Songs For A Forgotten Dragon.
—Capítulo Uno.—
This will be an interesting day.
Siente sus ojos pesados, aún apegados al poco sueño que tuvo aquella noche. La luz de la mañana, especialmente luminosa aquel día, se cuela entre las cortinas como si se afanara en despertarla. La mujer frunce el ceño y se tapa la cara con la almohada, molesta.
Gruñe enfadada al sentir que su primero al mando entra a su habitación sin permiso. Es algo común en él hacerlo cuando siente que su capitana está despierta.
—Vaya recibimiento—comenta él con sarcasmo divertido y pena fingida en la voz—. Tienes que levantarte, Shail, en unas horas llegaremos a Shabondy y lo mejor sería que estuvieras lista para entonces.
Dicho esto el hombre desaparece por la puerta, cerrándola tras de sí y dándole la intimidad necesaria de toda mujer. Shail se saca la almohada de la cara, mueve las sábanas y se levanta desperezándose a correr las cortinas de su gran ventanal.
El cielo está despejado, con el sol brillante en lo alto y el mar en calma. Fijó su vista en el reloj del gran escritorio, eran las diez y media de la mañana; no era mala hora para levantarse. Paseó su mirada por su camarote, era grande y espacioso, digno de una capitana y todo estaba bastante ordenado.
La cama, bien grande y de sábanas rojas con almohadones negros hacía juego con la madera de la pared, pintada de un color caoba muy oscuro. Al cada lado de ésta había una mesita de noche de madera con algunos cajones y, encima de una de ellas dos botellas de ron vacías.
Le gustaba charlar y beber con su primer al mando hasta que le entraba el sueño y él se marchaba. Era divertido y siendo costumbre como era, nunca faltaban una noche.
En la pared más alejada del ventanal y justo al lado de la puerta de entrada estaba su escritorio. Grande, robusto y elegante. La madera era de buena calidad y se notaba que a ella le gustaba cuidarlo. Sobre él todo estaba ordenado, algunos libros de navegación, el periódico de ayer y unos cuantos carteles de "Se Busca"; su espada descansaba allí también.
Un poco alejado de éste estaba la puerta del baño, dónde ahora se dirigía a ducharse con rapidez y vestirse. Era bastante completo, una bañera grande con ducha, un lavabo y un gran espejo. Le gustaba que fuera tan espacioso.
No tardó mucho en ducharse, ella no era del tipo de mujeres que se tardaban una hora en el baño. Con quince minutos le era suficiente. Cogió una de las toallas negras de la pila y envolvió con ella su cuerpo.
Se peinó y secó su pelo con rapidez, atándolo en una cola de caballo completamente lisa y con el flequillo en capas cayendo a cada lado del espejo. Buscó entre sus cajones y allí encontró lo que se pondría aquel día.
Su navegante había comentado ayer que en Shabondy haría bastante calor, por lo que escogió algo fresco. Una camiseta de asas básica de color rojo fuerte y unos shorts negros vaqueros desgastados. Se calzó unas sandalias estilo romano rojas de tacón alto y se maquilló un poco.
Cuando terminó de perfilar sus ojos dio una mirada a su reflejo en el espejo de cuerpo completo. No se veía mal. Ante sí se encontraba una chica muy alta y de bonitas curvas, con el pelo largo y negro, con las puntas acabadas en color rojo y flequillo en capas, casi tapando su ojo izquierdo. Sus orbes eran rojas, de una tonalidad carmesí y con destellos negros.
Tenía la piel bastante blanca y rasgos finos. Un tatuaje tribal negro en forma de dragón ascendía por su pierna izquierda hasta su ombligo, dónde terminaba la cabeza. En los brazos tenía dos tatuajes más, también tribales y de color negro, desde la muñeca hasta el codo.
Contenta con el resultado recogió su espada del escritorio y salió del camarote. Caminó por los largos pasillos de su barco hasta la cocina, donde seguramente hubiera alguien desayunando. No se equivocó, su navegante, Snow, estaba terminando su sándwich. A su lado su mejor amigo y primer hombre charlaba animadamente con él mientras bebía su zumo de naranja.
Le pidió a su cocinero unas tostadas con un café y se sentó al lado de sus nakamas. Ambos la miraron durante un segundo, para después saludarla e informarle de las últimas noticias.
—Hola, Shail-kun. —Saludó Snow. Aunque tuviera el aspecto de un rudo hombre de 30 años él siempre la trataba de –kun. Bueno, a ella y a todos sus nakamas. Shail le sonrió a modo de saludo y miró a su primer hombre cuando éste le daba los buenos días… a su manera.
—Siempre duermes demasiado, Shail. Deberías mirarte eso. ¿No tendrás insomnio?, ¿o será la vagancia propia de ti?—Él le dedicó una sonrisa llena de dientes afilados y sus ojos púrpura brillaron burlones. A ella le salió la venita en la frente.
—Es culpa tuya, Shane. Siempre insistes en venir a beber a mi habitación por la noche y… ¡siempre eres tú el que se queda hablándome hasta tarde!—Ella le gruñó enfadada en respuesta, aunque después sonrió divertida. Aquello era algo normal en su día a día.
Vaas, el cocinero, trajo su desayuno y después se sentó en la mesa a charlar con ellos.
