Holas... como tan, espero ke bien, yo aki subiendoles un nuevo capitulo de esta apasionante historia ke al parecer ha gustado muuucho...

En fin, ya saben, esta historia no me pertenece al igual ke sus personajes... yo solo los meto en la licuadora y los mezclo pa ver ke resulta :P

nos vemos abajooo

byes


Bailando en el Aire

Cinco

Todo sucedió como Aoshi había previsto. El tal Hickman estaba deseando medirse con él. Los otros tres se habían doblegado y Aoshi supuso que Cari recibiría el dinero a la mañana siguiente. Pe­ro Hickman tenía que demostrar que era más listo, más valiente y muy superior al insignificante sheriff de una isla.

Aoshi observó desde el muelle que el bote alqui­lado avanzaba hacia las nasas de langostas y mientras seguía comiendo pipas de girasol pensó que ya se ha­bía colocado en el lado equivocado de la ley. Le sal­dría caro navegar sin luces después de anochecer.

Pero nada comparado con los mil dólares que aquel pequeño desafío iba a costarle al padre del universitario.

Suponía que el chico le crearía problemas cuando lo detuviera, lo que significaría que aquella noche pasarían unas cuantas horas en la comisaría. Uno de ellos, entre rejas.

Aprendería una lección, decidió Aoshi, mientras dejaba los binoculares y se agachaba para recoger la linterna. El chico estaba levantando una de las nasas.

El grito sonó agudo y algo afeminado, y dio un susto de muerte a Aoshi. Encendió la linterna y ba­rrió la superficie del agua con el destello. Había una ligera neblina y el bote apareció entre la niebla. El muchacho estaba de pie con la nasa entre las manos y la miraba con cara de terror.

Antes de que Aoshi pudiera llamarlo, alzó la cesta todo lo alto que pudo, la tiró al agua y acto seguido se arrojó él mismo al mar.

—Maldita sea —dijo Aoshi furioso ante la pers­pectiva de terminar empapado su jornada de trabajo.

Fue hasta el extremo del muelle y cogió un sal­vavidas. El chico estaba más ocupado en gritar que en nadar, pero avanzaba algo hacia la orilla.

—Ahí va, Steve —Aoshi lanzó el salvavidas—. Ven hacia aquí, no quiero tener que meterme en el agua para ir a buscarte.

—Ayúdeme —el chico se agitaba, tragaba agua y se asfixiaba, pero se mantenía a flote—. ¡Están comiéndome la cara!

—Ya casi está —Aoshi se agachó y alargó un brazo—. Arriba. Sigues de una pieza.

—¡Mi cabeza¡Mi cabeza! —Steve se encara­mó al muelle y se tumbó boca abajo temblando—. He visto mi cabeza dentro de la trampa. ¡Estaban comiéndose mi cara!

—Sigues teniendo la cabeza sobre los hombros —Aoshi se puso de cuclillas—. Recupera el aliento. Has tenido una alucinación, eso es todo. Has bebi­do un poco¿verdad? Eso y algo de remordimiento.

—Lo he visto... lo he visto —se sentó y se lle­vó las manos temblorosas a la cara para cerciorarse de que estaba entera; después empezó a respirar aliviado.

—La niebla, el agua, la oscuridad. Es una si­tuación bastante propicia, sobre todo si te has be­bido un par de cervezas. Vas a sentirte mucho me­jor cuando le des los cuarenta dólares a Cari. Es más¿por qué no te secas un poco, coges la cartera y te acercas a su casa ahora? Dormirás mejor.

—Claro. Sí. Vale.

—Muy bien —Aoshi lo ayudó a levantarse—. Yo me ocuparé de devolver el bote, no te preocupes.

«Esta Kaoru», pensó Aoshi mientras acompañaba al dócil muchacho. Había que reconocer que tenía buenas ideas.

El muchacho tardó un rato en tranquilizarse, como también tardaron en hacerlo los otros cuatro cuando Aoshi llevó de vuelta a Steve. Después tuvo que ocuparse de Cari y del bote. Por lo que Aoshi acabó echándose una cabezada en la comisaría un poco antes de las tres de la madrugada.

