Parejas: Kai/ Samantha (OC)
Takao/ Salima
Max/ Mariam
Rei/ Mao
Advertencia: AU y Lemon
"Pensamientos"
–Diálogos.
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED
–Kaily Hiwatari–
Continuación...
Habían pasado a Samantha al paritorio hacía una hora y cuarto. Kai daba vueltas a lo largo de la sala de espera, nervioso. La sala sólo contaba con cuatro sillas blancas unidas en horizontal. La verdad es que no era muy grande y además de las sillas, contaba al final del pasillo con una puerta de dos hojas y un letrero encima en el que ponía la palabra paritorio.
Erika y Maggie se habían sentado, pero no podían dejar de ver cómo Kai no dejaba de caminar, desde hacía mucho tiempo.
La mayor, decidió hablar–. Kai. Todo va a salir bien. No te pongas nervioso –añadió, aunque sabía que eso sería imposible. Incluso ella lo estaba. Si al menos hubiesen dejado a Kai entrar con Samantha en el quirófano, estaría más relajada. Pero los médicos no les permitieron el paso.
–No estoy nervioso –contestó, aunque se estaba delatando él solo. Cuando dejaba de caminar, era para mirar hacia la puerta por la que tendría que entrar el médico o alguna enfermera, dándoles alguna noticia.
KAI&SAMANTHA
En el interior del paritorio, Samantha empujaba cuando el médico se lo indicaba y apretaba fuertemente la mano de una enfermera, que aparte de darle la mano, le daba ánimos y le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo en su mano libre.
Todos incluso ella, tenían un gorro puesto en la cabeza, y sólo los médicos y enfermeras, llevaban una mascarilla en la boca.
Samantha sentían las lágrimas recorrer sus mejillas. Gritaba y contraía su cuerpo con cada calambre que tenía. No podía ver nada, salvo la cabeza del médico que tenía frente a ella. Le habían puesto por delante una tela verde que se sujetaba con sus rodillas, al estar en alto.
–Ya casi está fuera –le indicó el médico–. Necesito un último y fuerte empujón –pidió.
Samantha reguló la respiración, tal y como los médicos le habían indicado. Preparándose, aguantó el aire y empezó a empujar con más fuerza. Su cara se volvió roja otra vez y pudo sentir cómo sudaba por todo el cuerpo– ¡Ah! –gritó de forma ronca.
–Muy bien. Ya está fuera –le avisó el hombre, así que ella dejó de empujar.
Se dejó caer sobre la camilla cansada, ya que sin darse cuenta, se había elevado un poco. Mirando a la enfermera que tenía a su lado izquierdo y que todavía le seguía sujetando la mano, le preguntó–. ¿Qué ha sido? –preguntó, sintiendo el llanto de un bebé en la habitación.
La enfermera miró hacia el bebé, para ver su sexo, aprovechado que todavía estaba desnudo. Miró a la madre y le sonrió, aunque con la máscara no se le pudo apreciar.
–Felicidades. Es una niña.
Samantha sonrió y cerró los ojos cansada.
La enfermera miró hacia la máquina de las pulsaciones y vio que todo era normal–. Doctor, se ha desmayado –le hizo saber, viendo cómo una de sus compañeras, limpiaba al bebé, que ya estaba tapada por una manta.
–Avísele al marido de que ha tenido una niña –indicó, cogiendo de una mesita con ruedas la aguja que estaba preparada con hilo, dispuesto a darle puntos.
La enfermera soltó la mano de la joven y la dejó sobre la camilla. Salió de la habitación, para entrar en otra más pequeña donde se lavó las manos y se quitó la mascarilla.
KAI&SAMANTHA
Kai se pasaba las manos por el cabello, peinándolo hacia atrás con desesperación. La niña no pudo evitar tener un mal pensamiento de todo aquello y se echó a llorar.
–Erika, ¿por qué lloras? –le preguntó su abuela, que fue la primera en darse cuenta.
Kai se percató de que la pequeña lloraba desconsolada y caminó hacia ella, agachándose para estar a su altura– ¿Qué pasa Erika?
La pequeña sorbió el moquillo antes de hablar– ¿Samantha se va a ir al cielo como mamá?
–Claro que no –le contestó con voz sedosa y le agarró una de sus manos– ¿Por qué piensas eso? –quiso averiguar.
–Porque mami estaba aquí cuando se fue al cielo –tragó saliva con dificultad–. Samantha está aquí también.
Kai cerró los ojos con pesar unos segundos, al saber porqué la niña tenía esa confusión. Le limpió las lágrimas con su mano libre y levantó un poco para poder abrazarla–. Samantha está aquí porque los médicos la van a ayudar a que tenga el bebé. Ella no se va a ir al cielo.
–¿Y por qué mamá si lo hizo? ¿Es que ya no me quería? –preguntó, angustiada.
Se separó de la niña y le puso ambas manos en sus mejillas–. No cariño. Mami te quería muchísimo. Lo que pasa es que tuvo un accidente y por eso se fue al cielo. Y ella te sigue queriendo desde allí. ¿Tú la sigues queriendo? –le preguntó, aunque sabía de sobre cuál sería la respuesta de la pequeña.
–Sí, y también quiero mucho a Samantha. Tanto como a mamá.
Maggie miró con compresión a su nieta. Le pasó la mano por la espalda, para darle varias caricias. Aunque Erika era muy pequeña cuando sucedió lo de su madre, recordaba que ese había sido el hospital en el que estuvo tras el accidente. Sandra estaba muy delicada cuando la llevaron al hospital y no pudo soportarlo. Erika debió de pensar que a ese hospital sólo iban las personas que iban a morir.
–¿Cómo va a ser la sonrisa que le des a Samantha cuando la veas? –preguntó Kai. –la niña ya más tranquila, sonrió–. Esa es mi pequeña –indicó, poniéndose en pie. Sintió unos pasos acercarse hasta ellos, así que miró hacia la puerta del quirófano.
Una enfermera salió a la sala de espera con una hoja apoyada en una carpeta y vio allí a dos adultos y una niña. Se puso frente al joven para preguntarle, aunque estaba segura de que era el padre del bebé, ya que no había ningún otro joven más esperando.
–¿Es usted Kai Hiwatari?
–Sí, soy yo –respondió algo nervioso, por la noticia que le pudiera dar.
La mujer le sonrió–. Enhorabuena. Ha sido una niña.
Sonrió al escuchar la noticia, pero le surgió una duda–. ¿Cómo está Samantha? –preguntó preocupado.
–Está bien. Aunque se ha desmayado debido al esfuerzo, pero es algo normal en muchas mujeres. Aunque ha sido muy valiente, ya que ha dado a luz sin anestesia. –vio al joven sonreír–. ¿Qué nombre le pondrán al bebé?
Kai recordó los nombres elegidos entre los dos. Si era niño, Dániel y si era niña, Kelly–. Kelly Hiwatari. –respondió.
–Un nombre muy bonito. –decía la mujer, al tiempo que apuntaba el nombre en la ficha. –Miró a Kai–. Pasaremos a la paciente a la habitación 506, si quieres podeís ir allí y esperar a que la lleven. La niña está metida en la incubadora. Cuando la madre despierte, se la llevaremos para que le dé de comer. –le informó. Vio cómo una niña de unos siete años abrazaba la pierna de su padre y la miraba con cara confundida, mientras guardaba silencio–. Hola –la saludó. Se metió una de sus manos en el bolsillo de su uniforme blanco y sacó un caramelo–. Toma –le extendió el caramelo, viendo que la niña lo aceptaba.
–Gracias.
–Tienes una hermanita muy guapa. –añadió. Tras dedicarle una sonrisa a los tres, entró de nuevo en la sala del paritorio.
Erika miró con confusión a su padre–. Papi –le llamó la atención, viendo que ahora éste le miraba– ¿Kelly es mi hermanita?
–Am –no sabía muy bien cómo contestar eso.
Maggie se apresuró a ponerse al lado de la niña, ya que había permanecido sentada, mientras escuchaba la noticia–. Erika, ¿por qué no le compramos un ramo de flores a Samantha?
–Vale –sonrió emocionada y cogió de la mano a su abuela.
KAI&SAMANTHA
Ya que la abuela y la nieta habían ido a comprar un ramo de flores para Samantha, decidió ir hacia la habitación que le indicó la enfermera.
La habitación era para una sola persona y no había ningún paciente en ella. Constaba de una cama puesta de forma horizontal, una televisión frente a ésta y una ventana grande al fondo de la habitación que contaba con una persiana. Debajo de la ventana había un par de sillas algo recias y una silla. A la izquierda de la cama, se encontraba una puerta, que daba a un aseo, en el cual se encontraba el inodoro, el lavabo y la ducha. Junto a la cama, había una mesa plegable y junto a la televisión un armario para meter las cosas.
