Mis buenos amigos;
Sí, he vuelto a actualizar, y ésta vez antes de las dos semanas habituales.
Millón gracias a todas y a cada uno de vosotros, que con sus palabras de ánimo y apoyo, me han ayudado a llegar hasta aquí.
Para ustedes es este capítulo.
center Capítulo XIII /center
center Quien a hierro mata /center
Habían pasado ya dos semanas desde que Luna dejase el penthouse que compartía en el centro con Ron. Él, aún no sabía por qué ella lo había dejado, así, tan de repente y sin explicaciones; ella, siempre reflejando suprema seguridad y total autoridad, e irónicamente el último recuerdo que Ron tenía de Luna, ella lucía tan frágil y temerosa, desprotegida y lastimada…
otro hombre…otro hombre…y lo que sentimos por el otro, lo que vivimos… ¿qué fue de eso? Ron sentía desfallecer cada vez que el recuerdo de la rubia diciendo adiós regresaba a su mente.
Aquel sábado por la noche, ya harto de la constante insistencia de Harry, le acompañó junto con Seamus y Nahiara, a un evento de beneficencia que organizaba la fundación: el banquete anual de la Cruz Roja londinense.
Al llegar al Hotel Sheraton, la tónica del evento fue la misma de siempre: flashes, reporteros, limosinas, y curiosos circundando alrededor de la alfombra roja. Seamus, al igual que los demás, vestía un elegante traje de etiqueta oscuro. De su brazo iba su novia de turno: una preciosa rubia de largas piernas, hija de un magnate holandés.
Tras de ellos, Nahiara, sonriendo y saludando a las cámaras, en un estupendo vestido azul de estilo princesa, iba del brazo de Harry, quien también lucía bastante animado; no así el pelirrojo, que desentonaba totalmente con el ambiente del evento. Éste, esbozaba una mueca extraña en el rostro, que no podía confundirse con una sonrisa.
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El evento iba tal cual estaba planeado. Los asistentes disfrutaban del espectáculo: U2, en su constante campaña de ayuda humanitaria, se presentaba aquella noche de gala, arrancando vítores y aplausos de entre las alborozadas personas congregadas en el Salón Clancy.
--Vamos, Ron—habló Seamus, poniendo su mano sobre el hombro de su amigo—cambia esa cara tan atroz de muerte. Piensa que podría ser peor—
Al ver al castaño tan relajado, con aquella actitud desenfadada y ufana, algo muy dentro del pelirrojo comenzó a pulsar, a latir. Las luces que inundaban las mesas, las líricas de la banda resonando intensas, la alegría, la emoción en los rostros de todas las personas del Salón, sencillamente la situación se tornaba insostenible para él, insostenible porque ella no estaba a su lado.
--Y, ¿cómo rayos piensas que podría empeorar todo?—inquirió Ron, cambiando su semblante impertérrito por uno adusto y ensombrecido.
Harry tragó en seco, al percatarse de como lentamente la situación se tensionaba.
--¡Ron!—llamó por lo bajo el pelinegro, tomando del antebrazo a su amigo, y brindándole una mirada que invitaba a la reflexión—no vayas a dar un espectáculo—
--Déjalo, Harry. Talvez lo que le hace falta a nuestro buen amigo sea desahogarse; vamos, déjalo salir, Ron. Llora con confianza, muchacho. —
Seamus pronunció su sonrisa en forma burlesca y chocante. A Harry le tomó trabajo reconocer a su amigo, detrás de esa máscara de sarcasmo y cinismo.
--Eres una basura—espetó Ron, sorprendido por la actitud de su amigo, sorprendido por su propia reacción. Se paró de la mesa, perturbado y molesto, se llevó una mano al corbatín en su cuello, desatándolo, y se marchó en medio de las personas que canturreaban las líricas de la banda; no sin antes dedicarle a Seamus la más fulminantes de las miradas.
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El hombre abrió muy despacio los ojos. Estos, brillaban en un tenue resplandor plateado, producto de los primeros rayos del alba que se filtraban a través de las cortinas blancas en su habitación.
