Dos comandos se acercaron al doctor por detrás, y con brutalidad, uno de ellos le descargó la culata de su subfusil MP-5 contra la articulación del codo derecho, quebrándosela violentamente.
El doctor gritó de dolor, pero en ese momento el otro soldado le golpeó con su culata en el hombro izquierdo, dislocándoselo. El doctor ya no volvería a hacer nada con los brazos.
El Teniente Hunk se agachó, sin dejar de mirar a los ojos al doctor, e inspeccionó el arma que estaba en el suelo, con el que habían matado a Número 8. Se trataba de Smith & Wesson 617, seguramente de calibre 22LR (long rifle). Un arma pequeña, y no demasiado común.
Alejó el revolver de un puntapié, y miró al doctor.
– Nombre. – exigió Hunk.
El doctor no contestó, sino que tragó saliva.
Hunk lo repitió, elevando el tono. El doctor continuó guardando silencio. Hunk murmuró unas palabras por su radio táctica, y Número 4 abandonó su posición y se colocó a su lado, listo para golpear con la culata de su fusil de precisión. Su arma era un M40A1 hecho de plástico, y por lo tanto, un culatazo de ese rifle dolía muchísimo más.
El teniente miró al doctor, y luego asintió con la cabeza.
Número 4 le golpeó primero en el hombro dislocado, y luego en el abdomen, para dejarle sin aire, pero no excesivamente fuerte para no romperle el diafragma.
Hunk alzó el brazo izquierdo, y Número 4 abandonó a la víctima, para regresar a su posición en la ventana. El teniente miró al doctor, que movía su cabeza arriba y abajo, intentando recuperarse del dolor. Finalmente, abrió los labios, que le temblaban.
– Sa.. Sabe perfectamente que me llamo Simmons, Doctor Simmons Lorenz. No sé porqué lo pregunta… Es usted un sádico.
Hunk se agachó, y pegó su cara embutida tras el pasamontañas a la del doctor Simmons.
– Doctor, no discuta mis métodos. Quiero que me diga qué ha hecho con la información robada de nuestra sede. Los teléfonos están pinchados y la línea de cable módem también, así que sabemos que no ha realizado ni llamadas telefónicas ni largas transferencias de archivos por Internet, por lo tanto, los archivos están aquí, o se los habrá dado a alguien en persona. ¿Dónde están exactamente? Podemos terminar ya, o podemos empezar ahora. Usted dirá.
El doctor Simmons tragó saliva, pero no dijo nada.
El Teniente Hunk extrajo un cuchillo de comando de la caña de sus botas, y lo colocó en torno a los ojos del doctor Simmons.
– Puedo sacarle un ojo si me da la gana, así que no me toque las pelotas.
Para demostrarle que hablaba en serio, le realizó un corte por el abdomen, no demasiado profundo pues no quería matarle. Sin embargo, el corte fue lento, largo, y profundamente doloroso, además de sangrar bastante. Sin embargo, el doctor sabía que no era mortal, aunque eso no le impidió chillar, tanto que Número 6 tuvo que taparle la boca con las manos enguantadas, al tiempo que Número 4 hacía lo propio con su esposa, que también había empezado a chillar.
Hunk realizó otros tres cortes más, con calma, mientras el doctor agitaba convulsionadamente la cabeza. Cuando el teniente hubo acabado, se pasó el cuchillo de mano a mano, mientras Simmons le miraba aterrado por encima de la ancha mano de Número 6 que le taba la boca, pero no la nariz.
Número 6 retiró por fin la mano, asqueado, porque durante la tortura el doctor había sido incapaz de controlar su mucosa nasal, y había manchado los guantes del soldado.
– Vamos, vamos… doctor… Esto no ha sido nada. ¿A quién quiere proteger? ¿Porqué quiere usted luchar? ¿Acaso es un idealista? – Mientras hablaba, el Teniente iba dando vueltas alrededor de la silla del doctor. De vez en cuando miraba a los rostros de sus Comandos, todos ellos serios. A ninguno le gustaba lo que estaban haciendo en esa casa, destrozando la paz hogareña. Al Teniente tampoco le gustaba. Pero era su trabajo. Cumplía todas las órdenes, por ello le llamaban "El Teniente" o, simplemente, "Teniente". Jamás le llamaban Hunk. Por desgracia, en todas sus misiones, siempre había muertes implícitas. Debido a ello, y también a la dificultad de sus misiones, y a su profesionalidad, le solían llamar también "Señor Muerte". Su trabajo era de todo menos agradable, pero significaba "su" trabajo, y alguien tenía que llevarlo a cabo. Por ello, cobraba una cuantiosa suma en dinero.
Unas voces le sacaron de sus pensamientos, se trataba de la señora Simmons, que gimoteaba al ver a su marido sufriendo.
Hunk guardó el cuchillo, tras limpiarlo en sus pantalones, y fue hasta ella. Mientras caminaba, extraño una cajetilla pequeña de 10 cigarros Philip Morris rubios, y se colocó un cigarro en la boca. Avanzó con el cigarrillo apagado, y uno de sus hombres le alargó el mechero para ofrecerle fuego. Sin embargo, el teniente le retiró el mechero de las manos, y se colocó delante de la señora Simmons, tapándole la vista hacia su marido.
– Usted sabe algo, ¿verdad? Porqué no nos lo dice usted, y terminamos ya con esto… – iba a añadir algo, cuando sonó una voz detrás de la puerta que daba afuera.
– Oiga, ¿qué ha pasado aquí? Hemos oído algo parecido a disparos, ¿están todos bien? ¡Abra, o llamaré a la policía!
Hunk miró a Número 8, y le hizo un asentimiento de cabeza. Éste comprendió la orden, y se apresuró a abrir la puerta con una mano, mientras con la otra le encañonaba la MP-5 directamente al corazón.
