Edi, este capítulo te lo dedico a ti, por ser el primero que me dejó un review. Espero que te guste y no te parezca muy cursi. Y gracias por tu review. Xao.
Parejas: Kai/ Samantha (OC)
Takao/ Salima
Max/ Mariam
Rei/ Mao
Advertencia: AU y Lemon
"Pensamientos"
–Diálogos.
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED
–Kaily Hiwatari–
Continuación…
A la mañana siguiente, Maggie recogió a la niña y se la llevó de compras por muchas tiendas. Mientras que Kai y Sam iban dando un paseo por la zona.
–Dime Samantha. ¿Qué cosas has visto de Japón?
–Pues la verdad, nada. –Confesó con algo de vergüenza–. Apenas salía del departamento en el que estaba.
–Bueno, ¿y qué te gustaría ver o hacer hoy?
–Pues no sé –decía pensativa. "Estar contigo", pensó, ya que con su compañía le bastaba para sentirse feliz–. Lo que tú quieras. –contestó.
–Vale –se quedó pensativo unos minutos– ¿Qué te parece si vamos a ver una feria que hacen hoy en un parque? Después podríamos comer algo y después veremos qué hacer.
–Está bien. –contestó animada.
No tardaron mucho en llegar al parque que Kai le había nombrado y efectivamente, ahí se encontraba la feria. Comenzaron por mirar los puestos que había. Primero los de tiro al plato, después dos puestos de juegos para niños y por último los puestos de algodón de azúcar y chucherías.
Kai le notó cierto brillo especial en sus ojos, al ver ese puesto–. A ti te gustan las chucherías, ¿verdad? –más que una pregunta, era una afirmación.
Ella dejó de mirar todo aquello, para mirar al chico– ¿Tanto se me nota? –preguntó avergonzada.
–Sólo un poco –le sonrió al ver lo avergonzada que estaba.
–Jajaja. Bueno, lo cierto es que me encantan –reconoció–. Son mi perdición.
–¿Y cuáles son las que más te gustan?
–Los ositos de colores. Me vuelven loca y también los chupa chups. –Comentó feliz– ¿Y a ti te gustan las chucherías?
–Bueno, las únicas que me gustan son los palotes o el regaliz. Cuando compro algunas para mí, también lo hago para mi hija. Lo que me recuerda que voy a comprarle unas cuantas –decía al tiempo que se comenzaba a hurgar el bolsillo de su pantalón, para buscar su billetera. Miró al anciano del puesto y pidió dos bolsas de chucherías. Cuando la tuvo en sus manos, puso una frente a los ojos de la chica–. Toma, esto es para ti. –le anunció.
–Pero son muchas para mi sola. –reconoció, al ver el contenido, aceptando finalmente la bolsa.
El bicolor miró su reloj de pulsera, fijándose en la hora que era–. Puedo quitarte algunas si quieres, pero eso será después de que te invite a comer. Vamos. –le animó, con una sonrisa.
Caminaron hasta un restaurante que estaba muy cerca del parque. Tan pronto como se sentaron en una de las mesas libres y les sirvieron la comida que habían pedido, dos bistecs de carne con guarnición de verduras, comenzaron a hablar.
–¿Dónde naciste, Kai? –le preguntó, esperando a que el otro le respondiese, tan pronto tragase lo que tenía en la boca.
–En Rusia. Vivía allí hasta que murió mi abuelo, aunque tenía amigos aquí en Japón. Cuando regresé aquí me enamoré de mi esposa, nos casamos y tuvimos a Erika. ¿Y tú? –le preguntó, viendo cómo ella cortaba la carne con el cuchillo y el tenedor.
–Pues nací en California. Viví allí hasta los diez años. Después viajé con mi padre por Rusia, Inglaterra, España, Francia, Nueva York... Bueno, viajé por casi todo el mundo. –reconoció al pensar en ello–. Y todo iba genial.
–¿Y tu madre no iba con vosotros?
–No. Murió cuando tenía ocho años. –le explicó, llevándose un trozo de carne a la boca.
–Lo siento. –decía al tiempo que pinchaba unas verduras.
Negó con la cabeza y tan pronto tragó lo que había masticado, le contestó–. No pasa nada.
–Has dicho que todo te iba genial, ¿es que ya no es así? –preguntó curioso.
