Notas de la autora:

Lamento mucho la tardanza, de verdad... pero hubo en mi vida una serie de contratiempos insuperables en el momento (el peor de todos: hijos pequeños en casa de vacaciones, jeje) ¡Fue horrible! jaja... pero bueno, Ya estamos aquí... con algo nuevo que espero les guste, pero no sé... espero no me maten. Si ustedes lo ven como yo, estoy frita... en fin. Por cierto. ¡Feliz día del trabajo! Y otra cosa... ¡VIVA MÉXICO!

Mil gracias a: Sakura Shidou, Mary, Hikari Katsuragi, Valentina, Shiosan (muchas gracias por tu review, no te pude contestar personalmente porque no me dejaste tu e-mail, pero te agradezco tu comentario... y respondiendo tu pregunta, las otras parejas serán: H/Hr y R/LL... espero que eso no te decepcione, jeje), Dark Tsubasa, Roxy'Pamevellsz, Jim (amigo! El e-mail que te mandé me volvió a rebotar, jaja! Pero bueno, mil gracias por tu review...), Meichen-chan, Leodyn, Aiosami, S. Lily Potter, Eva Vidal y la retesimpática de Pily... sus reviews son todos lindos y me llenan de ánimo para continuar con esto... GRACIAS POR ELLO!

Espero que esto les guste... sino, dejar avadas en el mismo review, por favor... jaja! Besos a todos...


Capítulo 4

Juego cruel

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"…ven y enséñame a perder

ganando un juego

en que se atraviesen dos…"

Cobarde. Y no lo había llamado solamente cobarde a secas, sino grandísimo cobarde. Rematado con una mirada cargada de odio; de helado rencor donde antes hubo fulgurante pasión.

Esa palabra sonaba en su mente una y otra vez, como si fuera una snitch que volara sin parar rebotando contra las paredes de su cráneo. Cobarde. Y lo peor, lo definitivamente peor, era que él sabía que ella tenía razón.

La vio alejarse tomada de la mano del papanatas de su novio; y Draco, totalmente anonadado, captó la última mirada de diabólica satisfacción que ella le dirigió por encima de su hombro. Se estaba burlando de él. Ella, una intrascendente Weasley, se estaba riendo a sus costillas… ¡De él, de un Malfoy!… Lo había humillado. ¡A él!... ¿Quién demonios se creía ella que era?

Pero lo que más asustaba al muchacho era, en realidad y aunque no lo quisiera reconocer, la terrorífica certeza de que seguramente el par de Gryffindors ahora se irían a algún oscuro y solitario lugar del castillo a consumar aquello que pudo haber sido de Draco y lo dejó escurrir de entre sus manos… Un temblor recorrió su cuerpo con tanta violencia que lo hizo inclinarse casi hasta caer. Tuvo que sostenerse en sus propios muslos para no desfallecer.

¡Cobarde!

Se daba cuenta que había sido débil; que no supo ser lo necesariamente frío para haber tomado lo que la Weasley le había ofrecido aquella noche. Y ella, en cambio, le estaba demostrando que era una arpía hecha y derecha, dispuesta a restregarle en la cara lo que estúpidamente había dejado ir.

Por él mismo y por ella, literalmente, Draco ardió en furia. Un calor nada acorde con la fría noche de enero inundó su humanidad completa, al tiempo que su respiración se agitaba de modo incontrolable. Si en ese momento Ginny hubiera mirado de nuevo hacia atrás, se hubiera congratulado de verlo en ese estado: el muchacho estaba tan rojo que parecía que lo estaban asfixiando.

Draco crispó tan fuerte sus puños que los nudillos se le pusieron blancos, esto en un intento desesperado de no tomar su varita y hechizar a ambos mentecatos por la espalda. Pero, pensándolo bien… ¿Porqué no hacerlo? Nadie lo estaba viendo, no habría testigos que lo señalaran como culpable. Pero ella sí sabría que he sido yo, y creerá que me ha hecho daño, que me ha importadoque me ha dolido.

¿Y no es la verdad? ¡Sí, maldita sea, es la verdad! Pero ella no lo sabrá jamás.

Aunque, desde otra perspectiva, resultaba tentador verle la expresión a ella después de colocarle un par de incisivos enormes al mejor estilo Sangre-sucia-Granger… Entonces, jalado por un impulso demente, el muchacho sacó su varita dispuesto a lanzarle el embrujo a la chica. Pero justo cuando apuntaba a la espalda de la pelirroja, el par de imbéciles dieron vuelta en un pasillo.

Draco tuvo deseos de rugir de ira e impotencia… ¡Ni siquiera eso le salía bien! Dio varias vueltas en el mismo sitio para evitar salir corriendo detrás de ellos, detenerlos y pedirle a ella que no hiciera eso con Thomas… suplicarle que se retractara, que lo pensara bien… Que con él, con Draco, sería mejor… infinitamente mucho mejor.

