Holas... Aki les traigo el capitulo 12, si voy rapido porke kero terminar pronto esta para empezar la segunda parte... en fin, cada vez la historia se va poniendo mejor...

gracias por los reviews, ya saben ke eso me da mucho mas animo para seguir...
En fin... ya saben ni los personajes ni la historia me pertenecen yo solo adapte esto para entretencion de mis amadas lectoras...
nos vemos abajooooo


Bailando en el Aire..

Doce

Le zumbaban los oídos. O quizá fueran los lati­dos del corazón que resonaban en sus costillas como unos puños contra las teclas de un piano. Fuera como fuese, Aoshi no podía aclararse las ideas ni moverse. Habría temido la posibilidad de una pa­rálisis pasajera si hubiera tenido fuerzas para preo­cuparse por algo.

—De acuerdo —consiguió decir y tomó aire—. Muy bien —dijo, y salió—. Parece que he tropezado.

—Yo, también —Misao estaba encogida, en la po­sición perfecta para acurrucarse contra su cuello.

—¿Te has hecho daño?

—No. Has amortiguado la caída —le dio un pequeño mordisco en el poderoso cuello—. Eres mi héroe.

—Ya. Puedes estar segura.

—Te he metido prisa. Espero que no te impor­tara.

—Por el momento no debería quejarme. —Reu­nió fuerzas para darse la vuelta y arrastrarla con él para que quedara encima—. Espero que me des la oportunidad de hacer una exhibición de mi estilo y refinamiento.

Misao levantó la cabeza, se apartó el pelo de la cara y se limitó a sonreírle.

—¿Qué dices?

—Estaba pensando en lo mucho que me gusta tu estilo. En la fiesta, cada vez que te veía se me caía la baba. El atractivo sheriff Shinomori vestido con un traje que preferiría no llevar y limitándose a to­mar sólo una cerveza durante toda la noche para poder llevar a su casa a los demás invitados y que me miraba con esos pacientes ojos azules hasta que yo estaba tan excitada que tenía que ir a la co­cina para calmarme.

—¿Es eso verdad? —le recorrió los brazos con las manos hasta que llegó a los puños de la camisa. Empezó a desabrocharlos cuidadosamente—. ¿Sa­bes lo que estaba pensando cuando te miraba?

—No exactamente.

—Que parecías una bailarina llena de elegan­cia y estilo. Intentaba también no pensar en lo que se ocultaría debajo de esa camisa blanca almidona­da y ese chaleco tan seductor —volvió a recorrerle los brazos una vez liberadas las muñecas—. Tienes una figura tan delicada y esbelta que llevo semanas loco por ti.

—No sé cómo explicarte lo que me alegra sa­ber eso; sentirme además lo suficientemente bien como para desearlo —echó la cabeza atrás y levan­tó los brazos—. ¡Dios mío! Me siento tan viva. No quiero que acabe nunca —volvió a inclinarse sobre él y lo besó con fuerza. Luego se levantó—. Quiero champán. Quiero emborracharme y hacer el amor contigo toda la noche.

—Me gusta la idea —se sentó y se quedó con los ojos como platos al ver que ella abría la puer­ta—. ¿Qué haces?

—Voy al coche a por el champán.

—¡Espera que me ponga los pantalones e iré yo, Misao! — atónito, se levantó de un salto mientras ella salía corriendo como Dios la trajo el mundo—. ¡Por amor de Dios! — agarró los pantalones y fue hasta la puerta—. Vuelve antes de que te detenga por escándalo público.

—No hay nadie que pueda vernos.

Estar desnuda en medio de la noche le parecía maravilloso y lo más adecuado para ese momento. Sentía que el aire fresco le acariciaba la piel que hacía tan poco ardía de pasión. Sintió las cosquillas de la hierba en los pies mientras daba vueltas sobre sí misma con los brazos abiertos.

—Sal, la noche es preciosa. La luna, las estre­llas y el sonido del mar.

Estaba increíblemente seductora. Miraba al firmamento y la luz de las estrellas daba un tono plateado a su pelo negro y un brillo trémulo a la piel casi transparente.

Su mirada se encontró con la de Aoshi con una energía tan poderosa que le dejó sin respiración. Él habría jurado que toda ella resplandecía.