El aturdido hombre de la otra puerta se quedó boquiabierto, en sus manos sostenía un teléfono móvil, que Número 7 inutilizó golpeándole con la culata de la escopeta contra la pared. Luego asomó la cabeza, y miró a izquierda y derecha, pero no había nadie más. El hombre había venido él sólo. Tras cerrar la puerta, le obligaron a pasar, y colocarse cerca de la pareja de torturados, justo enfrente de donde estaba Hunk.
– ¿Y quien es usted? Responda.
EL hombre tartamudeó, y entre sollozos, explicó que solo era el portero de la comunidad, que había oído ruidos raros, y venía a ver. Y para desgracia del matrimonio torturado, dijo que no había tenido tiempo de llamar a la policía.
Hunk asintió.
– Bueno, atadle en un rincón. Ya nos encargaremos de él cuando acabemos con estos dos…
Número 9, que había terminado de atender a Número 2, dio su opinión.
– Señor, deberíamos librarnos de éste cuanto antes. Podría convertirse en una molestia…
El teniente pareció recapacitar, y finalmente se dio cuenta de que su subalterno tenía razón.
– Bueno, de acuerdo. Llevadle al baño con los otros.
Mientras Hunk daba unas largas inspiraciones del cigarro, el hombre fue llevado al baño, donde tras ver los cuerpos sin vida de los dos soldados en la bañera, intentó gritar, pero no tuvo tiempo. Sonaron dos silbidos, el chasquido de mosaicos del baño rotos, y luego el ruido de un saco de papas al desplomarse.
Hunk se acercó al hombre, y le echó el humo a la cara. Seguidamente, se quitó el cigarro de la boca, y lo apagó en la mejilla del doctor. Luego, sacó otro cigarrillo, lo encendió, dio una calada, y lo apagó en un antebrazo del doctor. A continuación aplicó directamente el mechero sobre el otro antebrazo, quemándole los pelos, y la piel.
La llama crepitó, con un olor a carne quemada, y cuando Hunk retiró el mechero, se quedó una atroz quemadura, con la piel abrasada y enrojecida en los bordes de la llaga, del tamaño de un teléfono móvil mediano.
El teniente respiró hondo, tampoco había servido para nada. Y había desperdiciado un cigarro.
Número 7 continuaba cortando y pelando el cable de la lámpara, con la idea de conectarlo a una batería auxiliar para provocar descargas eléctricas en la víctima. Desgraciadamente, no había ninguna batería a mano, ni nada que produjese electricidad en la casa, al haber sido cortada la corriente.
Número 6 estaba hurgando en los cables, buscando electricidad estática acumulada que pudiera utilizarse, pero había varias tomas de tierra distribuidas por la casa. Era un sistema eléctrico competente, y no podría utilizarse. Quizás el conserje guardase una batería de emergencia en la sala de mantenimiento, pero era imposible ir a buscarla, y además el conserje ya estaba difunto. Habría que ingeniárselas sin electricidad, lo cual era una lástima, porque una buena descarga eléctrica en ciertos puntos sensibles del cuerpo humano (encías, bajo las uñas, pezones, glande, testículos, párpados, clítoris, ano…) era muy útil para bajar las defensas.
El Teniente resopló, y extrajo de un bolsillo del chaleco una lámpara fosforescente, de las que se había que golpear para que alumbrase, y lo hacían sin apagarse durante horas y horas, y tenía forma de tubo no muy largo. Funcionaba mediante tubos fosforescentes, de color amarillo pálido.
– Ya estoy harto, contesta antes de que te ponga a cuatro patas y te meta esto por el culo. Estoy empezando a perder la paciencia.
El doctor, con los ojos envueltos en lágrimas, miró aterrado el grueso tubo. Le temblaban los labios y balbuceaba incoherencias, pero nada relacionado con lo que ellos querían saber.
Hunk suspiró.
– Esto hacedlo vosotros, voy a tomarme algo.
El Teniente le dio la bengala fluorescente a Número 3 y Número 6, y se retiró, dejando a los hombres. Por el camino hasta el minibar se encontró con Número 4, vigilando una ventana con binoculares y el fusil de precisión apoyado de forma reglamentaria con el bípode en el marco de la ventana, pero apuntado hacia arriba para que el cañón no sobresalga y se vea. Hunk abrió el minibar, y extrajo una botella de Jack Daniels a la mitad, de la que se sirvió en un vaso. Estaba frío, a temperatura ambiente, teniendo en cuenta que estaban en pleno Octubre. Se dio media vuelta, y contempló a sus hombres, con la copa en la mano. Mientras les miraba, extrajo otro cigarro de la cajetilla, y se lo encendió, luego le alargó el mechero a su dueño, Número 9, el cual lo usó para encenderse otro cigarro. Parecía estar disfrutando del espectáculo, con la copa y el cigarro, pero el cigarro era para aliviar la tensión, y el alcohol era necesario para su trabajo. Nadie en su estado normal aguantaba esas cosas. Exhaló una calada del tabaco rubio, y luego olió. Número 9 se estaba fumando a su lado un Jockey Club, ese tabaco que dejaba la voz de fumador y destrozaba tanto la garganta como los pulmones.
"Lo que es no tener buen gusto…"
Mientras tanto, Número 6 acogotó al doctor para que se estuviera quieto, y le desataron las piernas, para luego tumbarle al suelo violentamente y ponerle a cuatro patas, todo ello delante de los ojos de su mujer, completamente horrorizada. La cara del doctor era completamente inexpresiva en ese momento.
Tras unos instantes, los ojos de la pareja se miraron, y ella ya no pudo aguantar más la salvaje tortura a su marido.
