La noche cubría Alterac, las nubes ocultaban la luna impidiendo que su luz iluminara el lugar. También se presagiaba una lluvia inminente. Era una situación ideal, un regalo de los dioses. "Para que luego digan que los dioses solo protegen a los alianzas" había comentado el asesino antes de partir de Iceblood. La nieve tenía un color gris pálido, parecido al de las capas de los mercenarios. Se movían rápidamente y con agilidad sobre la nieve mientras subían la colina hasta Snowfall. Se movían con rapidez porque luego tocaría ir despacio y con sigilo.

En la cima de Snowfall había apostados un grupo de guardianes de Frostwolf cuya misión era únicamente proteger aquel punto. Al aparecer los mercenarios se pusieron en guardia y se prepararon para la batalla, aunque esta no llegó a producirse, los soldados se quitaron sus capuchas y mostraron sus rostros a los guardianes. Estos se tranquilizaron y volvieron a sus puestos. La troll les explicó brevemente que iban a hacer y les pidió que defendieran aquel punto costara lo que costara. Los guardianes se cuadraron ante las órdenes de la sacerdotisa y los mercenarios se dispusieron a bajar la montaña por la cara este.

- ¿Dónde te has dejado al bichejo?- le preguntó el tauren al orco.

- Solo lo invoque porque al capitán Galvangar le entretiene. Cuando nos marchamos le despedí por el momento. En misiones de esta clase prefiero ir sin siervos, son demasiado ruidosos. ¿Y tú? Pensé que tenías una mascota.

- Está ya en la falda de la montaña, esperándonos, mi Búho blanco es nocturno, esta situación le viene como anillo al dedo jajaja

- Dejaos de cháchara y bajemos ya. Tenemos una misión que cumplir.

- Calma señorita, las prisas solo provocan errores. Tu tan solo observa a los profesionales actuar.

- Basta- dijo escuetamente el asesino- tenemos trabajo y dinero esperando a que volvamos, no le hagamos esperar, ¿no crees?- concluyo dirigiéndose al tauren que a regañadientes se calló, se puso la capucha y bajó el primero.

La sacerdotisa se despidió de los guardianes y acompañó a sus compañeros, la misión les esperaba, y solo tenían esa noche para llevarla a cabo.

La troll se fijo en el enorme bulto que transportaba el tauren y se preguntó que podía ser aquello, pero pensó que tarde o temprano lo descubriría así que lo dejó correr.

Un gran búho blanco aguardaba, posado en un árbol muerto a los pies de Snowfall, a los mercenarios. Al pasar el cazador a su lado la gran ave levantó el vuelo y pareció guiarles desde las alturas. Cruzaron a espaldas de Stoneheart Outpost y permanecieron ocultos tras una de las muchas barricadas que allí había. Desde aquella posición el tauren fue capaz de otear en la dirección al primer bunker, el de Stoneheart. Y allí estaba, el enano bajaba la cuesta que dirigía al bunker montado en una cabra con armadura.

- ¿Cómo lo hacemos?- preguntó la sacerdotisa acercándose a los demás.

- ¿Hacemos? Nuestro asesino ya va camino de encargarse de esta pequeña y barbuda contingencia.- el tauren señaló levemente al enano y la troll fue capaz de ver, no sin dificultad y debido a que sabia que buscaba, al asesino ya a la espalda de su victima, esperando la situación, el momento para acabar con su pequeña existencia de una vez.

El búho, al margen de lo que sucedía con los compañeros de su dueño, fijo su objetivo en una pequeña rata de las nieves que pasaba a toda velocidad de un arbusto casi al pie de la cuesta hasta su madriguera en una de las paredes de Stoneheart Outpost. En un instante se lanzó rápida, letal y grácilmente sobre su presa pasando frente al enano que se sobresaltó al ver al ave parece ante él de repente. El búho fue certero y clavo sus espolones en el vientre de la rata matándola al instante sin que esta pudiera siquiera soltar un chirrido.

El enano se bajó de su montura extrañado y asombrado por la capacidad cazadora del búho. El asesino dio gracias a los cielos en su fuero interno y se preparó para acabar con el enano.

- ¿Ves que aun no ha sacado las dagas?- le preguntó el orco a la troll.

- ¿Por qué no lo ha hecho?

- Porque brillan, esas condenadas son un faro en la oscuridad. Las sacará justo cuando vaya a clavárselas en algún punto vital al enano y después, con destreza, las volverá a envainar sin que se vea un solo destello.- explicó el tauren entre susurros.

El asesino estaba casi en su espalda, un poco mas y estaría sobre ella, que era de hecho lo que pretendía. El enano se puso en cuclillas para ver al ave devorar a su presa y entonces el asesino vio donde iba a atacar. Desenvaino sus dagas a una velocidad insólita y antes de que comenzaran a brillar las clavó en el cuello del enano rajándole las cuerdas vocales y seccionándole la columna vertebral. Las clavo repetidas veces en distintos sitios, desgarrándole la garganta para que la sangre le ahogara de una forma lenta, dolorosa, pero silenciosa. Acto seguido volvió a envainar las dagas a la misma velocidad y se volvió a esconder. Quedaba la cabra. Pero tras un débil golpe ya no molestaba. El brujo le había lanzado un proyectil de sombras que había permanecido perfectamente oculto en la oscuridad de la noche y le había reventado la mitad de la cabeza a la cabra que murió al instante y también sin proferir ningún ruido. El tauren salió del escondite y cogió tanto al enano como a la cabra, ocultándolos donde ellos estaban.

- Le encontraran por la mañana, cuando ya sea tarde- sentenció el orco y dirigió su vista a Stoneheart Bunker.

Cuando abandonaban su escondite la sacerdotisa oyó algo a su espalda, se giró bruscamente pero no vio nada. Volvió la vista a sus compañeros y les siguió.

Se acercaron sigilosamente y atendiendo a las señales que les hacia el tauren para detenerse cuando un elfo miraba, los humanos no eran mayor problema. Lentamente llegaron hasta las puertas del bunker.

- ¿Y ahora?- preguntó con un susurro apenas audible el cazador.

- Demasiados para mi- respondió el asesino igual de bajo.

- Mi magia no podría con todos.- contestó el brujo.

- Dejádmelos a mí.- todos dirigieron la vista a la sacerdotisa que parecía muy segura de si misma. Entró en el bunker y les pidió por señas que permanecieran donde estaban.

El interior era bastante agradable y cómodo, lastima que fuera a acabar, primero bañado de sangre y después destruido. Vio al oficial elfo desde el hueco de las escaleras del primer piso y comenzó a conjurar un hechizo en voz baja. Todos los arqueros estaban fuera del edificio subidos a los salientes de las ventanas del segundo piso desde donde vigilaban. Cuando lanzó el hechizo nadie se enteró. Nadie salvo el objetivo de hechizo. El comandante elfo se levantó de pronto y abandono su voluntad a las órdenes mentales de la troll.