Yoh volvió a subirse el abrigo hasta las orejas. El penetrante viento se colaba por cada resquicio que dejaba su ropa, congelándole hasta el alma. Con los ojos entrecerrados no veía por dónde avanzaba, pero sabía que las Valkirias estaban cerca porque notaba su áurea cálida y podía vislumbrar la aurora boreal que se reflejaba en sus hermosos escudos. Y, a una mala, siempre tendría a Horo, que, a pesar de sus protestas, se desenvolvía a la perfección en ese medio helado.

Svava no había dejado ir a Manta; dijo que era demasiado para él, y, a pesar de sus protestas, no tuvo más remedio que quedarse en el Valhalla. Lo hizo con una media sonrisa, pues confiaba que la custodia de las valkirias los mantendría a salvo, pero ellos eran conscientes de que si tardaban más de cinco días (dos para ir, dos para volver y uno de margen) comenzaría a impacientarse.

La primera noche habían parado en una cabaña de piedra rodeada de árboles muertos. A partir de ese punto, todo era ascender entre una especie de ventisca apacible que no permitía ver más allá de tres pasos.

Poco después de la parada para comer, algo muy oscuro comenzó a perfilarse ante ellos. El viento cambió. Antes de darse cuenta, la niebla había desaparecido, y se quedaron paralizados ante la visión que se les presentaba.

Era un árbol. Un fresno. Pero decir que era gigantesco era quedarse corto. Ascendía y ascendía hasta perderse entre las bajas nubes que lo envolvían; sus hojas eran de un verde muy suave y a la vez muy oscuro, y sus raíces no se asentaban sobre nieve, sino sobre un suelo de tierra muy machacada. Pero lo que más llamaba la atención de Yggdrasil eran sus raíces. Sus grandes y nudosas raíces, que se retorcían sobre sí mismas formando caprichosos dibujos, y arcos, de un lado para otro, perdiéndose alrededor del perímetro del árbol. Unas parecían secas. Otras tenían algo de musgo. Pero todas ellas parecían infinitamente viejas y cansadas. En algunas zonas, bajo ellas surgían pequeños regueros de agua, hilos plateados que se deslizaban colina abajo y se perdían más allá de dónde la vista alcanzaba sin llegar a ser más anchos que un dedo.

-De aquí surgen los ríos que recorren los nueve mundos. –dijo tranquilamente Skogul, y su voz ronca les sobresaltó, pero no dijeron nada.

-Es por aquí. –los llamó Svava.

Apoyó la mano sobre una raíz y se deslizó bajo ella. El terreno era realmente escarpado, y las raíces formaban un complicado laberinto en cuyo centro se erigía orgullosamente Yggdrasil.

Caminaron durante menos de diez minutos, siempre rodeando el fresno, hasta que las valkirias se detuvieron y les indicaron un camino más marcado que los demás.

-A partir de aquí es cosa vuestra.

Y ambas se sentaron en una de las raíces. Skogul sacó su cuerno y le dio un largo trago.

-¿A qué esperáis? –preguntó bruscamente, al ver que Horo y Yoh no se movían del sitio.

-¿Nosotros solos?

-No os vais a perder.

-Ya, pero…

-Aceptasteis venir. Ahora no os quejéis.

-Pero…

-¡Vamos! –era la primera vez que la alegre Svava fruncía el ceño y les gritaba, así que no les quedó más remedio que agacharse un poco y echar a andar cuesta abajo.

Pasar bajo aquella raíz era como adentrarse en un nuevo mundo. Quizá lo estuvieran haciendo, allí nunca se podía saber. El cielo tenía un inflexible color gris metálico, sin que se llegaran a distinguir las nubes. Y sin embargo, la luz parecía mucho más azul, como turquesa, aunque quizá fuera fruto del agua que se deslizaba en canales de hielo a ambos lados del camino, apareciendo y desapareciendo a su antojo.

Dieron un par de pasos, y eso bastó para ver al final del sendero un gran manantial, un árbol de colores imposibles, un estanque que reflejaba todos los brillos del lugar. Se acercaron muy lentamente. Dudando.