Esperó fuera de la habitación unos diez minutos, por si decidían cambiar la habitación de Samantha a última hora.
Cuando vio a la camilla entrar con la durmiente chica, no pudo evitar sonreír. El médico que la había atendido en el parto habló con Kai para ponerle al tanto de sus dudas y después se marchó para dejar a la paciente en buenas manos.
Kai cogió una silla y se sentó junto a la cama, al lado izquierdo de la joven. No pasó mucho rato cuando Erika y Maggie entraron con el ramo de flores. Dejaron el ramo en una de las sillas y Erika se sentó en las piernas de su padre. Maggie se quedó de pie, mirando por la ventana.
Pasarían unas dos horas, cuando Samantha abrió los ojos, con cierta confusión. No tardó en escuchar las voces de ellos y pudo ver a Kai y a la niña a su izquierda, viendo cómo Maggie se acercaba con una sonrisa hasta la cama. Recibió un beso en la frente de parte de Maggie y otro en la mejilla, de parte de Erika.
–¿Qué ha pasado? –preguntó.
–Enhorabuena, mamá –la felicitó Kai.
–¿Mamá? –Preguntó desconcertada y entonces, recordó parte de lo sucedido–. ¿Qué he tenido?
–Es una sorpresa –comentó Kai.
–¿Pero está bien?
–Está perfectamente. ¿Cómo te encuentras?
–Muy cansada y un poco mareada.
–Te han puesto un sedante y un medicamento para el dolor –le hizo saber.
Erika la miró con preocupación– ¿Te duele la barriga?
–Un poquito. –contestó, viendo cómo Kai cogía a la niña y la levantaba, para él poder ponerse de pie.
Sentó de nuevo a la pequeña y sonrió a la joven–. Ahora vengo. –avisó, caminando hacia la puerta de la habitación para salir por ella.
Maggie cogió el ramo de flores de donde lo dejó y se lo mostró a la chica–. Toma –le ofreció–. Te las hemos comprado nosotras.
Vio el colorido y sonrió. Margaritas blancas, geranios rojos, gladiolos rosas y claveles amarillos y blancos con las puntas rojas –. Muchas gracias –cogió una y se la acercó para olerla–. Huelen muy bien –añadió con una sonrisa.
Kai había ido a avisar a las enfermeras en la sala de las incubadoras de que Samantha ya había despertado. No tardaron en sacar al bebé y dejarlo sobre una especie de carrito transparente sin capota. Caminó junto a la enfermera por los pasillos, hasta llegar a ver el número de la habitación. Kai le pidió un favor y la enfermera asintió.
Cogió al bebé entre sus brazos y pasó a la habitación, viendo cómo Samantha olía el ramo de flores y celebraba lo bien que olía.
–Oye, mami –dijo, viendo cómo ésta miró hacia él–. Hay alguien que quiere saludarte –le hizo saber. Maggie cogió de nuevo el ramo de flores y lo dejó sobre la silla. Vio a Samantha extender los brazos con una sonrisa, a medida que él se acercaba hasta ella, con una gran sonrisa–. Te presento a Kelly –decía, al tiempo que la dejaba con cuidado en los brazos de su madre.
–Hola, chiquitina –la saludó con una radiante sonrisa, fijándose en sus facciones con cierta emoción–. Eres preciosa –comentó, a pesar de estar arrugadita y tener la piel algo roja. La pequeña tenía muy poco cabello, pero era morenito como el de su madre.
La enfermera entró para dejar el carrito en la habitación, detrás de Kai. Salió unos momentos al pasillo para darles un poco de intimidad.
Maggie sonrió al ver esa escena–. Es muy guapa. –añadió.
Erika sonrió al verla tan pequeña– ¿Puedo darle un beso? –le preguntó a su padre.
–En la mano –contestó su padre.
Ella se puso de pie sobre la silla para llegar mejor y con mucho cuidado cogió la mano de Kelly y le dio un beso–. Hola hermanita –sonrió y tanto Sam como Kai se miraron con sonrisas cómplices–. Papi, ¿Samantha puede ser mi mami y Kelly mi hermanita? –Preguntó, dejando de mirar al bebé, para ahora mirar a su padre–. Por favor –le rogó.
Kai asintió–. Sólo si tú quieres.
–Yo si quiero. –confesó.
Kai miró a Samantha y le guiñó el ojo– ¿Tu qué dices Samantha? –le preguntó, como si en realidad no tuviesen ninguna relación.
Samantha decidió seguir el juego–. Yo digo que sí. –miró ahora a Erika, para ver cuál sería su reacción.
–¡Bien! –celebró–. Kelly, ya eres mi hermanita –le contaba, viendo que ésta se movía pero no abría los ojos. Eso le resultaba extraño– ¿Por qué no abre los ojos?
Sam le sonrió antes de contestarle–. Es muy pequeñita –aclaró.
La enfermera que había estado esperando fuera, tocó la puerta para llamar la atención de todos y entró al interior de la habitación–. Lo siento, pero tienen que dejarme sólo con la madre, para que le dé de comer al bebé –refirió.
–De acuerdo –contestó el bicolor–. Vamos –animó a Erika desde el frente a que bajase de la silla.
La niña miró a la más pequeña–. Luego venimos, ¿vale Kelly? Cuida de mamá –le dio otro besito en la mano y se bajó de la silla.
Maggie cogió a su nieta de la mano y miró a Samantha–. Hasta luego –la despidió, caminando unos pasos para indicarle a la niña que iban a salir sin más contratiempos de la habitación.
Kai depositó un beso cuidadoso en la frente de la niña y otro en los labios de la joven–. Bien hecho. Estoy orgulloso de ti. Te quiero –susurró.
–Y yo a ti –contestó, antes de ver cómo Kai caminaba hacia la puerta de la habitación, para salir por ella. Una vez que las dos mujeres se quedaron a solas, le explicó todo lo que debía de saber y contestó las dudas de la joven.
KAI&SAMANTHA
En la noche, los amigos de Kai y Samantha fueron a visitarla y les dieron la enhorabuena. Mao, Salima y Mariam estaban sentadas en los asientos en ese orden. Los hombres estaban de pie, al final de la cama, junto al carrito de Alison, guardando turnos para hablar con Samantha, ya que las chicas no paraban de hablar con ella.
Kai se había llevado a los niños al pasillo de la sala de las incubadoras, para que a través de un cristal, vieran a la pequeña. No se les permitía el paso, así que tenían que conformarse con ello.
Todos coincidían en que cuando habían ido por turnos a ver a la niña en el pasillo de las incubadoras, era muy pequeñita y despertaba mucha ternura.
Erika entró junto a su "primo Maxie" y su padre, a la habitación. Caminó con rapidez hacia la cama–. Mamá, Kelly ha abierto los ojos –decía sombrada, acercándose a la cama, por el lado derecho. Todos se miraron entre sí, al escuchar la palabra mamá. Era raro, ya que Erika nunca la había llamando así antes, pero imaginaron que Kai y la chica, les habrían contado sobre su relación.
–¿Sí? ¿Y de qué color los tiene? –preguntó con una sonrisa, al ver con qué emoción se lo contaba la pequeña.
–No lo sé. Está un poco lejos –reconoció.
–Bueno, en unos días más, seguro que los abre más continuos y podremos ver de qué color tiene los ojos –le dijo, extendiendo la mano, para acariciarle la cabeza.
En ese momento entró una enfermera con un carrito lleno de comida–. Lo siento, pero la hora de visita ha terminado –les informó. Las que estaban sentadas, se pusieron de pie y tras despedirse de ambos, abandonaron la habitación. La enfermera desplegó la mesa, quedando en forma de 7, para meterla hacia la cama por un lateral, ya que tenía ruedas abajo para moverla más libremente. Cogió la bandeja del carrito y la dejó sobre esa mesa .Tras ver que todos se habían marchado, se retiró a seguir con sus quehaceres.
Kai cogió a la niña de la mano y se sentaron en los asientos libres, fijándose en la cena que comería la joven. Sopa, un yogurt, un pedazo de pan, una botellita de leche y una tarrina de gelatina. Envueltas en su precinto, tenía una cuchara y al lado una servilleta.
–Tiene buena pinta –agregó la joven–. Aunque no tengo mucha hambre –confesó, mirando después a Kai. Recordó cuando estuvo enferma con fiebre debido al embarazo y cómo Kai le dio de comer como si fuese un bebé. No quería que hiciese algo así otra vez y menos en un hospital–. Pero, intentaré comérmelo todo –agregó.
–Así me gusta –dijo Kai.
