De algún modo, Hao consiguió encender un fuego, e iluminó con él la húmeda cueva. Poco a poco, sus ojos se fueron acostumbrando a la luz. Bajo sus pies, un pequeño arroyo corría saltarín entre las rocas. Era casi el nacimiento de río Van, llevaban tres días siguiéndolo y unos terribles aullidos resonaban entre las paredes, haciéndolas temblar, como truenos, solo que no se veía el reflejo de ningún relámpago.

-Cuando Odín mandó encerrar a Fenrir, se estaba desencadenando la era del hacha y de la espada, la era del viento, la era del lobo, antes de la destrucción del mundo. Iba a ser un tiempo gris y turbulento. Las Nornas, las Diosas del Destino, predijeron que acabaría con Odín, que traería grandes desgracias. Y Odín le tuvo miedo, así que antes de que el cachorro de lobo secuestrado que ahora jugueteaba en Asgard pudiera crecer más, decidió encerrarlo.

Hao se dio la vuelta para comprobar que Ren le escuchaba. Este le seguía en silencio, muy atento a lo que decía. Era increíble lo que sabía de esa tierra. De esa gente.

-Sin embargo, no había cadenas lo suficientemente fuertes como para sujetarle. Fenrir crecía y crecía, se hacía enorme, y fuerte. Después de todo, era hijo de un Dios y de una giganta. Los dos primeros intentos fracasaron. La tercera vez, Odín pidió ayuda a los enanos, quienes fabricaron a Gleipnir. La primera vez que la vieron, los Aesir se rieron de ella, pues era una cadena liviana, sedosa, ligera, muy hermosa... estaba hecha con el maullido de un gato, la barba de una mujer, los tendones de un oso, las raíces de la montaña, la saliva de un pájaro, y el soplo de los peces. Y, en realidad, la cadena era irrompible.
Pero Fenrir no era tonto. Y a la vez, era orgulloso. Aceptó el juego de probar a romper la cadena, pero a cambio, uno de los Dioses debía meter una mano en su boca durante el intento. Solo Tyr aceptó, y con ello, perdió la mano derecha, pues el lobo se dio cuenta enseguida del engaño, a la vez que los Dioses se reían. Lo ataron firmemente a una roca y mantuvieron sus fauces abiertas con una espada. Desde entonces, el hijo de Loki se retuerce, y gime, aúlla en su prisión. La baba que resbala de su hocico abierto ha formado el río Van. Aguarda el fin del Gran Invierno para acabar con sus ataduras y consumar su venganza.

Ren permaneció un momento en silencio, asombrado, pero reaccionó poco después.

-¿Por qué no viene Loki mismo a liberarle? Es su hijo¿no? -había una nota de desprecio en su voz.

-Estáte orgulloso de que un Dios te haya elegido. Eres un privilegiado. Como no te dejes de quejar, te quedas fuera.

-¡Genial¿Porqué no lo dijiste antes? –a pesar de eso, no dejó de caminar.

Ascendían suavemente, hasta llegar.

Era una oquedad enorme, a cielo abierto, a través del que se veían las estrellas. Los penetrantes aullidos provenían de la boca de un lobo enorme atado en el centro de esa especie de habitación de piedra. El arroyo conducía justo bajo sus cansadas fauces, entre las cuales dormía una enorme y bella espada.

Su pelaje era oscuro, pero bajo la luz de las estrellas tenía reflejos plateados y azulados. Sus ojos rojos con la retina totalmente amarilla, consumida por la oscuridad y la soledad, brillaban en la noche. No luchaba por liberarse, hacía siglos que había asumido que no podría.

Sin embargo, lo que más llamó la atención de Ren fue la cadena, plateada y delgada, casi invisible, delicada. No se clavaba en la carne de Fenrir, y tampoco parecía estar tensa en la roca. La mano de Tyr permanecía bajo las patas del animal, medio roída, pero era el miembro de un Dios, y se volvería a regenerar. Así había sobrevivido el animal ese tiempo, acumulando odio, alimentándose de Dioses...cuando les vio, gruñó. Primero a los dos. Después, solo a Ren, pero poco a poco, se fue calmando. Presentía su maldad genuina. Sabía que no eran enemigos, que iban a ayudarle. El lobo se revolvió en su cárcel, solo un instante, después agachó la cabeza, en señal de sumisión.

-Le caéis bien –asintió Loki, aparecido de la nada.

