holas... como tan?... Espero ke bien... yo aki regaloneando con mi novio, por eso me he demorado en subirles el capitulo prometido...

en fin, ya saben, esta historia no me pertenece ni tampoco los personajes...

esops... gracias por los post

nos vemos abajo...


Bailando en el Aire

Seis

Megumi tenía razón sobre el solsticio. Iba tanta gente a Libros & Café, que Kaoru había contratado dos empleados a media jornada para la librería y otro para la barra del café.

Misao estaba muy nerviosa después de pasarse dos días haciendo platos vegetarianos.

—Nos estamos quedando sin berenjenas ni al­falfa —le dijo a Tae cuando empezó su turno—. Creía que había calculado... Maldita sea —se qui­tó el delantal—. Voy al mercado a ver qué encuen­tro. Quizá tenga que cambiar el menú para el res­to del día.

—Haz cualquier cosa. No te agobies.

Misao pensó que para ella era muy fácil decirlo. Se había quedado sin bollos de avellanas a media mañana y las galletas de chocolate no durarían mucho si seguían pidiéndolas al mismo ritmo. Era su responsabilidad hacer que todo marchara en el café como Kaoru esperaba. Si cometía un error...

Estuvo a punto de arrollar a Lulú en su carrera hacia la puerta trasera.

—Lo siento. Lo siento. Soy una idiota. ¿Estás bien?

—Sobreviviré —Lulú se sacudió melindrosa­mente la camisa. La chica había trabajado bien du­rante tres semanas, pero no por eso iba a confiar en ella—. Tranquila. No hace falta que salgas co­rriendo como si hubiera un incendio sólo porque hayas terminado tu turno.

—No, lo siento. Es por Kaoru¿podrías decirle que lo siento y que volveré enseguida?

Salió disparada y no paró de correr hasta que llegó al mercado. El pánico y la preocupación le oprimían el estómago. ¿Cómo había podido ser tan estúpida? Comprar provisiones era una parte esencial de su trabajo. ¿Acaso no le habían avisado que debía contar con la llegada de multitudes du­rante el fin de semana del solsticio? Cualquier im­bécil podría haberlo planificado mejor que ella.

La presión en el pecho le impedía pensar con claridad, pero se obligó a estudiar las posibilidades y a elegir. Llenó rápidamente la cesta y esperó con angustia en la cola mientras iban pasando los mi­nutos.

Dorcas se puso a charlar con ella y Misao consi­guió darle algunas respuestas mientras su cerebro no paraba de gritar: «¡deprisa!».

Asió las tres bolsas y, después de maldecirse por no haber llevado el coche, emprendió el cami­no de vuelta todo lo rápido que pudo.

—¡Misao¡Misao, espera —Aoshi cruzó la calle sacudiendo la cabeza al ver que ella no le contesta­ba—. Déjame que te eche una mano.

A Misao le sorprendió no salir volando cuando él le cogió dos de las bolsas.

—Yo puedo. Tengo mucha prisa.

—Irás más deprisa si no cargas con peso. ¿Co­sas para el café?

—Sí. Sí.

Casi había echado a correr otra vez. Podía pre­parar otra ensalada. Diez minutos, quince combinaciones. Y preparar los ingredientes para los sándwiches. Luego se ocuparía de los dulces. Si se ponía manos a la obra enseguida, a lo mejor nadie tendría que esperar.

—Pareces muy ocupada.

A Aoshi no le gustó el aspecto de Misao. Estaba muy seria, sombría. Como alguien que se iba a la guerra.

—Debería haberlo previsto. No tengo excusa.

Entró precipitadamente por la puerta trasera de la tienda y subió las escaleras de dos en dos. Cuando Aoshi llegó a la cocina, ella ya estaba sa­cando las cosas de las bolsas.

—Gracias. Ya puedo ocuparme yo. Sé lo que tengo que hacer.

Aoshi pensó que se movía como un zombi, con los ojos vidriosos y la cara pálida.

—Creía que salías a las dos, Misao.

—¿A las dos? —ni se molestó en levantar la vista. Siguió cortando, rayando y mezclando—. No. He cometido un error y tengo que arreglarlo. No va a pasar nada. Nadie va a enfadarse ni a preocuparse. Debía haberlo planificado mejor. Lo haré la próxima vez. Lo prometo.

