¡Hola, chicos y chicas! Bueno, bueno, bueno… ¡cuánto tiempo¿Verdad? Lo siento muchísimo. He estado sumamente ocupada. Más que nunca. No he podido dedicar mucho tiempo a escribir. Y siendo que éste capítulo es el más largo que haya escrito nunca (27 páginas de Word), no es de extrañar que haya tardado tanto.

Sí, 27 páginas de Word.

Ya podéis tomar asiento, preparar algo de beber y algo de comer, y apagar los teléfonos móviles y el Messenger para que nadie os moleste. Tenéis un buen rato hasta que terminéis de leer, os lo aseguro.

Y es el final. Sí, lo habéis oído bien. Es el último capítulo. Solo queda el epílogo, que espero subirlo mañana antes de irme de vacaciones. El miércoles me marcho al pueblo, y allí no tengo Internet ni nada parecido.

Tengo un aviso importante que daros. Me han concedido el honor de traducir del inglés dos de los mejores fics que he leído en esta página. Al final del capítulo os escribiré una breve reseña acerca de ellos, para que os vayáis mentalizando. Os van a gustar. Lo se.

Y sin más dilación, contesto reviews:

CamiW: A mi correo puedes acceder desde mi Profile. Simplemente, pincha sobre mi nombre allá arriba. ¿Qué es exactamente lo que me estás pidiendo de mi fic?
En cuanto a lo de la segunda temporada… lo siento, pero el fic se acaba aquí. No tengo nada más que contar sobre ellos, al menos no con este tipo de argumentos. Me alegra que queráis más. :-D Eso significa que no lo he hecho mal. ¡Un beso!

LaPamzhazul: Me alegra muchísimo que te encante el fic. En cuanto a mi MSN, lo puedes encontrar en mi Profile. Pincha en mi nombre, y aparecerás en mi página personal. Eres la primera que me dice que quieres leer el fic reescrito… ¡Muchas gracias! Aunque, al haber adquirido compromisos con las autoras de los fics que voy a traducir, la corrección se va a demorar.

Gabriela: ¡Jeje! Vaya, lo siento, pero el fic se termina. ¡Qué le vamos a hacer! En cuanto a la secuela, te digo lo mismo que a CamiW. Voy a seguir escribiendo, así que ya sabes… estate atenta, y a lo mejor encuentras que mis siguientes fics te gustan incluso más. ¡Quién sabe! ;-) ¡Un beso!

Gelen: ¡Hola, preciosa! Me alegro de verte por aquí. Espero que te siga encantando, y nada, que es un placer tenerte por aquí mandándome reviews. ;-) ¡Un beso!

ººMaryºº: ¡Muchas gracias, de nuevo, por tu review! Me animan mucho tus reviews, gracias por tus amables palabras. ;-) ¡Un beso! PD: El final… ¡Qué pena!

Y ya no os entretengo más. ¡A leer! Espero que os guste.

Dedico este capítulo a mi hermana Alejandra, otra fan de High School Musical.

Y, sobretodo, se lo dedico a mi novio, quien lee esta historia con tantísima paciencia. Para tí, mi amor, en tu 20 cumpleaños. ¡Te quiero!

Jack Bolton despertó, como siempre hacía, a las 5:00 de la mañana cinco días después de la vuelta a casa de Troy. Era una persona madrugadora, pues le gustaba salir a correr o a practicar tiros libres para mantenerse en forma.

Y ese día, viernes, como cualquier otro, también se levantó. Con cuidado de no despertar a su esposa, salió de la cama y entró sin hacer ruido al baño para ponerse un chándal que había dejado preparado el día anterior. Y, ya vestido, salió del baño y caminó sin hacer ruido por el pasillo dirigiéndose hacia las escaleras.

Pero antes…

Jack se detuvo en la puerta de la habitación de su hijo, y la abrió con cuidado para después entrar sigilosamente. Acercándose poco a poco, escuchó la leve respiración de Troy, que dormía boca abajo tapado hasta la cintura y abrazado a la cabecera.

Jack había descubierto que le encantaba ver dormir a su hijo. Le recordaba a esos tiempos ya lejanos en los que un Troy de cuatro años entraba en su habitación asustado por alguna pesadilla y acababa dormido junto a él y su madre mientras los dos adultos lo observaban preguntándose cómo habían podido formar algo tan perfecto como su hijo.

Con una sonrisa, Jack acarició suavemente el cabello de Troy a sabiendas de que no se despertaría, y paseó la vista por el cuerpo del muchacho. Estaba mucho más delgado que antes… demasiado delgado. La horrible estancia en el hospital se había llevado por lo menos 8 kilos, y los tendría que recuperar con una dieta hipercalórica que muy amablemente la doctora Darrell les había proporcionado. De hecho, desde que estaba en casa había recuperado unos 800 gramos. Seguía siendo musculoso, aunque la delgadez fuera notable, y un par de finas cicatrices de color rojizo cruzaban su espalda como dos de los muchos recordatorios que a Troy le iban a quedar sobre su accidente.

Jack suspiró. Antes de que todo esto pasara, Troy se levantaba todos los días para salir a correr con él o a entrenarse un poco en el baloncesto. Era tan madrugador como su padre. No se levantaba estos días, claro, pues el muchacho todavía se cansaba más de lo normal durante el día. Y aunque se levantara, estaba claro que el muchacho no se animaría a salir con él. No se decidía a intentarlo.

La mañana siguiente de la vuelta a casa de Troy, Jack se había levantado como hacía siempre y había ido a la habitación de su hijo al igual que hoy. Allí, había descubierto algo que lo había llenado de tristeza.

FLASHBACK:

Jack abrió la puerta de la habitación de Troy y entró sigilosamente. Había tenido una pesadilla horrible, de esas que te despiertas jadeando y bañado en sudor y lágrimas. Lucille lo había despertado bastante asustada, diciéndole que no paraba de agitarse y de murmurar palabras ininteligibles en un tono horrorizado.

Pero es que había sido el sueño más terrorífico que podía tener. Una lápida. Una simple lápida.

Troy Alexander Bolton

Fallecido el 28 de Octubre de 2007

Amado hijo

Simplemente no podía soportar ni el recuerdo de esa fría lápida. Esa lápida que, en su sueño, cubría el cuerpo de su hijo, de su propio hijo, de su pequeño, su orgullo, su vida.

No, no podía soportar ni el recordarlo.

Y había tenido que ir. Había tenido que acercarse a la habitación de su hijo para despejar su horror, para que volviera la calidez a su corazón, para tocar su frente y notar la calidez y la vida que emanaban de su cuerpo.

Todavía temblando, se había sentado en el borde de la cama de Troy y lo había observado dormir. La tranquila elevación de su pecho al respirar, el suave movimiento de las venas contra su piel al latir, el parpadeo de sus ojos que indicaba que estaba soñando…

Poco a poco, Jack se había ido tranquilizando. Cuando por fin se sintió con fuerzas para levantarse y salir de la habitación, se incorporó con cuidado y sonrió al ver que Troy ni se había enterado de que alguien se había sentado y después se había levantado de la cama. Siempre había tenido el sueño muy profundo, y además era una de esas personas capaz de dormir en cualquier lugar, ya fuera el suelo, un árbol o una cama de pinchos. A él lo mismo le daba, pues si tenía sueño se dormiría.

Con cuidado, Jack quitó un mechón de pelo correspondiente al flequillo de los ojos del muchacho, y de nuevo éste ni se movió. Conteniendo una carcajada, Jack se volvió para salir. Pero no había dado ni dos pasos cuando algo llamó su atención.

Lentamente, se volvió hacia la pared enfrente de la cama de Troy, donde había una estantería con los trofeos más importantes del muchacho, tanto de baloncesto como de otros muchos deportes. Los trofeos de los que Troy más orgulloso se sentía. Los trofeos que le recordaban quién era, lo que había conseguido y a dónde quería llegar.

Una manta los cubría todos.

Jack pasó la vista desde la estantería hasta su hijo y viceversa, con gesto triste. No podía creer que los hubiera tapado. ¿Por qué lo había hecho¿Se sentía avergonzado¿Dolido¿Qué?

Troy se estiró lentamente y respiró hondo, llevándose una mano a los ojos y frotándolos débilmente. Y Jack salió rápida pero sigilosamente, cerrando con cuidado la puerta tras de sí.

Cuando Troy abrió los ojos, se incorporó y miró a su alrededor. Habría jurado que alguien estaba allí hacía un minuto…

Bah, habría sido un sueño o algo así.

Con un suspiro cansado, Troy se volvió a tumbar y se dispuso a volver a dormir.

Eran las 9 de la mañana cuando Lucille se levantó de la cama, se vistió, se aseó y bajó a la cocina a preparar el desayuno. Nada más entrar, descubrió a su marido sentado a la mesa con la mirada perdida y el pijama todavía puesto. Vaya, eso sí que era raro.

- ¿Jack? – le llamó.

Instantáneamente, el hombre se volvió hacia ella, y Lucille se fijó en su mirada triste y pensativa.

- ¿Humph? – contestó Jack, con gesto ausente.

Su mujer se acercó y le puso la mano en la frente.

