Lo único que se me ocurre es… Midgard.

Nunca había oído ese nombre. ¿Se podía saber qué era? No dije nada, pero algo me decía que no era algo que me deberían haber enseñado en mi entrenamiento. Caminamos hasta la casa de la familia Asakura. Allí nos secamos y descansamos del viaje, del ritual. De toda la semana de angustia.

El día seguía horrible. Eran principios del otoño, pero tiempo parecía de pleno invierno. Hacía poco se había levantado un fuerte viento que gemía entre las copas de los árboles, arrancando de cuajo puñados de hojas aún verdes. El cielo gris, negruzco, lloraba aguanieve durante instantes, luego la tormenta retomaba su poder y cada gota de lluvia parecía un puñal, o se transformaba en granizo para golpear con rabia los tejados y los cristales, haciendo un ruido tenebroso y monótono, que, unido a los truenos, espantaban a cualquier osado con suficiente valor para salir de casa.

Anna parecía pensativa, si no la conociera bien, diría que furiosa. Pero claro que la conocía, y, sabía que estaba aunque fuera solo un poquito, estaba preocupada.

Midgard…

Yo seguía dándole vueltas a esa palabra. No sonaba a nada conocido, de hecho, ni siquiera sonaba a japonés. Supuse que debería de proceder de algún lugar al norte, muy al norte, donde nieve permanentemente, donde la raza humana no se atreva a permanecer mucho tiempo. Porque todos los seres que pude ver parecían sobrehumanos, monstruos, seres irreales de los cuentos fantásticos europeos. Vikingos…

¿Los cuernos?

En el templo, todas mis reflexiones se detuvieron. En la semipenumbra, advertí la silueta de Kino y Yohmel Asakura, con la cabeza inclinada hacia delante, musitando una suave plegaria. A los lados, parpadeantes por los juegos de sombras del fuego, se erguían estatuas de Dioses, de antiguos Shamanes, de hombres. El silencio parecía pesar sobre nosotras, pero no nos movimos hasta que acabaron.

-Anna, quiero presentarte a Gwen.

La itako frunció levemente el ceño, sin que nadie lo notara apenas. Como si ago de lo que estuveria pasando la desagradara.

Kino se incorporó lentamente, y a la vez, una figura de un lateral se movió también.

Alguien había estado apoyado contra la pared, pero no pude advertirle hasta que se acercó un poco a la luz.

Era una chica, quizá de mi edad, o de la de Anna. Vestía un largo abrigo y llevaba el pelo (con esa luz no podía ver de qué color era) en un moño desmechado, con mechones cayéndole por la cara, y un pañuelo enroscado al cuello que parecía muy largo, por la cantidad de vueltas que le tenía dadas.

-Encantada. –su voz tenía una cadencia suave, un acento inidentificable, un deje como ronco, como roto, como si no estuviera acostumbrada a hablar. Fue lo primero que me llamó la atención de ella. Eso, y la sonrisa burlona que esgrimía. Una sencilla mueca apenas esbozada, que podía perfectamente ser una ilusión de la oscuridad.

Le tendió la mano a Anna, quien, después de pensárselo mucho, aceptó. Luego, sorprendentemente se dirigió a mí. No puedo expresar lo que sentí cuando me di cuenta de que no me ignoraba como hacía todo el mundo, que me tomaba en cuenta. Casi había asumido que yo allí no tenía apenas nada que hacer, y que, de golpe, alguien ignorara a Anna, por saludarme a mí… fue un poco chocante.

Pero al instante me recompuse, le dirigí la mejor de mis sonrisas y respondí:

-Tamao. ¡Mucho gusto!

Gwen asintió, y se giró para mirar a Kino. Esta caminó en dirección a la salida, seguida por su marido, que me dirigió una breve mirada que no logré comprender.


Anna sopló el té para que se enfriara un poco. Tenía un expresión un tanto ausente, pero mantenía el ceño fruncido. En el salón de la casa, rodeados de un incómodo silencio, todo parecía mucho más suave de lo que en realidad era. Durante un rato, después de tantas novedades, había olvidado la gravedad de la situación. Me dio un vuelco al corazón al recordar a Yoh… Solo rezaba para que estuviera a salvo.

-Bien. ¿Qué habéis visto? –Yohmel habló súbitamente. Me sobresalté, y Anna levantó muy ligeramente las cejas. (Tantos años con ella me había hecho conocerla profundamente). Pero ni Kino ni Gwen parecían alteradas.

-Nieve. –murmuró la itako. –Mucha nieve, y una gran batalla. Era una vasta explanada cuyos confines se perdían entre la niebla. Pero al fondo se veía un palacio.

-¿Algo más?

-Tú eres la que predices el futuro¿verdad? –preguntó Gwen dirigiéndose una vez más a mí, con sus ojos violeta fijos en los míos, pero sin parecer intimidante.

La verdad es que no acababa de entender que pintaba ella allí, pero me halagaba que me hablara.

-Sí, pero… para eso necesito mi tablero…

-No todo el mundo puede hablar de lo que vendrá solo con leer una ouija; tú tienes un don especial, no te menosprecies.