—¿Ha visto el periódico de hoy, capitana?—Vaas desplegó el susodicho. ¿Desde cuándo el News Coo llegaba tan temprano? Entonces se dio cuenta de que no era temprano. Tendría que concederle un punto a Shane por eso, siempre dormía más de la cuenta. Negando con la cabeza observó la primera plana algo divertida.
—Debí haber estado muy concentrada en aquel momento para no darme cuenta de aquel reportero, la verdad. —Ella habló con el ceño fruncido y una sonrisa en los labios, contemplando la imagen.
Se la podía observar a ella con la espada desenvainada y algunas heridas mínimas, luchando contra Scratchmen Apoo, en iguales condiciones que ella. Había sido una buena batalla. El tipo tenía una habilidad curiosa y, aunque aún no suponía un gran peligro para ella, estaba seguro de que cuando mejorara su Haki debería cuidar sus espaldas.
—Todavía sigo sin entender por qué te peleas con cada Supernova que te encuentras. Ya te has cargado a dos, ¿para qué seguir ahora con los otros once?—Shane le miró con el ceño fruncido, él no había estado con ella en ese momento y no le gustaba en absoluto que peleara sola contra otro supernova.
Era… una costumbre. Algo que tenía desde que veintiún años atrás la había recogido de su villa en llamas. Exactamente con el mismo aspecto que ahora tenía.
Shane era un hombre alto y muy musculoso, de facciones finas y masculinas, como con un toque aristocrático. Su pelo era tan negro como el azabache y lo llevaba con mechones sueltos hasta casi el final del cuello; su ojo derecho, de un color púrpura brillante se encontraba tapado por el flequillo. Él siempre iba cuidadosamente despeinado y aquello le daba un toque aún más atractivo.
Y veintiún años después sigue igual, con la misma apariencia de un hombre de 25 años. Mientras Shail ha crecido hasta convertirse en una mujer de buenas curvas de veinticuatro años.
—Es para hacer honor a mi sobrenombre, ya sabes. No me llaman Starkiller por nada, ¿recuerdas? Ahora que sólo quedamos trece supernovas de los quince que éramos se puede ver el motivo.—Responde ella con una sonrisita suficiente mientras le pide a Snow que le explique las condiciones de su llegada en la sala de navegación.
Le gustaba su apodo, el gobierno se lo había dado después de matar a dos supernovas —ambos con recompensas que casi no superaban los cien millones de berries—. Ella también formaba parte de la peor generación, y Shane también.
Era de esperarse de alguien como él. Tan brutal y destructivo como lo era. La anterior foto que tenía en su cartel de "Se Busca" daba miedo, con él medio convertido. Esto asustaba a los cazadores de recompensa, por lo cual tuvieron que cambiarla y ponerle una con su forma humana.
Ahora en vez de atraer cazadores de recompensa también chicas enamoradas lo perseguían. A Shail le gustaba mofarse de él por ese motivo. Ambos tenían una recompensa bastante buena por sus cabezas. Aunque si por poder fuera, Shane pasaría con creces los quinientos millones de berries. Doscientos noventa y cinco no eran nada en comparación.
Por todos los actos vandálicos cometidos, asesinatos en masa de civiles y guardias y asaltos a bases del gobierno sumándole la destrucción de islas y edificios gubernamentales le daban a ella la suma de trescientos cinco millones de berries. Cinco por encima del famoso Monkey D. Luffy y diez por debajo del aún más famoso Eustass Kid.
Estaba segura de que se los encontraría en aquella isla. El archipiélago Shabaody es el último destino antes de la Red Line, dónde los piratas deben acudir a un cobertor de barcos para poder pasar por debajo de la inquebrantable muralla marina.
Snow le había informado de que a las doce en punto atracarían en la isla. Con parsimonia Shail se dispuso a asignar los puestos de cada uno. Vaas y Snow se encargarían de las provisiones, Rowen, la médica del barco bajaría a por suministros médicos y los vigías Crowd y Miles se quedarían en el barco con su Den-Den Mushi por si sucedía algo.
Todos los demás bajarían a tierra a hacer sus cosas. Como siempre, Shail y Shane irían a recorrer la isla y visitar alguna taberna. Con suerte podrían encontrar alguien con quien luchar y se divertirían un rato.
Frunció el ceño cuando divisó el contorno del archipiélago a lo lejos, estando tan cerca de la sede de la Marina tendría que contenerse y mucho. No podría destrozar cosas así a lo loco si no quería tener problemas.
Suspiró cansada cuando Shane les informó a todos de que ni se les ocurriera mirar y mucho menos levantarle la mano a un noble mundial, por muy malo que esto fuera. Realmente detestaba a esos tipos.
Según le contó su primer al mando, que ya había estado en Shabondy, ellos se paseaban con sus esclavos por toda la isla con trajes especiales y burbujas para no respirar el mismo aire que los demás mortales. Para ellos solo eran basura.
Con una mueca disgustada se dispuso a olvidar aquello por un rato y dando las últimas órdenes, salió del gigantesco barco en busca de algo que hacer junto con Shane. Aquella isla prometía muchas cosas. Se olía el peligro en el ambiente.
Quizás, sólo quizás, se pasara por alguna casa de subastas para ver aquella tortura en vivo y en directo.
Y tal vez, sólo tal vez, luchara a muerte con algún supernova que no mira por dónde va y con qué clase de personas se topa.