- ¿Estás bien? – preguntó, preocupada.

- Sí… - contestó Jack con voz suave.

- No has salido a correr. – observó su mujer.

Jack negó con la cabeza.

- No tenía ganas. – contestó en un murmullo.

Lucille se sentó junto a él y tomó su mano entre las suyas.

- ¿Todavía te preocupa la pesadilla de anoche? – preguntó. – Cariño, solo fue un sueño. Troy está bien, acabo de pasar por su habitación y seguía dormido como un bebé. Todo está bien ahora.

- N-no es eso. – murmuró Jack.

Lucille lo miró desconcertada.

- ¿Entonces qué te pasa? – preguntó, dubitativa.

Jack la miró a los ojos, y Lucille pudo ver una expresión entre desconcertada, asustada, dolida y perdida.

- Ha tapado sus trofeos. – susurró, tan flojo que su mujer tuvo que acercarse más para escucharlo.

Lucille afirmó con la cabeza.

- Lo se. – susurró a su vez. – Lo acabo de ver.

- ¿Por qué…? – comenzó a preguntar Jack. – Si… si siempre estuvo orgulloso de ellos…

Lucille sonrió dulcemente. Ella, con su intuición de madre y el conocimiento profundo que tenía de su hijo, creía saber lo que había pasado por la cabeza de éste para hacerlo.

- Mirar los trofeos… - comenzó a explicar, detuviéndose para escoger las palabras más adecuadas. – Para Troy, mirar los trofeos es recordar algo que tuvo y que ya no tiene. Algo que le fue arrebatado de forma abrupta e injusta.

- Los deportistas que se lesionan y no vuelven a jugar no tapan sus trofeos, sino que los exponen todavía más. – observó Jack.

- Pero lo de Troy no es una lesión. – contestó Lucille. – Con una lesión, sabes que sigues siendo un buen jugador. Lo de Troy es distinto. Porque Troy ha olvidado cómo jugar. Y en el fondo siente que, sin saber jugar, no se merece ningún trofeo. Porque ya no es un jugador de baloncesto, y esos trofeos los ganó un jugador de baloncesto. Siente que ya no se los merece.

Jack negó con la cabeza.

- No tiene por qué avergonzarse. – replicó. – No tiene por qué arrepentirse. Solo tiene que dejar que las cosas sigan su curso. La cancha de baloncesto está allí. Solo tiene que proponérselo.

- Necesita tiempo. – susurró Lucille.

Jack negó con la cabeza.

- No, Lucille. – respondió. – Si lo deja pasar ahora, no volverá a jugar. Porque se acomodará a lo que ahora tiene, se conformará con lo que ya ha conseguido. Si no lo intenta ahora que le duele y que comprende lo que ha perdido, no lo intentará más.

Con un suspiro, Lucille se levantó y avanzó hacia el frigorífico.

- Dale unos días. – sugirió. – Y luego, habla con él. A ver qué te dice.

Jack asintió con la cabeza, y Lucille se volvió hacia la cocina y comenzó a preparar huevos con bacon. Normalmente desayunaban tostadas, tortitas o cereales. Pero Troy necesitaba ganar peso.

Ninguno de los dos adultos se percató de que una sombra había escuchado toda la conversación desde el pasillo.

Troy apoyó la cabeza en la pared y suspiró. Sabía que su padre tenía razón. Lo sabía. Pero no podía reunir el suficiente valor como para intentarlo. Todavía no. Todavía no se había hecho a la idea.

Todavía no.

FIN DEL FLASHBACK.

Habían pasado cinco días, y Troy todavía no había pisado la cancha. Y eso que Jack lo había intentado…

Hubo un día que se dedicó a dejar balones de baloncesto por todas partes para que Troy los encontrara. Se trajo todos los balones del East High y llenó la casa con ellos, dejando uno en cada sitio por el que sabía que Troy iba a pasar.

Así, cuando Troy despertó, se encontró compartiendo almohada con un balón de baloncesto. Sorprendido, miró hacia arriba pensando que se había caído de una de las estanterías… pero no. El balón que él tenía, firmado por los Lakers (un tesoro), seguía en su sitio. Tras meditar un momento, se encogió de hombros, recogió el balón y lo metió en su armario en una de las viejas redes que guardaba de las remesas de balones que llegaban al East High.

Cuando salió de su habitación, tropezó con otro balón, y como todavía vacilaba un poco al caminar (y más recién levantado), se cayó de culo al suelo. Con el ceño fruncido, se quedó mirando el balón un minuto entero, hasta que su madre pasó por delante de él y se lo quedó mirando con una ceja enarcada en un gesto divertido.

- ¿Qué haces ahí? – preguntó, aguantando la risa.

- ¿Qué se propone papá con esto¿Matarme? – preguntó Troy de vuelta.

Lucille rió y rodó los ojos.

- Probablemente tentarte. – contestó.

- Ya… - gruñó Troy. – Pues no va a funcionar. Todavía no.

- Lo se. – suspiró su madre, y le ofreció una mano para ayudarlo a levantarse.

Troy la aceptó y se levantó, dejando que su madre, en un gesto de cariño, pasara la mano por su pelo, más largo de lo habitual debido a su larga estancia en el hospital. Le habían ofrecido traer al peluquero del hospital cuando todavía estaba allí, pero Troy no se fiaba mucho. Tenía miedo de que lo dejaran con el corte de pelo de un viejo.

- ¿Cuántos balones ha traído? – preguntó Troy.

- Unos cuantos. – contestó su madre. – Y me ha prohibido terminantemente que los toque, así que te va a tocar recogerlos a ti.

Troy rodó los ojos en un gesto idéntico al de su madre. Y es que, aunque de físico y maneras fuera más como su padre, también tenía numerosos gestos clavados a los de su madre. Eran esas pequeñas cosas que hacían patente el ligero parecido en los rasgos faciales de Troy y Lucille Bolton.

- Vale… - suspiró Troy, recogiendo el balón del suelo y volviendo a su habitación para colocarlo junto al otro, dentro de la red. - ¡Qué remedio!

Ese fue solo el comienzo. En el baño, en el frigorífico, encima de la televisión, encima de la Play Station 2, en la mochila de Troy, en su escritorio, encima de sus libros de texto, en el jardín, en el coche, en el sillón favorito de Troy, debajo de la mesa, en las estanterías del salón…

Todo el día estuvo Troy encontrando balones y guardándolos en las redes que tenía por el armario. El muchacho había perdido la cuenta de cuantos había, pero creía que había contado unos 40. ¡De locos!

Cuando Jack Bolton volvió del instituto, Troy se encontraba en su habitación estudiando. Lo primero que hizo fue interrogar a su mujer para saber si el chico había pisado la cancha. Ante la respuesta negativa de Lucille, Jack simplemente frunció el ceño y sacudió la cabeza, decepcionado.

Una hora más tarde, Lucille llamó a su hijo a cenar. El muchacho bajó las escaleras después de lavarse las manos y entró al comedor. Allí estaba su padre, leyendo el periódico. No levantó la vista del papel cuando su hijo entró, y Troy se preguntó un poco preocupado si estaría enfadado con él. Lo cual estaba mal, pues debería ser al revés.

Troy iba a hablar cuando algo llamó su atención. Sobre su plato, en su silla y en equilibrio sobre su vaso había tres pelotas de baloncesto más.

Ante lo absurdo de la situación, Troy comenzó a reír. Jack levantó la vista del periódico para observar, estupefacto, a su hijo literalmente doblado en dos, con lágrimas de risa cayendo por sus mejillas y señalando la mesa con una mano temblorosa. Y hombre, había que reconocer que la vista de ésta era graciosa…

Sin decir nada, aunque con una sonrisa amenazando con escaparse de entre sus labios, Jack esperó a que su hijo parara de reír. Cuando por fin se tranquilizó, Troy se enderezó y se limpió las lágrimas, con una gran sonrisa en los labios.

- En serio, papá. – comenzó, respirando entrecortadamente y enarcando una ceja. - ¿Qué es lo que has hecho¿Robar todos los balones del instituto?

Jack se encogió de hombros.

- Sí. – contestó, como si fuera lo más normal del mundo.

Troy volvió a reír.

- Papá, estas cosas no van a funcionar. – explicó, un poco más serio y enarcando esta vez ambas cejas. – No todavía.

Jack suspiró, dejó el periódico a un lado y se levantó, avanzando hacia su hijo. Cuando llegó hasta él, lo tomó de los hombros.

- Troy. – comenzó. – Hijo… ¿es que ya no quieres jugar al baloncesto?

- No se trata de eso. – dijo Troy, esta vez completamente serio. – Por supuesto que quiero jugar.

- ¿Entonces…? – comenzó a preguntar Jack.

- El problema, papá… - interrumpió Troy. – El problema es que ya no se si puedo. Y eso es algo que tengo que averiguar por mi cuenta y a mi debido tiempo.

Jack sacudió la cabeza.

- Si no lo haces ahora… - comenzó.

- Lo se, papá. – volvió a interrumpir Troy, y Jack suspiró.

Troy observó el semblante preocupado de su padre, y tomó aire, pensando en como explicarle bien la situación.