–No desde que conocí al imbécil de Mark. –confesó, un poco decaída.
–¿Mark?
–Sí, el imbécil con el que me tendría que casar, sólo por negocios, por decirlo de alguna manera. –le hizo saber, llevándose otro trozo de carne a la boca.
–Entonces, tienes novio –apreció, un poco entristecido en su interior, ya que esa chica le empezaba a gustar.
–No creo que lo que tengamos entre nosotros se le pueda llamar noviazgo. Pero, para él soy su novia, aunque él para mí no sea nada. Sólo siento un gran desprecio por lo que me hizo. –desvió la mirada un segundo, para luego regresarla al plato. No podía evitar sentirse mal en su interior cuando recordaba lo que le había pasado.
Kai soltó su tenedor de la mano y la estiró hasta coger la de la chica. Desde que había dicho la palabra "Mark", parecía muy entristecida. Tan pronto la joven sintió la mano de Kai sobre la suya, levantó la vista para mirarle a los ojos–. No sé qué te hizo, pero cuenta conmigo para lo que necesites, ¿de acuerdo?
Al ver la mirada penetrante del bicolor, no pudo evitar sonrojarse levemente–. Vale –respondió algo tímida.
–¿Tienes hermanos/as? –le preguntó, al tiempo que la soltaba de la mano.
–No, ¿y tú?
–Tampoco. ¿Cuál es tu color favorito?
–El naranja, ¿y el tuyo? –cogió un vaso que contenía agua.
–El morado y el negro.
–¿En qué trabajas? –preguntó, dándole unos tragos al vaso, para dejarlo de nuevo sobre la mesa, al tiempo que escuchaba la respuesta del más alto.
–Tengo una empresa que fabrica blades y los va distribuyendo por todo el mundo.
–¿Eres el dueño? –le preguntó un poco asombrada, cogiendo de nuevo los cubiertos para así poder continuar comiendo.
–Sí. Heredé esa empresa cuando se murió mi abuelo, ya que soy el único descendiente.–decía pinchando un trozo de carne.
–Qué casualidad. Una de las cosas que me llevaba de un sitio para otro con mi padre era el blade, pero nunca he practicado ese deporte. Mi padre lo veía muy arriesgado.
–Yo sí. Era capitán de un equipo, así conocí a mis amigos. Me encantaba jugar a ese deporte, pero al heredar le empresa tuve que dejarlo y tuve que estudiar empresariales. Y tú, ¿trabajabas o estudiabas antes de venir aquí?
–Estaba estudiando para ser profesora de guardería, pero no llegue a terminar la carrera –le informó.
–Qué pena. Estoy seguro de que hubieras sido una gran profesora. A la vista está que te gustan los niños y sabes cómo tratarlos. Además, eres muy dulce.
Sonrió avergonzada al escuchar ese cumplido–. Gracias, pero también tengo mis cambios de humor. A veces me enfado mucho, me vuelvo distante. No sé, un poco rebelde.
–Pues yo era muy rebelde cuando era joven y muy frío con los demás, pero dejé de serlo hace mucho tiempo. –le contaba.
Continuaron hablando durante bastante rato, hasta que terminaron de comer y se marcharon del restaurante. De allí, Kai la guió hasta un lago en el que había unas barcas junto a un muelle, con la excusa de que al cruzar al otro lado, habría una preciosa vista de Tokio. La ayudó a subirse a la barca de madera, de dos asientos, ya que ésta se tambaleaba debido al agua. Cuando estuvieron los dos sentados, uno frente al otro, comenzó a remar tranquilamente.
Samantha observaba los peces que estaban bajo el agua con una sonrisa en los labios. Se agachó un poco para tocar el agua con la mano. En ese instante, el cabello que estaba recogido en una cola se le hizo hacia delante. Así que se lo hizo hacia un lado, dejándole ver su cuello a Kai, quien no le quitaba la vista de encima.
–Jajaja –reía Sam sacudiéndose la mano– . Está helada –confesó, refiriéndose al agua–. No sé cómo los peces pueden sobrevivir a eso –miró a Kai y éste se sonrojó– ¿Erika a subido antes en barca?
–No. Porque ya has visto que a la primera de cambio sale corriendo y bueno, imagínate lo que pasaría.–contestó algo nervioso.
–Claro –respondió ella con una sonrisa.