—Necesito dos sándwiches especiales y una pi­ta vegetal... ¡Por Dios, Misao! —murmuró Tae mientras entraba en la cocina.

Aoshi le puso la mano en el brazo.

—Ve a buscar a Kaoru —le dijo en voz baja.

—Dos especiales y un vegetal. Muy bien, muy bien.

Misao dejó a un lado la ensalada de alubias y pe­pino y sacó los ingredientes de los sándwiches.

—He comprado un poco más de berenjena. Perfecto.

—Nadie está enfadado, Misao. No tienes por qué preocuparte. ¿Por qué no te sientas un minuto?

—Sólo necesito media hora. Veinte minutos. Los clientes no lo notarán —cogió las comandas, se dio la vuelta y se quedó clavada al ver entrar a Kaoru—. No pasa nada. De verdad, no pasa nada. Tendremos de todo en un momento.

—Yo me llevaré eso —Tae se acercó y le quitó los platos de las manos—. Tienen un aspecto sen­sacional.

—Estoy preparando otra ensalada —sentía que le oprimía el pecho y la cabeza—. No tardo nada. Luego hago lo demás. Yo me ocupo. No te enfades.

—Nadie está enfadado, Misao. Creo que debe­rías tomarte un descanso.

—No lo necesito. Ya termino —agarró una bolsa de nueces en un gesto de desesperación—. Ya sé que debería haberlo planificado mejor y lo siento muchísimo, pero voy a asegurarme de que todo salga perfectamente.

Aoshi no podía soportarlo, no podía soportar el verla allí, temblorosa y pálida.

—¡Ya está bien! —exclamó Aoshi mientras se acercaba a ella.

—¡No lo hagas! —Misao se tambaleó y retroce­dió, dejó caer la bolsa y levantó las manos como si quisiera protegerse de un golpe. Después, el terror dio paso a la vergüenza.

—Cariño —la voz de Aoshi estaba llena de compasión.

Ella no pudo hacer otra cosa que darle la espalda.

—Quiero que me acompañes —Kaoru se acercó a ella y la tomó de la mano—. ¿De acuerdo? Acom­páñame.

Misao, completamente abochornada y aturdida, dejó que la llevara fuera. AOshi se metió las manos en los bolsillos y se sintió inútil.

—No sé qué me ha pasado —lo cierto era que tenía medio borrada la última hora.

—Yo diría que te ha dado un ataque de pánico monumental.

Kaoru cruzó el despacho y abrió lo que Misao creía que era un archivador y resultó ser una pequeña ne­vera con botellas de agua y zumo.

—No tienes por qué hablar conmigo —dijo Kaoru mientras volvía y le daba una botella de agua—, pero creo que deberías pensar en hablar con alguien.

—Lo sé —Misao, en vez de beberse el agua, se pasó la botella fría por la cara y comprendió al fin que era completamente absurdo desmoronarse por unas berenjenas—. Pensé que lo había superado. No me había pasado desde hacía mucho tiempo. Meses. Teníamos mucho trabajo y nos estábamos quedando sin provisiones. Me fui agobiando cada vez más hasta que llegué a creer que si no con­seguía más berenjenas, el mundo se vendría abajo —bebió un buen trago de agua—. Una estupidez.

—No es una estupidez si antes estabas acostum­brada a que te castigaran por una cosa tan nimia.

Misao dejó la botella.

—Él no está aquí. No puede hacerme nada.

—¿Tú crees? Hermanita, él no ha dejado de hacerte daño.

—Si eso es verdad, es mi problema. Ya no soy un saco de entrenamiento para recibir golpes ni un felpudo.

—Me alegra oír eso.

Misao se puso las manos en las sienes. Com­prendió que tenía que soltar algo. Quitarse un pe­so de encima. Si no lo hacía, volvería a desmoro­narse.

—Una vez organizamos una fiesta y me quedé sin aceitunas para los martinis. Fue la primera vez que me pegó.

El rostro de Kaoru no reveló ninguna sorpresa, ningún juicio.

—¿Cuánto tiempo estuviste con él?

