Hola... como tan, espero ke bien, yo aki mejorandome y subiendoles un nuevo capitulo de este fics, ke al parecer les ha gustado un monton...

En fin las dejo con un nuevo capitulo de Bailando en el aire...

ya saben, ni la historia ni los personajes me pertenecen, yo solo los mezclo para mi diversion XD

nos vemos abajoooo


Bailando en el Aire.

Cuatro

El primer día que tuvo libre, Misao cambió la distribución de los muebles. Regó las flores y las hierbas aromáticas, hizo la colada y una barra de pan integral.

No habían dado las nueve de la mañana cuan­do cortó la primera rebanada para desayunar.

Soujiro detestaba su costumbre de madrugar y se quejaba de que ése era el motivo por el que luego estaba sin ánimo durante las fiestas. En su casa junto al mar, no había nadie que la criticara, ni te­nía que moverse sigilosamente. Podía dejar las ventanas abiertas de par en par y era dueña de su tiempo.

Salió a dar un largo paseo por la playa con el pico de la barra de pan en el bolsillo de los panta­lones cortos, masticando todavía el trozo que aca­baba de meterse en la boca.

Los barcos estaban en alta mar y se mecían o avanzaban con suavidad sobre la superficie. El mar estaba en calma y las olas, de un azul de ensueño, rompían formando un encaje en la arena. Las ga­viotas sobrevolaban el agua en una elegante danza acompañada por sus penetrantes gritos, y al fondo se oía el rumor constante y sordo del oleaje.

Se giró con un paso de baile de su invención, sacó el pedazo de pan del bolsillo, lo partió en trozos que arrojó al aire para contemplar cómo las aves caían sobre ellos desde las alturas.

Miró al cielo y pensó que estaba sola, pero no solitaria. Dudó que volviera a sentirse sola.

Oyó las campanas y se volvió hacia el pueblo. Se miró los pantalones cortos y desgastados y las zapatillas llenas de arena y decidió que no iba ves­tida apropiadamente para ir a la iglesia, pero que podía rezar por su cuenta una oración en muestra de su agradecimiento.

Se sentó en la orilla mientras las campanas re­picaban. Pensó que había encontrado la paz y la felicidad. Nunca, nunca daría por sentadas ningu­na de las dos cosas. Todos los días se acordaría de compensarlo de alguna manera. Aunque sólo fuera con unas migajas de pan para las gaviotas. Cuidaría lo que había plantado. Se acordaría de ser amable y de ofrecer una mano a quien la necesitara.

Mantendría sus promesas y no esperaría nada que no fuera llevar una vida tranquila que no hiciera daño a nadie. Se ganaría lo que le fuera dado y lo guardaría como un tesoro.

Se contentaría con las cosas sencillas y empe­zaría a hacerlo en ese momento.

Se levantó y comenzó a recoger conchas que fue guardando en los bolsillos. Cuando los tuvo llenos, se quitó las zapatillas y las llenó también. Llegó al final de la playa, donde las rocas emergían de la arena y caían hacia el mar. Había guijarros del ta­maño de una mano erosionados por el mar. Reco­gió uno y luego otro con la idea de hacer un borde para el lecho de hierbas.

Notó un movimiento a su izquierda, cerró la mano sobre una piedra y se volvió precipitadamente. El corazón le latió con violencia al ver a Aoshi que se acercaba por unos escalones de madera.

—Buenos días.

—Buenos días.

Instintivamente, se volvió a la defensiva y com­probó con intranquilidad lo lejos que estaba del pueblo. La playa ya no estaba vacía, pero los bañis­tas se encontraban a cierta distancia.

—Un día precioso para dar un largo paseo por la playa —comentó Aoshi mientras se apoyaba en la barandilla y la observaba—. Seguro que has dis­frutado.

Él había visto su baile con las gaviotas. Era una pena, pensó, lo rápido que un rostro podía pasar de la alegría al recelo.

—No me había dado cuenta de lo lejos que estaba.

—En realidad, nada está muy lejos en una isla de este tamaño. Va a ser un día caluroso —comen­tó con desenfado—. La playa estará abarrotada an­tes de mediodía. Es agradable aprovecharla cuan­do aún no está llena de toallas.

—Sí, bueno...