Miró a su alrededor algo nervioso, viendo que la orilla ya estaba cerca–. Ya falta muy poco –soltó un remo para señalar con su dedo índice hacia el lugar–. Mira, ahí está la orilla.
Cuando llegaron a la orilla, se bajaron del bote, subiendo a otro muelle con la ayuda de unas escalerillas. Pisaron por fin tierra firme y la chica miraba a su alrededor asombrada. Estaban en mitad de la naturaleza, o esa sensación le daba al ver tanto árbol y vegetación junta. Había una colina frente a ella y no se veía en esa dirección ningún edificio, sólo un sendero que seguramente la gente al pasar tantas veces ese camino, lo había terminado formando con el tiempo.
–Este parque es precioso.–comentó.
–Pues espera a ver la vista que hay desde allí.–señaló la cima de la colina. Caminaron hasta la cima, dónde finalmente pudieron ver cómo había un mirador, que estaba bordeado por unas barandas de madera. De ese modo, evitarían los accidentes. También había unos bancos sin respaldo de piedra.
Los dos jóvenes se acercaron hasta la baranda, para apoyar sus manos en ella. La ciudad se podía ver desde ahí.
–Kai –dijo asombrada al ver esa maravillosa vista –, es tan bonito –dijo sonriendo.
Kai la miró, viéndola sonreír–. Igual que tú –anunció casi inaudible.
–¿Qué? –preguntó ella mirándole, ya que no había escuchado lo que Kai le acababa de decir.
Estaba claro que se había dejado llevar por su pensamiento y no iba a repetir lo que le había dicho, por temor a la reacción de la chica y por vergüenza. Así que decidió que lo mejor que podía hacer, era cambiar el tema–. Mira –señaló con el dedo índice un gran edificio–, esa es mi empresa–
–¿Y tu casa se ve desde aquí también? –preguntó, intentando buscar el color del edificio. Pero aquello parecía un puzzle con muchas piezas.
–Sí, es esa de allí –anunció, señalando esta vez a su casa.
–Está cerca de dónde trabajas. –apreció, al ver la distancia entre los edificios.
–Sí, a una media hora más o menos andado. Si quieres verla por dentro tengo aquí mismo las llaves. –se refería a la empresa.
–Mañana si quieres puedo ir a hacerte una visita. Hoy es tu día libre y quiero que no pienses en el trabajo –le explicó.
Sonó el móvil de Kai y lo cogió– ¿Diga? –Esperó a saber quién era para hablar–. Hola Maggie, ¿cómo se lo está pasando la niña? –Sonrió al escuchar la respuesta– ¿De verdad? No me la estarás malcriando comprando media tienda de ropa, ¿verdad? Jajaja. Bueno, lo comprobaré en cuanto llegue. ¿Y a qué hora volveréis? –tan pronto escuchó la respuesta, le contestó–. De acuerdo, adiós– colgó, mirando ahora a la joven–. Era mi suegra –le hizo saber–. Dice que volverán casi para la hora de cenar y que la niña se está divirtiendo, porque está en una piscina de bolas. –borró su sonrisa durante unos segundos–. Pero...
–¿Pero? –le animó a continuar.
–Se va a poner muy triste cuando sepa que su abuela se va mañana, es más, en cuanto vea la ropa que le ha comprado sabrá seguro que se va. Siempre hace lo mismo antes de irse.
–Pobrecita, sé cómo se siente. –dijo ella, recordando lo que era ser pequeña y estar casi siempre sola.
Kai la miró a los ojos–. Tranquila, se le pasará. Esta vez cuenta con su niñera. Eso sí, es muy cabezota cuando se enfada o se pone triste. En eso es igual a mí. –esbozó una sonrisa al reconocer que ese también era su defecto.
–¿De verdad? –preguntó interesada.
–Sí –confirmó–. En la belleza se parece mucho a su madre, pero en persistente, cabezota, perfeccionista, pensativa, ingeniosa y traviesa, es idéntica a mí. –confesó abrumado.
KAI&SAMANTHA
El atardecer ya les acechaba, así que abandonaron el mirador y cruzaron el lago para regresar. Salieron del parque por el que habían entrado. Samantha abrió su bolsa de chucherías y sacó de ella un chupa chups. Le quitó el envoltorio, y lo tiró en una papelera. Se lo metió en la boca para empezar a saborearlo. Kai llevaba un buen rato observándola disimuladamente en silencio mientras caminaban. No podía dejar de mirar sus labios y sentía envidia de que ese caramelo se pasase libremente una y otra vez por sus labios. Deseaba besarla.
