Todos los personajes de Saint Seiya pertencen a su autor


La tormenta que había atemorizado tanto al excitable visitante del aciano, llego después de varias jornadas, durantes las cuales había perdido parte de su fuerza, a las altos y recónditos montes de China, donde volvió a recuperar todas sus energías y azoto con violencia todo lo que encontraba a su paso.

A Shunrei el temporal no la preocupaba, pues no era la primera tempestad de tales magnitudes que había azotado el Pico de los Cinco Ancianos en los trece años que había vivido allí. La lluvia alzaba hasta los huesos y sus ropas mojadas la hacían temblar de frío involuntariamente. Sin embargo, el maestro Dokho no parecía sufrir el mal tiempo. Permanecía sentado con los ojos cerrados en el saliente de piedra junto a la cascada de Rozan, donde tantas veces Shunrei le había visto charlar o entrenando con Shiryu

"Shiryu…"

Se mordió con firmeza los labios cuando el dolor que golpeo su corazón amenazo con hacerla llorar

- Las lágrimas no le servirán de mucho…- susurro mientras alzaba los ojos hacia el oscuro cielo y dedicaba un ruego mudo a los dioses para que le protegieran en todo momento. Después de apartar de su mente, al menos por unos instantes el recuerdo de la prolongada ausencia de Shiryu, Shunrei fijo su mirada en el risco donde estaba sentado el viejo maestro. Sin dificultad a pesar del agua que llenaba de barro el camino hacia el lugar, la joven se arrodillo junto al anciano

- Maestro… Comienza a anochecer y la lluvia no parece que vaya a detenerse, al menos, no esta noche.

Dokho, después de un breve mutismo, volvió los ojos hacia ella. Aun permanecía vivo en su memoria el recuerdo del día en que, cubierto por una burda manta, había encontrado a un bebe abandonado por sus progenitores. El calor del cuerpecito, los ojos azules que, a pesar de las lágrimas, le miraron intrigantes y la mano que se alzo para examinar más de cerca las numerosas arrugas del rostro de su salvador, le hizo sonreír. Había cuidado de ella, y la quería como si se tratara de su propia hija.

- Tienes razón, Shunrei. Regresemos

Con pasos lentos, pero firmes, la pareja descendió de la enorme piedra y se encaminaron hacia una cabaña de madera cerca de la cascada. No era muy amplia y en extremo sencilla, pero era más que suficiente para sus habituales residentes. Tras encender un fuego que agradecieron los huesos de ambos, y prender con la misma llama unas velas de cera, la habitación se ilumino llenando de calidez la habitación. Como ya había predicho, la tormenta no ceso, sino que pareció aumentar, pero con el ruido de la madera quemándose, todo eso les resultaba lejano. Tras la cena, y después de que su cuerpo dejara de temblar de frío, Shunrei se sentó junto al maestro sintiendo el calor del reconfortante fuego en su rostro.

Aquel era el momento adecuado para comunicarle una decisión que durante meses había perturbado sus pensamientos. No fue tomada a la ligera, pues la analizó desde todas las perspectivas, y estaba completamente segura de ella

- Maestro. Es mi deseo convertirme en una de las amazonas de Atenea.

Dokho, que había permaneció ausente contemplando el interminable danzar de las llamas, alzo los ojos hacia los de Shunrei, consiguiendo que esta se sonrojara ligeramente.

- ¿Sabes de lo que estas hablando?

-Si maestro…- carraspeo. A pesar de la intensa mirada del anciano, seguía firme - Lo he meditado durante mucho tiempo…

- Es un camino muy duro

- Lo se maestro. Recuerdo cuando vos y Shiryu entrenabais para que él pudiera convertirse en uno de los Caballeros

- ¿Y aun axial es ese tu deseo?

- Si, maestro- cada centímetro de su cuerpo estaba en tensión reafirmándose en sus palabras

Los ojos de Dokho regresaron hacia las llamas. Ya no parecía meditabundo, sino claramente perplejo y despierto ante lo que acababa de escuchar

- ¿Por qué quieres convertirte en una servidora de Atenea?

- No puedo permanecer sin hacer nada, segura mientras otros sufren y mueren, Maestro- susurro, esta vez su mirada era la que estaba perdida en las llamas.

El anciano esbozo una sonrisa y volvió a contemplarla, a pesar de que ella había apartado sus ojos. Recordaba al pequeño bebe que había acogido entre sus brazos, y ahora veía a la joven decidida que deseaba participar en la guerra. El tiempo había pasado demasiado rápido.

- En Glendalough hay una mujer- Dokho se puso en pie, y observo el fuego por ultima vez- Se llama Ryoko. Ella será tu maestra si logras demostrar que eres digna de vestir una armadura. Parte con el amanecer, el viaje será largo, Shunrei

Volvió a sonreír, antes de salir de la habitación con el familiar sonido de su bastón contra el suelo. Shunrei se quedo sola ante las llamas

Gracias, maestro

PD: Dedicado a todos los que me leen