—Sube.

—¿Cómo?

—Sube a casa. Te daré una bolsa para las con­chas y las piedras.

—Ah, no te preocupes. No hace falta...

—Misao. ¿Qué te preocupa¿Los policías en ge­neral, los hombres en particular o yo en concreto?

—No estoy preocupada.

—Demuéstralo —Aoshi se quedó donde estaba, pero alargó un brazo.

Ella lo miró a los ojos. Eran unos ojos bonda­dosos. Inteligentes, pero pacientes también. Se acercó con lentitud y llevó su mano hacia la de él.

—¿Qué piensas hacer con las conchas?

—Nada —tenía el pulso desbocado, pero se obligó a subir los escalones con él—. Bueno, nada interesante. Las tiraré por ahí, supongo.

Él le sujetaba la mano con suavidad, pero, aun así, Misao notaba que era una mano enérgica y cur­tida. No llevaba anillo ni reloj en la muñeca.

Pensó que no era dado a los caprichos ni a los adornos.

Iba descalzo, como ella, y llevaba unos vaque­ros cortados por la rodilla con el borde deshilacha­do. Tenía el pelo quemado por el sol y la piel tosta­da; parecía más un dominguero indolente que un sheriff. Ello consiguió aplacar en parte su ansiedad.

Al llegar al final de las escaleras, giraron y si­guieron avanzando por una ladera poco inclinada. Al otro lado de las rocas, había una ensenada don­de un barquito rojo se mecía perezosamente ama­rrado a un muelle desvencijado.

—Todo esto parece sacado de un cuadro —mur­muró Misao.

—¿Has navegado alguna vez?

—Sí. Un poco —aclaró rápidamente—. ¿Es tuyo ese barco?

—Sí, es mío.

Se oyó un súbito chapoteo en el agua y una ca­beza oscura y delgada emergió entre las rocas. Misao se quedó mirándola hasta que una enorme perra ne­gra saltó a la orilla y se sacudió frenéticamente.

—Ella también es mía —afirmó Aoshi—. ¿Te gustan los perros? Dime. Puedo mantenerla aleja­da y hacer que las cosas empiecen bien.

—No, me gustan los perros —Misao parpadeó y lo miró—. ¿Qué quieres decir con que las cosas empiecen bien?

Aoshi no se molestó en contestar, se limitó a sonreír mientras el animal subía la ladera a gran­des zancadas. Se abalanzó sobre el joven, movien­do el rabo y salpicando, y le lamió la cara con en­tusiasmo. Dio dos ladridos breves y profundos, tensó los músculos, y habría dado el mismo trato a Misao si Aoshi no llega a sujetarla con fuerza.

—Se llama Lucy. Es cariñosa, pero maleducada. Abajo, Lucy.

Lucy se bajó con todo el cuerpo en constante movimiento. Incapaz de controlar la felicidad y el cariño, volvió a saltar sobre Aoshi.

—Tiene dos años —le explicó mientras se la quitaba de encima con firmeza y le empujaba los cuartos traseros contra el suelo—. Es un labrador negro. Me han dicho que se calman con los años.

—Es preciosa —Misao le acarició la cabeza y la perra se tumbó en el suelo patas arriba.

—Tampoco tiene orgullo —empezó a decir Aoshi antes de ver con sorpresa cómo Misao se ponía de cuclillas y acariciaba el vientre del animal hasta hacerle completamente feliz.

—No se necesita orgullo cuando se es tan bo­nita¿verdad, Lucy? No hay nada como un perro grande y hermoso. Yo siempre... ¡Ay!

Lucypresa del placer, se había dado la vuelta, se había apoyado sobre Misao y la había tumbado. Aoshi estuvo rápido, pero no lo suficiente como pa­ra evitar que la lamiera y la arrollara.

—¡No, Lucy¡No! Lo siento —Aoshi apartó a la perra y levantó a Misao con una mano—. ¿Te ha he­cho daño?

—No. Estoy bien.

La había dejado sin aliento, pero ése era sólo uno de los motivos por los que no podía respirar. Aoshi la limpiaba, mientras la perra se sentó cabiz­baja, moviendo el rabo con precaución. Misao notó que él estaba contrariado y preocupado, pero no enfadado.