La pregunta no expresaba censura ni la más le­ve compasión o una suficiencia encubierta. La formuló con un tono enérgico y práctico y Misao con­testó igual.

—Tres años. Si me encuentra, me matará. Lo sabía cuando me fui. Es un hombre importante, rico y con contactos.

—¿Está buscándote?

—No, cree que estoy muerta. Desde hace casi nueve meses. Y preferiría estarlo a llevar la vida que llevaba. Suena melodramático, pero...

—No, no suena melodramático. Los impresos que me rellenaste para el contrato¿son seguros?

—Sí. Es el nombre de soltera de mi abuela. In­fringí algunas leyes. Piratería informática, mentiras, documentos falsos para conseguir una identi­dad nueva, un permiso de conducir, un número de la Seguridad Social...

—¿Piratería informática? —Kaoru sonrió con una ceja enarcando—. Misao, no dejas de sorprenderme.

—Se me dan bien los ordenadores. Solía...

—No hace falta que me lo cuentes..

—No importa. Hace mucho tiempo ayudé a mi madre a llevar un negocio de comidas a domicilio. Usaba un ordenador para las facturas y la con­tabilidad, como tú, e hice algunos cursos. Cuando empecé a planear la fuga, investigué mucho. Sabía que sólo tendría una oportunidad. Dios mío. Has­ta ahora no había sido capaz de contárselo a nadie, creía que nunca podría.

—¿Quieres contarme el resto?

—No estoy segura. Se me atasca en algún pun­to. En este preciso lugar —dijo mientras se daba un pequeño golpe con el puño en el pecho.

—Si decides que quieres hacerlo, pásate esta noche por mi casa. Te enseñaré mi jardín. Mis acantilados. Mientras tanto, date un respiro, date un paseo, échate una siesta.

—Kaoru, me gustaría terminar lo que queda pendiente. No porque esté preocupada o agobia­da, sólo porque me gusta terminar las cosas.

—De acuerdo.

La subida por la costa resultaba impresionante. La carretera estaba llena de giros sorprendentes. El mar rugía y el viento soplaba como una música de fondo constante. Aunque los recuerdos que le provocaron deberían haberla alterado, Misao se sin­tió más viva que nunca mientras intentaba que su cochambroso coche cogiera algo de velocidad. Era como si estuviera desprendiéndose de un lastre que se iba quedando tirado en cada giro de la ca­rretera.

Quizá fuera por la visión de la torre blanca re­cortada contra el cielo de verano y la melancólica casa de piedra que había junto a ella. Parecían sa­cadas de un libro de cuentos. Firmes y antiguas y maravillosamente misteriosas.

El cuadro que vio no las hacía justicia. El óleo y el lienzo no habían podido captar la intensidad del viento, la textura de las rocas y la expresividad de los árboles retorcidos y nudosos.

Además, pensó mientras daba la última curva, en el cuadro faltaba Kaoru que allí estaba entre dos man­chas de flores de brillantes colores con un vestido azul y la larguísima melena negra agitada por el viento.

Misao dejó su maltrecho coche detrás del relu­ciente descapotable plateado de Kaoru.

—Espero que no me malinterpretes —le dijo Misao.

—Siempre interpreto bien las cosas.

—Estaba pensando que si yo fuera un hombre, te prometería cualquier cosa.

Kaoru se rió y Misao ladeó la cabeza para intentar asimilar toda la casa de golpe; la piedra austera, los hastiales extravagantes, el encanto de las ba­laustradas.

—Es maravillosa. Muy propia de ti.

—Lo es.

—Pero¿no te sientes sola tan alejada de todo y de todos?

—Disfruto con mi compañía. ¿Te dan miedo las alturas?

—No. En absoluto.

—Echa una ojeada desde el borde del acantila­do. Es impresionante.

Misao caminó tras ella entre la casa y la torre hasta el escarpado promontorio que se asomaba sobre el océano. Incluso allí había flores. Flores pequeñas y resistentes que se abrían paso entre las grietas y sobresalían entre los desaliñados pena­chos de hierbas silvestres.

Debajo, las olas rompían y se revolvían contra la base de los acantilados para retroceder y volver a embestirlos. Más allá, el agua se tornaba de un azul muy profundo hasta desaparecer en el infinito.

