La escarcha pegada a mi piel… el frío carcomiendo mis mejillas. Mi chaqueta no es suficiente…
Soy un ainu, se supone que debo resistir este invierno eterno. Debo superar cualquier dificultad… ser fuerte.
Nada me asegura que Pilika esté bien. Ni que mis padres sigan vivos. Ni siquiera que Hokkaido siga en pie.
Pero supongo que debo confiar en Svava. Ella dijo que todo iría bien. Y a pesar de todo, no tengo motivos para creerla.
¿Cómo la conocí?
--Flashback (primero y último de mi carrera literaria)—
A pesar del frío, el joven entrenaba sin camisa, ni chaqueta, ni nada que le abrigara. La piel del torso desnudo había adquirido un color rosado por la baja temperatura, pero él no lo sentía.
Con los ojos cerrados, oía la naturaleza. El grito de dolor de los árboles cuando perdían una hoja. Y entonces las golpeaba.
Con el tiempo, después de estar a las puertas del camino que conducía a los grandes espíritus, sus sentidos se agudizaron. Y ahora podía seguir las conversaciones de las plantas, los aullidos de los búhos, los murmullos del viento al esparcir las noticias del mundo entre todo ser vivo del bosque.
Algo lo había impulsado a aislarse ahí. En mitad de nada. Lejos de todos.
Anochecía. Un tono gris anaranjado cubría el cielo, jirones de nubes entrelazadas con los últimos rayos de un sol moribundo.
Oyó a un árbol lamentándose metros más allá, pero no cambió la postura.
Otro, un poco más cerca. Permaneció inalterable.
El árbol de su derecha perdió una hoja. Amarillenta, con uno de los bordes un poco carcomidos. Justo cuando estaba a la altura de su cabeza, Horo Horo extendió la mano, y con la palma abierta dejó que la hoja se posara suavemente sobre ella. Notó su último latido antes de apretar el puño y estrujarla, abriendo de nuevo la mano y volteándola para que los restos cayeran al suelo.
Su corazón recobró las pulsaciones habituales, y se mantuvo así durante eternos minutos en los que el viento amainó.
Kororo bostezó y comenzó a elevarse por encima de las copas, bastante aburrido.
La brisa gimió un instante. Parecía ser un nombre, pero tan pronto como comenzó a escucharse, calló. El ainu abrió los ojos, miró a su alrededor, extrañado. Pero no vio nada, así que los volvió a cerrar. Debió de ser el viento silbándole en la oreja, ya le había pasado antes.
Pero esto se repitió a su espalda. Al poco. Y al momento de nuevo, a su izquierda.
Horo abrió los ojos, destensó el cuerpo. Esperó a que pasara otra vez. Creyó ver algo de refilón, justo en el borde de su campo de visión, pero al girar la cabeza lo recibió el tronco de un viejo abeto. Y aún así, tenía la sensación, y la seguridad de que lo había visto.
Otra vez…
En un instante analizó todas las posibilidades. Un shaman, un animal salvaje, como el oso que había pasado cerca unas horas antes, un espíritu… ninguna de las tres posibilidades resultaba muy halagüeña: los amigos no se esconden.
Algo se movió entre los arbustos. Más rápido que sus pensamientos, el ainu agarró su tabla y, antes incluso de posesionar a Kororo, la lanzó contra aquello, quedando esta clavada entre el barro y la fina capa de nieve. De allí salió corriendo una ardilla de un color pardo.
Horo Horo suspiró, relajándose. Se sentó en una piedra y miro al cielo, en busca de las primeras estrellas que ya despuntaban. Pero no vio solo eso. ¿Era la aurora boreal aquello que se retorcía entre las nubes?
No era un fenómeno habitual, y eso era una de las cosas que lo hacía tan hermoso. Tan hipnotizante. Tanto, que no prestó atención a las gotitas de agua que flotaban en el aire que protestaban porque alguien las apartaba.
Solo le cogió del hombro. Un contacto helado. Y de golpe… nada.
