Todos los personajes de Saint Seiya pertenecen a su autor
Meses después de la aceptación de Ryoko de su nueva aprendiz, la estancia donde solía permanecer durante numerosas horas, incluso jornadas, el Gran Druida volvió a temblar. Esta vez la culpable no fue ninguna tempestad, pues la jornada anterior había lucido el sol y la noche prometía se calurosa aunque no en extremo. El sonido se asemejaba al de un puño golpeando con extrema furia una puerta de piedra, exigiendo con vehemencia que se le permitiera la entrada. A pesar de lo familiar que le resultaba ya el ruido, un escalofrío recorrió el firme cuerpo del Druida, pues sabía bien lo que esto significaba.
Las puertas empezaban a desmoronarse.
Desde la visita del mensajero, no había trascurrido ni solo día en el que no pensara en la llegada de la funesta noticia. Su aspecto, además, se había deteriorado mucho debido a las múltiples preocupaciones. Cansado se levanto del trono de piedra, y tras recorrer por ultima vez todo el salón, se dirigió hacia la salida con la única compañía de su bastón de madera.
Si el salón permanecía eternamente en tinieblas, los pasillos, por el contrario, rezumaban de vida. Grandes ventanales capturaban la luz solar y durante la noche, numerosas antorchas realizaban la misma tarea. La gente corría por los corredores con el fin de cumplir con las tareas cotidianas, y cuando el anciano de larga barba blanca se cruzaba con ellos, le dedicaban algunas reverencias. El Gran Druida era la máxima autoridad y señor del esplendido palacio de piedra, y como tal era respetado, además de querido, por todos los que vivían entre sus altos muros. Tras responder a cuantos gestos de pleitesía le dedicaban a su paso, con una cortés inclinación de cabeza, el hombre se dirigió a la entrada del castillo.
- Mi señor…- dos guardias vestidos con toscas armaduras, cascos y respectivas picas, se pusieron firmes hasta que con un movimiento vago de su mano, les hizo volver a relajarse.
- ¿Qué deseáis, Gran Druida?- pregunto el soldado que se encontraba situado a la izquierda. Era el mas alto de los dos y parecía ser el superior del otro guarda.
- Abre las puertas. Ordena que ensillen mi montura
- ¿Acaso partís?- sugirió el segundo guardián, mucho mas bajo que el primero, además de ser el menos perspicaz de los dos.
- Es evidente, soldado
- Pero señor… En vuestro estado no creo que sea aconsejable…- comenzó a decir, Olier, el guardia de la derecha, sin advertir la mirada que le dedico su compañero, Venec, para que no siguiera hablando
- ¿Insinúas, acaso, que solo soy un viejo desvalido, que ha de permanecer recluido entre estas paredes, cobijado por el calor de la lumbre?- grito enfurecido el Druida
- Mi señor…- intento disculparse Venec, a pesar de ver el brillo de rabia que resplandecía en sus ojos- Es solo la preocupación lo que le hace hablar en esos términos…- el aludido movió la cabeza afirmativamente con nerviosismo- Tal vez iríais mucho mas cómodo en un carruaje, o acompaño de una escolta que os haga compañía en esta noche, mi señor…
El hombre pareció darse por satisfecho con las disculpas de ambos, aunque todavía receloso con ambos. Sus manos, que habían sujetado con fuerza su bastón, comenzaron a relajarse hasta que solo una de ellas basto para sostenerlo junto a el.
- Tardaría demasiado en llegar a mi destino, y además, llamaría demasiado la atención sobre mi persona.
- ¿Hacia donde os dirigís, entonces, que tantas precauciones requiere?- indago el irreflexivo Olier, ganándose otra mirada de Venec, pues temía otra reacción negativa del Druida al escuchar la pregunta.
Pero no pareció enfadarse de nuevo, sino que esbozo una sonrisa calida y al mismo tiempo triste.
- No creo que sea una imprudencia confiaros a vosotros mi destino. Me dirijo hacia Cómhla Breac
La pica de Olier se cayo al suelo de la sorpresa, y Venec no se molesto en recriminárselo, puesto que el también estaba estupefacto
- Mi señor, os ruego por el amor que os profeso, que no vayáis hacia allí- suplico Venec
- Ordenad que ensillen mi montura y si os negáis a abrirme las puertas, yo mismo lo haré, pasando sobre vuestros fríos cuerpos, y yo prepare mi propio caballo.
Olier, recogió su arma y trago saliva, en parte por la amenaza y en parte porque aun no había asimilado que el Druida partía hacia Cómhla Breac, lugar que popularmente se conocía como Las Puertas.
- Si mi señor….- entre él y Venec procedieron a abrir las puertas. Eran pesadas, y aunque un solo hombre podría abrirlas solo, requería un gran esfuerzo. Una vez franqueada la entrada, Olier se dirigió corriendo hacia el establo, y tras varios minutos regreso con un hermoso caballo negro, llamado, "Cristal Oscuro". El Druida acaricio con suma ternura las crines oscuras, y tras permitir que Venec sostuviera su bastón, monto al caballo.
- Escuchad bien los dos, pues no lo repetiré, y si no obedecéis mis palabras no solo pondréis en peligro vuestra existencia, sino la de todo este lugar. – Los guardias asintieron, atentos a sus palabras- No permitáis que nadie entre ni salga de esta fortaleza antes de mi regreso.