—Hay algo que flota en el aire —dijo ella con las manos levantadas y las palmas ahuecadas como si en ellas pudiera atrapar el aliento de la noche—. Lo siento dentro de mí, como un latido rítmico. Cuando noto algo así, me siento como si pudiera hacer cualquier cosa —le alargó una mano con la palma todavía ahuecada—. ¿No quieres besarme a la luz de la luna?

Él no podía resistirlo, ni lo intentó. Se acercó a la mano extendida. El cielo los rociaba de luz y le dio un beso más cálido que ardiente.

La ternura se adueñó del corazón de Misao. Aoshi la tomó en brazos y ella apoyó la cabeza en su hombro con la seguridad de que allí estaba segura y era bien recibida.

Él la llevó dentro, atravesó la casa hasta llegar a la cama que cedió a su peso.

Mientras se dejaba arrastrar por ella, se dijo que más tarde pensaría en lo que sentía al estarse enamorando de una bruja.

Antes de amanecer, Misao se despertó de uno de los ratos de sueño que se habían concedido. Sintió el calor de Aoshi y su peso. La naturalidad, la total normalidad, era confortante y excitante a la vez.

Se grabó en la mente el rostro de su amante, rasgo a rasgo. Cuando lo tuvo completo, se levan­tó dispuesta a empezar el día.

Se duchó y se puso unos pantalones cortos y una camisa sin mangas. Silenciosamente recogió la ropa que estaba repartida por la sala y se dirigió a la cocina como en una nube.

Nunca había experimentado un deseo como aquél, un deseo que surgía dentro de ella como una fiera y le devoraba entera.

Esperaba volver a sentirlo. Y la ternura que llegó después, la sed insacia­ble de más, la oscura y jadeante incertidumbre. Todo ello.

Misao Makimashi tenía un amante que estaba durmiendo en su cama.

Él la deseaba y eso era emocionante. La desea­ba por ser quien era y no por lo que él hiciera de ella. Eso era tranquilizador.

Dichosa, preparó café, y mientras el aire se lle­naba con el aroma del café, preparó una masa para hacer bollos de canela y otra para pan. Cantaba en voz baja y notaba que el nuevo día le sonreía.

Regó el jardín, dio un sorbo a la primera taza de café y metió en el horno una tanda de bollos. Empezó a pensar en el menú de la semana siguien­te con la taza en una mano y un lápiz en la otra.

—¿Qué haces?

Saltó como un conejo asustado al oír la voz ronca y somnolienta de Aoshi y vertió el café sobre el papel.

—¿Te he despertado? Lo siento, he intentado no hacer ruido.

Él levantó una mano.

—Misao, no hagas eso. Me desespera —Aoshi te­nía la voz espesa por el sueño y ella no pudo evitar una punzada de miedo al ver que se le acercaba—. Voy a pedirte una cosa —tomó un sorbo de la taza de ella para aclararse la voz y las ideas—. Nunca me confundas con él. Si me hubieras despertado y eso me hubiese molestado, te lo habría dicho. Pe­ro la verdad es que me he despertado porque tú no estabas y te echaba de menos.

—Hay algunas costumbres que son difíciles de quitarse de encima, por mucho que lo intentes.

—Bueno, sigue intentándolo —dijo Aoshi desen­fadadamente. Se sirvió una taza—. ¿Ya tienes algo en el horno? —olisqueó—. Madre de Dios —lo dijo respetuosamente—. ¿Bollos de canela?

A Misao se le dibujaron dos hoyuelos en las me­jillas.

—¿Y si lo fueran?

—Seré tu esclavo.

—Eres pan comido, sheriff—sacó un guante pa­ra el horno— ¿Por qué no te sientas? Te daré de de­sayunar y te explicaré lo que espero de mis esclavos.

El lunes por la mañana, Misao entró en el café cargada con cajas llenas de comida, saludó alegre­mente y subió a toda prisa.

En la barra, Lulú dejó lo que estaba haciendo con una mueca en los labios y Kaoru se dio la vuelta desde las estanterías.

—Alguien ha tenido suerte este fin de semana —dijo Kaoru.

—¿Vas a someterla a un interrogatorio para enterarte de todo?