Se sorprendió al verse postrado en una cama que no reconoció como suya, vistiendo únicamente una simple bata de colores claros, como lo era todo en aquella habitación: las almohadas, las sábanas, las cortinas, las paredes…
De pronto, un dolor particular invadió su pierna, y cual fue su sorpresa al verla suspendida en el aire, envuelta en una férula que colgaba de un cabestrante. Se llevó la mano izquierda al rostro, y descubrió también sensibilidad alrededor de su boca y sus pómulos. Cuando, extrañado y confundido, llevó la vista hacia la puerta del cuarto sobre su lado derecho, hizo el más agradable de los descubrimientos en aquella mañana.
Se percató recién de que una brillante y larga cabellera pelirroja y ensortijada, descansaba sobre su antebrazo y sobre la cama, ejerciendo con su cándido tacto de terciopelo una exquisita sensación. El rostro femenino junto a él, lucía pacífico y eterno, como envuelto en el más profundo de los ensueños. Al ver las preciosas pecas esparcidas por el rostro de la mujer durmiendo en aquel mueble a su lado, poco a poco hizo el intento de recordar el motivo de su estadía ahí, haciendo remembranza del por qué de los moretones en su rostro, su pierna rota y la constante sensación de malestar y dolor por todo su cuerpo.
Entonces, como un látigo de luz, como un frágil cuentagotas, el recuerdo de cómo llegó allí y como terminó así, comenzó a instigarlo con inusitada fuerza, haciendo por primera vez en su vida que se sintiera miserable, vil, truhán…Se llevó una mano al rostro, como tratando de ocultar tras ésta, la vergüenza que le absorbía; sintiendo asco de sí mismo, abriendo los ojos a la realidad del poco hombre en que se había convertido, descubriendo la verdad sobre la oscuridad y el dolor en su alma.
Flashback
La droga había conseguido el efecto deseado.
Ahí, profundamente dormida sobre las sábanas de seda, Hermione yacía inmutable y perfecta. Uno de los finos tirantes de su vestido negro se había deslizado ligeramente, otorgando al rubio la embrujadora visión de su cálida piel aterciopelada.
Sus largas pestañas, sus pómulos sonrosados, y la carnosa comisura de sus labios, hacían de su rostro el mayor de los éxtasis voluptuosos e invitadores. Con suma carencia, Malfoy se permitió acariciar su femenino rostro, una y otra vez, dibujando con sus dedos la delicada línea de su mandíbula, llevando su mano poco a poco a través del femenino cuello de Hermione, para luego volverla y jugar con sus brillantes rizos castaños.
Sus trémulos dedos exploraban, asaltaban, sometían…
Fin del Flashback
--Un knut por tus pensamientos—
La suave voz de la mujer arrancó a Malfoy de su estado de total ensimismamiento; parpadeó un par de veces, adaptándose a su nueva y nada deseable realidad. Los brillantes cristales marrones de ella, le miraban fijamente, como estudiándole. Ginny se acercó despacio al rostro de él, y le prodigó el más dulce de los besos matutinos.
Malfoy no supo por qué, pero al ver la ternura y el amor que parecía irradiar la mujer por cada uno de sus poros, una sensación extraña invadió su ser, una sensación distinta y desconocida, como si el poder de sus sentimientos pudiese tocar sus fibras más sensibles. Se vio envuelto entonces, por un cálido estremecimiento que le recordó su primera infancia, una época de su vida que añoraba cuando la soledad y las presiones del mundo le consumían. Y por primera vez, en mucho tiempo, fue feliz.
--¿Ya te había dicho lo mucho que me gusta levantarme contigo a mi lado?—
--Eso puede arreglarse—replicó ella, blandiendo una sugestiva sonrisa en los labios…
Él llevó una mano a la brillante cabellera roja de la mujer frente a sí, y mientras la acariciaba con consumada ternura, suspiró:
--Me encantaría poder creerlo, princesa—
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--Señor Potter, gracias por la invitación—
--Pasa, por favor, Darius. Eres bienvenido—
Tras un solemne saludo y un fuerte apretón de manos, Harry dio un par de pasos hacia un lado, permitiéndole al joven entrar al recibidor. A primera vista, lucía como un moderno muchacho inglés, común y corriente, con su largo cabello castaño peinado en una coleta, un par de aretes en los lóbulos de sus orejas, y una mirada que para el gusto de Harry, era demasiado astuta.
