Mis buenos amigos;
Este capítulo está dedicado a la memoria de Carla Alessandri. Más que una amiga, fuiste mi mundo, espero que desde allá arriba, sigas cuidando de mí. Y Aunque solíamos discutir por eso, prometo hacer tu sueño realidad, preciosa.
Hasta siempre.
Capítulo XII
A tu salud
El sol de la mañana brillaba radiante a través del gran ventanal, iluminando toda la habitación, y deteniéndose en el rostro de Draco Malfoy, aún dormido y relajado. Era tan perfecto que Ginny no pudo evitar pasarle suavemente un trémulo dedo por la línea de su mandíbula, para luego besarle en lo labios, y en las mejillas con infinito deseo.
--Buenos días—murmuró él medio dormido— Puedes despertarme así siempre que quieras.
Abrió muy despacio sus grises ojos y la miró.
La primera respuesta fue de un placer sensual que calentó su sangre, estirándose de forma indolente, como un gato dejándose acariciar por el sol. Ella se acurrucó a su lado. El peso de sus femeninas formas sobre sus piernas, el brillante cabello pelirrojo cubriendo los músculos de su pectoral, y el excitante aroma que emanaba su tersa y suave piel, le hicieron nadar al rubio en un mar de sentimientos voluptuosos.
La mujer se quitó el cabello de la cara y sonrió coquetamente.
--¿Es eso una invitación para que no me vaya muy lejos?—preguntó. No conseguía imaginar nada mejor que pasar las noches con Draco Malfoy.
--Eres preciosa—respondió él con una sonrisa, a la vez que jugaba con sus largos mechones de cabellos rojizos—. No puedo creer que sigamos haciendo esto. —
--Lo mismo digo—afirmó ella, sin poder evitar el asomo de preocupación que era resultado de sus malogradas aventuras anteriores.
De momento, el rostro de la pelirroja pareció ensombrecerse, tal vez por el recuerdo de una desventurosa relación anterior, tal vez por el halo de voluptuosa energía sensual que les rodeaba. Malfoy no lo sabía a ciencia cierta, pero comenzaba a desear averiguarlo, comenzaba a desear conocer los secretos que resguardaban esos brillantes ojos marrones.
--Siempre llega un momento en que tienes que confiar en alguien—dijo él frotándole una ceja con el pulgar cariñosamente— ¿Qué te parece confiar en mí?—propuso el rubio.
Ginny admiró la maravillosa profundidad en sus ojos grises. Tenía razón, y eso le asustaba. Ella jamás había amado a nadie con todo el corazón, le parecía demasiado arriesgado y laberíntico; ella no estaba acostumbrada a eso, no estaba acostumbrada a relacionarse con hombres como él. Para ella, el arte de la seducción, consistía en convertir a los hombres en meros títeres de sus caprichos, en simples fantoches de sus deseos. Pero allí, tumbada en la cálida cama junto a Draco Malfoy, pensó que si tenía que encontrar una palabra para definir lo que sentía por él, le gustaría pensar por una vez aunque sea, que esa palabra podría ser precisamente "amor". ¿Sería posible que por fin se hubiera enamorado del hombre adecuado? Esbozo una tibia sonrisa, al permitirse pensar en Malfoy como el "hombre adecuado". Si sus hermanos supieran con que hombre había estado compartiendo el lecho las últimas noches…
Ella rozó sus labios con los de él, frotándoles suavemente, sintiendo como los malos recuerdos desaparecían.
Aunque conocía quien era él, aunque conocía su turbio y siniestro pasado, una parte de ella, muy dentro de su ser, estaba segura de que podía confiar en él. Ese simple pensamiento le provocó una oleada de refrescante calor, y se acurrucó junto a ese cuerpo masculino, cálido e invitador. Deseó poder pasar todo el día en la cama, pero tenía que acudir a su entrenamiento de la mañana, y aún debía pasar por su departamento.