- Mira, papá. – dijo. – Te prometo que lo voy a intentar. Te prometo que pondré todo de mi parte para que todo vuelta a ser como era antes. Pero es muy pronto.

Jack quiso intervenir, pero Troy lo paró con un gesto.

- No, déjame acabar. – pidió. – Tengo varias razones para esperar, siendo la primera de ellas que todavía no puedo bajar y subir las escaleras una vez sin sentirme terriblemente cansado. La segunda es que necesito sentirme más seguro antes de intentarlo, siendo que todavía me tiemblan las piernas cuando me canso demasiado, y no podría intentar jugar durante mucho rato. Y la tercera es la más difícil.

Jack esperó expectante, mientras su hijo se esforzaba por encontrar las palabras correctas.

- Desde que tengo memoria, mi vida ha girado en torno al baloncesto. – dijo Troy, suavemente. – Mi primer recuerdo sobre el tema es aquél día en que me compraste un balón y una canasta enana, y tenía tres años. – Jack sonrió ante el recuerdo de un pequeño niño completamente encantado con su nuevo regalo. - Desde ese día, he ido fabricando una especie de puzzle… un puzzle del baloncesto, en el que conforme aprendía cosas sobre el deporte iba añadiendo más y más piezas. Y, después de todo lo que me costó reunir todas las piezas, el puzzle se rompió el día que tuve el accidente. Donde estaba el trabajo de toda mi vida, solo quedó vacío. Una laguna, un hueco, nada.

Jack escuchaba atentamente, mientras su hijo miraba al suelo con el ceño fruncido en un gesto de concentración.

- Y lo peor, papá, es que no se dónde están las piezas. – siguió Troy. – Necesito reunir las piezas, una por una, antes de intentar montar de nuevo el puzzle. Porque cuando era pequeño, las piezas venían una a una, y no me costaba demasiado encontrar su hueco. Y aunque me costara un poco, nadie esperaba que un niño de cuatro, cinco o incluso diez años supiera jugar bien al baloncesto. Pero ahora sí que se espera eso de mí, y las piezas en vez de venir de una en una vendrían todas de golpe. Por eso, necesito reunirlas antes de que se me exija nada, porque solo cuando las tenga todas podré empezar a rehacer el puzzle.

Troy quedó en silencio unos instantes, y después levantó la vista hacia su padre.

- Tengo que reunir las piezas, papá. – dijo suavemente. - ¿Lo entiendes?

Y Jack por fin lo comprendió. Comprendió que el caso de su hijo no era normal, no era como los de los demás, que se lesionaban y necesitaban un tiempo de recuperación antes de jugar como lo hacían antes de la lesión.

El caso de Troy requería otro tipo de tratamiento. Y era un tratamiento más lento, más largo y más doloroso.

Jack asintió con la cabeza, y Troy le sonrió.

- Anda, devuelve los balones al instituto antes de que perdamos el campeonato por no tener balones para entrenar. – dijo el muchacho, sacudiendo la cabeza con diversión.

Jack sonrió, y el brillo de la esperanza se instauró en sus ojos. Mientras seguía a su hijo, que lo conducía a su habitación para recoger todos los balones del armario, no pudo evitar pensar que era la primera vez desde el accidente que su hijo se incluía a sí mismo dentro de los Wildcats.

Y hoy, por fin, era el primer día que Troy iba a ir al instituto. La doctora Darrell había sugerido a Troy que eligiera como primer día de clase un viernes. De esa forma, podría descansar durante el fin de semana, pues el primer día sería el más duro. La vuelta a la rutina, al trabajo y al estrés del último año de instituto.

Cuando Jack volvió de correr y entró en la casa, su hijo ya estaba levantado, y desayunaba tranquilamente en la cocina. Bueno, no tan tranquilamente. Jack podía ver en su gesto tenso y en el movimiento continuo de su pierna derecha que estaba nervioso. Cuando pasó por su lado, Jack le revolvió afectuosamente el pelo, ganándose una protesta de Troy.

- Voy a ducharme. ¿Vas a venir conmigo o vas con Gabriella? – le preguntó, ignorando la protesta.

- No. – contestó Troy. – Voy a recoger a Gabriella para ir juntos. Tengo que darle utilidad al nuevo coche tan increíble que me habéis comprado.

Jack sonrió y rodó los ojos.

- Por si te has ido cuando vuelva a bajar, conduce con cuidado. – le dijo a su hijo.

Esta vez fue el turno de Troy para rodar los ojos.

- Lo se. – contestó lacónicamente.

Conforme Jack salía de la cocina, Lucille entraba completamente vestida y lista para salir. Besó a su marido en la mejilla antes de que él saliera, y después se sentó con su hijo y lo miró con las cejas enarcadas.

- ¿No deberías haberte ido ya, mamá? – preguntó Troy, sin levantar la vista de su abundante desayuno. – María dijo ayer que había quedado contigo hoy… - miró su reloj de reojo y enarcó una ceja. - … hace cinco minutos.

- Si, bueno, voy a ir contigo ya que tú vas para allá. – sonrió ella. - ¿Por qué estas nervioso?

Troy enrojeció.

- No estoy nervioso. – contestó.

- Troy, soy tu madre. – rió Lucille. – Te conozco como la palma de mi mano, y lo sabes.

- No estoy nervioso. – volvió a decir Troy con cabezonería, enrojeciendo aún más.

- Troy… - ahí estaba de nuevo el tono de amenaza. Igualito al de Gabriella. Troy no pudo menos que sonreír. – Cuéntame que es lo que te preocupa.

Troy suspiró. Sabía que podía confiar en su madre, y que ella lo consolaría y lo comprendería mejor que nadie. Excepto, quizás, Gabriella. Pero simplemente pensaba que era una estupidez, y que al ponerlo en palabras sonaría aún más estúpido.

Mirándose en los ojos azules de su madre, contemplando esa mirada preocupada por él y llena de infinito cariño, Troy abrió la boca y tomó aire.

- Yo… - comenzó. – Es una estupidez. Me preocupa la gente del instituto.

Lucille enarcó una ceja.

- ¿Del instituto? – preguntó, incrédula. - ¿Por qué?

- Supongo que por la reacción que puedan tener al saber que he cedido la capitanía de los Wildcats a Chad. – contestó Troy, bajando la mirada.

- Temporalmente. – le recordó su madre.

- Temporalmente. – repitió Troy rodando los ojos. – Eso espero…

Lucille miró a su hijo con cariño y besó su frente.

- Cariño. – le dijo, con una sonrisa. – Pero si en el instituto te adoran… por supuesto, comprenderán la situación. Ellos te quieren, Troy.

- No, mamá. – repuso Troy. – Ellos adoran y quieren a la idea de mí. Adoran a Troy, capitán de los Wildcats, estrella del equipo de baloncesto. ¿Sabes cuanta gente me conoce de verdad?

Lucille no contestó, y Troy esbozó un gesto triunfante.

- Ocho personas. – se respondió a sí mismo. – Ocho personas, mamá. Para el resto, no soy nada más que lo que aparento ser.

Lucille tomó la cara del muchacho entre sus manos y lo miró seriamente a los ojos.

- ¿Y qué? – dijo lentamente y en tono tajante.

Troy entorno los ojos en un gesto confundido.

- ¿Cómo que "y qué"? – respondió el muchacho.

- ¿Y qué más da? – elaboró Lucille. - ¿Qué te importa a ti lo que piense la gente¿Cuándo te ha importado? Tienes el apoyo y el cariño de esas ocho personas que has nombrado, Troy. ¿Acaso necesitas al resto del instituto?

Troy guardó silencio unos instantes, y después obsequió a su madre con una de sus mejores sonrisas.

- Y, como siempre… - comenzó. - … tienes toda la razón. ¿Ves? Ya te había dicho que era una tontería.

Lucille rió y abrazó cariñosamente a su hijo.

- Nada de lo que tú digas me podrá parecer nunca una tontería, hijo. – contestó, disfrutando del sentimiento de ternura que le provocaba el tener a su hijo entre sus brazos. Conforme Troy iba creciendo, Lucille iba disfrutando menos de esos momentos madre-hijo tan inolvidables. – Eres un gran muchacho, Troy. – añadió. – Y eso, por mucho que tú pienses que no, la gente lo sabe.

- Gracias, mamá. – susurró Troy, separándose lentamente de su madre para besarla en la mejilla. - ¿Te parece que nos vayamos ya? No quiero llegar tarde…

Lucille asintió con la cabeza, y se apresuró a terminar su desayuno. Un par de minutos después, madre e hijo subieron al nuevo coche de Troy para dirigirse a la casa de las Montez.

Aunque Troy aún se sentía un poco incómodo sentado en el sillón del coche, seguía conduciendo con el mismo cuidado y la misma pericia que tenía antes del accidente. Era uno de esos conductores que se concentraban totalmente en la carretera, que rara vez apartaban la vista del camino frente a ellos. Mientras recorrían las anchas calles de Alburquerque, Lucille observó el gesto de concentración y el ceño ligeramente fruncido, y sonrió. Se le veía tan mayor, tan apuesto, tan responsable…

Diez minutos después, Troy aparcó frente al jardín delantero de la casa de las Montez, y se volvió hacia su madre.