Se despertó dos horas después, rígido como una tabla y enfadado consigo mismo. Salió dando tum­bos hacia el todoterreno y decidió que Megumi haría el primer turno. Pensaba haberse ido directamente a casa, pero había adquirido la costumbre de pasar por la casita amarilla al terminar el turno. Sólo para estar seguro de que todo estaba como debía estar.

Giró y vio que las luces estaban encendidas. La preocupación y una buena dosis de curiosidad le hicieron parar y bajarse del coche. Al ver la luz de la cocina, fue hacia la puerta trasera. Iba a llamar cuando la vio de pie con un cuchillo enorme y de hoja muy afilada entre las manos.

—Si te digo que pasaba por aquí por casuali­dad, no me destriparás con eso¿verdad?

A Misao empezaron a temblarle las manos y lan­zó un suspiro mientras dejaba caer el cuchillo so­bre la mesa.

—Siento haberte asustado. Vi las luces cuando iba... eh... eh

La joven se tambaleó y Aoshi entró precipita­damente, la agarró de los brazos y la sentó en una silla.

—Siéntate. Respira. Pon la cabeza entre las ro­dillas. Dios mío, Misao. Lo siento.

Le acarició el pelo y le dio unas palmadas en la espalda, pero no estaba seguro de que no fuera a des­plomarse si la soltaba para ir por un vaso de agua.

—No pasa nada. Estoy bien. He oído pasos en la oscuridad. Está tan silencioso que se oye todo y te he oído acercarte a la casa.

Había querido salir corriendo como un conejo y no parar. No recordaba haber cogido el cuchillo, no sabía que fuera capaz de hacerlo.

—Voy a traerte un poco de agua.

—No, estoy bien, humillada, pero bien. No es­peraba que nadie viniera a la puerta.

—Me lo imagino. Son casi las cinco y media —Aoshi se sentó sobre los talones y ella levantó la cabeza. Iba recuperando el color—. ¿Qué hacías levantada?

—Suelo levantarme a las... —se incorporó de un salto al oír el timbre del horno—. ¡Qué horror! —Se puso una mano sobre el corazón, en su rostro se dibujó una leve sonrisa—. A este pa­so, tendré suerte si llego viva al amanecer. Los bollos.

Los sacó del horno y metió otra hornada.

—No sabía que empezaras tan pronto.

Miró alrededor y se dio cuenta de que llevaba un buen rato trabajando. Algo hervía a fuego len­to en la cocina y olía de maravilla. En la encimera había un cuenco enorme lleno de masa. Junto a los fuegos había otro cuenco, tapado con un tra­po. Sobre la mesa había un tercero, en el que, evidentemente, había estado mezclando algo an­tes de que él le quitara diez años de vida con el susto.

Los ingredientes estaban dispuestos y ordena­dos como si fueran un batallón.

—Yo no sabía que tú trabajaras hasta tan tarde.

Misao mezcló un poco de manteca con la masa para tranquilizarse.

—No suelo hacerlo. Anoche tuve un trabajillo y cuando lo dejé resuelto me quedé dormido en la butaca del despacho. Misao, si no me das una taza de café, me echaré a llorar y será muy embarazoso pa­ra los dos.

—Ah. Perdona. Mmm.

—Tú sigue con lo que estás haciendo. ¿Tazas?

—En el armario a la derecha del fregadero.

—¿Tú también quieres?

—Supongo.

Aoshi sirvió una taza y llenó la de ella que esta­ba junto al fregadero.

—Sabes... me parece que estos bollos no están bien del todo.

Misao se dio la vuelta de golpe, sosteniendo el cuenco. Su rostro expresaba con toda claridad la preocupación y la ofensa.

—¿Qué quieres decir?

—No me parecen perfectos. ¿Quieres que pruebe uno para comprobarlo?

La miró con una sonrisa traviesa y ella frunció los labios.

—Por el amor de Dios¿por qué no me lo pides?

