II-
1-
En el camino hacia el patio del laboratorio se terminó de abrochar la bata blanca. Estaba ordenando en su cabeza las tareas del día, el experimento, los análisis posteriores, las reuniones con el resto del equipo de investigadores, cuando de pronto se encontró a sí mismo haciendo algo verdaderamente extraño.
Se detuvo en seco, en medio del pasillo, perfectamente inmóvil en su última posición. Se había llevado la mano tras su cabeza, estirando el brazo hasta el máximo hacia atrás. ¿Por qué estaba haciendo eso? se preguntó a sí mismo, estaba tan concentrado en sus pensamientos que aquello había sido totalmente mecánico ¿Qué estaba buscando tras su cabeza?
Tanteó en el aire cerca de su nuca, pero no encontró nada. Sintió pánico: no había nada, pero algo debía haber ahí ¿no? Algo que estaba buscando. Abrió los ojos como platos y después soltó una carcajada algo nerviosa, dejando caer por fin el brazo.
"Qué tonto" se dijo cuando se dio cuenta de qué era lo que buscaba. Era muy tonto en verdad, porque era imposible que encontrase el extremo del bo staff en ese lugar. Hacía años que lo había perdido y nunca más lo repuso.
Hacía años que no usaba uno, ahora que lo pensaba, llevaba años sin practicar un solo movimiento.
.- Veinte años...- Susurró para sí, sintiéndose de pronto un poco aterrado.
¿Tanto tiempo había pasado ya? Apoyó un instante la mano en la pared, sintiéndose mareado… veinte años y de pronto lo buscaba, como si siempre hubiera estado ahí. No lo negaba, no había querido saber nada con él desde el día en que el resto de la familia se perdió en el exterior, no soportaba ver nada que le recordara a ellos. Todavía no lo soportaba. Y el dolor por la forma como se habían ido, seguía igual de vivo, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto.
Volvió a suspirar.
Iba a ser uno de esos días difíciles, se repitió.
2 .-
Cuando salió al patio exterior, se encontró con que una decena de ojos curiosos ya estaban ahí esperándole. Les sonrió, más que nada para tranquilizarles.
Todos sabían lo peligroso que era abrir el escudo, incluso en situaciones controladas, y por mucha confianza que les inspirara Donatello, todavía quedaba la posibilidad de que algo saliera muy mal y probablemente los últimos humanos que quedaban en la Tierra desaparecieran. En realidad, no estaba seguro de que fueran los últimos; así como él había encontrado la forma de contener la amenaza y sobrevivir, así otros debían haberlo hecho también, pero no tenía como comprobarlo, el escudo que envolvía y protegía la ciudad del exterior era tan denso, que ninguna señal de comunicación lograba traspasarlo.
Así que, mientras no encontrara la forma de hacer seguro el exterior, ellos mismos estarían atrapados ahí por quién sabe cuanto tiempo, probablemente hasta que las máquinas que suplían la absoluta falta de recursos naturales fallaran y no tuvieran cómo reproducir ni aire ni alimento ni nada y murieran lentamente como bichos atrapados en un frasco.
Si, él también estaba asustado, pero había que intentarlo.
De todas formas, esperaba que la barrera con la que iban a proteger el experimento funcionara, aún sí no, los guardias apostados en los costados del patio estaban listos para disparar sin miramientos a cualquiera que tuviera el menor contacto con el exterior. Así, si algo llegaba a salir mal, al menos el resto de la ciudad estaría a salvo.
Suspiró y se dispuso a comenzar.
A pesar de lo delicada que era la tarea que se disponía a hacer, encontró difícil concentrarse. Volvió a pensar en el sueño de esa mañana, pero ya casi no se acordaba de los detalles, sólo que estaban los muchachos ahí, tal como los recordaba.
A veces pensaba en que tal vez aún podría encontrar a alguno, a alguno de ellos, tal vez habrían logrado sobrevivir de alguna forma y estuvieran rondando por el exterior del escudo.
No sabía si esa idea era esperanzadora o angustiante, aún si estuvieran afuera, no podría dejarlos entrar, era la orden: nada entra, nada sale.
Se quedó un segundo mirando el exterior, el cielo más allá del escudo transparente que los rodeaba. Era rosáceo, rojizo al caer la tarde. Sabía que una pura bocanada de ese aire podría matarlo, o quizás algo peor. Pero a veces lo encontraba hermoso...
