Capítulo 9: El relicario

Voldemort se acercó peligrosamente hasta mí con la navaja en la mano. Tomó mi brazo izquierdo y me cortó la muñeca. Yo no hice nada, tenía miedo de que me hiciera algo peor si intentaba golpearlo.

La sangre que se derramó, cayo en una copa de oro. Soltó mi brazo cuando ya tenía la cantidad que quería y tomó la copa.

Yo rasgué un pedazo de mi remera y me vendé la herida, me sangraba y me dolía mucho. Luego sequé mis lágrimas. ¿Qué harían ahora conmigo?

Bien Malcom, dame el relicario.

¿Qué relicario señor? Preguntó Malcom.

El relicario de Salazar Slytherin, imbécil.

Oh... Ese relicario... Dijo asustado.

Sí, ese relicario. Dámelo, ¡YA! Gritó Voldemort. Yo los miraba, sentada aún dentro del círculo.

Pues... Señor... Verá, yo no...

¡No lo tienes! ¡Eres un incompetente! Ve a buscarlo ahora mismo.

Pero, no sé dónde esta. ¿El relicario de Salazar Slytherin?... Pensé.

¡Mi relicario! Exclamé sin querer en voz alta.

¿Cómo que tu relicario niña? Dijo Voldemort.

Sí... Es que... Me lo regaló hace unos 7 años mi tía Petunia... Fue el único regalo que recibí en toda mi vida de ella.

Petunia... ¿La muggle? Exclamó furioso.

Sí, así es...

Voldemort me dijo que me levantara de donde estaba y que fuera hasta donde él se encontraba. Me tomó de la mano y agarró un pedazo de un espejo roto. Al instante, nos encontrábamos en mi casa.

Mamá corrió hasta el living, y al verme toda sucia y algo lastimada, se me acercó, pero Voldemort la detuvo. Me miró con rabia.

Ve a buscarla y pobre de ti con hacer algo estúpido. Amenazó. Corrí escaleras arriba.

Tom... Exclamó mamá.

¿Tom? ¿Tom Riddle? ¡Por favor Lily! Ahora soy Lord Voldemort... Caminó hasta donde ella estaba y acarició su rostro. Mamá tenía los ojos cerrados y una mueca de desagrado. – Cuanto tiempo sin poder acariciar esta bella y suave piel... Dijo murmurando.

Déjame... Dijo mamá.

Vendrás conmigo y con tu hija... Seremos una gran familia feliz cuando yo pueda recuperar mi cuerpo. Dijo tomándola por la cintura.

No... Yo no te amo Tom. Dijo mamá, tratando de sacarse.

Busqué en todo mi cuarto el viejo Relicario, pero no lo encontraba. Mi cuarto era un desorden. Me senté unos segundos en la cama y pensé.

¡Ya lo sé! Dije por fin. Me paré y busqué bajo la cama.

Saqué una caja de zapatos que estaba pintada de negro y tenía frases y letras de distintos colores. La abrí y de allí saqué el viejo medallón. Estaba todo polvoriento. Lo tomé y cuando iba a bajar, pensé en pedir ayuda... Fui al cuarto de Harry, pero no había nadie allí... Nadie más que Hedwig. Se me vino una idea a la cabeza.

Tomé un pedazo de pergamino, una pluma y escribí una nota. Luego la até a la pata de Hedwig y tratando de no hacer ruido, abrí la ventana.

Sh. Le dije. – Por favor Hedwig, llévala rápido hasta donde esté Harry y dásela. Necesito que no hagas ruido, ¿sí?. Movió su cabeza en señal de que había entendido la orden y salió.

Yo bajé las escaleras con el relicario puesto.

Voldemort me miró. Tenía a mamá en sus brazos, dormida... Parecía muerta. Lo miré de lejos.

¿Qué le has hecho a mamá? Pregunté con lágrimas en los ojos, pero sin acercarme a él.

Lily irá con nosotros... Hija. Dijo sonriendo.

¿Hija? ...

Sí. Seremos una gran familia feliz pequeña. Ya vámonos. Me tomó por el brazo y tomó el pedazo de espejo. Al instante estábamos en el viejo y tenebroso patio trasero.

Dejó con suavidad a mamá sobre la mesa donde descansaba el caldero y se dirigió hacia mí. Malcom estaba parado, apoyado sobre una pared, mirando todo. Voldemort me quitó el relicario y me hizo volver hasta el círculo de velas.

Se acercó hasta mamá con la navaja. Iba a cortarla. Fui corriendo hasta donde él, pero sacó su varita y no supe más de nada...

¡Desmaius! Grito. Caí al suelo, inconsciente.

Ponla donde debe estar... Dijo a Malcom.

Malcom me tomó en brazos y me apoyó dentro del círculo, una vez más...

Cortó la muñeca de mamá y mezcló su sangre con la mía, luego tomó un poco de la sangre mezclada y la otra parte la arrojó al caldero. Éste hizo una pequeña explosión y su contenido cambió de color.

