Parejas: Kai/ Samantha (OC)
Takao/ Salima
Max/ Mariam
Rei/ Mao
Advertencia: AU y Lemon
"Pensamientos"
–Diálogos.
Dedicado a Yana de Hiwatari y a Takaita Hiwatari, espero que os guste
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED
–Kaily Hiwatari–
Continuación…
Cuando Kai y Samantha comenzaron a salir juntos, les dieron la noticia a sus amigos. También ella decidió contarles sobre el embarazo. Además, quería ser aceptada por cómo era y eso ahora incluía al bebé. No quería incomodar a nadie cuando se enterasen al tiempo de la noticia, al ver la evidencia tan grande cuando su barriga empezase a crecer. Sabía que preguntarían de qué tiempo estaba y las cuentas obviamente no les saldrían al pensar que el hijo era Kai. Así que era mejor la verdad, a una situación incómoda para todos.
Y aunque pensó en que alguno de esos amigos sentiría cierto rechazo hacía ella al querer dar a luz a un bebé que había concebido con un hombre al que odiaba, se dio cuenta de que no fue así y que la aceptaron sin problemas. No le hicieron preguntas incómodas y únicamente se limitaron a escucharla en su relato.
Decidieron que la apoyarían en lo que necesitase y si Kai y ella decidían así formar una familia, no les parecía mal. Después de todo, ni Samantha ni el bebé tenían la culpa de que ese Mark fuese tan despreciable en todos los aspectos. Querer casarse con la chica, acostarse con ella, dejarla embarazada y pedirle que perdiera al bebé.
Cinco meses después…
Todos se habían reunido en el apartamento de Kai. Celebraban el cumpleaños de Samantha en el comedor y ésta estaba muy contenta porque tenía a sus amigos cerca de ella en ese día tan especial. Como todos trabajaban, era muy difícil que todos pudieran coincidir para reunirse. Habían puesto mucho tipo de comida diferente en la mesa y mesita del sofá y apenas había sobrado nada. Retiraron los platos vacíos entre todos y los dejaron en el fregadero.
Las mujeres se habían sentando en el sofá mientras Samantha abría los regalos. Los hombres se habían sentado a la mesa observando que le estaban regalando a la chica y los niños, jugaban en la habitación de Erika.
Salima le dio un paquete envuelto con papel de regalo–. Toma Sam. Este es mío y de Takao.
La otra aceptó el regalo–. A ver –lo abrió con algo de rapidez, mostrando una sonrisa en su cara–. Qué bonito –dijo ilusionada, enseñando el regalo. Había una mantita blanca, unos zapatitos y un gorrito del mismo color. También sacó un sonajero–. Gracias. –recibió a su amiga en un abrazo, ya que su embarazo era de ocho meses y no podía moverse tan bien como deseaba.
–Como no sabemos el sexo, escogimos el color blanco –le explicaba Takao desde su posición.
Mariam le extendió su regalo–. Este es el nuestro.
Cuando lo abrió, Sam sacó un trajecito blanco –sonrió–. Es una monada –dijo al ver lo pequeñito que era y lo bien hecho que estaba. Miró hacía Kai con una sonrisa–. Mira Kai, va a juego con los zapatitos –decía ilusionada.
Kai sonrió. Estaba feliz de verla a ella feliz–. En cuanto nazca, se los podremos –se refirió, tanto al traje, como a los zapatos.
–Mi turno –comentó Mao, entregándole su regalo.
Lo aceptó y lo abrió mostrando un chupete, dos pares de calcetines y una chaquetita blancos–. Me encanta, Mao. –sonrió–. Todo es tan pequeñito –refirió–. Gracias a todos por vuestros regalos –miró tanto a las chicas, como a los chicos–. Son preciosos. –Sam no sabía si su bebé iba a ser niño o niña, sin embargo, Mao que estaba de seis, lo sabía–. ¿Cómo vas a ponerle al niño cuando nazca?
Mao se frotó la barriga–. Puede que Brad, aunque no lo sabemos seguro –comentó– ¿Tú has pensando en posibles nombres?
–Pues…–desvió la mirada al escuchar sonar el teléfono de la casa. Kai contestó, bajo la mirada confusa de Sam. Los demás al igual que ella, guardaron silencio para que Kai pudiese enterarse bien de lo que le decían.