Al instante apareció Nahiara al pie de las escaleras, y corrió algo nerviosa a recibir a Darius. Al percatarse Harry de su alborozada actitud, le dedicó una severa mirada, con la cual ella cambió su paso presuroso por uno más delicado y femenino. Le recibió al muchacho con un afectuoso beso en la mejilla, tras el que Harry no pudo evitar crispar ligeramente los puños, en un imperceptible movimiento. Nahiara tomó del brazo a Darius, casi prendiéndose de éste, y lo guió al comedor, donde Dobby ya había dispuesto la cena. Se perdieron entonces por el pasillo rumbo al comedor, dejando al ojiverde de una pieza, ahí, de pie, en medio del recibidor.
Harry atinó únicamente a respirar profundo, reuniendo dentro de sí toda la paciencia y cordura que pudo, mientras se pasaba una mano sobre su siempre revuelto peinado.
Esta será una noche larga
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El ambiente en el comedor era singular y reservado. Por lo general, Harry no solía tener invitados a comer en casa, salvo las excepciones de siempre: Seamus trasnochado de algún nightclub o Ron cuando Luna salía temprano y no le dejaba preparando el desayuno. Pero aquella era una ocasión especialísima. Sí, muy especial, y es que era la primera vez en toda su vida, en que Nahiara invitaba a un muchacho a casa.
A decir verdad, fue Harry quien, después de descubrirles besándose en los establos del Rochester Field, y tras la indignación y resentimiento inicial, le había pedido una y mil veces que le invitase. Harry no terminaba de entender que podía gustarle a Nahiara de un muchacho como ese; su aspecto de rebelde sin causa, y la motocicleta que conducía, se le antojaba al pelinegro como el máximo de los clichés juveniles.
Estaba decidido a averiguar la vida, pasión y muerte del joven; convencido de que esta se encontraba llena de oscuros pasajes, y siniestros caminos. Incluso, en un arrebato de irreflexión, llegó a imaginar que el muchacho podía ser un mortífago encubierto. ¿Mortífago? Esa sería la excusa perfecta para deshacerme de este mozalbete , pensó el pelinegro maquiavélicamente.
Sonrío al descubrirse pensando en convertirlo en un hurón, y jugar con el cuando estuviese aburrido; seguro de que así, acabarían sus días de rebelde sin causa. Haciendo un esfuerzo, se ordenó regresar a la realidad y dejar de escuchar a la vocecita dentro de él, que le continuaba sugiriendo varias maneras, ninguna lícita ni moral, de librarse del muchacho definitivamente. Talvez si trataba de conocerlo un poco, no le cayera tan mal después de todo…
--Me contaba Nahiara que eres instructor de equitación en Rochester Field. ¿No eres muy joven para eso?—inquirió Harry, en el más ecuánime de los tonos.
El muchacho dejó de momento el filete que cortaba con los cubiertos de plata, para mirar con decisión el semblante señorial de Harry.
Se aclaró la garganta antes de hablar.
--Señor Potter—dijo con seriedad— modestia aparte, soy un excelente jinete; he ganado varias competencias hípicas en el país, y también fuera. La verdad es que me encanta la nobleza y dignidad de los caballos. Son animales maravillosos—sentenció.
--De eso no cabe duda—Harry hizo una pausa para beber de su copa. Si le gustan los animales, no debe ser tan malo , pensó— Y cuéntame, ¿qué planeas hacer con tu vida? ¿Es rentable el negocio de los caballos? Porque te aseguro que Nahiara está acostumbrada a ciertas comodidades—Harry le dirigió una sonrisa a la joven—lo último que quiero para ella es un marido vividor—
El comedor se sumió entonces en un asfixiante silencio; la tensión en el ambiente era ridículamente pesada.
El pelinegro no supo por qué habló sin pensar. Él no se caracterizaba por eso, de hecho, el estar al frente de una compañía multimillonaria, le había enseñado a pensar y a actuar en forma meticulosa. Y aunque no quisiera aceptarlo, inconscientemente, bien sabía el por qué de su actuar: quería asustar al muchacho.
Cuando Harry reaccionó, notó el rostro de Nahiara cubierto de un rubor que nada tenía que ver con el poco maquillaje que ella usaba. Sus femeninas facciones estaban absortas por la vergüenza del último comentario de Harry, tenía la boca ligeramente abierta, ensimismada, como si no diese crédito a las palabras del ojiverde.
Su asiento a la cabecera de la mesa del comedor, nunca antes le pareció a Harry tan alejado del de Nahiara; aunque ella estaba a menos de un metro a su diestra, y el Muchacho Caballo, como Harry le reconocía mentalmente, estaba sentado frente a ella, el espacio entre ambos y él, se le antojaba abismal e infranqueable.