—Es más divertido de esta manera. No, no te molestes. Yo lo cojo —se quemó las yemas de los dedos. El aroma le dijo que iba a merecer la pena mientras se lo pasaba de una mano a otra para que se enfriara—. Tengo debilidad por tus bollos de arándanos, Misao

—El señor Bigelow, Lancefort Bigelow, pre­fiere los buñuelos de crema. Dice que si se los hiciera todos los días, se casaría conmigo y nos iría­mos a vivir a Bimini.

Aoshi, sonriendo, abrió el bollo por la mitad y se dejó embriagar por el olor.

—Es una competencia muy dura.

Bigelow, un soltero vocacional, tenía noventa años.

Él observó cómo removía la masa y hacía una bola con ella.

Misao vació la bandeja de bollos, los puso a en­friar en una balda y rellenó las tazas. Cuando vol­vió a sonar el reloj del horno, cambió las bandejas y se volvió para pasar el rodillo a la masa.

—Tienes un método perfecto —comentó él—. ¿Dónde aprendiste?

—Mi madre... —se detuvo para poner en or­den sus ideas. En esa cocina, con todos esos aro­mas tan familiares, era demasiado fácil sentirse có­moda y hablar más de la cuenta—. A mi madre le gustaba la repostería —dijo—. Yo he ido apren­diendo técnicas y recetas de aquí y allá.

Aoshi no quiso ponerse pesado y no insistió.

—¿Has hecho alguna vez rollitos de canela? Ya sabes... esos con azúcar glaseada por encima.

—Mmm.

—Yo los hago a veces.

—¿En serio? —Misao empezó a cortar la masa para las tartaletas y lo miró. Parecía tan... masculino apoyado en la encimera con los tobillos cruza­dos y una taza de café en la mano—. No sabía que cocinaras.

—De vez en cuando. Compras unos tubos de esos en la tienda, los llevas a casa, les das unos golpecitos contra la encimera, sacas el bollo, lo metes en el horno y le echas un poco de azúcar por enci­ma. No tiene misterio.

Ella se echó a reír.

—Tengo que intentarlo alguna vez.

Fue a la nevera y sacó el cuenco con el relleno.

—Te enseñaré algunos trucos —Aoshi vació la taza y la dejó en el fregadero—. Será mejor que me vaya a casa y te deje tranquila. Gracias por el café.

—De nada.

—Y el bollo. Estaba muy bueno.

—Es un alivio.

Misao seguía junto a la mesa metiendo el relleno en la masa para hacer las tartaletas. Cuando él se acercó, se puso un poco tensa, pero siguió traba­jando.

—¿Misao?

Ella alzó la vista y se le cayó un poco de relleno cuando Aoshi le puso la mano en la mejilla.

—Espero que no te moleste —dijo mientras se inclinaba y posaba los labios sobre los de ella.

Misao sintió que aquellos labios eran cálidos y más suaves de lo que parecían. Aoshi no la tocó. Ella sabía que se habría muerto del susto si él le hubiera puesto las manos encima. Pero sólo era la boca, ligera y tranquila sobre la de ella.

Aoshi esperaba que ella se enfadara o se mostra­ra fría, pero no que se asustara. Y eso fue lo que sintió, una rigidez que fácilmente podía convertirse en miedo. Por eso no la tocó, como habría desea­do, ni siquiera le rozó los brazos con las puntas de los dedos.

Si Misao se hubiera apartado, él no habría hecho nada para detenerla, pero la quietud absoluta era la defensa que tenía ella. Fue Aoshi quien se apartó y bromeó a pesar de la punzada que sentía en el es­tómago y que era algo más que mero deseo, era ra­bia reconcentrada contra quien la había hecho tan­to daño.

—Me parece que tengo debilidad por algo más que tus bollos —se metió los pulgares en los bolsi­llos del pantalón—. Hasta luego.

Salió con la esperanza de que el beso y la tran­quila despedida le hicieran pensar a Misao.

No iba a pegar ojo. Resignado, le dio una ale­gría a Lucy y la llevó a darse un baño al amanecer en la ensenada. Los juegos y las locuras de la perra aliviaron parte de su agarrotamiento y su contra­riedad.

Observó a su hermana mientras corría y acaba­ba dándose un baño en el mar. Pensó que era tan fiable como el amanecer. Quizá no siempre supie­ra lo que había en esa cabeza ni cómo había llega­do hasta allí, pero casi nunca tenía que preocupar­se por Megumi Shinomori.

