Parejas: Kai/ Samantha (OC)

Takao/ Salima

Max/ Mariam

Rei/ Mao

Advertencia: AU y Lemon

"Pensamientos"

–Diálogos.

Dedicado a Marian Tao d Hiwatari.

ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

–Kaily Hiwatari–

Continuación…

Al domingo siguiente, decidieron ir los tres de picnic, a un parque natural que estaba lejos de casa. Comieron el almuerzo que habían preparado y metido en una cesta, sentados en el suelo. Habían extendido sobre la yerba verde un mantel, para poner encima los utensilios de la mesa y la comida. Después de recoger aquello, Kai y su hija jugaban con la pelota, mientras Samantha los observaba desde la distancia.

–¡Vamos Erika, coge el balón! –le animó su padre, lanzándole el balón con las manos, desde una distancia normal. Ella lo cogió con una sonrisa y miró a su padre, esperando su respuesta– ¡Bien, pásamelo! –le indicó, viendo cómo pronto lo recibía de nuevo. De repente, a Kai le vino una idea a la cabeza– ¡Erika, ven! –le pidió, a la vez que se agachaba, viendo cómo su hija se acercaba hasta él. Aprovechó su cercanía y le susurró algo al oído. Viendo la sonrisa de la niña, la cogió de la mano que tenía libre y se puso de pie–. Vamos.

Samantha observó todo desde la distancia, pero no sabía que le habría susurrado el padre a la hija. Únicamente los veía caminar hacia ella a ambos, con una sonrisa y miradas cómplices. Por algún motivo, ahora no dejaban de mirarla a ella.

–¿Qué pasa? –Preguntó al ser el centro de atención– ¿Por qué me miráis así? –preguntó interesada, fijándose en que Kai la rodea, pasando de largo de ella y la niña se paraba justo enfrente.

El bicolor se arrodilló en el suelo y cogió a Samantha de las muñecas con cuidado de no hacerle daño. Se las levantó, para poder adoptar una postura más cómoda– ¿preparada? –le preguntó a su niña, viendo cómo ésta asentía. La pequeña acortó la distancia entre ella y la mayor y comenzó a hacerle cosquillas en la barriga.

–Jajaja. No hagas eso –le pidió. Con las manos agarradas, no podía quitar a la pequeña de encima y no sabía cómo ponerse para que esa sensación cesara–. ¡No, jajaja! ¡Me haces muchas cosquillas! –Refirió entre risas, sintiendo que unas lágrimas querían salir de sus ojos por tanto esfuerzo al reír–. ¡Me voy a morir de la risa! ¡Kai, ayúdame!

–Jajaja, ¿bromeas? Yo la estoy ayudando –confesó, riendo también por ver a la otra reír de esa forma.

–¡Erika, para! ¡Jajaja, por favor! ¡Si le haces cosquillas a papá, te doy una bolsa de chucherías! –refirió entre risas. La niña dejó inmediatamente a la joven y la rodeó, para hacerle cosquillas a su padre.

Al ver a la pequeña caminar hacia él, soltó a Samantha–. No –intentó apartarse, pero no le dio tiempo, cuando ya la sintió encima– ¡No! ¡Jajaja! ¡A mí no! –pidió, a la vez que contraatacó de la misma forma a su hija, esta vez, uniéndose Samantha.

La risa de la niña era muy aguda, mientras negaba con la cabeza. Los mayores se reían de verla reír. En un descuido de ambos, Erika se deslizó hacia un lado, cayendo al suelo y Samantha que estaba levemente agachada, cayó sobre Kai, haciendo que éste también cayera.

Se miraron a los ojos y sus risas se fueron cortando al perderse en la mirada del otro. Kai acercó su mano hasta la mejilla de la chica y le secó las lágrimas que había dejando caer momentos antes. La concentración de ambos, ahora pasó a los labios. En silencio acortaron la distancia entre ellos y cuando estaban a punto de rozar sus labios, escucharon la sonora risa de la niña.

La chica se puso de pie con algo de rapidez al recordar que la niña estaba ahí y su posición había sido un tanto embarazosa–. Lo siento. Me he resbalado –se disculpó con un sonrojo bastante notorio en sus mejillas.

El bicolor se incorporó también–. No pasa nada –le restó importancia. Ambos miraron a la niña, la cual al parecer no se había dado cuenta de nada. Lo que no sabían es que en ese momento, alguien los observaba desde la distancia con rabia. El móvil de Kai sonó. Así que se lo sacó del bolsillo trasero de su pantalón y se dispuso a contestar.

