Mis queridos lectores;
Este es el capitulo más largo que he escrito, e irónicamente lo he terminado en menos tiempo también. Les aseguro que en este capitulo encontrarán de todo…desde importantes revelaciones, hasta impactantes enfrentamientos.
Millón gracias por todos los reviews, gracias por la acogida que le han dado a mi fict, y por sobre todo, gracias al tiempo que le han dedicado; disfruten:
Capítulo V
Sacando las garras
--Por Merlín, Gin. Eso fue increíble—
--Y que esperabas, Dean. Yo soy la mejor. —dijo Ginny, con voz agitada.
--Eso no puedo negarlo—susurró Dean Thomas, entre jadeos, mientras deslizaba sus manos por los brazos de la pelirroja desnuda sobre él, acariciándola con ternura, reverenciándola con deseo.
Ginny Weasley se levantó de encima de él, permitiéndole respirar con mayor facilidad y se tumbó en la cama. Tomó de la mesita de noche un tabaco y lo encendió. Le dio un par de bocanadas; sintiéndose satisfecha y cansada.
--Me encanta como me haces sentir—confesó Dean, acercándose a la pelirroja, acomodando un hombro sobre la cama, para así contemplarla mejor; admiraba su cuerpo grácil y sereno, un cuerpo que deseaba hacer suyo otra vez. Se veía preciosa a la tenue luz de las velas, que encendidas sobre el piso, alumbraban cándidas la habitación.
Ginny cubrió su desnudez con las sabanas azules de su cama, convocó un cenicero sobre la mesita de noche, donde depositó las cenizas de su tabaco. Se giró levemente para mirar a Dean a los ojos; la mirada de él la atravesaba, como tratando de revelar los misterios de su alma. Volvió a aspirar el humo, y lo descargó sobre él, sonriendo con prepotencia.
--¿Qué te pasa?—tosió Dean, moviéndose sobre la cama. —No seas traviesa, Gin—
Ginny bufó, remembrando su niñez. Recordando como su padre incontables veces la regañaba con dulzura, por hechizar a sus hermanos cuando la molestaban o, al verla trepándose a los árboles con agilidad. "No seas traviesa, Gin", le decía su padre con afecto e infinita paciencia. Cuanto lo extrañaba.
Cerró los ojos, tratando de aplacar el dolor que el pasado le causaba; no le gustaba sentirse así, no le gustaba recordar el pasado. Volvió a llenar sus pulmones con el suave humo, reconfortante y suave humo.
--Eres tan hermosa—susurró Dean, llevó una mano por debajo de la manta, jugando inquieto con su índice alrededor del ombligo de ella, acariciando su vientre, incitándola a jugar.—Te amo tanto, Gin. –-
--No empieces con tus cosas—
--Pero, Gin. —Dean aclaró su garganta para proseguir— Yo creo que es tiempo ya, de avanzar en nuestra relación—
La pelirroja inhaló el humo del tabaco, con una sonrisa; claramente divertida por el comentario del hombre a su lado.
—Mmm… ¿De qué relación estaríamos hablando, Dean?—
--De nosotros, Ginny. De nuestra relación. —
--Creo que no te han quedado las cosas claras. Yo te llamo y tú vienes, así de sencillo, Dean y ha sido así siempre. No hay un "nosotros" y no existe "nuestra relación"—aclaró Ginny, con su tono de infinita paciencia.
--¿Por qué actúas así? ¡¿No te importo acaso!—
--Tú eres un hombre, yo una mujer; ¿quieres que te haga un dibujo, ya sabías a que venías cuando te llame—
--¿Va a ser así siempre, yo no quiero ser tu juguete. Yo te quiero a ti, no te das cuenta. ¡Maldita sea, Gin, ¡Yo te amo!—
Ginny rodó los ojos y respiró hondo, ya había terminado su tabaco. Acomodó su espalda contra la cabecera de la cama y haciendo una mueca indistinta, le dirigió una fría mirada a Dean.
-- Dean, hoy no estoy de humor para esto. Vístete y ándate—ordenó la pelirroja, con un ademán.
--¿Cómo?—
--¿Hablo chino, acaso? Agarra tus cosas, vístete y ¡ándate!—
El rostro de Dean se sonrojó con violencia, se sintió herido en su orgullo de hombre, como basura, se sintió como algo que usas y deshechas, así de fácil, así de sencillo, sin miramientos ni reparos. Se incorporó furibundo, buscó por el suelo de la habitación su ropa y comenzó a vestirse.
--¿Sabes qué, no necesito esto, no te necesito a ti. ¡Ya estoy harto!—
--¿En serio?—inquirió Ginny, con ironía; entretenida por la escena que presenciaba. —No me había dado cuenta—
--¿Te burlas de mí?—la voz de Dean era pura frustración—Eres una cualquiera—escupió, mirando con desdén a la pelirroja. —La próxima vez que te sientas lujuriosa, hazme un favor y no me llames—
--Lo tendré en mente—
Los dientes de Dean comenzaron a rechinar por la ira. Cuando se hubo calzado los zapatos, le dirigió una última mirada cargada de desprecio a Ginny y salió de la habitación.