—No te has dado en la cabeza¿verdad? Este maldito animal pesa casi tanto como tú. Te has hecho daño en el codo —añadió antes de darse cuen­ta de que Misao se reía entre dientes—. ¿Qué es lo que te parece tan gracioso?

—Nada, de verdad. Es enternecedor ver cómo finge sentir vergüenza. Está claro que la tienes ate­rrorizada.

—Claro, le doy una paliza un par de veces por semana, lo merezca o no —recorrió los brazos de Misao con las manos—. ¿De verdad que estás bien?

—Sí —Misao se dio cuenta de que estaban muy cerca el uno del otro, tanto que casi se abrazaban; que él tenía las manos sobre ella y que su piel esta­ba demasiado caliente por el contacto—. Sí —repitió mientras daba intencionadamente un paso atrás—. No hay daños.

—Eres más fuerte de lo que parece —Aoshi comprobó que esos brazos tenían músculos largos y esbeltos. Ya se había fijado en los de las piernas—. Pasa adentro. Tú, no —-añadió señalando a la pe­rra—. Estás castigada.

Recogió del suelo las zapatillas de Misao y se di­rigió hacia el amplio porche. La joven, llena de cu­riosidad y sintiéndose incapaz de encontrar una excusa convincente, cruzó la puerta que él había abierto y entró en una espaciosa cocina, luminosa y desordenada.

—La doncella tiene una década de permiso —cómodo en aquel ambiente caótico, dejó las zapatillas de Misao en el suelo y abrió la nevera—. No puedo ofrecerte limonada casera, pero tenemos al­go de té helado.

—Está bien, gracias. Es una cocina maravi­llosa.

—La usamos sobre todo para calentar la comi­da que compramos precocinada.

—Es una pena.

Había metros y metros de encimeras imitando el granito y unos preciosos armarios de madera tallada con los frentes de cristal emplomado. La ventana de encima del hermoso fregadero doble daba al mar y a la ensenada.

Misao pensó que había abundante espacio para cocinar y almacenar provisiones. Con un poco de imaginación y de organización, sería una fan­tástica...

«¿Tenemos, usamos?» Aoshi había empleado el plural. ¿Estaba casado? No lo había pensado, ni si­quiera se le había pasado por la cabeza esa posibili­dad. No era que le importase, naturalmente, pero...

Él había coqueteado con ella. Quizá Misao hu­biera perdido algo de práctica, pero sabía perfecta­mente cuándo un hombre estaba coqueteando.

—Te rondan demasiadas cosas por la cabeza —Aoshi sacó un vaso—. ¿Quieres compartir alguna?

—No. Quiero decir, estaba pensando que es una cocina preciosa.

—Estaba mucho más presentable cuando mi madre se ocupaba de ella. Ahora que Megumi y yo es­tamos solos, no le hacemos mucho caso, la verdad.

—Megumi. Ah, entiendo.

—Te preguntabas si estaba casado o si vivía con alguien que no fuera mi hermana. Eres muy discreta.

—No es asunto mío.

—No he dicho que lo fuera, sólo he dicho que eres discreta. Te enseñaré el resto de la casa, pero seguramente esté peor que la cocina. Y tú eres muy ordenada. Vamos por aquí.

Volvió a tomarla de la mano y salieron fuera.

—¿Dónde? Yo debería volver.

—Es domingo y nos hemos encontrado en nuestro día libre. Tengo algo que te gustará —dijo Aoshi mientras tiraba de ella a través del porche.

Dieron la vuelta a la casa, bordeada por un jardín cubierto de maleza y un par de árboles nudosos. Unos escalones desgastados por el tiempo condu­cían a otro porche en el segundo piso que miraba al mar.

Aoshi los subió con ella de la mano.

El viento y el sol la bañaron de la cabeza a los pies y ella pensó en lo agradable que sería dejarse caer en una tumbona de madera y limitarse a dejar pasar el tiempo.

Había un telescopio junto a la barandilla.

—Tenías razón —ella se inclinó sobre la ba­randilla y tomó aire—. Me gusta.

—Estás mirando hacia el oeste. Cuando el día está claro, puedes ver tierra firme.

—No tienes el telescopio apuntando hacia el oeste.