Podía arreglárselas sola.

Lucy corrió a su encuentro cuando ella salió del agua y las dos jugaron y echaron una carrera. Se encontraron todos en el porche del piso de arriba; Lucy se tumbó agotada y feliz y Megumi bebió una botella de agua.

—Mamá llamó anoche —Megumi se dejó caer en una de las tumbonas—. Han ido al Gran Ca­ñón. Nos han mandado seis millones de fotos con la cámara digital de papá. Me da miedo bajar los correos electrónicos.

—Siento haberme perdido la llamada.

—Les dije que tenías una misión —dijo ella abultando la mejilla con la lengua—. Les puse al tanto del asunto de las langostas. ¿Alguna noticia?

—Sí.

Aoshi se sentó en el brazo de la butaca y le con­tó lo sucedido. Su hermana levantó la cara hacia el cielo y silbó.

—Sabía que tenía que haber ido contigo. Mal­dito capullo borracho. El de las langostas, no tú.

—Lo suponía. No estaba tan borracho, Meg.

Megumi levantó la mano y la sacudió.

—No empieces. Estoy de muy buen humor para que tú lo estropees con comentarios sobre el segundo trabajo de Kaoru y esas cosas.

—Haz lo que quieras.

—Es lo que suelo hacer. Voy a darme una du­cha. Haré el primer turno, debes estar machacado.

—Estoy bien. Escucha... —se detuvo para pensar cómo expresar lo que quería decir.

—Estoy escuchando.

—Pasé por la casita amarilla de camino a casa. Las luces estaban encendidas y entré un momento.

—Ya... —dijo Megumi burlona.

—Malpensada. Tomé una taza de café y un bollo.

—Vaya, Aoshi. Siento mucho oír eso.

Normalmente, él se habría reído, pero enton­ces se levantó y fue hacia la barandilla.

—Pasas a verla casi todos los días. Os lleváis bien¿no?

—Supongo que bastante bien. Es difícil que una mujer como ella no te guste —replicó su hermana.

—Las mujeres soléis a contarles las cosas a las amigas¿no?

—-Seguramente. ¿Quieres que le pregunte si le gustas lo suficiente como para acompañarte al bai­le del colegio? —Megumi empezó a reírse disimula­damente, pero dejó de hacerlo cuando se volvió y vio la cara de su hermano—. Perdona, no sabía que fuera tan grave. ¿Qué pasa?

—Creo que la han maltratado.

—Tío —Megumi se quedó mirando la botella de agua—. Eso es muy fuerte.

—Algún hijo de perra la ha fastidiado, estoy seguro. No sé si habrá recibido ayuda, pero creo que le vendría bien... ya sabes, una amiga. Alguien con quién hablar de eso.

—Aoshi, ya sabes que a mí no se me dan bien esas cosas, a ti sí.

—Pero yo tengo algunos defectos de fabrica­ción para ser su amiga, Meg. Simplemente... inten­ta pasar algún tiempo con ella. Podéis ir a navegar o de compras o... —hizo un gesto ambiguo—. Pintaos las uñas de los pies.

—¿Cómo dices?

—No sé lo que hacéis en vuestras guaridas cuando no hay hombres delante.

—Hacemos guerras de almohadas en ropa in­terior.

A Aoshi se le iluminó el rostro porque sabía que eso era lo que ella quería.

—¿De verdad? Temía que sólo fuera un mito. Sé su amiga¿de acuerdo?

—¿Empiezas a sentir algo por ella?

—Sí. ¿Qué pasa?

—Que supongo que seré su amiga.

Misao entró en El Aquelarre a las cinco en pun­to. No era un sitio oscuro y misterioso como había temido, sino bastante acogedor. La luz azulada te­ñía delicadamente las flores blancas que había en el centro de cada mesa.

Las mesas eran redondas y estaban rodeadas por unas butacas profundas y pequeños sofás. Las copas brillaban sobre la barra lustrosa. Misao apenas se había sentado cuando una camarera joven, con un elegante y discreto vestido negro, dejó un cuenco de plata con aperitivos delante de ella.