--¿Marido, Harry? ¡Marido!—espetó con suprema aflicción la joven. Se levantó del asiento, y sin más, salió presurosa del comedor, perdiéndose por el pasillo.
Aunque parecía increíble, la tensión en el ambiente se hizo más marcada. Al cabo de unos eternos minutos, Darius habló:
--Lo mejor sería que me fuese, Señor Potter. —el muchacho se incorporó del asiento— Agradezco su hospitalidad y el buen momento.—sonrió— Hasta la próxima. Y no se preocupe, yo sé donde queda la puerta—
Harry demoró en advertir el sarcasmo en las palabras del Muchacho Caballo, pero ya era muy tarde como para reclamárselo. El ruido del portal abriéndose, y luego cerrándose, le indicó que el joven ya había partido. Mientras tanto, el pelinegro seguía en el comedor, sentado. Trataba de comprender que había sucedido. ¿Qué fue lo que hice? , preguntaba a su fuero interno, esperando que la contestación a su pregunta le fuese develada como una revelación divina.
Dobby se apareció en el comedor con su típico estruendo, dejando tras de él una estela plateada, casi imperceptible en el aire, interrumpiendo así al pelinegro, tras unos momentos que usara para el recogimiento y deliberación interna.
--¿Harry Potter, Señor?—tosió el elfo doméstico— ¿Va a querer que sirva el postre o lo guardo para el desayuno de mañana?—
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--Draco, vine en cuanto lo supe—dijo Hermione con semblante agitado.
Se acercó al rubio, despacio, y le saludó con un beso en la mejilla; tomó entre sus manos una de las suyas, en un mudo gesto de apoyo. La primera impresión de Hermione fue de sorpresa, al descubrir el estado convaleciente del rubio: su rostro asediado por moretones, su pierna rota suspendida en el aire, pero lo que más le llamo la atención a la castaña, fue la singular presencia de cierta pelirroja en la habitación de hospital.
Muy extraño se limitó a pensar Hermione, mientras le dedicaba una media sonrisa a su amiga, a manera de saludo. Luego tendremos oportunidad para conversar, largo y tendido…
--Gracias por venir, Hermione. No te imaginas el gusto que me da que hayas sacado tiempo para un amigo—
--Para ti, cualquier cosa—
Ella acercó una silla a la cabecera de la cama, para así contemplar mejor al rubio.
--Cuéntame, Draco—tosió la castaña— ¿Qué sucedió ayer que te fuiste? Debo haberme quedado dormida luego de un par de tragos seguramente. Te dije que no sabía beber—
La sola pregunta y el tono desenfadado de Hermione, le hicieron gracia a Malfoy. Se imaginaba a sí mismo, confesándole sus intenciones de aprovecharse de ella en Winchester Place a mitad de la noche…lo pensó un momento, y sólo uno.
--Tuve un accidente en el auto, regresando de Winchester Place—explicó mientras largaba un suspiro—un tonto que estaba estrenando su permiso para conducir—río el rubio—debiste ver como quedó mi pobre Mercedes—
--Lo importante es que tú estés bien, Draco—sentenció Ginny, acariciando cariñosa su mano con la suya propia.
Hermione instintivamente regresó la vista, esbozando una sonrisa intrigada y una ceja levantada en un mohín reflexivo, a la vez que asentía con la cabeza, haciendo gala de su consabido aire de suficiencia, como si ante ella se hubiese descubierto el significado de la vida, o la cura para el cáncer.
--No me digas, Ginny—
El tono irónico que usase Hermione no pasó desapercibido a la pelirroja, ni al rubio, al igual que no pasó desapercibida su penetrante mirada marrón. Ginny comenzó a sentir cierto rubor tiñendo sus mejillas, nerviosa e incómoda, hasta que…
--Señor Malfoy—llamó una enfermera—es hora de su medicamento—
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El cuarto estaba apenas iluminado por un par de velas suspendidas mágicamente en el aire. Sobre una pequeña mesa de roble, redonda y astillada, descansaban una pila de libros, todos tomos gruesos y de pasta desgastada. Salvo el ruido de la ventana siendo azotada en forma estrepitosa por el inclemente viento de la noche, la habitación estaba sumida en el más profundo de los silencios.