–¿Sí? Hola, Salima. ¿Cómo estás? –se retiró de allí para hablar con más intimidad, dejando a Samantha desconcertada.

La joven se fijó en que la niña todavía estaba tumbada en el césped, mirando hacia el cielo. Ella decidió imitarla–. Erika, ¿me prometes que no te vas a dormir? –preguntó mirándola. La otra asintió. No pasó ni un minuto, cuando Sam sintió cómo la pequeña se acurrucaba a su lado y apoyaba su cabecita sobre su pecho. La mayor sonrió y la abrazó, dándole suaves caricias en la cabeza–. Cielo, así te vas a dormir –aseguró, viéndola negar–. ¿No quieres jugar? –Preguntó, viendo otra negación–. ¿Quieres pasear? –la respuesta volvió a ser la misma–. ¿Quieres hacer algo? –preguntó, pero no la hacía cambiar de opinión. Sonrió– ¿Estás cómoda? –Por primera vez la vio asentir con su cabeza–. ¿Y no te quieres quitar? –Recibió otra respuesta negativa–. Pues entonces quédate así, pero no vale dormirse, ¿vale? –le indicaba, como si se tratara de un juego.

Pasaron unos quince minutos y Kai regresó junto a ellas, fijándose bien en la escena que tenía frente a sus ojos. La niña dormía plácidamente entre los brazos de Samantha, mientras ésta miraba hacia el cielo y le acariciaba a la menor la cabeza–. Creo que se ha dormido –le advirtió, haciendo que la mayor le mirase.

–Le he dicho que no lo hiciera, pero es sólo una niña.

–Pues si queremos ver los patos y columpiarla, tenemos que irnos –le hizo saber.

–Claro –contestó–, Erika, despierta. –le llamaba suavemente, dándole unos toquecitos en la espalda con la mano.

El bicolor se agachó y llevó su mano hasta la espalda de su hija para moverla suavemente–. Princesa. Tiene el sueño pesado –aclaró, al recordarlo.

–Erika –volvió a llamarla y ésta se abrazó más fuerte.

–Creo que está a gusto tal y como está –de la forma que pudo, la cogió en brazos–. Venga, despierta –la animó, dándole unos golpes en el trasero. La pequeña abrió los ojos y se restregó los ojos–. Mira cómo te has puesto de hierba –anunció, quitándosela del cabello, viendo cómo Samantha se la quitaba de la espalda. Kai dejó a la pequeña en el suelo y le sacudió un poco la ropa por delante–. Venga, vamos a ver los patos.

Estuvieron viendo los patos, mientras le echaban trozos pequeños de pan. Después jugaron un poco los tres y volvieron a comer algo, hasta que se marcharon al apartamento.

KAI&SAMANTHA

Después de cenar, los dos estaban sentados a la mesa, uno frente al otro hablando. La niña se había ido a la cama, ya que era algo tarde para ella.

–Oye, eso ha sido chantaje –dijo Kai.

–¿El qué? –preguntó confundida.

–Lo de la bolsa de chuches. –le acusó, al recordar cómo Sam había vuelto a su hija en su contra con ese juego de las cosquillas.

–Fue lo único que se me ocurrió en ese momento y bueno, sólo es una niña. Así que es fácil de convencer. Es que me estaba haciendo muchas cosquillas. ¿Te has enfadado?

–No, además el resultado ha sido bastante bueno. "Casi te beso, eso me hubiese encantado", pensaba esto último el bicolor.

–¿Qué resultado? –preguntó ella desconcertada.

–Pues... –intentó buscar rápidamente una respuesta que no fuese la que había pensando–. Mi hija se rió a carcajadas. "Viva, soy un cobarde".

–Sí, es verdad. Oye, Kai.

–Dime.

–¿Quién es la que te llamó al móvil? –se atrevió a preguntar.

–¿Salima? –ella asintió al recordar ese nombre– ¿Qué piensas que es?

–No lo sé, por eso te pregunto. Pero si no me lo puedes decir por algún motivo, da igual. –le intentó restar importancia, como si no le importase de verdad esa respuesta, aunque era todo lo contrario.

–Te vuelvo a repetir. ¿Qué piensas que es? –volvió a atreverse a preguntar, al notar a la chica un poco impaciente por saber el resultado de aquella respuesta que necesitaba.