En ese momento, Maggie entró por la puerta. Se había ido al apartamento de Kai para dejar la cena lista para la niña y para ella y preparar las cosas del colegio. Kai se quedaría a pasar esa noche con Samantha, así que ella tendría que ocuparse de su nieta y llevarla mañana al colegio.
–Ya estoy aquí –avisó y se acercó a la cama por la derecha de la joven– ¿Te encuentras mejor?
–Un poco –respondió con una sonrisa.
–Será difícil, pero espero que pases una buena noche.
–Gracias.
La mujer miró a su nieta–. Erika, despídete de ellos. Nos vamos a casa –le avisó.
La niña miró a su padre–. Papi, yo no quiero irme. Quiero quedarme con vosotros.
–Tienes que hacerle caso a tu abuela –refirió.
–Pero, yo no quiero. –decía intentando convencerle.
Samantha la miró con compresión. No era fácil para una niña, despegarse de sus padres y ella seguramente pensaría que ahí las dos podrían compartir la cama como hacían a veces. Pero la realidad era otra. Incluso se había negado en un principio a que Kai dijese de quedarse a pasar la noche–. Cielo –la llamó, para captar su atención y una vez que la tuvo, decidió continuar–. Aquí no vas a poder dormir y mañana tu hermanita estará despierta y no la podrás ver porque tú estarás dormida. La hermanita te echará mucho de menos y llorara si no te ve aquí. ¿Prefieres eso?
–No, yo quiero verla mañana cuando esté despierta –contestó.
Kai decidió continuar–. Entonces vete con la abuelita a casa y mañana volveréis a venir, ¿vale?
La niña miró a su padre–. Vale, papá.
El bicolor se agachó para darle un beso en la mejilla–. Hasta mañana. Pórtate bien –le recordó. Hazle caso a la abuela en todo lo que te diga –la cogió en brazos para que le pudiera dar un beso a Samantha en la mejilla.
–Hasta mañana mami, que duermas bien.
–Hasta mañana –contestó, correspondiendo el beso.
Después de eso, Erika y Maggie se marcharon.
Kai la vio sacar de su funda la cuchara para hundirla en la sopa–. Siempre me lo he preguntado. ¿Cómo haces para convencerla tan rápido? –preguntó impresionado, ya que sabía lo insistente que podía llegar a ser su hija.
–No lo sé –contestó–. Será una especie de don que tengo, o algo así –comentó con una sonrisa. Se llevó la cuchara llena de sopa a la boca para saborearla.
Kai la observó en silencio unos segundos, hasta que finalmente decidió hablar–. Hoy has sido muy valiente. Ha tenido que ser realmente doloroso. –Comentó, viendo cómo ésta ahora le miró, tragándose la sopa que tenía en la boca–. La enfermera me explicó que no hubo anestesista.
–Estaba aterrorizada en el quirófano –le hizo saber.
–No soy una, pero creo que es algo normal en una mujer. Ha de ser algo muy grande.
–¿Sabes? Da la sensación de que te vas a morir de un momento a otro. Sientes que no serás capaz de hacerlo y que no te quedan fuerzas para seguir adelante. Pero esos intensos dolores, calambres y malestar, cambian cuando por fin tienes a tu bebé en brazos. –recordó las palabras de sus amigas y sonrió–. Mao y Mariam tenían razón. Se sufre muchísimo, pero pasar ese sufrimiento vale la pena cuando ves que tu bebé está sano y te coge del dedo con su fuerza o le das el pecho –comentó con alegría–. Es una sensación que no se puede describir con palabras. Hay que vivirlo para entenderlo –le explicaba.
KAI&SAMANTHA
Al día siguiente…
Por la tarde, Samantha le daba el pecho a su hija. Estaban ellas dos solas en la habitación, ya que Kai se había ido al apartamento para darse una ducha y comer un poco. Luego traería con él a Maggie y a Erika para que vieran al bebé y a Samantha.
La joven se dio cuenta de que la niña había dejado de mamar, seguramente se estaba quedando dormida con el calor que desprendía su cuerpo–. No te duermas –susurró, dándole un toquecito en la mejilla con su dedo índice para despertarla. Cómo esperaba, la niña volvió a mamar, hasta soltar el pezón– ¿No quieres más? –le preguntó, aunque no esperaba que le contestase. Se bajó la camiseta y miró a la pequeña–. Vamos a echar el aire –le decía. La cambió de postura y la puso un poco levantada, apoyándola en su pecho. Le dio suaves toquecitos en la espalda, a lo que la niña arrugó la frente.
Tras ver que la niña había echado el aire, sonrió y la volvió a acomodar en sus brazos–. Muy bien –le decía, al tiempo que vio cómo abría los ojos para mirarle unos segundos–. Hola preciosa –la saludó y le dio un beso en la frente–. Eres una niña muy buena. Mami está muy orgullosa de ti.
Ella no sabía que estaba siendo vigilada desde el marco de la puerta. Mark había preguntado en información, si Samantha estaba ingresada y en qué habitación estaba. Se encontró la puerta entornada y se detuvo en el pasillo unos minutos, escuchando los ruidos del interior para comprobar que ese chico no estaba allí. Llevaba una bolsa de plástico con dos asas en la mano izquierda y en el interior un regalo para la niña, así que procuró de no hacer ruido con ella
Cuando sólo escuchó la voz de Samantha, empujó la puerta con lentitud y la vio muy alegre, con la niña en sus brazos. Hablaba con la pequeña con ánimo y al parecer no se había percatado de su presencia ahí, por lo que la pudo completar con más tranquilidad.
A pesar de no amarle a él, veía cómo quería a la niña. Cada día que pasaba, se sentía más culpable de sus actos y comportamiento con Samantha. Pero su egoísmo y prepotencia podían con él y le nublaban la vista.
–Eres una niña muy buena. Mami está muy orgullosa de ti –escuchó decir a Samantha.
"Esa niña también es mi orgulloso", pensó con una sonrisa–. Es una niña preciosa –comentó, alarmando a la joven, que no tardó en mirar hacia la puerta–. Se parece a ti –continuó diciendo, entrando al interior de la habitación.
–¿¡Qué haces aquí!? –subió el tono de voz y eso asustó a la niña, la cual empezó a llorar–. Shhh. Ya está, ya está. No pasa nada –intentaba tranquilizarla y miró hacia Mark, el cual ya estaba al pie de la cama. Abrazó más a la niña para protegerla, permaneciendo a la defensiva– ¿Qué haces aquí? –repitió.
–Tu novio me rompió unas costillas y he estado ingresado en este hospital. –refirió–. Te vi ayer aquí cuando entraste por urgencias. Fue por casualidad –reconoció–. He venido a ver cómo estabas. –dio un paso para rodear la cama.
–No te acerques –siseó–. Estoy bien, ya puedes irte –le hizo saber con rapidez.
–Tranquila, sólo quiero hablar contigo.
–No me vas a quitar a mi hija –refirió, viendo cómo Mark dio otro paso– ¡Te he dicho que no te acerques! –sentenció, agarrando esta vez la mano de la pequeña.
Detuvo su paso–. Entiendo que me tengas miedo, pero no voy a haceros daño –advirtió.
–Primero me pediste que perdiera a mi hija y después me dijiste que si llegaba a nacer, me la quitarías y no la volvería a ver. Ni siquiera quiero verte –le informó– ¿Qué es lo que quieres de mí?
–Sólo hablar contigo. De nosotros –especificó.
–No hay un nosotros, Mark. No tenemos nada de qué hablar –le hizo saber.
Definitivamente la chica no se lo pondría fácil y no la culpaba. Después de todo su comportamiento hacia él desde un principio, era totalmente lógico. El que no se sabía comportar, era él. Sonrió con algo de nostalgia– ¿Eres feliz?
–Lo era hasta que has aparecido por esa puerta –siseó con enfado.
–Samantha, estos meses que he estado sin ti, he tenido tiempo para reflexionar sobre mi vida y mis actos. Mi amor por ti es sincero y fuerte, pero a la vez nos destruye porque no sé cómo manejarlo. –Silenció unos segundos, al ver que tenía la atención de la joven–. He llegado a la conclusión de que estoy arrepentido por lo que te hice. Te he mentido y quiero que sepas la verdad.
–No me interesan tus mentiras.
–Por favor, escúchame –le pidió–. Te prometo que no te mentiré.
–Por favor, vete de aquí –le pidió un poco afligida–. Ya me has hecho bastante daño a mí y a mi familia –fue interrumpida por el joven de ojos verdes.
–Samantha, no recuerdas nada de lo sucedido, porque mis amigos te drogaron esa noche –anunció rápidamente, captando la atención de ella–. Yo ni siquiera lo sabía.
Suspiró cansada–. Me da igual lo que pasara esa noche. Ya nada va a cambiar. –le hizo ver.