Los pasos de una anciana mujer vistiendo un simple vestido con motivos florales, raído y deshilachado, hicieron crujir el piso de madera bajo sus pies. Su cabello platinado y el inconfundible aroma a lavanda que le acompañaba siempre, arrancó de Luna una tibia sonrisa. Con su caminar lento y cansado, se aproximó al mueble junto a la mesa, y teniendo cuidado en escoger bien sus palabras, habló:
--Será mejor que te tomes esto, mi niña—
--Gracias—
Luna tomó la taza por el asa, y bebió un poco de la humeante infusión. El efecto relajante de la bebida, calmó de a poco la tensión en la mujer. Le devolvió entonces una cálida sonrisa a la persona frente a ella.
--Saldré de nuevo, María—
--Recuerde su estado, mi niña—sugirió la mujer con voz maternal y semblante preocupado—salir así, con este tiempo—señaló la ventana y los copos de nieve que habían estado cayendo desde la tarde— no le va a hacer ningún bien ni a usted, ni a la criatura que lleva dentro—la anciana mujer se acercó al mueble donde estaba sentada Luna, y acarició con cariño el incipiente vientre de la rubia.
Le hubiese encantado no verse obligada a hacer lo que iba a hacer, por un momento, por tan solo un momento, deseo ser otra, negar su existencia, mientras una tímida lágrima jugaba en su mejilla. Desde aquella fatídica noche en el callejón, su vida se había convertido en un calvario; el recuerdo lacerante de Malfoy tocándola, sometiéndola,…simplemente era muy difícil continuar, era por esa razón que había dejado a Ron, era por esa razón que se había preparado tanto; todo se reducía a ese momento; sabía que luego de esa noche, todo sería diferente.
--María—dijo Luna, haciendo uso de un solemne tono de decisión— ¿Cuánto tiempo tienes de conocerme?—
--Toda su vida, mi niña—contestó la anciana.
Luna se incorporó entonces del asiento, despacio, como tratando de terminar de reunir las fuerzas que necesitaba para cumplir su cometido. Agarró vacilante el abrigo negro y la bufanda junto a ella, las vistió, al igual que lo hizo con los guantes que sacara del mismo abrigo.
--¡Mírame, entonces!—espetó la rubia— ¿Te parece acaso que tengo la menor intención de quedarme aquí sentada?
La pregunta de Luna estaba cargada de odio y resentimiento; ella, una mujer adulta y completa, que creía conocerse a fondo, no concebía como había llegado a albergar tanta rabia, animadversión, y rencor dentro de sí.
Tras sus últimas palabras, envuelta en un barullo que se apoderó de la habitación, Luna desapareció.
La anciana solo atinó, entristecida, a encogerse de hombros y suspirar compungida al ver el dolor e ira refulgir en los ojos de Luna, al ver la congoja que oprimía y acababa con su alma.
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La noche se cernía sobre todo Londres.
Aquella era una de las más frías que se recordaba en mucho tiempo; el St. Luke Memorial, como era habitual en esa época del año, comenzaba a lucir ya motivos navideños: guirnaldas, muérdago, y luces de colores que ponían la nota alegre para las próximas festividades.
Con las luces del dormitorio apagadas, y al escuchar la puerta cerrarse detrás de Ginny, quien en ese momento salía a la cafetería a tener una merienda ligera, suspiró en profundo. Comenzó repentinamente a sentirse adormilado, talvez por la fatiga y el estrés de estar postrado en la cama de un hospital, talvez por la cantidad de medicamentos que había ingerido.
Con cada minuto que pasaba, sentía los párpados más y más pesados, cansados. Creyó estar soñando ya, cuando una silueta sombría se coló a través de su ventana. Tras cada pesado parpadeo, la figura parecía acercarse más a la cabecera de su cama. Extrañamente, la silueta emanaba un particular y femenino perfume, que no pudo reconocer en ese momento, pero que en definitiva él conocía.
Trató de alzar su voz en una pregunta, pero la fuerza de la entonación se estancó en su garganta, imposibilitando emitir sonido alguno. No podía levantarse, no podía gritar: estaba en estado total de indefensión, presintiendo en la oscuridad de la habitación las siniestras intenciones que pensaba, tenía aquella persona.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, se obligó a mantener los ojos abiertos, pero el medicamento ingerido parecía querer absolutamente todo lo contrario. Lo siguiente que Malfoy vio, fue una almohada cernirse sobre su rostro; su corazón comenzó a palpitar con intensidad dentro de su pecho, e irónicamente, el sueño que le abatía, era insuperable, convirtiendo en toda una proeza el mantener los ojos abiertos.