—Por favor —Kaoru colocó un libro y se sacudió una pelusa de la falda—. ¿No es eso tan de cajón como que las ninfas bailan en el bosque?

Lulú se rió entre dientes.

—Bueno, no te olvides de tenerme al tanto.

Kaoru entró en el café, donde olía irresistible­mente a bollos de canela caseros.

—Un fin de semana muy ajetreado —comentó mientras echaba una ojeada a las ofertas de la ma­ñana.

—Puedes estar segura.

—Y una fiesta fabulosa la del sábado por la no­che. Lo hiciste muy bien, querida.

—Gracias —Misao alineó los panecillos antes de servir el primer café para Kaoru—. Esta semana ten­go algunas citas con posibles clientes que surgie­ron en la fiesta.

—Enhorabuena. Pero... —Kaoru olió el aroma del café—. No creo que los posibles encargos sean el motivo de que esta mañana estés resplandecien­te. Probaré uno de esos bollos —pasó despreocu­padamente detrás del mostrador mientras Misao elegía un bollo para ella—. Tu aspecto dice clara­mente que este fin de semana has hecho algo más que cocinar.

—Me he ocupado del jardín. Las tomateras es­tán saliendo ya.

—Mmm —dio un mordisco al bollo—. Me imagino al sheriff Shinomori igual de sabroso. Habla. Abrimos dentro de diez minutos.

—No debería hablar de eso. Es de mala educa­ción¿no?

—Desde luego que no. Es lo que se espera de ti. Ten un poco de compasión. Hace bastante tiempo que no... practico actividades sexuales, de modo que tengo derecho a alguna emoción¿no? Pareces completamente feliz.

—Lo estoy. Fue maravilloso —Misao dio unos pasitos de baile y cogió un bollo—. Impresionante. Fue tan... vigorizante.

—Ah. Mmm —Kaoru se pasó la lengua por los labios—. No te calles ahora.

—Creo que batimos varios récords.

—Ahora estás alardeando, pero no importa, estamos entre amigas.

—¿Sabes lo mejor de todo?

—Espero que me lo digas, y lo demás también.

—El no me trató, no me trata, como si fuera frágil o desvalida o... vulnerable. Y yo no me sien­to ni frágil ni desvalida ni vulnerable cuando estoy con él. La primera vez, apenas llegamos a entrar en casa. Terminamos en el suelo y nos arrancamos la ropa. Fue completamente normal.

—A todos nos vendría bien un poco de esa normalidad de vez en cuando. Besa muy bien¿verdad?

—Caray, y cuando... —Misao se detuvo y pali­deció.

—Yo tenía quince años —le aclaró Kaoru antes de dar otro mordisco al bollo—. Me llevó a casa después de una fiesta y los dos satisficimos nuestra curiosidad mutua con un par de besos muy largos y muy intensos. No voy a ofender tu inteligencia diciendo que fue como besar a mi hermano, pero no encajamos y decidimos quedar como amigos. Pero fueron unos besos de primera —se chupó el azúcar glaseado de la mano—. De modo que me hago una idea remota de lo maravilloso que ha si­do tu fin de semana.

—Me alegro de no haberlo sabido antes, podía haberme intimidado.

—Eres un encanto. Entonces¿qué vas a hacer con Aoshi Shinomori?

—Disfrutar de él.

—Una respuesta perfecta... por el momento. También tiene unas buenas manos¿verdad? —comentó Kaoru mientras se alejaba.

—Será mejor que te calles.

Kaoru empezó a bajar las escaleras entre risas.

—Voy a abrir las puertas.

Pensó que Misao había abierto las suyas.

A Kaoru no le habría extrañado saber que Aoshi estaba pasando por el mismo interrogatorio acompañado de café y bollos.

—No te he visto el pelo este fin de semana.

—He tenido cosas que hacer. ¿Acaso no te he traído un regalo?

Megumi atacó con entusiasmo el primer bollo.

—Mmm. Bueno —consiguió farfullar—. Su­pongo que esas cosas tenían algo que ver con la mejor cocinera de la isla, lo cual yo ya había deducido astutamente cuando te vi entrar con media docena de bollos.