—¿Desea tomar algo?

—Estoy esperando a alguien. De momento, un agua mineral. Gracias

Los únicos clientes que había, aparte de ella, eran una pareja que ojeaba un folleto de las excur­siones por la isla mientras bebían vino blanco y pi­caban un poco de queso. La música estaba baja y se parecía mucho a la que Kaoru solía poner en la libre­ría. Misao intentó ponerse cómoda y lamentó no ha­berse llevado un libro.

Kaoru apareció como un torbellino diez minutos después, la falda se le arremolinaba alrededor de sus larguísimas piernas. Llevaba un libro en una mano y levantó la otra en un gesto hacia la barra.

—Una copa de Cabernet, Betsy.

—La primera copa la paga Cari Macey —Betsy le guiñó el ojo a Kaoru—. Me ha dado instrucciones.

—Dile que me ha encantado —Kaoru se sentó enfrente de Misao—. ¿Has venido en coche?

—No, andando.

—¿Bebes alcohol?

—De vez en cuando.

—Pide una copa. ¿Qué quieres?

—El Cabernet está bien. Gracias.

—Dos Cabernets, Betsy. Me encantan estas chuminadas —empezó a picar del cuenco—. Sobre todo las cositas de queso que parecen símbolos chinos. Te he traído un libro. Un regalo —Kaoru le pasó el libro a Misao—. He pensado que te gustaría leer algo sobre el sitio que has elegido para vivir.

—Sí, tenía intención de hacerlo. Leyendas y tra­diciones de Tres Hermanas —leyó en voz alta—. Gracias.

—Estás asentándote, empiezas a conocer el te­rreno. Antes de nada, quiero decirte que no podría estar más contenta con tu trabajo.

—Me alegra oírlo. Me encanta trabajar en el café y la tienda. No creo que haya un trabajo más hecho a mi medida.

—Ah, tú eres Misao —dijo Betsy con una sonri­sa, pues había oído el comentario de Misao mientras servía el vino—. Siempre te has marchado cuando yo llego al café. Procuro pasar antes de abrir el bar. Unas galletas maravillosas.

—Gracias.

—¿Has sabido algo de Tsubame, Kaoru?

—Sí, precisamente hoy: Yahiko ha tenido la audi­ción y tiene esperanzas. Pagan el alquiler con lo que ganan en una pastelería en Chelsea.

—Espero que sean felices.

—Yo también.

—Os dejaré solas. Llamadme si necesitáis algo.

—Muy bien —Kaoru levantó la copa y brindó con Misao—. Slainte.

—¿Cómo dices?

—Es un brindis gaélico —Kaoru se llevó la copa a los labios y sin dejar de mirar a Misao le preguntó—¿Qué sabes de las brujas?

—¿De qué tipo¿De las que son como Elizabeth Montgomery en Embrujada o de las que ven en bolas de cristal, encienden velas y venden botellitas con pociones de amor?

Kaoru se echó a reír y cruzó las piernas.

—La verdad es que no estaba pensando en las pseudobrujas de Hollywood.

—No quería ser ofensiva. Sé que hay mucha gente que se lo toma muy en serio. Como una especie de religión. Yo lo respeto.

—Aunque sean unos chalados —dijo Kaoru con una leve sonrisa.

—No. Tú no eres una chalada. Ya entiendo... Bueno, lo mencionaste el primer día y tu conversación con Megumi ayer...

—Bien. Entonces partimos de la base de que soy una bruja —Kaoru dio otro sorbo—. Eres un encanto, Misao. Te esfuerzas por comentar este asunto con mesura e inteligencia cuando piensas que soy... digamos que una excéntrica. Dejaremos eso a un lado por el momento y nos remitiremos a la historia para sentar unas bases. Seguramente habrás oído hablar de los juicios a las brujas de Salem.

—Claro. Por culpa de unas chicas histéricas, puritanas fanáticas y adocenadas, quemaron a las brujas.