- Gracias por traerme. – dijo Lucille, abrazando a su hijo con un brazo y besándolo en la mejilla.

Troy rodó los ojos.

- Mamá, suenas como si fuéramos dos extraños. – se quejó. – "Gracias por traerme"… ¿qué clase de comentario es ese hacia un hijo?

Lucille enarcó una ceja.

- Encima de que soy agradecida… - dijo, fingiendo haberse ofendido.

Troy rompió a reír y la empujó suavemente hacia la puerta.

- Anda, vete. – rió. – Corre a contarle los últimos cotilleos del barrio a María, y no olvides añadir comentarios sobre lo "monos" que somos Gabriella y yo.

Lucille sonrió.

- Que tengas un buen día en el instituto, cariño. – le deseó, con un guiño. – Y ya sabes, si te sientes…

- … cansado, vuelve a casa. Lo se, mamá. – la interrumpió Troy volviendo a rodar los ojos.

Lucille negó con la cabeza en un gesto de exasperación y salió del coche cerrando la puerta tras de sí. Un segundo después, Troy abrió la ventanilla del copiloto y llamó a su madre, que se volvió hacia él expectante.

- Dile a Gabriella que no se mire más al espejo, que está preciosa, y que salga ya si no quiere que lleguemos tarde. – le gritó.

Lucille rió y asintió con la cabeza para retomar después el camino hacia la puerta principal de las Montez. Cuando llegó, tocó al timbre, y unos segundos después María Montez abrió la puerta y la saludó alegremente, haciéndola pasar.

Lucille recorrió los pasillos del piso de abajo para llegar a la cocina, con María parloteando con entusiasmo a su lado. Al pasar por la puerta del baño de abajo, Lucille vislumbró a Gabriella haciéndose los últimos retoques en el espejo, y se detuvo. Tocó suavemente en la puerta, y la muchacha se volvió hacia ella, sonriendo alegremente al ver quién era.

- ¡Hola, Lucille! – la saludó.

- Hola, cielo. – contestó la mujer. – Troy me ha dicho que te diga que dejes de mirarte al espejo, que estás preciosa, y que salgas ya o llegaréis tarde. – recitó rápidamente.

Gabriella se sonrojó, y después sonrió poniendo los ojos en blanco.

- Hombres… - susurró para sí misma, haciendo reír a las dos mujeres.

- Anda, hija, vete ya. – le dijo Marie. – O llegaréis tarde de verdad.

Gabriella asintió y cogió su chaqueta y su mochila.

- ¡Pásalo bien! – dijo su madre, guiñándole el ojo.

La muchacha sonrió y guiñó el ojo a su vez, pero cuando estaba a punto de echar a correr hacia la puerta principal, Lucille la detuvo.

- Gabriella, estate pendiente de Troy hoy¿vale? – pidió. – Está un poco nervioso, y me da miedo que se canse demasiado y no diga nada.

Gabriella asintió con gesto serio.

- No tenías ni que pedirlo. – le aseguró. – Pensaba hacerlo de todos modos.

Lucille sonrió y abrazó a la muchacha.

- Eres lo mejor que podría pedir para mi hijo. – le susurró al oído. – Muchas gracias por estar a su lado.

Gabriella sonrió, intentando evitar las lágrimas, y Lucille la empujó hacia la salida.

- Vamos, que llegaréis tarde. – la riñó en tono de broma.

- ¡Ya voy, ya voy! – rió Gabriella. - ¡Pasadlo bien mientras cotilleáis acerca de todos los vecinos del barrio! – las adultas rieron. – Y no os cortéis al hablar de Troy y de mí y de lo "monos" que somos. Si me pitan los oídos, ya sabré por qué es.

Lucille sonrió con ternura. Ambos chicos habían dicho casi las mismas palabras. Desde luego, lo que ellos tenían no era algo de instituto. Lo que ellos tenían era completa y absolutamente real. Algo como lo que ellos tenían, duraría para siempre.

Pronto, Gabriella estuvo sentada en el asiento del copiloto del nuevo coche de Troy.

- Ya era hora. – se quejó el muchacho. – Vamos a llegar tarde.

- No vamos a llegar tarde. – le aseguró Gabriella. – Venga, arranca.

Troy hizo lo que la muchacha le ordenaba, y en un momento se pusieron en marcha, charlando animadamente. A Troy todavía le asombraba que Gabriella y él pudieran sacar una conversación de la nada. Era como si, aunque no tuvieran nada que decir, encontraran siempre un tema del que hablar durante horas y horas. Sin parar.

Tras unos minutos, Gabriella se dio cuenta de que estaban dando un rodeo. Un rodeo que evitaba justamente el cruce donde Troy había tenido el accidente. Su gesto se ensombreció, y una mirada confundida se posó en el rostro del muchacho. Este, que notaba la mirada de su novia sobre él, se removió incómodo.

- No quiero pasar por allí. – murmuró, sin desviar la vista de la carretera. Y Gabriella simplemente asintió y lo dejó estar.

El resto del viaje, extrañamente a lo que ocurría siempre con los dos muchachos, fue muy silencioso.

Nada más aparcar en el parking del instituto y salir del coche, Troy se vio rodeado por un numeroso grupo de alumnos del East High, todos dándole la bienvenida y contándole lo contentos que estaban de que hubiera vuelto. Troy sonrió y les dio las gracias, apretando fuertemente la mano de Gabriella, quien, notando su nerviosismo, le pasó un brazo por la cintura y lo apretó contra ella.

En el corto camino desde el coche hasta el instituto, Troy y Gabriella fueron parados por medio centenar de chicos y chicas, todos deseando a Troy un buen regreso a clase. Cuando al fin alcanzaron la puerta y se encontraron con sus amigos, Troy estaba completamente apabullado. Al ver su cara, roja como un tomate, Chad comenzó a reír, lo que le valió una mirada asesina por parte del acalorado muchacho.

- Vaya, vaya, Troy. – sonrió Sharpay. – Cualquiera diría que debieras estar acostumbrado a las adulaciones. Llevas siendo la estrella del instituto casi cuatro años…

- ¿Acostumbrarme? – preguntó Troy, incrédulo. - ¿Quién puede acostumbrarse a algo así?

- Yo. – dijo seriamente Sharpay, agitando sus rubios cabellos con coquetería.

Todos quedaron silenciosos un instante, hasta que rompieron a reír. ¡Típico de Sharpay el decir algo así!

La muchacha acabó riendo con ellos, y tras un par de minutos, Troy se irguió y se limpió las lágrimas.

- Anda, vamos adentro. – dijo, casi sin respiración y bastante más relajado. – No quiero que Darbus me castigue este primer día.

Gabriella le envió una mirada agradecida a Sharpay, que le guiñó el ojo. La muchacha sabía muy bien que su ayuda en la tarea de calmar los nervios de Troy había dado resultado.

Por los pasillos, otro montón de gente les fue parando para saludar a Troy. Eventualmente, todos los amigos excepto Troy y Gabriella habían desaparecido camino a la clase de la profesora Darbus y los dos muchachos todavía estaban tratando de hacerse camino hacia allí. Por suerte, llegaron justo a tiempo de empezar la clase.

Cuando Troy y Gabriella entraron por la puerta vieron a todos sus compañeros ya sentados en sus respectivos sitios. La clase en pleno se volvió hacia ellos, incluida la profesora Darbus.

Súbitamente y tras una señal de uno de los skaters, todos estallaron a la vez en una gran ovación dirigida hacia el muchacho. Troy miró sorprendido (y enrojeciendo por momentos) las caras de todos sus compañeros, que aplaudían, gritaban y lanzaban exclamaciones de gozo. Incluso sus amigos y Gabriella aplaudían vueltos hacia él. ¡Y Darbus! La profesora aplaudía de forma entusiasta con una gran sonrisa en los labios y… ¿eran eso lágrimas?

Troy sonrió y se dirigió hacia su pupitre, frotando la parte de atrás de su cuello en un gesto entre nervioso y avergonzado. Tras dos minutos de aplausos, la profesora Darbus impuso silencio.

- ¡Silencio todos! – gritó para hacerse oír. – La clase ha empezado. Señor Danforth, le sugiero que deje su balón de fútbol fuera de mi clase, o será castigado.

La clase entera rió mientras Chad metía la pelota de baloncesto debajo de la mesa.

Ya contenta, la señora Darbus se volvió hacia Troy.

- Bienvenido, señor Bolton.- dijo amablemente, y Troy asintió con la cabeza lanzándole una de sus mejores sonrisas. Gabriella descubrió, divertida, que la profesora se había sonrojado. ¿Desde cuando era Darbus capaz de sonrojarse? – Bien, clase, hoy hablaremos sobre el famoso artista Dante, quien escribió la maravillosa obra llamada… - una melodía se oyó por la clase. - ¿ES ESO UN MÓVIL?

Troy suspiró y se echó hacia atrás en el asiento.

"Sí" pensó, divertido. "Vuelta a la normalidad".