El bicolor le sonrió a la chica, sin dejar de hablar–. Acaba de abrir los regalos… Ven aquí, no creo que ella pueda andar mucho –comentó. Los demás se miraron y mostraban cierta sonrisa cómplice entre ellos–. Venga, os esperamos –añadió, antes de pulsar el botón, para finalizar la llamada.
–¿Quién era? –preguntó ella.
–Yuriy y Boris. Dicen que vienen de camino. Quieren felicitarte por tu cumpleaños –le hizo saber.
–Ah, vale –quedó conforme con esa respuesta.
Salima y Mariam se levantaron del sofá y caminaron hacia la cocina para fregar los platos. Al dejar esos huecos libres en el sofá, Rei y Kai decidieron sentarse junto a sus chicas, para acariciarles la barriga. Y Takao y Max continuaron con su conversación.
–Rei, ¿cómo está la niña? –le preguntó a su esposo, ya que la habían dejado en la habitación de Kai para que durmiera sin ruidos.
–Sigue durmiendo –le hizo saber, ya que antes de que le dieran los regalos a Sam, había ido a verla.
Kai le sonrió a su novia– ¿Te encuentras bien?
–Sí, estoy muy feliz. –sintió que el bebé le dio una patada y dio un respingo, para después echarse a reír–. ¿Lo has sentido?
–Jajaja. Sí –afirmó, alegre.
–Creo que está deseando de salir –comentó, viendo a Kai acercarse a ella para juntar tanto la frente como la nariz contra la suya, para darle suaves roces.
Max dejó de hablar con Takao y miró hacia el sofá, viendo lo acaramelados que estaban esas dos parejas, en especial Kai y Sam–. ¡Eh! ¡Parejitas! –silbó, para llamarles la atención.
–Jajaja. –Rió Takao–. No nos deis envidia. ¿Queréis? –decía algo celoso de la situación.
Samantha miró a ambos jóvenes algo sonrojada–. Lo siento.
Tocaron el timbre–. Ya voy yo –avisó Kai a los presentes, separándose de su novia para ponerse en pie– ¡Voy! –anunció, caminando hacia la puerta principal de la casa.
La joven llamó la atención tanto de Max como de Takao–. Chicos, ¿me podéis ayudar a levantarme? Yo sola no puedo –confesó. Los otros dos no tardaron en ayudarla, cogiéndola de la mano y de la espalda para ayudarla a incorporarse–. Gracias.
En ese momento, Yuriy y Boris entraron al comedor, aunque el primero en acercarse a Samantha fue Yuriy.
–Hola, Sam –la saludó con un abrazo que fue correspondido–. Feliz cumpleaños.
–Gracias –añadió, separándose del pelirrojo, para recibir al otro joven en otro abrazo, escuchando cómo también le felicitaba–. Gracias. –le dijo a él también.
Yuriy le sonrió–. Mírate, estás preciosa.
–Es verdad –confirmó el otro joven. Boris era más alto que Yuriy. Su piel era también muy clara, sus ojos verdes y su cabello era de un color gris platino.
–Vosotros siempre con vuestros halagos –refirió al tiempo que Kai entraba al comedor, junto a Salima y Mariam.
Kai miró a su alrededor para comprobar que no faltaba nadie–. Bien, ahora que estamos todos, podemos empezar.
Ante la confusión en el rostro de Samantha, Yuriy decidió ser el siguiente en hablar–. Boris, Kai y yo tenemos un regalo que darte, aunque todos han participado.
Kai se acercó hasta ella–. Relájate –le pidió.
–Puede que te impacte un poco –advirtió Boris–, pero te gustará –aseguró.
–¿Qué es? –preguntó con una mezcla de curiosidad y nerviosismo.
Kai miró hacia la puerta del comedor–. Ya puede pasar –anunció.
Por la puerta entró un hombre de avanzada edad, calvo pero con un sombrero en la cabeza. Llevaba gafas un tanto pequeñas y era de pequeña estatura. Tenía las orejas grandes y vestía con un traje de color gris, camisa blanca y una pajarita roja en el cuello. Sus ojos eran de color verdes y miraba con emoción a la chica.
–Hola cariño –la saludó, abriendo los brazos.