--No te olvides de cerrar con seguro—alcanzó a gritar Ginny, aún divertida, antes de escuchar a Dean azotar la puerta de la entrada a su departamento, cuando este salió.
Se inclinó sobre la mesita de noche y tomó otro cigarro; notó entonces que en su celular tenía algunas llamadas perdidas de Luna. Marcó el número de la rubia, y mientras escuchaba el tono de espera, encendió el segundo cigarro, aspirando un par de veces.
--Hola, Gin. Por fin contestas—
--Qué tal, ¿para qué me buscabas?—
--Tengo que darte una noticia. —dijo Luna, con una voz totalmente emocionada.
--Aja...—
--No por celular, tienes que verla tú misma. ¡Estoy tan emocionada!—rió la rubia— Mañana, luego de tu entrenamiento—
--¡Luna, ¡por qué me haces esto, ¡Cuéntame ahora!—ordenó la pelirroja, mientras hacía una corta pausa para aspirar el humo del tabaco, impacientándose por la forma solemne y misteriosa, en la que su amiga jugaba con ella.
--Mañana en El Arbolito, dos de la tarde. —
--¡Cuéntame!—
--Mañana en El Arbolito, dos de la tarde. —repitió Luna, riendo entre dientes.
--¿En realidad no me vas a contar?—inquirió Ginny, con una vocecita de niña pequeña, esperando convencer a la rubia.
--Nop. Será hasta mañana. Llega temprano, por favor, no quiero tener que comenzar a comer sin ti—
--Está bien—confirmó Ginny, con desgana—mañana a las dos… ¡mala! —
--Chao, fea—se despidió Luna— ¡llega temprano!—
--Chao, boba—exclamó Ginny, riendo para sus adentros.
Se estiró sobre su cama, luego de terminar con su cigarro, imaginando que sería eso que tenía que contarle su amiga. ¿Acaso Ron le habría pedido matrimonio ya, no podía ser eso, Ron era muy lento y estaba casi segura que, necesitaba alguna pequeña ayuda, para dar ese paso. ¿Se iba a teñir el cabello, conociéndola, bien podría ser esa una opción. ¿Pensaba abandonar al tonto de su hermano? Sí, claro, y yo me acuesto con Voldemort, pensó con ironía. Así continuó, imaginando con que descabellada noticia le saldría Luna mañana cuando se reunieran, continuó, imaginando, hasta que la venció el sueño.
—C☻P—
--¡Me voy, Harry! ¡Chao!—gritó Nahiara desde el umbral de la casona, acomodando sobre su hombro una mochila. — ¡Chao, Dobby!—
Harry descendió, despacio, las escaleras hasta llegar a ella. Vestía una bata de cuadritos azules y unas raídas pantuflas de color rosado y verde, un presente navideño de su elfo doméstico. Su semblante se veía taciturno y apagado; llevaba el cabello bastante alborotado y unas enormes ojeras opacaban sus brillantes ojos verdes.
--Que mal te ves. ¿No dormiste bien?—
--¿Ya te vas?—
--En eso estaba. Sissi me espera afuera—
--Bueno, querida, suerte y anda con cuidado. ¡Y no presumas! Lo último que quiero es que te lastimes—la regañó Harry, con ternura; acercándose a la joven de ensortijados cabellos negros y facciones delicadas, depositando un afectuoso beso sobre su frente.
--Yo no presumo, Harry—replicó ella, con tono ofendido, pero sonriendo—Yo demuestro mis habilidades innatas y destreza superior en el arte hípico. No por nada he sido la campeona, durante tres años seguidos, de la competencia de San Isidro--
--Como sea. Ten cuidado—
--No te preocupes, que te van a salir canas verdes. —Harry bufó— Ya me voy, se me hace tarde—concluyó Nahiara, haciendo el gesto de consultar un inexistente reloj en su muñeca. Besó a Harry en la mejilla y echó a correr por el patio de enfrente, hasta llegar a un elegante auto negro, que la esperaba en la entrada de la casa.
Harry la observó marcharse, observó su andar desenfadado y su cabello negro bailar con el viento. Respiró hondo y sonrió complacido. Nahiara era una de las pocas razones, en ese momento, que conseguían sacarlo de su letargo emocional; tan inteligente e impetuosa, siempre decidida, siempre resuelta. Era una muchacha bastante madura, considerando que solo tenía quince años; ella era su motivo de mayor orgullo. Más que una fortuna incalculable, más que cualquiera de sus exitosas empresas, ella era su luz, ella era su pequeña niña. Recordó entonces como llegó Nahiara a su vida, aquel fatídico día en que perdió a un amigo, y ganó una hija.
Flashback
El cuerpo de Harry era azotado inclemente, por las frías gotas de lluvia que caían torrencialmente. Aquella noche de finales de octubre, el gélido viento nocturno jugaba, feroz, con las ramas de los árboles. Harry, cual poseído, corrió hasta la entrada de la Clínica Dawson, escuchando como retumbaban en sus tímpanos sus propias palpitaciones. Ya en el hall, recorrió con la mirada el interior.