Troy llevaba ya dos semanas yendo a clase, y, para alegría suya, cada vez se cansaba menos, y sus piernas estaban cada vez más firmes. Por supuesto, la doctora Sylvia y la doctora Darrell le ayudaban muchísimo en la rehabilitación. De hecho, la doctora Darrell no tenía que estar allí, pero lo cierto es que siempre aparecía, según ella, para darle apoyo moral.

El muchacho, sin embargo, seguía sin pisar una cancha de baloncesto. En el fondo no sabía por qué. Estaba físicamente bien como para comenzar a rehacer lo deshecho, pero no conseguía reunir el valor para hacerlo. Su padre había comenzado a lanzarle miradas tristes y ansiosas otra vez, e incluso había hablado con la doctora Darrell sobre el asunto. Ella le había asegurado que era cuestión de tiempo, pero conforme pasaban los días, tanto a Troy como a su padre les parecía que la cosa iba a peor.

Ese viernes, los señores Bolton se marchaban de viaje a San Diego. A Jack lo habían invitado a una convención de entrenadores de baloncesto, y las respectivas parejas tenían que estar presentes también. Tanto a Lucille como a Jack les había costado un montón acceder a marcharse lejos de su hijo cuando hacía tan poco tiempo que había salido del hospital, pero tanto Gabriella como Marie le habían asegurado que iban a estar muy pendientes del muchacho esos dos días que estarían fuera. De hecho, Troy iba a dormir las dos noches que estaría solo en casa de las Montez, en la habitación de invitados que habían arreglado para la ocasión.

A las 5:00 PM de esa tarde, Troy, Gabriella y Marie se encontraban en la puerta de la casa de los Bolton despidiendo a Jack y Lucille, quienes cargaban un par de macutos en el maletero del coche.

Cuando llegó la hora de marchar, Lucille abrazó fuertemente a su hijo, y él, sabiendo que a su madre le estaba costando marcharse, le devolvió el abrazo con la misma fuerza.

- Realmente no tengo que ir. – ofreció ella hablando muy rápido. – Puedo disculparme diciendo que estoy enferma o algo así, y…

- Mamá. – la cortó Troy, tomándola por los hombros. – Voy a estar perfectamente. No seas tonta.

Lucille suspiró, enjuagándose las lágrimas de los ojos, y asintió a la vez que abrazaba a su hijo una vez más.

- Cuídate¿eh? – le pidió.

- Mejor que te cuides tú, y que cuides a papá para que no se meta en líos con todos esos entrenadores de los enemigos. – rió Troy. – Me han dicho que el de los Knights también va, y ya sabes lo mal que se llevan él y papá.

Lucille rodó los ojos, besó a su hijo en la mejilla y procedió a despedirse de Gabriella y Marie.

- Gracias por acogerlo en casa, Marie. – murmuró Lucille.

- Ni lo menciones. – contestó Marie, haciendo un gesto de desdén con la mano. – Troy es como un hijo para mí.

Lucille sonrió.

- Igual que Gabriella es como una hija para mí. – afirmó.

Mientras tanto, Jack se despedía de Troy.

- No te metas en líos. – decía.

- No, papá. – contestaba Troy.

- Nada de fiestas.

- Vale, papá.

- No le des trabajo a Marie.

- No, papá.

- Y…

- ¡Papá! – se quejó Troy.

- Vale, vale… - dijo Jack, con las manos en alto. – Cuídate¿vale, campeón?

Troy sonrió y abrazó a su padre con un solo brazo de forma breve. Hacía siglos que su padre no lo llamaba por su mote de cuando era un crío.

- Cuidaos vosotros también. – contestó el muchacho. – Y no dejes que mamá se preocupe mucho. Estaré bien. ¡Voy a estar todo el día con las Montez, y también de noche¿Qué más podéis pedir?

Jack sonrió y llamó a su esposa. Tenían que salir ya si querían llegar a tiempo a la convención.

Troy los vio marchar, sonriendo y agitando el brazo en forma de despedida. El muchacho siguió mirando hasta el final de la calle incluso después de que el coche hubiera torcido la esquina, perdido en sus pensamientos. Pensaba en lo bien que se estaba comportando su padre, dejándole espacio. Troy sabía que Jack estaba muy preocupado, e incluso dolido, por la supuesta falta de interés de su hijo en el baloncesto. ¡Hasta Troy estaba empezando a preocuparse! Y, sin embargo, Jack le estaba apoyando en todo momento, y Troy sabía que, si él decidía no volver a jugar, su padre seguiría estando ahí para él. Pero¿es que iba a decidir no volver a jugar? El simple pensamiento lo asustaba…

Unos cálidos brazos lo abrazaron por detrás, sacándolo de sus pensamientos. Troy sonrió, relajándose en el abrazo, y Gabriella se apretó contra su espalda y respiró en el inconfundible aroma del muchacho.

- Pensé que tenía que venir a enfriarte. – dijo Gabriella, con su voz amortiguada en la ancha espalda de Troy. – Salía humo de tu cabeza, de lo profundamente que estabas pensando.

Troy rió y se volvió rápidamente hacia ella, rodeándola con sus brazos.

- Tú nunca podrías enfriarme. – le dijo al oído, medio en broma medio en serio. – El efecto que tiene tu sexy cuerpo en mí es justamente el contrario.

Gabriella rodó los ojos y sonrió, relajándose en el abrazo y sintiendo como Troy se relajaba también contra ella. Al cabo de un momento, Troy se separó y le lanzó una de esas sonrisas que hacían que las piernas de Gabriella se volvieran de gelatina. Al igual que las piernas de cualquier chica que andara cerca…

- ¿Dónde está tu madre? – preguntó, tomando a Gabriella de la cintura y comenzando a andar hacia la puerta de la casa de forma casual.

- Se marchó a trabajar hace diez minutos. – contestó ella, riendo. – Pero claro, tú estabas muy ocupado quemando tu cerebro como para darte cuenta.

Troy se sonrojó.

- Podríais haberme llamado o algo. – murmuró, avergonzado.

- Bueno, lo hicimos. – volvió a reír Gabriella. – Pero tú no nos escuchaste.

- Vaya, lo siento. – sonrió Troy, sus mejillas algo sonrojadas, mientras abría la puerta de la casa.

Gabriella le sonrió en un gesto que le invitaba a olvidarlo, y entró en el vestíbulo de los Bolton.

- Voy a por mis cosas. – le dijo Troy, y Gabriella asintió.

El muchacho subió corriendo las escaleras, y la muchacha sonrió observando lo bien que se veía Troy, y lo recuperado que estaba. Poco a poco, iba recuperando el peso que tenía antes del accidente, y se le veía cada vez con un aspecto más sano. Dijera lo que dijera, ya había recuperado toda su forma física, así como su musculatura.

Gabriella se puso cómoda en la sala de estar. Conociendo a Troy, seguro que todas sus cosas estaban desparramadas por ahí y le costaba horrores juntarlas…

Y no se equivocaba. Media hora después, el muchacho bajó, muy estresado.

- Gabby¿has visto mis deportivas nuevas? – preguntó, casi sin aire.

Gabriella negó con la cabeza, y el muchacho suspiró.

- Puede que estén en el jardín de atrás. – sugirió Gabriella. – Sabes que tu madre las pone a secar siempre allí porque al lado de la cancha de baloncesto da siempre el sol.

A Troy se le iluminó la cara.

- ¡Cierto! – rió. - ¡Eres un genio!

Gabriella rió con él, divertida ante la actitud del muchacho.

- ¿Quieres que te ayude? – se ofreció.

- No, no, no, no y no. – negó Troy, firmemente. – Tú te sientas ahí, tranquilita. Ya me ocupo yo.

Gabriella rodó los ojos.

- No me importa, de verdad… - comenzó a decir, pero Troy la interrumpió.

- Gabby, solo me quedan las deportivas por recoger, de verdad. – le aseguró Troy, con gesto impaciente. – Quédate ahí sentada y espera, que en seguida vuelvo.

Gabriella suspiró y volvió los ojos hacia la televisión de nuevo, mientras que el muchacho salía corriendo hacia el jardín de atrás.

Pasaron cinco minutos. Diez. Quince. Gabriella, algo preocupada, se levantó, preguntándose qué estaría haciendo Troy que le llevaba tanto tiempo. Cruzó la cocina, dirigiéndose hacia la puerta que llevaba al jardín de atrás, y cuando fue a abrirla, miró hacia afuera y se quedó petrificada.

Troy. En medio de la cancha de baloncesto. Con un balón de baloncesto entre las manos.

Gabriella miró con la boca abierta al muchacho. Este simplemente observaba el balón entre sus manos y le daba vueltas, como observándolo desde todos los ángulos. Gabriella podía incluso ver las pequeñas arrugas entre sus cejas que indicaban que estaba de nuevo embebido en sus pensamientos.

Tras titubear un segundo, Gabriella abrió la puerta y caminó lentamente hacia el muchacho, que ni tan siquiera la escuchó acercarse. Suavemente, Gabriella apoyó una de sus delgadas manos en el musculoso brazo del muchacho, y éste se volvió hacia ella, sobresaltado.

- ¿Estás bien? – preguntó ella, suavemente.