—HL—
La amplia sonrisa en el rostro de Ginny podía iluminar la más oscura de las habitaciones mejor que el mismo sol. Aunque sonará trillado pensarlo siquiera, sentía como pequeñas maripositas bailaban en su estómago, como si pudiesen regodearse ansiosas junto a ella de la felicidad que le embargaba. Con la sensación de los besos de Malfoy sobre su espalda desnuda aún frescos y las caricias de sus expertos dedos por todo su ser todavía vívidos en su mente, llegó destilando alegría hasta la puerta de su departamento; donde, al igual que las mañanas anteriores, esperaba el típico sermón de Hermione haciendo uso de su consabido tono de suficiencia, y la interminable lista de razones por las cuales debía evitar que el alba la sorprendiera en el lecho de un hombre, del cual ni siquiera se había dignado en conversarle.
Se sorprendió al descubrirse riendo, sola, por el pasillo del edificio. Pero le sorprendió mucho más descubrir que la puerta del departamento se hallaba apenas cerrada. Su primer pensamiento fue de inminente preocupación, dado que conociendo a Hermione ya tantos años, el que la puerta quedase abierta, no podía augurar nada bueno.
La empujó muy despacio, escuchando el suave rechinar de las bisagras al abrirse la puerta.
--Buenos días—habló Ginny en alta voz, para llamar la atención de las personas en su sala.
La alta figura de un hombre fue lo primero que notó al entrar al departamento. Éste, vestía una gabardina marrón, que combinaba perfectamente con su corbata y el sombrero de alas cortas que usaba. El hombre se giró de inmediato al percatarse de la presencia de la mujer en la sala, y le dedicó una mueca indistinta que distaba mucho de ser una sonrisa.
Hermione se levantó tan pronto como vio a su amiga acercarse a ella. La expresión en el rostro de la pelirroja cambió de inmediato; ahora ya no era toda felicidad y alegría, sino más bien lucía inescrutable: fría y ecuánime. Hermione se apresuró a responder la pregunta que su amiga le formulaba con su simple mirada.
--Él es el Inspector Russeau, está investigando lo que sucedió en Sunset Hill—explicó Hermione—es un enviado especial de Ojoloco.—
Ginny contempló de pies a cabeza al hombre, analizándolo con detenimiento. A simple vista, le pareció un individuo muy elegante y de buen porte. Era alto, talvez de unos treinta años. Notaba su esbeltez, aún cubierto por aquella gabardina, su pelo rubio, brillante, le recordó la noche de pasión que acababa de vivir, e inconscientemente se relamió con disimulo los labios, buscando en ellos el sabor mismo de la piel de Malfoy. De cerca, el aire de autoridad del hombre era más pronunciado, así como la forma fluida en la que se movía. Sus ojos celestes y la perpetua mueca de solemnidad, lo hacían aparentar más edad de la que en realidad tenía.
--Mucho gusto, Inspector—ella extendió su mano a manera de saludo, y él no dudó ni un instante: la asió, estrechándola contra la suya en un cortés saludo— ¿Qué noticias tiene sobre el atentado contra la vida de mi amiga?—
--Espero no le importe si me siento—
--Está en su casa—respondió Hermione con una sonrisa y un ademán que le invitaba a sentarse. El hombre tomó asiento sobre el mueble más próximo a la puerta, mientras que Ginny y la castaña lo hicieron frente a él.
--Gracias—
El hombre se aclaró la garganta para comenzar con su perorata, a la vez que jugaba con el nudo de su corbata.
--Para serles sincero—el tono de su voz se hizo más serio y contundente—No se hallaron huellas, pistas, ni rastros del atacante. Luego de una exhaustiva investigación, que valga la pena mencionar hasta hace un par de día era exigida fervientemente por el señor Potter—este comentario arrancó una débil sonrisa al rostro de Hermione, pero nadie la notó—la investigación ha llegado a un punto muerto, me apena tener que informarles que con todo el poder del Departamento de Justicia Mágica, no se ha podido hacer nada—
Tras las palabras del hombre, se hizo un intenso silencio en la habitación.
