Los personajes de Saint Seiya son propiedad de su autor, es decir, Kurumada-san
Ryoko trato de acomodarse en la parte de atrás del carro que la llevaría a ella y a su aprendiz, a las fronteras de Erin, y desde allí, seguirían su viaje hacia Japón. El Gran Druida había insistido la noche anterior en la necesidad de viajar sin llamar la atención de sus enemigos. Era de vital importancia que el libro de Glendalough llegara a las manos de la diosa Atenea sin la menor dilación. Si cayera en malas manos…
Ryoko estornudo con violencia. No solo estaba siendo un vieja largo e incomodo sino que además estaba rodeada de heno, que le producía alergia. Al menos, Shunrei parecía llevarlo bien. Envuelta en la gruesa capa marrón, símbolo de la Orden de Erin, y abrazando contra su pecho el pesado libro, parecía dormir apoyada contra la madera. La joven rubia sintió algo de envidia, pensando en como lo conseguiría con todo el traqueteo del carro.
"Las dos se parecen mucho" pensó mientras se recuperaba de un violento bache que acababan de pasar y esbozaba una leve sonrisa
- ¿Maestra?
La dama de Erin se sobresalto al escucharla, aunque pronto su rostro volvió a la acostumbrada seriedad
"Son esas malditas mascaras" No era la primera, ni tampoco seria la ultima vez, que pensaba en lo absurda que era la tradición de cubrir el rostro de las amazonas de Atenea.
- Deberías descansar. Tus heridas aun no han sanado y queda mucho camino que recorrer
- Estaré bien maestra… No te preocupes por mí
Ryoko lanzo un bufido. Le seguía molestando el tono formal que empleaba con ella Shunrei, aunque era incapaz de saber el porque.
- ¿Por qué es tan importante este libro, maestra? Traté de leerlo… pero no consegui entender ni una sola palabra
Lo ojos de la rubia se abrieron llenos de sorpresa, y tenia preparada una reprimenda por abrir el volumen sin el consentimiento del druida, cuando escucho una voz en su cabeza que la hizo callarse
"Ella es su nueva guardiana… Esta en su derecho de hacerlo, y de saber porque es tan importante que lo proteja"
- Está escrito en una lengua muy antigua que sólo unos pocos recuerdan- contestó suavizando su expresión.
- ¿Acaso tú la recuerdas, maestra? ¿Has leído el libro?
- ¡No, claro que no!- Ryoko dejo escapar una risotada llena de alegría- ¡El Gran Druida es uno de los pocos que aún la recuerda! Muchas veces, cuando los inviernos son especialmente largos y fríos, nos habla de lo que hay escrito en él.
Shunrei asintió en silencio, sin apartar la mirada de ella, esperando a que continuara su relato. Apretó inconscientemente un poco mas el libro contra ella.
- En él se habla de la historia de Erin.
- Pero… ¿Cómo es posible que una historia de siglos, de milenios tal vez, pueda caber en este libro?- preguntó desconcertada mirando el lomo del volumen. Era grueso, pero era imposible que un periodo de tiempo tan largo tuviera cabida en él.
- ¡No todo! La historia de Erin necesitaría varios volúmenes como ese que sostienes para poder ser contada. Solo se habla de una parte de esta. Del Enemigo y de los que lucharon contra el.
La joven rubia sintió un estremecimiento al recordar las palabras del Druida sobre que las Puertas que retenían al Enemigo estaban rompiéndose. Se preguntaba si Erin seria capaz de resistir de nuevo un ataque contra él. Todos los caballeros y damas que habían luchado para encerrarlo hacia mucho que habían muerto, y la Orden sólo tenía un único representante: ella. Todo dependía del apoyo del Santuario de Atenea.
- Al principio, Erin solo conocía la paz, y la luz, y podía imaginar sombra alguna que cubriera de oscuridad o de mal sus verdes colinas
Ryoko cerró los ojos, intentando imitar la cadencia de la voz del Gran Druida, aunque le resultaba difícil. Recordaba cada detalle de la historia, puesto que la había oído recitar docenas de veces desde que fue aceptada como aprendiz de su maestra, solo que sentía incapaz de narrarla a la perfección
- Y sin embargo, Erin engendró a la Sombra, aunque en aquellos días estábamos ciegos para darnos cuenta de la amenaza que se cernía sobre nosotros. La Sombra creció, se alimento del mal que habita en lo más profundo de la tierra, bebió de la copa de los sentimientos más tenebrosos. Hasta llegar a un punto en que su hambre y su sed de poder se hicieron insaciables. Alzo los ojos hacia su madre, Erin, amada y odiada a partes iguales. Amada, puesto que le había concebido y brindado la vida. Odiada puesto que era todo lo que detestaba en este mundo. El Enemigo volvió entonces su mirada hacia el Santuario de Atenea.
La Dama estornudó a causa del heno, y miro con el ceño fruncido la carga del carro como si fuera la única culpable de que su relato no saliera bien.
- Cientos de lágrimas fueron vertidas el día que la garra del maligno cayó sobre el Santuario, pero más numerosas fueron las que lloro Erin viendo la destrucción que su propio hijo había producido. Muchos no volvieron a despertar después de aquel día… ¿Quién iba a imaginar que un ser tan temible atacaría? Entonces…
El carro se paro de golpe, y Ryoko se golpeo la nuca a consecuencia de la inercia. La joven se puso en pie, mirando desafiante al conductor
- ¿Por qué has parado? ¡Aún quedan varias millas para llegar a la frontera de Erin!