Troy asintió levemente, y se volvió de nuevo hacia el balón. De pronto, tuvo la urgencia de comenzar a hablar.

- Tener uno de estos entre mis manos… - comenzó. – Es un sentimiento extraño.

Gabriella guardó silencio, esperando que el muchacho siguiera explicándose. Lentamente, comenzó a acariciar el brazo del muchacho, sintiéndolo temblar bajo su palma.

- Cuando lo toco… - volvió a comenzar Troy. – Es como si estuviera tocando algo conocido, y a la vez desconocido. Dentro de mí reconozco el tacto, pero a la vez no lo reconozco. Es como si mi cerebro me enviara mensajes opuestos. Me vuelve loco.

Gabriella siguió prodigándole tiernas caricias, mientras observaba atentamente el gesto angustiado de Troy. Viendo que él no seguía hablando, Gabriella tomó aire y llamó su atención tomándolo suavemente de la barbilla.

- Concéntrate en el sentimiento conocido. – sugirió. – Y bloquea el otro.

- No es tan fácil. – susurró Troy.

- Lo se. – le aseguró Gabriella. – Pero tú eres fuerte, Troy, y tienes mucha fuerza de voluntad. Puedes hacerlo.

- No se si puedo. – susurró él, con la mirada perdida de nuevo en el balón.

Gabriella, firmemente, tomó de nuevo su barbilla y le lanzó una mirada confiada y dura.

- Sí que puedes. – afirmó con seguridad. – Confío en ti.

Troy se perdió en la profunda y penetrante mirada de la muchacha, y ésta observó cómo le fue cambiando la cara. Poco a poco, su gesto angustiado fue ganando más y más confianza, hasta que Gabriella pudo ver ese gesto seguro y confiado que Troy siempre tenía mientras jugaba al baloncesto. Y su mirada delataba competitividad. Como si quisiera, por primera vez desde el accidente, ganarle el partido a sus miedos.

- Si meto canasta¿me recompensarás? – dijo entonces, con una media sonrisa seductora.

Gabriella rió ante la actitud de su novio, pero le envió otra sonrisa seductora y enarcó de forma sexy una ceja.

- ¿Tú que crees, Wildcat? – dijo, de forma insinuante.

Troy sonrió y se volvió hacia la canasta, respirando hondo para intentar calmar sus nervios. De reojo, vio como Gabriella se retiraba para dejarle espacio, y acusó la lejanía del cálido apoyo de su novia. Pero tenía que hacerlo solo. Ella no iba a estar a su lado cada vez que jugara, si es que llegaba a jugar.

Tomó aire un par de veces más, repitiendo en su cabeza la misma frase una y otra vez. "Puedes hacerlo, puedes hacerlo, puedes hacerlo, puedes hacerlo".

Titubeante, Troy soltó el balón y dejó que botara una vez para luego volverlo a coger con ambas manos. Repitió el mismo movimiento un par de veces, comenzando a sentir el cosquilleo en los dedos que siempre había tenido cada vez que cogía un balón de baloncesto. Rodando el balón en sus manos una vez más, Troy lo dejó botar, esta vez con una sola mano. Lo botó un par de veces más con esa misma mano antes de volver a cogerlo con ambas manos, sonriendo un poco ante las sensaciones que esos simples movimientos le evocaban. De nuevo, dejó botar el balón, esta vez alternando una mano y la otra. Conforme iba avanzando, un sentimiento de reconocimiento se expandía por sus venas, llenándolo de seguridad.

Gabriella observó todo el proceso con una leve sonrisa en sus labios. Troy no había perdido su toque. Sus movimientos eran un poco más lentos que antes, y su actitud un poco titubeante, pero seguía moviendo el balón con la misma elegancia y facilidad que antes. No le iba a costar tanto volver a jugar. Menos de lo que él pensaba. Menos de lo que todos esperaban. El baloncesto era algo para lo que Troy había nacido. No era un simple hobby, o algo que se le daba bien. Había nacido para ello.

De pronto, Troy dejó de botar y sujetó el balón con las dos manos, mirando profundamente la canasta. Gabriella observó cómo, lentamente y con cara de absoluta concentración, Troy adoptaba la típica pose de tiros libres, apuntando cuidadosamente hacia el aro. Antes de tirar, Troy miró hacia ella, que le ofreció una sonrisa tranquilizadora y un gesto de ánimo.

Entonces, Troy volvió a mirar hacia la canasta, y en un gesto rápido, y sin apenas preparación, lanzó el balón.

Los dos muchachos observaron como a cámara lenta el recorrido de la esfera naranja, su trayectoria parabólica y su ligera rotación en el aire. Lentamente, el balón fue cayendo, acercándose cada vez más a la canasta.

Y entrando limpiamente en la red.

- ¡SÍ!

No fue Troy el que gritó, sino Gabriella.

Troy observó con una gran sonrisa como la chica se acercaba a él, saltando y gritando, hasta tirarse a sus brazos. Troy la abrazó fuertemente, pero no tanto como ella, que incluso hizo crujir sus huesos.

- ¡Ouch! – se quejó Troy, y Gabriella lo soltó.

- Lo siento… - murmuró.

- Vaya, vaya… - rió él, estirándose con elegancia gatuna. - ¿Quién hubiera pensado que la pequeña Gabriella Montez tuviera tanta fuerza?

- Lo siento, de verdad. – dijo ella. - ¡Pero es que ha sido genial¡Ha entrado limpia¡Y era la primera vez que tirabas!

Troy sonrió ante la excitación de la muchacha.

- Tira otra vez. – demandó ella.

Troy la miró dubitativo, preguntándose si esa canasta no había sido algo así como la suerte del principiante… aunque él no fuera un principiante exactamente. Pero conforme se preparaba para tirar una y otra vez, metiendo casi todas las canastas, la confianza en sí mismo aumentó y aumentó, hasta quedar convencido de que podía hacerlo. Podía volver a jugar como antes. Solo tenía que entrenarse, fortalecerse, volver a familiarizarse con cada movimiento. Tal y como había hecho durante toda la tarde. Por supuesto, aún le quedaba mucho por entrenar, mucho por mejorar antes de poder llegar hasta el punto en el que se encontraba antes del accidente. Pero podía hacerlo. Podía alcanzar esa meta. E incluso sobrepasarla. Troy estaba destinado a jugar.

Horas después de aquel primer y exitoso tiro, Troy se tumbó en la hierba, sudoroso y sin aliento, pero feliz. Completa, absoluta e increíblemente feliz. Gabriella se tumbó a su lado y se acurrucó contra él, sin importarle que su camiseta estuviese pegada a sus pectorales por un gran charco de sudor. Y él estaba tan cansado que ni tenía fuerzas para decirle que se apartara.

Al cabo de unos momentos, cuando la respiración de Troy se fue normalizando, Gabriella alzó la vista hacia él para descubrir que Troy la estaba mirando. Y esa mirada, esos ojos azul hielo, estaban tan repletos de amor que los propios ojos de la muchacha se llenaron de lágrimas. Sin dudar, la morena se inclinó hacia él y juntó sus labios en un dulce y apasionado beso, que Troy, más recuperado, devolvió con la misma intensidad.

- Mmmm… - murmuró él, cuando el beso terminó. – Vaya, me ha gustado mi recompensa.

Gabriella enarcó las cejas y rió.

- ¿Te ha gustado? – dijo, seductoramente. – Pues hay más de donde ese salió, Wildcat.

- Si¿eh? – rió Troy, mirándola intensamente.

- Si. – contestó Gabriella, guiñándole el ojo de forma coqueta. - ¿Qué tal si entras conmigo adentro… subimos las escaleras hasta tu habitación… y te lo muestro?

Esta vez fue Troy el que enarcó ambas cejas, mirando a la muchacha de arriba a abajo con una mirada súbitamente hambrienta.

- Vaya, vaya, señorita Montez. – dijo, con la voz un poco ronca a consecuencia de la seductora proposición de su novia. – Me siento honrado por merecer tal recompensa de la chica más maravillosa que ha existido nunca sobre la faz de la Tierra.

- Cursi. – bromeó Gabriella, inclinándose para besar de nuevo los labios de su novio.

Cuando más metido estaba Troy en el beso, Gabriella se separó de él, se levantó rápidamente y echó a correr hacia la casa.

A medio camino, se volvió hacia Troy, que seguía sentado, un poco confundido, en la hierba.

- ¿No vienes, Wildcat? – llamó ella. - ¿Acaso vas a rechazar mi recompensa?

Troy sonrió y sacudió la cabeza, incrédulo ante el comportamiento de su novia. ¿Cómo podía ser que cada vez la quisiera más?

Rápidamente, Troy se levantó y siguió a la chica al interior. Ambos subieron lentamente las escaleras hasta caer sobre la cama de Troy, robándose besos juguetones el uno al otro, disfrutando de la cercanía de sus cuerpos, demostrándose el uno al otro lo profundo de sus respectivos sentimientos.

Amándose.


Troy se encontraba terminando un ejercicio de matemáticas especialmente complicado. Su ceño estaba fruncido mientras intentaba dar con la fórmula, la respuesta que lo llevaría a una rápida resolución del problema.