Era una estancia enorme, sumamente iluminada y pulcra, con enfermeras yendo y viniendo, gente que se quejaba y personas que con paciencia aguardaban por noticias de sus allegados en sendas sillas, apostadas sobre la pared a un lado de él. Se quitó los lentes y pasó una mano por su rostro mojado, notó entonces que estaba tiritando, tal vez de frío, tal vez de desasosiego. Tuvo que reprimir las ganas de usar su varita, para realizar un encantamiento impermeabilizador, mientras avanzaba hacia la recepción, esperando con el corazón desbocado, no tener que escuchar malas noticias.
--¿Señorita? Buenas noches, disculpe, busco al Señor Naim Nader, ¿puede ayudarme, por favor?—
La mujer enfrente de Harry, una señora que aparentaba unos cincuenta, de tez negra y rasgos severos, le dedicó una mirada de suficiencia al pelinegro, a la vez que revisaba en el ordenador la información solicitada.
--Un momento, por favor—indicó la mujer, con una voz grave y sonriendo.
--Gracias—
A Harry le pareció eterna la espera, la expectativa, parado, ahí, aguardando lo peor. Cerró los ojos, tratando de desechar los pensamientos negativos, que lo acechaban desde que salió de su casa, en las afueras de la ciudad.
--¿Harry?—lo llamó una voz de mujer, clara y suave, que apartó a Harry de sus cavilaciones, abrió los ojos, parpadeando un par de veces, sorprendido al encontrarse con un rostro conocido dentro de aquel lugar.
--¿Lavender? ¿Qué haces aquí?—
--Soy pasante. Y tú, ¿qué haces?—
--Bueno, yo…--Harry no pudo concluir, ya que la recepcionista le interrumpió.
--Señor, el paciente acaba de salir del quirófano.
--¿Está bien?—preguntó Harry, con un hilo de voz.
--Está en el área de cuidados intensivos. ¿Es usted pariente?—
--Yo, eeh…--
--La hija del señor dijo que vendría su tío por ella—
--¿Nahiara está aquí? ¡Dónde esta ella!—
--Cálmate, Harry. Estás en un hospital. —le indicó Lavender, tomando a su ex compañero por el brazo y perdiéndose por un corredor —La niña está por aquí, ven conmigo, yo te llevaré—
La recepcionista le dedicó una última mirada extrañada a Harry, mientras lo observaba marcharse y desaparecer por uno de los pasillos, tomado del brazo de Lavender, aún bastante agitado.
--¿Dónde está ella?—preguntó Harry, mientras caminaba por donde Lavender le guiaba.
--Tranquilo, Harry. Ella está bien. Es su papá el que nos preocupa—
--¿Cómo dices?—
--Verás—Lavender aclaró su garganta para continuar, mirando de reojo a Harry—yo ayudé en la intervención que le practicaron, la condición de él es bastante mala, Harry. Su corazón…bueno, lo más seguro es que los doctores te dirán,… que la situación de él es muy critica, y tal vez no pase de esta noche. —soltó la mujer, en un susurró.
Lo que dijo Lavender golpeó a Harry con inusitada fuerza, no concebía como la vida aún se empecinaba en atormentarlo, amenazando con quitarle a sus seres queridos. Respiró hondo, una y otra vez, recuperando el aplomo que por instantes pareció haberse desvanecido. Continuó caminando junto a ella, en silencio, hasta que llegaron frente a un par de puertas blancas, como todas las demás en aquel edificio; el letrero de "Sala de Espera", en brillante neón, se alzaba sobre el umbral.
Atravesó las puertas seguido de cerca por Lavender. Recorrió con un golpe de vista la habitación. Estaba vacía salvo por una pequeña niña, de alrededor de unos diez años, de largo y brillante cabello negro, que en una esquina jugaba con una muñeca de trapo. El corazón de Harry le dio un vuelco al ver a la pequeña, jugando despreocupada; avanzó un par de pasos más, hasta que ella se percató de su presencia y corrió hacia él, con los brazos abiertos.
--¡Harry!—exclamó la niña, abrazándose a la cintura de Harry. Éste, la levantó en sus brazos y la estrechó, sintiendo como la pequeña se estremecía.
--Toda esta bien preciosa—dijo Harry, con la voz apagada—todo está bien. —
--Llamé al hospital, Harry. —Contó la pequeña, con el rostro apesadumbrado—Mí papi estaba en el piso…tirado—
El pelinegro caminó hacia una de los muebles, en donde tomó asiento, con la pequeña sobre sus piernas. Estrechándola con cariño, en un silencioso y tierno gesto.
--Tranquila, Nahi, hiciste lo correcto—
--Te estaba llamando a ti, Harry. Estuve muy asustada. ¡Dónde estabas!—recriminó la pequeña, observando con sus ojos negros a Harry, ojos que comenzaban a colmarse de lágrimas.
Lavender veía desde el umbral a Harry, lo estudiaba, con el rostro abatido y las manos temblorosas, abrazando a la niña, una pequeña que pronto se quedaría sin su padre; podía casi vislumbrar la congoja ,que oprimía el pecho de su amigo en ese preciso momento.