–Pues no sé –pensó en muchas posibilidades–. Una prima, una amiga, una… –por algún motivo, no podía continuar con la otra opción que tenía en su cabeza–. Una... –intentó volver a decir, pero sin mucho éxito, al no poder terminar la frase.

–¿Novia? –finalizó éste.

–Sí.

No tuvo más remedio que echarse a reír, al pensar en un noviazgo con la chica que le había llamado. Sam no podía estar más equivocada–. Jajaja.

–¿De qué te ríes? –preguntó enarcando una ceja.

–No... Jajaja. Es sólo una amiga. Me llamó porque quiere que vaya a su boda –le anunció.

–Ah –añadió con algo de torpeza. "Qué tonta".

–¿Por qué pensabas eso?

–Porque te viste muy feliz cuando te llamó.

–No sé qué reflejaría mi cara en esos momentos, aunque he de confesarte que estoy enamorado de una chica. Pero todavía no se lo he dicho, porque me da miedo su rechazo–. Sonó el móvil y Kai no dudó en cogerlo y en saber quien lo llamaba–. Dime Takao... pues espera un segundo. Samantha–. Puso la mano en el teléfono para evitar que los escuchasen.

–¿Qué?

–¿Te gustaría venir conmigo a la boda?

–Pero... pero yo no conozco a nadie y... –decía nerviosa al pensar en esa posibilidad.

–Si tú no vas, yo tampoco. –susurró.

–¿¡Qué!? Pero... –antes de poder terminar la frase con alguna excusa, el bicolor se adelantó a hablarle.

–Me gustaría que vinieras, por favor. –le pidió en el mismo tono de antes.

–Bueno, si a ellos no les molesta puede que…–intentaba explicarle, cuando el más alto se puso de nuevo el móvil a la oreja.

–Takao, ¿os molestaría si llevará a una amiga a la boda? –Miró a Sam para darle una respuesta–. Dice que no le molesta. Todo lo contrario, les gustarían conocerte. –hizo referencia a la pareja.

Sonrió–. Pues, dile que sí. –contestó más convencida.

–Cuenta con nosotros, Takao –se dirigió de nuevo a su amigo–. Sí, Erika también. Dale recuerdos a todos... sí, adiós. –colgó.

–Kai, si voy a ir me gustaría que me contases algo sobre ellos. –pidió, al menos pedía eso a cambio. Todavía le parecía bastante embarazoso ir a una boda, siendo una total desconocida. Aunque finalmente se había dejado arrastrar por Kai.

–Claro. –Contestó con una sonrisa–. Espera, voy a por unas fotos. –le indicó, poniéndose en pie.

KAI&SAMANTHA

Kai le estuvo explicando todo lo referente a sus amigos, a la vez que se los mostraba mediante fotografías para que se fuera familiarizando de alguna forma con ellos. Algunas fotos eran de cuando eran un equipo de beyblade y otras de cuando cada uno había seguido sus caminos y salían con parejas.

–Mira, estos son los que se van a casar –le indicó, poniendo el dedo sobre la foto. Una chica pelirroja, con cabello largo, ojos color negro, alta y de buen ver, estaba abrazada a un joven de cabellos azules, piel morena y ojos marrones. Sonreían en la foto y se notaban que estaban muy enamorados.

–Hacen una bonita pareja. –reconoció ella, mirando las fotos con una sonrisa.

Kai ahora pasó a otra foto, señalando de nuevo con su dedo. –Este es Max –el chico era rubio, piel clara, pecosito y de ojos azules– y su esposa, Mariam –la chica tenía el cabello azul, los ojos verdes y la piel clara como su esposo. Cogió otra foto–. Este es su hijo. Tiene ocho años. Se llama Max, como su padre –sacó otra foto–. Esta es Mao y su esposo...

–Rei. –comentó, aumentando su sonrisa, al ver a un chico de cabello negro corto, ojos color miel, alto y piel morena, junto a un chica con la piel y ojos del mismo color, salvo por su cabello que era rosa.

–¿Lo conoces? –preguntó mirándola.

–Sí, era amigo mío y de mi padre. –Decía mirándole, a la vez que recordaba aquellos tiempos– ¿Cuándo se casó?

–Pues hace un año más o menos. Tienen una niña de seis meses, se llama Alison– cogió la foto –es ésta. –la niña se parecía bastante a la madre.

