Holas... como ando media aburrida y no keiro ponerme a leer lo ke tengo ke leer me pongo a subir capitulo jajajaja
en fin espero ke hayan disfrutado el capitulo anterior y keiro agradecer por todos los reviews ke me han mandado n.n espero ke sigan asip...
Ya saben ke ni los personajes ni la historia me pertenecen, yo solo los adapto...
esop...
nos vemos abajo...
Capitulo dedicado a Carolina...
Bailando en el Aire.
Catorce
Megumi paró el todoterreno y se quedó mirando a Misao que estaba descargando su coche. El sol se había puesto y los turistas estaban en el hotel tomando bebidas calientes para protegerse de la ola de frío que azotaba la isla como un latigazo que llegaba del nordeste.
Casi todos los lugareños estaban tranquilamente en sus casas terminando de cenar o viendo la televisión. Ella estaba deseando hacer las dos cosas, pero no había conseguido estar a solas con Misao desde que ésta se presentó en la puerta de su casa.
—O entras muy tarde o verdaderamente pronto —le gritó Megumi.
Misao levantó la caja y se encorvó con la chaqueta forrada de piel que había comprado por correo.
—Es una reapertura. El club literario de Kaoru empieza la temporada después de las vacaciones de verano.
—Ah, ya —Megumi salió del coche. Llevaba una vieja cazadora de aviador que le encantaba y botas de montañismo. Un gorro negro de lana había sustituido a la gorra de verano—. ¿Te echo una mano?
—No voy a decir que no —contenta por no notar signos de animosidad, Misao señaló la otra caja con el codo—. Son refrescos para la reunión. ¿Vas a ir?
—Imposible.
—¿No te gusta leer?
—Sí, me gusta leer, lo que no me gustan son los grupos: están formados por miembros y los miembros suelen ser personas. Está claro.
—Personas que conoces —indicó Misao.
—Más a mi favor. Este grupo está formado por un montón de cotorras que pasan más tiempo despellejando al prójimo que comentando cualquier libro que hayan elegido como excusa para salir de casa.
—¿Cómo lo sabes si no eres del club?
—Digamos que tengo un sexto sentido para estas cosas.
—De acuerdo —Misao agarró bien la caja mientras se acercaban a la entrada trasera. A pesar del tiempo, la salvia de Kaoru colgaba tan roja y fresca como en julio—. ¿Por eso no aceptas la Hermandad¿Porque es como pertenecer a un grupo?
—Ese sería un motivo suficiente. Además, no me gusta que me digan que tengo que comulgar con algo que empezó trescientos años antes de que yo naciera.
Una ráfaga de viento le agitó la cola de caballo como si fuera un estandarte espeso y oscuro. No le hizo caso, y tampoco se lo hizo a los dedos helados que quería taparse con la cazadora.
—Yo creo —continuó Megumi— que las cosas pueden y deben afrontarse sin necesidad de decir cuatro bobadas alrededor de un caldero. Además, no me gusta que la gente se pregunte si llegaré a los sitios montada en una escoba con un sombrero negro y puntiagudo.
—No puedo discutir tus dos primeros motivos —Misao abrió la puerta y entraron en la tienda caliente y acogedora—, pero no comparto los segundos. Nunca he visto a Kaoru decir bobadas encima de un caldero ni nada parecido, ni tampoco he visto a nadie que la mire como si pensara que está a punto de montarse en una escoba.
—A mí no me sorprendería que lo hiciera — Megumi saludó con la cabeza a Lulú—. Hola, Lulú.
—Hola, Meg —Lulú siguió colocando las sillas plegables—. ¿Vas a venir esta noche?
—¿Les ha salido pelo a las ranas?
—No, que yo sepa —olisqueó—. ¿Huelo a pan de jengibre?
—Has acertado a la primera —le respondió Misao—. ¿Quieres que pongamos los refrescos de alguna forma especial?
—Tú eres la especialista. Kaoru sigue arriba. Si no le gusta cómo los has puesto, te lo dirá.