La escarcha formaba hermosas figuras a su alrededor. La luz les iluminaba sin llegar a cegarles. Era extasiante y pacífico. A los dos les entraron ganas de esconderse allí hasta que acabara la guerra. Pero sabían que no podrían hacerlo.

No la vieron antes porque su cabello rubio blanquecino y su vestido totalmente blanco se camuflaban a la perfección en ese ambiente nevado. No parecía más que una niña, por lo que ellos enseguida dedujeron que también estaría allí para consultar algo. Horo se acercó muy lentamente.

Ese sexto sentido que le hacía desenvolverse sin problema alguno allí le murmuró al oído que se quedara en silencio. Y así lo hizo. Cuando Yoh quiso ir con él lo detuvo con un gesto disimulado. Nadie podía romper esa paz. No sabía porqué, pero lo sabía. Sabía que aquella niña cuyo rostro quedaba oculto bajo su larga melena sabía más de lo que su aspecto decía. Su frágil cuerpo estaba encogido sobre sí mismo, miraba más allá del estanque, hacia la recogida pared hecha con las raíces de Yggdrasil.

Fue quizá un par de minutos después, aunque ninguno de los dos lo supo con certeza. La niña levantó un poco la cabeza y le dirigió una mirada gris, de un gris plateado, con el recuerdo del verde latente en ella, pero apagada y triste. Sus mejillas estaban surcadas por suaves regueros de brillantes lágrimas.

Horo y Mimir se mantuvieron la mirada un instante, hasta que el ainu la bajó, y ella habló por fin, con una voz muy delicada con un ligero eco que no se sabía si era real o ficticio:

-Él ya ha avanzado. La guerra llegará pronto. Nuestra muerte está próxima. –se levantó lentamente y miró a Yoh. –Eres noble, guerrero. Pero no lograrás conseguirlo. Nadie lo conseguirá.

Ocultó el rostro entre las manos y se encogió sobre sí misma.

-Eres Mimir… ¿verdad? –se atrevido a preguntar Horo.

Ella le miró y asintió.

-Debes ayudarnos. Eres la única que puede.

Mimir rompió en sollozos.

Horo se acercó más y la cogió por los hombros.

-Escucha, necesitamos que nos ayudes. Por favor…

-Ya no hay nada que hacer… el Rägnarok se acerca, oído sus gritos, oigo sus gemidos, oigo los alaridos de dolor… puedo oler la muerte… puedo oler el fin de los Dioses… -su tono se había ido elevando hasta gritar, un grito desgarrado y lleno de dolor.

-Siempre hay una salida. –Yoh se había acercado, y la miraba seriamente, pero con esa expresión sonriente y dulce.

Mimir se levantó y se colocó frente a él.

-¿Dónde has dejado a tu dama, guerrero? –de golpe, no parecía la misma.

-¿Dama? Te… ¿te refieres a… Anna?

-Odín entregó un ojo a cambio de la sabiduría. -Se dio la vuelta y se alejó de ellos, a paso firme. -¿Qué entregaréis vosotros?

Yoh inclinó un poco la cabeza hacia un lado.

-Te traeré la cabeza del que te abandonó aquí, ¿de acuerdo?

Ella se quedó paralizada. Pero al instante sonrió y asintió.

-Busca a tu dama, guerrero. Búscala y ella tendrá la respuesta. Ella sabrá qué hacer. Porque está perdida… pero te busca a ti. Y una vez que os reunáis, nada podrá jamás separaros. Porque os han destinado hace mucho. Ella te tenderá la mano. Solo tienes que cogerla, y asegurarte de no soltarla. –agachó la cabeza y añadió en voz baja. –Si crees que puedes hacerlo, todo saldrá bien.

Y se giró, saltando en el interior del estanque. Cuando se asomaron de nuevo, el agua estaba totalmente calmada, y no se veía más que el fondo de hielo.

La magia de aquel lugar permanecía intacta, pero, por primera vez, notaban el frío de su alrededor.