—Cuando era niña solía sentarme aquí y que­darme maravillada. A veces todavía lo hago.

Misao se quedó mirando el perfil de Kaoru.

—¿Te criaste aquí?

—Sí. En esta casa. Siempre ha sido mía. A mis padres les gustaba el mar y ahora se dedican sólo a navegar. En estos momentos están en el Pacífico Sur, creo. Siempre fuimos más una pareja y una niña que una familia. Nunca se adaptaron del todo a mí, ni yo a ellos. Aunque nos llevábamos lo suficientemente bien —se giró con un leve gesto de los hombros—. El faro lleva aquí desde hace unos trescientos años sin dejar de mandar sus señales para guiar a los bar­cos. A pesar de todo, ha habido naufragios y se dice, como cabe esperar en sitios así, que algunas noches, cuando el viento sopla de determinada forma, se pueden oír los gritos desesperados de los ahogados.

—No es una historia muy confortante para conciliar el sueño.

—No. El mar no siempre lo es.

Sin embargo, Kaoru estaba rendida a él, no podía dejar de observar sus antojos, su encanto y su vio­lencia. El fuego sometido por el agua.

—Lo primero fue la casa —continuó Kaoru—. Fue la primera que se construyó en la isla.

—Un conjuro mágico a la luz de la luna —aña­dió Misao—. He leído el libro.

—Bueno, sea por arte de magia o de la argama­sa, ahí está. Los jardines son mi pasión y no me he privado de ningún antojo.

Misao se volvió para mirar hacia la casa y se que­dó boquiabierta. La parte de atrás era una explosión de flores, formas, árboles y senderos. El con­traste entre los acantilados desnudos y semejante exhuberancia la dejó casi aturdida.

—¡Dios mío! Es increíble, impresionante. Es como un cuadro. ¿Lo haces todo tú sola?

—Mmmm. De vez en cuando busco la ayuda de una buena espalda, pero en general me apaño sola. Me re­laja —contestó Kaoru mientras se dirigía hacia el primer laberinto de setos—. Además, me resulta gratificante.

Parecía como si hubiera montones de lugares secretos, de recodos inesperados. Enrejados de hierro cubiertos por glicinas, una riada de flores blanquísimas que se retorcían como si fueran lazos de satén. Un pequeño estanque donde flotaban nenúfares y los juncos se elevaban como lanzas alrededor de la estatua de una diosa.

Había hadas de piedra y lavanda fragante, dra­gones de mármol y capuchinas trepadoras. Hier­bas que florecían en un jardín de piedras y que se derramaban hacia una alfombra de musgo cubier­to con flores resplandecientes.

—No me extraña que no te sientas sola aquí.

—Exactamente —Kaoru avanzó por un sendero sinuoso hasta llegar a un empedrado. La mesa era también de piedra y le servía de base una gárgola alada y risueña—. Vamos a tomar champán para celebrar el solsticio.

—Nunca había conocido a nadie como tú.

Kaoru sacó la botella de un cubo de cobre reluciente.

—Eso espero. Hago todo lo posible por ser singular —sirvió dos copas, se sentó, estiró las piernas y movió los dedos de los pies que tenían las uñas pintadas—. Cuéntame cómo moriste, Misao.

—Me tiré con el coche por un acantilado —to­mó la copa y dio un sorbo—. Vivíamos en California. Beverly Hills y Monterrey. Al principio fue como ser una princesa en un palacio. Me colmó de caprichos.

No podía estar sentada y caminó por el empe­drado embriagándose con el aroma de las flores. Oyó un tintineo y vio que Kaoru tenía las mismas campanillas de viento que ella se había comprado el primer día.

—Mi padre era militar y cambiábamos mucho de sitio; fue difícil. Pero él era maravilloso. Era guapo, valiente y fuerte. Era estricto, pero siem­pre fue cariñoso. Me encantaba estar con él. No podía estar siempre con nosotras y lo echábamos de menos. Me encantaba cuando volvía con el uniforme y se le iluminaba el rostro al vernos a mí y a mi madre ir a su encuentro. Lo mataron en la guerra del Golfo. Todavía lo echo de menos —res­piró hondo—. A mi madre le costó mucho, pero lo superó. Fue entonces cuando empezó con el ne­gocio de comidas a domicilio. Lo llamó Una Fiesta Móvil.