En casa de los Malfoy

Sirius, Dumbledore, Hagrid, Hermione, Ron, Draco y Harry estaban reunidos intentando planear algo para averiguar dónde me encontraba. De pronto se escuchó un ruido de picoteo en uno de los grandes ventanales de la casa de Draco y abrió. Hedwig entró volando y se posó en el hombro de Harry.

¿Qué trae en la pata Harry? Dijo Hermione.

No lo sé... Le desató la nota y leyó. – Chicos, es de Silvana. Dice que... Al parecer la tienen en algún lugar del Valle de Godric. Dice que es una casa enorme y parece abandonada... Que está todo muy sucio por dentro.

¡La mansión Slytherin! Dijo Sirius, luego de unos minutos de silencio.

¿Qué? Dijo Hagrid.

La vieja mansión de Salazar Slytherin. Dijo Dumbledore. – Sí... Es posible... ¿Dice algo más el pergamino Harry?

Dice algo sobre un medallón y un caldero... Pero no especifica nada.

Voldemort la quiere para poder volver... Pero también necesita a Lily... Pensó. – No dice nada de tu madre, ¿Verdad Harry?

No...

Necesita mezclar la sangre de Silvana con la de uno de sus padres, tomar la mitad, la otra mitad verterla en la poción renacedora, y mezclar todo eso. Luego debe hacer sacrificar a alguno de su bando por alguna persona que sea de su familia, que sería tu hermana, Harry, y tomar la poción... Después de eso... No hay vuelta atrás... Si ya la bebió, estamos en problemas. Explicó Dumbledore.

¡Pues vamos! ¿Qué esperamos? Dijo Draco.

Vámonos. ¿Tienen todos sus varitas, verdad? Dijo Sirius.

Sí.

Tómense de las manos todos y luego Harry, tómame del brazo.

Todos hicieron lo que Sirius dijo. Luego éste último tomó un cuadro que había con una foto de él, mi papá y Lupín y se encontraban, unos segundos después, frente a la mansión Slytherin.

Vaya... ¿Enserio están aquí? Este lugar da miedo... Dijo Hermione.

Entremos. Dijo Dumbledore.

Todos lo siguieron y fueron al patio trasero.

¡Imperius!. Dijo Voldemort. Yo me sentí rara, y comencé a hacer cosas que yo no haría. Tomé mi varita y apunté hacia Malcom. ¿Qué diablos me sucedía?

¿Qué crees que me haces? Dijo Malcom, cuando lo tomé por el brazo y lo empujé dentro del círculo de velas. Intenté contestarle, pero no podía hablar.

Verás Malcom... Te necesito a ti como el final de todo esto... Y mi niña se encargará de terminar con tu vida. Dijo sonriendo.

¿Qué?... ¡No puede hacerme esto Señor!

¿A quién más sino? Necesito que sea alguno de mi bando... Y no puedo esperar más. Respondió. – Has lo que debes hacer Silvana... Siguió apuntándome con su varita. Yo amarré a Malcom a unas estacas que estaban clavadas en el suelo, con una soga, y volví a tomar mi varita. Todo esto que estaba haciendo, era contra mi voluntad, ¿QUÉ RAYOS ESTABA SUCEDIÉNDOME? Pensé.

Silvana, no lo hagas, por favor. Rogaba Malcom, tratando de soltarse. Yo no podía responderle nada, ni tampoco dejar de hacer lo que hacía... Voldemort estaba manipulándome...

Lo apunté directo al corazón con mi varita. Unas saladas lágrimas resbalaban por mis mejillas, pero no podía detenerme, no era tan fuerte como Voldemort.

Tomé fuertemente mi varita.

¡Avada Kedavra! Pronuncié. Un hilo de luz verde salió de la punta de mi varita y fue a parar directo al corazón de Malcom.

Bien hecho pequeña. Voldemort bajó su varita y yo caí al suelo.

Me arrastré llorando hasta donde estaba el cuerpo ya inmóvil de Malcom. Lo miré. Sus ojos habían perdido su brillo y ya no respiraba. Miré a Voldemort.

¡Maldito desgraciado! Grité. – Me manipulaste para matar a mi amigo... Dije llorando, sin poder contenerme. Estaba llena de rabia y odio.

¿Amigo? Pero pequeña... Él te trajo hasta mí... Él te entregó, y aún así, ¿Dices que era tu amigo?

¡No importa lo que él haya hecho! Aún así era un amigo... No lo conocí mucho ni nada por el estilo, pero sé que si no te hubiera conocido, hubiera sido una excelente persona.

Eres una perra. Dijo Voldemort, apuntándome con su varita. En ese momento una puerta se abrió de un golpe y ahí apareció Dumbledore, apuntando a Voldemort con su varita.

No te atrevas Tom Ryddle. Dijo Dumbledore, bajando las escaleras, seguido de los demás, sin dejar de tener su varita en alto.