–Oh, es preciosa. Mira que ojitos tiene. Dan ganas de comérsela. –decía emocinada.

–¿Sí? Pues espera a ver a Erika –le enseñó una, en la que estaba su mujer y su hija.

–Oh, qué rica. Qué monada –reparó en la cuenta de la mujer que tenía cogida a la niña– ¿Ella era tu esposa? –preguntó refiriéndose a la chica rubia de ojos verdes que tenía al bebé en brazos. Kai asintió–. Era muy guapa, Erika se parece mucho a ella. ¿Cómo se llamaba? –preguntó mirándole.

–Sandra. –contestó mirándola.

–Debiste de quererla mucho.

–Sí, la quise con todo mi corazón. –Reconoció un poco nostálgico–. Le prometí que jamás la olvidaría y así lo he hecho. Minutos antes de morirse, me hizo prometerle que algún día me volvería a enamorar de alguien, ser feliz de nuevo y que cuidaría de nuestra hija. Bueno, me ha costado dos años enamorarme. Aunque siempre se me han insinuado muchas mujeres, pero no las veía como futuras madres para mi hija. Hasta que conocí a la chica que me ha robado el corazón. –confesó.

–¿Ella te parece una candidata perfecta?

–No es que me lo parezca, es que es la mujer perfecta–. Dijo Kai con una sonrisa.

–Me dan ganas de conocerla. –confesó–. Es más, estoy deseando.

–Pues estará en la boda. –aclaró, sin dejar de mirarla.

–¿Me la presentarás? –pregunto emocionada.

–Claro y muy pronto le diré lo que siento. ¿Y tú? ¿Estás enamorada? –se atrevió a preguntarle.

–Sí –confesó–, pero lo mío es diferente. –añadió, desviando un momento la vista hacia esas fotos.

–¿Por qué? ¿Lo dices por el imbécil ese? –hizo referencia a Mark.

–Sí. No me dejará nunca tranquila. Para él no tengo derecho a nada y ese nada incluye enamorarse y menos si no es de él. Si pudiera dar marcha atrás, jamás hubiera entrado al despacho de mi padre. –decía, volviéndole a mirar.

–¿Fue ahí donde le conociste? –preguntó interesado.

–No. Ya lo conocía de antes, pero hay empezó todo.

–¿Pero si no lo amas, porque te vas a casar con él?

–Porque chantajeo a mi padre. Verás mi padre trabaja en la BBA. Todos están obligados a pagar los impuestos y los gastos que surjan cuando se rompe un bladestadium, los cristales de las ventanas, el suelo... en fin los desastres que se causan durante una batalla de blade. Mark además de ir al instituto en el que yo estaba, es el jefe de la compañía de la BBA. En el instituto no había chica que no se rindiera a sus pies, claro, todas excepto yo. –reconoció–. Supongo que se encaprichó conmigo y cuando se enteró de quien era mi padre, comenzó a subirle descabelladamente el alquiler. Tanto que le exigía cada vez más y más. –le explicaba–. El sueldo de mi padre no era ni la décima parte de lo que pedía. Así que se quedó endeudado. Mark me dijo que sólo le quitaría la deuda a mi padre, si yo aceptaba casarme con él. De lo contrario subiría más la deuda, lo denunciaría a la policía y lo meterían en la cárcel. No tuve más remedio que aceptar, pero... –guardó silencio al no saber si debía de contar esa parte vergonzosa de la historia.

–¿Pero? –le animó a continuar.

Se sonrojó al pensar en las palabras que diría–. A cambio le dije que nunca me entregaría a él y no dejaría que me tocase. Él me dijo que tendría que hacerlo en la noche de bodas.

–¿Qué fecha elegisteis para la boda? –quiso averiguar.

–Dentro de cuatro meses, el 29 de mayo. –Le hizo saber para que viera que la fecha estaba cera–. Por eso necesito irme de aquí. No creo que tarde mucho en encontrarme y volverá a hacerme la vida imposible.

–¿Y cómo es él? –le preguntó Kai.

–Arrogante, presumido, creído, engreído, machista, mujeriego, imbécil, estúpido… –decidió detenerse ahí– ¿Sabes? Podría seguir insultándolo toda la noche, pero ya es muy tarde y mejor me voy a la cama –se levantó–. Hasta mañana y gracias por lo de hoy.