Bajó la vista hacia la selva exuberante que en la ausencia de humanos por tanto tiempo, había crecido sin control, aunque tal vez fuera el mismo miasma capaz de matarlos lo que había hecho crecer los árboles así, no lo sabía, no había podido hacer estudios apropiados sobre el efecto del miasma en los vegetales, por la obvia imposibilidad de usarlo para experimentar. Ni siquiera tenía muy clara su composición. Era por eso que todo ese experimento y todos los otros antes que ese, eran casi un tun tún científico.
Más que nada una adivinanza.
Se volvió hacia sus jóvenes estudiantes y les pidió que retrocedieran hasta la línea de seguridad, los chicos obedecieron al instante, con caras de ansiedad. Era asombroso, como había cambiado la opinión de la gente con el correr de los años, de la desconfianza, la repugnancia y el miedo de antes del gran desastre, al respeto y admiración de ahora: Después de que la gente había comenzado a morir y sólo unos cuantos sobrevivientes, menos de cien, habían logrado protegerse, cualquier desconfianza, recelo u odio hacía él había desaparecido por completo.
Cualquier cosa con tal de salvarse.
Terminaron poniendo su salvación sobre sus hombros. Fue duro al principio, pero lo fue aún más cuando se quedó solo… Cerró los ojos de golpe, de pronto había tenido un chispazo de recuerdos, demasiado vívidos.
Prácticamente se le había colgado al cuello a Leonardo, pidiéndole que no lo dejara, que no podría cuidarlos a todos él solo, que se quedara, que de todas formas no podría hacer nada. Que lo diera por perdido. Que diera por perdidos a los otros. Se avergonzaba ahora de su ataque de cobardía, pero Leo no le reprochó nada.
Raphael fue el primero del grupo en infectarse...
Se volvió loco, la cosa, el miasma, ataca directamente el sistema nervioso, convirtiendo a la gente en animales, en bestias inconscientes. Lo primero que hizo fue agarrar a Miguel y arrastrarlo con él al corazón de la ciudad, donde el miasma había comenzado a corroer las estructuras de los edificios, donde las víctimas ya estaban en la última fase de deterioro.
En menos de una hora, hacía efecto en el organismo, después, era cuestión de un par de días para que la piel comenzara a caerse a jirones y luego otras cuantas horas antes de morir en medio de la locura. Y Raphael se había llevado a Miguel al centro mismo de ese infierno.
Leo salió tras ellos.
Don llevaba un tiempo trabajando en alguna cura, en realidad, sólo había tratado de analizar de qué se trataba el miasma con los pocos implementos que había logrado llevar al refugio. En honor a la verdad, era más correcto decir que no tenía una mierda y menos idea aún de cómo salvarse.
Le rogó a Leo que se quedara, él lo había mirado destrozado: Le mortificaba dejarlo, pero aún más abandonar a los otros. Esperaba lograr traerlos de vuelta, lograr curar a Raph antes de que la enfermedad se expandiera más, traer a Miguel antes de que el aire terminara infectándolo a él. Pero en sus ojos veía que sabía que no tenía posibilidades.
Así fue como Don se quedó solo con el grupo de sobrevivientes, mientras Leo partía a perderse en la nube rosácea. Estuvo un par de días esperándolo, incapaz de hacer nada más. La gente ululaba a su alrededor, esperando que les dijera qué hacer, esperando la gran idea que los salvaría, Don apenas si se atrevía a hablarles estando solo, les decía que esperaran, que su hermano volvería y él les diría queé debían hacer.
Esperaron, pero su hermano nunca volvió.
Ninguno de ellos.
No fue sino hasta que otro más del grupo cayó enfermo que se decidió a actuar. Tuvo que obligarse a hacerlo, porque actuar significaba resignarse a la idea de que ya no volverían, de que se quedaba definitivamente a cargo, en ausencia de cualquier otro posible líder. Aún ahora, el recordar lo que sintió le hacía sentir nauseas.
La enfermedad se expandía muy rápido de humano a humano, así que supo que ya no les quedaba tiempo: si no era el aire, sería alguno de los refugiados quien terminaría matándolos a todos. Desistió de tratar de encontrar una cura, la estructura del miasma era demasiado compleja para él, parte animal, parte mineral, parte vegetal. Era obvio que alguien había fabricado esa cuestión, el mundo finalmente había caído presa de una guerra biológico química.
