Capítulo 4

Duele...

-Dime qué debo hacer...

-estás hablando en serio?-le contestó hermione, entre sorprendida y entusiasmada.

-pues... esto te hace feliz. Y estoy seguro de que cuando ron vea lo que está ganando, también se pondrá feliz... Cuando termine de odiarme, claro...

-no te odiará... Te lo aseguro...-exclamó hermione con una sonrisa maliciosa y un saltito feliz. Se acercó a Harry y le dio un dulce y sonoro beso en la mejilla –eres el mejoooooor amigo del mundo! No te arrepentirás, te lo prometo!

-claro...- respondió Harry sin muchas ganas. Le mostró a su eufórica amiga un sonrisa, que era más una mueca extraña que una sonrisa real.

Hermione comenzó a caminar delante de Harry casi dando saltos de alegría. Dentro de su corazón, sentía un peso terrible que le reclamaba a su conciencia lo que estaba a punto de hacer. Sin embrago, otra parte de sí estaba de lo más contenta por todo el asunto. Era como si el diablillo que aparece en los hombros de las caricaturas le hubiese ganado al ángel que te ayuda a distinguir lo bueno de lo incorrecto. Se sentía libre... Resultaba incluso apasionante el saber que estaba cometiendo algo tan... ¿poco ético?...

Y Harry la miraba desde atrás. Con la cabeza baja, mirando el brillo de sus zapatos y conteniendo las ganas de lanzar un grito de impotencia. Se acababa de meter en un lío tremendo, un lío de lo más estúpido, un lío que no era sano para nadie, especialmente para su corazón. Cuatro palabras acababan de cambiarle el rumbo de su vida... No tenía idea de las consecuencias que traerían esas palabras.

No mucho después, Hermione y Harry se detuvieron frente a la entrada al Ministerio. Antes de seguir adelante, Harry suspiró largamente y se revolvió el cabello y se refregó los ojos. Empezaba a sudar frío de los nervios. Su corazón latía más fuerte que nunca, evocándole la sonrisa y la expresión de Hermione cuando había aceptado ayudarla en su insulso plan. ¿cómo podía decirle que no a esos ojos? ¡¿cómo! Si cada vez que la sentía cerca sus sentidos se bloqueaban y su mente solo se enfocaba en disfrutar lo que más pudiera de sus palabras y sus gestos.

Por ella se había enamorado de la oficina. Inconscientemente, se había dejado absorber por la rutina. ¡Él detestaba la rutina! Sabía que estaba cansado de su vida actual, pero no podía hacer nada. Sin notarlo, había trazado su plan de vida hace ya muchos años y parecía ser un plan permanente, le guste o no. Un plan que todos asumían como RÉGIMEN y que todos esperaban ver realizado. La pareja popular del colegio, el trabajo perfecto que todos deducían que con seguridad llenaría la vida del joven mago. Un futuro, que antes distante, se veía cada vez más cercano y más decepcionante, más asfixiante.

Por ello, su trabajo se había convertido en el escape. Podía verla y olvidar la vida que le esperaba fuera de esas paredes a prueba de miles de hechizos. Sólo se quedaba ahí, pasando de vez en cuando por su oficina, para darle papeles, informes o noticias sin importancia que ella recibía con seriedad y una sonrisa, una sonrisa que le ponía las piernas de algodón. Pero esa sensación era lo que lo mantenía de pie el resto del día. Lo mantenía ilusionado con encontrar papeles y excusas para compartir trabajos y misiones con la chica que lo conservaba vivo.

Pero su conciencia le pesaba como cemento. Sentía que estaba engañando a todos, incluyéndose a sí mismo. Veía cómo Ginny se esforzaba por mostrarle una sonrisa cuando las cosas se ponían feas y cómo la familia entera contaba con él para hacer feliz a la pequeña niña que aún veían en Ginny. Él era parte de esa familia desde siempre. Primero por Ron, luego por Ginny. Ser parte de la familia significaba ser de la misma sangre, aunque la sangre no fuera exactamente "la misma". Y la sangre es más densa que el agua. No se puede ni debe traicionar a la familia. Si debía escoger una traición, aquella que hiciera el menor daño posible en el prójimo, escogería morirse de dolor por dentro antes que lastimar a quienes lo amaban tanto desde hace tanto.

La voz emocionada y despierta de Hermione le abrió los ojos. Se estaba quedando prácticamente dormido debido al cargo de conciencia, mezclado con los recuerdos hermosos y un toque de remordimiento.

-HaArryyyyy!- dijo poniendo cara de perrito triste- No me estás escuchando!

-Ah? Perdón?

A Hermione le cambió el semblante y el tono de voz a uno de preocupación

-Harry, te sientes bien?

-Eh... sí, por qué?

-Te ves pálido... Quieres una taza de café o algo?

-yo.. no gracias... No me siento bien, debería ir a casa...

-Qué! NO! No te puedes ir ahora! Haremos el plan de ataque! Hay que pensar una estrategia antes de que sea demasiado tarde

-Paa... para qué?- inquirió él entre confundido y nervioso y agotado

-Para nuestra nueva misión! La misión...- La joven se tomó la barbilla con dramatismo e hizo un sonido extraño en señal de que estaba pensando -... la misión tango-alfa-tango 512! Sí! Perfecto! Así la llamaremos!

-Hermione, de qué estas hablando! Qué dices que no te comprendo ni una pizca!

-Ay, por favor, Harry! No pensarás que vamos a llamarla "operación Destrucción Boda"? O sí? La gente sospecharía...

-un nombre clave! Es una boda, por todos los cielos! No necesitas una estrategia! Vas a separar a una pareja de enamorados, no a dirigir al ejército de los duendes en la batalla de Temeenhows!

