Capítulo 9. Ronda de prefectos.

Las diversiones de sus compañeros y las agitadas exhalaciones rodeaban el verdadero sentir que rozaba su piel. Tras su bolsillo, sus manos, escondidas, jugueteaban con ese pergamino, causa de la estampada sonrisa que su rostro mostraba. Y aunque sus compañeros menores infringieran las reglas, ella sólo les respondía que "estaba permitido". Un punto más y menos para cualquier casa. Y eso se notaba: Granger ya no era ella.

Con un lento marchar sentía en menos tiempo la entrada al Comedor cerca, gracias a la embobación que la frasecita escrita en el pergamino produjo en ella, un esperar eterno. Inspecciones de prefectos ... Ya lo vería, ya lo vería. Su expresión en general se volvió más pícara y entró al salón, desocupando por completo el corredor.

Tomando asiento junto a Ginny y Harry, quienes guardaron absoluto silencio al verla, buscaba el reflejo que le permitiría anticipar lo que ocurriría aquella noche ... pero fue negado. Tal vez su figura se escondía tras los corpulentos cuerpos que distinguían a la casa de las serpientes, o no había bajado a la cena. Lo que sí era un hecho es que no lo vio en ningún momento, y salió del salón sin despedirse de sus amigos. Vamos, ni siquiera exhaló alguna palabra en todo el rato. Su túnica ondeaba dando la apariencia de ser recién salida del armario privado de Snape. Parecía estar enfadada.

Harry distinguió por debajo del plato de la Weasley un cartón bastante singular, con una anchura por demás reducida. Cubiertas se hallaban unas cuantas hojas. Tan interesante estaba resultando cuando su amiga lo retiró de ahí y lo abrió. Sus ojos avellana se perdieron en aquel mar colorido de letras e imágenes, mientras los cubiertos sonaban con estridencia, pareciendo que se hallaban en el mar, hablando el fascinante lenguaje de las sirenas.

-Sigues sin sacarte esta cosa de la cabeza¿es cierto? – Sí, sí, Harry. Se comprende lo aburrido que puede llegar a ser una investigación sin resultados inmediatos. Muchos han pasado por la nula seducción que provocan los rompecabezas con miles de pequeñas piezas por juntar. Tomó su cuchilla y cortó el pedazo guindo que adornaba el pastel de carne, sin ninguna intención de llevárselo a la boca. Sólo para desaburrirse.

La muchacha, con bastante delicadeza, estrelló su libro contra la mesa y se volvió frente a la mirada del pelinegro:

-¿Hermione es tu amiga? – comenzó a interrogar.

-Sí. – afirmó él.

-¿Te preocupa lo que pasa alrededor de ella? –

-Claro. – contestó como a uno más uno dan dos.

-¿Se supone que los amigos hacen hasta lo imposible por que a su prójimo le vaya bien? – Era una pequeña guerra ganada. Harry acababa de rendirse: Ella tenía razón. – Bien, pues sigamos. –

Harry pudo distinguir, ahora que estaba más abierto a sus ojos, que el librito se trataba de un tríptico común de los que se distribuían en el Callejón Diagon, comunes en la temporada previa al colegio. Trataba sobre las pociones más comunes, y si Amortentia no figurara entre las más pedidas el escrito no tendría lugar ahí.

Sus gafas se empañaron por un momento, símbolo claro de la presencia del aburrimiento. Los tesoros culinarios que se hallaban enfrente de su vista no se le antojaban en aquel momento: su sentido e importancia de la alimentación se había esfumado. Solamente se dirigían la palabra para comentar acerca de aquella mentada poción que empezaba a provocar repulsión en el muchacho.

-Si no te molesta – Comenzó el pelinegro con un tono cansado. Tomó un libro que le fue ordenado leer como castigo en la clase de Herbología, irónicamente en la cual Malfoy fue el causante. –, iré a buscar a Ron, y de paso a Neville para que me ayude con esto. –

-Claro, todo lo quieres fácil. – dijo Ginny algo molesta.