En ese momento, Aoshi concentraba toda su atención en las hermosas piernas de la joven.

—Supongo que no.

—¿Qué miras entonces?

—Lo que me llame la atención en cada mo­mento.

Misao se apartó y echó un vistazo alrededor. Él la miraba a ella; de hecho, con una mirada intensa e inquisitiva, y ambos lo sabían.

—Me dan ganas de pasarme el día aquí —dijo Misao mientras doblaba la esquina y miraba hacia el pueblo—. Viendo las idas y venidas.

—Yo te he visto esta mañana mientras dabas de comer a las gaviotas.

Aoshi se apoyó en la barandilla y bebió té helado.

—Está mañana, al despertarme, pensé que te­nía que buscar alguna excusa para dejarme caer por la casita amarilla y volver a verte, luego salí a tomar el café y allí estabas. De modo que no tuve que inventarme ningún motivo.

—Sheriff...

—Es mi día libre —le recordó. Fue a levantar la mano para acariciarle el pelo, pero ella se apartó y él se metió la mano en el bolsillo—. ¿Por qué no pasa­mos un par de horas en el mar? Podemos ir a navegar.

—No puedo. Tengo que...

—No hace falta que busques excusas. Otra vez será.

—Sí —se le soltó el nudo que se le había for­mado en el estómago—. Otra vez. Tengo que irme de verdad. Gracias por el té y las vistas.

—Misao... —volvió a tomarle la mano y aunque no la apretó, la de ella se crispó—. Hay un límite entre poner un poco nerviosa a una mujer y asus­tarla. Es un límite que yo no quiero traspasar. Lo creerás cuando me conozcas mejor.

—Por el momento estoy conociéndome mejor a mí misma.

—Me parece bien. Te traeré la bolsa con las piedras y las conchas.

Aoshi decidió pasar todas las mañanas por el ca­fé. Una taza de café, un bollo y cuatro palabras.

Pensaba que ella se acostumbraría a verlo, a hablar con él, y que la próxima vez que se las apañara pa­ra estar a solas con ella, Misao no se sentiría apre­miada a buscar una escapatoria.

Era perfectamente consciente de que no era la única que se había dado cuenta de su nueva costumbre matutina. Al sheriff no le importaban los comentarios jocosos, los guiños maliciosos ni las ri­sitas. La vida de la isla tenía su ritmo y todo el mundo se daba cuenta si alguien añadía un compás.

Dio un sorbo del delicioso café de Misao mien­tras escuchaba en el muelle las maldiciones que Cari Macey dedicaba a los pescadores furtivos de langostas.

—Ya van tres días esta semana con las nasas va­cías y no te creas que por lo menos vuelven a cerrar las cestas. Sospecho de esos universitarios que han alquilado el Boeing. Aja —escupió—. Son ellos. Como los pille, esos malcriados gamberros universitarios van a acordarse de mí.

—Muy bien, Cari, todo apunta a que los culpa­bles son veraneantes y, sobre todo, chicos jóvenes. ¿Por qué no me dejas que hable con ellos?

—No se justifica que jueguen de esa manera con el sustento de un hombre.

—No, pero ellos no lo verán igual.

—Pues deberían empezar a hacerlo —el curti­do rostro del pescador se tornó sombrío—. He ido a ver a Kaoru Kamiya y le he pedido que haga un con­juro a mis nasas.

Aoshi hizo una mueca.

—Vamos, Cari...

—Será mejor eso a que les llene sus pálidos traseros de perdigones¿no? Te juro que pienso hacerlo si siguen así.

—Deja que yo me ocupe.

—¿Te he dicho acaso que no lo hagas? —Cari frunció el ceño y meneó la cabeza—. Prefiero ju­gar todas las cartas. Cambiando de tema, ya me he fijado en la nueva forastera cuando he ido a la li­brería —en el rostro feo y arrugado de Cari se di­bujó una sonrisa burlona—. Ahora entiendo que seas un cliente tan habitual. Aja. Seguro que unos ojazos azul verdosos como esos hacen que un hombre em­piece su día libre con buen pie.

—No te diré yo que no. Tú guarda la escopeta en el armario, Cari. Yo me ocuparé.