Ni siquiera perdió tiempo en teorías de conspiración, la verdad, es que poco importaba quién había creado esa cosa, si aún no la habían detenido, era porque probablemente estuvieran muertos también. Para entonces la ciudad ya se estaba quedando casi completamente vacía, lo único que podía hacer en ese momento, era encontrar una forma de protegerse.
Ideó lo del escudo gracias a Madre, su computadora. Llevaba años trabajando en ella, La Supercomputadora, la llamaba Miguel. Leo siempre la odió.
Más que eso, si era posible.
Sabía que se retractaría ahora si supiera que gracias a ella sus vidas se habían salvado. También se preguntó qué diría si supiera que de no haber sido por la fuente energía de la Torre de Saki, ni el mejor de los esquemas habría resultado. Sin embargo, antes de encerrarse en ese pedazo de ciudad, había logrado hacer algunas averiguaciones.
Por ejemplo, el miasma sólo progresaba y se extendía de ser vivo a otro, no era capaz de sobrevivir en un ambiente donde no hubiese al menos una planta, un bicho, algo que respirara. Por precaución, vaciaron el refugio de cualquier cosa viva, a excepción de ellos mismos. Para cuando se encerraron, no llevaban consigo nada orgánico.
Eso incluía cualquier tipo de vegetal o carne o algún tipo de comida no envasada. El problema de si se habían salvado de la enfermedad para morir de hambre o asfixiados por la falta de oxigeno se presentó al instante. Obviamente, no podían extraer aire del exterior.
Nuevamente recurrió a Madre, con ella diseñó un completo sistema de abastecimiento, todas las necesidades vitales quedaron cubiertas, al menos en lo básico. Entonces fue capaz de respirar, incluso se dio el tiempo de felicitarse a sí mismo por haber sido capaz de manejar la situación él solo.
Estuvo esperando hasta que fue imposible, antes de cerrar el escudo, una vez activado, no iba a ser posible desactivarlo sin poner en riesgo a todos los demás. Una vez activado, lo que se había quedado afuera, se quedaría afuera para siempre.
A veces despertaba en la noche, como la noche pasada, casi seguro de que Leo o alguno de los otros seguía vivo allá afuera.
Los años pasaron y lo que fue pensado para aguantar hasta que se le ocurriera algo mejor, se convirtió en su nuevo mundo permanente. Los más viejos murieron y los más jóvenes comenzaron a tener hijos. Los chicos que tenía a su alrededor, por ejemplo, sólo conocían el exterior de oídas, para ellos era la tierra prometida, jamás la habían visto.
Pero lo que en verdad le había llevado a intentar los experimentos era el descubrimiento de que al sistema de soporte no le quedaba mucho tiempo, tal vez diez años más, cuando mucho. Después de todos esos años y sin poder reemplazar todos sus componentes en forma apropiada, el agotamiento de los materiales era inminente.
De ahí que recuperar el exterior se hacía urgente. Volvió a suspirar.
La sustancia que estaba a punto de lanzar sobre la porción de exterior seleccionada, si funcionaba, destruiría toda la vida, hasta la más elemental. Sin vida orgánica, el miasma no tendría cómo sobrevivir y moriría. Y serían libres de nuevo.
Sintió un escalofrío. ¿Y que pasaba si alguno de sus hermanos seguía vivo allá afuera? Soltar la sustancia lo mataría... ¿Y si había más sobrevivientes? Los mataría también.
Pero no. Era imposible, pensó. Si había alguien más vivo allá afuera, tendría que estar protegido contra el exterior al igual que ellos, de otra forma no podrían sobrevivir. La sustancia no los afectaría.
Ese pensamiento lo hizo dejar las dudas y proceder. Activó un switch que llevaba en el bolsillo y de inmediato una porción del escudo se dobló, formando un globo hacía adentro y luego volviendo a cerrarse. Como resultado, un pedazo del exterior, compuesto por tierra y una gran planta, habían quedado encerrado en el interior, con ellos, pero aislado. Era un cilindro de pocos centímetros de diámetro, justo frente a él.
Ahora, era cuestión de introducir la sustancia. Activó un segundo switch. Justo bajo la tierra dentro del cilindro, una válvula asomó su extremo y de inmediato comenzó a expulsar un gas amarillo, en un par de segundos, el cilindro estuvo completamente lleno. Esperó un par de minutos más y luego decidió que era suficiente.