Ella no daba crédito a lo que veía– ¿Papá? –preguntó, viendo que éste asentía. No pudo evitar sentirse afligida– ¡Papá! –gritó, dejando que las lágrimas se acumulasen en sus ojos. Se acercó todo lo deprisa que pudo y lo abrazó, rompiendo a llorar sonoramente.
–Mi niña. Mi pequeña –le correspondió el abrazo, pasando su mano por la cabeza de ella con desesperación–. Te he echado mucho de menos –confesó abatido.
–Y yo a ti –respondió sorbiendo el moquillo.
–Deja que te vea –le pidió, separándola un poco de él para mirarla de arriba a abajo–. Sigues estando preciosa. –apreció el bulto en su barriga y sonrió con compresión. Kai le había contado de la situación por teléfono desde su trabajo, así que en cierto modo había asimilado esa noticia. Desde que Kai se enteró de que el padre de Samantha era el señor Dickenson, hizo todo lo posible para poder reunirlos y para que la chica no sospechase nada, mandó a Yuriy y a Boris al aeropuerto para que lo recogieran– ¿De cuánto estás?
–Ocho meses.
–¿Niño o niña?
–Todavía no lo sé –sorbió el moquillo y se limpió las lágrimas con el dorso de sus manos–. En las ecografías sale dando la espalda. –bajo la atenta mirada de todos, ella se dio la vuelta para mirarles–. Muchas gracias chicos, me encanta vuestro regalo –se limpió otra lágrima que amenazaba con caer de uno de sus ojos–. Es el mejor cumpleaños de mi vida.
Yuriy y Boris se acercaron a ella, y fue éste último quien le extendió un regalo–. Toma, esto es de los dos –refirió.
–Gracias –sorbió el moquillo, sintiendo cómo su padre se ponía en su lado izquierda y le pasaba una mano por su hombro, para intentar tranquilizarla–, pero no hacía falta que me regalaseis nada. Con lo que habéis hecho, ya es más que suficiente.
Yuriy le sonrió–. No digas tonterías. ¿Creías que íbamos a conformarnos con sólo darte ese regalo? –Preguntó, haciendo referencia a su padre–. Venga, ábrelo –le animó, viendo que esta vez cogía el regalo y lo abría.
–Son un pijama y un babero precioso. Gracias, chicos.
–No ha sido nada –respondió Boris.
El señor Dickinson miraba a su alrededor–. Me alegra ver que todos estáis bien –miró a Takao–. Siento no haber podido estar en tu boda.
–No pasa nada –le pasó el brazo por encima a su mujer, para abrazarla–. Sabemos que ha estado muy ocupado estos meses.
Erika y Maxie entraron corriendo al comedor. La niña fue directamente hacia Rei, haciendo caso omiso de los demás–. Tío Rei, la prima Alison está llorando –le avisó.
–Voy a verla –se puso de pie y salió del comedor.
El señor Dickinson miró hacia Kai– ¿Puede hablar? –se refería a Erika, ya que hasta donde él sabía, la niña no podía hacerlo.
–Sí, gracias a su hija. –le hizo saber.
Maxie se acercó a su madre y la abrazó en las piernas, sintiéndose intimidado de alguna forma– ¿Quién es este señor, mami?
–Es un amigo mío y de papá.
El anciano se agachó un poco, para estar a la altura de ese niño–. Se nota que es hijo vuestro. Es igual que Max –agregó con una sonrisa, viendo al orgulloso Max.
–Sí, se parece en todo a él –comentó Mariam, pasándole la mano sobre el cabello a su hijo.
Rei entró de nuevo en el comedor con la niña en brazos. Eso no pasó desapercibido para el anciano–. Y esta debe de ser vuestra hija –comentó, mirando a la pequeña, para después mirar a Mao, que seguía sentada en el sofá.
–Es nuestra hija, Alison –dijo Mao.
–También se parece mucho a su padre.
Aprovechando la cercanía entre su madre y su tía Salima como él la llamaba al igual que lo hacía Erika, el pequeño Maxie abandonó a su madre, ahora que ese hombre estaba distraído con su tía Mao–. Tía Salima. Ven conmigo a la terraza –le pidió–. Quiero ver las estrellas.
–Vale, vamos –cogió la mano del niño y se fueron hacia la terraza.