—Un momento —le corrigió Kaoru—. En 1692 colgaron a diecinueve personas, todas ellas inocen­tes. A una de ellas la mataron al negarse a declararse inocente o culpable. Otras murieron en prisión. Ha habido cazas de brujas a lo largo de toda la historia. Aquí, en Europa y en otros lugares del mundo. Ha habido persecuciones incluso cuando la mayoría de la gente había dejado de creer en la brujería, o de reconocer que creía en ella. El nazismo, el mackartismo, el Ku Klux Klan, etcétera. Sólo son fanáticos con poder que quieren imponer su propio criterio y encuentran a suficientes personas sin personalidad que hacen el trabajo sucio —Kaoru tomó aliento y pensó que mejor sería no lanzarse a hablar.

»Pero hoy nos centraremos en una parte mi­croscópica de la historia —se reclinó en la butaca y golpeó ligeramente con el dedo la cubierta del li­bro—. Los puritanos vinieron a esta tierra, según ellos, en busca de la libertad religiosa. Natural­mente, muchos sólo buscaban un sitio donde im­poner a otros sus creencias y temores. En Salem, la persecución y los asesinatos se hicieron a ciegas. Tanto que ninguna de las diecinueve almas que se­garon de los cuerpos era el alma de una bruja.

—Los prejuicios y el miedo nunca han desta­cado por su clarividencia.

—Bien dicho. Había tres brujas entre ellos. Mujeres que habían elegido aquel lugar para vivir sus vidas y su hermandad. Mujeres poderosas que ayudaron a los enfermos y a los afligidos. Las tres sabían que no podían permanecer mucho tiempo allí sin que las acusaran y condenaran. Así se creó la isla de las Tres Hermanas.

—¿Se creó?

—Se dice que se encontraron en secreto e hicie­ron un conjuro. Un trozo de tierra se separó de tierra firme. Vivimos en lo que se segregó en aquel momen­to. Un refugio. ¿Acaso no has venido buscando eso?

—He venido buscando trabajo.

—Y lo has encontrado. Las llamaban Aire, Tierra y Fuego. Vivieron tranquilas y en paz durante algún tiempo. Y solas. La soledad las debili­tó. La llamada Aire, anhelaba el amor.

—Todos lo hacemos —dijo Misao con serenidad.

—Quizá. Soñaba con un príncipe dorado y hermoso que la llevara consigo a un palacio donde vivir llena de felicidad y tener hijos que la confor­taran. Fue irreflexiva con su deseo, como suelen serlo las mujeres cuando anhelan algo. El apareció y ella sólo vio el resplandor y la hermosura. Fue con él y abandonó el refugio. Intentó ser una espo­sa buena y cumplidora y tuvo unos hijos a los que amó. Pero eso no fue suficiente para él. Debajo del oro había oscuridad. Ella llegó a temerlo y él se alimentaba de ese temor. Una noche, loco por esa ansia, la mató por ser lo que era.

—Es una historia triste —Misao tenía la gargan­ta seca, pero no tomó la copa.

—Hay más, pero es suficiente por ahora. To­das son tristes y tienen un final trágico. Y todas han dejado un legado. Un hijo que ha tenido un hijo que ha tenido un hijo y así sucesivamente. Se decía que llegaría un día en el que un descendiente de cada una de ellas coincidirían en la isla. Cada una tendría que encontrar la forma de liberarse y de romper la pauta de conducta fijada hace tres­cientos años. Si no lo hacían, la isla se hundiría en el mar. Se perdería, como la Atlántida.

—Las islas no se hunden en el mar.

—Las islas no suelen haber sido creadas por tres mujeres, normalmente —replicó Kaoru—. Si crees en lo primero, creer lo segundo no es muy difícil.

—Tú lo crees —Misao asintió con la cabeza—. Crees también que eres una de las descendientes.

—Sí. Como lo eres tú.

—Yo no soy nadie.

—El que habla es él, no tú. Lo siento —Kaoru se arrepintió al instante y la agarró de la mano antes de que se levantara—. Dije que no iba a entrometerme y no voy a hacerlo, pero me fastidia que digas que no eres nadie. Oír que lo dices y que lo crees. Olví­date de todos los demás por el momento, si crees que eso es lo que debes hacer, pero no te olvides de quién eres y qué eres. Eres una mujer inteligente con suficiente temple como para valerse por sí sola. Y con un don: la magia en la cocina. Te admiro.