Al final de aquella fatídica noche, el padre de Nahiara murió de una dolencia cardiaca; sin más parientes que su padre, un hombre de origen turco, de increíble fortuna, que ayudó a Harry a consolidar la suya, fungiendo como asesor financiero en la Bolsa de Valores; Nahiara quedó al cuidado de Harry, quien se encargaría de prodigarle un hogar lleno de privilegios y amor, de velar por sus intereses; y administrar su cuantiosa fortuna, además de permitirle conocer un fantástico mundo que le estaba vedado por ser Muggle, el fantástico mundo de la magia y hechicería.
Fin del Flash back
--Harry Potter, ¿Señor?—
Las palabras de Dobby le parecieron a Harry muy distantes y vagas, como si no las hubiese escuchado.
--¿Señor, ¿Está usted bien, Harry Potter, señor?—
--Sí, Dobby. No te preocupes por mí—respondió Harry, admirando los rosales ser bañados por los rayos matutinos.
--El desayuno está servido, señor—tosió el elfo—pase al comedor—
--Gracias—
Escuchó entonces como Dobby desaparecía con su típico estruendo, dejando tras de él una estela plateada, casi imperceptible en el aire. Dio un último vistazo a su jardín, contemplando fugazmente los rosales, la fuente de mármol en medio del patio y los manzanos, cuyas hojas secas y frágiles jugaban con la brisa. Cerró la puerta; ese día tenía mucho por hacer, y estaba seguro que el tiempo no le alcanzaría.
—C☻P—
--Quince minutos antes, debo decir que me impresionas cada vez más, Draco—
--Soy una cajita de sorpresas, Hermione. Permíteme, por favor—Draco se levantó de su asiento, ayudando a Hermione a acomodarse en una silla.
--Que caballero, gracias—
Draco y Hermione se reunieron aquella tarde en El Arbolito, un café muy de moda en el Callejón Diagon. En el se veían siempre magos y brujas jóvenes, conversando sobre los últimos adelantos en hechizos, o discutiendo sobre los más opcionados a ganar la copa de quiditch. Su ambiente era cálido: paredes de ladrillo rojas, túnicas colgando en las paredes, con los nombres de célebres jugadores de quiditch, la barra, ubicada en una esquina del local, era de caoba, al igual que las mesas y las sillas; tenía junto a la puerta de entrada, un gran ventanal, que permitía a quien pasara por el callejón, percatarse con una rápida mirada, de las personas dentro. El suelo, también de madera, hacía un extraño ruido cuando era pisado, semejante al de agua corriendo. Siempre había música suave y buena comida, pero lo que más llamaba la atención del lugar, eran las camareras: hermosas brujas ataviadas en pequeñas túnicas rojas, con pronunciados escotes, que siempre tomaban las órdenes de los clientes, con un guiño de ojos y una sonrisa coqueta.
Malfoy vestía aquella tarde como siempre: un traje de corte italiano, corbata de seda y un pañuelo en su bolsillo, haciendo juego con la corbata. Le sonría ampliamente a la castaña, irradiando carisma y seguridad. Se sentaron en una esquina del local, cerca de la barra, ocultos a simple vista desde la entrada del lugar. Hermione llevaba una mascada de lino negra, cubriendo sus brillantes rizos, y unas enormes gafas de sol. Vestía una desgastada chaqueta oscura, larga, que disimulaba su esbelta silueta.
--¿Vienes de incógnito?—
--¿Lo dices por la mascada, por las gafas, o por el abrigo?—bromeó ella.
--Por todo, en realidad—respondió Malfoy, arqueando una ceja platinada, en una mueca divertida.
--No quiero sonar presuntuosa, pero preferiría evitar que la gente me reconozca, espero no te importe—
--Está bien, descuida—
Con un ademán, Draco llamó a la mesera más próxima a ellos.
--¿Qué te sirvo, hermoso?—preguntó la mujer, una rubia de medidas de perfectas, inclinándose ligeramente sobre el rubio, permitiéndole apreciar el espectáculo que eran sus redondos pechos.
Hermione se llevó una mano al rostro, evitando el ataque de risa que le provocó la obvia coquetería de la mujer, que según ella, más parecía una niña pequeña, contemplando un delicioso dulce en una vitrina.
--¿Hermione?—inquirió el rubio, aguardando con la mirada la respuesta de ella; la bruja intentó ponerse seria, miró a camarera, y luego respondió:
--Yo quiero un té helado y un pie de fresas—
--Lo mismo para mí, por favor—indicó Draco a la mujer.
--Para ti el cielo, el mar y las estrellas—suspiró la camarera, contemplando embobada al rubio y se alejó hacia la cocina a preparar la orden, como si en eso se le fuera la vida.
A Hermione, la actitud de la mujer le pareció tan graciosa, que no pudo esta vez contener la risa.
--¿Qué?—
--Te diste cuenta como te miraba esa mujer, te estaba comiendo con la vista—rió la castaña.