Kai también se puso en pie–. Ha sido un placer, hasta mañana –ella caminó lentamente hacia su habitación y Kai se entristeció. "Hoy no me ha dado su beso de buenas noches", pensaba al tiempo, que vio a Samantha darse media vuelta en el trayecto, para finalmente acercarse hasta él y darle un beso en la mejilla.

–Buenas noches. –repitió ésta con una sonrisa.

–Buenas noches –respondió Kai con una sonrisa más que amplia.

Samantha se fue a su cuarto a acostarse, pero no podía dormir recordando lo que ese día sucedió en la BBA.

Flash back

Una empleada de la agencia estaba revisando unos informes en su mesa, cuando escuchó unos pasos que se acercaba a la mesa. Levantó la vista de los documentos, para ver de qué persona se trataba, viendo que era su jefe.

–Leticia, voy a estar en una reunión. –avisaba un hombre de mediana edad, pasando por el lado de su secretaria.

–De acuerdo señor D. –contestó la secretaria, viendo cómo su jefe se metía en su despacho, cerrando la puerta a su paso, para evitar que lo molestasen.

El despacho no era muy grande. Contaba de un escritorio con sus respectivos asientos, un ordenador y algunas plumas para escribir. Había bastantes estanterías a lo largo de la habitación, con bastantes libros. Dos sofás uno frente al otro con una mesita de cristal de por medio. Alguna que otra maceta y una gran ventana, tapada por las esquinas por las cortinas.

El recién llegado, tomó asiento en un sofá, para recibir a quien le visitaba, que estaba esperándolo justo enfrente, sentado en el otro sofá–. Bien, dime, ¿en qué puedo ayudarte? –le preguntaba al dueño de todo aquello, viendo tras él a dos guardaespaldas.

Era un chico alto, de cabello corto y negro. Sus ojos eran de color verdes y su piel un poco morena. Vestía en aquellos momentos con ropa informal.

–Iré al grano. –comentó, para no perder mucho tiempo–. Tiene que pagarme más de lo acordado, ya que en los últimos meses ha habido bastantes destrozos y... –continuó Mark, siendo interrumpido por la entrada de Samantha al despacho.

–Ups –añadió la chica, al darse cuenta que su padre no estaba solo como esperaba–. Papá siento la interrupción. –se disculpó–. Ya me voy, no sabía que tenías una reunión. –aclaró, con algo de prisa, al ver de quién se trataba aquella visita.

–¿Ya te vas preciosa? –Preguntó Mark con cierto interés– ¿Por qué no te quedas? –la invitó.

–¿Por qué no me olvidas? –se atrevió a preguntarle, hastiada–. Ya es bastante tener que soportarte en el instituto –aclaró ella con cierta molestia.

–Quédate, te interesa. –le invitó el joven.

–No me interesa nada que tenga que ver contigo. –continuó.

–Sal conmigo. –le pidió con rapidez, aunque más que pedir, era una orden.

–No. Te lo he dicho un millón de veces. –ese era el motivo de su enfado.

–Dejadnos solos –pidió Mark mirando a sus guardaespaldas, para regresar su vista al padre de Samantha–. Usted también –anunció, refiriéndose al padre de la chica. El anciano no tuvo más remedio que hacerlo, ya que los guardaespaldas lo cogieron de ambos brazos y lo sacaron de allí sin hacer mucho escándalo.

–¿Qué es lo que quieres?– le preguntó Samantha.

–Tranquila gatita. Sólo quiero advertirte– decía mirándola de arriba abajo.

–¿De qué? –preguntó, cruzándose de brazos.

–¿Sabes? Estás muy sexy con ese vestido. –La joven llevaba un vestido azul de mangas, ceñido a su cuerpo y que le llegaba más arriba de las rodillas, junto con unos zapatos del mismo color. Tenía el cabello semirecogido y un poco de brillo en sus labios.

– Muérete –le pidió con enfado.

–Cálmate, sólo digo lo que veo. –añadió Mark con una sonrisa pícara.

–¿Eso te funciona todas las noches con tus amantes? –decía, ya que en el instituto no paraba de alardear con quien se había acostado o con quien salía–. Pues conmigo eso no funciona. Si no tienes nada más que decirme, me voy. –dio por finalizada la conversación, dándose la vuelta, dispuesta a marcharse de ahí.

–No, espera –le pidió, poniéndose en pie–. Sabes que tu padre me debe mucho dinero. –se puso algo serio.