–¿Quieres saber para que lo hicieron? –ante el silencio de la chica, decidió continuar–. Para ayudarme a que te acostaras conmigo. Dijeron que así no te resistirías a mí, pero…
Decidió interrumpir al otro en su relato. Si esa era la verdad, era muy dolorosa y muy mezquina. Se sentía triste y enfadada–. Mark, déjalo –le pidió afligida. ¿Cómo pudo ser tan estúpida de acostarse con alguien a quien no amaba, por culpa de una droga? Incluso empezó a despreciarse a ella misma.
–Incluso en esas condiciones, te resististe a mí –se apresuró a decir, ya que no quería que la chica se llevase una idea equivocada–. Ni siquiera me correspondiste ni un solo beso.
La joven miró perpleja al otro, sin comprender del todo la situación– ¿Qué? –fue lo único que atinó a decir. Según recordaba, Mark le había dicho otra cosa cuando despertó en su cama–. Pero tú me dijiste que…–silenció, intentando atar los cabos sueltos en su cabeza, pero no podía.
Suspiró con pesar–. Te mentí. No quería que me abandonaras y no estaba en mis planes el haberte dejado embarazada. –Miró a la chica con remordimientos–. Te pedí que abortaras, no porque no quisiera a mi propio hijo, sino porque con la vida tan desordenada que llevo, no sería un buen padre para el bebé. –dejó la bolsa en el suelo.
Samantha no daba crédito a lo que escuchaba– ¿Por qué me cuentas todo esto ahora? –Quiso saber– ¿Qué te ha empujado a decírmelo?
Mark miró a la pequeña y mostró una sonrisa sincera–. Ella –sonrió–. Anoche estuve observándola en la sala de incubadoras, y comprendí que no era justo que continuaras creyendo esa mentira. Me hizo darme cuenta de lo mal que te lo hecho pasar y me dio el valor para reconocer mis errores. –subió ahora la mirada hacia la chica, viendo que su mirada estaba atónita.
–Yo… no sé qué decir –confesó–. Hay cosas que no entiendo.
–Tranquila, voy a contártelo todo.
Flash Back
Mark y Samantha entraban a la casa de un amigo de éste. Les habían invitado a una fiesta y al final habían decidido ir. Mark vestía con una camisa blanca y un pantalón marrón y ella con un vestido de tirantes, corto hasta las rodillas azul oscuro. Llevaba el cabello suelto y unos zapatos negros.
Aunque entraron a un gran comedor, parecía más bien que se tratara de una discoteca. Habían puesto algunas luces de colores en el techo, enganchadas quien sabía cómo y la música estaba muy fuerte. Habían retirado los muebles y los habían puesto pegados a la pared para hacer una gran pista en el centro. En ella había bastante gente bailando y haciendo el tonto. Dudaban que estuvieran en sus cinco sentidos.
El anfitrión de la fiesta se acercó hasta los recién llegados y abrió los brazos de par en par, para darle un abrazo a su amigo–. Mark, amigo –decía con un tono en que apenas se le entendía. Debía de estar bastante borracho. Era de la altura de Mark, tenía el cabello algo largo hasta los hombros y era rubio de ojos azules. Su piel era clara y tenía las cejas bastante pobladas. Vestía con un pantalón blanco y una camisa roja.
–Steven, ¿cómo te va? –le dio unas palmadas en la espalda y rompió el abrazo.
–Pues un poco mal. Me caso –contó, cómo si el otro no lo supiera–. Esta es mi despedida de soltero –le hizo saber, tambaleándose un poco.
–Lo sé –agregó con una sonrisa. Su amigo parecía que no recordaba que invitó a la gente con ese propósito.
Miró hacia un lado de su amigo, viendo a una chica bastante atractiva–. Guau –silbó–. Qué bombón –confesó, viendo que la chica miró hacia un lado con molestia– ¿Quién es Marki? –Preguntó y entonces se acercó a su oído–. ¿Es una de tus amantes? –preguntó con una sonrisa pícara.
–No –separó a su amigo de él un poco, para verle de frente–. Es mi novia. Se llama Samantha. –Pasó su brazo izquierdo por detrás de la joven, para abrazarla, dejando su mano descansar en el hombro femenino–. Así que no te acerques mucho a ella. Ya sabes lo celoso que soy –le recordó, al tiempo que Samantha miró hacia esa mano y se la quitó de encima.
–Tranquilo Marki. Pasad y tomad todo lo que queráis –alargó la frase en un tono divertido.
–Gracias. –Miró a la chica–. Vamos, Samantha –le indicó. Agarró con su mano izquierda, la derecha de la joven, pero ésta rápidamente soltó el agarre.
Con cara de pocos amigos, Samantha caminó por delante de Mark y se sentó en una silla libre que vio por el comedor. Cruzó sus brazos y sus piernas mientras su mirada era de indignación. "Se llena la boca llamándose su novia y ni siquiera me trata como tal", pensaba, notando que Mark se sentaba en la silla de al lado junto a ella. "Quería salir de esas cuatro paredes, pero he ido a parar a una casa llena de borrachos". Miraba a su alrededor y veía cierto desmadre.
Steve se acercó al oído de su amigo para volverle a susurrar mientras reía– ¿Te la has tirado ya? –se retiró un poco para ver la contestación que le daría su amigo.
–Aún no. –Decidió cambiar el tema–. Tomaré un poco de ron. Ellos siempre alardeaban de las chicas con las que salían y las veces que habían tenido sexo. Pero reconocer que todavía no había conseguido a Samantha en aquel aspecto, le daba cierto reparo.
Steven miró a la chica con cierta lujuria en sus ojos– ¿Y para ti, encanto? –preguntó, refiriéndose a la bebida.
Samantha le miró con cierta molestia–. No quiero nada, gracias. –devolvió su vista hacia esa gente que bailaba.
–Vamos –la animó.
–Ella no bebe alcohol –respondió Mark.
Steve miró a la chica con una sonrisa–. También hay cosas sin alcohol –le hizo saber, pero ella parecía ignorarle.
Mark la observó y decidió contestar por ella–. Tráele cualquier cosa.
El rubio dio una palmada con ambas manos–. Marchando un ron y un cualquier cosa –añadió, caminando dirección hacia la cocina, donde se encontraban las bebidas.
Mark miró de abajo a arriba a la chica, ya que su mirada estaba todavía puesta en ella. La veía bastante enfadada y no sabía si era por esa fiesta o por el comportamiento de su amigo–. Tranquila gatita, sólo intenta ser amable contigo –le hizo saber. Juntó su silla más a la de la joven–. Estás especialmente sexy esta noche –comentó con una sonrisa pícara.
La joven rulo la vista–. No empieces, ¿quieres? –habló con hastío.
–Pero es verdad –continuó.
La chica le miró–. Bastante castigo es tener que estar aquí contigo, así que déjame tranquila –decía con genio.
Mark suspiró sintiéndose enfadado. En verdad era un hueso duro de roer. No aceptaba sus halagos, ni salir con él en compañía de sus amigos… realmente era terca. Pero ya se acostumbraría a su presencia. Desvió la mirada hacia el frente y vio a su amigo con dos vasos en la mano y mirando atentamente las piernas cruzadas de Samantha. ¿Cuánto tiempo llevaba ahí parado?
Chasqueó la lengua y se sintió enfadado– ¡Oye, deja de mirarla así! –le regañó, al sentir que la miraba con cierto deseo.
El amigo se echó a reír, al haber sido pillado infraganti por Mark. En verdad se estaba imaginando cosas subidas de tono con esa chica–. Tienes razón. –extendió los brazos, para poner las bebidas frente a ellos–. Toma, tu ron –decía mirando a Mark, para luego mirar a la otra–. Y tu cualquier cosa. –Mark aceptó el vaso al cogerlo con la mano, pero la chica miraba tanto a Steven como al vaso, con desconfianza–. Tranquila, no lleva alcohol –explicaba con cierto trabamiento en su lengua.
La joven cogió el vaso que le ofrecía. Ella no bebía alcohol, así que si eso llevaba algo de alcohol lo notaría enseguida. Lo olió primero y no olía a nada raro, sólo un poco a naranja. Se llevó el vaso hasta la boca, para humedecer los labios. A lo contrario que ella pensaba, sabía dulce como un caramelo. Más confiada le dio un trago. Realmente esa bebida era deliciosa. ¿Cómo se llamaría?
KAI&SAMANTHA
El ambiente estaba bastante animado, y puesto que Samantha no había estado muy cooperativa esa noche con Mark, la dejó sola en la silla y él se fue a hablar con unos amigos suyos que hacía tiempo no veía. Pasó una hora y Mark dejó su segundo vaso de ron, sobre una mesa. Éste miró hacia la dirección en la que se suponía que debía de estar la chica. Pero había mucha gente de por medio y no podía verla.