Volvió a la comisaría para buscar la lista de ve­raneantes. El Boeing estaba lo suficientemente cerca como para ir andando, pero decidió llevar el todoterreno para dar un aire más oficial.

El Boeing era un edificio de espaldas a la playa que se alquilaba en verano y que tenía un amplio porche en un costado. Las toallas y los bañadores colgaban lánguidamente de una cuerda que había entre dos columnas. La mesa rebosaba de latas de cerveza y de los restos de la cena.

Aoshi sacudió la cabeza y pensó que ni siquiera ha­bían tenido la prudencia de eliminar las pruebas. Los caparazones vacíos de las langostas estaban esparci­dos por encima de la mesa como insectos gigantes. El sheriff sacó la placa del bolsillo y la dejó a la vista.

Llamó a la puerta y siguió haciéndolo hasta que ésta se abrió. El muchacho que le recibió tendría unos veinte años. Entrecerró los ojos, cegado por el sol; estaba despeinado, llevaba unos calzon­cillos de rayas y lucía el típico bronceado dorado de veraneante.

—Ugh —dijo.

—Soy el sheriff Shinomori, de la policía de la isla. ¿Le importa si entro?

—¿Para qué¿qué hora es?

Aoshi decidió que eso se llamaba resaca y juerga.

—Para hablar con usted. Son alrededor de las diez y media. ¿Sus amigos están por aquí?

—Estarán. ¿Algún problema? Ay, Dios mío.

Tragó saliva, hizo una mueca de malestar, y fue tambaleándose hasta el fregadero. Abrió el grifo y metió la cabeza debajo del chorro de agua.

—Una fiesta¿eh? —comentó Aoshi cuando el muchacho reapareció con la cabeza empapada.

—Eso parece —se secó la cara con unas toallas de papel—. ¿Hemos hecho demasiado ruido?

—No ha habido quejas. ¿Cómo te llamas, hijo?

—Josh, Josh Tanner.

—Muy bien, Josh¿por qué no despiertas a tus amigos? No quiero robaros mucho tiempo.

—Sí, vale. De acuerdo.

Aoshi esperó y escuchó. Oyó juramentos, algu­nos ruidos sordos, agua corriendo y la cisterna del retrete.

Los tres muchachos que entraron detrás de Josh tenían un aspecto lamentable. Permanecieron de pie, en distintos grados de desnudez, hasta que uno se dejó caer en una butaca y sonrió afectada­mente.

—¿De qué se trata?

Aoshi pensó que aquello era pura chulería.

—¿Te llamas?

—Steve Hickman.

Aoshi percibió el acento de Boston. De clase al­ta, casi kennedyniano.

—Muy bien Steve. Se trata de lo siguiente: la pesca furtiva de langostas se multa con mil dólares. El motivo es que, aunque puede resultar muy di­vertido vaciar las nasas y cocer un par de langostas, hay gente que vive de su captura. Lo que para ti es una diversión, para algunas personas supone una pérdida de dinero.

Aoshi vio que los muchachos se movían incó­modos, mientras los sermoneaba. El que había abierto la puerta estaba sonrojado por la culpabili­dad y miraba hacia otro lado.

—Lo que os comisteis anoche en el porche costaría unos cuarenta dólares en el mercado. De modo que buscad en el muelle a un hombre que se llama Cari Macey, dadle los cuarenta dólares y asunto zanjado.

—No sé de lo que habla. ¿Ese Macey pone acaso etiquetas en sus langostas? —Steve volvió a sonreír afectadamente y se rascó la tripa—. No puede demostrar que nosotros hayamos pescado furtivamente.

—Muy cierto —Aoshi miró alrededor y echó una ojeada a las caras de los chicos. Nervios y algo de vergüenza—. Este sitio cuesta unos mil dos­cientos en plena temporada de verano y el barco que habéis alquilado otros doscientos cincuenta. Si le añadimos la diversión, las cervezas y la comi­da, pasar una semana aquí suma una bonita cifra.

—Que va a parar directamente a la economía de la isla —dijo Steve con una sonrisa sarcástica—. Es una tontería molestarnos de esta forma por un par de langostas que dice que hemos pescado furtivamente.

—Quizá. Pero es una tontería mayor no poner diez dólares cada uno para facilitar las cosas. Pensadlo. Es una isla pequeña —concluyó Aoshi mien­tras se ponía en marcha hacia la puerta—. Las co­sas se saben enseguida.