—Lo siento —Misao alcanzó la copa de vino mien­tras intentaba aclararse las ideas—. No puedo hablar.

—Tuviste el valor de romper con todo, de ve­nir a un lugar desconocido y de hacerte un sitio.

—El valor no tiene nada que ver con eso.

—Estás equivocada. Él no te destrozó.

—Lo hizo —los ojos de Misao se llenaron de lá­grimas aunque intentó evitarlo—. Yo sólo recogí los trozos y salí corriendo.

—Recogiste los trozos, escapaste y te recons­truíste. ¿No te sientes orgullosa de eso?

—No puedo explicar lo que era aquello.

—No hace falta, pero, antes o después, tendrás que reconocer tus poderes. Nunca te sentirás completa hasta que lo hagas.

—Sólo busco una vida normal.

—No puedes olvidarte de las posibilidades que tienes.

Kaoru alargó una mano con la palma hacia arriba y esperó. Misao, incapaz de resistirse, puso su palma sobre la de Kaoru. Sintió calor, una quemadura de energía que no le hizo daño.

—Lo tienes dentro. Yo te ayudaré a encontrar­lo. Te enseñaré —declaró Kaoru mientras Misao miraba atónita al resplandor que había entre las palmas de las manos—. Cuando estés preparada.

Megumi echó una ojeada a la playa y no vio na­da fuera de lo normal. Un niño tenía una rabie­ta, y sus gritos agudos y caprichosos llenaban el aire.

Pensó que alguien se habría quedado sin siesta.

La gente estaba dispersa por la arena y marca­ba su territorio con toallas, mantas, sombrillas, neveras portátiles o equipos de música. Ya nadie se li­mitaba a bajar a la playa. Hacían un equipaje como si se fueran de vacaciones a Europa.

Aquel espectáculo no dejaba de divertirle. To­dos los días, parejas y grupos de personas sacaban todas sus pertenencias de las casas alquiladas o de las habitaciones de los hoteles y plantaban sus nidos temporales a la orilla del mar. Y, todos los días, volverían a recogerlo todo y se lo llevarían con un poco más de arena.

Veraneantes nómadas. Los beduinos del verano.

Los dejó con sus asuntos y se dirigió hacia el pueblo. Ella no llevaba nada más que su equipo habitual, una navaja multiusos y unos cuantos dó­lares. La vida era mucho más sencilla así.

Entró en la calle principal con la intención de gastarse esos dólares en una comida. Estaba fuera de servicio, al menos todo lo fuera de servicio que ella o Aoshi podían estar, y le apetecía una cerveza fría y una pizza.

Dudó al ver a Misao de pie a la puerta del hotel y con aire perplejo, pero enseguida pensó que era un momento tan bueno como otro cualquiera para romper el hielo.

—Eh, Misao.

—¿Qué? Ah, hola, Megumi.

—Pareces perdida.

—No —Misao pensó que en ese momento sólo estaba segura de saber dónde estaba—. Sólo un poco distraída.

—Un día agotador¿eh? Mira, yo voy a cenar algo. Es un poco pronto, pero me muero de ham­bre. ¿Por qué no compartimos una pizza? Invito yo.

—Ah —Misao seguía parpadeando como si aca­bara de salir de un sueño.

—En el Surfside hacen las mejores pizzas de la isla. Bueno, es el único sitio donde las hacen, pero aun así... ¿Qué tal van las cosas en el café?

—Bien —no podía evitar acompañarla. Le cos­taba pensar con claridad y juraría que aún sentía un hormigueo en los dedos—. Me encanta trabajar ahí.

—Le has dado categoría a ese sitio —comentó Megumi mientras torcía la cabeza para ver el libro que llevaba Misao—. ¿Estás leyendo sobre el vudú en la isla?

—¿Vudú¡Ah! —Misao se metió el libro debajo del brazo con una risa nerviosa—. Supongo que si vivo aquí debería saber... algunas cosas.