El tacto de la almohada contra su rostro era a la vez, suave y mortal. De forma lenta, como siguiendo el ritmo de un siniestro compás, el aire que llegaba a sus pulmones fue cesando, el efecto del medicamento fue acrecentándose, el terror de afrontar una prematura muerte, fue apoderándose en forma definitiva de él.
Entonces, de forma vertiginosa y fulminante, igual que antes del accidente en su auto, los recuerdos de una vida pasaron como flashes frente a sus ojos: su infancia en la mansión de Wiltshire y Ginny, Hogwarts y Ginny, el Señor Oscuro y Ginny, su empresa y Ginny…
Flashback
La consecución de su más ferviente deseo, estaba a un pecado de distancia.
Con la luna creciente como su único testigo, Malfoy poco a poco fue haciendo deslizar los finos tirantes del vestido de Hermione, sintiendo un espasmo de anticipación recorrerle con intensidad. La tersura de la piel femenina, su embriagador perfume de rosas, y los labios de ángel…simplemente era demasiado para el rubio.
Él, un amante consumado, río al encontrarse pensando en que hacer primero; inquieto y temeroso, como si fuese la primera vez. La mujer entonces se movió entre sueños, cambiando su semblante por uno mucho más relajado y pacífico, como si se hallase flotando sobre nubes de plata.
--Harry—murmuró media dormida.
¿Harry? ¿Harry Potter? , Malfoy maldijo su suerte, molesto porque aún en su máximo momento, la sombra de Harry Potter estaba sobre él, ciñéndose como un centinela. Caviló un instante, sobre la suerte enorme que siempre le había sonreído al ojiverde, y aunque económicamente la distancia entre ambos no era significante, el simple hecho de que Hermione estuviese enamorado de él, lo convertía en un hombre mucho más afortunado que sí mismo.
Ginny.
El recuerdo de los vivos ojos castaños de ella, lo arrancaron de sus cavilaciones. Era una mujer extraña, de eso no había duda, y no entendía que clase de relación sostenían; pero curiosamente al estar con ella, Malfoy se sentía otro: un hombre nuevo y distinto. Movió la cabeza, tratando de desterrar aquel tonto pensamiento de su mente….pero ahí estaba de nuevo.
Se preguntó entonces: ¿Qué pensaría Ginny de mí, si me viese en este momento? . La simple respuesta llegó a él con la desbocada fuerza de la realidad: Vergüenza, dolor, angustia… No lo quería aceptar, pero el que ella le abandonase también, como lo habían hecho todos los demás, siempre, era un golpe demasiado fuerte, un golpe que no estaba dispuesto a soportar.
Él siempre creyó que la conciencia y los escrúpulos eran para los débiles de carácter, la excusa de los cobardes; se había prometido nunca flaquear ante la oportunidad del triunfo, nunca, no importando por cuantos tuviese que pisar, no importando a cuantos tuviese que destruir para lograrlo. Pero ahí, con el perpetuo silencio de la noche, y con la luna brillante como su testigo, por primera vez dudó. Una duda que heló su oscura alma.
Agarró su chaqueta, las llaves de su auto, y salió presuroso de Winchester Place.
Fin del Flashback
El rubio trató infructuosamente de aferrarse a la vida, había descubierto su razón para vivir, tenía una razón para vivir.
Hasta que, en medio de la silente penumbra de la habitación, sin esperanza de que alguna persona llegase a tiempo para impedir lo que sucedía, e imposibilitado por el medicamento, a ofrecer ningún tipo de resistencia en contra de la oscura silueta de su agresor, mientras sus fuerzas y sus pensamientos se perdían en el vacío infinito de la inmensidad, Malfoy exhaló el último de sus alientos.
Y así, mis buenos amigos, llegamos al final de otro impactante y atrevido capítulo de Cruzada Potter.
Espero sinceramente que haya sido del agrado de todos. Al igual que espero una lluvia de reviews con sus impresiones y comentarios.
Atentamente;
Eduardo Monar
Abogado de Profesión
Escritor y Farrero de Profesión
P.D; Ahora sí, luego de una resolución administrativa, he decidido no subir el siguiente capítulo hasta que no hayan dejado por lo menos, unos diez reviews. Ja, ja, ja (entiéndase risa malvada)