Draco se encogió de hombros, arqueó de nuevo su ceja y le sonrió, acercó su mano a la de ella, que reposaba sobre la mesa, y le habló, con voz muy queda, casi susurrando:
--Mis ojos están puestos no en ella, sino en la más delicada y exquisita de las flores—
Ella detuvo su risa, sobresaltándose, más que por el comentario, lo hizo por el suave roce de la piel del rubio, un contacto frío e intenso, como lo era él mismo. Retiró la mano de su alcance, sin intimidarse, mostrando una actitud ecuánime y formal. Estaba acostumbrada a los halagos y a los piropos, pero había algo en la actitud de Malfoy, en sus perspicaces ojos grises, en la casi sinuosa forma en la que arrastraba las palabras, que la hacían sentirse atraída hacia él, pero que a la vez, la obligaba a escrutar con detenimiento sus intenciones.
Se hizo un extraño silencio entre ambos, un silencio en el que estudiaron sus miradas, sus gestos, los rasgos y facciones de sus rostros; hasta que regresó la camarera, y les sirvió lo que habían ordenado.
--Gracias—dijeron ambos, al unísono, y dedicándose sendas sonrisas, hicieron como si el extraño momento no hubiese ocurrido nunca.
--Esto está estupendo—dijo Draco, luego de saborear con parsimonia, un par de bocados del dulce que ordenaron.
--Es tal como lo recordaba—aclaró Hermione—aunque no recordaba a las tontitas en trajes pequeños. —
--Tengo entendido que no son los mismos dueños; ahora una pareja de rusos administra el local—
--No lo sabía…--
--Ha pasado mucho tiempo, Hermione. Las cosas cambian, las personas cambian—espetó el rubio, dedicándole una extraña mirada.
Hermione entendió de inmediato, el verdadero sentido de las palabras de Draco, y comprendió entonces el por qué del repentino ensombrecimiento de su rostro.
--Draco, ¿estás bien?—
El rubio parpadeó un par de veces, como saliendo de su ensimismamiento; se llevó a la boca el vaso de té, bebió un poco de su contenido y se aclaró la garganta.
--Si, claro. No te preocupes. —
--Verás—comenzó ella, con algo de recelo en su voz—quisiera pedirte un pequeño favor. —
--Si está a mi alcance…--
--Deseo establecerme permanentemente aquí, en Londres y…
--Y necesitas un agente de bienes raíces, que te muestre algunas casas, nada muy concurrido, ¿talvez algo en las afueras de la ciudad? —inquirió Draco, interrumpiéndola.
--Así es—sonrió Hermione— ¿Podrías ayudarme?—
--Por supuesto, preciosa. Pondré al mejor de mis hombres a tu disposición. Y dime ¿Buscas algo específico?—ella se acomodó las gafas de sol que llevaba y suspiró.
--Quiero un lugar al cual llamar hogar—
Ambos se dedicaron sinceras sonrisas, el marrón y el gris de sus ojos se encontraron: hablando sin palabras, comunicándose con la mirada, sintiéndose compenetrados; Draco dio otro sorbo a su té, interrumpiendo luego el reconfortante silencio:
--Corrígeme si estoy equivocado, pero no creo que nos hayamos reunido aquí, solo para que te ayudara a conseguir una casa, ¿o sí?—
Hermione lo miró, entre sorprendida y complacida de su suspicacia. En efecto, el asunto de su nueva vivienda era solo una de las razones, que la llevaron a concertar aquella cita con Malfoy.
--De hecho, Draco. También quería hablar contigo sobre algo, que me tiene bastante inquieta—dijo Hermione, con tono confidencial.
--Tú dirás. Soy todo oídos –
—C☻P—
--Ya está todo listo abajo, Harry. Vamos—
--En un momento, Ron—
Harry Potter observaba con mirada perdida, el infinito cielo que se alzaba frente a él, las indistintas formas de los árboles alrededor del pequeño patio de la escuela, los columpios, las resbaladillas, la improvisada cancha de fútbol, en la que en alguna ocasión jugó un partido con los niños de cuarto grado.
La brisa de la tarde le golpeaba el rostro, en una débil caricia. Desde la terraza de aquella escuela que su fundación patrocinaba, la vida parecía tan sencilla y elemental, que se cuestionó a sí mismo, sobre la actitud desasosegada que había tomado últimamente.
--¿Te pasa algo, Harry?—preguntó Ron, acercándose a su amigo, hasta quedar junto a él, arrimando como Harry los antebrazos sobre el barandal de la terraza y mirando también al infinito—
--Tengo que hacerte una pregunta, Ron; y quiero que seas totalmente sincero conmigo—
--Está bien, lo admito. Me di un bono extra para navidad, pero en realidad quería hacer ese viaje a Saint-Tropez con Luna—
--Estoy hablando en serio, Ron—
--Lo lamento. Pregúntame, Harry. —
Tal vez era la brisa sobre su rostro, la tranquilidad que le provocaba aquel lugar o haber pasado demasiadas situaciones engorrosas últimamente, pero sentía muy dentro de él, que sino conversaba con alguien sobre lo que le oprimía el pecho, no lograría alcanzar la estabilidad emocional que tanto ansiaba.