Estoy segura que me puse tan roja como cuando Yoh me hablaba. Por mi interior, entre todo el dolor, se abrió paso un sentimiento de agradecimiento hacia esa desconocida…

-Pues… yo vi… parecían gigantes… -dudé. En realidad, no me parecía muy coherente, pero ella solo hizo un leve gesto con la cabeza para que continuara. –Luchaban contra hombres vestidos con pieles, que portaban armas enormes, y cascos con cuernos… y a mi lado había unas mujeres guerreras de largo cabello, cuyos escudos reflejaban unas hermosísimas luces… -intentaba darle todos los detalles posibles. –Y… había una serpiente enorme a lo lejos. Y lobos. Y…

Me callé súbitamente, al darme cuenta de que me estaba acalorando demasiado. Pero estaba tan orgullosa de poder ser de utilidad…

-Creo que es Midgard. –dijo Anna, con su habitual tono neutro, que parecía despreciarlo todo.

Gwen nos miró a todos un instante, se mordió muy ligeramente el labio inferior y al final habló:

-Es Midgard. Después de todas las señales, el cielo, la situación…

-¡Yo he visto las señales! –exclamé de pronto, recordando los extraños hechos que habían pasado solo unos días antes.

Anna me lanzó una mirada cargada de odio, pero, de algún modo, había ganado la confianza suficiente como para hablar ante todos, (claro que, en un tono más humilde).

-La nieve en tu ventana, el cuervo posado en la valla. Aquella sombra durante la tormenta, y…

-Ya está bien, Tamao. –Kino Asakura me miró amenazadoramente, y yo me hundí en mi sitio, muerta de vergüenza, y con la convicción de que no volvería a abrir la boca en semanas.

-No sé que quiere decir todo esto, ni donde está su nieto, pero está claro que los Dioses germanos están enfadados, y que los cimientos de Midgard tiemblan.

-¿Qué es exactamente? –preguntó Yohmel. Parecía algo muy lejano, muy ambiguo, como si tan solo conocieran el nombre. Conque Dioses germanos…

Gwen suspiró.

-Es una larga historia –dijo. Se apartó un mechón castaño rojizo de la cara. –Hace mucho tiempo, cuando la tierra estaba dividida en culturas, y no en países, cada una tenía su propia… magia… digamos, sus propios Dioses y sus propias reglas. En la zona de la actual Alemania, países bajos, Austria, quizá Polonia o incluso Dinamarca y más al norte, allí habitaba un pueblo muy guerrero. Ellos, al contrario que el resto de los pueblos, afirmaban que los Dioses no eran inmortales, y que podían… bueno, pero ese no es el caso ahora. Dividían el reino en el que vivían los Dioses, al que llamaban Asgard, y el de los humanos. Pero cerca del mundo terrenal, al este, estaba Jötunheimr, el mundo de los gigantes, llamados Yotes, enormes seres de hielo que luchaban contra los Dioses, los Ases. Jötunheimr está separado del mundo humano por varios ríos y por el bosque de hierro.

Gwen suspiró una vez más. Estaba explicando algo totalmente desconocido para mí, y al parecer, también para Anna y los abuelos de Yoh. Se aflojó un poco el pañuelo del cuello, pero, a pesar del calor que hacía dentro de la casa, no se lo quitó.

-Midgard –prosiguió-es la fortaleza que los Dioses le entregaron a la raza humana para protegerla de los gigantes. Limita también con el país de los enanos y el de los oscuros duendes enanos, para qué os voy a dar los nombres germanos... De Midgard a Asgard había un puente llamado Bifrost, hecho de tres colores, pero identificado por el arcoiris. Es la única vía que los gigantes tienen para entrar en el reino de los Dioses.

-Pero si son Dioses¿porqué temen a los gigantes? –inquirió Kino Asakura lentamente.

-Ya lo he dicho. Los Dioses germanos no son inmortales.

-¿Y que tiene que ver ese cuento con todo esto¿Qué tiene que ver una leyenda con Yoh? –Anna sonó mucho más desagradable de lo habitual.

-No es una leyenda. –protestó Gwen, un poco ofendida. –Es real. Y si, al querer saber sobre él aparece Midgard en plena batalla, quiere decir que algo ha pasado en el Norte, y que, muy probablemente, aunque no tenga ni idea de nada, Yoh estará allí.

-¿Pero qué ha pasado¡Sigo sin entender nada!

-Yo tampoco lo sé. Pero estoy segura de lo que digo.

El silencio que prosiguió a esa frase fue mucho más tenso que los anteriores. La itako lanzaba miradas furiosas, e impacientes, y la desconocida solo dejaba vagar sus ojos por la estancia tranquilamente. Parecía que pasado el malestar por aquel desprecio, volvía a estar calmada y fría, como si nada le importara nada en absoluto.

Al fin, Yohmel Asakura asintió.

-Muchas gracias por todo.

Gwen se levantó lentamente y se arregló el pañuelo y la cinta que tenía anudada en la muñeca izquierda, apretando ambos lo suficiente para que no cayeran.

-Espero veros pronto.

Hizo la inclinación de cortesía para todos, y se dirigió a la puerta.