Ella se dio la vuelta para encararlo– ¿Y cómo no te va deber? Si cada mes le has ido subiendo más el precio y sólo a él. –le informó, para que viera que estaba pendiente de ese detalle.

–Verás, lo olvido todo si tú... –alargó la frase.

–Ol–vi–da–lo. –anunció con lentitud, para ver si se le metía eso es la cabeza. No quería estar involucrada en algo con él.

–Pues qué pena por él. Espero que le sirvan bien de comer en la cárcel. Porque pienso mandarlo allí. –aclaró.

–¿Qué? –preguntó sorprendida. Pensaría que se trataría de una broma, de no ser porque el otro estaba totalmente serio. No podía permitir que su padre fuera a la cárcel. No era justo que fuese allí, después de todo Mark estaba jugando sucio. Pero sabía que si daba la orden de que así fuera, su padre terminaría allí. Tendría que aguantarse su orgullo y hacer de tripas corazón por lo que iba a decir, pero era la única solución que encontraba ahora mismo– ¿Qué pides a cambio? –se atrevió a decir.

–Casarme contigo.

–¿¡Qué!? –atinó a decir. ¿No podía pedirle otra cosa? No lo amaba después de todo y se vería obligada a hacer eso si no encontraba otra solución– ¿Y si te paga?

–No creo que tenga veinticinco millones en su bolsillo. ¿Es que quieres verlo en la cárcel? –refirió al notar que parecía reacia todavía a aceptar la oferta que le había hecho. Ella se quedó callada sin saber qué debía hacer–. Muy bien –sacó su móvil del bolsillo trasero de su pantalón y marcó un número– ¿Policía? Sí, quisiera hacer una denuncia –decía al tiempo que vio reaccionar a la chica que estaba ahí parada en silencio.

–Espera –le pidió. Él colgó la llamada sin previo aviso– ¿Prometes quitarle la deuda, si me caso contigo? –él asintió–. Acepto –contestó Samantha, un poco triste ya que lo que iba a hacer no le gustaba en absoluto.

–Tú y yo lo vamos a pasar muy bien en la cama–. Fue acercándose, para tocarle la mejilla y ella retrocedió sus pasos hacia atrás.

–Que acepte casarme contigo, no significa que deje que me toques o me lleves a la cama. ¿Entendido? –le dejó claro.

–No estás en posición de negociar, bombón. –le recordó con cierto orgullo por tener el control de la situación.

–¿Por qué me haces esto? –Quiso saber–. Tienes a más de cincuenta chicas babeando por ti en el instituto. Todas harían lo que le pidieras. –le aseguró.

–Sí, pero te quiero a ti. Me gustan las chicas con carácter. –reconoció–. Tú eres diferente a todas ellas. Por cierto despídete de tu padre, nos iremos mañana por la tarde a Francia. –le informó–. Haz tus maletas. Nos casaremos dentro de un año, el 29 de mayo. Y esa noche te entregarás a mí, si no quieres que aumente treinta millones más a la deuda.

Samantha agachó la cabeza. También la obligaría a estar lejos de su padre. No estaba en posición de discutir o empeoraría más las cosas– ¿Cuándo regresaremos?

–Puede que dentro de nueve años o quizás nunca. Tengo una agenda muy apretada.

A ella se le escapó una lágrima al pensar en la posibilidad de que nunca volvería a ver a su padre y que su vida sería un infierno. Mark la cogió del mentón para que le mirase–. No llores, no es para tanto. –le restó importancia.

Sam le apartó la mano con un manotazo– ¡No me toques! –Intentó serenarse de alguna forma–. Como puedes decir que no es para tanto, cuando me estás chantajeando. Me obligas a casarme contigo cuando te desprecio. Y no voy a volver a ver a mi padre, que es la única persona que tengo en este mundo a la que quiero.

–Se te ha olvidado el otro detalle, cariño –comentó con una sonrisa de triunfo, refiriéndose a que por fin la haría suya.

–¡Te odio! –le gritó, sin poder contenerse por más tiempo. Se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, cerrándola con un sonoro portazo.

Fin Flash Back

Permanecía tumbada en la cama con la luz apagada desde hacía bastante rato, pero no conseguía conciliar el sueño al recordar el pasado.