Cuando pasó un rato, Max fue a buscar a su hijo porque ya se iban. El pequeño despidió a la joven y ella volvió a mirar las estrellas un poco más. No tardó en sentir unos brazos rodearles la cintura. No miró hacia atrás, ya que sabía que se trataba de su marido.
–¿No tienes frío aquí fuera? Las noches en verano son algo frescas.
–La verdad es que no. Tenía calor ahí dentro. –confesó, sin dejar de mirar el cielo.
El chico le dio un beso en la mejilla. Conocía a su mujer y la notaba en cierta forma preocupada–. A ver, ¿qué te pasa?
–No me pasa nada –dejó de mirar el cielo, para mirar a su marido.
–A mi no me engañas tan fácil. –la soltó, para poder darle la vuelta y cogerla de las manos.
–Pensaba, que no sé cómo vamos a hacer para… –silenció unos momentos, esquivando la mirada.
–Cariño. Si es por lo de que no te has quedado embarazada todavía, no pasa nada. Lo seguiremos intentando todas las noches, hasta que me digas que lo éstas –le explicó en tono sedoso, ya que era un tema delicado para ambos, pero sobre todo para su mujer–. Y después –sonrió–. Tendremos doce hijos –exageró, viendo la sonrisa de su mujer y cómo volvía a mirarle–. Y si no podemos tenerlos, los adoptaremos –le hizo ver–. Y si no, te voy a seguir queriendo igual que hasta ahora –decía, cuando fue silenciado por el dedo índice de la joven, al ponerse en los labios.
–No es eso.
–¿Entonces? –preguntó confundido.
Tomó aire, para llenarse de valor–. De ahora en adelante vamos a tener más gastos y tendremos que trabajar el doble.
–¿Por qué? –preguntó confundió, hasta que cayó en la cuenta de lo que ella pretendía decirle–. No me digas que…
Salima asintió con una sonrisa–. Estoy embarazada de dos semanas –anunció.
Takao no esperó para abrazarla y besarla–. Me haces muy feliz –le susurró. ¿Por qué no me lo habías dicho antes?
–Porque me he enterado hoy mismo y todavía no puedo creerme lo que me ha dicho el médico. –confesó, sintiendo cómo su marido le acariciaba la mejilla.
–¿Qué estés embarazada? –preguntó sonriente.
–No es eso. Es que…–agarró la mano del joven, para ponerla en su barriga–.Vamos a tener más de uno.
–¿Gemelos? –le preguntó, viendo cómo ella negaba con la cabeza a la vez que sonreía.
–Trillizos –contestó emocionada, viendo la cara de sorpresa que reflejaba su marido en esos momentos.
–¡Trillizos! –gritó emocionado, siendo escuchado también en el comedor. Se agachó para estar a la altura de la barriga y depositar en ella un beso.
–Voy a necesitar mucho mimo de ahora en adelante, ¿me lo darás? –preguntó, acariciando la cabeza de Takao.
–Claro que sí –contestó. Se puso de pie y la besó–. Te daré todos los mimos que quieras –puso ambas manos en las mejillas sonrosadas de la chica–. Te daré todos los caprichos que quieras –volvió a besarla–. No me importa los antojos que tengas, te daré todo. Te adoró –decía feliz–. Y adoro a nuestros hijos. –Miró hacia la barriga de la chica, cómo si pudiese ver su interior–. Ya verás, van a ser tan listos como yo y tan atractivos como su madre. –miró de nuevo hacia la chica– ¡Soy tan feliz!
–Yo también –decía sonriente, aunque no pudo evitar que un par de lágrimas de felicidad, salieran de sus ojos–. Vamos a necesitar mucha ayuda de tu abuelo y de mis padres para poder criarlos, porque yo sola no voy a poder con los tres.
–Saldremos adelante, ya lo verás –le hacía ver, limpiándole las lágrimas.
Sorbió el moquillo e intentó tranquilizarse–. Es muy tarde, deberíamos irnos a casa.
–Claro, vamos a despedirnos de todos. –la cogió de la mano y caminaron hasta el comedor, donde algunos estaban sentados a la mesa y otros en el sofá.
Salima carraspeó algo nerviosa al entrar, llamando la atención de todos– Habéis escuchado el grito, ¿verdad? –preguntó algo avergonzada.
–Algo así –respondió Rei.