Samantha se sentía observada por Kai, pero no sabía si era imaginación suya o no, ya que ella miraba hacia la dirección contraria. Giró su cabeza y miró al más alto, comprobando que efectivamente, éste le miraba.
–¿Qué pasa? –Preguntó, observando que éste la miraba fijamente– ¿Por qué me miras así? –preguntó curiosa.
–Yo –le había pillado tan de sorpresa esa pregunta, que no sabía muy bien qué contestar–, es que, verás –miró hacia el frente, como si allí tuviese la respuesta. "¿Y qué le digo yo ahora? Tengo que pensar." Miró hacia ella de nuevo–. ¿Tienes un regaliz?
–Claro –le ofreció la bolsa–, coge los que quieras –le invito, viendo que Kai así lo hacía, al coger sólo dos.
–Gracias –continuó mirándola. "Siento que esa mirada suya hará que me derrita de un momento a otro".
Ella le miraba avergonzada, ya que éste no dejaba de mirarla por algún motivo. ¿Tendría algo en la cara y Kai no sabría cómo decírselo? ¿Quizás restos de azúcar en los labios?–. Kai, ¿qué tengo? –se atrevió a preguntarle con timidez, pasando el dedo pulgar por la comisura de sus labios para quitarse cualquier resto de azúcar que pudiese tener.
–Es que –¿Ahora qué le diría? "vamos Kai, piensa." Se decía en su cabeza, intentando encontrar alguna excusa que no sonase estúpida–. Tienes un cabello precioso. ¿Nunca te lo sueltas? Lo digo, porque siempre lo llevas recogido en una coleta alta y si es así, sería una pena, ya que tienes un rizo muy definido –¿Había sonado eso tan estúpido cómo él pensaba?
–¿De verdad? –se cogió un mechón de cabello, que le descansaba sobre el pecho. Era verdad que tenía el rizo muy definido, pero ella nunca le había dado esa importancia–. Bueno, si me lo dejo suelto, pero en ocasiones que considero especiales o cuando voy a dormir.
–Ah –añadió, después de todo, no había metido la pata por poco.
La chica sintió que por alguna razón, había algo más–. ¿Seguro que era eso, Kai? –preguntó, no muy convencida de la respuesta que éste le había dado,
–Sí –afirmó, mirando ahora hacia delante.
Pasaron por una zona que estaban llenos de tiendas y después se marcharon al apartamento, ya que se estaba haciendo de noche. Cuando entraron al piso, hicieron la cena y pusieron la mesa. Fue en ese momento cuando el timbre sonó.
–¡Ya voy yo! –avisó Kai, dejando un vaso sobre la mesa. Caminó hacia la puerta y la abrió.
En la cocina, la chica estaba sumida en sus pensamientos, mientras colocaba los vasos secos, en un armario. "Estoy tan contenta. Hacía tiempo que no me divertía tanto." Suspiró con una sonrisa. "Me siento tan bien cuando estoy con él… y ese momento en la barca, parecía tan romántico. Había momentos en los que me parecía que había algo más que amistad por su parte cuando me miraba." Negó con la cabeza. "Serán cosas mías. No debo hacerme ilusiones, después de todo si no está ya con alguien es porque no ha podido olvidar a su esposa" pensaba en esto último con algo de tristeza. Kai debía de sentirse muy solo sin ella.
Por un momento, sintió cómo le daban pequeños tirones de los pantalones. Salió de sus pensamientos y se dio la vuelta, para encontrarse con la niña–. Hola –le saludó en tono cariñoso. Se agachó para estar a su altura y la pequeña le dio un abrazo que fue correspondido. Cuando rompieron el abrazo, la mayor continuó hablándole–. Te has divertido, ¿a que sí? –aseguró, al ver la sonrisa resplandeciente en la cara de la niña. La pequeña asintió a esa pregunta–. Me alegro. ¿Dónde está la abuelita? –preguntó, al no verla con ella. La pequeña la agarró de la mano y la mayor se puso de pie. La menor la guió hasta el comedor, dónde estaba su abuela–. Hola, Maggie –la saludó, al no haberla visto el día de hoy, viendo cómo la niña soltaba su mano, para quedarse de pie junto a su abuela.