—¿Es una amenaza? Amenazar a un ciudadano puede ser delito.

Aoshi se volvió para mirarlo y sacudió la cabeza.

—Estudias derecho¿verdad?

Salió y se montó en el todoterreno. No tarda­ría en salirse con la suya.

Megumi bajaba por la calle principal y se encon­tró con Aoshi en la puerta de la Posada Mágica.

—La tarjeta de crédito de los muchachos de las langostas se ha atascado en el bar de las pizzas —empezó a contarle—. Al parecer la conexión fa­lló o algo así y los chicos han tenido que rascarse los bolsillos para pagar.

—¿De verdad?

—Sí. Y todos los vídeos que han querido alqui­lar estaban ya alquilados.

—Qué mala suerte.

—He oído también que las motos náuticas es­taban reservadas o estropeadas.

—Una pena.

—Y el colmo de las coincidencias, el aire acon­dicionado de la casa que han alquilado ha dejado de funcionar.

—Y hoy hace calor de verdad. Esta noche hará bochorno. Van dormir francamente mal.

—Eres un maldito hijo de perra, Aoshi —Megumi se puso de puntillas y le dio un breve y sonoro beso en los labios—. Por eso te quiero.

—Voy a tener que esforzarme un poco. Ese Hickman es duro de pelar. Los otros tres se rendi­rán antes, pero él va a necesitar un poco más de persuasión —Aoshi pasó el brazo por los hombros de Megumi—. ¿Vas al café a comer algo?

—A lo mejor¿por qué lo dices?

—He pensado que podías hacerme un peque­ño favor ya que me quieres y todo eso.

Su cola de caballo se movió de un lado a otro cuando Misao se dio la vuelta para mirar a su her­mano.

—Si quieres que hable con Misao para organizarte una cita, olvídalo.

—Puedo organizarme mis propias citas, gra­cias.

—Con poco éxito, por el momento.

—Estoy en el dique seco todavía —replicó Aoshi—. Quiero que le digas a Kaoru que estamos ocupándonos del asunto de las langostas y que ella... que no haga nada.

—¿Qué quieres decir con que no haga nada¿Qué tenía que hacer ella? —Megumi se calló con un arrebato de ira—. Maldita sea.

—No te pongas furiosa. Cari ha hablado con ella. Estamos a tiempo de que nuestra bruja local no haga un conjuro o algo así —Aoshi apretó el brazo alrededor de los hombros de Megumi—. Se lo diría yo mismo, pero esos chicos van aparecer por aquí dentro de unos minutos y quiero que me vean con toda mi autoridad.

—Hablaré con ella.

—Sé amable, Meg. Recuerda que fue Cari quien se lo pidió.

—Sí, sí, sí.

Se soltó del brazo de Aoshi y cruzó la calle. Brujas y conjuros. Un montón de tonterías pa­ra idiotas. Un hombre como Cari Macey debía sa­berlo. Estaba bien para que los crédulos turistas compraran los típicos recuerdos de Tres Herma­nas; era uno de los atractivos que los llevaba hasta allí. Pero no podía soportarlo cuando alguien de la isla caía en semejante superstición.

Y Kaoru lo fomentaba. Sólo con ser Kaoru. Megumi entró en el café y miró con el ceño fruncido a Lulú, quien estaba llamando por teléfo­no a un cliente.

—¿Dónde está Kaoru?

—Arriba. Muy ocupada.

—Ya, es una abejita muy atareada —dijo Megumi antes de subir las escaleras.

Vio que Kaoru estaba con un cliente en la sección de libros de cocina. Megumi sonrió.

Kaoru parpadeó.

Megumi, presa de la impaciencia, fue a la barra, es­peró su turno y pidió bruscamente un café.

—¿Nada de comer?

Misao, que estaba sofocada por el gentío de me­diodía, se lo sirvió de una cafetera recién hecha.

—He perdido el apetito.

—Es una pena —intervino Kaoru zalameramen­te desde detrás de Megumi—. La ensalada de lan­gosta está especialmente buena.

Megumi se limitó a levantar un pulgar, pasó de­trás de la barra y entró en la cocina, donde, con los brazos en jarras, encaró a Kaoru.