- Lo… Lo siento mi señora… Pero…- el conductor se estremeció. Sus dedos crispados no paraban de manosear el bajo de su camisa sin atreverse a mirar a los ojos verdes que brillaban furiosos- Pero…
- Espero que lo que tengas que decir valga la pena…- Ryoko cruzó los brazos sobre su pecho. Perderían mucho tiempo si tenían que ir a pie lo que quedaba de camino
- No me atrevo a pasar… He… escuchado muchas cosas sobre este lugar… No… No me atrevo… Tenéis que comprenderlo pero yo…
- ¡Necio supersticioso!- exclamo mientras saltaba del carro seguida de su aprendiz- ¡Adelante! ¡Lárgate y metete debajo de la cama no vaya a ser que atrapen!
El conductor enrojeció de vergüenza, pero no necesitó que se lo repitieran dos veces. Dio la vuelta a su carro y se marcho por el mismo camino por el que las había llevado. Ryoko lo siguió durante un tiempo
- Vamos- murmuro malhumorada y echaba a andar
Shunrei miro a su alrededor. Era un terreno árido y sin apenas vegetación, salvo algunos arbustos y árboles resecos donde el viento ululaba de forma siniestra. Pero aparte de eso no vio nada que provocara tanto miedo en el conductor
- Maestra…- preguntó desafiando el visible enfado de Ryoko quien la miro por encima del hombro - ¿Por qué este lugar es tan peligroso?
- Se dice que fue aquí donde el Enemigo tomo el juramento de sus más fieles servidores y les concedió parte de su poder. Muchas leyendas insisten- ironizo- que aun están aquí, esperando a que su señor regrese. Es un cuento de viejas. Aquí no hay nadie
- Pero… ¿Cómo puedes estar tan segura maestra?
La expresión de la dama se hizo más sombría. Recordaba las palabras del Druida sobre que las Puertas que retenían al Enemigo estaban empezando a ceder. Sabía que era verdad, pero aun así no quería creerlo.
- ¡Guarda el libro debajo de la capa!- gruño mientras daba un fuerte tirón a la capucha ocultando aun mas el enmascarado rostro. Después, puso toda su atención en el camino que aun les quedaba por recorrer.
Avanzaban a paso lapido, pues beberían llegar a la frontera al día siguiente. Pronto dejaría de sentirse la presencia del libro en Glendalough, y los servidores del Enemigo no dudaran en emprender su búsqueda. Para entonces, éste debería estar ya de camino a Japón
Miró por el rabillo del ojo a Shunrei. La seguía de cerca y mantenía el buen ritmo sin dar muestras de cansancio. Ryoko decidió continuar la historia justo donde lo había dejado
- Los dioses de Erin se reunieron para discutir que hacer ante el problema que suponía el Enemigo. Si había atacado al Santuario, ¿Qué garantías avía que no serian ellos los siguientes? Esta tierra siempre ha sido un lugar de guerreros, bravos y fieros, pero si los mismos Caballeros de Atenea, la elite de los luchadores había sido diezmada por el poder del Enemigo, Erin no podría hacer nada. Este fue el origen de la Orden.
Volvió a quedarse en silencio, incluso de paro de golpe. Juraría que había escuchado algo que se movía entre los árboles. Hizo un gesto con la mano indicando a Shunrei que permaneciera en silencio, y durante unos minutos ambas permanecieron inmóviles. Al no percibir nada siguieron su camino.
- Cada una de las divinidades, excepto el dios Lleu, tomo a dos guerreros excepcionales que fueran de su agrado, y forjaron para ellos armaduras y armas únicas en todo Erin. Además, les dotaron de sus propias habilidades. El dios Lleu forjo, asi mismo, un grupo de armaduras para los mejores guerreros de Erin. La más esplendida y valiosa de todas era la del Rey, la que guiaría a todas las demás hacia la victoria, sin embargo…
- ¡El magnifico plan llego a los oídos de mi señor!
Ryoko se dio la vuelta y desenvaino la espada mirando desafiante a su enemigo.
- Gwireg de Mordigan…- susurró
- Me alegra comprobar que aun recuerdas mi nombre, Ryoko…- dijo el desconocido mientras sonreía y hacia una parodia de reverencia ante ambas
Shunrei no daba crédito a lo que escuchaba. ¿No era ese el nombre que se le atribuía a su maestra? ¿No era, acaso, Ryoko de Mordigan? Las armaduras eran idénticas además. Entonces recordó lo que acababa de contarle su tutora. Ambos servían a la misma diosa
- Entrégame el libro y os dejare marchar con vida- dijo Gwireg sonriente
- ¡Jamás!
Como un flecha, la Dama de Erin se abalanzo sobre el. Gwireg desenvaino su espada y paro con facilidad del golpe.
- Como prefieras.¡Tendré que quitarte el libro de sus dedos muertos!
Gwireg dio un fuerte empujón consiguiendo que ambas espadas se separaran y haciendo retrocederá Ryoko. El caballero aprovecho para intentar herirla pero, esta vez, fue el arma de ella quien detuvo el golpe.
- ¡Corre!- grito volviendo la cabeza hacia Shunrei.
Gwireg sonrió, viendo una clara oportunidad de acabar con el combate de forma rápida. La espada del hombre cortó el aire. El filo de su espada corto la piel del cuello de Ryoko
Bueno… Otro capitulo Esta vez fue un poco difícil poder narrar la historia de Erin… Y tengo una duda sobre el dios Lleu… Disculpadme las faltas y demás
Espero que sigáis leyéndolo!