Misao llevó la caja a la mesa que ya estaba preparada. Había abierto algunas grietas en el caparazón de Lulú, pero todavía tenía que atravesarlo del todo. Reconoció que estaba convirtiéndose en un reto personal.
—¿Crees que puedo quedarme un rato?
Lulú la miró por encimas de las gafas.
—¿Has leído un libro?
Misao sacó la bandeja de pan de jengibre para intentar congraciarse con ella.
—Bueno, no. No me enteré de lo del club hasta la semana pasada y...
—Todo el mundo puede dedicar una hora al día a la lectura. Da igual lo ocupada que esté.
—Vamos, no seas tan perra, Lulú.
Misao se quedó boquiabierta ante las palabras de Megumi, pero por el rabillo del ojo vio que Lulú reaccionó con una sonrisa.
—No puedo evitarlo. Lo llevo en la sangre. Puedes quedarte si se queda ésa también —apuntó con un dedo a Megumi.
—No me interesa estar con un montón de tías que no paran de hablar de un libro y de quién se acuesta con quién y con quién no. Además, no he cenado todavía.
—El café sigue abierto hasta dentro de diez minutos —le dijo Lulú—. Los guisantes y la sopa de jamón estaban buenos. Te vendrá bien estar un rato con tías. Descubre la mujer que llevas dentro.
Megumi resopló. Sin embargo, la idea de la sopa le parecía muy apetecible; en realidad, le parecía bien la idea de tomar cualquier cosa que no tuviera que prepararse ella.
—La mujer que llevo dentro no necesita ser descubierta. Es mezquina y ruin. Pero probaré la sopa. —Fue hacia la escalera—. Es posible que me quede los primeros veinte minutos —dijo por encima del hombro—. Pero si lo hago, quiero la primera rebanada del pan de jengibre.
—¿Lulú? —Misao colocaba galletas con forma de estrella sobre una bandeja de cristal.
—Qué
—Te llamaré perra si eso ayuda a que nos conozcamos mejor, como las que descubren la mujer que llevan dentro.
Lulú resopló también.
—Tienes una lengua muy larga cuando quieres. Tú llevas tu cruz y mantienes tu palabra. Eso es lo que va conmigo.
—También hago un pan de jengibre de primera.
Lulú se acercó y cogió una rebanada.
—Eso lo decidiré yo. No dejes de leer el libro de octubre antes de la próxima reunión.
Misao mostró sus hoyuelos.
—Lo haré.
En el piso de arriba, Megumi consiguió enfadar a Tae al pedirle la sopa un par de minutos antes de la hora de cerrar.
—Tengo una cita, de modo que si no te terminas eso antes de que llegue la hora, tendrás que fregar el cuenco.
—Puedo dejarlo en el fregadero como harías tú para que Misao se ocupe mañana por la mañana. Ponme un poco de chocolate caliente. ¿Sigues saliendo con Mick Burmingham?
—Sí. Vamos a tumbarnos en el sofá y a ver la primera, la segunda y la tercera parte de Scream.
—Qué erótico. Si quieres lárgate, yo no me chivaré a Kaoru.
Tae no lo dudó.
—Gracias —se quitó el delantal—. Me largo.
Megumi se sentó dispuesta a disfrutar de la sopa en una maravillosa soledad. Nada podía haberle estropeado más ese momento de placer que el taconeo de Kaoru.
—¿Dónde está Tae?
—Le he dado permiso. Tenía una ardiente cita en perspectiva.
—Tú no tienes por qué dar permiso a mis empleadas. El café no se cierra hasta dentro de cuatro minutos y entre sus obligaciones está limpiar la vitrina, la barra y la cocina después de cerrar.
—Bueno, pues yo la he largado, de modo que puedes echarme la bronca a mí.
Megumi, intrigada, seguía revolviendo la sopa sin dejar de observar a Kaoru.