Era una locura y lo sabía, y por esa misma imposibilidad de pedirle a ella otra oportunidad fue que se odió a él mismo como nunca. Y eso sí era extraño en Draco, pues generalmente solía idolatrarse con un enorme y narciso amor propio.

Fuera de sí, caminó a grandes y rápidas zancadas hasta el tapiz viejo y horroroso que colgaba en la pared y dónde Ginny y su novio sangre sucia habían estado ocultos unos momentos antes. Desahogó un poco de su latente furia arrancando de un tirón el adorno polvoriento, al tiempo que soltaba un bramido ensordecedor. Arrojó la sucia tela al suelo con todo el enojo que incubaba su corazón en ese momento, y la pisoteó frenético hasta que se agotó de hacerlo.

Entonces, respirando tan rápido y entrecortado como si hubiera corrido por todo el castillo, se quedó quieto y pusilánime observando su obra…

Un momento…

Aquí algo no estaba bien. Había algo que no parecía encajar del todo… ¿Qué era? Draco levantó la vista y observó por un momento el pequeño y oscuro hueco en la pared cubierto hasta hace un momento por el tapiz que acababa de tirar. Estaba sucio y era estrecho… ¿Qué hacían ellos justo ahí, habiendo mejores lugares en el castillo para estar a solas?. ¿Por qué maldito motivo la Weasley se abría metido ahí con el memo de su novio si ese pasillo no era camino para la sala común de Gryffindor?

¿Sería acaso porque… ella, en realidad no iba a…?

Un sentimiento de alivio, tan fresco como un vendaval, recorrió su cuerpo enfriando su ánimo de inmediato; y Draco cayó en cuenta que lo que acaba de presenciar no era más que una farsa… Un estúpido jueguito de la Weasley para molestarlo y darle celos con el cretino y don nadie de su novio.

La enorme rabia sentida un minuto antes fue sustituida por un reconfortante y sádico regodeo ante la inminente jugarreta de la chica; y no pudo menos que reír fascinado por la manera en que la Weasley lo estaba provocando. Porque tenía que ser eso, una provocación para encelarlo y aumentar su deseo por poseerla; ya que no era posible que después de haberlo probado a él, la pelirroja se conformara con cualquiera.

Además. ¿de qué otra forma se explicaba que justo cuando Draco iba pasando por ese corredor (que por cierto, y oh casualidad, era el único camino de la mazmorra de Slytherin al Comedor) Ginny gritara a todo pulmón sus intenciones con el moreno?

-Sí, eso tiene que ser. Eso tiene que ser –se repetía Draco una y otra vez, como un mantra mientras caminaba hacia el Gran Salón; no le quedaba de otra, pues pensar en la alternativa lo llenaba de miedo. Se trataba de convencer a él mismo de ello, y sonreía satisfecho al saber que ella sólo estaba jugando con fuego.

Bien, Weasley. Si quieres jugar… que comience el juego.

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Para empezar, había que dejar la cobardía a un lado. Nada de miedos, ni inseguridades; eso no era digno de un Malfoy. Tendría que sacar a pecho toda su astucia y malignidad para asestarle a la despreciable Gryffindor un golpe bajo que le doliera tanto, como ella pretendió que Draco saliera lastimado y doblegado con su teatrito en el corredor.

Así que a la mañana siguiente, el joven rubio no se apresuró a subir a desayunar más temprano o más tarde por evitarla, como lo había hecho el día anterior. Simplemente, con toda la arrogancia que lo caracterizaba, se deslizó cual serpiente en el Gran Comedor acompañado de sus camaradas de siempre y a la misma hora en la que todos estaban.

Totalmente entusiasmado por lo que iba a hacer, Draco llevaba una gran sonrisa de autosuficiencia en su pálido rostro, además de una emoción inusual provocada por la adrenalina que hace mucho no sentía circular por su delgado cuerpo. De hecho, últimamente su vida era tan miserable, que veía en ese juego una manera provechosa de sacarle la monotonía a sus días. Y vaya que le exprimiría el mayor jugo posible.

De la manera más discreta, buscó a la Weasley con el rabillo del ojo y la vio sentada junto a su patético sangre sucia en su mesa… Draco se regocijó al mirar que ella se quedaba boquiabierta de verlo tan campante, con clara incredulidad brillando en sus bellos ojos marrones. Quizá fuera que no pudiera creer que el muchacho no estuviera sufriendo por ella, por lo que supuestamente había acontecido durante la noche entre la chica y su novio.

Draco llegó ante su mesa moviéndose con toda la gallardía que le fue posible, con el objetivo que la Weasley se enterara de una vez por todas que humillar a un Malfoy no era cosa fácil. Pero en cambio, hundir a un Weasley era asunto de todos los días para él… y se lo demostraría con creces.