Los dos se sobresaltaron, y el Dios rió, burlón.

-Ahora, solo tenéis que liberarle, él hará el resto.

-¿Porqué no tú? Ya estás aquí.

Loki rió, y acarició a uno de los lobos que iba a su lado. Sopló para apartarse un mechón de pelo de los ojos, con aire juguetón. Como una niña presumida. Y sonrió con una crueldad incalculable. Ren llegó a estermecerse... Loki le aterrorizaba. Su jovialidad no era más que fruto de su demencia.

-Solo un mortal puede soltar esas cadenas. Y para eso estás tú aquí¿no? –se agachó, jugueteando con los dos lobos. –Estos son Hati y Skoll. –añadió, cambiando de tema.

Uno de ellos, el primero que mencionó, era plateado. El segundo, rojizo y negro. Eran los lobos que se tragarían la luna y el sol. Los que darían paso al Ragnarök, cuando la tierra se sumiera en una oscuridad iluminada solo por las estrellas. Loki los había detenido para no alertar a Odín. Era esa calculadora frialdad lo que asustaba a Ren.

Skoll, el lobo que perseguía al sol, se acercó a Hao y lo olisqueó. Desprendía un gran calor, pero el shaman le acarició la cabeza, y el lobo se quedó a su lado. Se quedaría mucho más tiempo.

-¿A que esperas para liberarlo?

Ren miró a Fenrir, y después a su compañero durante esos años.

-¿Y tú?

-Yo nunca estuve vivo del todo.

-¿Qué quieres decir? Estoy cansado de esto.

-Tampoco llegué a morir completamente. Soy un semi-dios. Esa cadena me destrozaría las manos. Odín se encargó de ello. Ningún Dios podría liberar jamás a Fenrir. Y ningún mortal se acercaría por aquí, y menos aún sobreviviría para alcanzar la roca. Salvo tú.

-¿Me habéis estado utilizando?

Ren montó en cólera.

-¿Es eso¿Para eso me queríais? Ya está bien. No pienso ser vuestro muñeco. Buscáos a otro.

-Me temo, mi fiel vasallo, que ya es demasiado tarde para los tres. –Loki se había puesto serio. De su espalda sacó una espada reluciente y muy afilada, con un brillo azulado. –El Ragnarök se acerca, es mi hora. Si he de morir, moriré, pero lo haré sabiendo que Fenrir ya ha devorado a Odín. Que todos los Dioses que nos expulsaron, a mí y a mis hermanos, son castigados. Todos.
Tú no serás quien me impida eso, pues tan fácilmente como puedo matarte a ti ahora mismo, puedo matar a tu familia, y a tus amigos. Eres débil, Ren, lo sabes; solo, eres débil. Porque sigues teniendo esperanza. Los humanos sois así, sólo cuando lo habéis perdido todo y os habéis arrastrado entre el fango sois capaces de actuar. Porque tenéis miedo. –había un gran desprecio en su voz.

-Ya está bien –interrumpió Hao. –Yo confío en él, es capaz de hacerlo.

Ren mantuvo la mirada del Dios, pero no fue capaz de resistirlo más de un instante. Enseguida apartó la cabeza, resignado.

-Si quieres vencer –añadió Loki –debes estar de nuestro lado. Y ayudarnos tanto como puedas. ¿No crees? –ladeó la cabeza, con mirada de lobo herido, pero no fue capaz de ocultar ese brillo burlón que lo caracterizaba.

-Acabemos con esto. Pero... que sepáis que esto no es por vosotros. Es por mi.

-No me cabe duda, mi fiel vasallo.

Loki rompió en una brutal carcajada.


Weee! Creíais que había desaparecido? Pues no, para bien o para mal aquí estoy, intentando dar paso a los capítulos finales (espero), porque me parece que esta ya está durando bastante. Mis excusas para no haberlo seguido antes son las que suelen dar todos los escritores de fanfics.

Muchas graciasa todos los que me han leído, en especial a Loconexion, Krmn sk, Iskrarevoir, mary, valechan14, tamachan, y elikyouyama.

Me comentaba Iskrarevoir que Mimir aparecía en su libro como un hombre. En realidad... es muy confusa su historia. También aparece como la mujer de un Vanir, y así la representé yo. Es cierto, yo también he leído artículos que hablan de Mimir como una cabeza de hombre cortada, pero... ¿no queda mejor así? ;)

Un beso a todos, y espero que os guste.