-No es que no quiera, pero creo que estamos dedicando energías de más a esto que a cualquier otra cosa. Además, Ron no está bien ... –

La pelirroja bufó al escuchar el nombre de su hermano.

-Está bien, te veo mañana. Nos vemos. – Y tomó rumbo hacia la salida sin esperar alguna respuesta. Antes de desaparecer del Comedor, lanzó una sutil mirada a la pelirroja, quien, como esperó, había vuelto a poner su vista frente al folleto de pociones amorténticas. Se fue confirmando para sí mismo que juntarse con Hermione tiene sus consecuencias: Estaba más que decidida a desentrañar el misterio de aquella relación que tanto le asombraba.

• • •

Su rostro permanecía severo, marcando sus delgadas y puntiagudas cejas. Sus labios llevaban mucho tiempo rígidos, y sus manos acariciaban la suave madera que cubría su escritorio. Los pergaminos no existían frente a su vista, solamente la mirada de su alumna predilecta, quien poseía una expresión en general muy firme, como si aquella cita fuera una clase más.

-Veamos, señorita Granger ... – La muchacha no cambió su expresión. – Antes que nada y sin evasivas. ¿Qué la llevó a ... tener una relación ... amorosa, por así decirlo ... con el señor Malfoy? – Daba pausas porque la situación que estaba ocurriendo era inconcebible en demasía. Sus dejos de sorpresa no se hacían esperar.

Respondía a continuación su interlocutora con una rapidez, que parecía haber preparado la respuesta tiempo antes:

-Profesora: No entiendo cómo dos personas, por pertenecer a casas con costumbres diametralmente incomparables, no pueden estar juntas. No solamente nos limitaremos a nuestros semejantes. ¿Algo tiene de malo relacionarse con una persona con un pensamiento diferente al nuestro? –

-Relacionarse más allá de un asunto cualquiera sí. – atajó Minerva, entrelazando sus largos dedos.

-Muy bien, muy bien ... – susurraba la castaña mirando hacia cualquier lado posible, lejos a su autoridad. No era de ella no reconocer lo que hacía. Pensaba que eso solamente era de los cobardes. Pero la situación se prestaba para aquello: No sabía qué hacer ante lo que sentía por Malfoy. – ¿Relacionarme a algo más con él, dice usted? –

-¡Es imposible que usted no lo sepa descifrar!. ¡Claro que sí! – Quería convencerla de que aquello no estaba bien. De que era igual como si escondiera cobardemente la mirada tras su bufanda, la cual reflejaba los colores de la valentía. De que era igual como si no reconociera haber ensuciado una prenda suya y regalar la culpa a alguien más.

-Pues ... – ladeó la cabeza unos cuantos grados. – No me detendrá nada de lo que me ha dicho. – Separó la mitad inferior de su cuerpo del mueble, dispuesta a terminar de una vez con todas con el rodeo. Sus cabellos se desorbitaban más, y sus ojos mostraban claramente que no abandonaría al Slytherin de sí tan sencillamente.

-Espero respete mi decisión, profesora. No me pasará nada, de eso esté siempre segura. Sabe quién soy yo, no lo dude. – Y enseguida recordando la inspección de prefectos de aquella ocasión, salió de un gabinete donde lo que gobernaba en esos momentos era la incertidumbre. ¿Qué poder tenía esta emoción?. ¿Desasosiego?. Era una y faltaban varias ... Minerva vaciló antes de tomar asiento. Simple y sencillamente,

Temía por ella.

• • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • • •

Era la arrogancia personificada. Varios títulos le hacían honor a su figura, la cual sobresalía de la casa de las serpientes: Aquellos ojos que adoraban al vacío, aquellos mechones platinados que ansiaban algún brillo, aquel cuerpo que tantas deseaban poseer. Esos labios que sólo una tendría la oportunidad de besar.

La atmósfera del exterior se tornaba invernal, lo podía percibir. Su piel conseguía en la oscuridad sobresalir, juntando sus oscuros ropajes que bailaban junto al viento que se colaba por las ventanas. No había menor rastro de luminarias ni cometas atravesando el lóbrego cielo. Bien para él.