–Yo no me he enterado –añadió Kai con sarcasmo.
–Ni una palabra –dijo Mao sonriente.
Salima se echó a reír–. Mentís fatal, ¿lo sabéis? Bueno, ¿no nos vais a felicitar? Vamos a tener trillizos.
Todos les dieron la enhorabuena, excepto Max y su familia que no sabían nada y se habían marchado, pero Takao y Salima los llamarían por teléfono y les darían la noticia.
Poco a poco, se fueron marchando y dejaron solos a Kai y a Samantha con el señor Dickenson. Kai había acostado a la pequeña en cuanto Maxie se había ido de allí, ya que era tarde.
KAI&SAMANTHA
Los tres adultos se habían sentado en el sofá para estar más cómodos. Samantha estaba sentada en el lado que pegaba a la ventana, su padre en medio y Kai en el otro extremo. La chica tenía su mano izquierda agarrada a la de su padre.
–Papá, ¿no te puedes quedar hasta que nazca el bebé?
–Sabes que me encantaría, pero no puedo. Sólo puedo estar aquí dos días por cuestiones de trabajo. Aunque voy a hacer todo lo posible para venir a conocer a mi nieto –le sonrió.
–¿Y dónde vas a pasar la noche? –preguntó preocupada.
Kai se adelantó a contestar a eso–. Aquí. Dormirá en tu cuarto. Tú dormirás en mi cama con Erika y yo en su cuarto–. La niña ya esta acostada allí. –le informó.
El hombre miró al bicolor– ¿Estás seguro? No me gustaría ser una molestia para vosotros.
–No diga tonterías señor Dickenson. Usted nunca sería una molestia para nosotros. Todo lo contrario. Disfrute estos días de su hija. Esta siempre va a ser su casa, ya lo sabe –le recordó.
El anciano sonrió y miró ahora hacia su hija, quien tenía la atención puesta en los dos– ¿Sabías que Kai era uno de los mejores beyblader que la BBA ha tenido?
El bicolor negó con la cabeza al escuchar eso–. Eso no es verdad del todo. Takao era mejor que yo. Me ganó tres veces en una competencia mundial –refirió.
Sí, pero no se lo pusiste nada fácil –recordó.
–En eso tiene razón. Todos éramos muy buenos. Juntos éramos invencibles. Pero después de todo aquello, tuvimos nuestros trabajos y obligaciones. Es normal al cumplir cierta edad.
Samantha vio entrar por la puerta a la pequeña, somnolienta, restregándose los ojitos para poder verles mejor–. Erika, ¿qué pasa? –preguntó. A lo mejor la niña había tenido una pesadilla o algo.
–Tengo sed.
Kai se puso de pie–. Ya voy. Caminó hacia la cocina y cogió un vaso del armario para llenarlo de agua. Después caminó de nuevo hacia el comedor, encontrándose con que la niña se había sentado junto a Samantha.
Estaba abrazada a la mayor, con su cabeza y su mano derecha apoyadas en la barriga–. No se mueve, ¿está dormido? –preguntó curiosa, bajo la mirada atenta de los adultos.
–Creo que sí –respondió Sam, pasando su mano por la cabeza de la niña– ¿Hemos hecho mucho ruido? ¿Te hemos despertado?
–No –contestó, cerrando sus ojos.
Su padre al ver lo que la pequeña pretendía se acercó a ellas con el vaso en la mano. Se agachó para estar a la altura de la niña–. Toma Erika. –al no recibir respuesta, volvió a insistirle–. Erika, toma el vaso. –la pequeña abrió los ojos y cogió el vaso que le ofrecía su padre. Se bebió el contenido y volvió a adoptar la misma postura de antes–. Princesa, veta a tu cuarto a dormir.
–Pero es que estoy muy a gusto así papi –decía acomodándose más, con los ojos cerrados.
–Pero así le haces daño al bebé de Samantha –comentó preocupado.
Samantha sonrió, poniendo una mano en la espalda de la menor–. Déjala, no me hace daño. Si quiere quedarse así, que se quede –le restó importancia.
El padre de Samantha vio cuanto afecto le tenía esa niña a su hija y no sólo ella. Sino todos los amigos de Kai y le hizo sentirse feliz y relajado a la vez–. Te quiere mucho.