Hermione no sabía como debía reaccionar ante tal noticia; estaba abrumada por los sentimientos encontrados: decepcionada y molesta por saber que probablemente su atacante quedaría impune; que su vida había estado pendiendo de un hilo y el responsable de ello talvez jamás sería aprehendido, pero a la vez el hecho de que Harry se siguiera preocupando por ella, aún cuando pensaba que había salido totalmente ya de su vida, se asemejaba a ese sublime rayo de luz que atravesaba la total y terrible oscuridad en la que se hallaba inmerso su corazón; y es que a pesar de los sentimientos encontrados, ella estaba feliz.
Lo siguiente de lo que Hermione se percató, fue de la repentina y extraña reacción de la pelirroja. Ginny se incorporó casi con brusquedad del mueble, sus mejillas estaban teñidas por un ligero rubor, producto de lo que acababa de escuchar. Mientras ella crispaba los puños, su mirada era fulminante. Hermione no recordaba cuando fue la última vez que vio brillar tan vivamente el marrón en los ojos de su amiga.
--Si es todo lo que tiene que decir, Inspector Russeau, le ruego que abandone mi departamento—espetó Ginny, tratando de contenerse. No sabía por qué, pero su corazón latía con debocada intensidad dentro de su pecho; podía escuchar las pulsaciones en sus tímpanos, una y otra vez, una y otra vez, lacerantes…
--En verdad, yo—
El hombre prefirió no continuar hablando. El rostro de la mujer frente a sí era una amalgama de sensaciones a flor de piel, parecía acongojada y molesta, pero a la vez sinuosa e invitadora, como la más perfecta de las paradojas.
--…lo mejor será que me vaya. Buenos días. —concluyó el hombre; y sin más, ante la atenta mirada de ambas mujeres frente a él, abandonó el lugar en el más impertérrito de los silencios.
La castaña seguía perpleja ante el comportamiento de su amiga; se incorporó del asiento quedando frente a ella, mientras estudiaba detenidamente su semblante con la mirada.
--¿Gin?—inquirió Hermione extrañada— ¿Qué te suc…?—
La mujer no alcanzó a terminar de formular su pregunta, dado que la pelirroja se abalanzó sobre ella, sujetándola contra su pecho en un inesperado abrazo. Hermione percibía el rápido palpitar del corazón de su amiga; la abrazó también, tratando de mitigar la angustia que parecía estar devorando a Ginny por dentro, buscando apaciguar el miedo que, estaba segura, consumía el vivaz espíritu de la pelirroja.
Muy despacio, Ginny fue rompiendo el abrazo, permitiéndose así el poder mirar a la cara de su amiga. Se limpió con el dorso de la muñeca el rostro, borrando a medias el surco que dejaron tras de sí las frías lágrimas que le abrumaban. Entonces, mientras miraba a Hermione con un semblante derrotado que ésta aún no entendía, en un hilo de voz, quedamente soltó:
--Tengo algo muy importante que confesarte, Herms—
—HL—
Nahiara admiraba con nostálgica tristeza, como los rosales que con tanto esfuerzo y amor había cuidado hasta bien entrado el otoño, no eran más que silentes vestigios de la belleza de otros tiempos; y es que el espectáculo que le brindaba la ventana de la cocina sobre el fregadero que Dobby acababa de limpiar, para la joven era simplemente sobrecogedor: el patio trasero cubierto totalmente por una gruesa y blanca capa de nieve hasta donde alcanzaba la vista, copos brillantes bailando al son del impertérrito vals del viento, y la fría sensación en su interior de que había arado en el mar.
Dando un largo suspiro de impotencia, regresó cabizbaja a la mesa del comedor, donde Dobby había dispuesto un frugal desayuno.
Tomó asiento donde acostumbraba y arremetió, sin muchas ganas, contra su porción de pie de manzanas. Para mitigar la tristeza de sus rosales marchitos, ella tenía la intención de sugerirle al pelinegro, como destino de las próximas vacaciones invernales, la costa azul francesa, pero aquella idea se esfumó con la vertiginosa celeridad de una estrella fugaz, al ver a Bianca Carrara aparecer a través de las puertas del comedor, usando tan solo una bata celeste que le quedaba algo grande, y que reconoció enseguida: la bata que ella misma le regaló la última navidad a Harry.