Pasó una rápida mirada por sus compañeros de Casa, intentando localizar una de esas chicas con las que él ya había tenido algo anteriormente. Por un momento se le ocurrió pensar en Pansy, pero de inmediato descartó la idea porque con ella sería imposible sostener algo sólo casual… Sabía que la trigueña querría algo más que un rato de pasión, y Draco no estaba dispuesto a ofrecer algo así… ni a ella ni a nadie, aún.

Encontró a alguien que le pareció adecuada, y ensanchando más su sonrisa presuntuosa, caminó hasta una muchacha de séptimo, con la cual había pasado una tarde apasionada hacía más de un año. La saludó con un levantamiento de cejas, y la joven rubia y delgada le cedió encantada un poco de lugar junto a ella.

-¿Qué hay, Patty? Mucho tiempo sin vernos. ¿No crees?

La chica rió tontamente mientras con un dedo se metía una porción de su lacio cabello tras una oreja.

-¡Pero si nos vemos a diario, tontito!

-Me refiero a vernos… a solas –dijo Draco voluptuoso y, asegurándose que ningún profesor mirara hacia su mesa en ese momento, colocó una de sus manos sobre el muslo de la chica y acercó su rostro al de ella, susurrándole una propuesta totalmente indecente al oído.

Si los ojos fueran varitas y disparasen hechizos, Draco hubiese caído muerto ahí mismo, pues tanto Pansy como Ginny parecían refulgir en odio y desprecio hacia el rubio y su amiga. Pero en el caso de Ginny, el rencor iba acompañado por un indecible dolor.

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-Ginny… -la llamó Dean despacio y con lentitud, mientras miraba alicaído su plato del desayuno. –Entonces… ¿de verdad no recuerdas nada de nuestra conversación de anoche?

La pelirroja no le respondió… estaba completamente absorta en la escena que tenía lugar en la mesa de las serpientes, de los fríos y duros Slytherins… simplemente, no lo podía creer. Draco estaba tan cerca de esa chica, y le susurraba sonriente… y ella se reía sonrojada. Ginny se levantó un poco de su asiento para tener una visión más completa y al notar el lugar de la pierna de la muchacha donde Malfoy tenía una mano colocada, se dejó caer espantada en la banca de nuevo.

-Ginny... ¿me estás escuchando?

La muchacha giró su cabeza con una lentitud desesperante hacia su novio, el cual la miraba angustiado.

-Definitivamente, a ti te pasa algo, Ginny. Primero lo de ayer, me dijiste tantas cosas raras y estabas tan extraña, como afiebrada y enferma… ¡Y hoy ni siquiera lo recuerdas! Y justo ahora, te estoy empezando a notar de nuevo un semblante que no es el tuyo… Te has quedado muy pálida de repente. ¿Te duele algo?

Ginny miraba a Dean sin ponerle ni pizca de atención. Clavó sus ojos tristes en los negros e interrogantes de él, y era consciente de que el joven le estaba hablando, pero su cerebro no captaba sentido alguno en sus palabras… Sólo una afirmación resonaba en su mente: que su plan contra Malfoy no había dado ningún resultado.

Pero, no… no podía ser, ella misma había visto la cara de horror de Malfoy la noche anterior, cuando se besó con Dean en sus narices. Ella lo vio, y estaba segura, era sorpresa y humillación. Haciendo caso omiso de las preguntas de su novio, miró de nuevo a la mesa de Draco. Y lo que vio le ocasionó un jadeo involuntario, al tiempo que sentía que su alma se escurría de golpe hasta el suelo.

Dean desvió sus ojos de ella, curioso por ver lo que la había impresionado de esa manera; buscó algo fuera de lo normal siguiendo la dirección de los ojos de la chica.

-Vaya… -comentó Dean con una sonrisa pícara. –Ese Malfoy si que es un sinvergüenza. Mira que besarse así con una chica en pleno Comedor… Me pregunto si ningún profesor estará viendo el espectáculo desde su mesa –y dicho esto, miró hacia los profesores con la esperanza que alguno descubriera al Slytherin y lo amonestara.

¿Se puede decir que los celos son cómo un enorme plomo sobre tu corazón, el cual lo aplasta de manera dolorosa y te deja sin aire en los pulmones? En ese momento, Ginny Weasley supo que la respuesta era, en definitiva, un sí.

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El beso apasionado y atrevido que Draco le estaba dando a Patty provocó aullidos y risas burlescas en la mesa, así que el chico decidió ponerle fin de inmediato antes que algún profesor o prefecto se diera cuenta… y lo que menos necesitaba en ese momento era una detención, pues había fijado una cita con su compañera para después de la primera clase del día, ya que tanto ella como él tenían tiempo muerto.

-Entonces, te veo donde la otra vez. ¿Vale? –le preguntó Draco en un murmullo seductor sin poder evitar excitarse por saberse próximo poseedor del cuerpo estilizado y candente de su amiga y amante ocasional.

Ella afirmó con un gesto de la cabeza, y regresó a su desayuno como si no pasara nada, pero sin borrar de su delgado rostro una sonrisa lujuriosa.