Era uno de esos ejercicios que a él se le resistían y que Gabriella haría con los ojos cerrados.

Gabriella…

Troy dejó el bolígrafo sobre la mesa, sonriendo soñadoramente. ¿Cómo había podido conseguir a una chica tan increíble? De una cosa estaba seguro: no la dejaría marchar jamás.

El sonido de la puerta principal sacó a Troy de su ensimismamiento. Sus padres estaban en casa.

El muchacho sonrió y salió de su habitación, bajando las escaleras de dos en dos para llegar rápidamente al vestíbulo. Allí estaban sus padres, sonrientes, entrando sus bolsas y quitándose los zapatos y los abrigos.

- ¿Cómo ha ido todo? – preguntó, y sus padres se volvieron hacia él.

- ¡Troy! – exclamó Lucille, avanzando hacia él para darle un caluroso abrazo. - ¡Nos habías dicho que estarías con las Montez hasta después de cenar!

Troy sonrió y le devolvió a su madre cariñosamente el abrazo.

- Bueno, decidí venir un poco antes para daros la bienvenida. – explicó, soltándose del abrazo de su madre y chocando los cinco con su padre, quien le revolvió afectuosamente el pelo.

- ¿Qué tal el fin de semana, hijo? – preguntó Jack, y Troy sonrió.

- ¡Genial! – dijo. - ¿Y el vuestro¿Qué tal la convención¿Te peleaste con el entrenador de los Knights?

- No por falta de ganas. – dijo Jack sombrío, mientras crujía los nudillos. – No paraba de decirme lo fácil que iba a ser ganar el campeonato, ahora que…

Jack se interrumpió, no sabiendo como continuar, pero Troy continuó por él.

- ¿Ahora que el jugador estrella y capitán ha cedido su puesto? – aventuró, y el gesto cauteloso de su padre se lo confirmó.

- Bueno… - comenzó Jack, frotando su nuca en un gesto igualito al que hacía su hijo cuando estaba nervioso.

- Estoy segura de que el equipo lo hará muy bien por sí mismo. – dijo firmemente Lucille, frunciendo el ceño hacia su marido. – Los Wildcats no solo dependen de Troy Bolton. Hay muy buenos jugadores en el East High.

Troy sonrió hacia su madre, que le devolvió la sonrisa.

- Tuve que parar a tu padre para que no le rompiera la cara a ese hombre. – rió ella, rodando los ojos.

Troy rompió en carcajadas y volvió la vista hacia su padre, que tuvo la decencia de mostrarse avergonzado.

- Bueno, no paraba de decir que iba a ganar, era muy molesto. – se defendió.

- Sus ganas. – interrumpió Troy. Su padre lo miró, confundido. – Sus ganas, papá. Los Knights no ganarán el campeonato. No, si puedo evitarlo.

Jack y Lucille miraron a su hijo, confusos ante esa última frase. Su gesto firme y seguro, su pose orgullosa, y ese brillo de competitividad en los ojos. Ese era el Troy que estaban acostumbrados a ver cuando se hablaba de baloncesto.

- Así que vamos a entrenarnos desde ya. – siguió Troy. - ¿Te apetecen unos tiros antes de cenar, papá?

Jack abrió la boca de par en par en un gesto cómico, y Troy lanzó una carcajada, echando a correr hacia la cancha.

- ¿Vienes o no? – gritó desde la cocina.

Jack soltó las bolsas que llevaba en las manos como si le quemaran, y salió corriendo en pos de su hijo hacia el jardín de atrás.

Lucille, con una gran sonrisa, se agachó y comenzó a recoger los diferentes ítems que Jack había diseminado por el suelo al soltar las bolsas de golpe.

"Vuelta a la normalidad" pensó Lucille. "A la completa y absoluta normalidad".


TRES MESES DESPUÉS…

El gimnasio del East High estaba en su pleno apogeo. Era el último partido de la temporada, contra los Knights del West High, y, tras dos cuartos, los Wildcats iban perdiendo 48-57.

Como en todos los partidos de la temporada, Troy se encontraba sentado en el banquillo.

Pero hoy era un día especial.

El muchacho llevaba entrenando un mes con sus compañeros, más los dos meses que estuvo entrenando sin parar con su padre en casa. Estaba preparado. Esta vez, lo estaba.

Al mismo tiempo que sonaba el pitido que señalizaba el final del segundo cuarto, Troy levantó la vista hacia la grada, donde su penetrante mirada azul hielo se encontró con la despierta mirada avellana de Gabriella. Con una atractiva media sonrisa, Troy le guiñó casi imperceptiblemente el ojo. Su madre, sentada al lado de Gabriella, junto a Sharpay, Kelsie, Marie y Taylor, le sacó juguetonamente la lengua, haciéndolo reír. Seguidamente, el muchacho miró hacia los ojeadores de las diversas universidades, sentados todos en una buena posición en las gradas. Troy desvió la vista, algo nervioso, y su mirada topó con las miradas animadas de las doctoras Sussy, Martha y Sylvia, que habían venido expresamente para ver este partido. Las tres lo saludaron con entusiasmo, y Troy les devolvió el saludo con una sonrisa.

Las animadoras de ambos equipos tomaron la cancha mientras una música pegadiza comenzaba a sonar por los altavoces, y un segundo más tarde, todos los Wildcats rodearon a Troy, quien se levantó y los siguió hacia los vestuarios.

Ya allí, y mientras los jugadores bebían agua y se secaban el sudor con toallas, Jack Bolton comenzó a dar instrucciones, riñéndolos por el mal resultado de esos dos cuartos. Troy, que se sabía el discurso de su padre de memoria, se reclinó en el banco y dejó su mente vagar hacia la chica que esperaba en las gradas sabiendo lo que venía a continuación…

Solo cuando escuchó el nombre de Scott, quien le sustituía como base del equipo, volvió a prestar atención.

- Scott, te sentarás en el banquillo estos dos últimos cuartos. – ordenó Jack.

El equipo comenzó a protestar.

- Pero¿a quién vas a poner en su lugar, entrenador?

- ¡No puedes sentarlo a él!

- ¿Quién lo va a sustituir?

- ¡No tenemos a nadie más que sepa jugar en esa posición!

Jack paró las protestas con un gesto y una mirada dura hacia todo el equipo. Troy sonrió. Nadie, excepto Gabriella y Chad, sabían los planes que Jack tenía para hoy en la alineación del equipo. Troy esperó, expectante.

- Troy, saldrás los últimos dos cuartos. – ordenó entonces Jack, ocultando una sonrisa.

El banquillo de los Wildcats se quedó mudo.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Cuatro.

Y de pronto, un lío de exclamaciones de alegría, gritos y voces resonó en la pequeña habitación. Un montón de manos salieron de la nada para palmear la espalda del sonriente Troy y revolver su pelo.

Cuando la conmoción se hubo calmado un poco, Jack siguió dando instrucciones.

- Ya sabéis lo que tenéis que hacer. – dijo al terminar. – Estamos preparados, chicos. Nos hemos entrenado, nos hemos matado, solo para llegar a este partido. El último. El año pasado lo conseguimos. Y este año también lo haremos. ¿Entendido?

Todos los miembros del equipo gritaron su aprobación ante las palabras del entrenador. Faltaba un minuto para salir, así que Jack salió para darles al comentarista y a los árbitros la nueva alineación.

Chad se acercó sonriente a Troy, al igual que Jason y Zeke. Los tres abrazaron al muchacho en una piña, haciéndolo reír.

- Es tu momento, Bolton. – dijo Zeke.

- Sí. – afirmó Jason. – Los vas a dejar boquiabiertos.

- Estás preparado, Troy. – le dijo Chad. – No lo olvides… - lentamente, Chad se quitó el brazalete de capitán y se lo lanzó a Troy, quien lo cogió al vuelo. - … capitán.

Troy sonrió e intentó dominar la explosión de sentimentalismo que amenazaba por escapar de sus ojos. No era el momento para ponerse sentimentales. Había un partido que ganar.

- ¿QUÉ SOMOS? – gritó de pronto Troy, con los ojos brillantes de emoción.

- ¡WILDCATS! – gritaron todos sus compañeros, sonrientes y excitados ante la perspectiva de volver a jugar junto a su capitán.

- ¿QUÉ SOMOS? – volvió a gritar Troy, más fuerte todavía.

- ¡WILDCATS! – gritaron los demás, aún más fuerte.

- ¡WILDCATS! – llamó Troy.

- ¡CONCENTRAOS EN EL JUEGO! – gritaron todos a la vez.

Todo el equipo comenzó a aplaudir y a gritar, palmeando la espalda de Troy, formando una algarabía impresionante. El partido estaba a punto de reanudarse.

Pronto, la música se apagó y el comentarista volvió a hablar.

- ¡Demos la bienvenida de nuevo a los Knights, del West High School! – exclamó el hombre, ganándose los vítores de los hinchas de los Knights, así como los abucheos de los hinchas de los Wildcats. – Pasemos a su alineación.

Troy y los Wildcats escucharon con atención los cambios que había hecho el equipo contrario. No había casi nada nuevo. Habían decidido continuar con la misma estrategia. Al fin y al cabo, les estaba dando resultado.