--Buenos días, Nahiara—saludó la mujer con suprema naturalidad, esbozando una sonrisa en su rostro— Veo que ya está el desayuno. ¿Te importa si me siento?—
Nahiara negó con la cabeza, mientras observaba perpleja como la mujer se sentaba frente a ella. Se permitió contemplarla un segundo. No había duda alguna con respecto a la belleza de la mujer: sus largas pestañas, su cabello negro y lacio cayendo con gracia sobre uno de sus hombros, la tersura de su piel, y es que aún recién levantada, Bianca Carrara lucía como la portada de una revista. En ocasiones como aquella, Nahiara se preguntaba si lo único que le atraía de la mujer era su figura de muñeca, o talvez Harry había descubierto algo más detrás de los brillantes ojos azules de ella.
--¿Nahiara?—la joven dio un respingo al verse sorprendida en sus cavilaciones.
--Dime—soltó ella aún sorprendida, tratando de ocultar el rubor que cubrió sus mejillas.
--Decía si me podías pasar la mermelada de uva—
Bianca Carrara observaba con un gracioso mohín a los ojos negros de Nahiara; se preguntaba divertida en que se encontraría pensando la pequeña.
--¿Esto?—Nahiara asió con una mano el pomo de mermelada—claro, sírvete—
--Gracias—
Nahiara continuaba mirando de reojo a Bianca. Era la primera vez que compartían la mesa sin la compañía de Harry, y era la primera vez que tenía un trato tan íntimo con ella; y es que no se esperaba tener que desayunar en su compañía, mientras esta vestía solamente una bata de Harry, y ella usaba su camisón de Pochaco.
De pronto, se encontró mirando al rostro de la mujer: Ella le estaba hablando sobre algo, en realidad no parecía nada importante, pero continuaba tan abstraída en sus pensamientos que no consiguió escuchar lo que decía.
--Disculpa, ¿qué dijiste?—preguntó Nahiara algo azorada.
La mujer esbozó una amplia sonrisa, al entender el efecto particularmente extraño que ejercía sobre Nahiara.
--Te preguntaba cómo te iba en el colegio. Estoy segura de que con esos preciosos ojos negros debes ser muy popular entre los chicos—
Nahiara solo atinó a sonrojarse con el comentario; la mujer frente a ella, a menos que Harry estuviese presente, jamás le había proferido un comentario halagador, estaba casi segura, algo extraño sucedía aquella mañana. El desayuno continuó en un silencio ligeramente interrumpido por el sonido del cuchillo contra el queso, o del jugo siendo vertido en un vaso.
—HL—
El frío comenzaba a arreciar en la gran ciudad; pero nada comparado con el gélido sentimiento de apatía que consumía a Luna. Ron había notado desde hace un par de semanas como su mujer se distanciaba de él; ella parecía siempre ensimismada, pero cada vez que el pelirrojo le preguntaba si estaba bien o si sucedía algo, ella lo calmaba con su dulce vez y una simple sonrisa, que el pelirrojo bien sabía que era fingida.
Todo estuvo en relativa tranquilidad, hasta aquella noche.
Con un sonido sordo, Ron se apareció en la sala de su casa. La oficina había sido particularmente pesada, en especial por la enorme cantidad de informes de gerencia que había descuidado, y la falta de "secretarias competentes", como a él le gustaba llamar el hecho de estar rodeado de mujeres que, como premisa universal, tenían la de buscar marido en la empresa, y relegaban sus labores en la misma. Pensaba en preparar, luego de la merienda, un informe para el departamento de Recursos Humanos, cuando una terrible visión frente a su espigada figura, lo golpeó con hiriente fuerza: lo sabía, había otro hombre en la vida de ella.