–Hola, Samantha –saludó la mayor. Llevaba una bolsa en la mano, la abrió y sacó de ella un regalo–. Toma –se lo ofreció–, es de mi parte y de parte de Erika –añadió, viendo cómo ésta lo aceptaba.
–¿Para mí? –preguntó confundida. Aceptando el regalo, comenzó a abrirlo. Sacó un estuche de maquillaje, un pintalabios y un brillo labial –¡Qué bonito! ¡Me encanta! –aseguró–. ¿Pero por qué el regalo? –preguntó, mirando a ambas.
Maggie hablaría, ya que la menor no podía hacerlo–. Por ser la niñera de mi nieta y hacerla feliz.
La joven de cabello moreno sonrió–. Muchas gracias –con su mano libre, agarró la de la mayor y le dio un apretón cariñoso–. Me ha gustado mucho –se agachó para estar a la altura de la pequeña–. Muchas gracias a ti también. En cuanto tenga una ocasión especial, me lo pondré –le explicó, abrazándola con una mano y una gran sonrisa en su rostro.
KAI&SAMANTHA
Los cuatro estaban sentados a la mesa. Cenaban tranquilamente. Maggie se había sentado junto a Kai, enfrente de éste se encontraba Sam y a su lado la niña. El bicolor observaba a su hija, ya que su cara reflejaba cada vez más tristeza y apenas le hacía caso a la comida.
Su abuela también se dio cuenta de esto y decidió preguntarle–. Erika, ¿no vas a cenar más? –La menor negó con la cabeza–. ¿Te duele algo? –la pequeña asintió. Preocupada, decidió preguntarle, bajo la atenta mirada de los demás, aunque Kai ya sabía muy bien el porqué estaba así–. ¿Qué te duele? –Erika se llevó la mano al corazón, se puso y de pie y salió corriendo, seguramente hacia su habitación–. Ojalá pudiera quedarme más tiempo. Me duele mucho separarme de ella.
Kai la miró con compresión, después de todo, era su única nieta y era el vivo reflejo de su hija–. Ya sabes que siempre actúa así cuando vas a marcharte. Le duelen las despedidas, pero con el tiempo se le va pasando –decía para reconfortar de alguna forma a su suegra y que no se fuese con preocupación.
–Me gustaría que se despidiera de mí con una gran sonrisa. No llorando como lo hace siempre, así no me partiría tanto el corazón por dejarla.
Samantha escuchaba lo dicho por la mayor. Para ambas era realmente doloroso despedirse. Quizás ella podría ayudar a la niña para que su despedida fuese más llevadera. Se puso de pie–. Ahora vuelvo –avisó. Caminó hacia la habitación de la niña y tocó la puerta antes de entrar. La pequeña lloraba desconsoladamente sentada sobre su cama–. Erika, no llores –le pidió con tacto, sentándose a su lado. Cuando lo hizo, la niña se abrazó a ella buscando consuelo. La mayor le pasó la mano por la espalda y dio en ella suave caricias, mientras la escuchaba sollozar–. Sé que éstas muy triste porque la abuela se va, pero ya verás como vuelve a venir a visitarte pronto. –Sólo escuchaba a la menor sorber el moquillo–. Si la abuela te ve así, se pondrá triste –aseguró–. Porque pensará que estás enfadada con ella. –la niña reaccionó ante esas palabras, y apartándose un poco de la mayor, la miró. Samantha le limpió las lágrimas, mirándola con comprensión–. Si sigues llorando, papá también se pondrá triste, porque quiere ver a su princesita reír. ¿Quieres a papá y a la abuela? –la menor asintió–. Pues entonces no debes llorar, ¿sabes lo que tienes que hacer? –Preguntó, viendo cómo la niña negaba con la cabeza–. Tienes que darle un gran beso y un gran abrazo a la abuela cuando la vayas a despedir. Como este –la abrazó y le dio un gran beso–. Ya verás cómo la abuela sonríe y se pone contenta. –Se separó un poco de ella para poder mirarla mejor–. Venga, vamos a comprobarlo –se puso de pie, y vio cómo la menor asintió, a la vez que la cogía de la mano y se ponía también en pie. Caminaron hasta el comedor, encontrándose con los dos adultos–. Ya estamos aquí. –les avisó, sacando tanto a Kai como a Maggie de la conversación que tenían.