- ¡Y por último, y con el número 3, Will Lovestill, pívot y capitán de los Knights!

Los Wildcats escucharon más vítores y abucheos, hasta el punto de hacerse insoportables para los oídos.

- ¡Y ahora, demos la bienvenida a los Wildcats, el equipo anfitrión!

Conforme el comentarista gritaba los nombres de los miembros del equipo, Troy se fue quedando solo. Cuando la gente escuchó el nombre de Chad Danforth sin la coletilla de capitán, hubo una especie de conmoción en las gradas. La gente comenzó a murmurar.

"¿Y a quién han puesto de capitán?"

"¿Por qué Chad ha resignado al puesto?"

"¿Se habrán enfadado a él por ir perdiendo?"

"¿Qué habrá pasado?"

Hasta que, por fin, llegó el turno de Troy.

- Y por último… ¡la gran sorpresa en la alineación de este partido¡Retirado por tres meses, vuelve a nosotros la estrella de los Wildcats¡Demos una calurosa bienvenida al capitán del equipo del East High! En el puesto de base, con el número 14 a su espalda… - la grada, súbitamente, quedó completamente silenciosa. - ¡Troy Bolton!

Troy salió, corriendo con paso seguro, con el brazalete de capitán colgado elegantemente de su brazo. Cuando pisó la cancha, paró de golpe. Todo estaba en silencio. No se oía un alma. Nerviosamente, Troy miró a su alrededor, captando los detalles como a cámara lenta.

Los Knights, incluido su entrenador, lo miraban como si hubieran visto un fantasma. Sus compañeros de equipo le regalaban sonrisas y miraban a la grada, divertidos. Las animadoras, tanto de los Knights como de los Wildcats, lo miraban casi babeantes, y Jack Bolton sonreía divertido. Los hinchas de los Knights lo miraban boquiabiertos, y los hinchas de los Wildcats estaban completa y absolutamente sorprendidos. Troy se encontró pensando que era increíble que sus mandíbulas no se desprendieran de sus caras, de lo que abrían la boca. El muchacho buscó entre la multitud la cara de Gabriella, quien lo miraba con una expresión de puro orgullo en su rostro (gesto idéntico al que tenían Lucille Bolton y Marie Montez), sentada al lado de las dos madres y de Taylor, Sharpay y Kelsie, quienes se encontraban tan boquiabiertas como los demás. Las tres doctoras sonreían.

Súbitamente, la grada en pleno se puso en pie y comenzó la ovación más increíble que se había visto nunca en el East High. Troy se sonrojó levemente, y sonrió, mirando algo tímidamente a su alrededor. Le sorprendió ver que incluso los Knights, excepto su capitán y su entrenador, le aplaudían. Sus compañeros le aplaudían. Su padre le aplaudía. Sus amigos le aplaudían. Las tres doctoras que habían hecho posible que él estuviera ahí ahora le aplaudían. Los hinchas de los Knights le aplaudían, así como los hinchas de los Wildcats. ¡Incluso los ojeadores le aplaudían!

Todos conocían la historia de Troy.

Todos sabían a lo que Troy se había enfrentado cuatro meses y medio atrás.

Todos sabían lo que Troy había luchado esos tres últimos meses para volver al sitio que le correspondía en su equipo.

Todos sabían que, al fin, Troy Bolton estaba donde debía estar.

En la cancha de baloncesto.

Jugando.


Troy cerró el grifo de la ducha del vestuario, todavía sonriendo. Mientras ataba una toalla alrededor de su cintura, llegó a una conclusión.

Había sido el mejor partido de su vida.

No solo habían ganado a los Knights de nuevo, sino que Troy había hecho el mejor partido de su carrera. Motivado por el aplauso tanto de enemigos como de aliados, los gritos de ánimo de su novia y sus amigos, la mirada orgullosa de su padre, el apoyo de sus compañeros de equipo y la cara de furia del entrenador de los Knights, Troy había jugado de forma increíble.

No se habían equivocado. Había estado preparado. Tan preparado, que se había superado a sí mismo.

Y había merecido la pena. Aunque ahora estuviera agotado, aunque su cuerpo le doliera en partes que ni siquiera sabía que tenía, aunque solo hubiera jugado dos cuartos… había merecido la pena.

Por la cara de orgullo de su padre, su madre y Gabriella. Por la cara de salvaje alegría de sus amigos y compañeros de equipo. Por el aplauso de los ojeadores. Por las palabras de admiración de los Knights. Por la profunda satisfacción de haberlo conseguido. Por las palabras de la doctora Darrell. "Estoy muy orgullosa de ti, Troy", le había dicho.

Todo eso le había hecho sentir muy apreciado.

Y muy orgulloso de sí mismo.

Troy estaba solo en el vestuario. Sus compañeros ya habían terminado, y se dirigían alegremente de vuelta al gimnasio para disfrutar de la fiesta que tenían montada los hinchas de los Wildcats. Troy se había retrasado, pues su padre lo había llamado cuando se dirigía al vestuario para que hablara con cuatro ojeadores que querían entrevistarle.

Troy parpadeó mientras se vestía, todavía incrédulo. ¿Cuatro ojeadores¡Y de las mejores universidades en cuanto al baloncesto! UA (Universidad de Alburquerque), Duke (de Carolina del Norte), UCLA (Universidad de California, Los Ángeles) y UK (Universidad de Kansas). Troy, simplemente, no se lo podía creer.

Cuando el muchacho terminaba de recoger sus cosas, la puerta se abrió. Troy se volvió, esperando encontrar a alguno de sus compañeros de equipo, pero a quien se encontró fue a Gabriella, vestida con una de las camisetas de Troy sobre su increíblemente sexy vestido blanco.

- Enhorabuena, Wildcat. – saludó ella suavemente, con una gran sonrisa.

Troy le devolvió la sonrisa y se acercó rápidamente, dándole un abrazo tan fuerte que la levantó del suelo. Gabriella rió y atrapó los labios del muchacho en un beso lleno de pasión y dulzura.

- Lo hice. – susurró Troy, con los ojos muy abiertos y un tono de voz incrédulo.

- Te dije que podías hacerlo. – murmuró ella, volviéndolo a besar. – Te lo dije, Troy.

Troy asintió con la cabeza y abrazó a su novia, enterrando la nariz entre los mechones oscuros de la muchacha.

- No podría haberlo hecho sin ti. – susurró. – Te quiero, Gabby.

Gabriella sonrió, fundiéndose contra la calidez del cuerpo de Troy. Esa calidez tan conocida para ella, en la que se sentía tan querida, tan protegida, tan sumamente feliz.

- Yo también te quiero, Troy. – susurró ella a su vez. – Te quiero muchísimo.

Y así los encontraron sus amigos media hora después, cuando entraron a buscarles (un poco asustados por lo que se pudieran encontrar). Abrazados el uno al otro, disfrutando de la presencia de la persona más importante en sus vidas, paseando la memoria por esos cuatro meses y medio de pesadilla que habían pasado.

Pero esos cuatro meses se habían terminado, y ahora, solo les esperaba una cosa:

El futuro.


THE END


¡Ta-ta-ta-chán¿Os ha gustado¿Sí¿No¿Más o menos? Pues ya sabéis. Dadme vuestra opinión en un review. Me encantan los reviews. ¡Gracias por vuestro apoyo durante todo este tiempo!

¡Os quiero!

He aquí los fics que voy a traducir:

AMAZING GRACE-- Escrita por CJ.xoxo.Dancerella.

Gabriella sabía, en su interior, que Troy iba a estar a su lado contra viento y marea, en los buenos tiempos y en los malos. Pero nunca pensó que él la vería pasar por algo tan grande como esto. Sin embargo, él estaba allí, y eso era todo lo que necesitaba. TROYELLA.

Esta historia me cambió. Conmovió hasta lo más profundo de mi ser, y me hizo evolucionar como persona. Simplemente, tenía que compartirla con vosotros, mis lectores, así que pedí permiso a la autora para poder mostrárosla en nuestro propio idioma. Estoy segura de que os encantará, y a la vez os mostrará una faceta de la vida que está ahí y que hace pasar a mucha gente y a sus familias por un doloroso infierno. Quien lea esta historia, tan realista, tan bien escrita, no podrá olvidarla jamás.

FLIPPED-- Escrita por Audrey K.

Troy Bolton y Zac Efron son muy diferentes entre sí. Uno es un muchacho de 17 años, popular estrella de baloncesto en el instituto, y el otro es un famoso actor de Hollywood. Una noche, ambos formulan un deseo a una estrella fugaz y se despiertan… ¡cambiados!

Divertidísima historia, llena de situaciones cómicas y a la vez tiernas, de risas y a la vez lágrimas. Audrey escribe de forma que te crees que estás leyendo sobre los verdaderos Troy Bolton y Zac Efron, así como sobre las verdaderas Gabriella Montez y Vanessa Hudgens. La descripción de los personajes, de las situaciones y de los sentimientos hace de Audrey una grandísima escritora. Una historia que no te puedes perder.


Y eso es todo, chicos. ¡Nos vemos en el epílogo!

¡Un beso!