--¿Luna, qué significa esto?—
La voz de él no consiguió evitar quebrarse en medio de la pregunta, el rostro de Ron lucía acongojado, asustado, sorprendido. La visión de Luna, vistiendo un abrigo negro, una larga bufanda y un bonito gorro de lana que tapaba sus oídos, le hacía añorar épocas más felices; pero las dos maletas junto a ella, en la que imaginaba llevaba sus ropas y efectos personales, suponía el despertar a una fría realidad, una realidad que durante semanas prefirió obviar: el hecho de que ella ya no le amaba.
Frente al umbral de la puerta, Luna contemplaba en silencio al pelirrojo.
Hubiese preferido contarle lo sucedido hace varias semanas, desahogarse en medio de sus fuertes brazos, abandonándose en la masculina seguridad que la envolvía cuando estaba a su lado. Mas sentía que sus piernas flaqueaban, que no era digna de siquiera compartir el lecho con él…aborrecía a Draco Malfoy con todas las fuerzas de su ser, con cada una de las afligidas palpitaciones. El simple recuerdo de sus sinuosas manos sobre su piel, la frías gotas de lluvia cayendo estrepitosas a su alrededor, no hacían más que atormentarla; al cerrar sus ojos, en la oscuridad, el terrible recuerdo revivía en su mente, destruyéndola, acabando con ella.
--Es gracioso—dijo Luna en un tono totalmente extraño para el pelirrojo— creo que ya no necesitaré esto— la rubia asía en su mano lo que parecía ser un sobre blanco, con el emblema del diario El Profeta.
Él continuaba frente a ella, tratando de encontrar en la profundidad de sus ojos azules, una respuesta para las maletas y su atuendo; algo muy dentro de él se aferraba a la idea de que era una simple broma, que ella correría a sus brazos y en medio de risas le diría que era una broma, pero la realidad era tan distinta, que suponía el palpitar de un desgarrador sentimiento en su pecho, una sensación de vacío y soledad.
--¿Hay otra persona?—
La simple pregunta requirió de un esfuerzo casi sobrehumano para ser proferida; Ron no estaba seguro de poder soportar cualquier tipo de contestación por parte de la mujer. Su semblante perdió todo rastro de emoción, tratando inútilmente de ocultarle a Luna la verdad en su corazón; lo último que deseaba el pelirrojo era mostrar debilidad en un momento como aquel. Su masculino ego no se lo permitía.
--Así es, Ronald, hay otro hombre—
El tono ecuánime y distendido de Luna se convertiría a partir de entonces, en el más gris de los recuerdos de él. La falta de expresión en su femenino rostro, el brillo de sus ojos azules ahora no era más que una triste sombra que ocultaba la chispa de su ser. Luna nunca supo en realidad porque le mintió a Ron de esa manera, ni por qué no consiguió hablar sin tapujos sobre el lascivo abuso de Malfoy, pero en ese momento, el único pensamiento que controlaba su mente, el único sentimiento que motivaba su existencia era acabar con Draco Malfoy, y estaba segura de no poder lograrlo si seguía junto a Ronald.
…los sacrificios deben hacerse… pensó con amargura Luna.
—HL—
Las fiestas londinenses de la alta sociedad eran todas iguales, y la de aquella noche en el Hotel Hilton no era la excepción. Draco Malfoy se había encargado personalmente de la mayoría de los detalles, buscando el ambiente perfecto, la atmósfera propicia para celebrar con los directivos de la empresa, personajes de la farándula europea, y personas afines, el éxito de la campaña de su nueva línea de ropa femenina Allure , de la que Hermione era la imagen.
La fiesta comenzó alrededor de las nueve de la noche. La iluminación sicodélica, la decoración parsimoniosa, el cuidado de los detalles mínimos en esmeralda y plateado; Hermione se imaginó que así debían ser las fiestas privadas en Slytherin cuando llegó a la sala donde las personas ya estaban congregadas. A su llegada, la multitud prorrumpió en aplausos y vítores.
Ella tenía el don de ruborizarse, y así lo hizo. Mas a la tenue luz plateada del Salón Victoria, nadie lo notó.