Miró a su padre con una sonrisa–. Sí y yo también a ella. Se porta muy bien. No es desordenada y es muy obediente y cariñosa con la gente.
–Me alegra ver que no es la única que te quiere –decía refiriéndose a los demás, inclusive a Kai.
Hablaron hasta bien tarde. El anciano sintió que si seguía hablando, ellos jamás dirían de irse a la cama. Así que poniéndose en pie, les dio las buenas noches a ambos, disculpándose por haber hablando sin parar.
Los dos les dieron también las buenas noches, viendo cómo el hombre caminaba hasta la habitación de Samantha, que le había mostrado Kai con anterioridad.
Kai miró su reloj de pulsera y se sentó junto a Samantha– ¿Qué te parece si también vamos a dormir? –sugirió.
–Me parece bien. Estoy cansada –reconoció–. Muchas emociones para un solo día.
Kai sonrió y se puso de pie. Cogió a la niña en brazos–. No te muevas de aquí, ahora vengo a por ti –le avisó en un susurro. Dejó a la niña en su cama y la tapó con las sábanas. Volvió al comedor a por la mayor. La cogió de ambas manos y la ayudó a ponerse en pie.
–Estoy tan gorda que me cuesta moverme –confesó.
Kai la miró de arriba abajo, para finalmente mirarla a los ojos–. Yo te veo perfecta –se acercó más a ella y la besó.
–Mientras fatal, ¿lo sabías? –decía, juntando su frente con la de Kai.
–No te miento –respondió–. Eres la mujer embarazada más bonita que jamás haya visto. –Sonrió con complicidad–. Te quiero.
–Yo también –contestó en el mismo tono. Se acercaron de nuevo y se dieron un sonoro beso.
–Me gusta. Quiero otro –le pidió
–Los que quieras, cuando quieres y dónde quieras –comentó ella con diversión, dándole un beso más profundo.
Cuando se separaron del beso, Kai se agachó, para levantarle un poco la camiseta y depositar un beso en la barriga–. Buenas noches, pequeño –se puso de pie de nuevo y cogió de la mano a Samantha para guiarla por el pasillo hasta la puerta de la habitación de Kai–. Te quiero –susurró más bajo que antes, al encontrarse en el pasillo.
–Y yo a ti –contestó. Entró en la habitación y cerró la puerta.
Kai caminó hasta la habitación de su hija y entró en ella, cerrando la puerta tras de sí.
KAI&SAMANTHA
Habían pasado tres semanas desde que el cumpleaños de Samantha. Maggie había decidido ir a hacer le una visita a los tres, ya que Samantha saldría de cuentas pronto y quería apoyarla en todo. La joven era primeriza y seguramente estaba asustada de muchas cosas que se pudieran presentar en el parto.
Samantha y Erika estaban sentadas a la mesa y jugaban a un juego de mesa, mientras que Kai y Maggie estaban sentados en el sofá y hablaban.
Samantha movió su ficha en el tablero–. Ahora te toca tirar a ti –le recordó a la pequeña.
Ésta lanzó el dado a la mesa y le tocó un seis–. Seis. –dijo, cogiendo la ficha para empezar a contar–. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis –contaba de uno en uno, mostrando una sonrisa al volver a ganar en el juego.
–Oye, me has vuelto a ganar –refirió animándola. Sintió un fuerte calambre en la barriga y se llevó una mano a esa zona. Su cara reflejó asombro, ya que no se esperaba eso. Kai se dio cuenta desde su posición de ello y la observó con cierta preocupación.
–¿Qué te pasa? –preguntó, poniéndose en pie.
La chica sintió otro fuerte dolor en cierta zona. Se puso de pie e intentó no gritar, ya que la niña la miraba confundida–. Creo que ya viene –anunció, todo lo tranquila que pudo.
–¿Qué? –preguntó confundido. Miró a su hija–. Erika, vete con la abuela –decía al tiempo que se acercaba a Samantha y la cogió de la mano.
Maggie se acercó a la pequeña y con disimulo, la fue guiando hacia el pasillo con la mano puesta en esos pequeños hombros–. Vamos a dar una vuelta. –miró a Kai, y notó que Samantha parecía bastante nerviosa y era normal. Sabía lo mucho que dolía algo así– ¿A cuál vais a ir? –le preguntó al joven, refiriéndose al hospital.