—De los que ya sólo quedan cuatro —mordió el suyo mientras ojeaba los papeles que tenía encima de la mesa—. John Macey no ha pagado las multas de aparcamiento. Habrá que leerle la car­tilla.

—Yo lo haré. Así que Misao y tú bailasteis la rumba del colchón...

Aoshi le lanzó una mirada fulminante.

—Vaya, Megumi, tienes un corazón que es todo romanticismo. No sé cómo puedes ir por la vida con lo que debe pesarte.

—Evitar la pregunta suele significar una res­puesta afirmativa. ¿Qué tal todo?

—¿Te pregunto yo por tu vida sexual?

Ella agitó un dedo para indicar una pausa mientras tragaba.

—Sí.

—Sólo porque soy mayor y tengo más expe­riencia.

—Ya, claro —Megumi cogió otro bollo. No sólo porque estaban increíblemente buenos, sino porque sabía que a él le molestaría—. Si aceptamos la fanfarronada de la edad y la experiencia, habrá que reconocer que yo soy más joven y cínica. ¿Vas a se­guir investigando en su pasado?

—No —abrió un cajón y guardó la bolsa con bollos.

—Si vas en serio con ella, y, conociéndote, sé que lo vas a hacer, tienes que afrontarlo, Aoshi. Ella no ha llegado a Tres Hermanas caída del cielo.

—Llegó en el trasbordador —dijo él secamen­te—. ¿Qué tienes contra ella? Creí que te caía bien.

—Me cae bien. Muy bien —apoyó una cadera sobre una esquina de la mesa—, pero por algún motivo que muchas veces no consigo comprender, tú también me caes muy bien. Aoshi, tienes debili­dad por los desvalidos y, a veces, los desvalidos, in­voluntariamente, pueden hacer mucho daño.

—¿Alguna vez has tenido la sensación de que no puedo cuidar de mí mismo?

—Estás enamorado de ella —Aoshi se quedó boquiabierto y la miró fijamente. Megumi empezó a dar vueltas por el despacho—. ¿Crees que estoy ciega o que soy tonta? Te conozco desde que nací y conozco también cada gesto, cada tono y cada ex­presión de esa cara de memo que tienes. Estás enamorado de ella y ni siquiera sabes quién es.

—Es exactamente lo que he querido toda mi vida.

Megumi contuvo la patada que iba a dar a la me­sa y su expresión se dulcificó un tanto.

—Maldita sea, Aoshi¿por qué has tenido que decir eso?

—Porque es verdad. Nos pasa siempre a los Shinomori¿no? Estamos tan tranquilos solos y de repente¡paf!, todo se acabó. Me ha pasado a mí y me gusta.

—De acuerdo, recapitulemos un poco —puso las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante dispuesta a convencerlo quisiera o no—. Ha teni­do algún problema. Ha conseguido librarse de él, por lo menos temporalmente, pero él sigue ahí y puede venir a buscarla, Aoshi. Si no me preocupara, jamás se lo habría preguntado a Kaoru. Preferiría ha­berme cortado la lengua con unas tijeras. Pero se lo pregunté y ella no lo ha aclarado.

—Cariño, lo que has dicho de que me conocías es verdad. ¿Cuál crees que sería mi reacción a lo que acabas de decir?

Megumi resopló.

—Si viene a por ella, tendrá que vérselas contigo.

—Más o menos. ¿No deberías estar patrullan­do¿O prefieres ocuparte del papeleo del día?

—Preferiría comerme unos piojos —se puso la gorra y se sacó la cola de caballo por detrás—. Me alegro de que hayas encontrado a alguien con quien te entiendas. Me alegro más todavía de que ese alguien me guste. Pero Misao Makimashi es algo más que una mujer con un pasado oscuro capaz de cocinar como una legión de ángeles.

—Quieres decir que es una bruja —dijo tran­quilamente Aoshi—. Ya. Me lo había imaginado. No me importa especialmente.

Dicho lo cual, se puso a teclear en el ordena­dor y se rió para sus adentros cuando Megumi salió dando un portazo.

—La diosa no exige sacrifico —dijo Kaoru—. Es madre. Como madre exige respeto, amor y disciplina y quiere la felicidad para sus hijos.