Si no eres más que carne de cañón. ¿Verdad Patty? Pensó Draco divertido, dándose cuenta de lo afortunado que era de tener chicas como ella a su disposición para cuando la situación lo ameritara. Intentando no girar demasiado la cabeza, pudo distinguir de reojo la silueta de alguien con cabello rojo de quien sin duda era Ginny a sus espaldas.

La sonrisa de Draco se convirtió en risa malvada al comprobar que la muchacha estaba, no impactada, sino totalmente desconcertada y con algo que terminantemente era sufrimiento en su marrón mirada.

¿Y sabes qué es lo mejor de todo, Weasley? Que yo, a diferencia de ti, si me voy a comer este pastel.

Un dedo furioso le picó en su hombro en ese momento, y Draco miró indolente a sus espaldas para encontrarse con una Pansy que destilaba enojo hasta por los poros de su linda cara.

-¿Qué quieres ahora, bruja latosa?

Pansy entrecerró sus ojos negros, mirando a Patty una vez y luego fijándolos en Draco. Respiraba con agitación, y parecía a punto del llanto.

-Te castigaré Draco. Eso que hiciste esta prohibido, y yo… siendo una prefecta tengo la obligación de…

-Ya, ya Pansy –le espetó Draco casi con flojera. –Si tú haces eso, entonces tendré que pasarle a Snape el reporte completo de tus constantes incursiones a la habitación de los hombres en la mazmorra de Slytherin, y agregando además tus intentos de meterte entre mis sábanas para…

Draco no tuvo que decir más, pues en ese instante la trigueña dio media vuelta y huyó del lugar, en medio de las risas de sus compañeros de Casa que habían alcanzado a escuchar su conversación con el rubio Malfoy.

-Muy buena, Draquito –ronroneó Patty. –Ya era tiempo que pusieras en su lugar a esa presumida.

-Sí. ¿Verdad? –dijo Draco intentando parecer ufano. Y también tratando de mostrarse indiferente a una rara sensación que se estaba gestando justo en su nuca, donde sabía y presentía que la Weasley lo estaba mirando con los ojos llenos de angustia.

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Durante la clase de Defensa Contra las Artes Oscuras, Draco se pavoneó un rato con él mismo por haber asestado un golpe definitivo al orgullo de la pelirroja muerta de hambre. Miró hacia atrás, dónde estaban el héroe de pacotilla Potter y la comadreja Weasley charlando muy animados, y una mesa más adelante, la sangre sucia de Granger, muy circunspecta y poniendo atención en la clase.

Recordó la maldición de Potter y supuso que ya habría tomado la poción que lo aliviaba, lo cual le pesó mucho, pues creyó que hubiera sido tremendamente divertido verlo persiguiendo a Granger como un psicópata.

Sonrió todavía más al mirar al pelirrojo Weasley y casi no podía reprimir las ganas de humillarlo contándole que su querida hermanita menor había estado a punto de ser completamente suya en un solitario pasillo aquella noche antes de Navidad. Pero al final decidió que esa no era buena idea, ya que sería delatarse a él mismo que estuvo a punto de mancharse de la inmundicia de los traidores a la sangre que eran todos ellos. Mejor que siguiera siendo un secreto.

Intentó pensar en el buen rato que le esperaba después de clase, pues había quedado con Patty en encontrarse en una pequeña y abrigadora cueva en los límites del Bosque Prohibido, que él presumía ser el único en conocerla y dónde había llevado a las diferentes chicas con las que alguna vez había salido en su vida.

Era verdad que los terrenos estaban ese día cubiertos de nieve, pues durante la noche había caído una gran tormenta. Pero eso no era nada que un buen fuego mágico no pudiera arreglar, y precisamente la nieve y el frío alejaría del campo a cualquier mirón que pudiera pasar por el lugar.

Perfecto. Todo está perfecto. Se había vengado de la Weasley, había dejado de temer su rechazo y encima... Encima... ¿qué? Con un súbito golpe de terror, se dio cuenta espantado que el hecho de encontrarse con Patty ya no le provocaba nada… ¿Qué diablos le pasaba?. ¡Tendría que sentirse excitado, tendría que estar impaciente…! Después de todo, recordaba que esta chica era estupenda y tenía una figura que…

¡Maldición!

¿Por qué de repente no podía sacarse los ojos tristes de Ginny de su mente?

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El deseo que pudo haber sentido por el encuentro que le esperaba con su amiga, se fue extinguiendo conforme pasaba el tiempo, y cuando se llegó la hora de salir al bosque con ella, su ánimo estaba tan helado como el clima de afuera. Y curiosamente, la alegría que experimentó por aplastar a la Weasley se había desvanecido, dando lugar a un mal humor digno de un troll con jaqueca.

Mientras caminaba lo más rápido que se podía andar por la espesa nieve que cubría los jardines, se encontró con su chica justo a la orilla del Bosque, y le indicó que lo acompañara con un nada amable movimiento de cabeza.