Maggie se puso de pie–. Bueno, creo que ya es hora de que me vaya –abrazó a Kai en forma de despedida, siendo correspondida–. Cuídate mucho –le pidió–. Y cualquier problema que tengas, me llamas.
–Sabes que lo haré –comentó, sintiendo cómo la mayor rompía el abrazo.
Maggie caminó hasta su nieta y se agachó para estar a su altura, con una sonrisa. Se sorprendió cuando la vio con una gran sonrisa en el rostro. La niña abrazó a su abuela y le dio un beso sonoro en la mejilla. La mayor estaba feliz de no ver a su nieta triste como otras veces. Le correspondió el beso y el abrazo– ¿Vas a cuidar de papá y a ser una buena niña? –le preguntó, separándola un poco para mirarla y ver cómo ésta asentía con la cabeza. Por último, se puso de pie y abrazó a la joven.
–Muchas gracias por el regalo –comentó Sam, correspondiéndole el abrazo.
–Gracias a ti. Por primera vez me voy a ir tranquila y muy contenta –sonrió–. Cuida de los dos.–le pidió, rompiendo el abrazo.
Samantha al escuchar esas palabras, miró a Kai y viceversa. Ambos se sonrojaron levemente y se esquivaron la mirada con disimulo–. Lo haré, tranquila. Que tengas un viaje –le deseó.
–Gracias. En cuanto llegue, llamaré –les hizo saber a todos. Caminó hasta la puerta principal de la casa y la abrió, siendo seguida por todos–. Adiós.
–Adiós –respondieron los dos adultos al unísono, mientras que Erika la despedía con la mano. Tras esto, la mujer finalmente se fue, cerrando la puerta al salir.
Kai se agachó, poniéndose frente a la niña–. Dame tu beso de buenas noches y vete a dormir. Ya es muy tarde –reconoció. La pequeña le hizo caso y después de darle el beso de buenas noches a su padre, cogió la mano de Sam.
–Vamos –le animó la mayor, para entrar en el cuarto de la niña. Cuando le puso el pijama y estaba metida en la cama, le dio un beso de buenas noches y la pequeña no tardó en quedarse dormida. Salió de la habitación, cerrando con todo el sigilo que pudo, la puerta. Desde el pasillo, vio la luz del comedor encendida, así que caminó hasta allí. Encontró a Kai frente al sofá, sacando toda la ropa que Maggie le había comprado a la menor.
Al percatarse de una presencia, Kai miró hacia su derecha, encontrándose con Sam– ¿Ya se ha dormido?
–Sí. ¿Le ha comprado todo eso? –preguntó, refiriéndose a la ropa. Estaba asombrada de ver tanta. Caminó hasta quedarse junto a Kai, sin dejar de mirar hacia el sofá.
–Jajaja. Sí, ya te dije que compraría media tienda. Por cierto, ¿qué has hecho para convencerla? –preguntó curioso.
Miró a Kai–. Decirle que los dos os pondríais tristes si ella lloraba, porque pensaríais que estaba enfadada con vosotros y querías ver a tu princesita reír. –le explicó–. Por cierto, Kai.
–Dime –dejó de hacer lo que hacía, para concentrar su atención en la joven.
–Muchas gracias por lo de hoy. Me he divertido mucho. No te imaginas cuanto tiempo hacía que no me lo pasaba tan bien –aclaró con una sonrisa.
Sonrió al escuchar eso–. Yo también me lo he pasado bien –aseguró–. Si quieres el próximo domingo, sino tienes nada que hacer, podríamos volver a salir.
–Claro, me encantaría –armándose de valor, acortó la distancia entre ella y Kai, para darle un dulce y tímido beso en la mejilla–. Buenas noches, Kai.
Éste se sonrojó por lo ocurrido, viendo cómo ésta se dio la vuelta para empezar a caminar, seguramente hacia su habitación–. Sí. Bu… buenas noches, Samantha –contestó algo nervioso. "Esta noche, dormiré como un bebé", pensó, tocándose la mejilla con una sonrisa.
Continuará...
KAI&SAMANTHA
Espero que los que leáis este fic, os guste. Por favor, si entráis y lo leéis, no olvidéis dejar vuestra opinión. Cuidaos mucho, xao.