Caminó desenfadada y altiva en medio de la gente, mientras una emoción inusual provocada por la adrenalina que hace mucho tiempo no sentía circular por su cuerpo, la encendía. Un valet se acercó a ella y se encargó del precioso abrigo de piel que llevaba. Hermione lucía sencillamente espectacular, y todos los hombres de la fiesta, con semblantes ensimismados y las mujeres haciendo muecas de envidia, bien daban crédito de ello. Usaba un vestido largo de finos tirantes, de un negro deslumbrante como lo era ella misma, entallado, y sugestivamente escotado en la espalda, permitiendo a los curiosos un espectáculo sin par. Los largos rizos marrones en su melena caían con soberbia gracia sobre sus hombros.
Malfoy se abrió paso en medio de un mar de fracs. y vestidos de diseñador, hasta que llegó junto a la castaña.
--Ahora comienza de verdad la fiesta—afirmó Malfoy con el usual arrastre de palabras y su tono de constante seducción. Se acercó a ella, y le dio un "muy cordial" beso en la mejilla.
--Todo se ve espectacular, Draco—comentó la mujer, dando un rápido vistazo al lugar y las personas—te luciste realmente. —
--Gracias—sonrió—Ven, quiero que conozcas a unos amigos—El extendió su brazo, esperando a que ella lo tomase; y cuando así lo hizo, la escoltó por la sala, presentándole a varias personas ansiosas de conocer a Hermione Granger.
—HL—
La fiesta brindada por Draco Malfoy había sido todo un acontecimiento. El rubio estaba seguro que de la misma se hablaría por semanas; cosa que le satisfacía enormemente, ya que le encantaba ser el centro de atención. Alrededor de la medianoche, mientras la música que ponía el DJ en el salón sonaba estrepitosamente, y la luminaria sicodélica parpadeaba con intensidad, Hermione le susurró al oído del rubio que deseaba irse; y éste, cual impertérrita orden, la obedeció. Y sin despedirse de nadie, y sin mirar atrás, desaparecieron de entre el mar de personas.
Llegaron en el auto de Malfoy a Winchester Place; la conversación en el trayecto había sido bastante animada y entretenida; Hermione comenzaba a pensar que era supremamente extraño lo bien que se sentía junto a Malfoy, y la cantidad de cosas que tenían en común: el gusto por los mismos autores, por la misma comida, los mismos deportes, las mismas concepciones sobre la vida; y es que él siempre conseguía arrancarle una sonrisa.
La luz mortecina de la luna y las estrellas, apenas servían para vislumbrar el camino de piedras pulidas hasta el porche de la casona. El patio de frente estaba cubierto por una ligera estela de rocío, sobre la que se reflejaba pálidamente los destellos de la luna. Hermione parecía estar jugando con el manojo de llaves que sacara de su pequeña cartera, inquieta; luego de un rato de intentar, al fin dio con la correcta y el portón de Winchester Place se abrió en su totalidad.
—HL—
--Todo estuvo estupendo, Draco. No me divertía así hace mucho tiempo—
La voz de la mujer era suave y acogedora, como el más reconfortante de los lechos. Malfoy la miraba muy atentamente a los marrones y cristalinos ojos, atravesándola con los suyos propios. La desenfadada sonrisa de ella, la mágica forma en que cruzaba las piernas cuando se sentaba, su porte de princesa,…eran tantas cosas, eran tantas y todas a la vez.
Fue entonces cuando se le ocurrió, debía ser esa noche.
--No es nada que no hayas visto antes, de eso estoy seguro, Hermione—sonrió él de forma calculadora, a la vez que pasaba su mano por su impecable peinado. —aunque debo decir que estoy más que complacido al saber que te ha encantado la fiesta—
--¡Cuanta modestia!—río ella.
Lo estaba consiguiendo, debía ser esa noche.
Malfoy recorrió con sus acerados ojos grises la sensual línea de sus femeninas piernas, tan largas como eran, tan perfectas como eran, sintiendo un espasmo de anticipación. Y ahí lo vio, tras de sí, junto a la pared de madera sobre la que descansaba la pintura de un renombrado artista contemporáneo: un pequeño, e invitador bar.