Abrieron la puerta de su habitación y Sam se incorporó en la cama al ver la rendija de luz reflejada en el suelo, para ver quién era a esas horas de la noche. Vio que se trataba de Erika –¿Qué pasa, cielo? –Susurró– ¿Te duele algo? –ella negó, poniéndose al lado de la cama– ¿Has tenido una pesadilla? –asintió–. Ven aquí –le pidió, retirándose las sábanas de la cama hacia atrás, invitando a la niña a entrar– ¿Quieres dormir conmigo? –ella asintió–. Métete en la cama –se metió en la cama y se acomodó, abrazando a Samantha–. Buenas noches, Erika –le dio un beso y las dos se quedaron dormidas al poco rato.

KAI&SAMANTHA

A la mañana siguiente, Kai se levantó de la cama para irse a trabajar. Se duchó, se vistió, se peinó y se cepilló los dientes. Únicamente le quedaba entrar a la habitación de su hija, para darle un beso antes de marcharse como era su costumbre. Pero al abrir la puerta, se dio cuenta de que la pequeña no estaba en la cama como había pensado.

Alertado por aquello, miró en la cocina, la terraza, su habitación y el comedor. Estaba claro que en el cuarto de baño no estaba, porque él había salido de allí. Solamente le quedaba una habitación por verificar y esa era de Sam. Empezó a abrir la puerta con sigilo, aunque sabía que era descortés entrar sin más en la habitación de otro y más si era una chica.

Tenía la esperanza de que la joven durmiese todavía. Se sorprendió cuando abrió totalmente la puerta y encontró en esa oscuridad a las dos durmiendo en la cama. Erika cambió su postura bajo los brazos de Samantha. Parecían dos ángeles con esas facciones tan relajadas.

Con pasos muy lentos y silenciosos, se acercó hasta la pequeña y le dio un beso en la frente. Miró a Samantha sin poder evitarlo. Era hermosa. Su cabello estaba suelto y sus labios entreabiertos. Deseaba tocarla y besarla, ¿pero y si la besaba y se despertaba? Podría odiarle por eso. Quería mantener la calma, aunque su cabeza pensaba otra cosa.

"Kai, está dormida profundamente. ¿Crees que se daría cuenta si la besas ahora?" desvió la mirada unos segundos al tener esos pensamientos, para volver a mirar a la chica. "Necesito probar esos labios", reconoció, ya que bastante se aguantaba todo el día esa necesidad que cada día se hacía más grande. "¡Maldita conciencia! Sólo será uno"

Se acercó lentamente hacia ella, manteniéndose alerta por si despertaba. Sus labios estaban a escasos centímetros de los contrarios y se sintió nervioso por si algo salía mal. Finalmente, juntó sus labios en un suave roce. Se apartó con rapidez, por temor a que como sospechaba, despertase. Pero no había sido así. Ella seguía dormida. Quizá el roce había sido tan rápido e insignificante, que ni siquiera lo notó.

Pensaba en ello cuando la vio sonreír fugazmente. Quizá su subconsciente si había notado algo. "¿Le habrá gustado?", se preguntó y negó con la cabeza. "Ni siquiera lo habrá notado. Además, ni siquiera ha sido un beso en condiciones", le surgió otra duda más. "Entonces, ¿qué sueña?

La joven hizo un ruido al cambiar de postura, como si le costase trabajo hacerlo–. Kai –susurró, quedándose finalmente boca arriba.

Kai sonrió. "Al menos sueña conmigo". Miró su reloj de pulsera y vio la hora que era. "Llegaré tarde sino me voy ahora", pensaba al tiempo que echaba un último vistazo a ambas y salía de la habitación con el mismo sigilo con el que entró.

KAI&SAMANTHA

Cuando Kai regresó de trabajar, entró al apartamento– ¡Ya he vuelto! –anunció, cerrando la puerta tras de sí. La niña no tardó en ir a su encuentro. El mayor se agachó para estar a su altura–. Hola, cariño –la saludó, cogiéndola en brazos–. ¿Cómo te lo has pasado hoy? –preguntó, fijándose en la sonrisa de la niña. La pequeña levantó la mano y le indicó con el puño cerrado y el dedo pulgar mirando hacia arriba, que se lo había pasado bien–. Eso me gusta. –Dejó a la pequeña en el suelo– ¿Dónde está Samantha? –La pequeña señaló hacia la cocina–. Vale, vamos –le agarró la mano y caminó hacia la cocina–. Hola –saludó.