—Ingenioso —reconoció Kaoru—. Elegante.

—Era las dos cosas. Siempre fue una cocinera excepcional y le encantaba hacer disfrutar a la gen­te. Ella me enseñó... era algo que nos gustaba ha­cer juntas.

—Un vínculo entre las dos —comentó Kaoru—. Un vínculo muy fuerte y encantador.

—Sí. Nos mudamos a Chicago y se labró una reputación impresionante. Mientras yo iba a la uni­versidad, me ocupaba de la contabilidad y echaba una mano cuando me lo permitían las clases. Cuan­do cumplí veintiún años empecé a trabajar exclusi­vamente con ella. Ampliamos el negocio y nos hici­mos con una lista de clientes muy selectos. Así conocí a Soujiro, en una fiesta que servíamos en Chi­cago. Una fiesta exclusiva con gente muy impor­tante. Yo tenía veinticuatro años. Él tenía diez años más y todo lo que yo no tenía. Sofisticación, bri­llantez y cultura.

Kaoru levantó un dedo.

—¿Por qué dices eso? Eres una mujer que ha viajado, que tiene una formación y un talento en­vidiable.

—Yo no sentía nada de eso cuando estaba con él —Misao suspiró—. En cualquier caso, no me mo­vía en los mismos círculos. Yo cocinaba para los ri­cos, los poderosos, los sofisticados. No compartía la mesa con ellos. Él hacía que me sintiera... agra­decida de que me prestara atención. Como si eso fuera un halago extraordinario. Sólo me daba cuenta de eso —sacudió la cabeza—. Coqueteó conmigo y me pareció muy emocionante. Al día si­guiente, me mandó dos docenas de rosas. Siempre eran rosas rojas. Me pidió que saliera con él y me llevó al teatro, a fiestas y a restaurantes fabulosos. Se quedó dos semanas en Chicago; cambió todas sus citas, dejó de visitar a clientes, alteró su trabajo y su vida, y dejó claro que lo hacía por mí. Estaba hecha para él —murmuró Misao mientras se frotaba los brazos que se le habían quedado repentina­mente fríos—. Estábamos hechos el uno para el otro. Cuando me lo dijo entonces, me pareció emocionante. Después, no mucho después, resultó aterrador. Me dijo cosas que entonces parecían ro­mánticas. Que estaríamos siempre juntos. Que no nos separaríamos nunca. Que jamás dejaría que me marchara. Me abrumó y cuando me pidió que nos casáramos, no lo dudé. Mi madre tenía reparos y me pidió que esperara un poco, pero yo no la es­cuché. Me fui a California con él. La prensa lo lla­mó el idilio de la década.

—Ah, es verdad —Kaoru asintió con la cabeza mientras Misao se daba la vuelta—. Me suena. Tenías otro aspecto. Parecías más un gatito mimado.

—Tenía el aspecto que él me dictaba y me com­portaba como él decía que lo hiciera. Al principio me pareció bien. Él era mayor y tenía más experien­cia, además, yo era nueva en su mundo. Él hacía que pareciera lógico, hacía que pareciera... educativo cuando me llamaba torpe o tonta. Él sabía lo que había que hacer, de modo que si me ordenaba que me cambiara de vestido antes de salir, lo hacía por mi bien y por la imagen de los dos. Al principio, las pullas y las exigencias eran sutiles y cuando yo le complacía, me daba una pequeña recompensa. Co­mo si estuviera adiestrando a un perrito. Toma una pulsera de diamantes, me decía, anoche hiciste muy bien tu papel de acompañante. Dios mío, me indig­na darme cuenta ahora de cómo me manipulaba.

—Estabas enamorada.

—Lo quise. Quise al hombre que creía que era, pero era tan inteligente y despiadado... La primera vez que me pegó, fue una impresión tremenda, pe­ro nunca pensé que no lo mereciera. Me había la­vado el cerebro. Las cosas fueron a peor, pero len­tamente, poco a poco. A mi madre la mató un conductor borracho apenas un año después —dijo Misao con la voz entrecortada.

—Y te quedaste sola. Lo siento mucho.