—Claro —Megumi abrió la puerta de la pizzería—. A los turistas les encantan todos esos dispa­rates míticos sobre la isla. Cuando llegue el solsti­cio, la isla se inundará de aficionados al New Age¡Eh, Bart!

Megumi saludó al hombre que estaba detrás de la barra y cogió un taburete vacío.

Era pronto, pero el local ya estaba abarrotado.

La gramola atronaba y dos juegos de vídeo que había en un rincón no paraban de destellar y hacer ruidos.

—Este sitio lo llevan Bart y su mujer Terry —Megumi se acomodó en el taburete—. Tienes pasta y un poco de todo, pero el plato estrella es la pizza —dijo Megumi mientras le pasaba un menú a Misao—. ¿Te apetece?

—Claro.

—Estupendo. ¿Hay algún ingrediente que no te guste?

Misao echó una ojeada a la carta, pero no podía pensar con claridad y no sabía por qué.

—No.

—Mucho mejor. Pediremos una grande y bien cargada. Lo que sobre, se lo llevaré a Aoshi. Le qui­tará la cebolla y los champiñones y nos lo agradece­rá —se bajó del taburete—. ¿Quieres una cerveza?

—No. No, gracias. Agua.

—Ahora vuelvo.

Megumi, que no veía motivos para esperar al ca­marero, se acercó a la barra e hizo el pedido. Misao la observó mientras bromeaba con el hombre alto y delgado que la atendía. La vio colocarse las gafas en el cuello de la camisa y alargar los brazos bron­ceados y musculosos para coger las bebidas. Vio cómo le ondeó el pelo oscuro cuando se dio la vuelta para volver al taburete.

El ruido se fue desvaneciendo como si fuera el eco en un sueño hasta que fue barrido por un soni­do blanco que arrastraba un rugido creciente. Co­mo una rompiente de olas. Megumi volvió a sentar­se y Misao vio que movía la boca, pero no oyó nada. Nada en absoluto. Luego, todo desapareció como si se lo hubiera tragado una puerta abierta.

— ...en un día laborable —terminó Megumi an­tes de coger su cerveza.

—Eres la tercera —Misao se agarró con las ma­nos temblorosas a la mesa.

—¿Mmm?

—La tercera. Eres la tercera hermana.

Megumi abrió la boca y volvió a cerrarla hasta formar una línea fina y larga.

—Kaoru —lo dijo lentamente y se bebió media cerveza de un trago—. No me vengas con esas cosas.

—No entiendo.

—No hay nada que entender. Olvídalo —dejó de golpe la cerveza en la mesa y se inclinó hacia delante—. Este es el trato. Kaoru puede pensar y creer lo que quiera. Puede hacer lo que quiera mientras no infrinja la ley. Yo no tengo que comul­gar con sus ideas. Si tú quieres hacerlo, es asunto tuyo. Yo he venido a tomar pizza y a beber cerveza.

—Yo no sé con lo que comulgo. Te enfurece. Me aturde.

—Mira, tú me consideras una mujer sensata. Las mujeres sensatas no van por ahí diciendo que son brujas que descienden de un trío de brujas que crearon una isla a partir de un trozo de Massachussets.

—Sí, pero...

—No hay peros que valgan. Existe la realidad y la fantasía. Vamos a atenernos a la realidad porque si no se me va a amargar la pizza. Entonces¿vas a salir con mi hermano?

—Salir... —Misao, desconcertada, se pasó la mano por el pelo—. ¿Podrías repetir la pregunta?

—Aoshi está buscando la forma de salir conti­go. ¿Te interesa? Antes de que contestes, te diré que ha tenido sus historias, que su higiene perso­nal es buena y que, aunque tiene algunas manías fastidiosas, es fácil convivir con él. Así que piénsatelo. Voy a por la pizza.

Misao respiró hondo y se relajó. Se dijo que te­nía que pensar en demasiadas cosas para una no­che tan corta.

Continuara...


Bueno, espero ke les haya gustado este capitulo, poco a poco ira entrando la magia en este fics, y siii habra muucha magia y romance...

Cuidense

nos leemos pronto

gracias por sus comentarios y dejen muuuchos reviews, mientras mas dejen, mas rapido subo el prox capitulo jojojo

matta nee