Le dedicó entonces una mirada cómplice a la castaña y con su consabido tono de eterna seducción, le preguntó:
--¿Tomas una copa conmigo?—
Hermione instintivamente llevó su mirada al bar tras el asiento de Malfoy. La expresión afable en el rostro del rubio, y la amabilidad con la que le trataba, le hicieron imposible negarse. Ella le sonrió a manera de respuesta, y él se levantó, le devolvió la sonrisa, y caminó hasta el bar; dándole por un momento la espalda mientras sacaba las copas del estante.
--¿Tienes hielo, Hermione?—inquirió el rubio con total desenfado.
--Estoy segura que hay abajo, en la cocina. Ya vuelvo—
Esbozo una sonrisa tan siniestra como él mismo cuando Hermione se incorporó de su asiento y salió de la habitación, en busca del hielo. No importaba cuantas mujeres hubiera hecho suyas, no importaba cuantas mujeres le jurasen amor eterno; desde que Hermione Granger reapareciese en su vida, solo un pensamiento gobernaba su cuerpo, solo una idea motivaba su accionar…un pensamiento, una idea que pronto se convertiría en algo más.
Ese era su momento, debía ser esa noche.
Llevó una manó al bolsillo interior de su chaqueta de piel, de donde sacó un pequeño frasco traslúcido. Lo abrió rápidamente, conciente de los efectos "permisivos" que lograría con su contenido. Vertió un poco del polvo blanco en la copa con whisky, y lo removió con el dedo, esperando con ansias que se disolviese en el alcohol.
Hermione llegó a los pocos minutos. En sus manos asía una pequeña jarra de cristal, con motivos florales en alto relieve. Caminó a través de la habitación, hasta que se vio junto a Malfoy, quien en ese momento terminaba de llenar su copa con el especioso licor.
--Gracias—se apresuró a decir el rubio, ayudándole a la castaña con la jarra.
Dejó caer en cada copa un par de cubitos de hielo. Tomó ambas copas, y se permitió caminar junto con la castaña, muy despacio, hasta que ambos quedaron frente al enorme ventanal del cuarto. Estaban el uno frente al otro: ella, con su deslumbrante vestido negro, lucía más hermosa que la Venus de Milo; él, ataviado en su traje oscuro de corte italiano, era la personificación de la seducción masculina.
La mortecina luz que irradiaba la luna y se colaba a través de los cristales, a ambos bañaba parsimoniosa; la suave brisa nocturna jugaba con las copas de los árboles, produciendo un cándido arrullo, el halo de cómplice secretismo en el que se veían envueltos el rubio y la castaña, era voraginoso y total.
No podía desaprovechar su oportunidad, debía ser esa noche.
Ella tomó de las manos de él, la copa con el licor. Por un instante, a Hermione le pareció notar algo extraño en la mirada del rubio, y se sorprendió al encontrarse pensando en ese preciso momento en Harry. Inconscientemente, parpadeó un par de veces, tratando de sacar de su mente el vívido recuerdo de aquellos ojos verdes. El rubio por su parte, notó como el semblante de ella pareció ensombrecerse de momento; la asió con extrema delicadeza por el mentón, permitiéndose acariciarla sutilmente. Eso fue lo único que necesitó. Ella levantó su mirada, encontrándose con la de él, y eliminando así los últimos vestigios de sus pensamientos sobre el ojiverde, evitando así la inicua sensación de que estaba haciendo algo incorrecto.
El momento había llegado, si ella bebía de la copa, esa sería la noche.
En un sutil movimiento, Draco Malfoy alzó su copa, y ella lo imitó. Se aclaró un poco la garganta, como preparándose para soltar el más elocuente de los discursos, pero se limitó a decir, mientras esbozaba la más perfecta de las sonrisas, simplemente:
--A tu salud, Hermione—
Antes que nada, disculpen todos la demora en la actualización, pero debido al trabajo y asuntos que preferiría no discutir, no he tenido tiempo de nada.
Gracias por la espera, la paciencia, y la constancia.
Atentamente;
Eduardo Monar – Hermionelover
Abogado de profesión
Escritor y farrero por vocación