-Espera. –llamé.

Ella redujo un poco el paso, y sujetó la puerta hasta que la alcancé. ¿Porqué me inspiraba tanta confianza?


El sol le arrancaba a su cabello destellos casi dorados, cobrizos, y a sus ojos un brillo metálico que podía asustar un poco, pero había conocido su sonrisa, y sabía que no tenía nada que temer. Era simplemente que me intrigaba quién era.

-¿De dónde vienes? –le pregunté, sujetando el paraguas sobre nuestras cabezas.

-De Europa. –supuse que si no me decía nada más, era porque no quería. Sus razones tendría, y yo no tenía intención de enfadarla.

-¿Cómo es que sabes tanto de mitología germánica?

-Es una larga historia. –respondió sonriendo. –He tenido que aprender mucho para llegar hasta aquí.

-¿Aquí? –pregunté confusa.

-Ayudándoos. –aclaró. Su sonrisa se volvió igual de burlona que el en templo. No parecía algo hecho con mala intención, pero daba la impresión de que estaba jugando, de que no se lo estaba tomando en serio en absoluto.

-¿Y no tienes ni idea de lo que pasa¿Una pista, algo?

-Uhm… no estoy segura. Creo que sí, pero tengo que comprobar unas cosas antes. –soltó una carcajada. –Vaya metedura de pata. Se supone que me llamaron para que aclara las cosas y no he hecho más que confundirlas más. Pero no os preocupéis. No tardaré más de una semana en confirmar mi corazonada.

-¿De qué se trata? –inquirí nerviosa. Parecía que sabía más de lo que decía.

-Con esto no se debe jugar. O se dice seguro, o no se dice. Solo dame una semana.

-¡Pero no tenemos tiempo¿Y Yoh¿Y Manta?

-Créeme, si es lo que creo, tenemos tiempo de sobra.

-Pero…

-Escucha. –me cortó. –Tengo que coger un avión a Alemania. Me esperan siete horas de vuelo y una escala, así que me gustaría llegar con tiempo. Otro día hablaremos sobre esto. No te fallaré, no te preocupes, solo dame unos días. Confía en mí.

Miró un instante el camino que conducía a la estación de tren y echó a correr bajo el aguanieve, que al poco, se convirtió en lluvia normal, menuda pero hiriente, que el viento arrastraba con total facilidad y se colaba entre la ropa.

Pues bien, no me había aclarado nada. Cada vez estaba más preocupada, y lo único que sabía era que mi amado Yoh estaba en algún lugar del norte o del centro de Europa. Apreté el puño que tenía libre y me maldije a mí misma por ser tan débil y no poder hallar el lugar exacto donde estaban. El único consuelo era que ni siquiera Anna lo había conseguido.

Me sentí desfallecer una vez más. Quería verlos ya… saber que estaban bien… verlos, abrazarlos… sí, sería capaz de abrazarle, a él. Con tal de que estuvieran bien, no sé lo que daría, lo que entregaría. O con tan solo tener noticias suyas, porque lo que más me mataba era la incertidumbre, ese sentimiento de impotencia, de rabia, de coraje… de miedo a lo desconocido… y las lágrimas brotaron una vez más a mis ojos; pero esta vez, no llegaron a caer.


Bueno, hasta aquí el tercer capítulo. Espero que os haya gustado, a pesar de ser un poco más largo de lo acostumbrado. Aún así, creo que mis capítulos suelen ser más cortos de lo que son en otros fics. Esto es porque me parece más sencillo de leer así, se hace más ameno… y a veces más intrigante. Pero claro, eso hay que currárselo, y de momento, no sé si lo he conseguido del todo.

¿Qué os parece Gwen? Dadme vuestra opinión, pero no me la tratéis mal, que es la niña de mis ojos n.n De todos modos, aquí no tendrá un papel protagonista, será nada más de apoyo. Y os preguntaréis: vale¿entonces se puede saber quien es el protagonista? Pues no lo sé, quizá Anna, o puede que cambie… depende de cómo vaya todo. Ya se verá porqué no lo es Tamao.

Lo de la mitología germánica es TODO verdadero. Me lo he trabajado mucho, así que no penséis que son invenciones mías.

Loconexion: Muchas gracias por seguir mi fic, tus críticas me son de muchas ayuda. Siento no haber aclarado tampoco mucho en este capítulo, pero sigo diciendo que puedes echarle un vistazo a la mitología germánica, y si tienes un poco de imaginación, verás enseguida lo que estoy pensando (así que no lo hagas porque sino se me chafa el fic :P)

Zria: También gracias a ti por leerme. Fuiste la primera en dejarme un comentario en mi primer songfic, y me hizo mucha ilusión. Espero que continúes con tus fics. También a ti te pido perdón por no decir que le pasa a Yoh y a Manta. Te digo lo mismo (incluido lo del paréntesis) Pero lo cierto es que me encanta teneros intrigados :P Nah… prometo que no tardaré en aclararlo.

A los que no me han dejado review pero han leído la historia, gracias también. (¿Acaso no os ha gustado y por eso no dejasteis nada? T.T joooooo)

Nos vemos en el próximo capítulo (o eso espero)