sonriendo dulcemente. – Gracias por estar a su lado.

Gabriella sonrió.

- No estaría en ningún otro lugar. – confesó tímidamente, haciendo sonreír a los dos mayores.

Jack se incorporó y se puso serio.

- Yo tengo que agradecerte otra cosa, Gabriella. – dijo, despacio.

Gabriella lo miró curiosa y un poco desconcertada, y Jack continuó.

- Tengo que darte las gracias por explicarle a Troy todo el asunto sobre mi decepción con él y demás. Voy a hablar yo con él, pero… en fin, gracias por habérselo explicado.

- N-no hay de qué… - murmuró Gabriella, sorprendida.

Los tres se quedaron en silencio mientras un camarero servía el desayuno a Lucille y a Jack para acto seguido tomar nota de lo que quería Gabriella. Cuando el camarero se marchó de vuelta a la cocina, Jack volvió a hablar.

- Aún no entiendo cómo pudo pensar que yo… - cerró los ojos en un gesto de dolor y negó con la cabeza. – Troy es el mejor hijo que se pueda pedir. Jamás podría estar decepcionado con él, jamás. Y menos por algo que no es ni por asomo culpa suya.

- Estaba confuso. – explicó Gabriella débilmente. – Tenía miedo. Pero ayer lo superó. Él… él se puso de pie anoche.

Lucille soltó una exclamación ahogada, y los dos Bolton se miraron brevemente antes de volver a fijar la mirada en la muchacha, que jugaba tímidamente con un mechón de su pelo.

- ¿Él hizo qué? – preguntó incrédulo Jack.

- Se puso de pie. – sonrió Gabriella. – Él solito. Lo consiguió.

- Oh, Dios mío… - susurró Lucille con lágrimas en los ojos.

Jack comenzó a sonreír, y su sonrisa se hizo cada vez más amplia. Al final, se reclinó en el asiento y soltó una breve carcajada.

- Sabía que lo conseguiría. – dijo orgulloso. – Sabía que no se dejaría vencer por esto. Sabía que lo haría.

Gabriella y Lucille sonrieron ampliamente ante la expresión de absoluto orgullo y cariño de Jack Bolton.

En ese momento, el camarero llegó con el desayuno, y los tres se dispusieron a dar buena cuenta de él, sin dejar de sonreír, sabiendo que Troy, siendo Troy, pronto volvería a su vida normal. No podían estar más felices por él.


Cuando volvieron a la habitación se encontraron en la puerta con unas sorprendidas doctora Darrell y Sylvia, la fisioterapeuta. En cuanto los vieron llegar se acercaron raudas a ellos, con expresión confundida.

- Señores Bolton… - saludaron. – Gabriella…

- ¿Qué hay, Sussy? – preguntó suavemente Gabriella, un poco preocupada. - ¿Algo va mal?

La doctora Darrell negó con la cabeza.

- No, no. – negó. – De hecho, lo que me sorprende es que vaya tan bien.

Sylvia afirmó varias veces con la cabeza.

- Ha hecho todos los ejercicios. – explicó. – Aquellos con los que ayer no pudo ni empezar. Y debo decir que los ha hecho bastante bien para ser el segundo día. Es increíble.

Los señores Bolton y Gabriella sonrieron.

- Anoche se puso de pie. – les explicó Gabriella. – Él solito.

Sylvia sonrió.

- Así que rompió sus bloqueos¿eh? – preguntó. – Había algo que le impedía avanzar. Un miedo, una preocupación, una ausencia. – miró significativamente a Gabriella. – No se que sería, pero ahora ya no está.

- De hecho… - siguió la doctora Darrell. – Aunque le costará recuperar por completo su forma física, y sobretodo su juego en el baloncesto, creo que no me equivoco al decir que si sigue así podremos mandarle a casa en unas tres semanas... y que lo hará por su propio pie.

Con una carcajada de alegría, los señores Bolton se abrazaron fuertemente. Gabriella simplemente sonrió y entró sin hacer ruido a la habitación. Troy estaba tumbado en la cama, con los ojos cerrados. Pero la sonrisa en su rostro le hizo ver a Gabriella que no estaba dormido.

La muchacha se sentó al lado de la cama de Troy, en una silla. Estuvieron en silencio unos segundos, hasta que Troy abrió súbitamente los ojos y miró al techo, sin dejar de sonreír.

- ¿Estás orgullosa de mí? – preguntó débilmente.

Gabriella sollozó sin dejar de sonreír, y cogió la mano del muchacho, que la miró con sus penetrantes ojos azules.

- Siempre. – susurró Gabriella. – Siempre.

Troy sonrió más ampliamente y volvió a cerrar los ojos.

- Te quiero. – susurró.

- Y yo a ti. – contestó Gabriella. – Y yo a ti, Troy.

Cuando los señores Bolton entraron en la habitación, Troy se había sumido en un tranquilo sueño mientras que Gabriella acariciaba sin parar la mano del muchacho. Lucille le puso la mano en el hombro a Gabriella, sin dejar de sonreír, y Jack besó a su hijo en la frente suavemente.

Gabriella, sonriente, los miró a ambos.

- Ahora todo está bien. – susurró. – Todo está bien.

Los dos adultos afirmaron con la cabeza.

Si, de ahora en adelante, todo iba a mejorar.

Poco a poco, las cosas volvían a la normalidad.


¡¡¡Y ésto es to… ésto es to… ésto es todo, amigos!!!!

Menudo capítulo TROYELLA os he regalado¿eh? xD

¿Os ha gustado¿Si¿No¿A lo mejor?

Venga, dejadme un review para decírmelo. Se agradecen los reviews críticos, esos que explican qué es lo que os gusta y lo que no. ¿Vale?

¡Gracias, y hasta la próxima!

¡Os quiero!