–Al que nació Erika –miró hacia la niña y ésta miraba a Samantha con preocupación. Seguramente se preguntaba que estaba pasando–. Rápido, sácala de aquí –se refirió a su hija.
La mujer continuó guiando a la menor, hasta llegar a la puerta principal–. Daremos un gran paseo –comentó.
–Abuela, ¿por qué Samantha tiene esa cara? ¿Le duele la barriga?
–No tienes de qué preocuparte. Papá la llevará al médico y se pondrá buena –le explicó al tiempo que abría la puerta y salían por ella.
Cuando Kai sintió la puerta cerrarse, comenzó a hablar–. Tienes que andar, ¿crees que podrás hacerlo? –ella asintió–. Venga, despacio –le animó.
No pudo evitar gritar al sentir otro dolor fuerte, que la hizo detenerse en su paso– ¡Duele!
–Tenemos que ir al coche para llevarte al hospital.
–¡No puedo moverme! –decía al tiempo que otro dolor le azotó.
–Cariño, tienes que intentarlo. Lo haremos más despacio, ¿de acuerdo? –ella asintió, sintiendo cómo las lágrimas resbalaban por sus ojos–.Venga. Uno, dos, tres –echó la pierna derecha hacia delante–. Respira profundo –le indicó, a la vez que le marcaba otro paso–. Uno, dos, tres –vio que la joven echó la pierna izquierda hacia delante–. Eso es, la animó–. Lo estás haciendo muy bien –decía sin soltarle la mano–. Ya casi estamos cerca de la puerta –celebró al verla frente a ellos.
Ella se detuvo con cierta brusquedad al sentirse asustada–. Kai, ¿qué es esto que estoy sintiendo? –preguntó mirando hacia el suelo.
–¿El qué? –Miró hacia el mismo punto, viendo cómo un líquido resbalaba por sus piernas desnudas al llevar un vestido y manchaba el suelo–. Vale, no te asustes. –la miró a los ojos, comprobando que la chica estaba realmente asustada–. Has roto aguas. –le hizo saber.
–¿¡Qué!? ¿¡Mi bebé va a nacer aquí!? –preguntó alarmada.
–Tranquilízate y respira hondo –le pidió, ya que él también se estaba empezando a poner nervioso. Sacó el móvil del bolsillo trasero de su pantalón. Estaba claro que no podría llevarla hasta el coche. Marcó el número del teléfono del hospital, sintiendo cómo la chica le apretaba la mano, intentando soportar los dolores. Tan pronto como contestaron al otro lado, pidió una ambulancia, explicando lo que sucedía y dando la dirección de la calle en la que se encontraba. Apretó el botón para dar por finalizada la llamada y guardó el móvil en el mismo lugar de donde lo sacó–. Apóyate un poco en la pared. Voy a por una silla para que estés más cómoda –le hizo saber, al tiempo que veía cómo la otra le hacía caso. Fue rápidamente a por la silla al comedor y se la puso a su lado–. Siéntate aquí. –la ayudó a sentarse–. Inspira, espira, inspira, espira –le recordaba, haciéndolo él mismo. Sacó un pañuelo y le limpió el sudor de la frente.
–Kai esto no funciona –le dijo como podía.
–Lo estás haciendo muy bien. No te pongas nerviosa. En seguida estará aquí la ambulancia y nos llevarán al hospital. Tendrás un bebé precioso. –le decía, pero ésta parecía no poder tranquilizarse–. Piensa en el consejo de Mariam y Mao –le recordó, ya que ellas le habían dado varios consejos porque habían pasado por todo aquello al tener a sus hijos.
–Kai, tengo mucho miedo –reconoció, tomando de nuevo la mano de Kai– ¿Y si mi bebé? –No podía ni terminar la frase– ¿Y si le pasa algo? Si le pasa algo, yo me muero Kai –confesó atemorizada de que eso pudiese llegar a suceder.
–Shhh. –le pasó su mano libre por la mejilla–. No va a pasar nada malo. En ese hospital están los médicos más expertos de todo Tokio por si algo se llegara a complicar. Pero no va a ser así –le explicaba, al tiempo que escuchó que tocaban el timbre. Miró hacia la puerta y soltó la mano de Samantha–. Ya voy –avisó con rapidez, la misma que utilizó para abrir la puerta.