Era todo un acontecimiento ver fuera de sus casillas a la tranquila señorita Kamiya. No paraba de juguetear con la cadena del amuleto que llevaba colgando de cuello mientras recorría la barra.
—Hay una normativa de sanidad sobre la limpieza en el servicio de comida. Ya que has sido tan generosa con Tae, podías limpiarlo tú misma.
—En eso estaba yo pensando —replicó Megumi, pero sintió una punzada de remordimiento que amenazaba con estropearle la cena—. ¿Qué mosca te ha picado?
—Tengo que dirigir un negocio, y eso exige algo más que pavonearse por el pueblo, que es tu especialidad.
—Que te jodan, Kaoru. Eso mejoraría tu humor.
Kaoru se volvió.
—Yo, al revés que tú, no resuelvo las cosas jodiendo.
—Quieres hacerte la dama de hielo porque Kenshin Himura te rechazó, ése es tu... —Megumi se detuvo arrepentida al ver que Kaoru se quedaba pálida—. Lo siento. Ha estado fuera de lugar. Completamente fuera de lugar.
—Olvídalo.
—Suelo pedir perdón cuando doy un golpe bajo. Aunque vinieras buscando guerra. Es más, no sólo me disculpo, sino que te pregunto qué ocurre.
—¿A ti qué te importa?
—En condiciones normales, nada, pero no suelo verte fuera de tus casillas. ¿Qué pasa?
Habían sido muy buenas amigas. Intimas como hermanas. Por eso le costaba más a Kaoru sentarse y hablarle claramente. Pero el asunto que le preocupaba era más importante que las peleas o las rencillas. Se sentó enfrente de Megumi y la miró a los ojos.
—Hay sangre en la luna.
—Ya, por...
Antes de que Megumi terminara, Kaoru la agarró de la muñeca.
—Se avecinan problemas, problemas graves. Me conoces lo suficiente como para saber que no te lo diría precisamente a ti si no estuviera segura.
—Y tú me conoces lo suficiente como para saber lo que opino de las visiones y los augurios —explicó, pero sintió un escalofrío en la espina dorsal
—Llegará antes de que las hojas terminen de caer y tengamos la primera nevada. Estoy segura, pero no sé qué es ni de dónde viene. Hay algo que me impide verlo.
Megumi se sentía incómoda cuando veía esa mirada oscura y profunda en los ojos de Kaoru. Era como si pudiera ver en ellos mil años atrás.
—Aoshi y yo nos haremos cargo de cualquier problema que llegue a la isla.
—Va a hacerte falta algo más, Megumi. Aoshi quiere a Misao y tú le quieres a él. Ellos son el centro del asunto. Lo noto. Si no cedes, algo va a torcerse. Algo que ninguna de nosotras podrá enderezar otra vez. Yo no puedo hacer sola lo que hay que hacer, y Misao no está preparada todavía.
—Yo no puedo ayudarte de esa forma.
—No quieres.
—Poder o querer viene a ser lo mismo.
—Efectivamente —dijo Kaoru mientras se levantaba. Sus ojos ya no brillaban de ira; eso habría sido fácil de combatir. Reflejaban en cambio un profundo abatimiento—. Niega lo que eres, desperdicia lo que eres. Espero sinceramente que no tengas que arrepentirte.
Kaoru bajó las escaleras para saludar al club literario y ocuparse del asunto que tenía entre manos. Megumi, una vez sola, apoyó la barbilla en el puño. Era un ataque de remordimiento. Cuando Kaoru no le lanzaba sus pequeños dardos envenenados, sentía que le abrumaba un denso remordimiento. No iba a dejarse arrastrar. Si la luna tenía un halo rojo, sería por algún extraño fenómeno atmosférico que no tenía nada que ver con ella. Dejaría los augurios y las visiones para Kaoru, ya que le gustaban tanto.
No debería haber ido por allí esa noche, no debería haberse puesto a tiro de Kaoru. Estaban todo el día incordiándose la una a la otra. Llevaban así más de una década. Pero no siempre había sido igual.