"No eres como la mayoría de ellos. Tú ya estás acostumbrado a esto."
Horo abrió los ojos.
-¿Qué?
-Estás hecho de hielo, como nosotras. Estás fabricado con escarcha. Y tienes un alma guerrera.
Era una mujer de pálidos y delicados rasgos. Su tenue rostro envuelto en un hermoso resplandor aparecía enmarcado por una suave melena rubia, recogida descuidadamente en dos trenzas, con muchos mechones cayéndole sobre la frente. Y de esa dulce imagen aparecían dos luces azules, que eran sus ojos, un azul desgastado, casi blanquecino, con una mirada delirantemente hiriente.
-¿Quién eres?
-Supongo que a ti te puedo responder ahora. –sonrió cálidamente mientras seguía caminando.
Horo se quedó plantado en el sitio. ¿Qué había pasado? ¿Por qué caminaba sin darse cuenta?
-¿A qué esperas? Vamos. –le cogió de la manga y tiró de él.
Otra duda existencial: ¿cuándo se había puesto la chaqueta?
-¿Quién eres? –repitió una vez más, en voz más baja.
-Me llamo Svava. Soy una valkiria.
-¿Qué es eso? –ni siquiera sonó extrañado. Su cabeza aún no procesaba emociones, solo datos en bruto.
-¿Qué os enseñan ahora en el colegio? ¿Tú te consideras un Shaman y ni siquiera sabes lo que te va a pasar cuando mueras? Recogemos las almas de los guerreros muertos y las llevamos al Valhala, el salón de los Dioses, la casa de Odín.
-… entonces… estoy…
-¿Muerto? No, tranquilo. –tosió y agarró un cuerno que tenía atado a la cadera, comenzando a beber de él. -¿Gustas? ¿No? Como quieras. Es hidromiel, tú te lo pierdes.
-¿Qué pasa conmigo? –la urgió Horo. Sus sentidos despertaban, y comenzaba a ponerle nervioso que esa chica no callara.
-Necesitamos todos los guerreros posibles. Y a falta de muertos, se recluta a los vivos. Claro, que no podéis empezar a luchar así por las buenas, y durante el Fimbulwinter será ya muy tarde para traeros aquí. Para la mayoría tres años son suficientes. A ti no te debería hacer falta ni adaptarte, pero hay pocos como tú. Asgard es un lugar muy frío.
-¿Cómo?
-Por todos los Dioses. Eres mucho más inculto de lo que me esperaba. ¿No te suena nada? ¿EL Fimbulwinter? ¿Odín? ¿Loki? ¿El Ragnarök?
-…
-¡¿No!
-Lo siento.
-Por favor… sois desesperantes… los mortales de hoy en día sois tan presuntuosos que olvidáis las antiguas tradiciones. ¡Creéis que lo sabéis todo y en realidad no sabéis nada en absoluto!
-Perdona.
-No, da igual. –suspiró profundamente. –De momento no te preocupes. Pasará un largo tiempo antes de que tengas que hacerlo. De hecho, el Fimbulwinter no empezará hasta invierno, aún hay tiempo para que nos ayudes a ayudar a otros humanos tan perdidos como tú. Loki también habrá buscado guerreros por sus propios métodos… es muy hábil.
-¿Cómo?
-Eres hombre de pocas palabras, ¿verdad?
"En realidad no", pensó Horo. "Simplemente estoy un poco perdido"
-Voy a tener que explicártelo todo. Verás… en el principio estaba…
--Fin del Flash Back—
Tantas emociones en tan poco tiempo… lo que más rabia me da es que comienzo a adaptarme a esto. Comienzo a entender lo que esperan de mí.
Y si los guerreros más fuertes han sido arrastrados hasta aquí, vivos o muertos… entonces Yoh no puede faltar.
Ni Ren.
Ni… Hao.
Dedicado a mi amiga Carmen, (¿qué haría yo sin ti?), por ayudarme a meter a Horo, darme ideas, leer capítulo a capítulo antes incluso de que los publique, y sobretodo soportarme. Para ti, mi niña.