Samantha se había estado tocando los labios, perdida en sus pensamientos. Ni siquiera se había enterado de que Kai hubiese llegado a casa y sabía que su costumbre, era avisar cuando llegaba. Estaba segura de que lo había hecho, pero seguramente, estaba tan sumergida en sus pensamientos que ni cuenta se había dado.

Dejó de tocarse los labios y se dio la vuelta, ya que le daba la espalda–. Hola, ¿qué tal el día? –preguntó sonriente.

El bicolor pensó en ese beso que le había dado mientras dormía–. Ha sido uno de los mejores –anunció.

–Pues tu hija te tiene preparada una sorpresa que te va a encantar –aseguró.

–¿De verdad? –miró a la niña y ésta asintió.

–Le ha costado mucho trabajo. –Le hizo saber–. Te la dará después de cenar –avisó.

–Estoy deseando que me la des –contestó, al tiempo que acariciaba la cabeza de su hija.

Pusieron la mesa, cenaron tranquilamente y después la quitaron, sentándose todos en el sofá.

–¿Y mi sorpresa? –preguntó Kai a la pequeña, ya que la tenía enfrente, puesta de pie.

–Adelante, Erika –le animó su niñera, ya que ésta parecía estar indecisa–. Venga, ya verás cómo le gusta. –La niña le miraba un tanto insegura–. Además, lo has hecho muy bien en el ensayo –le recordó, para que tomara confianza.

Erika se fijó en el rostro impaciente de su padre. Le miró a los ojos con una sonrisa y separó sus labios–. Pa, pá –dijo con algo de esfuerzo.

Kai se quedó en shock por unos segundos. Quizá había escuchado mal, pero la sonrisa de su hija no parecía indicarle eso– ¿Qué? –Atinó a preguntar, para después sonreír– ¿Puedes repetirlo? –le pidió, no muy seguro de si la niña podría hacerlo.

–Pa, pá.

El mayor abrió sus brazos y estrechó a la niña entre ellos– ¡Has hablado! ¡Cariño, has hablado! –Gritaba eufórico de felicidad– ¡No te canses nunca de llamarme, Erika! –le pidió. Comenzó a besarla en la mejilla con cierta desesperación– ¡Mi princesita! ¡Me has hecho muy feliz! –Aseguró– ¡Te quiero mucho! –Miró a Samantha– ¡Está hablando, no puedo creerlo, me parece un sueño! –su voz se quebró. La alegría había sido tan grande que no pudo contener sus lágrimas. Erika se separó del abrazo para ver a su padre llorar y le miró confundida–. Tranquila –dijo como pudo–. Son lágrimas de felicidad –aclaró–. Me has hecho muy feliz. –Miró de nuevo a Samantha y dejándose llevar por la emoción, la abrazó, ya que estaba sentada a su lado–. Muchas gracias. No sabes cuánto te lo agradezco –decía, sintiendo que ella le correspondía el abrazo.

–No tienes porqué agradecérmelo, Kai. Ya verás cómo cada día va a seguir mejorando. –Rompieron el abrazo al escuchar a Erika reír– ¿De qué te ríes tú? –le preguntó en tono juguetón.

–Pa, pá –pronunció. Señaló a Sam con el dedo índice, se abrazó a sí misma, se tocó la mejilla y con la otra mano, un jersey rojo que llevaba puesto.

–¿Qué tengo la cara roja? –preguntó la mayor confundida, viendo cómo ésta asentía–. No es verdad –agregó, agachando la cabeza, sintiéndose avergonzada. La niña tenía razón, aunque no podía verlo, podía notar como sus mejillas quemaban desde que se abrazaron–. Es que hace bastante calor en esta habitación –inventó.

Erika volvió a reírse, llamando la atención de la joven de nuevo–. Pa, pá.

La mayor miró a Kai y tenía las mejillas bastante teñidas de rojo.

El mayor al sentirse observado, miró hacia la joven. Cuando sus miradas se cruzaron, sintió todavía más vergüenza–. Tienes razón. Hace calor aquí. –miró a la niña, para esquivar la mirada de Sam– Erika, ya es tarde. Vete a dormir –le recordó, y no tardó en recibir el beso de buenas noches de la pequeña–. Buenas noches y me ha encantado tu regalo. –sonrió–. Quiero que todos los días me sorprendas con una nueva palabra. ¿Lo harás? –preguntó, viendo la respuesta afirmativa, cuando asintió con la cabeza.

Continuará...

KAI&SAMANTHA