Habían sido amigas, amigas casi inseparables, hasta que entraron en la edad adulta. Megumi recordaba que su madre decía que eran como gemelas de corazón. Lo habían compartido todo y quizá ése fuera el problema.
Era normal que los caminos se separaran cuando la gente crecía, era normal que los amigos de la infancia siguieran caminos distintos. Reconoció que ése no había sido el caso de ella y Kaoru; lo que les sucedió había sido como un hachazo en el mismo centro de su amistad. Violento y repentino.
Ella tenía derecho a seguir por donde quisiera. Y había hecho bien en hacerlo. No iba a dar marcha atrás porque Kaoru estuviera nerviosa por un fenómeno atmosférico.
Aunque ella tuviera razón y estuviera a punto de presentarse un problema. Lo afrontarían con los medios que proporcionaba la ley, no con conjuros. Había dejado atrás las cosas infantiles, ya no le interesaban los muñecos y demás parafernalia. Había decidido ser sensata y madura. Cuando la gente la miraba, veía a Megumi Shinomori, ayudante del sheriff,una mujer responsable y digna de confianza que hacía su trabajo; no veían a una sacerdotisa extravagante dispuesta a hacerles una poción para animar sus vidas sexuales.
Irritada porque hasta sus pensamientos le parecían defensivos y de mal gusto, recogió sus platos y los llevó a la cocina. Todavía sentía suficientes remordimientos como para enjuagarlos, meterlos en el lavaplatos y limpiar el fregadero. Decidió que con eso pagaba la deuda.
Hasta ella llegaban las voces femeninas desde la parte delantera de la tienda. Podía oler el incienso que Kaoru había encendido, una esencia protectora. Megumi se escabulló por la puerta trasera. En esos momentos, ni un tren de mercancías habría conseguido empujarla hasta ese ruidoso grupo de mujeres.
Cuando salió, vio la vela rechoncha y negra encendida, un encantamiento para alejar al diablo. Se habría burlado de ella, pero bajó la mirada.
La luna menguante estaba envuelta por una niebla leve y sanguinolenta.
Incapaz de pensar en una burla, se metió las manos en los bolsillos de la cazadora y clavó la vista en el suelo mientras iba hacia el coche.
Kaoru echó los cerrojos cuando salieron las últimas asistentes a la reunión. Misao estaba recogiendo las bandejas y las servilletas cuando Lulú cerró la caja registradora.
—¡Ha sido muy divertido! —Misao amontonó las tazas de café con el ruido alegre de la loza—. Y muy interesante. Nunca había comentado un libro de esa manera. Cuando leo uno, bueno, pienso si me ha gustado o no, pero nunca había comentado el porqué. Y prometo leer el del mes que viene para poder participar.
—Yo me ocuparé de los platos, Misao. Debes estar cansada.
—No lo estoy —Misao levantó una bandeja cargada—. Esta noche había mucha energía aquí. He notado que se apoderaba de mí.
—¿No te está esperando Aoshi?
—Ah, esta noche, no. Le he dicho que iba a colarme en la reunión.
Lulú esperó hasta que Misao estuvo arriba.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Kaoru.
—No lo sé bien —Kaoru empezó a plegar sillas para tener las manos ocupadas—. Eso es lo que más me preocupa. Se acerca algo y no puedo definirlo. Por esta noche, ha salido bien —miró hacia arriba mientras apilaba las sillas en el almacén—. Por esta noche, ella ha salido bien.
—Ella es el centro —Lulú guardó otro montón de sillas—. Creo que me había dado cuenta y por eso no le he dado respiro. La verdad es que es una chica encantadora que trabaja mucho. ¿Hay alguien que quiere hacerle daño?
—Ya se lo han hecho y no pienso permitir que vuelva a ocurrir. Intentaré hacer un presagio, pero tengo que prepararme. Tengo que aclararme las ideas. Hay tiempo. No sé cuánto, pero tendrá que ser suficiente.
—¿Vas a decírselo?