Ambos Slytherins caminaron internándose en la espesura, Draco completamente callado y la chica, en cambio, parloteaba sin parar sobre lo mucho que lo había extrañado.

No tengo que hacer esto si no quiero… pensaba el chico indeciso sobre la determinación que había tomado y pensando en arrepentirse ahora que había oportunidad. Después de todo, hacía mucho frío y… estaba algo cansado, pues no había dormido bien, y…

¿Y? Draco intentaba desesperado encontrar excusas para evitar llegar a la temida conclusión que, pacientemente, esperaba en un rincón de su mente, y que él quería negarse a reconocer…

La verdad, aunque doliera admitirlo, era esa. Con la única que a Draco le apetecía estar era con ella… con Ginny Weasley, y nadie más.

Sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con el frío, tuvo que aceptar esa insalvable realidad: que Ginny estaba posesionada de su mente y de su alma; y que quieta y con los ojos tristes, parecía mirarlo desde su mismísimo interior.

Merlín... Lo que daría porque fuera ella la que estuviera en este momento conmigo…

Sólo de imaginarlo se sintió ilusionado y sonrió levemente… Quiso creer en otra posibilidad; pues además, estaba casi seguro que ella tampoco había hecho nada con el memo de su noviecito la noche anterior. Todo había sido más que una actuación para darle celos…

Pero... ¿cómo poderlo comprobar?. ¿Qué tal sí sólo se estaba engañando y la verdad era que anoche, los dos…?

La imagen de Ginny haciendo eso con Thomas se le presentó ante sus ojos con brutalidad y crueldad… recordó el tacto suave de su espalda desnuda, la tentadora forma de sus senos y el fuego de su muslo ardiente, y eso le bastó para imaginarla desnuda y con ese poca cosa a su lado, haciéndole lo que Draco mataría por realizar.

-¡Maldito sangre sucia, NO LA MERECE! –gritó fuera de sí, poniéndose rojo y golpeando con su puño el árbol más cercano a él.

-¿De qué hablas, Dra…¡Ahh! –comenzó a preguntar Patty, pero no pudo terminar la frase porque una gran cantidad de nieve le cayó encima desde una rama del árbol que Malfoy acababa de sacudir.

La escena de la chica furiosa y cubierta de nieve hubiera divertido a cualquiera, sobre todo a Draco que siempre encontraba fascinante burlarse de quien fuera, pero en ese momento estaba tan enojado que ni siquiera reparó en ello. De hecho, en vez de reírse de su compañera, siguió descargando su coraje contra el árbol, asestándole ahora una certera patada.

Y cuando Patty terminó de remover la fría sustancia de su cabello y ropa, estaba tan mojada e indignada que se dio media vuelta y regresó al castillo no sin antes proferirle una sarta de insultos a su indiferente acompañante, el cual la siguió de cerca.

Por supuesto que Draco no lamentó el suceso, y de hecho se alivió de no haber tenido que cumplir el compromiso pactado con la chica, pues no estaba seguro ni siquiera de lo que quería. Así que, no precisamente alegre, pero sí tranquilizado por aquello, se limitó a caminar junto a su amiga sin decir palabra.

-¡Eres un estúpido, Draco!. ¡Mira cómo me has dejado, estoy empapada! –gritaba la muchacha temblando de frío, mientras caminaban junto al Lago congelado, con rumbo al castillo.

El rubio la miró y no pudo evitar reírse de la apariencia de la chica y por la buena suerte de él… de seguro si hubiese planeado arrojarle nieve encima para arruinar su cita no hubiera resultado tan bien como…

Inexplicablemente y de repente, Draco sintió en su torso el golpe leve de lo que sin duda era un hechizo, y creyendo que su amiga era la causante, volteó a verla indignado. Pero se sorprendió al notar que ella no traía la varita a la mano, y de inmediato el muchacho se horrorizó al apreciar que sus propias manos se le hinchaban tanto y con rapidez vertiginosa, al grado de romper sus costosos guantes de lana.

-Pero. ¿qué diablos me pasa…? –cuestionó el rubio parándose en seco sin dejar de observar sus manos y llamando la atención de su compañera, la cual profirió un grito angustiado al verlo, pues se estaba empezando a inflar de todo el cuerpo como un globo de helio.

Draco pudo escuchar las costuras de sus ropas reventarse al tiempo que su cuerpo se hacía demasiado ancho para caber en su abrigo y túnica, y un dolor lacerante se apoderaba de sus pies pues los zapatos le quedaron chicos irremediablemente. El joven jadeó espantado al alcanzar a percibir su rostro inflado, al grado que su nariz y mejillas le obstruyeron la vista.

Pero lo peor llegó cuando notó, casi imperceptiblemente al principio, que sus zapatos habían dejado de pisar la nieve: se dio cuenta que se estaba elevando. Presa del pánico y sin poder controlar su cuerpo, comenzó a mecerse con suavidad mientras flotaba a escasos centímetros del suelo, remontándose en vuelo, lento pero inexorablemente.