Dejando a sus amigos, decidió echar un vistazo. Caminó entre la gente para abrirse paso, hasta que finalmente la focalizó. Pero no la encontró como él esperaba. La chica seguía sentada en la silla, pero cabeceaba hacia la izquierda con los ojos cerrados, hasta que finalmente soltó el vaso que tenía en la mano. Cuando el vaso tocó el suelo, se rompió.
¿Sam se estaba quedando dormida con ese bullicio de fondo? Le pareció extraño, después de todo, no era tan tarde–. Samy –la llamó, y se agachó un poco para zarandearla en el hombro, pero ésta parecía no reaccionar–. Samantha –puso su mano derecha sobre la mejilla izquierda de la chica para levantarle la cabeza y que le mirase de frente– ¿Qué te pasa? –preguntó confundido. Ni siquiera parecía escucharle.
Sintió una mano en su hombro y miró hacia su izquierda para ver de quien se trataba. Su amigo Steven sonreía con cara de triunfo–. Viva las bebidas misteriosas –agregó, levantando su dedo pulgar hacia arriba, viendo su éxito frente a sus ojos.
–¿Misteriosas? –Preguntó sin entenderle, hasta que cayó en la cuenta de algo– ¿Qué era lo que les dado de beber? –más que una pregunta, exigía saberlo.
–Jijiji –reía divertido y palmeó el hombro de su amigo para ahora mirarle–. Digamos que he añadido algo en su bebida.
–¿Alcohol?
–Nt, nt, nt. Algo mucho más efectivo y rápido. –añadió intentando aguantarse la risa.
–¿Qué? –preguntó incrédulo. Miró de nuevo a la joven y le dio varios toques en las mejillas–. Sam, despierta. Sam, no te duermas.
–Déjame en paz –añadió con la voz un poco ronca y baja.
Miró a su amigo con fiereza– ¿¡Por qué has hecho esto!? –quiso saber.
El rubio se acercó a su oído–. Para que te la puedas llevar a la cama. Igual que haces con todas. –le dijo con obviedad.
Al escuchar esas palabras, decidió cargar a la chica en sus brazos como pudo–. Volvemos a casa, Samy –Samantha no era como esas otras chicas que se acercaban a él por interés. Ella siempre decía lo que sentía y pensaba. Ni siquiera le gustaba la idea de que su amigo la hubiese visto como una cualquiera.
Caminó con ella hasta estar fuera de la casa, seguidos por Steven. Cuando la chica consiguió abrir los ojos, se dio cuenta de que estaba en los brazos de Mark y no le gustó.
–Suéltame –le pidió, alargando la frase–. Yo puedo andar solita –decía con seguridad.
El joven de ojos verdes la soltó en el suelo y la vio tambalearse–. Metete en el coche. Ahora voy yo. –le indicó. Se dio la vuelta al sentir pasos tras él y se encontró con el sonriente y borracho rubio. Mark no pudo contenerse y lo agarró de la camisa del cuello, levantándole con fuerza hacia arriba–. Yo no te había pedido que hicieras algo así –siseó–. Nunca lo he hecho.
El rubio soltó una carcajada–. Yo que tu aprovecharía la ocasión para hacer ya sabes qué cosas –decía divertido y con la lengua trabada–. Parece una chica difícil, así se pondrá más mansita –aseguró–. Jijiji.
Mark lo soltó con brusquedad, cayendo éste al suelo. Ayudó a la chica a entrar en el coche y se condujo hasta su casa de alquiler.
KAI&SAMANTHA
Cuando aparcó el coche, el joven abrió su puerta para salir, y así lo hizo ella también, pero resbaló y cayó al suelo. Se echó a reír ante la caída tan tonta que había tenido.
Mark no tardó en ponerla en pie– ¿Te has hecho daño?
–No me toques –agregó a la defensiva, soltándose del agarre del chico.
Cuando el chico abrió la puerta de la casa, Samantha caminó con cierta dificultad hacia su habitación. Mark la seguía de cerca por si volvía a caerse. Estaba claro que la chica no iba a aceptar su ayuda, aunque se la ofreciese.
Al entrar por fin en su habitación, se dejó caer sobre la cama boca abajo, bajo la atenta mirada de Mark. La cama estaba frente a la puerta. Tenía a ambos lados, una mesita de noche y un armario a la izquierda, pegado a la pared.
La chica se quejó y se dio la vuelta para ponerse boca arriba con sus ojos cerrados. El vestido se le subió bastante, mostrando demasiado sus muslos. El tirante de su hombro derecho estaba caído y extendió sus brazos a lo ancho de la cama. Entreabrió la boca, y su pecho subía y bajaba de forma provocativa.
Mark pensó en las palabras de su amigo. Tenía claro que Samantha era especial para él y es por eso que no la había forzado a tener ese tipo de relaciones con él todavía. Quería atesorarla, pero también era un hombre y tenía ciertas necesidades que cumplir. Es por eso que usaba a otras chicas que se le acercaban con interés y tenía sexo con ellas, aunque en realidad no significaban nada para él sentimentalmente.
Siempre había utilizado a las mujeres a su conveniencia y ellas caían como idiotas en sus brazos cuando les prometía cierto poder, prestigio, fama… aquello que deseaban escuchar. Cuando conoció a Samantha en el instituto, se dio cuenta de que ella no era como el resto. No se dejaba llevar por palabras bonitas, ni camelos.
Es por eso que se interesó en ella de sobremanera. Le gustaba incluso la forma en la que le negaba las cosas insistentemente una y otra vez. Ese carácter fuerte contra él, esa sonrisa que le dedicaba a la gente de su entorno, su belleza, su terquedad… Tan mal se llevaban entre ellos que llegó a pensar que había cierto juego en aquella situación.
Cuando se enteró de que era hija de unos de los socios con los que trabajaba su empresa, no pudo remediar el intentar tenerla a la fuerza. Decidió algo drástico y que estaba seguro de que funcionaría y por fin la obtendría.
Tras ese trato que hizo con ella, decidió llevársela consigo. Quizás con el tiempo se acostumbrarían uno al otro y la joven terminaría enamorándose de él. Pero vio que no era así. Alejarla de su padre, de su país, de sus amigos… no era suficiente. Aunque la situación se había reducido a que sus ojos sólo le mirasen a él, parecía que no bastaba.
Como último recurso, decidió ponerla celosa con cualquier amante que tuviese a mano. Ni siquiera le importaba la otra chica. Sólo quería que Samantha sintiese celos y lo proclamase como su hombre de una vez por todas.
En ocasiones se sentía desesperado y no sabía cómo comportarse. ¿Por qué Samantha no podía verlo como un hombre? ¿Por qué no podía ver dentro de su corazón y ver que en éste sólo se encontraba ella? ¿Tan difícil era de creer que la quería?
Incluso las pocas veces que salían con otra gente, no podía evitar sentirse celoso y sobreprotector, al saber que los otros chicos se sentían atraídos hacia Samantha y no sólo por su belleza.
–Sam –susurró y tragó con dificultad al verla. Se acercó a la cama y se puso a horcajadas sobre ésta, dejando a la chica debajo de él. Quizás su amigo tenía razón y sería la única oportunidad en la que se encontraría sumisa. Faltaba poco tiempo para la boda, ¿pero podría seguir esperando? No besarla, no acariciarla, no tocarla. Era mucho pedir para él, que tanto la deseaba desde que la conoció. "Son sólo unos meses", pensó "Si es ahora o después, no habrá mucha diferencia. Seguirá sintiendo lo mismo por mí, que ahora", pesaba, mordiéndose el labio inferior.
Se agachó y comenzó a besarle en los labios. Ella parecía no reaccionar, así que se dejó caer un poco en peso.
Abrió los ojos un poco aturdida, al sentir peso en su cuerpo. Se encontró con la cara de Mark muy cerca, sintiendo cómo le besaba ahora la mejilla– ¿Qué crees que estás haciendo?
Se separó un poco–. Besarte –añadió, haciendo un camino de besos hasta el cuello.
–¿Ya nos hemos casado? –preguntó confundida.
Mark dejó de besarla, para mirarla. Desde luego parecía más sumisa que siempre y tampoco parecía estar en sus cabales cuando le hacía esa pregunta. Pasó una de sus manos, por las mejillas sonrosadas. No sabía qué tipo de droga había utilizado su amigo en ella, pero con un poco de suerte, ella no sufriría tanto al tener relaciones con él y él obtendría lo que deseaba. Aunque para ello, tuviera que seguirle el juego.
–Claro –sonrió–. Hoy es nuestra noche de bodas. Recuerdas nuestra promesa, ¿verdad? –esta vez, decidió bajar su cabeza hasta el pecho.