Apretó nuevamente uno de los botones y el cilindro comenzó a vaciarse, cuando estuvo limpio, de la concurrencia se oyeron exclamaciones de asombro. Donatello no pudo evitar sonreír y respirar aliviado a la vez.
Dentro del cilindro no quedaba nada, ni siquiera la sombra de la planta. Acercó un aparatito sacado de su otro bolsillo a la pared del cilindro y se quedó mirando su pantalla. Se volvió hacia los estudiantes sonriente.
.- Nada.- Exclamó triunfal.- No quedan rastros de miasma. No hay evidencia de que se siga reproduciendo.
Los jóvenes de batas blancas golpearon las puntas de sus lápices contra sus cuadernos de notas en reconocimiento. Don los observó un segundo más, permitiéndose sentir orgulloso de su propio trabajo antes de volverse nuevamente hacia el cilindro. Lo miró, sintiendo cómo la alegría del triunfo se disipaba lentamente.
Para salvar a esa gente estaba por convertir al mundo en un desierto. Ni siquiera había hecho estudios suficientes para comprobar si los efectos eran reversibles, si volvería a crecer algo ahí donde lo iba a destruir.
Pero tampoco había tiempo para eso.
Sólo esperaba que el remedio no fuera peor que la enfermedad. Separó la vista del cilindro y estaba por alejarse de él cuando algo le hizo levantar los ojos hacia el exterior, más allá del escudo. Algo acababa de moverse entre los árboles. Podría haber sido su imaginación, pero había vuelto a moverse, lo vio claramente, una sombra saltando de un árbol a otro con agilidad.
Un animal, tal vez, no estaba seguro de que el miasma los haya afectado como a los humanos, pero entonces la sombra volvió a saltar, alejándose.
Corrió hacia la pared del escudo, apoyando las manos contra éste. Tras de sí escuchó murmullos y exclamaciones, pero los ignoró. La sombra todavía estaba a la vista.
Era más, se había vuelto a mirarlo.
Estaba a varios metros de distancia, oculto entre el follaje, hacía veinte años que no intentaba agudizar la vista de la forma en que era capaz cuando podía ver en la oscuridad... Pero en ese momento no tuvo ninguna duda.
.- ¡Leo!- Gritó, desesperado, apretándose contra la pared del escudo.- ¡Leonardo!
Como si la sombra lo hubiera escuchado, volvió la cabeza y comenzó a correr en sentido contrario, alejándose hasta perderse de vista.
.- ¡No! ¡Espera! Espera...
Don corrió a lo largo del escudo hasta que ya no fue capaz de verlo. A sus espaldas volvió a sentir las voces asombradas de sus alumnos, le hicieron recordar dónde y con quienes estaba, pero aún así no podía separarse del escudo ni apartar la vista del exterior.
"¿Qué dijo?"
"Es el nombre del hermano, estoy seguro, mi abuelo me contó..."
"¿Habían más como él...?"
"¿Cómo puede ser que esté ahí? Es imposible..."
"Tal vez enloqueció..."
"Tal vez una fuga en el cilindro..."
De entre los jóvenes salió uno que los obligó a guardar silencio, el mismo que había ido a buscar a Donatello a su habitación. Don continuó con las manos apretadas contra la pared, respirando alterado. El joven se acercó suavemente.
.- Usted sabe que no puede haber nadie allá afuera, es imposible.- le dijo con voz preocupada.
Don pareció no escucharlo. De pronto levantó la vista y miró por sobre el hombro del muchacho. Más allá de él, uno de los guardias miraba inexpresivo al horizonte. Los guardias no dudarían en dispararle si tan sólo intentaba desactivar el escudo, fuera quien fuera...
Sin mencionar que pondría a todos esos niños en peligro. Respiró profundo y se volvió a ver al joven que todavía lo miraba consternado.
Se sacudió el sudor de la frente.
Era un estúpido, allá afuera no había nada. Sólo estaba imaginando cosas. Y pensar que llegó a tener la idea de abrir el escudo para perseguir a la sombra aquella, en menos de un minuto estarían todos infectados.
.- Tienes razón. Ahí no hay nadie.- Le dijo, en el tono más tranquilizador que fue capaz de encontrar.- Si me buscan, estaré tomándome un receso en el santuario...- Añadió, y sin esperar respuesta pasó junto al chico, de vuelta al edificio, seguido de un corrillo de nuevos murmullos.
.-
TBC