-¡PATTY! –gritó fuera de sí, sacando a su amiga del estado de conmoción en el que se encontraba. -¿Qué diablos esperas para ayudarme?. ¡Llévame adentro al castillo, PRONTO!

Draco sintió a la chica sostenerlo de un brazo, mientras lo miraba con un gesto de asco… como pudo, ella empezó a jalarlo por los terrenos hacia adentro, pero era notorio que le costaba bastante trabajo. ¡Merlín, en cuánto sepa quién me ha hecho esto, juro que se arrepentirá…!

Sin poder hacer nada más que rogar que la muchacha no lo soltara y se perdiera inevitablemente en la estratosfera, Draco se dejó llevar por ella con la ropa hecha jirones y su dignidad destrozada. Buscaba frenético con la mirada alrededor, ansiando encontrar al responsable de su deplorable desventura, cuando lo vio…

¡Potter!. ¡Y la sangre sucia bocona Granger! Estaban ambos sentados en una banca, bastante pegaditos el uno al otro y riéndose como tontos de Draco y de los jadeantes esfuerzos de Patty por ponerlo a salvo. Y entonces, el Slytherin estuvo convencido que él había sido, pues no era noticia que Potter últimamente le había buscado la cara para vengar un ácido comentario que Malfoy había hecho de su amiga sangre sucia semanas atrás…

Draco quiso gritar de la indignación y la furia, pero no pudo… sólo atinó a murmurar al pasar junto al par de Gryffindors, una amenaza que cumpliría así fuera lo último que hiciera en su vida:

-¡Potter!. ¡Te lo juro, me las pagarás!

Y como si les hubiese contado un chiste, el par de estúpidos rieron con más ganas en ese momento, haciendo que Draco se sintiera, casi literalmente, arder en vergüenza y cólera.

Todavía resonando en sus oídos las burlas de sus dos más odiados enemigos, Draco fue empujado, arrastrado y jalado por su amiga con dirección a la enfermería. Sintiéndose un poco más a salvo al verse dentro de las paredes y techo del castillo, no pudo evitar sentir también que se moría por la ignominia de ser visto por todos los alumnos que a esa hora paseaban por los pasillos y se burlaban de lo lindo. Y por supuesto que su notoria derrota ante Potter sería la comidilla del día y de casi toda la semana, de eso no le quedaba la más mínima duda…

En cuanto Patty empujó a Draco por la angosta puerta de la enfermería y lo dejó en manos de una exasperada madame Pomfrey, la chica salió huyendo del lugar como buena Slytherin que era.

-¡Tranquilo, Malfoy! –le gritó la malencarada enfermera. –En un momento te arreglo… ¿Un encantamiento hinchador, verdad?

-No tengo… la más… mínima… idea –resopló Draco enfadado ante lo que a él le parecía una atención incompetente por parte de la malhumorada mujer.

-Espera un minuto, que voy por mi varita y revierto el hechizo… -y diciendo esto dejó al joven sobre una cama para caminar con lo que a Draco le pareció toda la calma del mundo hacia su despacho.

-¡Enfermera! –gritó el chico asustado cuando empezó a elevarse de nuevo, flotando por sobre la cama y casi tocando el alto techo. Se golpeó la cabeza contra la piedra y profirió una maldición al ver que madame Pomfrey no volvía pronto en su ayuda.

¡Condenado Potter, te prometo que te despellejaré vivo! Draco rebotó y de nuevo se elevó, golpeándose por segunda vez contra el techo. ¡Demonios!. ¿Qué podría ser peor que esto?

La respuesta a su pregunta llegó de inmediato, cuando la puerta del recinto se abrió de nuevo dando paso al obeso de Longbottom y a, ni más ni menos que, Ginny Weasley.

¡Trágame tierra! O mejor dicho. ¡Trágame techo!, suplicó Draco sintiéndose mancillado en su honor hasta la médula, pero su petición no fue atendida por el reacio techo de piedra, el cual permaneció intacto soportando los embates que el inflado cuerpo del muchacho le daba una y otra vez. Cerró los ojos abochornado, creyéndose incapaz de soportar lo que sin duda ahora acontecería.

-Por el sombrero de mi abuela… -escuchó que Longbottom decía con una vocecilla incrédula. –Eso… ¿Eso es… Malfoy?

-No, Neville –respondió la Weasley condescendiente; Draco resopló asombrado que ella no lo hubiera reconocido. Pero su alivio duró poco, pues la chica continuó diciendo a su amigo: -Yo diría más bien que es una piñata hecha en honor del ego más inflado de todo Hogwarts… Mira, quién lo diría: tanta arrogancia terminó por explotar.

Draco creyó que si era posible morir de la vergüenza, a él le daría un paro ahí mismo y en ese momento… tuvo que tragarse, sin poder hacer nada, las carcajadas del rollizo y la pelirroja, quienes gozaban de lo lindo viendo a su enemigo en la situación más gorda y terrible de toda su vida.