—Todavía no. Tendrá que hacer sus propios preparativos, su purificación. Está enamorada y eso le dará fuerzas, va a necesitarlas.
—¿Qué te da fuerza a ti, Kaoru?
—La resolución. El amor no me ha funcionado nunca.
—Tengo entendido que él está en Nueva York.
Kaoru se encogió de hombros. Un gesto cargado de intención. Sabía de quién hablaba Lulú y le molestó que le recordaran a Kenshin Himura dos veces en la misma noche.
—Es una ciudad muy grande —dijo inexpresivamente—. Estará muy acompañado. Quiero terminar e irme a casa. Quiero dormir.
—Un idiota —murmuró Lulú.
A ella le parecía que había muchos hombres idiotas en el mundo. Y casi todos acababan dándose de narices contra mujeres tozudas.
Misao decidió que los conjuros eran como recetas. Y ella dominaba ese terreno. Para que una receta saliera bien hacía falta tiempo, esmero y buenos ingredientes en la proporción adecuada. Si a eso le añadía un poco de imaginación el resultado era un plato personal.
Sacaba tiempo entre los trabajos y la lectura para estudiar el libro de conjuros que le había prestado Kaoru. Se imaginaba que a su socia le divertiría que lo considerara como una especie de libro de recetas metafísicas, pero no creía que fuera a ofenderse.
También tenía que robar tiempo para meditar, visualizar, crear y reunir sus propias herramientas de modo que pudiera tener lo que le gustaba considerar su bien surtida despensa de bruja.
Pero en ese momento pensaba premiarse con su primera sesión práctica en solitario.
—Conjuros de amor, conjuros de destierro, conjuros protectores —iba recitando a medida que pasaba las hojas—, conjuros de unión, conjuros de dinero, conjuros curativos.
Se dijo que había algo para todo el mundo y se acordó de lo que le había dicho Kaoru sobre el cuidado que debía tener en lo que deseaba. Un deseo irreflexivo o egoísta podía volverse contra ella de una forma desagradable y verdaderamente inesperada.
Haría algo sencillo y que no afectara a nadie ni hiciera daño de forma involuntaria.
Primero utilizó la escoba para alejar la energía negativa y luego la colgó en la puerta para que no volviera a entrar. Eligió las velas mientras Diego se frotaba contra sus piernas y las grabó con los símbolos adecuados. Decidió que podría aprovechar toda la energía que pudiera reunir y eligió los cristales para reforzarla. Los colocó junto al tiesto con los geranios quemados de Aoshi.
Soltó aire y volvió a inspirar.
Se remitió a un conjuro curativo que Kaoru le había escrito en un pergamino con tinta china y, con los ojos cerrados, memorizó las palabras para conseguir su propósito.
—Allá vamos —susurró. —Que esta planta se cure y la belleza de sus pétalos perdure. Mmm... su vida pronto desapareció y a nadie nunca dañó. Dadle de nuevo su libertad. Que se haga mi voluntad.
Se mordió el labio y esperó. El geranio se empeñaba tozudamente en seguir marchito. Misao se inclinó para mirarlo de cerca.
Volvió a erguirse.
—Me parece que no estoy preparada para ser solista.
Quizá debiera volver a intentarlo. Tenía que visualizar, ver la planta exuberante y llena de vida. Tenía que oler los pétalos y las flores, canalizar la energía. ¿O era la energía de la planta? En cualquier caso, darse por vencida a la primera la convertía en una bruja pusilánime.
Volvió a cerrar los ojos, empezó todo el proceso y dio un respingo al oír una llamada en la puerta trasera. Se dio la vuelta tan rápidamente que dio una patada a Diego y lo mandó al otro lado de la habitación, lo que hizo que se cayera de espaldas y empezara a limpiarse como si eso fuera lo que había estado esperando todo el rato.
Misao le abrió la puerta a Megumi entre risas.
—Patrullaba por aquí y he visto la vela. ¿Tienes problemas con el suministro de luz? —entró antes de que contestara la pregunta y vio las velas rituales—. Ah.