La tarde era fría. Kaoru podía presentir ya el final del verano. Pronto, el verde exuberante de los bos­ques daría paso a colores más encendidos. Ya había visto a las orugas peludas y observado que las pre­visoras ardillas hacían acopio de nueces. Pensó que eran señales de un invierno largo y frío.

Pero por el momento, las rosas florecían y en­tre las piedras del jardín las hierbas aromáticas crecían fragantes.

—La magia surge de los elementos y del corazón. Pero los rituales se hacen mejor con algunas herra­mientas, incluso con ayudas visibles, si lo prefieres. Cualquier arte depende de ciertas rutinas y utensi­lios. —Atravesó el jardín y abrió la puerta de la coci­na para que pasara Misao—. Tengo algunos para ti.

La habitación era tan fragante como el jardín. Había manojos de hierbas que se secaban colgados de ganchos. Sobre la pulida encimera se alineaban tiestos con flores que Kaoru había elegido para acompañarla en el interior. Sobre los fogones ha­bía un caldero que hervía a fuego lento de donde emanaba el dulzor profundo del heliotropo.

—¿Qué estás haciendo?

—Ah, sólo es un pequeño encantamiento para una persona que tiene una entrevista de trabajo a finales de semana. Está nerviosa —Kaoru paso una mano por el vapor—. Heliotropo para triunfar, girasol para que progrese en su profesión, un poco de avellana para ayudarle en la comunicación, un poco de esto y otro poco de aquello. Lo transfor­maré en unos cristales para que pueda llevarlos en una bolsita dentro del bolso.

—¿Conseguirá el trabajo?

—Eso depende de ella. El conjuro no promete que consigamos todo lo que deseamos, tampoco es una muleta en la que apoyarse. Tus herramientas —dijo ella mientras señalaba la mesa con un gesto.

Las había elegido con esmero, con la imagen de Misao grabada en la mente.

—Deberías purificarlas cuando llegues a casa. Nadie deberá tocarlas sin tu permiso. Exigen tu energía. La vara está hecha con una rama de abe­dul podada de un árbol vivo en el solsticio de invierno. El cristal que tiene en la punta es cuarzo transparente. Es un regalo que me hizo quien me aleccionó a mí.

Era preciosa, delgada y suave y a Misao le pare­ció casi sedosa cuando le pasó los dedos.

—No puedes darme algo que ha sido un regalo.

—Su destino es cambiar de manos. Tú tam­bién querrás tener otras; las de cobre son buenas. Esta es tu escoba —arqueó una ceja ante la risa contenida de Misao.

—Perdona, nunca pensé... ¿una escoba?

—No vas a montar en ella. Cuélgala de la puerta de tu casa para que te proteja, empléala pa­ra barrer la energía negativa. Una copa, también querrás la tuya algún día, pero por el momento es­ta servirá. La compré en la tienda del pueblo, sec­ción de cristalería. A veces lo más sencillo es lo que mejor funciona. La estrella de cinco puntas, o pen­táculo, está hecha de madera de arce. Debe estar siempre vertical. El athamé no se emplea para cor­tar, sino para dirigir la energía.

Ella no lo tocó pero le pidió a Misao que lo hiciera.

—Hay quien prefiere la espada, pero no creo que tú lo hagas —dijo mientras Misao recorría con un dedo la empuñadura tallada—. La hoja está mate y debe ser así. Por otro lado, el cuchillo de mango blanco sí se emplea para cortar. El mango curvo te ayudará a sujetarlo cuando cortes las hier­bas y plantas, talles varas o hagas inscripciones en las velas. Hay algunas brujas aficionadas que lo utilizan para cortar alimentos. Tú decides, natu­ralmente.

—Naturalmente —confirmó Misao.

—Doy por sentado que puedes ocuparte de elegir y comprar tu propio caldero. Los mejores son los de hierro fundido. Los quemadores de in­cienso los puedes encontrar en las tiendas de rega­los, y el incienso también; aquí lo más fácil de en­contrar son los conos y las varillas. Cuando tengas tiempo, podrás hacer tu propio incienso. Necesi­tarás unas cestas de paja y trozos de seda. ¿Quieres anotarlo?

Misao resopló.

—Quizá sea lo mejor.