Samantha enarcó una ceja–. Déjame, tengo mucho sueño –cerró los ojos con pesar y no pudo evitar echarse a reír, al sentir cierto cosquilleo donde le besaban.
El chico la miró confundido– ¿De qué te ríes? –preguntó, mostrando una sonrisa, de ver a la chica sonreír.
–No lo sé –confesó entre risas–. Tengo mucho calor –reconoció, y miró a su alrededor, intentando reconocer el lugar en el que estaba.
–Tienes razón –añadió Mark, quedando sentado de rodillas en la cama. Se apresuró a desabotonarse la camisa y en quitársela, para tirarla hacia atrás, sin importarle donde cayera. Cayó en la cuenta de que tendría que quitarse los zapatos. Así que se quitó de la cama y poniéndose de pie, se fue quitando los zapatos con algo de rapidez y desesperación.
Ella se incorporó como pudo sobre la cama y se quitó los zapatos con sus manos. Los lanzó al suelo y se echó a reír–. Jajaja. Quiero más cómo se llame –dijo, intentando irse hacia el bordillo de la cama. Se tambaleó un poco y se puso de pie con éxito.
El joven se apresuró a bajarse el pantalón y los calzoncillos a la vez, hasta dejarlos cerca del suelo– ¿A dónde vas? –quiso saber, sacando sus pies de ambos ropajes, para quedarse totalmente desnudo.
–A por cómo se llame. –decía intentando dar un paso, sin tambalearse.
Pasó de largo de ella y con brusquedad, retiró las sábanas hacia atrás–. No hay –contestó, acercándose a ella, para agarrarla del trasero y levantarla en peso, dejándola finalmente sobre la cama.
Confundida, quedó abierta de piernas debido a la posición. Mark la miraba con cierta lujuria y eso la confundía más. Con suaves caricias que la hicieron reír, el chico levantó el vestido, sacándolo por arriba, aunque para sorpresa de éste, Sam levantó los brazos, para ayudar a quitárselo. Ella tenía calor y ese vestido le molestaba, aunque no recordaba cómo quitárselo.
Con una sonrisa de satisfacción, el chico le puso ambas manos en las caderas y bajó lentamente hasta deslizarle las bragas por las piernas. Al escuchar la risa de Samantha, él sonrió. Parecía que le gustaba. Se apartó un poco para poder quitarle las bragas y tirarlas hacia atrás.
Sonrió al verla casi desnuda y procedió a tomar su postura anterior en la cama, para quitarle el sujetador y tirarlo también. Sus ojos brillaron de júbilo al ver ese maravilloso cuerpo desnudo. No pudo resistirse por más tiempo y poniendo una mano en el pecho derecho de la joven, se agachó para besar el izquierdo.
La chica sonreía al sentir cosquillas en esa zona. Cerró los ojos sintiendo esa sensación placentera. Dio un respingo y abrió los ojos al sentir cómo la lengua de Mark jugaba con su pezón izquierdo, al igual que su mano, jugaba con el pezón de derecho.
El joven de ojos verdes abandonó uno de los pechos, para seguir con su recorrido hacia abajo–. Te quiero –susurró.
Al sentir el cosquilleo, que se dirigía hacia su ombligo, no pudo evitar echarse a reír de nuevo–. Yo a ti no –contestó entre risas.
Mark abandonó esa parte para subir hasta el cuello. Con su mano, hizo presión en el pecho que sujetaba y llevó su otra mano hacia la parte íntima de Samantha, donde hizo presión.
–¡Ah! –añadió, al sentir una sensación extraña para ella. Una mano en su parte íntima, otra en su pecho derecho y besos en su cuello. No le gustaba el rumbo que estaba tomando todo eso y esa sensación nueva para ella que sentía, la confundía más– No me gusta esta sensación. Déjame –le pidió intentando coger aire de nuevo. Dejó escapar otro suspiró al sentir cierto calambre placentero.
Mark abandonó su cuello y la miró–. Te gustará –aseguró con voz sedosa–. Te va a encantar –no pudo resistirse a besarla en los labios–. Yo haré que te guste –dijo entre besos. Penetró uno de sus dedos en la zona baja y pudo escuchar cómo la chica se quejó bajo ese beso. Sacó la mano de ahí, para apoyarse en la cama y dejó de besarla–. Ahora eres mi esposa y tendrás que complacerme –le hizo ver, bajo la mirada atónita de ésta. Se acercó a su oído y le susurró–. Ahora viene lo mejor –se incorporó y la agarró de las caderas. Con su miembro desnudo, comenzó a penetrarla, viendo que ella se agarraba a las sábanas con fuerza, dando un grito de dolor. Permaneció quieto unos momentos, y se agachó hacia ella, haciendo su penetración más profunda.
Volvió a gritar y soltó las sábanas para agarrarse con fuerza a la espalda del chico. Tan fuerte, que clavó sus uñas en su espalda. Aunque el chico se quejó, comenzó a moverse dentro de ella. Samantha empezó a llorar asustada y por el dolor que estaba sintiendo en el interior de su cuerpo.
Mark la miraba esperando algún tipo de respuesta por parte de ella. Alguna caricia, algún beso correspondido, alguna expresión indicando que aquello le estaba gustando tanto como a él. Pero no era así. ¿Por qué? ¿Tanto le odiaba? ¿Tanto era su desprecio hacia él?
Samantha ladeó la cabeza. Aquellas emociones dentro de ella la estaban confundiendo. Algo doloroso, pero sin embargo en cierta forma le gustaba. Era algo muy contradictorio. Abría la boca buscando algo de aire, ya que la temperatura de su cuerpo acrecentaba y aunque no quería a Mark, no podía controlar del todo a su cuerpo, sobre todo la parte de las caderas, que intentaban moverse por sí solas.
–Samantha, mírame –le pidió. Hizo más fuerza al apoyar sus manos en el colchón, ya que sentía que debía de acelerar el paso. Aunque tenía Samantha donde quería, parecía estar ausente en cierta forma. No le miraba, sólo lloraba y dejaba escapar algún grito bien por el placer, bien por el dolor. Sólo podía sentir cómo sus manos ejercían cierta presión en su espada, pero sólo eso. Seguramente estaban ahí porque había olvidado quitarlas–. Samy, dime algo. –comenzó a besarla con desesperación en labio y cuello, hasta dónde le permitía su cabeza llegar. Le costaba continuar haciendo ambas cosas a la vez, así que levantó la cabeza y aceleró más su ritmo, soltando varios jadeos de placer, ya que el clímax estaba cerca. No pudo evitar derramar su esencia dentro de la joven cuando llegó el momento, hasta que finalmente sus movimientos pasaron de ser rápidos a detenerse.
Mantuvo su miembro dentro de la joven hasta que lo creyó conveniente y aprovechó para besarla por el hombro. Salió del cuerpo de la joven y procedió a besarle los muslos, escuchando su respiración todavía acelerada y su aliento chocar en los muslos. Escuchó a la chica sollozar, así que dejó de hacer lo hacía, para mirarla y dejar escapar un suspiro.
Realmente el amor que sentía hacia ella, no era un amor recíproco. La vio taparse con las manos y con la mirada afligida mientras lloraba, los pechos. Probablemente se sentía avergonzada de lo que había sucedido o avergonzada de que la mirase. No lo sabía. Pero esa escena la hacía verse totalmente frágil y desprotegida. No tardó en sentirse culpable de que fuera así.
Se tumbó a su lado y la miró, viendo que la dirección hacia la que apuntaba la cara femenia, era la contraria. Acercó su mano hasta la mejilla de la chica, pero ésta movió su cara con brusquedad, intentando huir de ese toque. Se incorporó y agarró las sábanas para taparla–. Lo siento –agregó, dándose la vuelta.
Fin Flash back
Samantha se quedó sin palabras frente a ese relato.
–Te mentí aquella mañana, porque me dijiste que me odiabas y que sentías asco hacia mí. Pensé que si te decía que tú te habías entregado a mí por propia voluntad, podrías llegar a amarme de alguna forma.
–Recuerdo aquella mañana.
Flash back
Samantha abrió los ojos con pesadez. Volvió a cerrarlos, para intentar cambiar de postura, pero sentía su cuerpo muy adolorido. Abrió los ojos de nuevo e hizo una mueca de dolor en su boca. No sólo sentía como si le hubiesen pegado una paliza en la espalda, sino que le dolía en demasía la cabeza.