Dos hombres vestidos de blanco estaban en la puerta– ¿Es usted Kai Hiwatari? –preguntó uno de ellos por si se habían equivocado con las prisas.
–Sí. Pasen por favor –les invitó, viendo a los dos hombres, entrar con una camilla que dejaron agachada en el suelo.
Uno de los hombres, procedió a tomarle el pulso, mientras el otro la agarraba de la mano para comenzarle a hablar–. Hola señora, somos del hospital y vamos a ayudarla, ¿de acuerdo? –ella asintió–. Bien –miró a su compañero, que había terminado de tomarle las pulsaciones–. Ayúdame a tumbarla en la camilla –le pidió. Entre los dos, la dejaron con cuidado en la camilla. Cuando la tuvieron preparada, levantaron la camilla para sacarla de allí.
No tardaron mucho en subirla a la ambulancia y llevarla hacia el hospital. Kai se había subido atrás con ella, para no soltarla de la mano. La seguiría hasta donde los médicos se lo permitiesen. Con caricias en la cabeza, intentaba tranquilizarla de alguna forma, aunque sabía que ese dolor era tan intenso, que era algo imposible.
No pasaron más de diez minutos cuando la ambulancia se detuvo en la puerta de urgencias del hospital. Los enfermeros abrieron las puertas traseras del vehículo y bajaron con cuidado la camilla. Los médicos corrieron hacia la camilla en cuanto los enfermeros entraron en el edificio junto a la paciente.
–¿Es usted su marido? –le preguntó uno de los médicos a Kai, mientras guiaba la camilla hacia una habitación en la que mirarían la dilatación de la chica.
A Kai no le dio tiempo a responder, cuando Samantha se adelantó a contestar–. Sí.
–Tendrá que dejar sus datos en información –continuó el médico. Miró esta vez a la chica– ¿Es usted primeriza? –Ella asintió, sin poder contestar, cerrando los ojos con fuerza–. Todo va a ir bien –le aseguró. Con ayuda de la camilla abrieron dos grandes puertas, y detuvieron un momento la camilla. Kai soltó la mano de Samantha y estaba decidido a entrar, pero el médico no le dio permiso al no tratarse del paritorio–. Aquí ya no puede pasar. –le hizo saber.
–Está bien –miró a Samantha–. No te preocupes, toda va a salir bien –le dio un beso en la frente–. Te quiero. –le dijo, al tiempo que esa escena la estaba observando Mark desde el otro lado del pasillo, preguntándose que estaba sucediendo. Aunque estaba claro que no se acercaría allí por ahora.
–Y yo a ti –le contestó ella con una sonrisa, algo afligida.
Kai vio a la camilla, finalmente entrar, con las puertas cerrándose a su paso. Fue a la sala de información y dio todos los datos necesarios para ingresarla. Poco podía hacer si no le permitían pasar.
Maggie llegó casi en ese instante con la niña, encontrándoselo en la sala de espera.
Kai llamó a los chicos y al señor Dickenson para que supieran lo que estaba pasando.
Continuará…
KAI&SAMANTHA
¿Qué hace Mark ahí? ¿Le quitará el bebé a Samantha? ¿Será niño o niña?
Recordadlo, ¿lemon o sin lemon? Espero que los que sigáis mi historia os vaya gustando y me deis vuestra opinión. Si no como ya había dicho anteriormente, haré lo que crea conveniente, aunque ya tengo el voto de Takaita Hiwatari que dice que quiere lemon. Por cierto…
Takaita Hiwatari: Me alegra mucho que te gustase mi otro fic y déjame decirte que ya que me hiciste una petición la voy a cumplir y voy a escribir un fic de Kai/Takao. (Acepto todo tipo de propuestas) Aunque eso será un poco más adelante porque estoy escribiendo otro fic, pero tranquila todo llegará.
Yana de Hiwatari: Gracias por tu review y yo tampoco me trago mucho el Kai/Rei, pero he de admitir que he leído historia de ellos y son muy buenas.
Marian tao de Hiwatari: Gracias por tu review y espero que sigas leyendo la historia y seguir contando con tu apoyo.
Bueno, sólo me queda decir hasta el próximo capi. Cuidaros y hasta pronto.