—Él fue tan amable... fue un gran apoyo. Se ocupó de todo y canceló todas sus citas durante una semana para ir conmigo a Chicago. Hizo todo lo que habría hecho un marido enamorado. El día que volvimos a California, se volvió loco. Esperó a que estuviéramos en casa y ordenó a todos los sirvientes que se retiraran. Luego me tiró al suelo, se puso hecho una furia, me abofeteó. Nunca empleó los puños, me golpeaba con la mano abierta. Yo pensaba que eso era más degradante. Me acusó de haber tenido una aventura con un hombre de la funeraria. Un hombre que había sido un buen amigo de mis padres. Un hombre amable y decen­te al que yo consideraba como un tío.

»Bueno —sorprendida de que la copa estuvie­ra vacía, se levantó, fue a la mesa y se sirvió otra. Los pájaros cantaban alegremente entre las flo­res—. No hace falta que te dé más detalles. Me maltrató —levantó la copa, bebió y se tranquilizó un poco—. Fui una vez a la policía. Él tenía muchos amigos allí y mucha influencia. No me toma­ron en serio. Sí, tenía algunos moratones, pero no eran un riesgo para mi vida. Él se enteró y me ex­plicó de forma que yo lo entendiera que si volvía a humillarlo de esa manera, me mataría. Me escapé una vez, pero me encontró. Me dijo que le perte­necía y que nunca me dejaría escapar. Me lo dijo mientras me agarraba del cuello con las manos. Que si intentaba abandonarlo, me encontraría y me mataría. Que nadie lo sabría nunca. Yo lo creí.

—Pero lo abandonaste.

—Lo planeé durante seis meses, paso a paso y con mucho cuidado de no molestarlo, de no darle motivos de sospecha. Nos divertimos, viajamos juntos y dormíamos en la misma cama. Éramos la imagen de la pareja perfecta y compenetrada. Él seguía pegándome. Siempre había algo que no hacía completamente bien, pero yo siempre le pedía perdón. Me quedaba con algo de dinero siempre que podía y lo escondía en una caja de compresas. Estaba completamente segura de que él no miraría ahí. Conseguí un permiso de conducir falso y lo escondí también. Ya estaba preparada.

»E1 tenía una hermana en Big Sur. Iba a dar un té por todo lo alto. Muy femenino. Yo debía ir. Esa mañana, me quejé de un dolor de cabeza, lo cual, naturalmente, le irritó. Dijo que buscaba excusas, que una serie de clientes suyos irían y que yo sólo quería abochornarlo al no presentarme. Le dije que iría, naturalmente, que me tomaría un par de aspiri­nas y que todo se solucionaría. Pero sabía que haber manifestado mi desgana garantizaría que él me de­jara salir de la casa —Misao pensó que a esas alturas ella también había aprendido a engañar y fingir—. Ya ni siquiera estaba asustada. Él se fue a jugar al golf y yo metí todo lo que necesitaba en el malete­ro del coche. Paré por el camino y compré una pe­luca rubia. Recogí la bicicleta de segunda mano que había comprado una semana antes y la metí en el maletero. Volví a parar antes de llegar a la fiesta de mi cuñada y escondí la bicicleta en un sitio que había previsto. Fui al té —Misao se sentó y habló con tranquilidad mientras Kaoru la escuchaba en silen­cio—. Me cercioré de que una serie de personas se dieran cuenta de que no me encontraba muy bien. Incluso su hermana Yumi me dijo que me tum­bara un rato. Esperé a que casi todos lo invitados se hubieran ido y le di las gracias por lo bien que lo había pasado. Ella estaba preocupada por mí, le pa­recía que estaba pálida. Me la quité de encima y me monté en el coche —Misao hablaba con un tono tranquilo, casi inexpresivo, como si estuviera contando una historia moderadamente desagradable que le había pasado a otra mujer—. Ya había oscu­recido. Eso era fundamental. Llamé a Soujiro desde mi teléfono móvil y le dije que estaba de camino. Él insistía siempre en que lo hiciera. Llegué al tra­mo de carretera donde había dejado la bicicleta, no había más coches que el mío. Supe que podía con­seguirlo. Que tenía que hacerlo. Me quité el cinturón de seguridad. No pensaba lo que hacía. Lo ha­bía ensayado mil veces en mi cabeza y no tenía que pensarlo. Abrí la puerta, el coche seguía en marcha y cada vez iba más deprisa. Lo dirigí hacia el preci­picio. Si no lo conseguía, tampoco sería mucho peor. Salté. Fue como si volara. El coche se elevó como un pájaro y luego se estrelló contra las rocas con un estrépito espantoso. Rodó hasta caer en el agua. Volví corriendo hasta donde había dejado la bicicleta y la bolsa. Me quité el vestido lujoso que llevaba y me puse unos vaqueros, una camiseta y la peluca. Seguía sin tener miedo —efectivamente, en ese momento no tuvo miedo, pero la voz empe­zó a quebrársele al revivirlo, después de todo, aque­llo no le había pasado a otra mujer—. Subí y bajé las colinas hasta que llegué a Carmel. Fui a la estación de autobuses y compré un billete de ida a Las Ve­gas. Sentí miedo cuando el autobús empezó a salir de la estación conmigo dentro. Miedo de que él llegara y lo parara; de que yo perdiera. Pero no ocurrió. En Las Vegas tomé otro autobús a Alburquerque y allí leí en un periódico la trágica muerte de Misato Seta.