Se posó en un frío muro, aguardando. Ella no tardaría en llegar. Al fin de cuentas era ronda de prefectos junto a los de la casa de los leones.

-·-·-

¿Cómo no podía distinguirlo si su rostro iluminaba cual estrella en las envolventes tinieblas que rozaban su entidad?. Camuflado se encontraba su cuerpo, ese cuerpo que para cualquiera representaba la increíble tentación del mal, ese cuerpo que hasta días antes significaba la cubierta del demonio en persona.

Varita en alto, madera de vid fino convertido a la grandeza. El dragón del cual se obtuvieron las fibras de su órgano vital debió haber sabido su destino ... Ese dragón que tanto ansiaba tener cerca.

-Debiste haber leído con atención el pergamino,. ¿No es así? – Cuando acercó su mirada hacia aquella muralla de hielo, trazó una altiva sonrisa.

-Claro. – Sonrió marcadamente. – ¿Cómo no olvidar una inspección de prefectos? – señaló la castaña sin acercarse más allá de unos cuantos centímetros del dragón, remarcando las tres últimas palabras.

Sus miradas se separaron de sus respectivas vistas, y Hermione se alejó unos cuantos pasos del joven, como si temiera a algo.

-·-·-

Y sin embargo ella era la otra encargada de mantener el orden aquellas noches. No tenía el valor para verla a la cara. ¿Por qué precisamente ella?

Ronald Weasley bajaba de las súbitas escaleras que se hallaban cerca de su torre, mientras que en sus pensamientos solamente ella reinaba. Esa chica a la cual una vez había repudiado, primer año. Esa chica por la que sufrió horrores, segundo año. Descubrir lo mucho que se parecían, tercer año. Cuarto, quinto y sexto fueron de lo mismo: descubrió cuánto le quería, cuánto le preocupaba lo que le ocurriera.

Y dejó entrever el extremo superior de su varita, como si estuviera dispuesto a hacer cualquier cosa. Ese tímido larguirucho que alguna vez ocupó su cuerpo había desaparecido.

¿Por qué esos lejanos susurros lo habían incomodado desde el primer instante que los escuchó? Detuvo su marcha, irascible. Sus ojos azul cielo ya no reflejaban lo que aparentaban ser. Sacó al fin su varita y susurró el hechizo iluminador.

Tomó rumbo en dirección hacia el origen de aquellos susurros ...

Con asco logró identificar unas voces. Él precisamente se reuniría con el joven, de quien sintió que le había fallado. Días antes había hablado con él y juró que su único interés en aquellos tiempos era representar con orgullo su apelativo de moda, El príncipe de Slytherin. Llegar a como fuera al mejor puesto que Lord Voldemort daba a sus seguidores más leales.

Caminó deprisa, chocando contra el elemento esencial de la vida, en ese entonces tan frío como él. Severus Snape sostenía con fuerza su varita, dispuesto a hacer ver como fuera a su alumno que se estaba equivocando al enamorarse de esa.

-·-·-

Las cuestiones del linaje impedían que Draco Malfoy se acercara a un impuro más allá del frívolo contacto visual. Esas cadenas asfixiantes a la libertad comenzaban a hacer mella en él. Vio a Granger detenidamente.

-Sabes muy bien por qué estamos aquí. –

-Es lógico. – continuó ella. – Inspecciones de prefectos. Las hay todos los viernes ... –

-Y precisamente hoy es viernes. – Esbozó una blanca sonrisa. – Es perfectamente entendible el asunto. –

Un viejo soplar tomó lugar. Hermione inhalaba y exhalaba lentamente. La sonrisa que la adornaba se borraba de su rostro, el cual mostraba mal sentimiento. Bajó la mirada.

Quisiera ser el aire que respiras.

Quisiera ser el rizo de tu pelo.

Pero Draco seguía ahí, observándola con detalle.

¡Pero cómo le fascinaba todo lo que se encerraba en aquella castaña!

Las máscaras que cargaba en sí caían de tajo, descubriendo al Draco Malfoy que nunca creyó que tuviera la capacidad de anhelar algo con tanta fuerza. Acercó su rostro, Hermione le respondió.