-Sólo esperen… y entonces… -intentó gritar, pero de su boca sólo salían pujidos ahogados desatando más risas en los Gryffindors. Mejor optó por quedarse callado.

Para su fortuna, porque creía que se desmayaría de la exacerbación que sentía, madame Pomfrey salió de su despacho, provocando que los dos burlescos silenciaran sus risas de inmediato. La enfermera los ignoró y se dirigió a Draco, informándole para horror de éste:

-Me parece que olvidé mi varita en el abrigo que dejé en la Sala de Profesores, Malfoy… tendrás que esperar mientras voy por él.

Draco en serio pensaba que todo eso no podía ser real y que estaba viviendo una pesadilla de la que no podía despertar. Si existe el infierno, por Merlín que debe ser algo así…

-¡Longbottom, señorita Weasley! Háganme el favor de esperarme aquí y vigilen que el señor Malfoy no salga flotando por alguna ventana.

Dicho esto, la mujer salió y no terminaba de cerrar bien la puerta, cuando Ginny soltó un sonoro resoplido de burla.

-¿Te imaginas, Neville? Bastaría con decirle a madame Pomfrey: "oh, lo sentimos tanto… sólo nos descuidamos un segundo y cuando nos dimos cuenta, Malfoy ya estaba flotando sobre el castillo y no pudimos alcanzarlo".

Una nueva ola de risotadas desvergonzadas sacudió el ánimo del rubio, deseando que por favor la muerte se apiadara de su sufrimiento y le diera fin a ese momento. Entonces, Draco escuchó los pasos de quien sin duda sería Ginny todavía riendo, acercándose a su cama que estaba a un par de metros por debajo; él cerró sus grises ojos con más fuerza, incapaz de soportar ver la burla en los de ella.

Pasaron los segundos y la Weasley no decía nada. Ella dejó de reír, y el gordinflón de Longbottom también se había quedado en silencio. Parecía que por fin, ambos se habían cansado de burlarse de él.

-Restituicorpus.

El conjuro había salido de los labios de la chica con tal suavidad que Draco apenas sí lo escuchó. Y antes que pudiera procesar esa información y entender que tramaba ella al hechizarlo, sintió, con un reconfortante alivio, a su cuerpo volver a la normalidad; como si lo hubiesen pinchado y el aire que tenía bajo la piel saliera de inmediato. Al segundo después, cayó con extrema violencia sobre la cama que estaba debajo, lastimándose la espalda con los duros resortes y tubos de metal del incómodo lecho hospitalario.

Siguió con los ojos cerrados, acostumbrándose de nuevo a su cuerpo delgado y quejándose por el golpe recibido por la caída de casi dos metros.

-¡DEMONIOS! –bramó furioso. -¡ESO DOLIÓ, WEASLEY!

-De nada, Malfoy… ya sabes, cuando gustes –respondió ella aún risueña.

¡Maldición, maldición! En mi vida había tenido un día tan malo… me pregunto si todavía me espera algo peor.

De golpe, abrió sus ojos y casi se muere de la impresión: ella lo estaba viendo fijamente y no era con sorna; sus ojos marrones estaban brillando con algo que él podía jurar era… ¿lástima?. ¿O quizá… ternura? Aparentemente, al darse cuenta que él la descubrió mirándolo, ella desvió sus ojos hacia su rechoncho amigo, mientras le pedía:

-Neville… sal a buscar a madame Pomfrey, por favor. Si la encuentras, dile que ya desinflé a Malfoy; que usé el hechizo restaurador. Ojala no ponga el grito en el cielo porque lo hice antes que ella, pero es que, honestamente, esta situación ya… ¿si, Neville?

El chico pareció dudar un momento, quizá no le apeteciera dejar sola a su amiga con el Slytherin… miró a Draco, quien yacía en su cama jadeante, con la ropa destrozada y adolorido, y llegando a la conclusión de que se veía lo bastante indefenso como para atacar a Ginny, asintió y salió de la enfermería en busca de Pomfrey.

El rubio y la pelirroja permanecieron en silencio algunos minutos. Ella, de pie y a una corta distancia de su cama, no despegaba los ojos de la puerta donde había desaparecido su amigo. Draco, por más que quería, no podía quitarle los ojos de encima. Recordó su función acontecida en el Comedor a la hora del desayuno, cuando besó a Patty delante de todos, y se sintió bastante culpable con la chica Weasley. Deseaba tanto pedirle perdón, explicarle que esa rubia no significaba nada para él, que…

-¿Un encantamiento hinchador, verdad?

Otra vez esa maldita pregunta. La chica aún seguía sin mirarlo, pero tenía una ligera sonrisa en la cara. Draco estaba seguro, que de no haberse sentido tan débil, se hubiese incorporado y, aprovechando que estaban solos, la habría abrazado y besado hasta cansarse. Inevitablemente, imaginó el sabor de sus labios en su boca, y la suavidad de su cabello entre sus manos… Olvidándose de todo, se quedó con los ojos prendidos en ella.