—Velas —continuó Kaoru después de darle un bloc y un lápiz—. Te explicaré la finalidad de los colores y los símbolos. Tengo algunos cristales pa­ra ti, pero querrás más que hayas elegido tú. Un par de docenas de tarros con tapa, un mortero con su mano, sal marina. Tengo una baraja de tarot que puedo prestarte y algunas cajas de madera, pero quiero que me las devuelvas. Con esto puedes ir empezando.

—Es más complicado de lo que pensaba. La otra vez, el día del jardín, todo lo que tuve que ha­cer fue estar allí.

—Hay cosas que podrás hacer con la mente y el corazón, pero otras exigen instrumentos, como una extensión de los poderes y por respeto a la tra­dición. Ahora que tienes ordenador, querrás tener una relación de conjuros.

—¿Una relación de conjuros en mi ordenador?

—¿Por qué no vas a ser práctica y eficiente? Misao¿has hablado con Aoshi de esto?

—No.

—¿Te preocupa su reacción?

Misao volvió a tocar la vara y se lo preguntó a sí misma.

—En parte, pero es que tampoco sé cómo em­pezar a decírselo. Yo misma no lo tengo claro del todo.

—Entiendo. Tú decides lo que compartes y lo que no, como lo que das y lo que recibes.

—Creo que si Megumi opina de esa manera, él podría pensar lo mismo. Supongo que no quiero plantear problemas demasiado pronto.

—No me extraña. Vamos a dar un paseo.

—Debería volver a casa, casi ha anochecido.

—Él esperará —Kaoru abrió una caja tallada y sacó su vara. La punta era redondeada y de un cuarzo azulado como sus ojos—. Coge la tuya. Es el mo­mento de que aprendas a trazar un círculo. Será sen­cillo —prometió mientras empujaba a Misao hacia la puerta—. Casi puedo garantizarte que el sexo será sensacional después de lo que tengo pensado.

—No todo es sexo —empezó a decir Misao—, aunque es un condimento esencial.

Una ligera niebla ascendía desde el suelo mientras se dirigían hacia el bosque. Los árboles formaban sombras alargadas, como líneas negras sobre un fondo gris pálido.

—El tiempo está cambiando —dijo Kaoru—. Las últimas semanas del verano siempre me ponen melancólica. Es raro, porque me encanta el otoño, los olores, los colores, el aire cortante cuando sales por la mañana.

Misao estuvo a punto de decirle que eso era por­que estaba sola, pero se mordió la lengua a tiempo. Esa afirmación, viniendo de alguien que acababa de encontrar un amante, no sólo no serviría de ayuda, sino que sonaría petulante.

—Quizá sea un vestigio de la infancia —sugi­rió—. El final del verano significa la vuelta al co­legio —siguió a Kaoru por un sendero de tierra bien prensada; entre niebla y sombras—. Yo de­testaba esas dos primeras semanas de colegio, no tanto si era el segundo año que mi padre pasaba destinado en la misma base, pero sí cuando era una recién llegada y todo el mundo tenía ya sus pandillas.

—¿Cómo lo resolviste?

—Aprendí a hablar a la gente, a hacer amigos aunque ellos estuvieran de paso. Viví mucho tiem­po encerrada en mí misma. Supongo que eso me convirtió en la víctima perfecta para Soujiro. El me prometió amor, felicidad y respeto para siempre. Yo quería vivir algo para siempre con alguien.

—¿Y ahora?

—Ahora sólo quiero hacerme mi propio espa­cio y quedarme.

—Otra cosa que tenemos en común. Éste es uno de mis espacios.

Entraron en un claro donde la niebla era blanca por efecto de la luz de la luna naciente. Un círculo perfecto brillaba entre los árboles, acariciaba las os­curas hojas de verano y se derramaba sobre tres piedras. Manojos de hierbas colgaban de las ramas que rodeaban el claro. Unos cristales centelleantes ensartados en cuerdas tintineaban mecidos por la leve brisa. El sonido del viento, de las piedras y del mar cercano era como música. Había algo en aquel lugar primitivo, casi esencial.

—Es un sitio maravilloso —murmuró Misao—, y... iba a decir misterioso, pero no en un sentido aterrador. Casi esperas ver espectros y jinetes sin cabeza, pero si aparecieran lo sentiría como algo completamente natural, nada aterrador.