-claro que no... –admitió en voz bajita y con cara de inocencia. Harry creía que ya tenía ganada la discusión, cuando Hermione exclamó con una sonrisa pícara y ojos brillantes de astucia- Esto es aún mejor! No lo ves! La batalla de Temeenhows será un juego de ajedrez muggle en comparación a lo que planeo hacer...- continuó al tiempo que movía las manos con perversidad.

-ESTÁS LOCA!- vociferó su amigo, frotándose la sien como quien quiere matar un dolor de cabeza con masajes- Para qué tanto revuelo! Por qué no haces algo simple! Cómo en las películas...

-qué sugieres, compañero?- preguntó hermione atentamente

-Yo qué sé... Haz... No sé... Besa al novio y haz que ella los vea para que corten... No, no... es que estoy muy cansado y no se me ocurre nada decente!

-Es BRILLANTE!- profirió contentísima

-QUÉ! No, no... olvida lo que dije! Olvida que lo dije!-gritó frustrado

-Harry! eres un genio!

-lo soy? –se dijo a sí mismo confundido- Lo soy... NO! No soy un genio! Hermione, esto es una mala idea...

Hermione caminó más rápido hacia las escaleras y desapareció tras la pared en cuanto comenzó a subir. Harry se quedó atrás nuevamente. Echó un vistazo al ministerio vacío y silencioso. Lo único que podía oír era el sonido de los zapatos de Hermione y el goteo de un balde grande que un elfo diminuto cargaba a través de las habitación junto con varios productos de limpieza y un trapeador.

De repente, los zapatos de Hermione se dejaron de escuchar y Harry vio cómo la cabeza de Hermione aparecía de forma cómica por la pared con una expresión nerviosa y triste.

-pero.. Y qué pasa si él la sigue después o algo así? Si la elige a ella después de todo. Qué pasa si ella lo acepta de vuelta?

Harry suspiró cansado y se volvió a frotar los ojos

-Eres bruja, recuerdas? Haz una poción o algo por el estilo. Un hechizo de ésos tuyos... No es necesario muggletizarse tanto para simplificar... esto...- comentó sintiendo una punzada en el corazón.

-Tienes razón... Todo saldrá bien... ¿Qué tan difícil puede ser? Digo.. ya he besado a Ron antes...

A Harry se le hizo un nudo instantáneo en el estómago. Su cabeza empezó a dar vueltas provocándole náuseas. Ya casi se había olvidado cuál era el propósito de la conversación. En verdad le estaba afectando el estrés...

Recordó la primera vez que sintió exactamente lo mismo. Fue cuando vio a Ron y Hermione besarse por primera vez. la imagen lo entorpeció completamente y se tuvo que apoyar en la pared para no caerse.

La imagen de sus dos amigos besándose, ese frío día de enero en séptimo, en la parte oscura del pasillo del segundo piso, estaba fresca en su memoria. A veces, hasta tenía pesadillas con la imagen! Aquella había sido la única vez que los había visto tan cerca, tan juntos... Y él, estúpido y lento como hombre agobiado por cosas de amor, le había sugerido a la mujer de sus sueños revivir esa experiencia que tanto dolor le había causado.

Aquel día hace años había marcado el inicio subconsciente de su eterna agonía. Él se disponía a hablar con Hermione acerca de sus recién descubiertos sentimientos hacia ella, para luego hablar con Ginny y aclarar algunos temas que debían discutir... Y mientras se dirigía al comedor después de la última clase del día, que para su infortunio había sido la peor de pociones de toda su existencia, se encontró con la romántica pareja al final del corredor.

Se quedó petrificado frente al la escenita y sin embargo, sus amigos ni se inmutaron de su presencia. Sin alarmarlos ni hacerlos hacer en cuenta de que estaba allí, salió disparado con el corazón destrozado, hacia su dormitorio para esconderse de sus sentimientos.

No obstante, sin pensarlo, llegó mágicamente hasta la sala de los menesteres y entró. Para su gran sorpresa y alivio, el lugar estaba repleto de objetos de cerámica u otros materiales rompibles que podía hacer trizas para descargar su frustración, un sillón grande y suave y un fuego que ardía en una sobria chimenea.

Sin reparo, comenzó a aventar cualquier cosa que le diera ganas, produciendo en escándalo inmedible, un ruido de dolor que sólo podía ser superado por el sonido de su corazón cuando se despedazó.

Cuando volvió en sí, Harry estaba sentado frente al escritorio de Hermione con una gran taza de café en sus manos y rostro alarmado.

-Harry?

-Ah?

-te dije que el café lo curaba todo...

-Ah...

-seguro que estás bien? No has dicho ni una sola palabra desde hace un buen rato... En qué piensas?

-Yo... no... Nada! Olvídalo. Sólo necesito en serio ir a casa.

-Claro... Anda... te veo en unas horas...

-qué hora es?

-las... siete y cuarenta y cinco... cuarenta y seis...

-demonios! Bueno... nos vemos más tarde...

-descansa...

-sí... necesito un baño y una siesta...

Hermione asintió y le mostró una adorable sonrisa. Harry le devolvió la sonrisa y se levantó recuperando el aliento. Se despidió de ella y salió hacia su casa.

Cuando llegó, todo su cuerpo le dolía por el cansancio y por el nerviosismo. Todo empeoró cuando, mientras subía las escaleras hacia su departamento, comenzó a oír pasos por donde se encontraba su apartamento y luego, cuando llegó a la puerta, se encontró con las luces de dentro prendidas. Su corazón comenzó a latir más fuerte y sus sentidos se agudizaron... Sigilosamente, tomó su varita de su capa y abrió la puerta. En la sala, la chimenea estaba encendida y el fuego iluminaba la cabeza conocida que sobresalía por el sillón...