--¿Soy una persona egoísta?—
La pregunta, le llegó a Ron como formando un barullo en sus tímpanos: quedó desconcertado y perplejo, ya que Harry pocas veces solía emplear aquel tono que usó para preguntarle, un tono compungido de suprema aflicción.
Giró su cabeza para observar el rostro taciturno de Harry, y hablarle como un amigo.
--Tú puedes ser muchas cosas, Harry. Pero te aseguro que en todos los años que llevo de conocerte, y vaya que son bastantes, no recuerdo haberte visto en una actitud egoísta. Me puedes decir a qué viene esta pregunta—
Harry, con el mismo tono y la mirada perdida en el infinito, le contestó:
--Tengo tantas cosas, Ron. Empresas exitosas que mantienen a miles de personas; una fortuna tan grande, que aunque me empecinara en gastarla, no terminaría en esta vida; excelentes amigos—Harry posó su mano sobre el hombro de Ron, sonriéndole con afecto—con quienes he compartido a lo largo de todos estos años experiencias de vida maravillosas. Tuve la suerte de que a mi lado llegara Nahiara, que me ha ayudado a convertirme en una mejor persona y a llevar mis responsabilidades a otro nivel—
--¿Cuál es el problema, entonces?—
--¿Acaso es incorrecto querer más de la vida? ¿Está mal querer a Hermione de nuevo a mi lado?—
--Ya me imaginaba que todo esto tenía que ver con ella—Ron soltó el aire en sus pulmones y peinó su cabello con una mano— Harry, tú eres la mejor persona que conozco después de mis padres, claro está. Haces demasiado por toda la gente alrededor tuyo y tu comunidad. Esta escuela por ejemplo, el gran número de niños que tienen una educación de calidad gracias a nuestra labor, los hospicios y casas asistenciales con las que colabora la fundación, ¿tienes idea la cantidad de gente con nuestros recursos que se interesa por los demás, que se dedica a la obra social, pues déjame decirte que son muy pocos. —Afirmó el pelirrojo, comos si tuviera conocimiento de causa.
Ron se llevó una mano al interior de su chaqueta, sacó un cigarro y lo encendió.
--Harry, libraste al mundo de la porquería de Voldemort. ¡Tú solo, por Merlín! Has hecho y entregado tanto por los demás, que es normal querer de la vida una pequeña recompensa, mi buen amigo. Y ambos sabemos que esa recompensa tiene nombre y apellido.--
Por primera vez en todo el tiempo que llevaba ahí, de pie absorto en sus cavilaciones, ensimismado pensando si hacía lo correcto deseando que ella estuviera a su lado, Harry sonrió esperanzado.
--Gracias, Ron. En realidad era lo que necesitaba escuchar—
—C☻P—
--Hola, Luna. ¿Recién llegas?
--Sí—
--¿Entramos?—preguntó Ginny, con una sonrisa, abriendo la puerta del lugar y cediéndole el paso a su amiga.
--Por favor—
Una vez dentro de El Arbolito, Luna, con un golpe de vista, inspeccionó el lugar en busca de una mesa libre. Le pareció ver, entonces, en la esquina más próxima a la barra, una desocupada. Abrió los ojos desmesuradamente, la mesa vacía no fue lo único que le llamó la atención, se llevó una mano a la boca, conteniendo así un gritito de sorpresa; tomó a Ginny de un brazo y la haló hacia un lado con brusquedad, obteniendo por toda respuesta un quejido ahogado de ella.
--¿A qué juegas, acaso me quieres arrancar el brazo a tirones?—
--Mira eso—dijo Luna, con voz queda, señalando disimuladamente la mesa en la que aún conversaban Draco y Hermione.
--No veo nada—
--Mira para allá—Luna asió a Ginny por el mentón, dirigiendo su mirada a la esquina del local—
--Sigo sin ver nada—
--¡Ginny!—susurró la rubia, impacientándose por la actitud infantil de su amiga—fíjate bien—
La pelirroja le dedicó una exasperada mirada a su amiga, se llevó las manos a las caderas y comenzó a escrutar con la vista el lugar que le indicó Luna; dio un respingo al notar, recién en ese momento, lo que su amiga había tratado de enseñarle desde que llegaron.
--Está con…Malfoy—susurró Ginny, sorprendida.
--¿En serio?—inquirió con sorna Luna, —no me había dado cuenta—
--No seas pesada, quieres—
--Perdón...—
En ese momento Malfoy, con un desenfadado movimiento se levantó de su asiento, despidiéndose de la castaña con una sonrisa, y se alejó de la mesa. Caminó altivo a través del local, y por increíble que pareciera, la música se detuvo unos momentos; era como si las hubiese hechizado, o tal vez su magnetismo animal las hacía presa fácil de sus encantos, ya que las miradas de todas las mujeres allí se dirigían hacia él, admirándolo, reverenciándolo con anhelo, como si esperasen que se acerque a cualquiera de ellas, les susurre algo al oído y les de un apasionado beso.