Se volvió, sus pasos rasgaban la niebla como si fuera de seda; hasta ella llegó el aroma del romero y la salvia que colgaban de las ramas. También cap­tó un zumbido amortiguado y melodioso.

—Aquí es donde estuviste la noche del solsti­cio antes de ir al acantilado.

—Es tierra sagrada —le dijo Kaoru—. Se dice que es donde las hermanas hicieron el conjuro pa­ra crear su refugio hace más de trescientos años. Lo hicieran o no, a mí siempre me ha atraído este sitio. Formaremos el círculo las dos. Es un rito elemental.

Kaoru sacó el cuchillo ritual del bolsillo y empe­zó. Misao, fascinada, repitió los gestos y las palabras, y no se sorprendió cuando un fino círculo de luz resplandeció bajo la niebla.

—Invocamos a Aire, a Tierra, a Agua y Fuego para que protejan nuestro círculo y nos concedan nuestro deseo. Proteged y presenciad este ritual. Abrid vuestras mentes a la magia de la noche.

Kaoru dejó el cuchillo y la vara e hizo un gesto con la cabeza a Misao.

—Podrás trazar el círculo como tú quieras y emplear tus propias palabras cuando estés prepa­rada. Espero que no te importe, pero yo prefiero hacerlo al aire libre, si el tiempo lo permite.

Dicho lo cual, Kaoru se quitó el vestido y lo do­bló cuidadosamente mientras Misao la miraba ató­nita.

—Bueno, la verdad es que yo...

—No es necesario —Kaoru recogió la vara sin importarle su desnudez—. Yo suelo preferirlo, so­bre todo para este ritual.

Tenía un tatuaje¿o sería una marca de naci­miento? Era como un pequeño pentagrama que re­saltaba en la piel blanca como la leche de su muslo.

—¿Qué ritual?

—Invocaremos a la luna. Algunos, la mayoría, hacen esto cuando se trata de un asunto serio, pe­ro yo a veces necesito, o me gusta, algo más de energía. Para empezar, ábrete. La mente, la respi­ración, el corazón, todo. Confía en ti misma. To­das las mujeres, como el mar, estamos regidas por la luna. Sujeta la vara con la mano derecha.

Misao, imitando los gestos de Kaoru, levantó len­tamente los brazos y acabó agarrando la vara con las dos manos.

—Esta noche y a esta hora, invocamos el poder de la luna. Que se funda con nosotras como la luz con la luz —las varas bajaron lentamente hasta apuntar a los corazones—. La mujer y la diosa res­plandecen. El poder y el júbilo rebosan de ellas. Que se haga nuestra voluntad.

Misao lo notó: se sintió desbordada por una energía y una luz interior, frías, líquidas y poderosas. Palpitantes, como si siguieran el latido de la luna que se elevaba airosamente sobre los árboles. Los notaba aunque no los viera, eran destellos de luz plateada con ribetes azules que le recorrían to­do el cuerpo. La energía llegó acompañada de un estallido de júbilo. Brotó de Misao como una risa ja­deante mientras Kaoru bajaba la vara.

—A veces es maravilloso ser mujer¿verdad? Ahora, cerraremos el círculo. Me parece, hermanita, que sabrás cómo dar salida a toda esta energía nueva.

Cuando Kaoru se quedó sola, puso su propia energía en funcionamiento para hacer un conjuro protector. Misao tenía una gran cantidad de poderes naturales sin explotar. Podía ayudarla a explorar­los, controlarlos y pulirlos, y lo haría. Pero en esos momentos había una cosa más importante que la tenía obsesionada.

Había visto algo dentro de círculo, en el bos­que, que a Misao se le había pasado por alto. Había vito una nube solitaria y oscura que se cruzaba en el camino de la luna.

Continuara...


Espero ke les haya gustado este capitulo... Al fin vemos algo mas de magia... pronto mas poderes, comienzan los problemas y mas lemon...
dejen sus reviews, recuerden mientras mas reviews dejan mas rapido actualizo jojojo

beshos a mis nee chans...
capitulo dedicado a Alis-chan grax por tu apoyo...
matta neee