Se llevó una mano a la frente. "Mi cabeza", pensó, al tiempo que recapacitaba en que su brazo estaba desnudo. Sintió frío, así que se taparía con las sábanas. La agarró con su otra mano y vio también cómo su otro brazo estaba desnudo. Se incorporó en la cama para sentarse, dejando que las sábanas resbalasen hacia abajo por su cuerpo. Se sobresaltó al verse desnuda. ¿¡Qué hacía desnuda!? Se alarmó y sintió movimiento en la cama, un movimiento que ella no había provocado. Miró hacia su lado izquierdo, viendo unos hombros desnudos y una cabeza morena que le daba espalda. Volvió a sobresaltarse asustada, sintiendo un agudo dolor en su entrepierna.
Mark al sentir tanto movimiento, decidió darse la vuelta y abrió los ojos, encontrándose con que la joven le miraba con cierta impresión, sentada en la cama.
–Buenas días, cariño –saludó con una sonrisa.
–¿¡Qué haces aquí!? –preguntó confusa, cogiendo de nuevo las sábanas para taparse.
"No sé qué tipo de droga pondría Steven en su bebida, pero parece no recordar nada"–¿No me vas a dar un besito de buenos días? –le preguntó con cierta esperanza.
–¡Sal de mi habitación! –exigió.
Mark se incorporó para sentarse en la cama y mirarla más de cerca, al tiempo que ella intentaba taparse por todos lados–. No sé porqué te tapas tanto. Anoche ya nos vimos. No deberías de avergonzarte ahora. –comentó.
Samantha se fijó en el torso desnudo que mostraba el chico. Dudaba que bajo esas sábanas, Mark tuviese algo de ropa. Los dos desnudos, en la cama... no podía ser, ¿verdad? ¿Por qué no recordaba lo que había sucedido ayer?
Negó con la cabeza al pensar en esa posibilidad–. Mark, dime que no es lo que estoy pensando. Es una broma, ¿verdad? –Preguntó con cierta esperanza albergada en su interior–. Dime que no hicimos nada –necesitaba escuchar.
Su mirada reflejaba cierto temor y eso Mark lo podía ver–. Pues dime entonces que hacemos desnudos, en una cama y porqué te duele ciertas zonas de tu cuerpo –comentó, intentado ser de alguna forma gracioso.
–¡Mientes! –se llevó una mano a la cabeza, como si así pudiese recordarlo todo de golpe, pero no era así.
–No lo hago. Y he de decir que eres bastante salvaje. –giró un poco su cuerpo para que viera su espalda arañada. Esperó unos segundos y volvió a mirar a la chica–. Lo de anoche fue increíble. –llevó su mano hasta los temblorosos labios de la joven, y ella se hizo hacia atrás.
–¡No me toques! ¡Eres un maldito cerdo! ¡Me das asco! ¡Te odio! –gritó dolida en su orgullo.
–Pues para odiarme me trajiste a tu cama y te lanzaste sobre mí –contestó con seriedad–. Me dijiste al oído que me querías.
–¡Basta! –gritó, sintiendo que unas lágrimas ardientes, bajar por sus mejillas– ¡Me estás mintiendo! ¡Yo no soy así! –Sorbió el moquillo– ¡No pude hacer algo así! –Añadió en un hilo de voz– ¡Sal de aquí! –gritó llena de rabia.
Mark la vio completamente destrozada. Ya no había marcha atrás, la había mentido y no cambiaría ahora de opinión. Quizás no sería capaz de soportar la verdad si se enteraba.
Retiró las sábanas hacia un lado– ¡Pues lo hiciste y no sabes lo feliz que me hiciste anoche! –añadió, saliendo con genio de la cama. Después de todo, para él no era ninguna mentira el hecho de que aunque no había sido mutuo, él estaba feliz por haberla podido tocar.
Fin Flash Back
–¿Cómo se llama?– preguntó Mark mirando a su hija.
Samantha le pasó el dedo índice con mucha delicadeza a Kelly sobre la mejilla–. Dudo que te importe. –refirió al recordar ciertas cosas.
–Me importa. De verdad.
–Pues para ti sólo es una bastarda –le recordó con enfado, sin llegar a levantar la voz.
Dejó escapar con fuerza el aire por su nariz. Sabía a que se refería Samantha y también sabía el motivo por el cual estaba tan enfadada–. Eso sólo lo dije porque…–enmudeció un poco al ver la cara con que la joven le miraba. ¿Reproche? ¿Tristeza? Ni siquiera lo sabía con certeza–. Samantha no sentía lo que decía. –finalizó, rascándose la cabeza, algo nervioso.
Flash back
Mark esperaba a Samantha en su habitación. Se había ido al médico y probablemente volvería pronto. Para asegurarse de que así era y él se enteraba de su llegada, la esperaba sentado sobre su cama.
No tardó en verla aparecer por esa puerta y se puso de pie de inmediato– ¿Qué te ha dicho el médico? –preguntó, esperando la respuesta.
Ella se dio la media vuelta para salir de ahí en cuanto lo vio, pero él la sujetó del brazo para evitar que escapara–. No te importa –contestó, finalmente encarándole–. Suéltame –siseó.
–Claro que sí. –respondió. Al ver que la joven le esquivaba la mirada y guardaba silencio, decidió continuar–. Exijo saberlo –siseó.
La joven dejó escapar un suspiro entrecortado–. Estoy embarazada –anunció. Al no escuchar ni una palabra por parte del chico, le miró– ¿Contento? –Preguntó, viendo que éste estaba en shock–. Ahora suéltame –se soltó ella misma del agarre con brusquedad y salió de la habitación.
Mark cambió su cara de shock a una de felicidad. No pudo evitar que una sonrisa tonta se apoderase de sus labios–. Un bebé. Nuestro bebé –se dijo a sí mismo en un tono apenas perceptible. Sonrió con orgullo y no pudo evitar pensar en el tipo de vida que llevaba. Mujeres, engaños, diversión. En cierta forma no estaba preparado para ser un buen padre para él. Al menos no en esos momentos en la que su vida era un auténtico caos. Salió de la habitación con pasos firmes, dando a un pasillo y encontrando a la chica con la espalda apoyada en la pared.
Su brazo izquierdo estaba cruzado sobre su barriga y el codo derecho lo tenía apoyado sobre la mano izquierda. Su frente descansaba sobre su mano derecha. Cerraba los ojos con pesar y se mordía el labio inferior.
Al parecer a ella también le estaba costando digerir una noticia así. Quizás Samantha sentía que tampoco estaba preparada para ser madre tan pronto. Puede que lo mejor para los dos, fuera que ella perdiera al bebé.
Caminó hasta la joven y le puso una mano en el hombro, haciendo que lo mirase. Parecía angustiada y en cierta forma lo entendía, después de todo, iba a tener un hijo que no había sido fruto del amor por parte de ella.
Bajó la vista y con sus ojos verdes miró hacia la barriga. "Lo siento, hijo", pensó–. Samantha, quiero que pierdas al bebé.
Ella le miró sorprendida y confundida, dejando sus brazos caer con lentitud– ¿Qué? –atinó a decir.
–Ya me has oído. Quiero que pierdas a ese bastardo. –anunció, sintiendo cómo recibía una bofetada en su mejilla izquierda. Tras recibir esa bofetada por parte de ella, permaneció sin moverse unos segundos. Después de todo se lo merecía por decir algo así. Giró su cara con lentitud y ésta vez recibió un flojo puñetazo y se llevó la mano a la zona afectada.
–¡No vuelvas a llamarle así, ¿me has entendido?! ¡El único bastardo que hay aquí eres tú! –le dejó claro. "¿Es que no tenía corazón ni siquiera hacia su propio hijo?"
Mark le miró y pudo ver ira reflejados en sus ojos. Metió su mano en el bolsillo trasero de su pantalón y sacó unos cuantos billetes. Cogió la mano de Samantha de mala gana y puso en ella los billetes–. Vas a perderlo, o te lo quitaré cuando nazca. No volverás a verlo –le amenazó–. Tú elijes.
–Realmente estás podrido por dentro. ¡Jeh! Ni siquiera sé porqué me sorprendo. –Viendo que Samantha parecía no estar dispuesta a colaborar, la agarró del brazo a la fuerza y caminó con ella a lo largo del pasillo, hasta abrir la puerta principal de la casa. Empujó a la chica hacia delante, sacándola a la calle, viendo que aún tenía el dinero en la mano–. No vuelvas aquí hasta que lo hayas perdido –le ordenó autoritario. Le cerró la puerta en las narices, y apoyó su espalda en ésta, sintiendo culpabilidad.
Fin Flash back
–Yo creo que sí pensabas lo que decías –decía dolida–. Es más, si te hubiese hecho caso, estarías tan campante.
Mark sintió un nudo formarse en su garganta tras esas palabras–. Eso no es verdad. – ¿Qué podía hacer para que le creyera?–. En realidad, no quería que lo perdieras. Pero pensé que era lo mejor para el bebé y para los dos. Samantha, mírame –le pidió, un poco afligido–. La vida que llevo es siempre igual. Juergas, diversión, amantes… jamás hubiese sido un buen padre para ella.