—Misao —Kaoru alargó una mano y la puso enci­ma de la de Misao. Creía que Misao no era consciente de que llevaba diez minutos llorando—. Yo tampo­co he conocido a nadie como tú.

Misao levantó la copa y brindó mientras las lá­grimas le rodaban por las mejillas.

—Gracias.

Se quedó a pasar la noche en la casa, ante la insistencia de Kaoru. Parecía lo más sensato que se dejara llevar a una enorme cama con dosel des­pués de haber bebido bastantes copas de cham­pán y de semejante catarsis. No protestó, se puso un camisón de seda prestado, se metió entre las delicadas sábanas de lino y se quedó dormida al instante.

Se despertó en medio de una oscuridad ilumi­nada por la luz de la luna.

Tardó un momento en situarse, en recordar dónde estaba y en comprender por qué se había despertado. Era el cuarto de invitados de Kaoru, pensó aturdida, y había gente cantando.

No, no cantaban. Parecía una letanía. Era un sonido melodioso y encantador que apenas se oía. Se levantó y, todavía embotada por el sueño, fue a las puertas de la terraza y las abrió dejando que en­trara un viento cálido. Salió a la luz perlada de la luna y se encontró inmersa en el aroma de las flo­res hasta que la cabeza le dio vueltas como lo había hecho antes a causa del viento.

El mar golpeaba las rocas con un ritmo acele­rado, casi furioso, y los latidos de su corazón qui­sieron seguir ese mismo ritmo.

Entonces vio a Kaoru con un vestido largo que, a la luz de la luna, parecía hecho de plata. Salía del bosque donde los árboles se agitaban como si fue­ran bailarines.

Se dirigió al acantilado en el remolino de pla­ta de su vestido y de fuego negro de su cabello. Allí, so­bre las rocas, miró al mar y elevó los brazos a la luna y las estrellas.

El aire se llenó de voces que parecían estar lle­nas de júbilo. Misao, deslumbrada por el asombro, y con los ojos rebosantes de lágrimas provocadas no sabía bien por qué, observaba trémulos destellos de luz que descendían del cielo para acariciar las yemas de los dedos de Kaoru y las puntas de su cabe­llo peinado por el viento.

Por un momento, su amiga pareció una vela encendida que, erguida, esbelta e incandescente, iluminaba el límite del mundo.

Después, sólo quedó el rumor de la marea, la luz color perla de la luna menguante y una mujer que permanecía de pie y sola en el acantilado.

Kaoru se dio la vuelta y empezó a caminar hacia la casa. Levantó la cabeza y sus ojos se encontra­ron con los de Misao. Aguantó la mirada.

Sonrió con serenidad, entró en las sombras de la casa y desapareció.

Continuara...


Holas... bueno, espero ke hayan disfrutado de este nuevo capitulo

y ya saben mientras mas reviews mas rapido subo el capitulo ke sigue... gracias a las ke me dejan sus comentarios...

beshos

matta ne