Draco Malfoy estaba acostumbrado a ser el centro de atención, siempre las miradas y los comentarios mordaces hacían de él su blanco, bien reconociéndolo, bien difamándolo. No le molestaba, ni le incomodaba ya; y hasta cierto punto, le causaba gracia el efecto que podía tener su perfecta sonrisa, o su profunda mirada. Era por eso que siempre conseguía lo que deseaba, era por eso que estaba seguro, de que lo conversado con Hermione aquella tarde, le aseguraría obtener lo que deseaba más que nada en ese momento, le aseguraría obtenerla a ella.
Ginny y Luna siguieron, como todas las mujeres dentro de El Arbolito, el andar de Malfoy con la mirada. Cuando él llegó hasta la puerta y la abrió, no pudo evitar detenerse un momento a verlas, contemplándolas un instante, primero a Ginny, luego a Luna; sonrió con arrogancia consumada y arqueó una ceja, en un mudo e irreverente saludo; separó ligeramente sus finos labios, como si quisiese pronunciar palabra alguna, pero no lo hizo, prefirió abandonar el lugar.
--¿Nos reconoció?—preguntó Ginny, con un hilo de voz.
--Lo dudo bastante. Te diste cuenta como nos quedó mirando—increpó Luna, con tono agitado.
--¿Estás bien? Te oyes extraña—
--Tranquila, mujer…--susurró la rubia, acallando el desasosiego que le provocase Malfoy— ¿de qué estarían hablando Hermione y Draco en este lugar?—
Esbozando una gran sonrisa, Ginny le dirigió una mirada a Luna, con la que le dejaba claro que ella, no tenía intención de quedarse con dudas al respecto.
--La mejor forma de averiguarlo, es preguntándoselo. ¿No estás de acuerdo, mi querida Luna?—respondió Ginny, con tono resuelto, a la vez que asía a su amiga por el brazo, halándola con ella hacia la mesa, en la que Hermione aún estaba sentada.
Pero antes de que pudieran abrirse paso por las mesas del lugar, entró por el umbral una muy atractiva mujer, de larga cabellera negra y figura esbelta, envuelta en un corto vestido blanco, un atuendo poco apropiado, considerando que el frío otoñal se hacía sentir con bastante fuerza.
Luna haló del brazo a Ginny, deteniendo su andar.
--Tranquila, intentas arrancarme el brazo de nuevo—
--No seas tonta, Gin. Mira quien entró—
Ginny movió su cabeza en la dirección que le indicó su amiga, viendo el caminar altanero de aquella atractiva morena que acababa de llegar, y que por una extraña razón, a nadie más le llamó la atención.
--¿Esa no es Bianca?—
--Claro, tontita. Y mira para donde va—
--Luna…va hacia la mesa de Hermione—
—C☻P—
Bianca llegó hasta la mesa de Hermione, que seguía aún sentada, terminando una segunda porción del delicioso pie de fresas. Y solo se percató de la presencia de la morena, cuando esta le habló con un gélido tono, casi susurrando:
--Hermione Granger—
Hermione alzó la vista hacia ella, entrecerrando los ojos, tratando de recordar de donde conocía a aquella mujer. Lo primero que notó fue su elegante porte; sus delicadas facciones, sus bronceados pómulos y sus torneadas piernas, creyó entonces, debido al atractivo de la mujer, que era una modelo con la que había compartido la pasarela en alguna ocasión.
--Hola. ¿Te conozco?—
--Nos conocimos en casa de Harry Potter, mi prometido. ¿O ya lo olvidaste?—
--Tú…--
--Entonces sí me recuerdas, me alegro. Eso hará las cosas mucho más sencillas. —Bianca ensanchó su perfecta sonrisa, en una siniestra mueca—quiero que te alejes de él, no lo busques ni te le acerques…--
Hermione sintió una punzada en su estómago de ira y cólera. ¿Quién era esta mujer que se atrevía a hablarle de esa manera? Hablarle así a Hermione Granger. ¡A Hermione Granger, por Merlín! Estaba más que equivocada o era estúpida, si pensaba siquiera que saldría bien librada, luego de intentar amilanarla. Definitivamente, aquella mujer no tenía la más remota idea, de con quien había decidido entablar una disputa.
--¿Perdón?—interrumpió Hermione, cruzó los brazos sobre su pecho, analizando el gesto sombrío de la mujer frente a ella.
--Lo que oíste. Él es mío y si sabes lo que te conviene, cogerás el primer vuelo a Nueva York y desaparecerás de su vida—
Esa fue la gota que derramó el ya colmado vaso de Hermione. Por lo general, era una mujer de actitud recatada e infinita paciencia; pero si había algo que le molestase sobremanera, era el talante insulso e impertinente de la gente maleducada.
--¡Pero que te has creído!—explotó Hermione, levantándose eufórica de su asiento y sacándose las gafas de sol con rabia—tienes menos materia gris de la que creí, si piensas por un segundo que me voy a sentir intimidada ante una mentecata y simplona cualquiera ¡como tú!—
--¡Cómo te atreves!—espetó indignada Bianca, sintiendo como sus mejillas se tornaban rojizas— No tienes idea de con quien estás hablando. —Hermione bufó iracunda; claro que sabía quien era, ya que Ginny se lo comentó en alguna ocasión, pero poco le importaba toda la fortuna que tuviese. No permitiría una afrenta como aquella.