-¿Quién te lo hizo?. ¿Y porque tus gorilas no te protegieron? –ella ladeó de repente su rostro para encararlo, y Draco parpadeó sorprendido para que Ginny no notara que la había estado observando como un bobo.

-Fue tu niñato preferido… "El elegido" -dijo él con rencor, recordando que a Potter le debía todo eso. Ya se lo cobraría con creces en cuanto saliera de ahí.

-¿Harry? –preguntó divertida. -¿En serio? Vaya, espero que no lo hayan castigado.

Draco se enfureció. ¿Cómo se atrevía a preocuparse por el cara rajada si la víctima había sido él, y no Potter?

Pero, por otra parte… ella estaba ahí en la Enfermería con Draco, sonriéndole a él, liberándolo ella misma del hechizo… cuando no tenía porque haberlo hecho. Y menos después de lo que Draco la había hecho pasar en el Comedor.

-Gracias… por revertir el encantamiento –susurró el chico.

Ginny lo miró sorprendida, y Draco podía jurar que ella se estaba ruborizando. Algo en el pecho del rubio se encendió como flama de chimenea, creyó que si tenía el poder de apenarla con unas palabras, quizá… él todavía tuviera esperanzas.

-No me agradezcas tanto. En realidad pensé que era una magnífica oportunidad para probar ese conjuro sanador, ya que lo había leído por ahí y pues… siempre hay que usarlo por primera vez.

-Entonces te interesa la Sanación. ¿verdad? –preguntó él perspicaz. Y añadió para halagarla: -Estoy seguro que serás una magnífica sanadora.

Ginny rió apenada, y murmuró sin pensar lo que decía:

-Lo mismo dice mi mamá, y yo le digo que exagera demasiado, que... –se interrumpió de improvisto y su sonrisa se borró. Desvió de nuevo la mirada hacia la puerta, como esperando ansiosa que en cualquier momento entrara alguien a su rescate.

Draco no supo que decir ya; pues sabía lo que incomodaba a la Weasley. Pensó en la cantidad de veces que él había insultado a su madre y se había burlado de su familia completa… se sintió sucio y vil. Como en realidad era. ¿Cómo había sido posible que, por un momento, se olvidara de nuevo de su realidad y la de ella?

¿Cómo pedir perdón por todo ese daño causado?. ¿Tenía caso hacerlo, de cualquier forma?

Decidido a intentar averiguar si podía aspirar a por lo menos probar sus labios otra vez, antes de resignarse a perderla y a dejarse invadir por la certeza que ellos nunca podrían estar juntos jamás, se incorporó hasta quedar sentado, tan rápido como su magullada espalda se lo permitió. Ella lo miró asombrada, pero no se movió del lugar de dónde estaba parada, justo junto a la cama del rubio.

Jadeando de dolor, Draco bajó las piernas de la cama y se puso de pie. Ginny permanecía estática, mirando las acciones del chico sin inmutarse en lo absoluto. El Slytherin suspiró doliente, y entonces levantó sus ojos grises hasta los de la chica, que brillaron de repente.

-Weasley… quiero decirte… Quiero decir, tengo que decirte… No, no tengo. Quiero decirte que lo que pasó en el Gran Comedor… entre esa chica y yo… ¿Sabes? Ella no significa nada para mí. En serio. De hecho, yo… yo…

Draco respiraba tan rápido y entrecortado que juraba se asfixiaría por falta de aire. ¡Merlín, que duro era encontrar las palabras adecuadas sólo para decirle que se moría por probarla de nuevo!

Enmudeció, y poco a poco se acercó a ella, decidido a besarla, así fuera por última vez… No le importaba nada más, era como si Ginny lo atrajera igual que un imán. Lo único que su cerebro y sus sentidos le pedían a gritos era eso: ¡Acércate!. ¡Bésala!. ¡Hazla tuya! Puede ser la última oportunidad…

Y así, vencida la distancia, quedó justo frente a ella, quien por cierto era casi treinta centímetros más bajita que él. Por lo tanto, soportando el malestar en su cuerpo, agachó como pudo su cabeza… Aspiró su perfume y entreabrió sus labios creyendo que podría morir de gozo…

-Petrificus totalus –masculló ella, casi sin voz y apuntándole con su varita, la cual no había guardado.

Draco se quedó tan rígido como un madero, e inclinado como estaba, perdió el equilibrio y cayó al suelo de bruces, golpeándose de nuevo, ahora de cara contra la fría y dura piedra. Quiso gritar de dolor y furia, pero ningún sonido pudo salir de su boca; y entonces, de reojo, alcanzó a percibir los pies de la Weasley que, despavorida, huía dejándolo inerte e indefenso en el piso de la enfermería.