Tomo de las manos de Venec el bastón de madera vieja antes de continuar con sus advertencias
- Poner arqueros en las murallas, soldados en todas las puertas. Preparad el castillo como si un asedio estuviera cerca
- ¿Tantas precauciones son realmente necesarias?
- Creeme, Olier… Son demasiado escasas.
Caballo y jinete dieron la espalda a ambos guardias, antes de salir al galope de los protectores muros del castillo. Los dos hombres, cerraron, como se les había indicado, las puertas, y aunque no comprendieron el motivo de las palabras del Druida, cumplieron cada una de sus órdenes sin dudarlas.
"Cristal Oscuro" demostró ser una formidable montura para el Druida y tras varias horas manteniendo el mismo ritmo, atravesando terrenos agrestes, e inhospitalarios, llegaron a una pequeña torre donde finalmente se detuvieron. El anciano, a pesar de su avanzada edad, bajo del caballo con agilidad, y tras acomodar a "Cristal Oscuro" lo mejor que pudo, se dirigió al edificio. La piedra negra que constituía sus paredes comenzaba a desmoronarse, confirmando el lamentable estado de abandono que había sufrido. Estaba formada por una única habitación, espaciosa, donde la luz entraba desde una pequeña abertura situada en el techo, que apenas servia para iluminar. El golpeteo que había escuchado en su palacio, aquí era ensordecedor, y hacia daño a los oídos. Procedía del fondo de la estancia, un lugar lleno de oscuridad, hacia donde se dirigió a pesar del dolor. Sus manos de dedos largos, se posaron sobre la superficie sin marcas de piedra que era la puerta. Sintió bajo las yemas, el frío que trasmitía, el temblor de cada movimiento, que le recordaba el palpitar de un corazón vivo.
- Dokho… ¡Como me gustaría que estuvieras aquí conmigo, en estos momentos tan oscuros! ¡Tú que eres el más sabio de mis amigos, para que pudieras aconsejarme en esta terrible situación..!- murmuro apesumbrado. Hacia mucho tiempo que la amistad entre ambos se había forjado, y también largos años desde la ultima vez que había tenido la ocasión de poder hablar con el. Le consideraba un hombre de mente despierta que no solía dejarse vencer por las circunstancias.
Pero se encontraba solo.
Situó ambas manos sobre la piedra que volvía a vibrar con un nuevo golpe. Cerró los ojos, y de sus finos labios comenzó a sonar una letanía, hermosa en una lengua que solo era recordada por unos pocos. Su cuerpo se disolvió en ese instante, mientras una sensación de calor se apoderaba de el, trasmitiéndose hasta las yemas de sus dedos, y de ahí a la piedra. Cuando la calidez comenzó a abandonarse, abrió los ojos lentamente, y se separo de la entrada, contemplándola expectante
Nada ocurrió
- Aunque eres el más poderoso de cuantos existen en Erin, tu fuerza resulta insignificante si pretendes volver a cerrar las puertas, viejo amigo
- ¡Dokho!
- Me has llamado… y aquí estoy
A pesar del reciente fracaso, el Druida se sintió sumamente aliviado, y ambos se acercaron para abrazarse.
- ¡Me alegro tanto de volver a verte! Tu presencia disipa las numerosas tormentas que ensombrecen mi alma...
- Yo también me alegro por este reencuentro, creeme, pero prefería que se hubiera producido en circunstancias mucho mas dichosas,
- Ahora que has venido, podrás ayudarme. Si unimos nuestras fuerzas, las puertas podrán cerrarse- exclamo esperanzado el Druida
- Lamento desalentarte… pero aun así resultaría inútil.
- ¿Ni siquiera tu, que eres uno de los Caballeros Dorados, podrías cerrar las puertas?
- No- Dokho movió la cabeza negativamente- Se necesita mas poder…
- ¡Entonces pidamos auxilio al Santuario!- la sonrisa de esperanza que había iluminado su rostro desde su encuentro, se borro al ver la expresión de su amigo
- Detesto ser yo el portador de tan terribles noticias… pero el Santuario no os ayudara esta vez…
- ¿Cómo? ¿De que hablas Dokho? ¿Por qué no habrían de hacerlo? ¿Es que vuestros caballeros también han caído, y tu eres el único que resiste?- demando el Druida perplejo.
- Al contrario, nuestros Caballeros aun viven. La alianza ha sido olvidada. El Santuario… os considera sus enemigos
- ¡Enemigos!- exclamo desolado- ¡Nosotros que luchamos a su lado! ¿Es esta la promesa que recibimos por la ayuda prestada? ¿Es esta la gratitud que otorga el Santuario a quienes derramaron su sangre? ¿Qué haremos entonces?
- Morir es una opción esplendida
Tanto Dokho como el Druida se volvieron hacia las puertas. En el quicio había un hombre que vestía una armadura púrpura, y sonreía burlonamente a ambos
- Nada debéis temer Gran Druida… Prometo que vuestra muerte, resultara muy dulce si os apartáis de las puertas…
- ¡Jamás! ¡No permitiré que las abras a tu señor!
El hombre se encogió ligeramente de hombros, aun divertido con la situación
- Sea, aunque podría haberos ahorrado mucho dolor…
El caballero alzo una mano hacia el Druida. De las yemas surgieron cinco dardos que cortaron el aire. Un trozo de blanco de la túnica cayó al suelo manchado de sangre.
PD: Otro capitulo más… Dedicado a todos los que me leéis y a los que me aguantáis con el tema U Siento si deje alguna falta ortográfica