—Aoshi y yo estamos ocupándonos de ese asunto. Quiero que te quedes al margen.

Un tazón de nata montada habría sido menos suave que la voz de Kaoru.

—No se me ocurriría obstaculizar la labor de las autoridades de la isla.

—Perdón —Misao dudó un instante y se aclaró la garganta—. Sándwiches. Tengo que preparar unos cuantos.

—Adelante —Kaoru hizo un gesto—. Supongo que la dócil ayudante y yo casi hemos terminado.

—Ahórrate tus ingeniosos comentarios de mierda.

—Ya lo hago. Los guardo todos para ti.

—Quiero que no hagas nada y que le digas a Cari que no has hecho nada.

—Demasiado tarde —Kaoru estaba disfrutando y sonrió—. Ya está hecho. Un conjuro muy senci­llo; incluso alguien con unas facultades tan escasas como las tuyas podría haberlo hecho.

—Rómpelo.

—No. ¿Qué te importa? Tú dices que no crees en la Hermandad.

—Y no creo, pero sé cómo funcionan los ru­mores por aquí. Si les pasa algo a esos chicos...

—No me insultes —el humor desapareció co­mo por ensalmo de la voz de Kaoru—. Sabes muy bien que no haría nada que pudiera hacerles daño. Sabes, ésa es la esencia. Eso es lo que tú temes. Te­mes que si dejaras salir lo que hay en ti, no serías capaz de controlarlo.

—No temo nada y no vas a llevarme a ese terre­no —señaló a Misao que intentaba denodadamente mantenerse muy ocupada haciendo sándwiches—. Tampoco tienes derecho a arrastrarla a ella.

—Yo no concedo los dones, Megumi, sólo los re­conozco. Como tú.

—Hablar contigo ha sido una pérdida de tiem­po —Megumi salió precipitadamente de la cocina.

Kaoru suspiró, fue su único gesto de cansancio.

—Las conversaciones con Megumi nunca resul­tan especialmente productivas. No debes permitir que eso te preocupe, Misao.

—No tiene nada que ver conmigo.

—Puedo notar tu ansiedad. La gente discute y a veces lo hace con acritud. No todos resuelven los conflictos con los puños. Vamos... —le pasó las manos por los hombros—. Olvídate, la tensión es mala para la digestión.

Misao sintió que aquel contacto era como una oleada de calor que derretía la gelidez que se había apoderado de su estómago.

—Os aprecio a las dos. Detesto que os llevéis tan mal.

—Megumi no me disgusta. Me irrita, me contra­ría, pero no me disgusta. Te preguntas de qué ha­blábamos, pero no vas a preguntármelo¿verdad?

—No. No me gustan las preguntas.

—A mí me fascinan. Tú y yo tenemos que ha­blar —Kaoru se apartó y esperó a que Misao preparara el pedido—. Tengo cosas que hacer esta tarde. Mañana. Te invito a tomar algo. Vamos a quedar pronto. A las cinco en la Posada Mágica, en el bar. Se llama El Aquelarre. Si quieres, puedes olvidarte de las preguntas —dijo Kaoru mientras salía—. En cualquier caso, yo llevaré las respuestas.

Continuara...


Espero ke les haya gustado este capitulo, como ven empiezan a ocurrir cosas raras, la magia ronda por todos lares...

En fin respondiendo a algunas preguntas, cada fics constara de 20 capitulos aproximadamente y cada historia esta entrelazada, asi ke lean las tres, sai sabran ke pasara cuando termine esta jojojo
Que mas... pues siii habra lemon y muuucho romance en este fics, ustedes saben, todos mis fics contienen lemon, sino no seria divertido jojojo mi mente de alcantarilla me obliga a escribirlos.
Finamlente kiero agradecer a toooooodos los ke me han dejado sus reviews, con comentarios, ideas animos, etc, y espero ke sigan escribiendome... ya saben, mientras mas reviews, mas rapido subo el capitulo jojojo... ASi ke escribaaaaaaaaaan :P

SAludos... Capitulo dedicado a Liho, Akari, AoshMi SeshLin, ali-chan6, gabyhyatt y en fin a todas las ke postean...

matta neee