–Podías haberlo intentando –le reprochó–. Si cuando nos conocimos no te hubieras empeñado a querer casarme contigo a la fuerza. Si no hubieses estafado a mi padre y no me hubieses seguido engañando con otras mujeres mientras estábamos juntos, puede que me hubiese fijado en ti de forma natural.
Sintió que una lágrima cayó de su ojo izquierdo y le resbaló con lentitud hacia abajo, por la mejilla– ¿Lo dices en serio?
Ella asintió con la cabeza, intentando ponerse más tranquila–. Pero supongo que era mucho pedir que cambiases tu forma de ser por mí.
Mark se echó manos a la cabeza. Pensaba que con esa forma de actuar altiva, le llamaría la atención al igual que al resto de las mujeres. Intentar darle celos con otras, codearse de que se acostaba con la mujer que quería sin ningún tipo de tapujos… por fin comprendía lo equivocado que estaba. En lugar de acercarla más con ese comportamiento, la había alejado más. Y añadió la detonación más grande para ella, cuando le pidió que perdiera al bebé. Había cometido muchos errores en su vida, pero el mayor error de su vida, había sido arruinarle la vida a una chica a la que nunca tendría.
Asintió con la cabeza y se limpió la lágrima con el dorso de su mano–. Sé que he sido un estúpido y me arrepiento de todo lo que te he hecho. Mi amor enfermizo nos ha destruido a los dos. –miró a la chica sintiendo culpabilidad. Casi había acabado con esos dos bellos seres por culpa de su egoísmo–. Nuestro compromiso queda anulado. Por supuesto, también el trato con tu padre. Ya sois libres los tres. –Hizo referencia, añadiendo a Kelly–. No me debéis nada. Sólo quiero despedirme de ella antes de no volverla ver. –esperó a la afirmación de la joven, para acercarse hasta ambas, por el lado derecho de la cama– ¿Puedo cogerla un momento? –Preguntó, sintiendo su voz quebrada–. No voy a hacerle nada malo –sorbió el moquillo–. Sólo quiero despedirme de ella. Por favor –le pidió, sintiendo sus mejillas húmedas.
–¿No nos vas a molestar más? –preguntó para cerciorarse de que no había escuchado mal.
–Nunca. Ni a ti, ni a tu novio. Tu sitio está claro que no está conmigo. Y te mereces algo mejor.
Miró a la pequeña–. Está bien –si no veía a ese chico nunca más, lo mínimo que podía hacer, era dejar que se despidiera de su propia hija. Mark se sentó en el lateral de la cama y se preparó para recibir a la pequeña Kelly–. Cuidado con su cabeza. –Cuando se la dio a su padre, vio una radiante sonrisa en su rostro–. Se llama Kelly –añadió.
–Hola Kelly. –la saludó–. Tienes unos ojos preciosos –dijo al ver cómo le miraba–. Eres igual que tu madre. Agarró su manita, viendo cómo le sujetaba uno de sus dedos con fuerza–. Eres muy fuerte –añadió en un hilo de voz quebrada. Sorbió el moquillo y se dispuso a hablarle–. Quiero que sepas que nunca he pensado que fueras lo que una vez te dije –refirió al hecho de haberle dicho "bastardo"–. Te echaré mucho me menos y nunca podría hacerte daño. Creo que eres lo que más quiero en este mundo –le hizo saber, sorbiendo el moquillo. Despedirse de su hija, estaba siendo algo realmente duro–. Aunque no me recuerdes a mí, te dejaré un osito que espero que te guste. Tienes un nuevo papá que sé que te cuidará mucho a ti y a mamá. Además, pega muy fuerte –reconoció con una sonrisa. Miró a Samantha unos segundos, la cual estaba conmovida al ver esa escena– ¿Puedo darle un beso?
–Claro. Es tu hija.
Miró a la pequeña–. Mi niña. –que bien sonaba aquello. Levantó un poco sus brazos para poder darle un beso cuidadoso en la frente–. Te quiero –le susurró. Dejó escapar un suspiro entrecortado, antes de continuar hablando–. Nunca me olvidaré de ti, da igual donde esté. Siempre estarás en mi corazón –le dio otro beso y le sonrió–. Ve con mamá –estiró los brazos, para darle niña con cuidado a Samantha.
–Ven aquí –susurró, recibiéndola.
Se limpió las lágrimas con ambas manos–. Sé que cuidarás de ella.
–Mark, podrías seguir viéndola si tú quieres –añadió, al ver que le resultaba tan duro separarse de la niña.
Sonrió al ver el ofrecimiento sincero de Samantha–. Gracias, pero creo que es mejor así. Además, creo que con ese chico como padre, estará mejor. Tendrá la vida que se merece. –Vio la cara pensativa de la chica–. Háblale de mí si lo crees conveniente. –se puso de pie y caminó hacia donde había dejado antes la bolsa en el suelo, para regresar sobre sus pasos y dejarla en el lado derecho de Samantha, sobre el colchón de la cama, mientras tomaba de nuevo asiento junto a la joven–. Es un osito, espero que al menos le tome algo de cariño durante su infancia.
Ella con su mano derecha sacó al oso que estaba sin envolver de la bolsa. Era de un tamaño mediano, sus ojos eran negros y sus cortos pero rizados pelillos, eran de un color entre marrón claro tirando a amarillo. Vestía un chalequito con cuadros de color verde y rojos y su hocico era de color marrón oscuro–. Gracias –sonrió–. Es precioso. –lo dejó sobre la cama y miró al joven con preocupación– ¿A dónde irás?
–De un sitio para otro por mis negocios, pero mi casa ya sabes dónde está –le recordó.
–Mandaré fotos de ella para que veas cómo va creciendo. –Él sonrió, al gustarle esa idea–. Yo, quiero que sepas que no te guardo rencor a pesar de lo que me hiciste, pero si me siento muy decepcionada. –Soltó aire con profundidad por su nariz–. Lo hubiera intentado, si tú hubieras puesto algo de tu parte por cambiar –refirió.
Asintió con la cabeza con compresión–. Pero estaba tan ciego por tenerte a la fuerza, que no me daba cuenta del daño que te hacía. Te veía tan feliz con tus amigos, siempre sonriéndoles. –Dibujó una media sonrisa en sus labios–. Yo sólo pensaba que también me podías haber dedicado a mí ese tipo de sonrisa, y al ver que no lo hacías, los celos me destrozaban. –dejó escapar un largo suspiro–. Lo que está hecho, hecho está. No es algo en lo que se pueda dar marcha atrás –comentó, bajo la atenta mirada de la joven–. Únicamente espero que algún día logres perdonarme por todo el daño que te he hecho.
Samantha silenció unos segundos, antes de hablar–. Aunque no ha sido fácil, ya lo he hecho.
Mostró una radiante sonrisa–. Gracias. –le dijo sinceramente. Se puso de pie y se pasó el dorso de las manos por los ojos, sintiéndose otra vez afligido al llegar de nuevo el momento de la despedida. Iba a ser muy duro apartarse de ellas, pero era lo mejor para que pudieran tener una vida feliz, que él sería incapaz de darles. Se acercó hacia la niña, para darle un beso en la frente–. Adiós, Kelly –Miró a la mayor e hizo la misma operación–. Adiós, Samantha. –se dio la vuelta y caminó hacia la puerta, saliendo por ésta en silencio, dejando a madre e hija, solas.
Continuará...
KAI&SAMANTHA
Hola. ¿Cómo va eso? Perdonad por el retraso, pero he estado ocupada con mis demás fics. Este capi es más largo que los demás, pero espero que haya sido entretenido y que os haya gustado. Las votaciones hasta ahora son de 2 a 0, va ganando el lemon.
Marian Tao de Hiwatari: Gracias por tu review. Como puedes ver, Mark quiere a su niña y por eso no le ha hecho daño. (Además de que ya le advertí a Mark que si le tocaba un solo pelo, se las vería contigo, jejeje) Espero que sigas con mi historia y que me des tu opinión.
Takaita Hiwatari: Hola bambina, gracias por tu review. Bueno ya sabes lo que hace Mark en ese hospital y que Sam a tenido una preciosa niña. En cuanto a lo de chibi–Takao nunca se sabe, puede que sí, puede que no. Jajaja. Aunque ya sé tú respuesta de antemano. Bueno Takaita nos leemos.
Edi: Gracias por tu review y me alegra que sigas leyendo mi historia.
No lo olvidéis, si leéis este fic, decidme vuestra opinión. Eso es todo por ahora, cuidaros mucho, xao.