—Estoy ensayando y a juzgar por los resultados necesito mucha más práctica. Pasa.
—No quiero interrumpir —desde la noche de la sesión literaria, había decidido parar, o al menos pasar, todas las noches por allí—. ¿No es ésa la planta muerta de nuestro porche?
—No está muerta todavía, pero le falta poco. Le pregunté a Aoshi si podía intentar recuperarla.
—¿Haces conjuros con geranios muertos? Vaya, me parece genial.
—Me dije que si me equivocaba, por lo menos no haría daño a nadie. ¿Quieres un té? Acabo de hacer un poco.
—Bueno, Aoshi me ha dicho que vendrá cuando termine. Hemos tenido un B y B: borracho y bronca. Un menor. Ha vomitado el paquete de seis cervezas que birló de la nevera de su casa. Aoshi está llevándolo a casa.
—¿Es alguien que yo conozca?
—El hijo mayor de los Stuben. Anoche le dejó la novia y ha decidido ahogar las penas con la cerveza de su padre. Como lo único que ha conseguido es vomitar como un condenado, supongo que la próxima vez buscará otra forma de recomponer su corazón destrozado. ¿A qué huele?
—Estoy asando un costillar de cerdo. Puedes quedarte a cenar.
—No pienso quedarme para ver cómo os miráis con ojitos tiernos, pero no me importaría que me mandaras un poco de cena con Aoshi.
—Encantada —le pasó la taza de té—, pero no nos miramos con ojitos tiernos.
—Pues hacedlo.
Misao sacó de la nevera una bandeja con aperitivos diminutos.
—Caray¿todas las noches cenáis así? —preguntó Megumi.
—Aoshi es mi conejillo de indias.
—Qué suerte tiene el cabrón —Megumi cogió una barquita de pasta de berenjenas—. Lo que no le guste, puedes mandármelo a mí. Yo te diré si está bueno.
—Eres muy amable. Prueba los champiñones rellenos, Aoshi no quiere.
—No sabe lo que se pierde —afirmó Megumi después de darle un mordisco—. El asunto de las comidas marcha bien¿no?
—Sí —pero Misao soñaba con un horno de convección y un congelador. Aunque sabía que era imposible meterlos en su pequeña y acogedora cocina y que estaban mera del alcance de su empresa—. Estoy haciendo sándwiches y una tarta para un bautizo el sábado.
—El nuevo bebé de los Burmingham.
—Efectivamente. Y la hermana y la familia de Lulú vienen de Baltimore la próxima semana. Lulú quiere agasajarlos. Me parece que hay cierta rivalidad entre las hermanas —Misao señaló el horno con el dedo—. Voy a hacer este costillar de cerdo y quería probarlo primero.
—Es increíble en Lulú. Es una tacaña de tomo y lomo.
—Hemos hecho un trato, un trueque. Ella va a hacerme un par de jerséis. Podré usarlos el invierno que viene.
—Todavía tiene que hacer algo de calor. Nos queda el veranillo de San Miguel.
—Espero que tengas razón.
—Entonces... —Megumi se agachó y tomó a Diego en brazos—. ¿Qué tal Kaoru?
—Está bien. Últimamente parece un poco distraída —Misao arqueó las cejas—. ¿Por qué lo preguntas?
—Por nada. Me imagino que estará muy ocupada con el Halloween. Lo vive de verdad.
—Vamos a decorar la tienda justo la semana antes. Me han dicho que todos los niños de la isla llaman a la puerta de la tienda.
—¿Quién se perdería un caramelo de una bruja? Será mejor que me vaya —le hizo una caricia rápida a Diego y lo dejó en el suelo—. Aoshi tardará un minuto. Puedo llevarme ese tiesto si... —se quedó muda mientras lo miraba—. Vaya, vaya, qué hija de perra.
Los tallos verdes estaban cubiertos de unos maravillosos pétalos carmesí.