Y la llama se encendió.

El principio de la verdad es tímido, por regla general, ocultando lo que verdaderamente quiere dar. Pero la confianza empieza con las acciones que explotan con el paso de la verdad. El cuerpo y la mente están ahora más que de acuerdo. Por más trillado que sea y haya sido nombrado un sinfín de veces, el deleite resultante por la combinación de los sentimientos de cada uno es infinito ...

Besarla era lo mejor. Perder sus manos y su cabeza en su enmarañado pero suave cabello era una experiencia única. Encontrar de vez en cuando ese brillo marrón que había iluminado por vez primera su largo y entroncado túnel continuaba asombrándolo.

Ahora no envidiaba a los cubiertos que ella usaba para apoyar sus alimentos. Ahora era suya.

-·-·-

Sus manos blancas fueron su primer asunto. Al primer contacto, sintió que se helaba. ¿Cómo alguien que se hace nombrar humano puede poseer tanto frío?. La ciencia dictamina que un ser vivo a punto de congelación no puede vivir más. Pero él debía ser la excepción porque, a pesar de que en años anteriores se empeñara en arruinar su vida, sabía que una buena parte de sus insultos eran "por que sí, por ganar la guerra a una sangre-sucia".

El beso de la biblioteca era ya asunto pasado. El apocamiento que un acercamiento sincero provocaba era grande, y más cuando la persona a la que uno besa es alguien a la cual nunca imaginó en tal situación. Draco y Hermione agotaron sus reservas más pronto de lo que pensaban, y separaron sus labios. Una abismal y lóbrega tiniebla los separaba. Él reaccionó dando origen a un Lumos. Y tomaron asiento en el suelo congelado gracias al extraño tiempo que hacía aquel viernes de mayo.

No dijeron más después de unos momentos hasta que la castaña tomó la voz, sacando al rubio de sus meditaciones.

-Draco – Se acostumbró ya a nombrarlo por su nombre, así era mejor. –, sabes que pienso que esto no está bien ... –

-¿Qué no está bien?. ¿Quién lo dice? – Cansado del tema, el príncipe de Slytherin inquirió con molestia. Relajó sus hombros.

-Tú mismo lo has dicho. Siempre lo has demostrado. – La leona no lo miraba. Pensaba eso a pesar de querer al muchacho.

Y tras un rápido y exhaustivo pensamiento, Draco por fin dijo algo.

-Escondámonos. –

Ella por fin pudo sostener su mirada con la de él.

-¿Cómo dices? – Estaba sorprendida.

¿Así que seguirían su relación sin que nadie se enterara? Muy bien. Así no demostraría a nadie lo que sentía por él.

-¿Y qué propones para continuar esto? – continuó ella. El Slytherin pudo percibir una nota de satisfacción en la voz de la castaña.

-Seguir como hace días. Seguir odiándonos mutuamente. Seguir con nuestras relaciones normales a la luz de todos ... –

-Tranquilizar a nuestros semejantes inmediatos. – Prosiguió Hermione completando lo que él quería decir.

-¿Cómo? –

-Haciéndoles ver que alucinaban. McGonagall lo sabe, por desgracia – Draco fijó la cara con molestia. –, pero a Harry y a Ron podré convencerlos, estoy segura. – dijo ella con voz de buen augurio.

-¿Quién anda ahí? –

Ellos dos leyeron en sus rostros sus expresiones. Debían escapar lo antes posible uno del otro. Y rápido.


Hola. A pesar de que ahora hubo la escena entre los dos, batallé como no imaginan (junto a mi beta) para hacer la escena lo más creíble posible, sin despegarme del canon. Y sin embargo, puede ser uno de los dos personajes que se describieron que los descubra: Ron o el otro (cabe señalar uno de los dos son Slytherins cercanos al rubio). En fin, espero me dejen comentarios con sus puntos de vista, comentarios, felicitaciones (que me gustaría mucho), críticas constructivas, sugerencias, exigencias ... lo que quieran. :)

Saludos.