--Me importa un reverendo pepino quien rayos seas, y hasta donde tengo entendido, Harry terminó contigo hace ya bastante tiempo—
--Ahí es donde te equivocas, primor—aclaró Bianca, recobrando la compostura—solo nos estamos dando tiempo, así es que no te quiero ver cerca de él—
--¿Y que vas a hacer para impedírmelo?—inquirió Hermione, con tono mordaz, llevando las manos a sus caderas, en una actitud desafiante.
Las personas, que hasta hace pocos momentos disfrutaban apacibles de sus comidas, de sus conversaciones triviales y del voluptuoso espectáculo que eran las camareras, tenían posadas sus miradas en la violenta escena que se llevaba acabo, en la esquina junto a la barra.
--Hermione, ¿estás bien?—
Ginny llegó hasta su amiga, seguida de Luna. Escrutó con la mirada a la castaña y a la morena, decidiendo que hacer. Hermione le dedicó una extrañada mirada a Ginny, dándole a entender que no esperaba encontrarla allí.
--Estoy bien, Gin; no te preocupes. —
--¿Qué te sucede, Bianca? Deja de actuar como una tonta, Hermione no tiene la culpa de que Harry te haya dejado—
--Claro—siseó Bianca, arrastrando las palabras—debí suponer que ustedes, par de zorras se pondrían del lado de esta arrastrada—
El insultó proferido por la morena, fue para Ginny como una chispa encendiendo el polvorín de, la suprema irritabilidad y la poca paciencia de la que era presa en esos días. Sin miramientos ni reparos, asestó en el rostro de Bianca una irascible bofetada, con tanta violencia que casi la hace caer.
--¡Ginny, tranquila—dijo Luna, sorprendida de la reacción de su amiga—
--Es lo que se merece…esta—
--Esto solo deja al descubierto lo que eres, Ginebra: una vulgar y…--
--¡Qué!—explotó Ginny, interrumpiendo el insultó de la mujer— ¡¿Yo, vulgar! Al menos yo no…—
--Será mejor que nos vayamos—sugirió Luna, zanjando el comentario de Ginny y agarrándola por el brazo, evitando así que moliera a golpes a Bianca—, vengan, salgamos de este lugar—
Hermione escapó del momentáneo ensimismamiento, producto de la ira y cólera provocada por la desfachatez de la mujer; parpadeó un par de veces, volviendo a la realidad, notando las miradas reprobatorias sobre su espalda, sintiendo nuevamente el bochorno y la vergüenza, asfixiándola.
--Sí, salgamos de aquí—dijo Hermione—vamos Ginny, no vale la pena—
--Como quieras—escupió la pelirroja, crispando con tal vehemencia sus puños, que sus nudillos se tornaron blancos.
Ginny miró con profundo odio a Bianca, que se había llevado una mano a la mejilla, buscando mitigar el dolor producto de su bofetada. Dio media vuelta y salió del lugar, en medio del silencio sepulcral que reinaba, sin esperar siquiera a sus amigas. Hermione dejó un par de galeones sobre su mesa, y seguida de Luna, abandonó el local, como segundos antes lo hiciera Ginny.
Por la mente de Bianca Carrara pasaban fugaces ideas, distintos planes, pero todos y cada uno convergían en un único objetivo: sacar del camino a como diera lugar, a la mujer que osaba interponerse entre ella, y quien pensaba, era el hombre de su vida. En medio de las murmuraciones y las miradas de reproche de las que era objeto, pronunció su sonrisa, en una siniestra y perniciosa mueca, y ahogando una risita, murmuró:
--Estás jugando con fuego, Hermione Granger—
Y eso es todo, mis queridos lectores. Espero que les haya gustado este capítulo, tanto como a mi me gusto escribirlo.
Para todos quienes me escribieron al mail, pidiéndome saber como apareció Nahiara en la vida de Harry, ahí lo tienen, aunque no saben aún el papel que desempeñara realmente en la trama…ja, ja, ja (entiéndase risa maquiavélica);
¿Seguirá Ginny jugando con Dean Thomas?
¿Conseguirá Draco acercarse más a Hermione?
¿Solucionará Harry los problemas en Empresas Aries?
¿Hermione decorará su nueva casa a la usanza del Feng Shui?
Las respuestas a estas y más interrogantes que se irán planteando conforme avance la trama, solo las podrás averiguar si sigues leyendo…y dejas reviews.
Vamos, que un review no cuesta nada, y eso me anima a escribir un siguiente capítulo con más acción, romance, desengaños y peleas por el amor de una hermosa castaña…
Pilas…
Eduardo Monar
Abogado de profesión
Escritor y farrero por vocación
P.D1: Próximamente, el primer encuentro cercano del tipo sensual, entre Draco y Ginny ¡¡Porque así lo pidió la gente!
P.D2: Gracias por los reviews, ¡¡pero quiero más!