—¡Lo conseguí! Ha funcionado —se acercó a la mesa de un salto y hundió la nariz en la exuberante planta—. No puedo creérmelo. Quiero decir. Quería creerlo, pero no pensaba realmente que fuera a conseguirlo. No yo sola. ¿No te parece preciosa?
—Sí, no está mal.
Megumi conocía aquella sensación, la acumulación de energía, la emoción resplandeciente. El placer, enorme e insignificante a la vez. Sintió una vaga nostalgia mientras Misao levantaba el tiesto y daba vueltas con él en el aire.
—No todo son flores y rayos de luna, Misao.
—¿Qué ocurrió? —Misao bajó el tiesto y lo acunó como si fuera un bebé—. ¿Qué ocurrió para que aborrezcas así lo que tienes?
—No lo aborrezco. Sencillamente, no lo quiero.
—Yo he vivido sin poderes. Es mejor tenerlos.
—Lo mejor no es poder reanimar flores, lo mejor es poder cuidar de una misma. No necesitas un libro de conjuros para aprender a hacer eso.
—Una cosa no tiene por qué excluir a la otra.
—Quizá, no. Pero la vida es mucho más fácil cuando lo hacen —Misao fue hasta la puerta y la abrió—. No te olvides de las velas.
Había recogido la mesa y la había arreglado cuando Aoshi llegó. La cocina olía a asado y a velas apagadas.
Le encantaba oír sus enormes zancadas cuando se acercaba a la puerta de la cocina. Luego se paraba y se frotaba los pies en el felpudo. Abría la puerta, entraba una ráfaga de viento cortante y él se quedaba sonriendo en el umbral hasta que ella le daba un beso en la boca.
—Es más tarde de lo que esperaba.
—No importa. Megumi se ha pasado por aquí y me lo ha avisado.
—Entonces, supongo que no necesitas esto.
Sacó un ramo de claveles de detrás de la espalda.
—No, pero sí que los quiero —los cogió—. Gracias. He pensado que podíamos probar este vino australiano del que hablaban en la revista... si quieres abrirlo.
—Muy bien —se volvió para colgar la cazadora del gancho. La vista se le clavó en el tiesto de geranios que ella había dejado en la encimera. Le dejó un poco perplejo, pero tras titubear un instante, fue a colgar la cazadora—. Me imagino que no lo has conseguido con fertilizantes.
—No —rodeó los tallos de los claveles con los dedos—. ¿Te importa?
—No me importa, pero una cosa es hablar de ello, incluso saberlo, y otra verlo —abrió un cajón para coger el sacacorchos—. En cualquier caso, no tienes que ir arreglando todos los desaguisados que yo haga.
—Te quiero, Aoshi.
Se quedó con el sacacorchos en una mano y la botella en la otra. Estaba paralizado y abrumado por las emociones.
—Me ha costado esperar a que me dijeras eso.
—Antes no podía decirlo.
—¿Por qué ahora?
—Porque me has traído claveles; porque no tengo que arreglar todos los desaguisados que hagas; porque cuando oigo que te acercas todo se revuelve dentro de mí; porque el amor es la magia más vital. Yo quiero darte la mía.
Aoshi dejó cuidadosamente el sacacorchos y la botella de vino en la encimera y le pasó delicadamente las manos por las mejillas y el pelo.
—He estado toda mi vida esperándote —le besó con ternura la frente—. Quiero pasar contigo lo que me quede de ella.
Ella no hizo caso de la punzada de aprensión que notó en el estómago y se concentró en su felicidad.
—Concedámonos el momento. Cada minuto es precioso —apoyó la cabeza en su hombro—. Hay que aprovechar cada minuto.
Continuara...
Bueno, espero ke hayan disfrutado este capitulo... esta tiernucho... falta poco para ke empiecen los problemas... En fin espero que me dejen sus comentarios, ya saben mientras mas reviews, mas rapido actualizo esta historia...
Esop...
nos vemos en el prox capitulo...
matta neee
